LA TELARAÑA: Entrevista en El Mundo.

sábado, marzo 26

Entrevista en El Mundo.


La podéis leer en PDF este enlace. Y a continuación:

¿Cómo encaja esta obra en el último periodo poético que cerraba Tratado de las cosas sin nombre, ya que está escrita con anterioridad?

La verdad es que no sé si encaja, si culmina, si prolonga o si abre nuevos derroteros, del todo originales, en mi obra. Esto último sería, obviamente, lo que más me gustaría, pero como no puedo asegurarlo… mejor no digo nada. Quizá convenga desmitificar esas ansias estructuralistas que, a poco que nos descuidemos, y nos descuidamos en muchas ocasiones, siempre acabamos sacando a relucir para explicar los pormenores de la propia obra, como si ésta fuera un puzle que el tiempo y la voluntad -esos pequeños dioses a los que concedemos tanta importancia- se encargan, a partes no sé si iguales, de completar. En realidad, no es así. El pensamiento no es tan lineal como solemos creer. A veces, avanza, sí, o eso parece, pero luego, de repente, retrocede; a veces se pierde o nos perdemos nosotros con él y, a veces, hasta reaparece donde menos lo esperamos. Es entonces, cuando nos reencontramos con nosotros mismos en el lugar más inimaginable. Dejémoslo, pues, en que el pensamiento y, por lo tanto, la propia obra, son una especie de reinvención continua, una explosión en todas las direcciones.

¿Cómo conjuga forma y contenido en el poemario?

Siempre he pensado que forma y contenido son, exactamente, la misma cosa. Y en este poemario, tal vez, he intentado, con mayor énfasis que en otros de mis libros, convertir el discurrir del poema en una réplica lo más exacta posible del pensamiento. Del mío propio, claro. Con sus saltos en el vacío, sus aparentes incongruencias y, sobre todo, con su plan último de evitar cualquier intento de síntesis donde poder descansar en paz. Esa autojustificación -tan dialéctica como estúpida- no me la deseo. Ni se la deseo a nadie, claro.

¿En qué medida y modo explora el lenguaje?

¿Quién explora a quién? ¿Exploro yo el lenguaje o es el lenguaje el que me explora a mí? No creo que haya una respuesta clara y unívoca -y, sobre todo, sincera- a estas preguntas, pero sea como fuere, no acierto a concebir mi poesía como algo que no intente llevar el lenguaje, o su percepción de él, lo más lejos posible. Hasta el sinsentido, como poco. Y más allá, por supuesto.

¿Por qué le ha costado más que los anteriores?
El libro lo empecé a escribir antes de imaginar siquiera la atmósfera de «Tratado de las cosas sin nombre». Pero eso no es del todo cierto, porque tuve que abandonarlo, durante algunos años, porque no me atrevía a llevarlo hasta sus últimas consecuencias. No sé si me faltaba valor o si recursos técnicos. Tal vez, ambas cosas. Lo cierto es que el descanso le acabó, creo, sentando muy bien. Se convirtió en otro libro, por supuesto, con multitud de nuevos matices y con un aire interior que ya no era el mismo. Ni se le parecía. Creo que ahora sí que es el libro que yo quería que fuese.

¿Qué es aquí el asedio, además de infierno y desolación?
Bueno, estamos hablando de metáforas con metáforas y ese alud metafórico tiene siempre sus peajes. En «Los lugares del Sitio», el sitio es el asedio y sus lugares son las distintas perspectivas, desde las que el poema lo ausculta, primero, y nos lo muestra, después. O eso intenta. Pero el asedio no es un sinónimo exclusivo del infierno o de la desolación. Tampoco lo contemplo como algo del todo indeseable. En realidad, no lo juzgo en modo alguno. Ni soy optimista o pesimista respecto a sus efectos. Tampoco me ocupo de si tiene o no salidas. Sé que las tiene, pero eso es sólo una percepción personal y, quizá, dialéctica. No deberíamos olvidar que esa dialéctica posterior al poema -es decir, utilitarista- es también absolutamente ajena al poema. A su esencia, sobre todo.  
Si los miedos y anhelos son motores de la poesía, ¿ayuda escribir a evolucionar?

Lo de los miedos y anhelos está muy bien. Pero con ellos no se agota ningún catálogo; también hay placeres, hay éxtasis, y hay, por supuesto, necesidades. Lo que ayuda a evolucionar es saberse, siempre, inacabado. Y siempre insatisfecho. Escribir es sólo una actividad más y puede que, ni siquiera, la más importante. Marcos, yo escribo porque, seguramente, no sé hacer otra cosa… y bueno, eso no es malo ni es bueno, no me justifica ni, tampoco, me avala. Simplemente me define, sí, pero eso es algo inútil cuando lo único que no necesito, para nada, son definiciones ni adjetivos. Hago mi obra de forma solitaria y al margen de modas o corrientes más o menos literarias y sé que, así, me hago también a mí mismo. Pero también sé que me deshago. Y, pese a que pudiera pensarse lo contrario, no hay mayor problema con eso. Al final, siempre nos aguarda un hermoso silencio. A todos.

¿Es el infierno un buen alimento para la poesía?
Excelente. Como el purgatorio o como el mismísimo cielo. En todos esos lugares, el asedio es el mismo. En todos, hay que enfrentarse al lenguaje como lo que es, la única cosa que somos y fuimos y seremos. El tiempo, aquí, no existe, salvo como una sucesión magnífica de referencias culturales. Esa bruma que nos parece tan nueva es, en realidad, muy vieja y muy antigua. Igual en nosotros que en nuestros antepasados o en quienes nos sucederán. Lo único necesario para sobrevivir a la asfixia es conocer su génesis, su historia, su razón de ser y su voluntad, pese a todo, de seguir coleccionado hallazgos entre las tinieblas. La poesía es oficio de tinieblas…



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1 Comments:

Blogger Periflu said...

Hola Juan Felicidades, por la entrevista,que ha sido en el Mundo de Palma? . Un saludo Juan.

26 de marzo de 2011, 18:36  

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