LA TELARAÑA

martes, enero 27

El Oráculo


La Telaraña en El Mundo.
 
 El domingo anduve, taciturno y aterido, entre las sombras de Christian Boltanski en la Lonja como entre las del teatro electoral de la vida en Grecia, por citar un lugar común y bastante promiscuo, a la misma hora y con el mismo frío. O eso supongo. Pensé el domingo entre las sombras (que ya no importa de quién eran, porque lo único cierto es que eran mías) que resulta realmente muy difícil llenar el gótico sentimental y solemne de la existencia con el vacío inaguantable de unos cuantos focos de luz mortecina, las sombras chinescas de una danza (y su somnolienta letanía) que se desea macabra, pero que ni siquiera es cómica, sino ridícula.
 Voy, pues, de las sombras tullidas y menesterosas que han usurpado, no sé cómo ni entiendo por qué, el espacio arriba y abajo de los arcos potentísimos de la Lonja y su antiguo comercio de las cosas y la vida, a las maniobras orquestales, también en la oscuridad, de un carnaval político donde se pretende usar el filo de una inverosímil balanza para medirnos por igual y al gusto de todos. No hay forma.
 Así se mece, la usura, entre las sombras de Boltanski como entre los bastidores del espantoso artificio de unas elecciones donde el Oráculo va de un bostezo a otro; de la manipulación del miedo y las proyecciones de la pobreza a la indigencia intelectual y la precariedad física, de las arenas movedizas al lodo primigenio donde acabamos sumergidos y aprendemos a respirar lo irrespirable. No debe ser tan difícil, cuando tantos parecen hacerlo y son los que prosperan y hasta prevalecen.

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viernes, enero 23

La cárcel de plasma


La Telaraña en El Mundo.

 Quizá la cárcel ya no es aquel lugar mugriento y peligroso que aparecía (y que aún aparece) en algunas películas más o menos ejemplares. O igual es que hay cárceles a la carta; cloacas inmundas para unos y apañados lugares de retiro y meditación para otros. Lo ignoro, pero la imagen de Luis Bárcenas, elegantemente trajeado y relamido en el plasma hiperbólico de la comisión del Parlament que investiga la construcción de Son Espases, nos obliga a añorar la bola de hierro y los grilletes en los tobillos, el traje de lista (a rayas verticales) y hasta el zumbido sudoroso de las viejas moscas voraces, como abejas en abril, perseguidas, perseguidas, por amor de lo que vuela. O así. Seguro que recuerdan esa música.
 Pero el baile, estos días de voluptuosas vísperas electorales, parece marcado por el aullido urgente de las sirenas. Unos y otros van dando bandazos a la espera de encontrar su propio lugar en la tormenta perfecta de un panorama político que da más grima que otra cosa.
 Así, mientras en el PSIB miran a Francina Armengol (y a su séquito) por verle al pasado su auténtico rastro de milagrosos palacios conyugales en mitad de los jardines del edén, en el Partido Popular esperan, aturdidos, a que dejen de ladrar los enormes perros del inexplicable José María Rodríguez. En Podemos, mientras tanto, se agolpan algunos rostros jóvenes (y casi vírgenes) con los desechos monolíticos de otras formaciones políticas, otras patrañas y pactos. El paisaje es el que es, pero no sé si el flautista va hacia donde quiere o le dicen.

 

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martes, enero 20

«Blue Monday»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que esta noche he soñado que al entrar, primero en Facebook y luego en Twitter, me encontraba con el no sé si desolador o refrescante panorama de no tener absolutamente ningún amigo. Ningún admirador, seguidor o acólito. Ningún lector, ningún escriba. Ningún alma gemela dispuesta, de vez en cuando, a leer y compartir mis palabras; a ponerme, siquiera sea por compasión o inercia, un ansiolítico y hasta reparador «Me gusta».
 Esto debe ser el fin del mundo, pensé, repasando los muros vacíos donde recordaba haber dialogado (y hasta pontificado) sobre lo humano y lo divino, sobre el sexo de los ángeles y sobre los ángeles mismos, al fin caídos y convertidos en los seres más heridos del universo: abocados a la confusión y al ruido infernal de Babel, esa tertulia televisiva, virtual, lenguaraz y eterna. Seres al borde de un precipicio y con ganas, vaya por dios, de dar un paso al frente.
 Pero es ahora, en vivo y en directo, cuando advierto las oscuras razones de este sueño. Buceo en internet sin más brújula que el deseo de encontrar algún sucedáneo de la luz o la palabra. Algún silencio, tal vez, bajo el que guarecerme. Lo encuentro al descubrir que el lunes (al sol tímido de enero) en que escribo esta columna (ayer para el lector) es el «Blue Monday», el tercer lunes del año y, según exóticas fórmulas más o menos matemáticas, el día más triste del año: el día ideal para haberse dejado el alma en el botellón de Sant Sebastià y amanecer, luego, entre estas líneas sin más compañía que una maldita e insuperable resaca.

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viernes, enero 16

Santos Sebastià y Kanut


La Telaraña en El Mundo.
 
 Días atrás, respiré con alivio al comprobar que había sobrevivido a la larga y ceremoniosa romería de las fiestas navideñas, el cambio de año y hasta la liturgia de Reyes. Sin embargo, la calma no me duró mucho, porque aún nos faltaba por celebrar el flamígero Sant Sebastià y conseguir, así, que la endemoniada cuesta de enero se convierta, por estos lares, en una interminable sucesión de festejos que no se sabe cuándo son institucionales o ciudadanos. Creo que no es lo mismo, aunque no sabría explicar por qué.
 Es cierto. Ignoro hasta qué punto es voluntad institucional o ciudadana llenarnos la ciudad de dimonis y foguerons, sumergirnos en la exaltación de la mugre y el humo, en el paroxismo acústico de la atronadora pirotecnia fallera sin la cual, al parecer, no sabemos divertirnos. Divertirse no es fácil, de acuerdo. Eso sí lo sé.
 No es fácil divertirse cuando se trata, como en este caso, de eventos colectivos que hay que planificar con cargo al erario público y no de situaciones espontáneas o personales. No es fácil divertirse cuando la risa va por barrios y en los juzgados de Vía Alemania la aglomeración es de las que hacen época. No es fácil divertirse cuando la alternativa a Sant Sebastià es Sant Kanut y su apuesta (la de MÉS y la riada nacionalista) es sólo más de lo mismo: la impostura generalizada en la que unos y otros se empeñan en vendernos no sé qué cosa más o menos popular (a la que llaman cultura) mientras no arde más cera que las tripas del cerdo en las ascuas del ubicuo botellón urbano. Un sin vivir.

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martes, enero 13

Sueños húmedos


La Telaraña en El Mundo. 

 Después de los baños de multitudes y de la emotiva efervescencia simbólica general –los líderes de una Europa en absoluta crisis avanzando de la presunta mano del pueblo por las calles abiertas y luminosas de París- toca, al fin, un poco de ensimismamiento. O de luto. Anita Ekberg acaba de morir, ya con ochenta y tres años a cuestas, y yo repaso, como un huérfano inverosímil, mis álbumes de fotografías a la caza y captura de alguna de sus imágenes todavía en mi retina.
 No creo que se pueda visitar la Fontana de Trevi, en Roma, sin quedarse absorto un buen rato imaginándola, exuberante, húmeda y también retórica, por entre las cortinas del agua y el amor o el deseo. Me sorprendo, sin embargo, al constatar que apenas guardo imágenes de la escultural actriz sueca en el álbum metafórico de mi vida. Hago memoria y me desando. Frunzo el ceño.
 El sueño cinematográfico de Federico Fellini se me aparece como un sueño ajeno entre todos los sueños que he soñado como si también fueran míos. Seguro que lo son, porque los sueños no tienen dueño; son ellos los que nos dominan y despiertan, los que nos hacen avivar el paso y tender la mirada hacia un horizonte que no esconde otra cosa que nuestra insatisfacción permanente. Anita nos miraba somnolienta y sabíamos, entonces, que no entendía nada de un guión que tampoco nosotros entendíamos. No hay forma, quizá, de despertarse nunca del todo. De despertarse por completo, quiero decir, y saberse tan lejos de la rígida y estricta realidad como de la voluptuosidad rubia de los sueños.
 

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viernes, enero 9

Los imbéciles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que se suman a un credo, una fe, un avivamiento o una liturgia cualquiera y la acaban convirtiendo en la mortaja totalitaria del universo, en el paisaje único de sus lamentables vidas, en la asfixiante locura de tratar de imponer a los demás ese mismo credo, fe o liturgia, esa fúnebre broma de los sentidos que consiente hasta en inmolarse para alcanzar un imposible harén de vírgenes ensangrentadas.
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que le buscan razones y hasta motivos a la barbarie, justificaciones a la fría descarga asesina de un arma de fuego y plomo contra la piel y la vida, contra la levedad y el humor, a veces errado y herido, de los que intuimos que todo en la vida es siempre fugaz y pasajero, salvo alguna que otra cosa; hay que volver a atravesar el viejo río de Heráclito y de la existencia y recordar la perseverante humedad del agua en la piel hasta cuando se haya, finalmente, secado y los truenos resuenen cerca y los rayos nos sigan persiguiendo con sus chuzos de punta. Con su fanatismo.
 «Es duro ser amado por estos imbéciles». Así lo declaraba un desbordado Mahoma de caricatura refiriéndose a algunos de sus seguidores. Pero hoy, que podríamos dibujar esas mismas viñetas con la sangre aún caliente de las víctimas de Charlie Hebdo, sólo nos queda pensar que es duro, muy duro, ser odiado por estos imbéciles y asesinos del kaláshnikov en las manos y la metralla en la frente. O en el alma.

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martes, enero 6

Indignados y circulares


La Telaraña en El Mundo.
 
 Una mala digestión lo explica casi todo. Justifica hasta el mal uso que hacemos del lenguaje (en especial de los adjetivos, al sustantivarlos) convirtiéndolo en un manojo aterido de sílabas que crujen, espantadas, según el devenir de nuestros caprichos sintácticos o nuestro ver el mundo tal y como nos conviene verlo. Será que no hay que dejar escapar lo que quisiéramos nuestro, pese a sospechar que no lo es ni lo será nunca.
 Pienso en algunas palabras que nos rondan como espectros que han tomado cuerpo entre nosotros. Presencia, peso específico, acampada en las graderías oblicuas del pensamiento. Pienso en la indignación, por ejemplo. En ese estado sulfuroso del espíritu que sirve para que algunos nos vendan su mercancía de futuro en los barrios risueños de la igualdad, la justicia, la libertad, el bienestar, el harén (ni a la diestra ni a la siniestra) de un cielo huérfano de dioses. Podemos creérnoslo. O no.
 La indignación, con todo, no acaba de ser una doctrina universitaria con visos docentes. Al contrario. La gente indignada no se dedica a las metáforas ni a tomar el cielo por sorpresa. Los auténticos indignados debieran arrasar con todo, destruir palacios de invierno, iglesias, bancos, cuarteles, tomar calles, plazas y hasta ejecutar urbes enteras. La indignación debiera cruzar el puente de las palabras e ir más allá. Hasta ese punto sin retorno, donde se nos expulsa del paraíso para que pasemos la vida entera intentando recuperarlo. Se cierra así el círculo y regresamos al principio. Es decir, donde siempre.

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viernes, enero 2

La usura


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me pareció, en fin, que al menos por esta vez (y sin que sirva de precedente) había más fuerzas de seguridad en las esquinas, como meretrices redentoras, que independentistas ceñudos y barriobajeros por las calles céntricas de Palma, la otra noche del 30-D, mientras el artefacto conceptual (y tan maniqueo) de la fiesta del Estandart se diluía como un azucarillo industrial y la ciudadanía paseaba ajena a lo que no fuera la Navidad pura y dura, las últimas compras, las penúltimas efusiones, el leve deambular sobre un manto de incertidumbre, pero también de fe. De fe, pese a todo.
 
 Será por ella, tal vez, que 2015 llegó a su hora y que me levanté de buena mañana (para escribir estas líneas) entre el silencio general, afuera, y no sé si algo, aparte de la expectación, adentro. Me demoré, no obstante, en un recurrente sueño que vengo teniendo: las páginas del calendario de la vida se me convierten en bolas enmarañadas de papel arrugado. Hubo un tiempo, en efecto, en que cuanto escribíamos dejaba un rastro así: la papelera repleta, la Olivetti agobiada.

 Sigue repleta, cómo no, de basura la vida; y el año comienza enredado. Habrá que seguir siendo muy críticos, pues, con los lodos que se avecinan, las conjuras de políticos y banqueros (y pienso en Bankia y Sa Nostra), la desvergüenza de los que convirtieron el sistema democrático y financiero en su cortijo, en la infame cloaca donde los otros padecemos el espejismo (y la pesadilla) del Estado del Bienestar evaporándose sobre las autopistas rumbo al infierno. Eso es la usura.

 

 

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martes, diciembre 30

El balance del año


La Telaraña en El Mundo.
 
 Es un clásico que, cuando las hojas del calendario escasean, nos dé por ponernos a hacer balances; a sumar y restar anécdotas como si la vida nos fuese en ello y esa contabilidad escondiera buena parte de lo que somos o queremos ser. Una rebuscada sucesión de muecas y aspavientos, un informulable catálogo de proyectos, un vertiginoso resquicio de realidad virgen por entre las estridencias y la promiscuidad de los lugares comunes.
 Quiero decir, claro, que no hay balance que resista un análisis serio más allá del azar y el humor variable de las horas. Abro Flipboard (que es un magazine digital de lo más aparente) y me encuentro con el mismo resumen del año que ya leí en la prensa escrita. O en Twitter y Facebook. Todo es similar cuando depende, en fin, de la prevalencia monstruosa del diseño y de la íntima convicción de que a nadie le importa un ápice remover el espléndido lodazal que suele ser (y es) un año entero. Algo que hay que celebrar cuando acaba, mañana mismo, entre uvas, campanadas y confetis. No es mala idea olvidar lo que no merece ser recordado.
 Pasará, sin embargo, que del año que se va yendo, como de los que ya se fueron, tercos y parsimoniosos, nos quedará siempre alguna que otra imagen suelta y acaso inconexa, alguna idea por perfilar, algún nubarrón repleto de sospechas y temores: la intratable melancolía de haber dejado pasar otros 365 días sin dar lo mejor de nosotros. O dándolo, que duele mucho más, cuando lo que hay lo dice todo de nuestras carencias y no tanto de nuestras posibilidades. O así.

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viernes, diciembre 26

Cuento de Navidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Se va yendo rápido el año con el lento ritual de costumbre. Miro atrás y observo el confuso arenal de los días que ya pasaron. Miro adelante y no acierto a saber, con exactitud, qué nos espera; ello me tranquiliza, porque prefiero pensar (contra la lógica de la experiencia) que todo está siempre por escribir, que la vida es un renacer sucesivo con sus sudores, sus contracciones físicas y su llanto. La convicción asfixiante de que la vida comienza al quebrarse el silencio: recomienza a cada instante como el oleaje persistente (de nuevo, la bulliciosa Teoría de las Catástrofes y sus múltiples variantes) en el cementerio marino de Paul Valéry como en el de nuestras propias vidas.
 Voy, pues, de la religión y el caos al caos y la poesía, como en un trance místico que va a durar, por supuesto, mucho menos de lo que yo quisiera. Un instante, un parpadeo, un fulgor, una vida.
 Pero escribo, en definitiva, al alba de un día de Navidad que ahora se despereza: cruje el papel rasgado de los regalos junto al árbol de las luces parpadeantes y hay en las migajas de pan abandonadas sobre la mesa el recuerdo de algunas risas y algún que otro chascarrillo en torno al discurso del nuevo Rey. No se puede ser solemne al borde mismo y expectante de las viandas y el champán descorchado. No se puede ser estrictamente real y convenir, a fin de cuentas, que lo único que de verdad nos une es el ir y venir (y también el tira y afloja) de algunos sentimientos. Dependemos de ellos. De que prevalezcan. Mientras tanto, felices fiestas para todos.
 

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martes, diciembre 23

Palacetes de invierno


La Telaraña en El Mundo.
 
 Una curiosa aglomeración en las escaleras del Mercado del Olivar me desvió, el sábado pasado, de mis pasos (y también de mis pensamientos) para ofrecerme el espectáculo de Pedro Sánchez, el líder socialista que aún no se sabe si será el gran líder socialista de los próximos cuatro años, atendiendo a los medios, repartiendo sonrisas y estrechando manos; haciéndose selfies (autofotos, en castellano) con la mamá y la abuela, con los jóvenes, los niños y las niñas, con el personal radiante y jubiloso de su club de fans. O con el de Francina Armengol, que le acompañaba presumiendo, en su papel de anfitriona, de sonrisa cómplice y hasta hospitalaria.
 Lo cierto es que las escaleras del Olivar no son especialmente míticas ni cinematográficas. No dan para ninguna revolución más allá de las quimeras personales. Allí se reúnen, a veces, algunos mendigos y piden limosna y comparten el vino. Allí una chica negra baila sola y atormentada, mientras habla con no se sabe quién a grandes voces.
 Pero dejémonos de anécdotas y vayamos al grano. No creo que exista nada tan agotador y estresante como someterse a ese primer grado de la multitud y los medios en vivo y en directo. Nada, salvo trabajar de verdad, por supuesto. Nada, salvo edificar los palacetes y los jardines, las revoluciones, reformas y contrarreformas de nuestros sueños con el sudor y el esfuerzo de las propias manos moldeando el barro áspero y gris de los días. Eso es algo que Armengol, al menos, debería de saber muy bien, pero no estoy muy seguro yo de que lo sepa. No.
 

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viernes, diciembre 19

Historia y biografía


La Telaraña en El Mundo.

 Tengo para mí que el aislamiento no hace sino favorecer la cerrazón totalitaria de las dictaduras a la vez que va hundiendo a la gente en la desesperación y el cinismo, en la abulia y la dejadez, en el insomnio y el vértigo indefinidos de no saber si el trabajo forzado de los días y las horas pertenece al pasado o al futuro, al confuso punto de mira de uno mismo en sí mismo; en su ombligo, como en la nebulosa diana de un viaje ficticio a ninguna parte.
 Por eso he recibido con expectación y alegría el aviso de que algo está cambiando entre Cuba y Estados Unidos. Tuve antepasados en esa isla de café y tornados. Los tuve también en Miami. O en Puerto Rico y Uruguay. En Larache, Tánger, Tetuán. Los tengo, aunque les haya perdido la pista, en las áridas tierras de Extremadura y hasta en algún lugar escondido y marítimo de Cataluña, creo.
 Parece, pues, que la sangre dibuja en las páginas terrosas de mis sueños una suerte de estallido internacional y subjetivo, un sarpullido de niebla que no es realmente niebla, sino la densa nube de un exquisito cigarro habano en llamas. Ese fuego me sigue quemando, aunque ya haga año y medio que no fumo. En la espera, ausculto el estertor anunciado de una guerra fría que se evapora, lenta y cálida. Burbujeante. Es por eso que, al margen de otros viajes exóticos, el más urgente es regresar a Campanet, por el intermitente bullicio de Ses Fonts Ufanes y porque ahí nació mi madre; y es que no hay historia o actualidad que se sostenga si no forma parte, de algún modo, de la propia biografía.

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martes, diciembre 16

La franquicia «Podemos»


La Telaraña en El Mundo.

 Supongo que no cabe esperar ningún milagro de los muy variados y especulativos métodos de representatividad que, unos y otros, van ensayando por nosotros. En nuestro lugar y en nuestro nombre. Aquí la vida, por lo tanto, se ha convertido en un hacer somnoliento y diferido, en una especie de construcción y deconstrucción sucesivas y sonámbulas, una demora perenne y por delegación que, primero, ha de decirse y hasta condecirse para luego, a su debido tiempo, convertirse en algo real y tangible. Palpable. En algo así como el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Roto el silencio, quizá ya sólo nos quede la charlatanería.
 Sucede, mientras tanto, que queda vacante (es decir, huérfana de acólitos y milicianos) la representatividad de «Podemos» en Palma y ya han surgido, a la velocidad infecciosa del rayo, dos facciones a la caza de un poder que se prevé inmediato y hasta, quizá, omnímodo.
 La ocasión, pues, la pintan tan calva que brilla y hasta reluce, al menos de cara a las elecciones municipales, como si se tratara del aldabonazo de unos auténticos juegos florales. «Podem per Palma» y «Tots per Palma» pugnan por la franquicia de la marca «Podemos» sin más bagaje dialéctico que hundirse más (o menos) en el légamo de la inmersión en catalán de la enseñanza y la auditoria ciudadana de las deudas (legítimas o no) de Cort. Resulta muy curioso el intento de rellenar un hueco (o vacío) nuevo con las más rancias excreciones litúrgicas: la intoxicación lingüística y el malabarismo contable de los tahúres de costumbre.
 

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viernes, diciembre 12

Ni estudios ni trabajo


La Telaraña en El Mundo.

 Entre los dieciséis y los veinticuatro años puede suceder casi de todo en la vida. Los primeros planes y decepciones. Los preparativos del viaje más extremo y el decisivo desembarco en algún lugar perdido entre la cúspide hormonal y la tormenta perfecta del pensamiento: el revuelo de las grandes palabras y los ideales, el hallazgo del propio lugar en la escalera generacional. Entre las arenas movedizas y el vaivén de las mareas. Junto al volcán de la sangre en el pecho.
 Sin embargo, más de veinte mil jóvenes de las Baleares llevan tatuados en la piel y en algún tajo del espíritu dos enormes estigmas. Pasa el tiempo y la crisis, ese capítulo que no acaba de pasar página, les ha instalado en el filo incómodo y perverso de todos los abismos. Ni estudian ni trabajan. En ese limbo van decayendo las ganas de aprender y hasta las ocasiones de ponerse a prueba. En ese purgatorio la autoestima se evapora. La juventud se va y se convierte en otra cosa.
 Si hay dos cosas difíciles de gestionar, una es la juventud y la otra, el tiempo muerto, las horas vacías sin un sentido definido y reparador. ¿Cómo sobrevivir a ese tiempo muerto? Repaso mi vida y constato lo arduo que es exportar los sentimientos. No encuentro cómo aconsejar a nadie. Me digo, eso sí, que sólo fui feliz cuando sentí la urgencia de hacer algo más allá de la sociedad y su sistema de contraprestaciones. Una experiencia en otra parte, un viaje interior a no sé dónde, un libro. Incluso unas líneas como éstas sin más brújula que un insignificante parpadeo de luz.
 

 

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martes, diciembre 9

El artificio de la luz


La Telaraña en El Mundo.
 
 Leo que la luz y el tiempo están difuminando los colores de los lienzos de Van Gogh. Que su pintura, en definitiva, se está evaporando con la misma persistencia con que la química de la vida nos va desluciendo la sonrisa y hasta los recuerdos. No es fácil, en efecto, mantener el norte (y más aún, la compostura) cuando las brújulas han enloquecido y nos empieza a resultar imposible reconocer las coordenadas en que vivimos, cuando el discurso social es ya de grosero garrafón y sectario tentetieso, cuando las ilusiones se nos van precipitando por el desagüe abierto de la inercia repetida de los días. Contra esa inercia luchamos y no vamos a dejar de hacerlo, por supuesto, pero ignoro si el esfuerzo será suficiente.
 De momento, parece que no lo es, pero quién sabe. No pienso resignarme y aceptar, no al menos todavía, que el mundo se ha convertido en un páramo de girasoles quietos y enmudecidos. Un desfile marcial de cadáveres. El negativo agrietado de una habitación vacía y sin vistas. Un alarido de colores en estampida.
 Mientras tanto, seguiré admirando el extraño parpadeo de la luz en las vertiginosas pinceladas de Van Gogh, aunque el éxito tardío (y la contaminación de la mirada ajena) las conviertan en otra cosa. Voy a seguir admirando ese demoledor y sonámbulo avivamiento de los colores, porque debiera servirnos para no olvidar que el fulgor del mundo en nuestras retinas es también el auténtico fulgor del mundo en sí mismo. En su soledad esencial. Su voluntad de ser. Su ingravidez o desprendimiento. Su artificio.

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viernes, diciembre 5

La violencia


La Telaraña en El Mundo.

 La violencia suele tener muy mal aliento. Aspecto desarrapado y mirada torva. Estúpida. La violencia suele ser pobre, mezquina y muy corta de ideas. Similar a un colapso rápido y absoluto de los sentidos: el estallido claustrofóbico del odio y la ceguera. El latigazo de un rayo silencioso que cruza la piel y la deja marcada. La desgarra. El alarido gutural de un universo donde no hay lugar para el lenguaje de las palabras y la pausa arremolinada de la razón; sólo la inercia marcial de la muerte, el paso atrás en la cadena evolutiva. La renuncia a ser humanos.
 Luego vienen las citas enloquecidas al filo de la niebla o de ese espejismo de río que hay en Madrid y es el Manzanares. O las turbulentas confesiones y testimonios alrededor de un cadáver en los edificios Pullman. O las piedras lanzadas por un joven de 23 años contra los vehículos que circulaban bajo un puente en Sa Cabaneta. Los cristales rotos, la luna de sangre, la cara tumefacta de una mujer inocente.
 Todos somos inocentes, hasta que dejamos de serlo o nos convertimos en cómplices. Hay otra violencia más allá de las reyertas cotidianas. Estoy pensando, entre otras cosas, en la violencia de los que usan el poder para medrar ellos mismos y los suyos. En las bandas para delinquir que nos han gobernado (en las Islas como en tantas otras partes) desde hace décadas. En sus socios necesarios. Los de siempre y los que vendrán. Los que ya despuntan al hilo retórico de nuevas naciones. O estados. O clases sociales. La historia repetida de cada principio de siglo.
 

 

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martes, diciembre 2

Viajeros del tiempo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que pensar, discurrir, quizá escribir y hasta gestionar el ir y venir de las cosas de la vida y la política, se resuman en viajar, una y otra vez, a través del tiempo. Un viaje al pasado, que es donde la memoria busca sus raíces, y otro viaje al futuro, que es donde realmente nace nuestra memoria. ¿Dónde si no? Así la materia toma conciencia de sus límites; así el cuerpo se reconoce; así las cosas que hacemos y las que no, se inscriben en un plan mayor al que llamamos destino. Hay que ver cuánto nos gusta ponerle nombres a las cosas sin nombre.
 Destino no es lo mismo que predestinación, pero se le parece. Gracias al cinematógrafo abierto hasta el amanecer de Internet visioné la película «Predestination», la última de los hermanos Spierig. El tiempo en manos de los políticos y sus agencias secretas me llevaron hasta la paradoja en la que, a base de rebobinar la existencia, uno puede alcanzar a ser su propio padre, madre y hasta hijo sin dejar de ser uno mismo. Delicioso, pero terrorífico.
 La realidad, pues, no deja de retorcerse mientras la historia pierde su temblor dialéctico y se vuelve una madeja en la que cada hilo suelto puede cambiar el futuro y hasta dejarnos sin él. Ello explicaría que el sueño de todas las dictaduras y, muy en especial, de los nacionalismos, se haga fuerte en los conceptos territoriales a base de manipular la historia, es decir, el relato con que se nos oculta la esencia de lo que somos: simple materia iluminada entre las brasas del tiempo. Pálpito. Parpadeo. Acaso erupción. Vértigo.
 

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viernes, noviembre 28

Invisibles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Palma es un buen lugar para ser y sentirse casi del todo invisible sin tener que esforzarse demasiado. Da gusto, en efecto, recorrer las cuestas familiares de las calles sabiendo que, a cada rato, podremos saludar (o dejar de saludar) a un viejo amigo de la infancia, a un vecino de la casa en ruinas de nuestros sueños, a un editor o a un escritor de siempre o de nunca en alguna parte de la memoria indecisa de las páginas que ya no recordamos haber escrito. Hay muchas páginas que no recordamos haber escrito.
 Así las cosas, el martes atravesé el oasis urbano arriba de la Costa de Sa Pols para entrever a Miguel Dalmau y a Román Piña a punto de presentar su libro «La mala puta». Me sentí muy próximo a ellos, pero preferí dejarlos hacer. Hace tiempo que ya no almaceno desilusiones ni tengo ganas de denunciar todo lo que anda mal (y andará peor) en la literatura, como en tantas otras disciplinas donde se mezclan los pálpitos interiores con la cruda realidad de las cuentas corrientes, los balances, el paraíso artificial de la gloria efímera.
 El miércoles, sin embargo, amaneció perfecto. Me pasé por el Institut d´Estudis Baleàrics a recoger el magnífico monográfico sobre Cristóbal Serra que sus amigos hemos pergeñado lo mejor que hemos sabido. Anduve leyendo, sonámbulo, algunas páginas hasta darme de bruces, en un puente sobre la Riera, con Agustín Fernández Mallo. No sé si nos une más la literatura o la timidez esencial del que sabe que vive, pese a todo, gracias a los demás. A su presencia. A su invisibilidad metafísica.
 

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martes, noviembre 25

Verdades y mentiras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que la verdad y la mentira no existan por sí mismas, que siempre vayan juntas y muy alborozadas a todas partes y que no haya forma de distinguirlas con certeza. Puede que sean, pues, algo así como la espesura impenetrable de un bosque que hay que atravesar cueste lo que cueste, porque es ley de vida buscar el corazón de las cosas, la escondida hondonada interior donde alcanzar la paz y dejarse mecer, con parsimonia, por la brisa. Por la indiferencia meditada. Por la contemplación atenta, ebria y hasta delirante, del vacío.
 Entre tanto, no dejo de observarle el trasfondo y la coletilla a la mentira (o verdad) organizada bajo el imperio televisivo y feroz de las apariencias. El «selfie» repetido del pequeño Nicolás (Fran, para los amigos) no hace sino difuminar su rostro barbilampiño y aumentar, deformando siniestramente su perfil, el de los que se dejaron fotografiar con él. Del mismo modo, las últimas encuestas que sitúan a Pablo Iglesias (y a Podemos) como fuerza electoral más votada no hacen sino revelar lo mucho que ignoramos de la realidad y lo poco que, por desgracia, queremos acabar sabiendo. Puede que en esa ignorancia basemos todas nuestras esperanzas.
 Me temo, en fin, que no existe ninguna pócima más o menos profana o sagrada, científica o religiosa, que logre transitar de veras, quizá arremolinándose como lenguas de fuego en el interior atrincherado de nuestras venas, desde nuestra palpitante (y subjetiva) verdad interior hasta una intocable (y objetiva) verdad universal. Que tampoco existe, claro.
 
 

 

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viernes, noviembre 21

#SalvemBarAlaska


La Telaraña en El Mundo.
 
 De repente, crece la efervescencia en las redes sociales y sucede, entonces, que Palma encoge y que un único lugar se convierte en su ombligo, su tótem, su icono a defender cueste lo que cueste. Paseo ahora por la Plaça des Mercat y me encuentro, como hace unos treinta años en el no muy alejado Paseo del Borne, con un florido kiosco de prensa y con un escuálido y maltrecho chiringuito de birras, hamburguesas y perros calientes.
 Se trata, por supuesto, del Bar Alaska de toda la vida, con sus cuatro o cinco mesas de jardín del Edén venido a menos y sus incómodas sillas metálicas, su oasis a la sombra, bajo concesión consistorial, de un enorme ficus, la mirada pétrea (ahora desaparecida) de Antonio Maura y el ir y venir medio sonámbulo de una ciudadanía que no deja de dar vueltas alrededor de sus particulares puntos de referencia. Quizá la vida sea ir dibujando el mapa interior de un dédalo de callejuelas sin más artificio que un tesoro escondido donde ya nos gustaría encontrarlo. Pero no hay manera.
 Mientras tanto, unos y otros vocean animadamente según sus preferencias. El Ayuntamiento, por medio de Irene San Gil, ya publicó en Twitter (qué mejor lugar para que la gente se lea los edictos) que Cort no tiene ninguna intención de demoler el Alaska. Habrá que esperar, ahora, a los tuits y retuits de «Orgull Llonguet» y su campaña  #SalvemBarAlaska. Me da que Palma se mece, como tantos de nosotros, entre el clamoroso silencio de la indiferencia y el infernal ruido de la nostalgia. Y no sé qué es mejor ni más armonioso.

 

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martes, noviembre 18

La resaca del pasado


La Telaraña en El Mundo.
 
 El domingo, al fin, le dediqué una larga media hora de mi tiempo a la intervención de Pablo Iglesias en un programa nocturno de La Sexta. Se trataba de una especie de entrevista, salpicada de publicidad y de presuntas denuncias más o menos retóricas, enfocada por igual al flujo y reflujo de las masas enfervorizadas (o coléricas) de Twitter que a la calma silenciosa y expectante de los telespectadores en la reclusión de sus domicilios, en la previa relajada de sus merecidas horas de descanso, en la víspera, por lo tanto, de los que debieran ser sus mejores sueños. O, en su defecto, los de cada día. Quizá los de siempre.
 La entrevista, por supuesto, no pasó de pisotear el fango alrededor de los tres o cuatro tópicos de rigor. Los desahucios, el milagro de la renta básica, la grandeza catódica de la economía expansiva, las chirriantes puertas giratorias de la casta y muy poco más, porque el resto todavía es indefinición pura y dura, media sonrisa sin cuajar, mero apunte calculadamente ambiguo.
 Con todo, es muy posible que se avecinen tiempos fascinantes y hasta extraordinarios. Días heroicos en los que la crisis (aguda, sangrienta y hasta letal) se mezcle con el cambio, con la revuelta y con la efervescencia de las ideas. Con toda esa prodigiosa metralla que algunos ya vivimos cuando la Transición y que ahora parece regresar como si nunca se hubiera ido. Quizá sea así y no nos quede sino darle la bienvenida al pasado como si fuera el futuro. A la resaca aquella como a un nuevo delirio que perseguir y alcanzar. Otro.
 

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viernes, noviembre 14

El agujero negro


La Telaraña en El Mundo.
 
 A cierta edad, el pasado es un lugar mucho más concurrido que el presente. Por no hablar del futuro y de esa especie de espantada o diáspora general que parece serle tan propia a ese hipotético tiempo verbal que nunca acaba de llegar y que, si llega, es ya otra cosa, siempre otra: quizá material vencido por la avalancha de la arena en los relojes o el cíclico reciclaje de las ilusiones; quizá simples conjeturas que no podemos sino archivar para que, poco a poco, la memoria las despoje de su significado hasta convertirlas en manchas borrosas y etéreas, sombras sin substancia, elementos, al fin, imperceptibles.
 Viene lo anterior por algo que sucedió el martes pasado, a raíz de la publicación de mi columna titulada «Berlín y Barcelona», en mi muro de Facebook; ese muro que, como sabemos, no es mío, sino de Mark Zuckerberg y su red social para exhibicionistas de tomo y lomo o de vuelta y media. Es decir, para gente como nosotros.
 Hay que andar muy escaso de realidad o muy intoxicado de ficción (o ambas cosas) para pasar de los saludos y besos corteses de la calle (de todas las calles reales, incluida la calle Melancolía) a los insultos en Facebook por una independencia de más o de menos. Ya les hablé de las perversiones asamblearias virtuales. Ya de la irrealidad digital. Ya de los mundos que decimos haber visto más allá de Orión, pero que no recordamos. Me gustaría, sin embargo, que no fuera preciso hablarles, también, del agujero negro, negrísimo, en el que nos acabaremos reuniendo. Todos; y mal que nos pese, claro.

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martes, noviembre 11

Berlín y Barcelona


La Telaraña en El Mundo.
 
 Donde hace veinticinco años cayó un muro de crispación y asfixia, el pasado domingo, 9 de noviembre, había un temblor de euforia: Berlín ya no es la fiesta que fue, desde luego, pero ocho mil globos de luz parpadeaban a la espera de emprender el vuelo definitivo y perderse arriba de los cielos y el horizonte de la noche. A la misma hora, pero en otro lugar bastante más próximo y familiar, el nacionalismo catalán ejemplificaba todo lo contrario: en Barcelona la única fiesta consistía en observar cómo un nuevo muro, con sus alambradas retorcidas, sus coronas de espinas y sus urnas como famélicas alcancías, se había alzado durante un largo simulacro de día, otoñal y tullido, de votaciones fraudulentas e ilusiones manipuladas.
 Veinticinco años no dejan de ser un pellizco de vida demasiado grande y significativo, como para dejarse sepultar vivos bajo la cal abrasiva de la corrupción económica en el poder, de la perversión histórica y el sectarismo cultural. Del vacío convertido en identidad y gregarismo, en señera, en órdago, en sobredosis de aire en las venas.
 Así, pues, pasan las cosas y se acaban enredando en nuestra memoria. Quizá tenga que esperar otros veinticinco años para hablarles, en fin, de cómo somos capaces de echar abajo muros y de alzar, en su lugar, espejismos. O viceversa. En ocasiones, también levantamos muros, que creemos justos y necesarios, y nos acabamos estrellando, sin embargo, contra la frágil y vidriosa realidad de su ficción. O de la nuestra. Es así como aprendemos qué es la libertad y qué no.
 

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viernes, noviembre 7

Un acto de fe


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso algunas fotos antiguas de Palma y del Paseo del Borne como si estuviera buceando entre las aguas revueltas de mi memoria. Ahí adentro hace frío y amenaza (tal vez igual que afuera) naufragio, pero recupero el aliento, pese a todo, al rencontrarme con los espectros en blanco y negro del Bar Formentor, la espectacular y decadente cafetería Miami, el desconocido Oriente, el turístico Antonio y la familiar Granja Reus, entre otros. No me olvido, por supuesto, del Kiosco de prensa ni del chiringuito La Tortuga, justo enfrente. Tampoco de la presencia perpetua del Bar Bosch que es el único establecimiento que ha sabido sobrevivir a los años aferrándose al poder de convocatoria (no sé si asamblearia) de las terrazas.
 Supongo que así funcionan las ciudades. Y la vida. O la memoria. A un paisaje urbano le sucede, inevitablemente, otro distinto y, aunque nos pueda parecer excelso sobrevivir a las mudanzas del tiempo, la verdad es que también nosotros cambiamos con ellas. ¿Seguimos siendo, pues, los que fuimos? ¿Somos ya los que seremos? ¿Hay algo en nosotros más allá de la luz intermitente de la voluntad o el deseo, los presagios, los bosquejos, acaso las insinuaciones?
 Es en este paisaje somnoliento y revelador donde incluyo la última encuesta de intención de voto del CIS con la anunciada noticia de la irresistible ascensión de Podemos y la debacle de PP y PSOE. Pero no es hora, todavía, de meterse en los lodazales de la razón sino de recordar que, hoy más que nunca, votar no es sólo un acto de voluntad, sino de fe.
 

 

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martes, noviembre 4

Desayuno al alba


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, huele a quemado y el mundo parece que se pone en pie y se despereza. Se reconcentra (el mundo y nuestra percepción del mundo: nosotros mismos frente al extraño vértigo estadístico del bien o el mal, la moral o quizá la ética) en el lentísimo y minucioso catálogo del alba. Unas rebanadas de pan en una tostadora que parece funcionar a su aire. Las pieles retorcidas de algunas naranjas. El grumo dulce y avasallador de la mermelada. La mirada que va cuajando entre los barrotes de la realidad, en su ventana entreabierta, en su nebulosa idea de que unas pocas palabras debieran ser suficientes para calmarnos. O para saciarnos, incluso.
 Luego esas pocas palabras dibujan el frágil horizonte con una economía de medios que no presagia nada bueno. Otra vez, los barrotes de esa cárcel invisible. Otra vez, el techo de esa asfixiante cúpula de cristal que no vemos pero que nos obliga a ir casi encorvados. Es posible que guardemos, en nuestras malditas jorobas de cada día, las herramientas con las que podríamos hacer muchísimas otras cosas. Las que no hacemos. O las que no imaginamos, siquiera, poder hacer.
 Ahora es cuando uno ha de buscar ejemplos con que apuntalar sus construcciones teóricas, sus colmenas ilustradas, su lugar inmóvil en el torbellino imparable del tiempo. Ahora es cuando uno ha de reconocer que le faltan palabras y que esa carencia (personal, íntima e intransferible) es la causa principal de que el mundo le acabe pareciendo un ruidoso fragmento de una sinfonía mayor, tan ambiciosa como indescifrable.
 

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viernes, octubre 31

Halloween


La Telaraña en El Mundo.

 Resulta que esta noche es noche de Halloween que es algo así (entre lúdico y sangriento) como la impostura del terror convertido en ficción y teatro, en pretexto inverosímil para unas cuantas risas fáciles y algo nerviosas, en moda o en gesto de complicidad importado de ya no importa qué lugar, dónde, porque el mundo es sólo uno y es circular (y además curvado sobre sí mismo), aunque las distancias entre nosotros nos parezcan cada vez mayores y tengamos la sensación de vagar por el desierto de la inteligencia como por el mar embravecido de la corrupción. Cada vez nos sentimos más solos. O tal vez, peor acompañados.
 No voy a enumerar, aquí y ahora, la sucesión de nuevos (y viejos) escándalos políticos sobrevenidos recientemente. No me apetece describirle las grietas y los detalles de la catástrofe al paisaje desolador de un universo en ruinas. Tampoco constatar el absurdo terror que las encuestas (la del CIS, por ejemplo) parecen provocar en los que aún tienen algo que conservar. No es mi caso. O quizá sí. Tengo la íntima impresión de que siempre hay mucho que conservar pese a lo que ya hemos perdido y nos siguen arrebatando.
 Me queda, entre otras cosas, la mínima esperanza o el deseo, en fin, de que todos nuestros muertos nos perdonen y hasta nos tomen a guasa, tal y como nos merecemos, realmente, por intentar trasladar su quimérico infierno (ese abismo, esa niebla, ese fuego, ese tormento, esa corrupción eterna) a nuestra frágil y efímera vida cotidiana. Vamos camino de conseguirlo, si no lo hemos conseguido ya.
 

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martes, octubre 28

Hecho por travesura


La Telaraña en El Mundo.

 La publicidad no tiene otra misión que vender al público un determinado producto y glosar, con mayor o menor acierto, la forma de vida que se quiere promover, su ritmo bullicioso o, quizá, solemne, la búsqueda de una imagen llamativa que se nos quede, en fin, prendida en la retina del deseo tras un rápido vistazo a un cartel fotográfico, un spot televisivo o un corto de efervescente guión en las redes sociales.
 Así, en YouTube está el video de «Made for Mischief» (hecho por travesura). Y en Jaime III, el fotograma extraído de ese mismo video en el que dos chicos y una chica, jóvenes y muy guapos los tres, juegan a los eternos requiebros de una seducción del todo inocente sin más armas que su dentífrica sonrisa y la ropa vaquera de una conocida marca. Puro diseño de un instante de placer que ya hemos tenido y que, de seguro, volveremos a tener. Cuando la vida deja de ser un juego se convierte en otra cosa; tal vez en un juicio sumarísimo, un perverso dictado moral, una monótona plegaria sin más sentido que la represión o el absurdo.
 Aquí es donde aparecen Fina Santiago y Neus Truyol (MÉS, al aparato) para aplicarle a la realidad la severa lavativa de la corrección política. Su denuncia por sexismo del inocuo cartel publicitario, ante el Institut Balear de la Dona, huele a naftalina y a Inquisición. Apesta al añejo sudor puritano del feminismo. Hiede a brida y a corsé públicos sobre la que siempre ha sido la primera víctima de todos los proselitismos que han sido y siguen siendo: la libertad privada, por supuesto.
 

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viernes, octubre 24

Versos sueltos


La Telaraña en El Mundo.
 
 A menudo me escapo de Palma como de mí mismo. Visito, entonces, las ciudades salvajes y vírgenes de mi pasado sabiendo que en ellas encontraré nuevos matices que añadirle a la felicidad y también a los conflictos acumulados. Uno va acumulando contradicciones, versos sueltos y hasta estrofas enteras sabiendo que no pertenecen, tan sólo, al tiempo que ya nos hemos echado a la espalda, sino que van conformando, de alguna manera, ese fenómeno temporal tan sobrevalorado que llamamos futuro y que no es sino lo que hacemos cada día, en este instante de ahora que se nos escapa una vez y otra.
 Están, pues, el tiempo y espacio jugando en nuestra consciencia y, sobre todo, en nuestro lenguaje; en nuestra forma de entender el mundo y de progresar (o intentarlo) no sabemos muy bien hacia dónde, por qué ni cómo. Existe todo un abanico de posibilidades por explorar. Casi infinitas maneras de dejarse vencer por el agobio. Muy pocas de hallarle la salida al laberinto y, aun así, no salir bajo ningún concepto, porque la vida consiste en demorarse en las encrucijadas, los preámbulos, las salas de visita, los umbrales del ser que somos. O casi.
 Cuento todo esto porque ando estos días por Valencia. He descubierto un puente de madera sobre el Turia (Pont de Fusta, se llama) que le da cien mil patadas a todos los puentes con que Calatrava le ha ido sacando el rímel a los ojos pintarrajeados de la vida y la política. Y aquí en Valencia, como en Palma, es muy difícil encontrarse un verso suelto y que no lo acaben machacando. Como a Isern.
 

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martes, octubre 21

Los fosfenos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando uno cierra los ojos le invaden los fosfenos. Son esas pequeñas manchas luminosas que centellean en la oscuridad sin llegar, por cierto, a iluminarla. Son esas molestas perturbaciones que siguen acompañándonos cuando regresamos al pasado. O cuando el pasado regresa convertido en aparente novedad. Exactamente en eso pensé mientras escuchaba a Pablo Iglesias hablar en Vista Alegre.
 El nivel me pareció más o menos el mismo que cuando Amando de Miguel me puso un sobresaliente en Sociología. Se trataba de un examen monotemático sobre la lucha de clases del que me salí escribiendo folios y más folios tan rellenos de pasión como de mala caligrafía y abundante retórica: los esquemas de Marx y Marta Harnecker, las aventuras de Bakunin,  Godwin o la venerable CNT española, las elipsis de Cioran o Sartre, las distopías de Orwell o Huxley, las enseñanzas alucinadas de Castaneda o el despliegue literario propio, en fin, hacia un futuro sin esas mismas clases sociales de las que iba el examen y parece que vuelve a ir el mundo, empeñado en dar un curioso salto mortal hacia atrás. Hacia atrás como hacia ninguna parte.
 Quizá esta exhibición funambulista debiera empezar a preocuparnos. Quizá no ir hacia ninguna parte sea como perderse indefinidamente en un gran desierto. En el arenal infinito del tiempo. En el légamo perenne de los siglos. En el agujero negro de la ficción y las leyendas. Es cierto, nos han dicho que hay un oasis en alguna parte, pero seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos sin encontrarlo. No hay manera.

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viernes, octubre 17

Exagerando


La Telaraña en El Mundo.
 
  A veces, voy de noticia en noticia hasta que la vista (y las ideas) se me nublan y no tengo otra opción, entonces, que cerrar de golpe todas las aplicaciones y diarios digitales y concentrarme en la página en blanco. En ese lugar extrañamente solitario y, a la vez, amenazador donde sé que me acabo reuniendo con los lectores y, sobre todo, conmigo mismo.
 Pero hoy tenía en mente aceptar la invitación que recibí hace unos días de sumarme a la página de Facebook «Quiero que Mateo Isern vuelva a ser Alcalde de Palma». O glosar, por ejemplo, la magnífica labor de la Fundación Jaume III al respecto de la normalización lingüística de los libros de texto de nuestros alumnos. O echarme unas risas malévolas a costa de los juegos malabares del nuevo 9-N. O dejarme llevar por la avaricia y la usura de los políticos y sindicalistas que recibieron (y usaron) las tarjetas B de Caja Madrid, esas tarjetas tan opacas como vergonzosas, tan bien dotadas de dinero como faltas de cordura, tan seductoras, en fin, como abrasivas.
 He optado, sin embargo, por desentenderme de casi todo y alejarme del ruido ajeno y la pintoresca química asamblearia de los foros y redes sociales. Sólo así puedo huir de la fascinación que parece convertir a personas normales (puedo dar fe de ello, al menos en algún caso) en auténticos vándalos del lenguaje y, sobre todo, de las ideas. Sólo así puedo seguir atento a las tres o cuatro cosas en las que aún creo. O ni eso, porque me costaría enumerarlas sin sentir el rubor del que se sabe, como siempre, exagerando.

 

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martes, octubre 14

Afuera de las mazmorras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Es cierto que nos rescribimos de continuo. Que estas líneas de ahora son también las de hace algunas décadas, cuando todo nos parecía mucho más excitante y sólo era que éramos más jóvenes y mucho más inexpertos; que el mundo nos deslumbraba con los juegos malabares de nuestros maestros y predecesores y que andábamos, en definitiva, absolutamente famélicos de palabras con las que rellenar los estrechos e irregulares márgenes de esa especie de gran libro que pensábamos, tal vez, que podía ser la vida.
 Luego la vida ha sido ese libro, en efecto, pero también muchísimas otras cosas. Una biblioteca enorme y tullida (de sangre y a fuego), un dantesco laberinto de voces entrecruzándose hasta el infinito o el vacío, un viaje repleto de hallazgos y ausencias donde nos acabamos encontrando con la misma facilidad con que nos sentimos perdidos. Es así que nuestro estar es, desde siempre, intermitente y nuestro decir, por desgracia, se conforma con la exhibición entrecortada y fragmentaria de sus destellos, su indisimulable impotencia final, su voz rota por el rumor permanente de que nada es, de hecho, lo que parecía. O parece. Nos quedan, pues, muy pocas esperanzas de cambiar, para bien, las cosas. Puede que ya no nos quede ninguna.
 Nos hace muy felices, sin embargo, que no todos se hayan vuelto tan escépticos como nosotros. En eso pensé mientras observaba, con asombro, cómo aún queda gente (los convocados por PROU) dispuesta a protestar contra la inmersión lingüística y la asfixia en las mazmorras del nacionalismo. Bien hecho.
 

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viernes, octubre 10

El paisaje del Ébola


La Telaraña en El Mundo.
 
 Pienso, ahora, en la inefable ministra de Sanidad del gobierno de España y en los dos venerables misioneros, enfermos del virus Ébola, que fueron transportados, graciosa e irresponsablemente, desde la selva o la sabana africana hasta el mismísimo corazón urbano de Madrid. Ambos fallecieron dejando un reguero de posibles contagios, un rumor creciente a pandemia luciendo entre la precariedad, las quejas y también el lógico terror del personal sanitario, la falta general de preparación, medios e instalaciones y los inocentes, pero quizá contagiosos, colmillos del perro Excalibur, finalmente sacrificado, pese a la ira (irracional) de los animalistas. Pobrecillos.
 Pienso, también, en el ridículo general de España (y muy en especial de la marca España) dando tumbos alrededor de las idas y venidas del virus letal, los trajes protectores que nadie sabe ponerse ni quitarse correctamente, el optimismo propagandista y suicida de las autoridades y el miedo en el rostro de quien se sabe conejillo de unas Indias desconocidas e imprevisibles. Tantos desastres juntos no hacen sino aclararnos el paisaje. Pinta mal.
 Parece, por lo tanto, que no es lo mismo bordear los límites, siempre difusos, pero obvios, del esperpento que ponerse a chapotear de lleno en él. Eso es, más o menos exactamente, el doloroso diagnóstico que cualquier lectura atenta de la realidad nos sugiere. Acabo de enterarme de que Son Espases se ofrece para analizar los casos sospechosos de Ébola. Tanto valor me abruma. De veras. No sé si echarme a reír o a llorar.

 

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martes, octubre 7

Españoles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puedo imaginarme, sin demasiados problemas de conciencia, el hecho cierto, triste y hasta consumado de llegar a Barcelona, Cataluña, Países Catalanes, oficialmente como extranjero y sentirme, pese a todo, igual que siempre que salgo de casa sin llegar a salir, por completo, de ella. Es decir, siempre que salgo de Mallorca y me dejo invadir por la fascinación y por el asombro ante los infinitos mundos que voy descubriendo, pese a todo, en el extraño mundo que es uno mismo y son los demás y somos todos.
 Será, pues, que las coordenadas afectivas no cambian por una independencia de más o de menos, porque no existe más patria, de hecho, que la que nos duele y nos sirve de ubicua referencia, la patria ausente, pero solidaria y generosa, que viví durante meses en alguna urbe arrasada por entre los áridos polígonos industriales del Vallés, la patria que nos devuelve a la verdadera infancia del cuerpo y la mente, a los temblorosos corros de sardanas en Conde Sallent todos los domingos y fiestas de guardar, todos los días en que uno no tiene más remedio que abrir los ojos y mirarse muy adentro y también muy lejos; y se ve ínfimo y, a la vez, enorme sobre un destartalado caballo de cartón, media docena larga de sueños vencidos y todo el universo, todavía, por recorrer.
 Es en este punto donde evito la tentación de citar a Pío Baroja o a Juan Ramón. A Pere Gimferrer o a cualquiera de los Goytisolo. A León Felipe o a Cristóbal Serra. En todos ellos me encuentro la misma manera, tan española, de ser españoles. Incluso a su pesar.

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viernes, octubre 3

Windows 10


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando la realidad me decepciona me busco alguno de sus paisajes alternativos, algún corte al por menor de la pieza entera de los días, para hacer así, en definitiva, como casi todos y sentir que hay refugios y hasta paraísos artificiales en los que seguir descubriendo quienes somos, como siempre pero de otra manera; a escondidas y sin estridencias, como por descuido, error u omisión y sin sacar pecho, como simples oyentes (y también espectadores) del espectáculo que sea. Hay muchos y para todos los gustos.
 Puedo, pues, dejar de lado tanto el esperpento catalán al respecto de la independencia que jamás tuvieron (no más que ahora, quiero decir) como la indigente situación de la educación en las Islas. Obviamente se está produciendo el esperado choque de trenes entre el angosto y paralizante Decreto de Normalización Lingüística y la lógica social del trilingüismo, sin que la torpeza administrativa (y comunicativa) del Govern parezca capaz de hacer otra cosa que emparejarse, al menos en altura de miras, con la absoluta decrepitud ideológica de la oposición. El asunto anda rodando por los suelos. «Like a Rolling Stone», que cantó Bob Dylan y muchos otros le versionaron.
 Así las cosas, nada mejor que andar probando, como ya lo estoy haciendo, las avanzadillas del nuevo sistema operativo (llamado Windows 10) que Microsoft acaba de sacarse de la manga. Me gusta la informática. Me permite desbordar los límites físicos del lenguaje y arreglarlo todo, después, con un simple reinicio. Ojalá fuera tan fácil con la vida misma.

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martes, septiembre 30

«Bon profit»


La Telaraña en El Mundo.
 
 La realidad no es un mal sitio para apreciar el diagrama de las lenguas, su implantación y utilidad efectiva, su música y, sobre todo, sus danzas: el bilingüismo, el trilingüismo y hasta, si se tercia, la locura de Babel. De hecho, no es sólo el mejor, sino el único sitio que jamás deja de sorprendernos por su sencillez y arrojo, su desprecio de las posturas forzadas, su mayestático olvido de la corrección política. Así son las cosas. Las aguas bajan tal cual las lleva la corriente, las guía la inercia, la gravedad, el milagro casi bíblico de los vasos comunicantes: la empatía, las ganas de diálogo y, más aún, la necesidad y el placer de entenderse. De entenderse a toda costa.
 Vengo de una larga noche en Son Amar. Se premiaba el trabajo efectivo de vendedores y proveedores, de empresas afines, marketing, servicios, colaboradores. Una gran fiesta isleña del turismo donde, desde los escenarios, se parodió la entrega de unos Premios Oscar ganados, estos sí, con el sudor y el esfuerzo diario, los contratos en su mayoría fijos discontinuos: gente y empresas de aquí con personal español, pero también extranjero.
 Me bastó echar un vistazo alrededor para saborear esa mezcla de alegría y precariedad, ese aire a esfuerzo, a trabajo hecho lo mejor posible, pese a la crisis y las dificultades. En el escenario se sucedían las actuaciones y los discursos. Tomé nota. Varias frases en español y el resto en estricto inglés. De postre, sólo dos palabras en mallorquín pero, eso sí, antes de empezar a cenar. «Bon profit». Un exitazo.

 

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viernes, septiembre 26

El Infierno


La Telaraña en El Mundo.

 
 De un repugnante saco de músculos artificiales, violaciones a niñas, ensaladas de barbitúricos y anabolizantes (en el lugar exacto del cerebro, como mínimo) a otro de agresiones racistas a cuchillo y cruces gamadas. Más músculo desperdiciado. Más humanidad echada a perder. Más basura que hay que ir recogiendo como se pueda, pero a toda prisa, con urgencia, sin escatimar en medios, sin dejarse confundir por la maraña convulsa de los hechos, el por qué reconvertido (y reconvertible) de los sicólogos o la balsámica indiferencia de los que no aspiramos a juzgar a nadie, salvo a nosotros mismos.
 Es así como la mierda se nos acumula; hemos pasado del presunto violador de Madrid  al descontrolado agresor de Lleida, pero nos faltaba, todavía, la irrupción del último video de los monótonos guionistas del terror de Estado Islámico y su guerra de todas la guerras en el corazón mismo de una actualidad repleta de heridas y gangrenas, la incurable infección de los días y las noches del Ébola colectivo sin otra compañía que la fiebre y los vómitos, el espanto generalizado.
 Quizá la locura sea no afrontar la realidad, sino por sus síntomas en vez de por la atenta lectura de sus entrañas. Pero no hay tiempo para según qué lecturas, introspecciones, vigilias, disecciones. Quizá la vida pase tan rápida que no haya ni tiempo, de hecho,  para que se cumplan totalmente las condenas que merecerían durar la eternidad entera de un auténtico Infierno bíblico y no un simple racimo de años a la sombra tutelar de la paupérrima justicia humana.

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martes, septiembre 23

Famélica legión


La Telaraña en El Mundo.
 
 Ya sabíamos, porque la historia tiende a repetirse, que las crisis económicas acaban enloqueciendo a casi todo el mundo que las padece. Así, mientras se disparan las alarmas y se echan en falta los imprescindibles asideros del equilibrio personal y colectivo, se pierde, como por ensalmo, el paso firme y se cae, si no se anda con muchísimo cuidado, en el paso marcial, que es esa forma tan desagradable que tienen las multitudes de arrastrar su indolencia, su arrogante sentido de la libertad o de la esclavitud y su absoluta ignorancia, en fin, hasta más allá de lo que un ser humano debiera permitirse. O permitirnos.
 Las estupideces, mientras tanto, van tomando forma y hasta volumen. Se convocan referéndums para acabar perdiéndolos. Se crispa la convivencia, no por el deterioro del perfeccionismo, no por la falta de empatía o generosidad, sino por cualquier ocurrencia política que sólo atañe a la mala conciencia y a la peor digestión de unos pocos (políticamente bien comidos y mejor pagados) frente a la hambruna general de la famélica legión que nunca hemos dejado de ser pese a las apariencias.
 Quiero decir que estoy harto. Harto de las banderas y de las camisetas con mensaje, igual que de las televisiones con políticos a la carta. Harto de que se repita una historia que sólo conlleva las mezquinas escaramuzas nacionalistas y la repetida explotación del hombre por el hombre. Y sobre todo, de uno mismo por uno mismo, que lo primero es no echar las culpas a los demás y hacerse cargo de lo que más nos duele. Faltaría más.

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viernes, septiembre 19

Evocaciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Releo sobre el pasado de la gente que me interesa como si leyera sobre mi propio pasado, sobre mis días en otra parte, sobre el aprendizaje de la existencia que se traduce en ir quemando etapas y redoblar las esquinas donde alguna vez estuvimos a punto de detenernos. Suerte que no lo hicimos. Releo sobre ese pasado con nombres y apellidos y me dejo mecer por la misma literatura y música de entonces, ahora. El poema en prosa, «Espacio», de Juan Ramón Jiménez o el nuevo disco de Leonard Cohen, «Popular Problems», por ejemplo.
 Pero la realidad no sucede, exactamente, así. Si escucho las últimas canciones de Cohen estoy oyendo, de hecho, algunos de sus más antiguos éxitos. Quizá todos. Si recuerdo la sustancia literaria de los dioses, la luz de Coral Gables o el destierro asumido de España (Catalonia, Spain), en palabras de JRJ, estoy recordándome casi cuarenta años atrás con esos mismos versos entre los labios. Resulta difícil disfrutar de las novedades sin acordarse, a la vez, de los orígenes y principios. De la perturbadora complicidad que establecemos con todo aquello que amamos y que el tiempo nos tatúa en la piel y hasta en la sangre.
 Luego podrán, claro, las instituciones y los hombres ir cambiándolo todo a su antojo. A su necesidad o conveniencia. Podremos, todos, igualmente, intentar convertirnos en otra cosa y mejorar cuanto nos ha precedido. En esas estoy desde hace varias vidas y sólo logro convencerme de lo mucho que cuesta, hoy en día, encontrar algo con que sustituir a nuestros viejos dioses de siempre.

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martes, septiembre 16

El Estado Islámico


La Telaraña en El Mundo.
 
  Incluido el temido (pero tan común y familiar en España) ruido de sables –que me llega desde el maremágnum de las redes sociales pero también vía WhatsApp, es decir, a través de gente que conozco y de la que no me queda otra que fiarme- me asombra sinceramente que los medios (y yo mismo) le dediquemos tanto espacio tipográfico a los desbarres de los independentistas catalanes (que no son mucho más que unos publicistas intentando vendernos la frivolidad de un futuro y un pasado a su medida) y a la áspera situación de caos lingüístico y educativo que padecemos. Todo eso es muy grave, desde luego, pero secundario.
 Hay en el mundo, alrededor y muy cerca de nosotros, otros asuntos mayores. Me refiero, por supuesto, a las decapitaciones sangrientas en la primera plana de los telediarios, a la dolorosa putrefacción ética y estética de todos los sentidos cuando un hombre es públicamente humillado intentando escapar de la muerte y aun así muere porque la daga asesina de los verdugos le alcanza la yugular y hasta el pulso entero de una civilización y un modo de vida (el nuestro) que no debería consentir en arrodillarse, sino ante el Creador y no siempre, ni de cualquier manera.
 Hay que frenar, pues, esa perversión insuperable del autoproclamado Estado Islámico y sus planes de expansión. De lo contrario, no nos importará (si es que llega el infeliz momento) perder Cataluña, si hemos de perder, también, España entera en pleno simulacro de reconquista de ese califato que fue Al Andalus y ya no es. Esperemos que siga sin serlo.

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sábado, septiembre 13

¿Banksy?

En esta finca tapiada desde hace años (tras el dibujo, quizá de Banksy, quizá no: y qué poco me importa eso), seis pisos arriba del cielo y sin ascensor vine a nacer yo...



viernes, septiembre 12

La patria


La Telaraña en El Mundo.
 
 Mientras escribo estas líneas (ayer, para el lector) se está celebrando en Cataluña la tan esperada Diada de este y cada año, al menos mientras la libertad dure. Ese gran Día escogido entre los muchos días iguales y sucesivos de una terrible resaca de siglos en que todas las teorías políticas se colapsan y todos los sentimientos, mientras dicen aunarse, se solidifican; y ese engrudo lento, esa sustancia que querría superar, sin éxito, la exclusividad litúrgica del éter, ese quinto elemento de la ficción y la paraciencia, esa ilusión colectiva (y sin embargo, subjetiva y difusa) recibe, con eco multitudinario, el solemne nombre de patria y no sólo eso.
 También recibe algunas de sus principales cualidades y texturas. Su porte augusto y quizá desafiante. Su elegante cojera marcial y sus íntimas ojerizas, tan hipnóticas. Su declinante material genético. Su arsenal de tribu aristocrática. Su arquitectura claustrofóbica, su aire a club privado y a la vez decadente, el espejismo demoledor de una telúrica casa de putas en la mitad metafórica de todos los caminos. En decir, en parte alguna.
 Pero la patria (esa patria y todas) tiene costuras y grietas. Se parece sospechosamente a un bolsillo y no a uno cualquiera, sino al propio bolsillo. Pero a mí se me escapan esas patrias, todas ellas, cuando agito los bolsillos volteados y los patriotas del mundo entero corren a bailar como posesos. Bailan las mismas sardanas que vi bailar en mi infancia, debajo de la casa familiar, los domingos y festivos de un tiempo que ya no existe.

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martes, septiembre 9

La representatividad

La Telaraña en El Mundo.
 
  Seguro que hay una miríada de resortes legales o burocráticos que ignoro. Que las personas se mueven gracias a intereses de otro mundo, o no; todos los mundos son este mundo y no me olvido de los que aún están por venir y ya se anuncian en las esquinas pavorosas de la síntesis: la confrontación o el desengaño.

 Seguro que hay más de un par de filosofías sociales sobre la educación y las masas, un maremágnum de sicologías aplicadas y hasta varias dialécticas (más o menos históricas) detrás del telón y del talonario. Cientos de acciones cruzadas alrededor de un desembarco en no importa el lugar, mientras cale hondo. Qué menos. Nada mejor que tergiversar la historia y usurpar (como tahúres) la voluntad pública de los que callan y otorgan. De los que dudan y auscultan, inmóviles, el temblor de la verdad y la mentira: ambas se revuelcan. Nadie sabe cómo.

 Seguro que la marea verde retrocede de noche y avanza al alba. Hay que inundar las aulas con la ideología espumosa del resplandor, la letanía litúrgica de una lengua y un territorio. El caos de los sentidos cuando el mundo se hace fuerte en una única dimensión y acaba romo y plano, tullido. Seguro que las aulas, entonces, son el cadalso de una nueva Inquisición (tan española) y las palabras preceden a los actos mientras brillan las túnicas del deseo en los ojos y la marea (ahora negra como una leyenda) cubre los arrecifes y los engulle. No hay faro, no hay luz capaz de penetrar algunos enigmas. El de la representatividad efectiva de la Assemblea de Docents, por ejemplo.

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viernes, septiembre 5

Uniformes


La Telaraña en El Mundo.

 
 Puede que se trate de uniformarse de cualquier manera y de comprobar, después, lo poco que importa, de hecho, el uniforme elegido. Pasan dos mujeres (o dos bultos sospechosos, mejor) con el burka negro del fanatismo y la sumisión. Pasa un grupo de exaltados con la camiseta verde de la intolerancia lingüística de algunos de nuestros docentes. Cada vez menos, espero. Pasan varios de sus alumnos con prisas y urgencias hormonales, el rostro alborotado y los pantalones gachos. Serán una mala metáfora de la situación o la buena noticia de su carácter reversible. El eterno regreso de lo mismo o Cantinflas que ha vuelto.
 Pasa una pareja de jóvenes extremadamente pálidos con botas militares claveteadas y un racimo de cruces de metal colgando. Pasa un mendigo harapiento (con brillantes dientes de charol) y hace de su capa un sayo: se planta entre la multitud y observa, con curiosidad, cómo le miran con indiferencia o disimulo. Como si no le vieran o no quisieran verlo.
 Dejo de lado, ahora, el fulgor incendiario de otros hábitos y otros monjes. El de algunos policías y empresarios de Calviá o la Playa de Palma. El de los turistas ebrios y sus balcones extremos, sin paracaídas. Cierro la libreta y dejo de tomar apuntes del natural o del imaginario. Pasa entonces (y este tipo de visión sólo dura un parpadeo) una ligera y oblicua sombra semidesnuda y el aire parece que se estremece dubitativo: será que no hay otra forma de aprehender los recuerdos, que rescribirlos, vana y vagamente, con la sangre reseca de las grandes ocasiones.
 

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martes, septiembre 2

Confidencias


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá el tiempo sólo sea la continuidad imaginaria de cierto estado de vigilia, la conciencia (a menudo, inverosímil y fragmentaria) de un espacio físico más o menos determinado que va dando tumbos según un guión maestro cuyo sentido final ignoramos. Las cosas cambian con nosotros, nos mejoran y degradan, nos envuelven de luz y sombras amenazándonos, paradójicamente, con convertirnos en otros o en nosotros mismos. Lástima que no siempre lo logren.
 Fue en septiembre de 2003 cuando publiqué mi primera columna en esta cabecera. Desde entonces, sin más interrupción que una arteria bloqueada y algún que otro apagón informático, se han cumplido once años y aquí sigo (y mientras lo digo observo una sarcástica sonrisa de humo y niebla escondida en el omnipresente perfil oscuro de esta página) repitiendo, pese a todo, el mismo artículo un par de veces a la semana, varias al mes, bastantes al año, muchas al lustro, muchísimas, en fin, a la década.
 Contra el tópico de andar escribiendo siempre lo mismo (como contra tantísimos otros tópicos) uno empieza a rebelarse de joven para terminar encogiéndose de hombros algo después; es decir, ahora. Lo digo porque, en no pocas ocasiones, quisiera haberles escrito alguna primicia de las que venden periódicos y hacen avanzar, siquiera sea democráticamente, a la sociedad entera. Lo digo porque, a falta de personajes y lugares extraordinarios, he tenido que refugiarme en el estilo: ese artificio o ese mérito, ese modo de decirles las cosas tal y como me las digo a mí mismo y a nadie más.

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