LA TELARAÑA: La hora de la flexibilidad

sábado, diciembre 10

La hora de la flexibilidad

La respuesta al debate de los sábados en El Mundo: ¿Está de acuerdo en que los hoteles obsoletos puedan convertirse en viviendas?

Sí. Todo se edifica -y se sostiene- sobre las ruinas de lo que le precedió en el tiempo. Pasa con la cultura y el arte, con el conocimiento y las ciencias, pero también con las ciudades y los edificios. Pasa, sobre todo, con las civilizaciones -que van mutándose como quien se quita una piel y se pone otra y entonces habita la nueva porque la vieja ya se le caía a tiras y no lucía un ápice o no había por dónde cogerla- y así, cualquier fotografía completa de la realidad debería incluir esa enorme sucesión de estratos superpuestos, de pieles desechadas, de huesos convertidos, primero, en astillas y, luego, en polvo, de trajes apolillados con el doloroso estigma de una elegancia difícil y quizá astrosa, ya fuera de toda moda. Pasa con todo, ya ven, pero no hay que tomarse, a veces, las cosas tan al pie de la letra.
No se trata -o no, al menos, en estos tiempos de crisis, de agobio personal y de malos augurios- de abandonarse sin remisión al rutinario, y demoledor, placer de destruir por destruir, sino, tal vez, y sin que sirva de precedente, de hacer todo lo contrario. Hay que saber detenerse, siquiera un instante, ante el paisaje -vaya panorama, en efecto- e intentar reciclar todo aquello que aún pueda ser reciclado, de apurar hasta el máximo la no siempre obvia ni, tampoco, visible, utilidad de las cosas, de sacarles un nuevo jugo si ya se secó el anterior, de injertarles vida -es decir, esperanza- allí donde quepa, en una fisura cualquiera, en una perspectiva olvidada, en el lugar inventado que siempre acaba encontrando el ojo que busca un nido donde celebrar, de la mejor de las maneras, un último escorzo de la inteligencia, un guiño, una danza redentora. Lo que sea.
La reconversión de los hoteles obsoletos -que es de lo que aquí se trata- en viviendas no parece, en absoluto, una mala idea, pero hay que mantener las formas -las legales y las otras- y cumplir a rajatabla con las exigencias de calidad y, sobre todo, de buen gusto. Un hotel envejecido es sólo el síntoma de un fracaso. O la prueba de un cambio de gustos. Nada, pues, que no pueda ser reconducido hacia lo que la sociedad necesite con mayor urgencia. Si hoteles nuevos y relucientes, hoteles nuevos y relucientes. Si viviendas asequibles y dignas, viviendas asequibles y dignas. Por una vez que la Ley se vuelve flexible es hora -ahora, como siempre- se saber ser flexibles.

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2 Comments:

Blogger Angel Duarte said...

¿y reconvertirlos en facultades universitarias?

10 de diciembre de 2011, 15:06  
Blogger Juan said...

juas, y viceversa?:-P

Abrazo!!!

10 de diciembre de 2011, 16:06  

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