LA TELARAÑA

sábado, abril 10

Ramón y Cristóbal


No me gustaría hablar de la literatura mallorquina, ni de ninguna otra, con el resquemor en el cuerpo de tener que acabar resumiéndola, parafraseando a Ciorán, con un "no haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuados"... No es el caso. La historia de la literatura mallorquina tiene en Ramón Llull y Cristóbal Serra dos personajes únicos sin los que resultaría muy ingrato trazar esos arabescos que el conocimiento siempre deja en el espíritu humano. Su presencia nos ofrece el necesario bagaje de tradición y suficientes perspectivas como para sentirnos realmente arropados.

Si Ramón encarna al hombre del medioevo en su lucha por lograr la alquímica presencia de la luz y la poesía, la transmisión del misterio y el quimérico descubrimiento de la llamada "quinta esencia" luliana, ese éter indecible; Cristóbal se dedica a exorcizar, también desde la soledad y la atenta vigilia de la quimera, la realidad mística de un mundo que tiene en lo más pequeño, en lo más breve y fragmentado su más íntima razón de ser. La obra de ambos se resume en la búsqueda de nomenclaturas que plasman la discontinuidad de sus estados anímicos y convierten sus palabras - que aun siendo únicas pertenecen al lenguaje común - en milagrosos lugares de encuentro donde nace otro reto: intentar reconocerse. Algo tan simple como complejo.

Desde Péndulo y otros papeles (1957) hasta su culturalmente autobiográfico Las Líneas de mi vida (2000), Cristóbal Serra (Palma,1922) no ha hecho otra cosa que empeñarse, con tozudez y parsimonia dignas de un asno - su animal literario preferido - en ser fiel a sí mismo. No es poca cosa. Por ello tampoco nos extraña que publicase en 1996 una primera entrega de su obra completa con el título obviamente luliano de Ars Quimérica (Ed. Bitzoc)

Pero dónde situaríamos a Cristóbal Serra en una hipotética y medianamente aforística historia de la literatura. No es fácil. Intentémoslo. Hubo escritores orgullosos como Baltasar Gracián, Quevedo, Blake, Joyce, Pound o Kafka que no siempre transigieron con el lector: no quisieron ser legibles a toda costa. Otros, como los simbolistas franceses, primero, y los surrealistas, después, intentaron atrapar el sinsentido del lenguaje con una fórmula al alcance de todos. Tarea imposible, porque ni la sicología freudiana ni el materialismo dialéctico dieron nunca para tanto.

Proust nunca supo cuál era realmente su siglo. Sthendal, sí. Camus consiguió ser sublime sin ni siquiera parecerlo. Shakespeare prefirió apoyarse en las trivialidades - recuérdese el famoso monólogo de Hamlet - para plantear los interrogantes más conocidos. Eliot, Borges, Juan Ramón y, en ocasiones, Cela, probaron a tensar con relativo éxito las relaciones con sus lectores. A Neruda y Walt Whitman se les entendía todo a la primera pero no supieron gobernar la facilidad y la desmesura de su pluma. Lezama Lima se aproximó al concepto pero no pudo escapar a las limitaciones de su destino. Cervantes y también Ramón Llull fueron tan grandes que sin proponerse lo uno ni lo otro, supieron ser legibles sólo cuando les convenía y paródicos cuando les entraba la vena hermética.

He citado demasiados autores, lo reconozco. Y aún así he obviado voluntariamente a unos cuantos que sé que Cristóbal admira: Michaux, Larrea, Milton y Ramón Gómez de La Serna, entre otros muchos. Sólo pretendía reseñar que Serra, voluntariamente alejado de las modas y los escaparates literarios, participa del espíritu universal de los escritores citados. Su voluntad de sencillez y contenido poético, su brevedad e ironía incuestionables, su profundidad y videncia, su estilo lúcido y, sobre todo, su persistencia silenciosa lo convierten en un escritor que, aún vivo y siempre trabajando, pertenece ya a la historia de la Literatura. El hecho de que sea un autor inclasificable sólo nos lo confirma.


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