LA TELARAÑA

viernes, junio 24

A gobernar o a la calle


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que la vida consista, sencillamente, en vivir, que es algo entre aburrido y asombroso, rutinario y excitante, privado y, por supuesto, privadísimo. Pero puede, también, que la vida sea otra cosa muy distinta, una exhibición continua de filias y fobias, una orgía de desvaríos dialécticos, una lamentable incontinencia verbal, una farsa en la que sólo importa mostrar al mundo cómo vivimos, contarle -vía selfi, por ejemplo- lo que hacemos a cada instante y tuitear por los codos de lo humano y lo divino, hacerle la corte a esa enfermedad del alma que da en no saber vivir, sino en los escaparates manipulados de las redes sociales, las tertulias televisivas, el aberrante espectáculo de la caja de Pandora mostrándonos, catastróficamente abierta, todos los males del mundo, sin que la esperanza sea lo último que nos quede. Ya hace tiempo que la perdimos.
 Nos queda, eso sí, el mundo, que es un lugar complejo donde muere demasiada gente y donde no hay forma de poner orden a nada, porque todo parece ir a su bola o lo que es lo mismo, a nuestra entera, compleja, escalofriante, imagen y semejanza.
 Mientras tanto, y por fortuna, hoy concluye la campaña electoral repetida por la inutilidad de unos y otros. No voy a hacer ninguna propaganda de mi voto, porque aún creo en la privacidad. Eso sí, pienso volver a votar, exactamente, lo mismo que voté el 20-D. Se trata de demostrar que no nos equivocamos nosotros, los votantes, sino ellos, los elegidos para gobernar. O gobiernan, al fin, o a la calle, y para siempre.

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martes, junio 21

Algoritmos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hago un paréntesis en mi (nulo) seguimiento de las elecciones que se avecinan para sorprenderme con las andanzas de un ingeniero ibicenco, Albert Juan. Resulta que este joven viaja continuamente al pasado para conseguir, de hecho, llegarse hasta el futuro y echarle una mano a la Policía de Chicago en la ardua tarea de predecir el futuro aplicándole, al pasado, algún algoritmo lo suficientemente revelador y hasta catártico como para intuir por dónde asomarán la violencia o el crimen, quizá la catástrofe, tal vez la enfermedad o incluso el dolor, venideros.
 No estaría mal frenar a los criminales un instante antes de que cometan sus crímenes. No estaría mal detener el avance de la enfermedad un instante antes de que las primeras células se corrompan. No estaría mal darse cuenta de que no somos sino lo que ya hemos sido y que sólo ese balance último habrá de juzgarnos y dar sentido a nuestras vidas.
 Con todo, puede que las cosas no sean tan fáciles. Puede que el pasado y el futuro no sean sino traviesas recreaciones mentales y que nos guste balancearnos sobre la frágil cuerda del presente, del instante que intentamos saborear mientras se nos escapa una vez y otra. Todo se nos escapa, en efecto, pero aquí seguimos, funambulistas obsesivos sobre el vacío que no vemos, sobre el vacío presentido: bailamos ahora por no caer en su vientre abierto, nos contorsionamos en su honor por no estrellarnos contra la asfixia de su tacto, su alud de carencias, su falta de substancia, su infinita lista de nombres olvidados.
 
 

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viernes, junio 17

Los días y las noches

La Telaraña en El Mundo.

 
 Me gusta, de amanecida, asomarme a los ventanales y observar la calle Olmos semivacía, deshilachada y hasta húmeda. Unos pocos viandantes relucen desperdigados. Algunos huyen del alba y regresan a casa, víctimas de una resaca de siglos. Hay que ver cómo va quemando, noche a noche, la noche. Otros, sin embargo, van camino del cieno de las oficinas y los escaparates de la supervivencia, su lento ir convirtiendo las horas en arrugas en la piel y el alma, en el espíritu, en ese extraño calendario que nos cifra la vida y nos obliga, cada día, a ir más lejos. Mucho más lejos.
 Al rato, la máquina taladradora de la obra de enfrente rompe el encanto y crispa el aire. La sociedad es un amasijo de tuberías a punto de reventar y también una postal silenciosa donde alguien ha dibujado un mar de espuma que se deshace en arena y algas; y las banderas ondean sin que importe si son azules, rojas o si no son. Lo importante es que alguien haya dispuesto las hamacas para que el ejército pueda ponerse al sol, los ojos cerrados y la piel recubierta de aceites o quizá de lágrimas.
 Creo que estaba en Olmos y me llegué, sin poder explicar cómo, hasta un mar que se mece igual en mis sueños que en la extraña vigilia de este instante. Así es como los días y las noches encabalgan su peculiar manera de sucederse, su coexistencia perfecta más allá de cualquier recelo más o menos eterno, insalvable. Así es como también debiéramos entendernos los unos y los otros. Sabiendo que donde no llega uno alcanza, tal vez, el otro y viceversa.
 

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martes, junio 14

Comerciales ambos sexos


La Telaraña en El Mundo.
 

 Desde siempre, los anuncios clasificados por palabras nos han venido seduciendo con sus titulares como lujuriosos escaparates de otra forma posible, o no, de vida. Así, desde que tenemos uso de razón, lo habitual era leer que las empresas buscaban "comerciales ambos sexos". Tal cual, sin anestesia. Con ese estrambote artificial se nos colocaba más allá de la gramática y del orgullo absurdo de los géneros, más allá, en fin, de una guasa antigua y desangelada que nos confirmaba, socarrona, lo difícil y hasta penoso que resulta, normalmente, conseguir un trabajo cualquiera. Acabo de revisar la prensa de hoy y no he sido capaz de encontrar ningún anuncio con esa coletilla magistral. Pero lograr trabajo sigue siendo un milagro.
 Viene lo anterior por los esfuerzos del Govern en perseguir, como mínimo hasta la más severa de las multas, los anuncios laborales que discriminen por razón de sexo o edad, religión o convicciones, opinión política, orientación sexual, afiliación sindical, condición social y, ojo al dato, lengua dentro del Estado.
 Tendrá el Govern, me temo, aunque no haya peor ciego que el que no quiere ver, que revisarse muy a fondo las pelusillas del ombligo de sus propias convocatorias laborales, porque convertir en requisito lo que sólo puede ser considerado como un mérito, tal y como sucede con la lengua catalana, no hace sino convertir a la Administración en la máxima infractora de los delitos que intenta perseguir. La pescadilla, como ven, se muerde la cola y entonces no hay por dónde cogerla.

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viernes, junio 10

Nuestros "okupas"

La Telaraña en El Mundo.

 
 Sé muchas cosas que ignoro, pero muchas más hay que no sé y también ignoro. Me muevo, pues, entre algunas certezas y muchas incertidumbres: en el mejor de los casos, intuiciones; en el peor, ocurrencias. Así las cosas, duele reconocerse entre los bosquejos de una danza que no pretende convocar a ningún dios ni alzar melodía alguna contra el silencio de los cielos, la aridez de las tierras o el parpadeo mecánico (y no sé si hasta zombi) de los iguales y diferentes, los idénticos y opuestos, los translúcidos, los que nos rodean a todas horas y no sé si no nos ven o no quieren vernos. Nosotros les vemos. Huelen.
 Quizá ver el mundo sea sólo una cuestión de voluntad. Interpretarlo, lo es; pero qué decir, en fin, de los que vierten toda su energía en el lodo de las redes sociales, en la ciénaga donde las ideologías se revuelven en sus camisas de fuerza, en sus mortajas de acero, en su voluntad de existir a toda costa. Miren. Ya es algo tarde para según qué experimentos.
 Voy perdiendo las ganas de escribir sobre quien no se lo merece. Nuestros políticos en su vertiente okupa, sobre todo. Aligi Molina debería irse a vivir una temporada en el infierno ocupado de la Plaza Fleming. El medio alcalde de Palma, José Hila, debiera acompañarle al menos hasta que ceda su vara al otro medio alcalde, Antoni Noguera. No sé por qué prohíben, en Magaluf, la porquería del 'Gandía Shore' cuando el espectáculo de nuestros políticos, con Aurora Jhardi convertida en el terror okupa de las terrazas, no es mucho mejor. En absoluto.

 

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martes, junio 7

El reto de Robert Sarver


La Telaraña en El Mundo.


 Por un instante rememoré otras épocas. Los tres ascensos, con sus correspondientes descensos, de los años sesenta, cuando yo todavía era un niño. Los otros tres ascensos, también fugaces, de los años ochenta, cuando yo ya no era ningún niño. El último ascenso, a fínales de los años noventa, y desde entonces, un par de décadas largas y hasta aquí, los años gloriosos de Cúper, Luis Aragonés o Manzano en el banquillo, la clasificación para la Champions, la Copa del Rey, la Supercopa de España, la final de la Copa de la UEFA. El resto parece que sólo es pura crisis económica, concurso continuo de acreedores, catástrofe institucional sin límites.
 Pero el júbilo en las gradas y el césped no se correspondía, esta vez, con ninguna hazaña deportiva. Todo lo contrario. Librarse por los pelos del descenso a Segunda B puede ser la prueba definitiva de que Dios existe y además es muy bueno, pero no es, realmente, como para echar cohetes; o quizá sí. Vivimos en un mundo muy raro.
 De repente, se nos ha abierto el horizonte al arco iris mayúsculo del dinero. No hay mejor arco iris bajo el que desfilar. El nuevo propietario, Robert Sarver, parece tener dinero y también proyecto de futuro, aunque lo que fichó este invierno le saliera más bien rana. También convendría defenestrar al estrafalario alemán que aún nos preside. Me gustaría ir conociendo, sin prisas ni pausas, a los que van a ir sustituyendo a Ezaki, Nadal, Stankovic, Magdaleno, Luque, Guiza, Arango o Eto'o, entre tantos otros. Ese es el reto, míster Sarver.
 
 

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viernes, junio 3

Alcohol, drogas y sexo


La Telaraña en El Mundo.

 Alcohol, drogas y sexo. O Magaluf y la Playa de Palma. No se nos ocurre, francamente, una oferta propagandística más rotunda, un anzuelo publicitario con más y mejor gancho, un paquete vacacional que pueda superar este acelerado descenso a los infiernos abisales del sur y dejarnos, por supuesto, su huella marcada. A fuego líquido, sangre o semen. Los bárbaros del norte, que tanto sedujeron al viejo Cavafis, ya no vienen en son de invasión o guerra, aunque nos sigan invadiendo como antes y la lleven, la guerra, incorporada de serie, como una especie de infalible brújula interior sin más vórtices que los tres de marras.
 Alcohol, drogas y sexo. Me resulta reconfortante saber que, tan sólo a unos pocos kilómetros de donde vivo, late el siniestro paraíso artificial de quienes no parecen resignarse a haber sido expulsados del paraíso. Me parece bien que algunos no se resignen. Me parecen bien que sigan bebiendo y fornicando mientras puedan. Me parece estupendo que vuelen, verticales y ciegos, desde los balcones del vértigo al gélido y duro empedrado de la realidad.
 Alcohol, drogas y sexo. Uno nunca se cansa de repetir las tres palabras mágicas con las que se abren todas las puertas y también todos los escondrijos. Visito los videos antiguos que promocionan, haciéndolos pasar por nuevos, los tabloides británicos y observo que, por desgracia, cualquier tiempo pasado fue mejor. En efecto, hace unos cien años pasé un par de noches en Punta Ballena y en la Bierstrasse y la verdad es que aún no me he recuperado.

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martes, mayo 31

Escritores y pregoneros

La Telaraña en El Mundo.

 
 Al principio, cuando creíamos que el mundo recién dejaba de ser un vergel y todo el monte, aún, era de orégano, el solo hecho de que alguien perteneciera a nuestro mismo (e inexistente) gremio de escritores nos convertía en cómplices de algún secreto por desvelar y transmitir, en socios, a fin de cuentas, de esta curiosa tarea de nombrar el mundo contra la densidad de las sombras, la insuficiencia del lenguaje, la etérea conciencia revoloteando sobre la materia y convirtiéndola en un pálpito y un parpadeo, una prueba de fe, una cuestión de pulso.
 Luego pasa el tiempo y el paraíso retrocede en nuestro imaginario y la iniciación se convierte en una inexorable forma de vida, en un perenne camino de Santiago que nos lleva, una y otra vez, hasta los acantilados y arrecifes del fin del mundo, hasta el instante último en que regresamos al instante primero y no sabemos, entonces, si nuestra voz es un estertor o un vagido. Tal vez sea ambas cosas y ninguna.
 Cosas así pensé, el sábado pasado, cuando Najat El Hachmi pronunció el pregón de la XXXIV edición de la Feria del Libro. Quise volver atrás en el tiempo y escucharla sin prejuicios, pero no pude. Quise avanzar hasta una hipotética vida futura, inoculada de corrección política y pensamiento único, pero tampoco pude. ¿Cómo entender que el gremio de libreros o el gobierno de turno nos traigan a esta exótica e ilustre desconocida y nos la presenten como una de los nuestros? Quizá lo sea y sea yo, definitivamente, el extranjero fuera de lugar y de tiempo. Seguro.

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viernes, mayo 27

De llantos y libros


La Telaraña en El Mundo.

  Puede decirse que he vivido siempre entre libros, que he abrazado sus páginas de piel e hilo, que me he dejado cortar las yemas de los dedos, y hasta la identidad entera, en su filo de hierro, de fuego, de oro, de nada y que he escrito en sus márgenes como si la vida me fuera en ello; quizá me fuera. La vida nos va en lo que hacemos, porque eso es lo que somos: estas frases rotas, estos fragmentos donde el sentido pugna por prevalecer y no siempre lo logra.
 Escribía estas líneas y esta columna, que ya es otra, cuando llamaron a la puerta y fui y abrí. Una pareja de policías buscaba, finca a finca y piso a piso, el origen del llanto de un niño y una mujer. Los hice pasar a la galería del patio de luces y ahí estuvieron indagando con los vecinos de las fincas colindantes. Algo debieron concluir, porque salieron raudos tras darme las gracias. Les deseé suerte, porque me habían sacado de la rutina y me habían trasladado a la persecución de un llanto y una violencia que no debieran ser de este mundo, pero lo son. Vaya que sí.
 Pero vuelvo a mis libros y a mis galerías y terrazas. El Borne ocupado por las casetas de los libreros me trae buenos recuerdos de anteriores ferias del libro en las que participé, porque tenía algún libro que presentar. No es el caso, este año; pero casi que lo único que añoro son esas terrazas, donde nunca me senté, con las que Cort juega a imponer sus fobias sin lograr otra cosa que dibujar un paisaje enrarecido, un collage patológico del que no va a salir nada bueno. Por desgracia.
 

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martes, mayo 24

Sin refugio

La Telaraña en El Mundo.

 
 Una chica disfrazada de policía del alma (y del cuerpo) dibujaba líneas imaginarias en la calzada de la calle Olmos. Sobre esas fronteras metafóricas, que había que cruzar como si no existieran las aduanas y los peajes, bailaba dando saltos, adelante y atrás, sobre el filo ensangrentado de las nacionalidades territoriales, las de toda la vida y las recién sobrevenidas, las que impiden el paso ligero de los nómadas y el paso adolorido de los refugiados, las que cercenan las líneas de una libertad que debiera ser de todos y que, quizá, ya no sea de nadie.
 Unas trescientas personas, en resumen, pasaron entre cánticos, pancartas y performances, el sábado pasado, bajo mi casa camino de la Rambla, el Borne y la siempre lejana delegación del Gobierno. Siempre quedan lejos los gobiernos y sus extravagantes delegaciones no dejan de ser lugares vacíos, pero repletos de simbolismos y apreturas, de emisarios que olvidaron de donde vienen y que intentan disimular que nunca lo supieron.
 Se trataba, claro, de apoyar a los refugiados contra la "respuesta mercantil" de los gobiernos europeos. Deseé bajar a la calle y unirme a ellos, pero no lo hice, porque he de confesar que no soy capaz, por desgracia, de acoger a ningún refugiado en mi propia casa, más allá de recogerme a mí mismo y los míos. Más allá de mirar por los ventanales y comprobar, no sin cierta tristeza, que una casa es también una pequeña nación con sus fronteras, sus puertas bajo siete llaves y sus vistas rotas, como puentes tendidos hacia ninguna parte.


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viernes, mayo 20

El libro de la vida


La Telaraña en El Mundo.

  ¿Cuándo se deja de ser lo que se ha sido? La pregunta me asola mientras veo a Arnaldo Otegi (al que no sé si cabe calificar o no de terrorista) pasear sonriente y complacido de sí mismo por los pasillos del Parlament catalán como si fuera una personalidad destacada o un ejemplo a seguir; tal vez lo es y por ello, la gente, los cuatro gatos, la morralla de la CUP lo ha invitado a dar vueltas y hasta conferencias cara a la galería infinita de los horrores para poner en tela de juicio algunos valores comunes y corrientes y, de paso, dejar aturdidas y tiritando a las víctimas del terrorismo de ETA. ¿Cuándo se deja de ser víctima del terrorismo? ¿Caducan los crímenes y los recuerdos? ¿Podemos aquí aplicar la memoria histórica? No sabría responder a estas preguntas.
 O sí, sabría, pero para qué. Hace rato que nuestros principios éticos yacen arrinconados donde ni recordamos. Hace rato que los sustituimos por un pensamiento repleto de atajos y trampas lógicas, un entramado virtual donde nada es lo que es, sino lo que queremos que sea.
 Aun así, hay veces que sólo cerrando los ojos podemos atravesar las cortinas del horror o la sangre. Que sólo anulando los sentidos avanzamos entre el hedor y la descomposición. La superficialidad, la estupidez, la sinrazón. Hay veces que sólo cerrando los puños podemos aporrear el teclado contra el espectáculo de las horas aferrados a las páginas insomnes y en llamas del libro de la vida. Ese que intentamos escribir sin que nos destruya antes de tiempo. Un oxímoron, por supuesto.

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martes, mayo 17

15M y otras ruinas

La Telaraña en El Mundo.

 La realidad o las palabras, me digo, pensando que yazco, esta noche como tantas otras, en la postura fetal de costumbre. La realidad o las palabras, me repito, pensando que vivimos en una habitación con magníficas vistas de sí misma y que nos revolcamos por entre los círculos viciosos del polvo, el lodo, el sol y la sombra, la urdimbre de los espejos, la paradoja infinita de nombrar el mundo y crearlo en el mismo instante en que el trueno de la voz arrasa con todo: con el mundo y con nosotros. No tenemos ni siete días y el séptimo sólo nos sirve para saborear nuestro hermoso, inevitable, fracaso. Durante esas últimas horas veremos transcurrir toda nuestra vida.
 En estas, el sábado, pasé por la Plaza Mayor y unos corazones enormes, con las cuatro barras de la bandera catalana, me pusieron sobre aviso. No me topé con el presidente de la OCB, Jaume Mateu, ni con Iñigo Errejón, los "Castellers de Mallorca" o los "Al·lots de Llevant". Sus castillos de naipes me interesan tanto como si se arrancaran por peteneras o seguiriyas. Quizá menos.
 El domingo, para completar la fiesta, me encontré en la Plaza España (o Plaza Islandia, según se mire) con las ruinas del 15M. Cinco años después, a las ruinas de nuestra democracia le han salido las hidras del populismo y las purulencias del nacionalismo. En el suelo refulgía un corazón enorme con las cuatro barras de la bandera catalana y observé que lo firmaban, abajo, la OCB, el Govern y el Consell. Estos son quienes mandan. Quienes nos vigilan. La trinidad en persona.

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viernes, mayo 13

Variaciones de lo mismo


La Telaraña en El Mundo.

 Suena el teléfono y una voz metálica y femenina me pregunta sobre mi grado de satisfacción. El asunto me pilla a contrapié y cuelgo como quien pasa la página de un libro que no entiende, porque las frases se le atragantan y no hay forma de cazarle las ideas, que se le suponen, al libro de la vida. Uno no siempre puede con todo. Hay una gran nebulosa de vida y muerte alrededor, de cariño e ira entremezclados, de ternura e impaciencia desmenuzados y rotos, pero también rehechos, reconstruidos mil veces. Otra más en este instante.
 La satisfacción debe tener grados, en efecto; como un buen vino o licor, el avance de su lengua de fuego, su demora en el paladar y su descenso por la garganta hacia la oscuridad interior y los remolinos de la máquina trituradora, en fin, que somos. Destruimos todo para ver si, del metafórico esfuerzo, nos sale algo nuevo, personal o exótico. Lo malo es que combinando lo que ya hay tan sólo accedemos a una cualquiera de las casi infinitas variaciones de lo mismo. Hay que ver cuánto nos repetimos.
 La voz metálica y femenina sigue preguntando por mi grado de satisfacción y me dejo mecer, ambiguo, en el lecho del silencio. No tengo tiempo, sino para más preguntas. ¿Cómo podemos medir el asombro? ¿Cómo la desesperación o la indiferencia? ¿Cómo la decepción de ir viviendo los años y observar que, a fin de cuentas, nada cambia y todo se repite como si el mundo empezase de nuevo a cada instante y la memoria, la memoria de cada uno, fuera la única perturbación ingobernable? Quizá lo sea.

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martes, mayo 10

Confluencias

La Telaraña en El Mundo.

 
 Los que, tras los resultados del 20D y hasta la fecha, no lograron ponerse de acuerdo con vistas a la investidura de algún que otro presidente para esta complicadísima nación de naciones (o de provincias, en fin, que tanta solemnidad sólo demuestra lo mucho que nos gusta la palabrería) en la que todavía vivimos, están intentando, al parecer, crear confluencias de intereses electorales para aprovechar la casi insuperable tendencia al bipartidismo de la Ley D'Hont.
 A mí no me sorprende que se alíen los unos con los otros y los de más allá (y contra los de siempre, por supuesto) porque rascarle votos y escaños a los demás no deja de ser la misión primera de cualquier político que se precie. O que se desprecie, porque no resulta fácil justificar, a efectos, sobre todo, dialécticos, que la vieja izquierda, el añejo populismo, los rancios nacionalismos y hasta los surrealistas o posmodernos grupos antisistema parezcan tener tanto en común, pero igual lo tienen. O allá ellos.
 Se invierten, pues, algunas tendencias. Lo que no se logró hacer tras las últimas elecciones se intenta hacer, ahora, antes de las próximas. El problema es que, de momento, el planteamiento coyuntural de algunas de las conversaciones, por ejemplo, las de Podemos con MÉS y ERC o las del PSIB con todo lo que se mueve en Ibiza y Menorca, no garantiza unas confluencias sólidas y estables. Aun así, tampoco lo tiene mejor el PP con su elocuente sofisma de que gobierne el partido más votado. La soledad, en política, es la peor de las compañías.

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viernes, mayo 6

La curva de la felicidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Con un buen régimen alimenticio a base de carne y pescado (es decir, proteínas), mucha fruta y trampó mallorquín logré ponerme, hace ya unos años, en bastante buena forma; al menos, según las analíticas, la báscula y el índice de masa corporal, que ya se sabe que la salud no es sólo un montón de números y que las estadísticas acaban sirviendo de muy poco cuando se trata de que la máquina esté bien engrasada y no chirríe demasiado ni se rompa cuando menos te lo esperas. Pero ese es otro tema; siempre se rompe cuando menos te lo esperas.
 Luego, como es normal y deseable, llega el gran día en que, aunque no te lo creas, ya has cumplido con todos tus objetivos y el médico te levanta la veda de las humeantes fondues de queso, los espaguetis y canalones, la paella y los arroces caldosos, el infierno dorado de la sobrasada o los embutidos y, sobre todo, el famélico paraíso del pan, ese maná bíblico y familiar, eterno.
 Pero ya no puedes volver por dónde solías. Definitivamente, le has cogido manía a los hidratos de carbono y presientes, asimismo, que la báscula te vigila a todas horas. Tú mismo te vigilas, mientras te dejas llevar por la corriente y acabas probando todos los panes del universo. Resulta que están de moda y han proliferado multitud de comercios y mercadillos ecológicos. O así. Panes de centeno y semillas, de espelta, avena, maíz o soja. Pan moreno y hasta litúrgicos llonguets. Es cierto, está muy difícil mantener la línea y no acabar acogiéndose a la gloriosa curva de la felicidad. Bueno, ¿y qué?
 

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martes, mayo 3

Primero de mayo

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 Recuerdo el uno de mayo de 1975 en Valencia. La plaza del Caudillo tomada por los furgones policiales, la caballería piafando en los parterres y todos, en fin, corriendo calle Paz arriba y abajo, como quien busca salir de un laberinto y acaba arrestado en un portal sin más arma que el DNI y el arrugado carné de mal estudiante. No se me han borrado las amenazas ni los rostros airados, grises; y sin embargo nadie llegó a tocarme y salí por mis pies, la cabeza gacha y el ánimo roto, en busca de un autobús con que volver a casa. Regresé en taxi. Quizá las cosas no son como fueron, sino como las recuerdo.
 El domingo me asomé a los ventanales y observé el paso de unas decenas de personas, con pancartas y banderas enrolladas y niños saltando o de la mano, bajando por Olmos hacia el centro de una tormenta que no fue, porque ya no es tiempo de tormentas; casi no quedan ideas por las que luchar y la izquierda actual es sólo el pretexto de un "reality show" bolivariano.
 Entre otros, tres insignes consejeros del Govern, como Biel Barceló, Iago Negueruela y Fina Santiago, el alcalde José Hila y el sonriente líder de Podemos, Alberto Jarabo, lograron, con la subvencionada complicidad sindical, que la manifestación del Trabajo fuera como unos tiernos juegos florales; una reunión de unos cientos de personas balanceándose entre el sol y la lluvia (y la ciudad dormida) por el filo cálido de la línea tibia del poder protestándose a sí mismo, como si gobernasen otros. Aunque quizá sea así y gobiernen otros. Siempre otros.
 
 

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viernes, abril 29

Los clones

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 Veo tan poco la televisión que, cuando lo hago, no dejo de asombrarme al descubrir que lo que otros ya han descrito no es, como me temía, ninguna exageración, sino todo lo contrario; es cierto, tangible, irrefutable. Veo y escucho a Irene Montero y creo ver y escuchar, sin embargo, a Pablo Iglesias. Ambos gesticulan igual y la letanía monocorde, asfixiante, de sus frases es exactamente la misma; la misma forma de encabalgar las palabras, el mismo sonsonete a ritmo de amago, las mismas repeticiones silábicas, la misma retórica final y también, ay, el mismo revuelo populista.
 No sé si es que han practicado mucho, lo que sería algo admirable, o si es que son clones fabricados en la misma manufactura de las ideas. Yo lamentaría mucho que fuera lo segundo, porque de esa misma fábrica de saldos e infumables parecen haber salido la mayor parte de nuestros políticos. Los locales, también. Sobre todo.
 Hace unos días al Partido Popular de las islas no se le ocurrió otra humorada que intentar conseguir que el Parlament balear condenase la "trayectoria antidemocrática" del líder independentista vasco Arnaldo Otegi. Obviamente no lo consiguió; primero, porque no venía a cuento ocuparse, en ese lugar, de tan lóbrego personaje y, segundo, porque nuestras izquierdas folclóricas, nacionalistas, ecosoberanistas y hasta animalistas (o así) han perdido, hace tiempo, el mundo de vista y sólo atienden al clónico discurso conceptual que da, preferentemente, en pensar ordinarieces y, sobre todo, si es posible, en ejecutarlas.

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martes, abril 26

La línea última


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 Todo lo que hacemos está compuesto de automatismos que, aunque parezcan irrelevantes, no lo son. En absoluto. Esos tics y manías que han envejecido con nosotros, esas pautas de comportamiento que siempre nos parecieron tan extravagantes como útiles, esa forma habitual, en fin, de conducirnos es la que nos acaba confirmando la validez y el éxito, siempre tan relativo como fugaz, de nuestro esfuerzo. No somos máquinas, pero lo parecemos cuando se trata de realizar nuestro trabajo diario, esa labor por la que no recibimos otra medalla que algo de dinero y la satisfacción íntima (o la resignación lúcida) de ocupar el tiempo en lo que nos gusta.
 Vengo ahora de observar las últimas andanzas de Rafael Nadal. No me refiero al magnífico yate que se ha comprado, sino a su regreso a la tortuosa senda del triunfo. Primero fue el noveno Montecarlo y ahora el noveno Godó. Esperan Madrid y el cielo, el décimo cielo de Roland Garros.
 Nadal repite sus tics de siempre bañado en un sudor que nos parece eterno. Se compone el pantalón, el hombro izquierdo y el derecho, la nariz, la oreja izquierda, otra vez la nariz y finalmente la oreja derecha. O así. Después empieza otro ritual mecánico, el del tenis; y la bola cruza el aire escapando de la red y los gemidos. Nadal, cuando concluye el punto, remueve con sus zapatillas el polvo de arcilla en busca de la línea blanca de cal. No hay que perder nunca de vista esa línea última porque, como él sabe o sabrá algún día, es la que acaba dando sentido al juego y también a la vida.

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viernes, abril 22

Los textos sagrados

La Telaraña en El Mundo.
 
 Con los años uno se da cuenta de que va acumulando cadáveres, no sólo en la vida, sino también y, sobre todo, en la desangelada nómina de amigos de Facebook; en efecto, los amigos se nos mueren dejándonos sus frases lapidarias y su mejor foto de perfil. Ahora visitamos esos muros detenidos bajo las cúpulas gélidas del tiempo, esos frontispicios que insinúan, tal vez, una constelación de estatuas de sal huyendo de Sodoma, como si buscásemos las claves secretas del viaje eterno hacia la otra orilla. Pero no las hallamos, por supuesto.
 Toca, pues, detenerse y asumir que las metáforas apocalípticas nos resultan muy familiares; es cierto, hemos leído con fruición los textos sagrados y toda nuestra cultura se ha ido formulando a su alrededor, entre sus arenas movedizas y sus tribus nómadas, su cielo repleto de naufragios universales y torres que ya han caído, sus ángeles exilados y su cruz última, su laberinto demasiado humano de tentaciones, fulgor y muerte.
 Busco ahora el perfil en Facebook de Mohamed Harrak, el presunto yihadista detenido en Son Gotleu, y no lo encuentro. No hay tanto, me digo, de algunos pasajes del Corán a otros de la Biblia. Sale ahora el Govern a decirnos que no pasa nada. Biel Barceló trata de desactivar las alarmas en el sector turístico. Hace bien. David Abril, por su parte, dice esperar que la detención del marroquí no alimente el racismo. Me da que el problema no es el racismo, sino la violencia terrorista. Quizá haya que leer mucho más la Biblia y, ya puestos, también el Corán. 

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martes, abril 19

El espectáculo de las cosas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Como es obvio, todo está en su lugar; es decir, en la mirada del que observa el espectáculo de las cosas con el ánimo propio, encendido, del más curioso e insaciable de los voyeurs. Así es, nunca tenemos bastante, aunque nos conformamos con poco. Desfila el mundo, a ratos marcial y grosero, estrafalario, a ratos solemne, palmario; y nosotros, cuando no desfilamos con él, nos diluimos en la masa enardecida que aplaude o critica, jalea, abuchea. Puede que ese desagradable ruido de fondo sea la banda sonora de nuestras vidas.
 Pero cubro mis oídos y me ausculto. El juego suicida de los juicios de valor nos convierte en víctimas de la misma pasión que subyugó, entre muchos otros, a Nietzsche. Ya nadie lee a Nietzsche, pero si Dios ha muerto y nosotros ocupamos, finalmente, su privilegiado lugar, nuestra autoridad moral es sólo un artificio más que añadir a la impostura general. Todo es falso, salvo alguna cosa, como dice mi amigo Justo Serna parafraseando no importa a quién.
 Yo no sé muy bien lo que es falso y lo que no. Observo las piedras lavadas a la fuerza del monolito de Sa Feixina y sólo acierto a vislumbrar el carácter fálico del monumento funerario en honor de las víctimas del crucero «Baleares». La muerte suele ser más verdadera que falsa. Observo los movimientos de distracción de la clase política y alzo un crucifijo y una ristra de ajos al aire crispado de la campaña electoral que se avecina. Tengo ganas de salir corriendo, pero cualquiera escapa de un círculo infernal. Me da que no hay manera.
 
 

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viernes, abril 15

Turistas o refugiados


La Telaraña en El Mundo.
 
 A menudo me pierdo por las callejuelas del casco antiguo de Palma; me pierdo y me dejo engullir por las hordas de turistas que circulan, visiblemente relajados, por esos asombrosos laberintos de piedra. A veces me preguntan por dónde queda, no la Catedral o la Almudaina, sino los baños árabes, el convento de Santa Clara o incluso un par de museos que casi nadie conoce, el de Can Morey de Santmartí o el de las muñecas antiguas, por ejemplo. Yo conozco bien esos sitios porque, en no pocas ocasiones, me he perdido y encontrado en ellos, luego y de repente, bajo su sombra de piedra húmeda y sus rayos de sol oblicuos y febriles, agónicos, tal vez inexistentes.
 Con todo, una de las cosas que más admiro del casco antiguo es la gran cantidad de grafitis que van sucediéndose en esos lienzos de piedra donde es tan fácil encontrar imitaciones de Banksy como obras de algún artista anónimo que usa sus sprais de pintura para pulverizar sus propios fantasmas personales. Quizá también los nuestros.
 Lo que no es de recibo es que algunos grafiteros dejen de lado sus reivindicaciones artísticas y se dediquen, ahora, al peor panfletarismo ideológico promocionado desde no importa qué sectores. Todos sabemos cuáles son. Frases como "Stop guiris", "El turisme destrueix la ciutat" y "Tourist go home; Refugees Welcome" no hacen sino demostrarnos cómo se puede retroceder no ya al medioevo (que en pleno casco antiguo no sería mala época) sino a las auténticas cavernas de la inteligencia. De la falta de inteligencia, por supuesto.

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martes, abril 12

Humanos y máquinas


La Telaraña en El Mundo.

  Repaso mi pequeño parque tecnológico asumiendo que empieza a estar viejo. Viejo, pero no obsoleto, me digo, mientras recuerdo esa misma frase en boca de Arnold Schwarzenegger en una reciente entrega de «Terminator». Lo mejor de ese film era el envejecido Arnold parodiándose a sí mismo. ¿A quién si no? En efecto, los años y la obsolescencia programada se ciernen sobre nuestros artefactos como sobre nosotros y la capacidad de cumplir con las expectativas que algún día nos hicimos. O nos seguimos haciendo.
 Me gusta la ciencia ficción, no por lo que tiene de subterfugio, sino por su voluntad de proyectar realidades alternativas a la realidad diaria. Así, de repente, todos los problemas se nos volatizarían, como nuestra forma de vida, si llegase, por ejemplo, el día de los trífidos o el apocalipsis zombi, si nuestros libros ardieran a 451 grados Fahrenheit o si los ultracuerpos, en fin, comenzaran a usurpar nuestra humanidad. Todo se andará, me temo.
 Pero estaba yo entre mis máquinas. Microsoft y Apple. Quizá Samsung o alguna de las infinitas marcas chinas que manejamos pensando que son otra cosa. Tanto da. Esas máquinas reflejan todo cuanto somos hasta que no dan más de sí y son sustituidas. A un ordenador le sucede otro más veloz y potente, ergonómico, caro. Hasta el nuevo teclado parece ir más rápido que el antiguo y así es, en efecto; lástima que las ideas nos sigan fluyendo con muchísimo esfuerzo y a la penosa velocidad habitual. No sé si es un alivio saber que nosotros también seremos sustituidos.

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viernes, abril 8

Saritísima

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 Siempre que paso por la plaza Comtat de Rosselló me vienen a la memoria los instantes en que, hace ya una eternidad, Sara Montiel se acercó a compartir el manoseado cartón de un bingo conmigo. Yo la miraba, entre sorprendido y fascinado, mientras la suerte se nos iba esfumando número a número y todo quedaba en un par de frases roncas, que ya he olvidado, y en una sonrisa afiladísima, que todavía hoy me persigue. Es curioso comprobar con cuánta intensidad recordamos algunos detalles más o menos triviales en detrimento de otros, tal vez, más importantes. Pero es así como nos preservamos de la realidad y sus excesos; y logramos mantener la cordura. O casi.
 El caso es que ignoro los auténticos motivos por los que Cort, la inescrutable burocracia, las leyes y ordenanzas, los expedientes y la retórica de las licencias paralizaron, hace años, una inversión económica, que supongo cuantiosa, y siguen, a día de hoy, sin permitir que las ruletas más o menos rusas del azar enciendan sus farolillos rojos en pleno corazón de Palma.
 Ya sé que las ciudades, como Palma, tienen el corazón en muchos sitios. O puede que tengan muchos corazones. Escuché su latido, muy ametrallado, en los alrededores de Atarazanas. También en la Plaza Gomila de una época que ya no existe, aunque intenta renacer, me dicen. O cerca del Casal Solleric. En San Magín o en mil sitios. Sigo escuchándolos ahora mientras Sara Montiel vuelve a mirarme y yo me olvido de la suerte, porque la suerte era ella y tenía la voz ronca y la mirada afiladísima.
 

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martes, abril 5

El infierno


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 Voy del espejo a la ventana como si estuviera buscando algo sobre lo que apenas sé nada. Sólo que no lo encuentro y que no lo encontraré nunca o que, si lo encuentro, no me dará tiempo suficiente a saborearlo. Pero no pasa nada. Nunca pasa nada. O pasa, quizá, que esa búsqueda infructuosa acaba dando sentido a nuestras vidas y no es sino terriblemente hermoso y desolador sentir, de vez en cuando, el vacío dando saltos y hasta alaridos en las palmas de nuestras manos vacías. Es entonces cuando nos convencemos de que todo lo que, gloriosamente, hemos alcanzado a tocar es también, con exactitud, lo que hemos perdido. Vivir es buscar muchas cosas y no hallarlas y olvidarlas luego; perderlas para siempre.
 Todas estas reflexiones, las que parecen trasuntos personales y las que intentan agotar el mundo que damos en llamar exterior, no suceden en lugares o tiempos distintos; sólo existe este instante en que sucede todo a la vez, simultáneamente.
 Mientras tanto, consulto la última encuesta sobre las elecciones electorales que habrá, muy pronto, si el promocionado "pacto a la balear" de Francina Armengol no se acaba convirtiendo en el modelo nacional de nuestra maltrecha y degradada convivencia. Dios nos libre de ese infierno dialéctico, si quiere o puede. Porque no es fácil. El infierno es un lugar rocambolesco, que está en los espejos y también en las ventanas donde nos acabamos reuniendo cuando la fatiga nos vence y hace frío y deseamos ser devorados, sin excusas, por cualquier cosa. Incluso por los sueños.

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viernes, abril 1

Los 161


La Telaraña en El Mundo.
 
 Supongo que estar sin gobierno no es lo mejor para nadie. No lo es para una comunidad de vecinos ni para un sindicato de mamporreros del tres al cuarto, por ejemplo. No lo es para ninguna hipotética unidad de destino en lo universal, ya sea una etnia lingüística más o menos iluminada, un país normalito, una modesta nación o una alambicada nación de naciones; no es lo mejor, en fin, para España, que es un poco de esto y de aquello, una especie de bulto sospechoso o de presencia sobrenatural, según se quiera ver, que lleva más siglos que nadie en el mapa social y cultural de Europa sin que se sepa, al parecer, lo que realmente es.
 Ayuda a esta indefinición conceptual la mala cenestesia que padecemos como comunidad. En efecto, no estamos a gusto con nosotros mismos. Nos duelen las partes y, pese a lo mucho que las cuidamos, nos acaban pareciendo tan ajenas y prescindibles que casi quisiéramos extirpárnoslas. No pinta bien el enfermo, aunque sea imaginario y le guste serlo; no hay nada como una buena hipocondría para durar la eternidad entera sin dejar de quejarse.
 Con todo, no sé yo si es mejor estar sin gobierno que estar con según qué gobierno. A medida que chisporrotea la mecha encendida de la nueva convocatoria de elecciones aumenta la espantosa posibilidad de que Iglesias y Sánchez (dos cadáveres políticos si hay repetición electoral, el tercero es Rajoy) se líen la manta a la cabeza en busca de esos 161 escaños redentores que no se sabe muy bien ni a quien representan ni, sobre todo, para qué sirven.

 

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martes, marzo 29

Calles de cera

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 Subo y bajo, perplejo, la cuesta de la calle Olmos como si fuera un nazareno en un resbaladizo mar de cera. En efecto, a algún iluminado de Cort se le olvidó ordenar que se esparciera arena sobre la calzada, tal y como se venía haciendo desde siempre, con vistas a los pasos en carroza o en andas de la procesión del Jueves Santo, su gentío expectante, su pasión más o menos religiosa y su goteo de lágrimas de cera líquida. A ver, ahora, cuanto tiempo luce así de guarra esa vía estrecha por entre los cinco olmos que unen la parte alta de la ciudad y la baja. O viceversa.

 Con todo, la Pascua acabó ayer para dejarnos a las puertas de una temporada turística que se augura, tal vez, inmejorable. Pero no sé yo. Asoma, y amenaza con ensombrecer el panorama general, el compulsivo furor recaudador de un Govern que no deja de observar a la ciudadanía como si fuera nuestra la culpa de que las arcas estén vacías. No obstante, para no hacer nada no se necesita gran cosa. Ni siquiera una ecotasa, fantasmal y flamígera, errabunda.

 Tampoco es de recibo que quieran convertirnos en parte activa y, sobre todo, delatora del fraude ajeno (siempre ajeno, claro) de esa Hacienda Pública que ya éramos todos, según rezaba la publicidad o sugiere el devenir retorcidísimo de las leyes y las espectaculares contorsiones morales de los fiscales o abogados del caso Nóos, por ejemplo. ¿Cómo decirle a Maria Antònia Truyols, la directora de la Agencia Tributaria Balear, que no queremos ser cómplices de su usura intervencionista? Pues eso.

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viernes, marzo 25

Sin Dios ni Alá


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 Miro alrededor y todo parece normal. Enciendo la televisión o me conecto a las redes sociales y atruenan todas las alarmas del universo. Hoy soy Bruselas, como ayer fui París, Londres, Madrid o Nueva York. Soy muchos sitios; incluso algunos que ya no existen. Soy Ávalon, Vetusta, Malacia o Pandemónium. Soy Babel en llamas y todas las urbes arrasadas de este mundo sin ser, de hecho, ninguna de ellas; soy una metáfora tras otra, una convicción o una renuncia, una complicidad o un desacuerdo, un gran interrogante que igual podría confundirse con un sincero gesto de empatía que con un duro rictus de fastidio, molestia, desidia.
 Los tertulianos convienen en que es imposible evitar que un terrorista se enfunde un chaleco repleto de explosivos y se inmole. A mí lo que me parece mucho más imposible es que pueda existir alguien capaz de hacer eso y morir matando, indiscriminadamente, a la gente anónima que sólo intenta coger el avión o el metro, quizá, de sus sueños y se topa con el callejón sin salida de la muerte.
 Morir matando, sin embargo, no es nada del otro mundo. Todos los soldados de todos los ejércitos sobre la tierra lo llevan haciendo desde el principio de todas las guerras y los tiempos. Pasa, no obstante, que uno quisiera saber por qué extraña perversión ética ya no hay forma de distinguir el frente de la retaguardia ni los civiles de los combatientes. Pero lo peor es que cada vez resulta más difícil encontrarle algún rastro mínimamente humano a esta legión de terroristas sin perdón ni Dios. Ni Alá.


 

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martes, marzo 22

Plenitud y vacío

La Telaraña en El Mundo.

 Días atrás me topé en la Lonja con la mejor exposición que nunca había visto ahí. Se trataba del edificio absolutamente vacío y exento de todo, salvo de sí mismo, su soledad aérea de piedra, su revuelo de arcos góticos trenzando las ubres del cielo igual que proyectando una lluvia de sombras sin más objetivo que la plenitud de la humanidad reconciliándose, tal vez, consigo misma. Es bueno que los hombres y las mujeres se desnuden y, si es posible, hasta que se entrelacen, aunque sólo sea por alejarse de las luces artificiales del arte, el relente de la cultura, la exhibicionista obscenidad de las ideologías. No de algunas, de todas.

 Observo, taciturno, la agenda de los días y recuerdo que ya es primavera y que sigo añorando un invierno que no ha sido; y pienso que el cambio climático quizá sea eso y también la simbólica hora en que el planeta debiera apagar todas sus luces y sólo apaga la de sus principales monumentos. Las últimas pruebas de su infinita arrogancia, pero también de su limitada inteligencia.

 A oscuras (y desde luego que a tientas) seguimos viéndonos igual que bajo la luz blanca de un interrogatorio suicida. En efecto. No es nada fácil descubrir quiénes somos ni, mucho menos, llegar a serlo. Confluyen el tiempo y el espacio; y de esa mezcla, tan afortunada como frágil, venimos a nacer como si fuéramos el inacabado proyecto de algún dios enloquecido, quizá, por tanta carga pasada y futura como nos obliga a soportar este escurridizo instante de ahora. Este que acaba de pasar y ya no existe.

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viernes, marzo 18

Correos electrónicos

La Telaraña en El Mundo.

 Desde finales del siglo pasado me ha dado tiempo suficiente para ir creándome bastantes direcciones de correo electrónico. Algunas, por supuesto, han sucumbido al olvido o a la muerte del servidor que las mantenía, pero muchas otras, muchísimas, según compruebo echándole un vistazo a mi colección de bandejas de entrada en Outlook o Windows Live Mail, han sobrevivido y aún siguen recibiendo las noticias a las que un día me debí de suscribir, la propaganda de unos y otros, el spam de todos y hasta los virus que, mejor o peor encriptados, buscan alguna víctima propiciatoria. Vade retro.

 El caso es que, junto a la más feroz de las ofertas eróticas, me llegan, puntuales, los avisos políticos de casi todos los partidos del universo. Así, por ejemplo, alguna entidad catalanista me envía sus proclamas por la lengua esa suya con la misma naturalidad que el republicano Ted Cruz me dice que necesita recaudar 2,5 millones de dólares en los próximos días para vencer a Donald Trump. No parece mucho, pero no sé si la inversión me merece la pena.

 Otro que también me envía sus sermones es Pablo Iglesias. O alguno de los comisarios de sus círculos ampliados, descarriados o en fuga. Hace unos días me llegó su epístola titulada «Defender la Belleza». Sé que debería leerla por completo, pero no puedo; al tercer párrafo ya estoy de fango hasta los codos y al sexto, la asfixia gramatical me acaba venciendo. No hay forma de atravesar las áridas cañadas de la estupidez sin formar parte de ella. Y a eso sí que no estoy dispuesto.

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martes, marzo 15

El capote rojo

La Telaraña en El Mundo.

 Vivimos en el peor escenario para preservar ese frágil estado de las cosas que, desde siempre, hemos conocido como intimidad y que ahora llaman privacidad. O derecho a la privacidad, para ser más exactos. Parece que el lenguaje evoluciona como si nos persiguiera, cuesta abajo o entre los reglones torcidos de WhatsApp, hacia el fondo del abismo; y basta con pegarle una patada a una piedra, ay, para que se genere algún derecho urgente (incluso a decidir) que alguien reclamará como si le fuera la vida en ello. Quizá le vaya.

 Con todo, me parece bien que la gente reclame lo que desee. Así, varios miles de personas han inundado el centro de Valencia en pro de la tauromaquia y el toro, la sangre y el sudor compartidos sobre la arena al sol y a la sombra. Fui una vez al coso valenciano y, aunque tuve la suerte de toparme con más vaquillas que toros bravos, prometí no volver. No he vuelto, pero nunca me atrevería a prohibir que otros vayan. El mundo me resultaría un lugar terriblemente aburrido si pudiera organizarlo, por entero, a mi gusto.

 En efecto. Los que codician un mundo perfecto son víctimas de alguna perversión ideológica. Hay muchas. Observo el vestido rabiosamente rojo y minifaldero de la nueva secretaria general del PSM, Bel Busquets, y casi que caigo en la tentación de dejarme llevar por el chiste fácil o el chismorreo soez. Dios me libre. Un histórico partido de curas obreros y maestros rurales es ahora una caverna de filólogos de catalán y docentes de la «marea verde». Es cierto, todo evoluciona.



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viernes, marzo 11

Los muertos ilustres

La Telaraña en El Mundo.

 Llueve y hace frío. Es algo excepcional y así lo reseño, porque las ideas se me acumulan buscando en la realidad cercana, que es la que mejor conozco, alguna situación ajena que pueda sentir como propia o, al menos, como común; algún lugar donde guarecerme de la intemperie, de la extrañeza ante lo que no acabo de comprender y me asombra, abruma o aturde, me deja frío, muy frío y tiritando en estos días de marzo en que hace más frío del habitual. Hace frío y llueve.

 No entiendo, por ejemplo, más allá de la gravedad de los símbolos y de la precariedad física de la conciencia, que Cort se sume a una remota querella sobre los crímenes cometidos durante la Guerra Civil y la dictadura franquista en Mallorca que se oficia en el Juzgado Nacional de lo Criminal y Correccional Federal número 1 de Buenos Aires. Me da que ese viaje a Argentina es inútil y absurdo, pero igual yerro; y el motivo es que envejezco y no tengo muertos ilustres ni propios o preferidos en ninguna parte y todos los muertos me parecen el mismo muerto en un paisaje que se abre a la luz del alba igual que pestañea a la hora violeta o negra del crepúsculo.

 Con todo, la verdad es que ya no juzgo ni condeno a nadie. Me basta con mi curiosidad perpleja de a cada rato. Vuelvo a leer las urgentes amenazas de Cort al monolito de Sa Feixina y quedo absorto y en silencio. Realmente nunca viví nada muy especial en ese parque. Realmente no voy a irme a velar ningún monolito que no sea el de 2001 Una Odisea del Espacio. No sé, pues, de qué coño me quejo.


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martes, marzo 8

El desastre educativo

La Telaraña en El Mundo.

 
 Ignoro si saben lo que hacen. Puede que sí, pero también que no. Hablo de Armengol y del recién firmado documento de «Illes per un Pacte»; a la sazón, un proyecto de ingeniería social que no hace sino degradar el sistema educativo hasta convertirlo en el triunfo de la propaganda normativa, la exaltación de un ubicuo campo, si no de exterminio, sí de normalización y concentración, en el que los docentes tendrán, por cobayas, a nuestros hijos en esas fábricas trituradoras de la ciudadanía, que dan en practicar la burda parodia de la dialéctica -denunciada en su día por Schopenhauer o Marcuse, vaya- que es el pensamiento unidimensional. O único.
 Ya no se trata, que también, del desprecio que infligen al castellano en aras del blindaje vehicular e identitario del catalán, sino de que manipulan la realidad hasta trocarla un lugar siniestro donde los comisarios políticos campan a sus anchas y hay toque de queda, a todas horas, para la inteligencia, sus metáforas y su vértigo.
 Con todo, si algo puede empeorar, empeorará. Así, al documento firmado le falta aún el visto bueno de los sindicatos STEI-i y CCOO, la plataforma Crida y Podemos. Es de esperar que, con los añadidos de los catalanistas y los caprichos efervescentes de los populistas de Laura Camargo -tan ocurrentes como Donald Trump y sus ridículos muros contra la barbarie- el nuevo pacto educativo, en vez de sacarnos del fracaso escolar generalizado, nos hunda del todo en la sociedad ágrafa y hasta funcionalmente analfabeta que ya somos. Un desastre.
 

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viernes, marzo 4

La gran huelga

 
La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso la actualidad sin conseguir obviar la dolorosa sensación de náusea que me producen algunas noticias. Por ejemplo, el inaceptable menosprecio de un menor de edad, en Twitter, a cargo de su antiguo profesor de piano, más conocido por sus partituras soberanistas que por sus clases magistrales. Toda esa infamia duele en lo más hondo, porque cuanto sucede en Twitter es tan sólo una mínima parte de lo que, de hecho, sucede en la vida real, en el trasfondo de las relaciones humanas, en la mazmorra virtual donde algunas ideologías sujetan la brida de las víctimas y arman el látigo de los verdugos. Habría que hacer algo para acabar con tanta afrenta.
 Merodeo, asimismo, los discursos y los ademanes de sus señorías en el Congreso de los Diputados y mi estado general, por desgracia, no mejora. En absoluto. Yo era de los que pensaba que Rajoy no hizo bien renunciando al mandato real de formar gobierno. Yo era de los que pensaba que Sánchez dio un golpe de efecto ejemplar al asumir esa tarea. Tras dos días de electoralismo desbocado y una anunciada votación, me da que estaba equivocado.
 La verdad es que ya no sé si merecemos nuevo gobierno o nuevas elecciones. Me recordó mi cardiólogo, hace tan sólo unos días, una gran huelga de médicos en Bélgica durante los años sesenta. Al margen de otras consideraciones históricas, la interpretación más gamberra sobre esta huelga es la que afirma que, mientras duró, disminuyó la tasa de mortalidad de la población. Así que ya saben. Igual nos va mejor sin ningún gobierno.



 

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martes, marzo 1

La identidad balear

La Telaraña en El Mundo.

 El pasado domingo me fui de paseo por el Born y el Marítimo hasta llegar al asediado monolito de Sa Feixina. Por allí, el gentío iba de casa regional en casa regional y España entera parecía danzar, famélica y bastante acalorada, a su alrededor. No sé cómo harán nuestros bárbaros iletrados de Cort para conseguir volarlo, al monolito, sin que les caiga alguna acusación de nocturnidad o alevosía. Habrá, pues, que estar atentos.

 Con todo, me resultó muy agradable y hasta aleccionador celebrar por anticipado el Día de las Baleares, que es hoy, es decir, ahora, mientras leen estas líneas, en pleno Día de Andalucía, que era el domingo del que les hablo, sin más objetivo que abrirme paso entre la gente, comprar un pan gallego de centeno, degustar los quesos de algunos lugares de la Mancha, catar varios chorizos extremeños o leoneses y hasta regarme el gaznate con un poco de cerveza local, de Galilea, creo. Ahí es nada. O el todo en uno, insuperable, de la globalidad bien entendida.

 No les negaré, no obstante, que soy muy poco dado a las aglomeraciones y botellones, aunque sean en mercadillos llamados medievales. Vivimos entre eufemismos. Por eso, al llegar a casa, abrí las bolsas que llevaba y enarbolé, triunfal y hasta sarcástico, el bolígrafo que le saqué a la Dirección General de Política Lingüística y la gloriosa chapa sonrosada contra la violencia machista, regalo, supongo, del Institut de la Dona, para comprobar si la identidad balear tiene, realmente, algún sentido. La verdad es que no sé si lo tiene.

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viernes, febrero 26

Los populistas

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 Gobiernan o vigilan al gobierno, según se mire, en Baleares. Dan la nota en Madrid y Barcelona. Deambulan, como una siniestra falange de famélicos ministros, por si fuera posible subastar el gobierno de España a costa de la ambición y los conflictos ajenos. Se reproducen, sobre todo, en las tertulias televisivas, entre los bastidores de las redes sociales y, por último, en ese lugar gélido y terriblemente oscuro donde apartamos lo que nos produce algún tipo insuperable de repulsión o fobia. Estoy bailando alrededor de esa fosa.
 Pero hagamos balance. Desde el principio quisimos la libertad y la justicia por sobre todas las cosas, pero nunca las alcanzamos. Hemos especulado durante décadas con todo lo que nos podía hacer mejores sin encontrar salvo al individuo solo, enfrentado a sí mismo y sus dudas, su pequeña soledad de a dos, cuando hubo suerte, y su soledad absoluta cuando la brújula enloquecía y tocaba buscarse, tullidos, en el espejo de la multitud. Todos nos hemos buscado en ese espejo roto.
 Pero vivir en un espejo es someterse a demasiadas aristas y reflejos. Demasiado ruido. Me echo, pues, a un lado, sin cerrar, por supuesto, los ojos. Toda la cultura, los conocimientos y hasta la ignorancia que somos capaces de atesorar nos exigen resguardarnos de la inercia general y alejarnos de las frases hechas, las consignas y eslóganes, la publicidad tóxica y populista de una forma de vida que da, finalmente, en no pensar en nada. Cuando lo que urge es lo contrario. Pensar más y, sobre todo, mucho mejor.

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martes, febrero 23

Umberto Eco

La Telaraña en El Mundo.

 De repente, muere Umberto Eco y la terrible sospecha de que vamos perdiendo referentes empieza a tomar cuerpo y a convertirse en una inexorable certeza. Seguimos, no obstante, mirando el mundo como siempre, pero cada vez hay más sombras cayendo verticales y plúmbeas sobre nosotros; cada vez el claroscuro claustral en que elegimos vivir va perdiendo solidez, mientras se nos confunden las líneas, que creímos intocables, de la verdad y la mentira, y aprendemos que todo cumple su función en la vida y que vivir no es otra cosa que agotar todas las opciones y posibilidades que se nos presenten, al margen del éxito o fracaso final.

 Rebusco entre los libros y el desorden de mi biblioteca, sin suerte. No encuentro mi ejemplar de «Obra abierta» que fue, sin duda alguna, el ensayo de Eco que más impacto tuvo en mi vida, en aquellos años setenta repletos de búsqueda y revelaciones, de inocencia, curiosidad y lujuria. Tampoco encuentro «El péndulo de Foucault», la novela con la que cerré los superficiales años ochenta y empecé a pensar, quizá, en lo que no sería capaz de escribir hasta muchos años después, tal vez demasiados.

 Sin embargo, sí que encuentro un ejemplar bastante envejecido y sucio de «Baudolino», el último libro del filósofo piamontés que compré, allá a principios de siglo, y que, por cierto, no terminé de leer. Es muy posible que ya no lo lea nunca por completo, porque hay un tiempo para la lectura y otro para la escritura y no siempre coinciden, sino que se alternan. Descanse sin olvido, Umberto Eco.

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viernes, febrero 19

Provocaciones y bobadas

La Telaraña en El Mundo.

 Entró en la capilla universitaria, se desnudó de cintura para arriba y coreó varios eslóganes reivindicando el poder del clítoris contra la vagina de los siglos, los humedales del Vaticano, la monodia de los rosarios o vaya usted a saber qué. Rita Maestre es joven y estoy seguro, en efecto, de que quería mejorar el mundo, como le leo decir en una entrevista, que quería mejorarlo siquiera un poquito, cuando le dio por ponérselo, voz en grito, por montera. Pero el mundo es enorme y no mejora ni un ápice porque hagamos esto o lo otro; sólo mejora en nosotros, muy adentro, si ese poquito que hicimos obró el milagro de hacernos mejores sin saber bien por qué ni cómo.

 Quiero decir, claro, que yo no hubiera llevado a Rita Maestre a ningún juzgado por lo que acaeció hace cuatro años. Más aún, tampoco llevaría ante ningún juez a la poetisa Dolors Miquel por su espantosa parodia vaginal, uterina y hasta coñera del «Padrenuestro», que aprendí cuando niño y que ya casi no recuerdo, en la entrega de los premios Ciudad de Barcelona. De hecho, no iría a ninguna parte con ella.

 Con todo, hay que saber ser modernos, absolutamente modernos, si ello fuera posible. Resulta demasiado fácil e inútil, demasiado hipócrita, escandalizarse por estas provocaciones tan tópicas y poco elaboradas, tan burdas y triviales, tan desvencijadas que más parecen haberse escapado, a deshoras, de esa guerra antigua que nuestros abuelos mantuvieron, que formar parte del enigmático futuro que, día a día, construimos igual que destruimos. O así.

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martes, febrero 16

El oleaje del universo


 
La Telaraña en El Mundo.
 
 Resulta que nos mecemos en el oleaje reflectante de una explosión lejana y antigua, antiquísima. Resulta que, a nuestro alrededor, jirones de tiempo y espacio juegan a enloquecer juntos y a perder, ebrios, su hilo conductor, su compostura. En efecto, la conmoción causada por el descubrimiento científico de las ondas gravitacionales no hace sino demostrarnos lo que ya sospechábamos sin tener ni idea de astronomía: sólo nos está permitido entender hasta donde alcance nuestra imaginación y los sentidos sean capaces de certificarlo. De emularlo o trocar en símil. En metáfora. Quizá en un pavoroso «ringtone».
 Somos, pues, simulación y artificio. Ejercicio de estilo. Pose. Tal vez afectación. Por ello, nuestras largas conversaciones y el discurso existencial, que parece sostenerlas, sólo son un simple chasquido, como el de las ondas gravitacionales, que se habrá de perder sin remisión en la inmensidad cósmica de las galaxias, el vacío gélido de los agujeros negros, la eternidad en fuga de las constelaciones.
 Pero el universo también tiene sus coordenadas entre nosotros. No podría ser de otro modo. Así me entero, por ejemplo, de que el Grupo de Relatividad y Gravitación de la UIB es el único grupo de investigación en España que ha participado en el trasunto científico de las ondas gravitacionales. Es de justicia reseñar que la UIB, aparte de su reputada maestría en simulaciones y pálpitos filo-lingüísticos, tampoco es manca a la hora de auscultar el universo y hasta descifrar sus regüeldos. Nos alegramos.
 
 

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viernes, febrero 12

La obra en marcha

La Telaraña en El Mundo.

 En la sala de espera del médico nadie hace caso de la pila de suplementos culturales y revistas del corazón sobre la mesa. No obstante, todos atienden de forma uniforme y disciplinada, automática, a la palpitante actualidad de sus móviles: el ajetreo muscular de WhatsApp, la confortable empatía de Facebook, el vértigo histérico de Twitter, el enjambre visual de Instagram o el magnífico diseño de las aplicaciones, como Flipboard o Nextgen Reader, que filtran las principales noticias de las agencias y diarios.

 La actualidad sigue siendo, pues, lo que siempre fue. Un montón de bits transformándose sin pausa, como si la vida fuera reducible a unos pocos titulares centelleando, rutilantes, en los escaparates virtuales donde todo parece cobrar sentido antes de desvanecerse y convertirse en otra cosa. Todo se transforma en otra cosa, igual en la vidriosa pantalla táctil de nuestros móviles que en el pozo selectivo, oscuro y subterráneo, de nuestra memoria.

 Sólo he citado algunas de las muchas aplicaciones que conozco y que he utilizado o utilizo. Sin embargo, añoro aquellos días en que mi móvil sólo servía para llamar o recibir llamadas. Aquellos días en que iba al médico tan sólo para hojear el papel brillante y hasta satinado de la prensa rosa, amarilla o verde, para embriagarme con el perfume azul de la tinta negra o roja, para palpar el torso resbaladizo de una realidad que, como la piel, va mudando sus capas sin fruncir su ceño ni cambiar su expresión de provisionalidad y tránsito, de obra en marcha.

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martes, febrero 9

La tormenta perfecta


La Telaraña en El Mundo.
 

 Blanco y dorado o azul y negro. Así se veía, según quien mirara, el mismo vestido en el carnavalesco escaparate de las redes sociales de hace un año. Pero ese vestido y esa anécdota, en concreto, ya están olvidados. Otros juegos visuales han ocupado su trono. Otra sucesión de malentendidos. No importa, ahora, si la controversia actual trata sobre la mala baba de unos titiriteros en busca de un público inverosímil o si lo que se discute es el sabor de una ensalada de siglas políticas sin más obligación que alcanzar el gobierno sin perder del todo la propia personalidad. No es fácil ser, a la vez, flexible e irrompible como un junco.
 El tema es que la realidad prende en la retina de cada uno sin que veamos lo mismo. ¿Deberíamos verlo? No estoy seguro. Puede que incorporemos algunos filtros biológicos y culturales que nos diferencian, nos hacen únicos en lo accesorio y en lo esencial, que es ir de frente por la vida pese a los malos humos, la asfixia, la crisis que no acaba de remontar y que amenaza con empeorar y eternizarse.
 Por eso no me preocupa no entender absolutamente nada de la gente que ha salido de las cloacas reparadoras y justicieras del 15M y que ha tomado, por asalto democrático, el poder en las grandes ciudades. Incluso en Palma, aunque sea desde la sombra. Me da que son el fruto bíblico de una corrupción y decadencia absolutas. Me da que son la pesadilla, la tormenta perfecta de una razón colectiva que, poco a poco, va perdiendo su identidad y hasta su discurso. Y sin discurso no hay vida.

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viernes, febrero 5

Mutantes

La Telaraña en El Mundo.

 Repaso los titulares sobre el virus del Zika, como quien mira un enorme paisaje -quizá un poema de Mallarmé, cuando lo que vuelve a estar de moda es la cínica provocación del dadaísmo, cien años después- para deslindar el todo de las partes. El río de la mano abierta, caligráfica, de los afluentes. La tierra, en llamas, de los desiertos del fuego, la boca seca y los espejismos. El arte y la cultura, sobre todo, de la opresión territorial y lingüística. La convivencia, en fin, de la plaga de los totalitarismos.

 Parece que el problema no es el virus en sí, sino la mutación que le rodea. Nos rodea a todos. Nos penetra. Hace calor cuando no debiera. O hace frío. Y todo lo bueno y lo malo viajan, juntos, a la velocidad de la luz, el tren o el avión, el vértigo. Hoy transito una utopía o unas sombras letales, escapo de un intento de linchamiento en alguna red social y busco, en el paisaje de todos, ese espacio virgen, desubicado, desconectado, donde tanto me gustaría estar y, sin embargo, no estoy. No estamos. No hay nadie en ese sitio.

 Pero mutamos, en efecto. Leo que en Francia han identificado a unos ocho mil radicales que ahora apoyan el yihadismo, cuando hace poco no eran ni la mitad, y pienso en el mal que anida en la pobreza y la ignorancia, la falta de oportunidades. Salgo a las calles de Palma y me pregunto cuántos de mis vecinos son, ahora, partidarios de la extraña mezcla de populismo y nacionalismo con que nos vamos convirtiendo en otra cosa. Siempre en otra. Hermosos mutantes, perfectos. Retóricos.

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martes, febrero 2

El desencanto


 
La Telaraña en El Mundo.
 
 Venimos de las tinieblas del pasado y puede que nos aguarden las del futuro. Mientras tanto, sentimos la ficción de la luz (y la deslumbrante promesa de las luces) en el único marco del que podemos dar fe: el escurridizo presente, ese resplandor que parpadea y crepita como el fuego sobre la cera, como la vida a través de los años, el vaivén de las ideas o el seductor naufragio con que nos recibe la tierra al nacer o nos despedirá, seguramente, al morir. Todo es dulce y, a la vez, siniestro.
 Así viajamos en la barcaza de la vida. Desde el embarcadero de una promesa y una ilusión, que creíamos invencibles, hasta dejarnos la piel en los arrecifes de un fracaso anunciado o de una penúltima quimera, según el optimismo y la fe, el humor de cada uno. Así toma cuerpo el viaje y nos convertimos en los refugiados que nunca dejaremos de ser. Visitaremos la arena de todos los naufragios.
 En uno de esos arenales de sudor y sangre o risa y llanto, en sus acequias repletas de tristeza y esperanza, andamos ahora. Andamos de naufragio como de compras por los pasillos vacíos de unos almacenes donde no hay forma de satisfacer ningún deseo, de paliar ninguna necesidad, de solucionar ningún problema. Estamos sin gobierno y sin brújula. Rodeados de sombras y alimañas que rugen. Puede que claree la hora terrible del alba, la hora crucial de hacerlo (o deshacerlo) todo. Pero me debo a una quietud antigua y a cierto pesimismo del que ya no sé desprenderme. Me conformo, pues, con observar el desastre y mecerme en el desencanto.

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viernes, enero 29

Basado en hechos reales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Suelo decirle a mi mujer, medio en broma, que la mayoría de las películas que echan por televisión tratan de sicópatas. Me refiero, sobre todo, a esos telefilmes que repiten el peor de los guiones, el de una pareja en crisis, un hombre o una mujer infieles o una adolescente sometida a algún que otro tipo de acoso más o menos virtual, para acabar convirtiendo la acción en una enloquecida comedia bufa en la que nada es lo que parece y todo acaba siendo una burda parodia. Lo grave de estas ficciones es que suelen empezar con una fatal leyenda: se dicen basadas en hechos reales.

 Esto es lo que más me preocupa. No de los telefilmes, que sólo cumplen con su misión de rellenar el vacío de algunas horas, sino de la realidad, ese lugar y ese tiempo, tan escurridizos ambos, en que vivimos. Me preocupa que lo que intentamos hacer correctamente se nos acabe yendo por el sumidero general de una sociedad que igual no da para más que para el ridículo asesinato, por ejemplo, de Joaquin Phoenix en la última de Woody Allen. La razón, incluso la más filosófica, da para discursos así de endebles; y también para peores. Sin duda.
 Este es el instante, quizá, en el que me tendría que poner a hablar de Laura Camargo, su pin morado, y su terrible discurso equiparando la violencia machista con la discriminación del catalán respecto al castellano. Podría, pero no. No puedo competir con la inercia de unos tiempos que prefieren, al parecer, arrinconar la realidad y dedicarse a construir, en su lugar, una estúpida ficción tras otra.


 

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martes, enero 26

El laberinto de los días

La Telaraña en El Mundo.
 

 No tiene por qué ser algo necesariamente negativo, pero a algunos políticos se les nota más que a otros cuánto les gusta el poder. En ellos, la vieja voluntad de poder nietzscheana se convierte en una imperiosa comezón interior, una urgente necesidad física que sólo se calma cuando logran poseer el cetro de mando y ponerle, en fin, su propio rostro a la moneda mordida del gobierno de los días. Se olvidan, entonces, de las sudorosas timbas de los pactos o del inverosímil cénit surrealista de la vanidad. Desde arriba no se ve el mundo como desde el yermo erial donde parece pacer la manada. ¿Es así?
 Pienso, por ejemplo, en Francina Armengol y Pedro Sánchez. Ambos han llevado al partido socialista, cada uno en su respectivo ámbito, a los mayores descalabros electorales de la democracia. No obstante, Armengol supo pactar con quien le hizo falta para alcanzar el gobierno de las islas y Sánchez, si desde su propio entorno no lo remedian, puede acabar siendo presidente del gobierno de España. Suena raro, pero se dice pronto.
 Llegados a este punto, sólo nos queda hacer balance y mirar alrededor como a ninguna parte. La corrupción general y sistemática de los dos grandes partidos nacionales y, sobre todo, la crisis financiera y económica, la debacle global en que seguimos inmersos, nos han conducido al interior de un extraño laberinto del que sólo podemos intuir que las puertas de entrada son, también, las de salida. No hay otras. Habrá, pues, que desandar el camino y hacerlo todo al revés de cómo se hizo. O así.

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viernes, enero 22

La guerra y los premios

 

La Telaraña en El Mundo.
 
 El miércoles por la noche me quedé sin saber si la versión que emitió La 2 de "Las largas vacaciones del 36" -el film de Jaime Camino que se estrenó en 1976- incluía la censurada escena final de un batallón de soldados de origen magrebí, los llamados moros, asaltando un pequeño pueblo catalán. No sé qué me pasó. No sé si me dormí o si me fui al baño en el peor de los momentos, pero lo cierto es que cuando quise darme cuenta la película se había acabado. Estos lapsus tienen, hoy en día, fácil arreglo; pero lo primero es asumir que no siempre hacemos lo que deseamos o prevemos, lo que de verdad nos importa.
 Había en esas largas vacaciones la proyección de un miedo y un rencor antiguos, una inocencia echada a perder y el rumor tullido de una guerra fratricida que convertía a todos en víctimas y también en verdugos, traidores y delatores, payasos o mártires, héroes improvisados en mitad de una tragedia, que no deseamos revivir, pero quién sabe.
 Unas horas antes vi que en IB3 le daban bombo y platillo a los Premios Ciudad de Palma. O así. Resulta que el «Sant Sebastià Literari», que estos años pasados se celebraba en las catacumbas culturales de Can Alcover, ahora se celebra en el Teatro Principal. Ni lo grotesco de José Hila confesándonos su intención de convertir el viejo edificio de GESA en una especie de nuevo Faro de Alejandría ni toda la parafernalia sectaria, cavernícola e intolerante de la OCB, el Pen Català o la Institució de les Lletres Catalanes impedirán que felicite a los ganadores. Enhorabuena.



 

 

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martes, enero 19

La realidad

La Telaraña en El Mundo.

 Quizá la realidad sea como es y no, definitivamente, como queremos o nos gustaría que fuera. O puede, también, que tendamos a llamar realidad a lo que sólo es una mezcla de cuanto vemos y creemos ver, un espejismo bastante gamberro de la razón o la voluntad, una interpretación que dice mucho más de nosotros que del mundo enorme, complejo y repleto de matices, que intentamos, de continuo, aprehender. Con no demasiado éxito, por desgracia.

 Pasa que todo lo que nos rodea, el mundo, la realidad, la extraña materia donde intercambiamos tantas cosas y proyectamos todo cuanto somos o creemos ser, ha cambiado mucho de aspecto. Recibimos información desde cualquier parte del universo. Nos relacionamos con gente a la que no conoceremos jamás. Con personas que, tal vez, ni existen, salvo en exclusiva para nosotros o nuestra fantasía, nuestra debacle de la pasión o los sentidos. Quizá de la inteligencia.

 Resulta que hace tan sólo unos veinte años no teníamos Internet. No existían las redes sociales. Ni la Wikipedia, que ha cumplido quince años. No teníamos móvil ni puñetera falta que nos hacía. Yo escribía mis columnas en pesados folios blancos con una ruidosa Olivetti y los llevaba al periódico en mano. Pero, pese a las apariencias, la realidad de las cosas de ahora es similar a la de entonces. Su íntima razón de ser y hasta el balbuceante discurso que lo sostiene todo son exactamente los mismos, ahora, que antes. Igual de enigmáticos e indescifrables. Igual de seductora, nuestra inquisitiva ignorancia de siempre.

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viernes, enero 15

La cuesta de enero


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, uno mira con desaliento y no poca curiosidad el frágil calendario de los días y cae en la cuenta de que ya estamos transitando una nueva cuesta de enero, con sus rampas infernales y sus falsos descansillos, sus precarios miradores desangelados y fuliginosos, sus vistas incomparables al abismo, su rosario interminable de perlas, como curvas negras y redondas, como alfileres de hueso y carne, como voluminosas lágrimas, tal vez, de grueso metal líquido y ardiente.
 Quiero decir, en fin, que con la llegada del nuevo año (tan recién nacido que anda entre pucheros y pañales) aún no he sido capaz de hacerle balance alguno al año anterior ni de poner en orden la acostumbrada ristra de proyectos con la que comienza cada nuevo año. Incluso éste, que asoma remolón y díscolo, complejo y apasionante, capcioso, teatral y hasta enloquecido. Buen ejemplo de cómo intentamos progresar sin ni siquiera movernos o, peor aún, sin tener la más remota idea de hacia dónde queremos ir. O de hacia dónde nos llevan.
 Supongo que todo este desconcierto inicial mío tiene mucho que ver, por no hablar de los decretazos de Armengol según le va soplando Podemos, con haber sido testigo de las esperpénticas constituciones de los parlamentos de Cataluña y España. Todas estas parodias, sin embargo, durarán muy poco, porque no se puede gobernar un país desde la dictadura coral de los platós televisivos y las redes sociales. El año no empieza, pues, como debiera, con un tierno vagido, sino con un largo e insoportable chirrido.

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martes, enero 12

La estrella negra

La Telaraña en El Mundo.
 

 Busco en los cielos alguna señal de optimismo, pero no la encuentro. Me llega, sin avisar, la noticia fulminante de la muerte de David Bowie y presiento el peso vertiginoso de las lágrimas. En la sien, en el pecho. Dejo que Blackstar, su último disco, me invada con su estrella negra, su jazz o su rock lascivamente entremezclados, su tono perseverante y crepuscular. Su íntima voluntad de perderlo todo y entregarlo, al fin, sin renunciar a nada.
 Pero de música entiendo poco. O nada. Tarareo los compases de mi vida y pierdo el hilo y hasta se me escapa la melodía. Su sentido. Su sinsentido. Danzo inmóvil, mientras me derrumbo y busco cobijo entre mis recuerdos como entre metáforas. Me sé, pues, un poco más huérfano que de costumbre, pero no importa. En esa banda sonora que siempre acaba siendo la vida, fui tantas veces feliz como fui desgraciado. Rectifico ahora que puedo. Nunca he sido desgraciado y nunca creí ser feliz del todo. Creo que hice bien.
 Ahora sigo buscando en los cielos alguna señal de optimismo, pero no la encuentro. Parpadea una estrella negra, quizá Ziggy Stardust regresando, como si fuera Lazarus, de entre los muertos. Hay un país en llamas, éste, un país a trozos y con varios nombres y múltiples conexiones sentimentales, Mallorca, Baleares, Valencia o Cataluña, España y también Europa, por ejemplo, y hay también un cielo de todos, un cielo cuajado de amenazas, un cielo absolutamente vacío donde, sin embargo, la vida y la muerte no hacen otra cosa que seducirnos, alternativa y fatalmente.

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