LA TELARAÑA: Presentación de Oficio de escritor - 2ª parte

jueves, febrero 19

Presentación de Oficio de escritor - 2ª parte

 Lo que dije yo sobre mi libro:


Me he preguntado muchas veces de dónde surge la necesidad de escribir, de expresarnos, en definitiva, mediante las formas de literatura (poesía y ensayo, especialmente) que tienen por objeto ampliar nuestro conocimiento del mundo, perfeccionar la realidad de nuestra conciencia. No tengo respuesta válida para todos, pero sí que tengo la mía propia. Mis libros surgen de un malestar interior, de un estado de sitio íntimo, de una soledad constante, antigua, de carácter distintivo, de una conciencia que no acaba de comprenderse a sí misma ni al mundo a su alcance.

La vida es un ejercicio de estilo, como bien demostró el viejo Queneau en Exercices de style, empeñado en la tarea de convertir la observación repetida de una nimiedad cualquiera en un objeto único de arte, en el presagio detonador de una explosión en la conciencia y los sentidos. He sentido muy a menudo ese milagro, esa inexplicable violencia muda de las palabras. Escribir es aparentar ser sus dueños, cuando en realidad no somos ni siquiera sus cómplices; somos sus víctimas principales.

Oficio de escritor, como casi todos mis libros, es un libro fronterizo, se mueve entre el ensayo y la autobiografía, entre la prosa poética y la reflexión filosófica, entre la memoria personal y la conciencia histórica. No sigue ninguna historia lineal ni propone ninguna tesis única: se construye como una obra en marcha, un largo monólogo interior en el que escribir y vivir se confunden hasta ser, en el fondo, una misma cosa. La misma.

El texto avanza por fragmentos, capítulos breves o menos breves y variaciones temáticas que dialogan entre sí como vasos comunicantes. A través de ellos, reflexiono sobre la conciencia, el lenguaje, el tiempo, la muerte, el amor, el sexo, la memoria, la ciudad, la vejez y, sobre todo, sobre el acto de escribir entendido no como profesión ni como vocación romántica, sino como una necesidad vital, a veces tranquila pero, muy a menudo, agónica.

La escritura aparece aquí como un gesto de resistencia frente al desgaste del mundo contemporáneo: la banalización del lenguaje, la pérdida del sentido esencial de las cosas (incluido el sentido del ridículo), el ruido mediático, la impostura cultural y el creciente desinterés colectivo por la experiencia interior. Frente a ello, el libro reivindica una mirada lenta, reflexiva y crítica, que no renuncia a nada (pienso en el difícil equilibrio ético entre el bien y el mal) y que asume, incluso, el fracaso final como parte ineludible del camino.

Uno de los ejes centrales del libro es la conciencia del tiempo. El pasado reaparece constantemente —la infancia, la juventud, los amores y desamores, los amigos, los muertos— no como nostalgia complaciente, sino como materia viva que sigue interrogando, con sus sombras, el presente. El futuro, en cambio, se muestra incierto, amenazado por la decadencia cultural, la deshumanización tecnológica y la fragilidad del individuo. En ese cruce temporal, escribir se convierte en una forma precaria pero obstinada de permanecer. De resistir.

El libro está profundamente enraizado en un espacio concreto —la calle Olmos, Palma, la isla u otros lugares en los que también he vivido— que funciona a la vez como escenario real y territorio simbólico. La ciudad, el barrio, los bares, los jardines y los desvanes se transforman en metáforas de la memoria, del exilio interior y de la identidad, siempre puesta en tela de juicio. El paisaje no es decorado: es conciencia encarnada.

En Oficio de escritor no hay complacencia ni voluntad de consuelo. Hay, en cambio, una ética del pudor, una desconfianza hacia los discursos dominantes y una defensa radical de la intimidad y la soledad como últimos espacios de libertad. El libro no promete respuestas ni redenciones: sólo ofrece preguntas, vacilaciones, imágenes y una voz que se expone sin máscaras (o mostrando, a la vez, todas sus máscaras) consciente de sus contradicciones.

Finalmente, el libro, la obra, se asume a sí misma como algo inacabado. No busca un final definitivo, porque entiende la literatura —y la vida— como procesos abiertos, sometidos a revisión constante. Terminar un libro es siempre un gesto o una decisión provisional. Quizá una impostura. Lo importante no es llegar a parte alguna, sino seguir escribiendo hasta que el oficio de escritor acabe con uno y con todos; conmigo.

No escribí este libro para contar una historia, eso nunca lo he hecho, que para eso están los guionistas de Netflix, sino para pensar mientras escribía. Y para escribir mientras pensaba. En ese cruce —a veces incómodo y hasta peligroso— surgieron estos textos, organizados en fragmentos, capítulos breves o menos breves, variaciones y digresiones que no obedecen a un orden narrativo clásico, sino al ritmo peculiar de mi conciencia.

Oficio de escritor trata, ante todo, de escribir. Pero no del escritor como figura pública ni como personaje cultural (aunque hay en el libro algún ajuste de cuentas, como no podía ser de otra manera) sino del escritor como alguien atravesado por el lenguaje, malherido por él, dependiente de él. Escribir aparece aquí, no como un gesto heroico ni como una vocación salvífica, sino como una necesidad vital, a veces placentera y muchas veces dolorosa. Una forma de resistir al silencio, pero también una forma de habitarlo.

No es un libro optimista, pero tampoco es un libro cínico. Desconfío del proselitismo, de los grandes discursos, de las consignas, de las soluciones mágicas o sectarias, de la impostura cultural y del ruido contemporáneo. Defiendo, en cambio, la lentitud, el pudor, la duda y la introspección como formas posibles de resistencia. No pretendo convencer ni adoctrinar a nadie. Sólo plantear dilemas. Y acepto no tener ni idea de muchas de las respuestas.

El libro, pues, es una reflexión constante sobre el fracaso: el fracaso del lenguaje, el fracaso de la literatura, el fracaso de ciertas ideas de progreso, de cultura o de redención más o menos ideológica, religiosa o tecnológica. Si ha de venir la Inteligencia Artificial a salvarnos mal lo tenemos. Pero el fracaso no aparece como una derrota vergonzosa, sino como condición inevitable del obligado intento de llegar a ser quienes verdaderamente somos. Ojalá llegues a ser quien eres, decía Píndaro. Se escribe sabiendo que no se alcanzará la totalidad, que no se dirá todo, que algo quedará siempre fuera. Pero aun así, se escribe.

No sé quiénes serán los lectores de mi libro, si es que los tiene. Nunca lo he sabido con ninguno de los libros que he escrito. Pero sí sé desde dónde está escrito: desde una necesidad, desde una cierta obstinación y desde la convicción —cada vez más frágil, pero todavía firme— de que el lenguaje sigue siendo un lugar magnífico donde ser conscientes de nuestras limitaciones y posibilidades, donde vivir y pensar, donde resistir y, más aún, donde encontrar, a veces, un poco de verdad, si acaso un espacio modesto de veracidad.

 

Juan Planas Bennásar en Drac Mágic, 19-2-2026