LA TELARAÑA

martes, septiembre 27

Velocidad terminal


La Telaraña en El Mundo.


 A una pérdida de tiempo le suele suceder otra. Así se crean cadenas larguísimas, donde cada eslabón se engarza al siguiente como a sí mismo y el universo entero se curva y las ideas crujen, revientan y emiten un humillo rojo al disolverse, mientras los extremos se tocan y en esos círculos infernales se alzan nubes de azufre y brillan, vacíos, los espejos y una extraña voz, monótona y estéril, nos dicta lo que hemos de pensar o hacer hasta que dejamos de escucharla, porque no queremos que nos coarten la libertad, la dignidad o la coherencia, que nos mutilen ese sexto sentido que nos obliga a llegar a ser quienes somos, aunque no lo consigamos. No hay forma de alcanzar la meta sin que nosotros, la meta y el camino recorrido desaparezcan. Desaparezcamos.
 Pero todo a su tiempo. Francina Armengol sigue perdiendo el tiempo, porque sólo así puede disfrutar de un poder con el que no sabe qué hacer. Sin palacete no hay gloria, quizá piense. O a dónde voy yo con estos socios infames. Pero erre que erre. La presidenta impone el catalán a sus funcionarios, porque no tiene nada mejor que imponerles, aunque tanto da. Yo sigo hablándoles a los funcionarios del Govern en la lengua de todos y ellos siguen contestándome en castellano, porque lo cortés no quita lo valiente y no hay nada mejor que la amabilidad para dotar de un rostro humano a la burocracia. Ese castillo, mazmorra o laberinto del que sólo nos puede sacar una sonrisa o una voz amiga. Quizá una caricia. Me gustan las caricias.
 Pero la realidad baja tumultuosa, desnortada. Observo que discurre a medio camino entre el ingenio, el chascarrillo soez y la mendicidad conceptual. Por ese trillado terreno discurren las redes sociales, muy especialmente Twitter, pero también el grueso de la actualidad. Me refiero a los grupos de presión que mantienen las tertulias teledirigidas. También las locales, por supuesto. Me refiero al lobby que reescribe el lenguaje y nos deja sus edictos en el elíptico tablón de anuncios donde parece dictarse nuestro futuro. Ahí lo buscamos cada mañana. Lo malo es que no sabemos si hay futuro.
 Repaso ahora algunos titulares -quizá los más acuciantes- porque he de escribir esta columna y ofrecerles algo de carnaza; pero esta columna ya está casi escrita y hoy no habrá, tampoco, carnaza. No sé si ese detalle importa mucho o importa poco. No puedo detenerme en él, porque casi todo va degradándose, conmigo, pero también sin mí, a la velocidad de un vértigo que no sabría realmente cuantificar. A velocidad terminal, me digo, mientras finjo una sonrisa, algo insatisfecha y notoriamente destemplada, antes de poner el preceptivo punto y final.

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viernes, septiembre 23

Burundanga

La Telaraña en El Mundo.

 Parece que nuestras relaciones personales son, en el fondo, complejas relaciones de poder. En algunas llevamos, o creemos llevar, la voz cantante y en otras, en muchísimas otras, cantamos (y desafinamos) según nos dicten los demás, las circunstancias, el extraño guión de las cosas y la vida, la implacable estructura piramidal de una sociedad de la que no podemos escapar, porque la acabamos llevando, siquiera sea en germen, allá donde quiera que vayamos. La llevamos dentro y con su voz, nuestra voz de adentro, repetimos los tenebrosos conjuros del brujo y damos saltos y hasta bailamos desnudos o travestidos alrededor de un fuego que nos seduce igual que nos aterra. ¿Cómo explicarlo? Fascinación, quizá sea la palabra.

 Pero donde hay poder hay sumisión, hay perversión y también agonía. Desde hace tiempo sabemos que cualquiera (aunque aquí el lenguaje miente, porque no todo el mundo, por fortuna, es capaz de llevar a cabo este tipo de atrocidades) puede poner alguna que otra sustancia química en nuestra bebida o comida (o en nuestro aire) y convertirnos, así, en presa fácil de la delincuencia, en víctima desarmada y hasta complaciente, por ignorancia, de los caprichos ajenos. Pueden dormirnos, enloquecernos o abolir por completo nuestra voluntad y también nuestra memoria. Manipularnos, robarnos, violarnos, despojarnos de nuestra identidad y conducirnos, de muy mala manera, hasta las aguas revueltas y terriblemente sombrías de la amnesia, esa simulación técnica y tétrica del olvido. O de la muerte.

 Acaba de suceder en Mallorca, y es un caso pionero en España, con una mujer que ingresó en Son Espases víctima de una intoxicación química por burundanga (en realidad, escopolamina), que es una droga, al parecer, muy conocida en Caracas o en Bogotá, por ejemplo, y cuya ingesta parece anular la voluntad de la víctima. Suele usarse en robos y, sobre todo, violaciones; es decir, en aquello que denigra a un ser humano y lo rebaja a una esclavitud absoluta revivida mediante engaños y consumada a las bravas, a lo animal, a lo bestia.

 Siempre lo supimos. El remedio es también el veneno. La droga es también el fármaco y viceversa. Recuerdo que hace siglos alguien me habló sobre las virtudes alucinógenas del estramonio, que es una planta muy común en nuestro entorno. No recuerdo más detalles, pero el estramonio y la escopolamina vienen a ser lo mismo. Alcaloides más o menos tóxicos. Pasa, sin embargo, que, en aquellos días veloces, en que nos fumábamos lo que no está en los escritos, no buscábamos poder alguno, sino tan sólo disolvernos en nosotros mismos, encontrar un hilo conductor interior al que agarrarnos cuando el guión de la existencia se volvía ininteligible. Y eso sucedía, como en la actualidad, demasiado a menudo.

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martes, septiembre 20

El botellón silencioso


La Telaraña en El Mundo

 Cuatro cosas que remiten, cuando hay mucha suerte, a otras cuatro. Más o menos, eso es el arte cuando ya se está de vuelta de casi todo y se busca la explosión repetida del estilo personal, la habilidad inconsciente y rota de la perfección técnica, el desasosiego íntimo de abrir interrogantes donde antes no había nada. Literalmente, nada. Debe ser por eso que cada año les vengo hablando del botellón colectivo de la Nit de L´Art de Palma como si los años, exactamente veinte, no pasasen en balde y cada celebración tuviera su indescifrable resaca propia, el eco vertiginoso de algún aguardiente cada vez distinto, pero no. Este año no hubo realmente botellón ni, tampoco, aguardiente.
 Con todo, algún irresistible canto de sirena pareció sacar a los palmesanos a las calles y, una vez cortado el tráfico rodado, era ciertamente reparador y hasta ansiolítico pasearse entre racimos y grumos de personas, entre manadas sedientas, quizá, de una música que la ciudad, voluntaria y políticamente muda este año, no acababa de ofrecerles. El arte acechaba, esta vez sí, desde las galerías donde los galeristas diseccionaron su oferta según los parámetros de la quimérica demanda: aquí las reivindicaciones ideológicas y el material de usar y tirar, allá las provocaciones más o menos eróticas o infantiles, el desequilibrio hormonal o la tensión bien resuelta, el temple, la profundidad o la sumisión. Quizá la elocuente nadería.
 No hay en el arte otra cosa que el artificio y la reinterpretación, la realidad mutilada o esplendorosa de un metalenguaje en otro como en un juego de espejos astillados. En esas grietas nos acabamos encontrando y perdiendo definitivamente, pero así es la vida. Cierro y abro los ojos, alternativamente. Repaso el divergente catálogo de la noche silenciosa y me quedo, por supuesto, con Mercedes Laguens y sus óleos sobre lino o sobre lo que sea. Ya no es tiempo de leer el ensayo de Foucault, El cuerpo utópico. Ya no es tiempo de escribir en la piel de los cuerpos desnudos como si fuera sobre la arena en llamas de una playa del infierno donde pisamos más que por placer, por necesidad o angustia. Quizá por castigo.
 No haré, sin embargo, ninguna disección detallada de un catálogo que es el que es, porque no puede ser otro. El cadáver es sólo uno y yo simplemente deambulaba por la ciudad silenciosa (y desvelada) como quien espera oír un fantasmagórico toque de diana para realizar una penúltima batida mejor que bien acompañado antes de regresar, finalmente, a casa y dejarme sepultar por la belleza famélica, la singularidad fatal y la emoción temblorosa de mis propias elucubraciones. Es muy posible que sólo me importe, ya, lo que imagino. Viva el narcisismo.

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viernes, septiembre 16

El sudor del de enfrente

La Telaraña en El Mundo.

 Se me ocurre abrir algunos interrogantes que no acabo, por desgracia, de cerrar. Cada uno es como es o como le han hecho, quizá, las circunstancias. Pero hay demasiadas cosas que no entiendo. ¿Cómo es posible que, con su dilatado historial, la que le está cayendo y la que, de seguro, le va a caer, Rita Barberá tenga todavía humor y arrestos para aferrarse a su escaño en el Senado? ¿Cómo, también, que Mariano Rajoy no se harte de todo, de tanta investidura fallida y tanta corrupción más o menos familiar, por ejemplo, y decida dimitir, como haría cualquiera, creo, que antepusiera su dignidad a mil otras cuestiones menores? ¿Cómo es posible, asimismo, que Pedro Sánchez acumule debacle tras debacle electoral y no se le ocurra otra salida política sin salida que ese no archirrepetido y persistente, descerebrado, castrante?

 Son sólo tres personajes, casi tomados al azar, de una actualidad que da más grima que otra cosa. En las islas la situación no mejora sustancialmente. ¿Nos importan algo las explicaciones que Francina Armengol dará en comisión secreta del Parlament sobre el ático del millón ridículo de euros? ¿Lo que diga mejorará nuestra opinión sobre la turbadora ingeniería financiera de Sa Nostra? ¿Nos preocupa que Jaume Matas, otro que parece volver, pero que nunca se había ido, trueque la frialdad metálica de la cárcel por la delación generalizada y a tumba abierta, contra corriente? No sé yo, pero hay películas que, de tanto verlas, ya no nos las podemos creer. Nos aburren solemnemente.

 Pasa, sin embargo, que acabamos presintiendo, entre bostezo y bostezo, que la culpa de todo la tiene la formación, la falta de formación general y, sobre todo, particular, en este caso. ¿Cómo es posible que la inmensa mayoría de los políticos que nos representan carezcan de algún tipo de historia personal de éxito que pueda identificarlos profesionalmente, al margen de su meteórica o sudorosa ascensión en las listas cerradas del partido, su aferramiento a las filas prietas del sectarismo ideológico, a la comodidad tétrica del escaño, al exuberante cargo digitalizado, a la fructuosa asesoría vitalicia y hasta hereditaria si se tercia?

 Hay que sobrevivir, qué duda cabe, y no están los tiempos como para confiar, exclusivamente, en el propio sudor de la frente para salir adelante. Es triste, en efecto. Es descorazonador, también. Es patético, en fin, que los más cínicos integrantes del círculo infernal de la política y sus allegados hayan cambiado la vieja, pero justa e igualitaria, maldición bíblica por un nuevo lema (parabólico y paradojal, por supuesto) que creía haber leído en Twitter, pero no. Es el título de una novela, que no conozco, de Patricio Chamizo: «Ganarás el pan con el sudor del de enfrente».


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martes, septiembre 13

El búnker de la lengua

La Telaraña en El Mundo.

 Tanto mi hijo como mi hijastro, que hay que tener de todo y no privarse de casi nada en esta vida, hablan perfectamente tres lenguas. Español, catalán o mallorquín e inglés. Podría decirse, pues, que el sistema educativo, al menos en su caso, ha funcionado bastante bien y que las leyes educativas han sido lo suficientemente flexibles como para ellos mismos pudieran ir acompasando, cada uno a su manera, las peculiaridades de su entorno familiar y el absurdo caos lingüístico al que, de forma más o menos consciente, han tenido que ir enfrentándose a lo largo de los años en la enseñanza pública o concertada.

 ¿Está bien, entonces, lo que bien acaba? En absoluto. La posible buena suerte de mis hijos no garantiza ni condice la de tantos otros chavales que, por desgracia, no supieron o no pudieron adaptarse a los planes lingüísticos de los colegios, no lograron sobreponerse al panfletario poso ideológico de algunos docentes ni, tampoco, driblar las líneas rojas del pensamiento único y dejar pasar así, sabiamente, el tiempo, cumplir, con mayor o menor holgura, con los deberes y los exámenes, hacer y deshacer los entuertos puntuales de cada día y sobrevivir, en fin, a esa forma de castración personal que acaba siendo una educación genérica, mediocre, acrítica según convenga y, sobre todo, ideológicamente contaminada.

 Me envían desde Change.org, ese muro virtual de las lamentaciones donde cualquiera puede llorar sobre lo que le plazca con la certeza de que va encontrar suficientes plañideros con que consolarse, la petición al Ministerio de Educación de España de que nuestros hijos puedan estudiar en castellano y balear. Este derecho, en principio, viene incluido en la infame Ley de Normalización Lingüística, pero la penúltima pirueta econacionalista del Govern, es decir, el Decreto de Lenguas, ha convertido el claustro de los colegios en el búnker desde el que se puede blindar (y se blinda) el uso exclusivo del catalán. Los centros educativos, además de la aberrante morralla de los planes de estudio que mutan según el gobierno de turno, poseen un denominado “proyecto lingüístico propio” que prevalece sobre cualquier otra norma, incluso de orden superior. Es increíble. O no. Es lo que hay.

 No pienso, faltaría más, quejarme porque se incumpla el único artículo de la Ley de Normalización Lingüística con el que, de hecho, estoy de acuerdo. Pero a otro perro con ese collar. No concibo ninguna solución educativa en Baleares que no pase por derogar esa ley de normalización zoológica y territorial, esa encerrona conceptual, esa grieta subrepticia por la que se nos coló, para quedarse, el nacionalismo, su primitivismo lingüístico, dialéctico y tribal, su reduccionista ir avanzando, parasitariamente, a costa del progreso y el futuro colectivos. Hacia ninguna parte.

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viernes, septiembre 9

El laberinto del 11-S


La Telaraña en El Mundo.
  
 Se acerca el 11 de septiembre y la celebración de una nueva Diada en Cataluña (y en Baleares, el día 12, pero esa no parece importarle a casi nadie). Una diada en la que, aprovechando que los nacionalismos están gobernando, aunque sea de aquella triste manera, en Valencia y Baleares, se intentará convertir la ficción de los países catalanes en algo más que en un disparate geográfico. No hay problema. Con la presencia de las fuerzas vivas (aunque renqueantes y no menos zombis) de Cataluña, Valencia, las Islas Baleares, la franja este de Aragón, Andorra, el Rosellón francés, el Alguer italiano (allá por Cerdeña) y El Carche (en la esquina noreste de Murcia) están más que garantizados unos espléndidos juegos florales. Sin ninguna duda.
 Pero hay fechas que se hacen un hueco propio en nuestras vidas. Estaba yo en Barcelona el 11 de septiembre de 2001 sentado ante el televisor mientras Matías Prats narraba, no las vicisitudes de la diada catalana de aquel año, que ni recuerdo si la hubo, sino el horror sucesivo de los aviones enloquecidos impactando contra las Torres Gemelas de Nueva York, mientras el mundo se venía abajo con ellas y todos nosotros presentíamos que aquello no era el fin del mundo, pero sí el fin de muchas cosas; de muchísimas, en efecto, pero no de la estupidez, la negligencia o el sectarismo, los enfrentamientos a cara de perro por razones tribales, lingüísticas, étnicas o religiosas. Casi nada.
 Está claro que no avanzamos demasiado. O no, al menos, en la dirección correcta. El camino está repleto de falsas rotondas y hay abismos abiertos en mitad de ninguna parte. Puede que nos hayamos perdido. ¿Quién iba a decírnoslo, mientras la generación digital muestra el fulgor de sus flores de mentira y la existencia se refugia en el contagio de las redes sociales y el lenguaje se colapsa y el discurso no es otra cosa que unos fragmentos reunidos al azar de un Dios que ya no importa si existe, porque casi nadie cree en él? Casi nadie cree ya en nada.
 El panorama, pues, no pinta muy tranquilizador. Entre todos vamos creando los conflictos que luego se emponzoñan y eternizan, vamos recreando las crisis, más o menos profundas, que nos asolan, la peste metafórica que nos tiene confinados en el laberinto de este mundo, porque no parece que haya otro y afuera no hay nada, salvo el holograma de los paraísos artificiales que tantas veces hemos soñado habitar sin ningún éxito, el ridículo espejismo de nuestra enfermiza nostalgia por todo aquello que creemos haber perdido y que no sé yo si fue así, porque no se puede perder lo que, de hecho, nunca se ha poseído. Ni en sueños.

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martes, septiembre 6

El cetro del Rey Midas


La Telaraña en El Mundo.

 Observo el panorama sin dejar de preguntarme sobre lo que, de verdad, me importa o interesa. La manifiesta inutilidad de casi todo lo que hago, ignoro si por instinto o necesidad; por ejemplo, el arte, que es una especie de broma pesada y sobrevaloradísima que me abruma igual que me desazona, la ternura, que suele romper en añicos el escudo en el que acabo grabando todos mis esquemas personales, la soledad, que tan sólo es un circunstancial estado de ánimo, que se combate, si se quiere, con la persistencia en el cariño, en la empatía, en la fe, en aceptar que te cojan de la mano y te guíen cuando el camino se oscurece y no ves nada y hay que dar un paso adelante o dos o tres y el vértigo te paraliza, pero la piel te calma, finalmente.
 No es mala idea afrontar la actualidad con pensamientos así de extemporáneos. Me ayudan a vencer el sueño y desperezarme del todo. Resulta que ayer madrugué viendo a Rafael Nadal caer en el US Open ante un deslumbrante tenista francés, Lucas Pouille. A mí, el tenis, no me entusiasma; más bien, al contrario, me aburre solemnemente, pero no deja de impresionarme la perseverancia casi sobrenatural con que Nadal se aplica en devolver la pelotita amarilla de un lado de la red al otro y viceversa. En ese gesto, tan inútil y mecánico como infantil y pasional, siempre encuentro un símil, una metáfora precisa de la condición humana. No hacemos otra cosa que esforzarnos por doblar una esquina y luego otra y después la siguiente sin que nos detenga la terrible sospecha de que la esquina quizá sea, siempre, la misma.
 Los espejismos nos rondan sin que importe discernir su grado de verosimilitud o realidad. Quizá no exista la realidad. Quizá no existan, tampoco, los espejismos. La condición humana reside en las metáforas. En el fastuoso ático con vistas, por ejemplo, que le hizo ilusión a Francina Armengol y que no pudo acabar de comprar por el qué dirán o no dirán. Jaume Matas, en cambio, sí tuvo el valor suicida de comprar el suyo y ya saben, supongo, que lo acabó consignando en los juzgados para pagar deudas y lo que aún le falta. Impagable.
 Con todo, no nos parece mal que cualquier presidente o presidenta de nuestra augusta comunidad autónoma tenga acceso preferencial a un ático de lujo, escobillas áureas incluidas, en alguna que otra zona señorial de Palma. Tampoco nos molestaría que las exuberantes ruinas de Sa Nostra (o de la entidad que la sustituya) les otorgaran, a nuestros presidentes, el cetro incorruptible del Rey Midas. Lástima que no haya regalo sin contrapartida, ni leyenda sin maldición. Abrumadora.

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viernes, septiembre 2

El ruido del Pacte


La Telaraña en El Mundo.

 
 Resuena, casi a mediodía, el horror mayúsculo de unas pocas maletas que ruedan, dando tumbos, sobre el enladrillado a medio hacer o deshacer de nuestras calles más o menos céntricas y peatonales. Quiero pensar que esos hipotéticos turistas urbanos no han caído en las manos de algún intermediario inmobiliario, absolutamente opaco y hasta ilegal, que maneja habitaciones y pisos de otros como auténticos churros, sino que se dirigen a la casa particular de alguien que no podría sobrevivir, tal vez, sin alquilar esas dos míseras habitaciones, por ejemplo, con que le premió el destino o le castigaron la soledad o las circunstancias de la vida. Nunca se sabe qué o quién nos otorga lo que parece pertenecernos hasta que lo abandonamos. Siempre lo acabamos abandonando todo.
 Pero no sé si el Pacte, que nos gobierna, da para tantos matices. El Pacte se mira el panorama y sólo acierta a ver, en el paisaje y en el paisanaje, aquello que quiere ver y que mejor casa, por supuesto, con su propia ideología. Algún espejismo. No obstante, es verdad que demasiados turistas escapan a la ridícula ecotasa de Biel Barceló, en efecto, pero eso es lo que suele suceder, por desgracia, cuando las cosas no se regulan bien o, sobre todo, a tiempo. Uno se escapa de los abusos y las imposiciones ajenas sólo si puede o si le dejan algún que otro vacío legal donde plantar una palmera y convertirlo, tal vez, en un maldito oasis.
 El Pacte es un lugar, una entelequia, una fusión metafísica muy compleja. Difusa. Turbulenta. Cuerda y ebria. Marcial y asamblearia, a partes iguales. Un conglomerado de intereses dialécticos que no cuadran, ni siquiera idealmente, porque sus integrantes andan a la gresca de unas competencias físicas que se les escapan, porque no se puede moldear una realidad cuya sustancia y funcionamiento se ignoran; y el discurso político conjunto sólo da para el ruido infernal de un Dj desarbolado sin otra música que mezclar que sus propias pesadillas.
 Me asomo a los hechos. A un debate televisivo de no investidura le sucederá, hoy, otro idéntico. Obviaré el tema, a la espera de que Sánchez intente, para España, un Pacte como el que lidera, aquí, Armengol. Pioneros que somos. Mientras tanto, rugen los monopatines de algunos descerebrados que se lanzan calle Olmos abajo hasta la mismísima fuente de la Rambla, por ejemplo. Un camión recoge la basura o riega el adoquinado justo cuando intento domar mis penúltimos sueños. Algún vociferante hijo pródigo intenta regresar a la casa donde sus padres, quizá, todavía le esperan; nadie debería esperar a los bárbaros, salvo para que pasen de largo y nos dejen la paz que nos hurtaron en vida. O así.
 

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martes, agosto 30

Elegía de agosto

La Telaraña en El Mundo.

 Se acaba agosto. Para celebrarlo, anteayer, regresé a Cala Blava, a la playa donde veraneé la mayor parte de mi vida: la playa en la que casi siempre amanecía cuando tocaba ir a pescar en barca con los amigos o amanecía de veras, ya sin eufemismos de ningún tipo, cuando la fiesta nocturna se eternizaba y no había otra forma mejor de demorar el regreso a casa que perderse y hacer el remolón o lo que se terciara sobre la arena húmeda, corpórea y tangible, revoltosa, del alba.

 Pero el tiempo no pasa en balde. En absoluto. Mis ojos de hoy ya no son los de ayer, aunque vean igual o, quizá, mejor; pero es que tampoco el espectáculo es el mismo. Lo más difícil, a estas alturas magníficas de la vida, es dejarse caer levemente sobre la arena, medir el litoral y hasta auscultar el horizonte intentando recrear el viejo juego de las mil y una diferencias. Hay una pareja de hombres prodigándose, de soslayo, alguna que otra caricia furtiva. Ellos no estaban antes, porque el amor es lento, difícil y, quizá, inexorable. No los conozco.

 Hay unas hermosas jóvenes tendidas al sol o entrando y saliendo del agua. Ríen o hablan. Susurran. Se ponen crema solar y hasta parece que miran, divertidas, hacia donde yo estoy, sin verme. Soy invisible. Tampoco las conozco, aunque ya quisiera, porque me recuerdan, inevitablemente, a algunas de mis antiguas amistades; quizá sean sus hijas, me digo, mientras dejo que las evanescentes ninfas, que mi imaginación no tiene pudor alguno en inventar, me confirmen que, aunque el paso del tiempo no nos cambia demasiado por dentro, sí que lo hace, y mucho, por fuera. Supongo que está bien que así sea.

 Con todo, la playa es la misma, la arena es similar y el agua no está demasiado sucia. Me calzo las viejas gafas de agua y busco las madrigueras submarinas donde tantos pulpos se escondían en otro tiempo. Ya no están. ¿Dónde se habrán ido? Desemboca en la playa un estrecho torrente, repleto de polvo y laberintos infantiles, por el que nunca transita nada ni nadie salvo el agua de la lluvia, cuando llueve. Pronto lloverá, porque se acerca la temporada de las lluvias propia de finales del verano. No se inundará, sin embargo, mi casa, porque ya no están mis padres para cuidarla y hace años que decidimos (y conseguimos, que no era tan fácil) venderla; pero igual sí que se sigue inundando y son los nuevos inquilinos, ahora, los que achican los remolinos del agua, los que ponen los muebles de la cocina a cubierto, los que recorren, entre risas y acrobacias, la casa tan llena de charcos como, quizá, de recuerdos.

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viernes, agosto 26

Terremotos


La Telaraña en El Mundo.

 Mientras las televisiones, insaciables, tenían a bien mostrarme la agonía en directo de una persona prácticamente enterrada bajo un montón inaguantable de piedras, ladrillos, hierros retorcidos y escombros, no pude sino acordarme de la mínima experiencia de claustrofobia que padecí hace años subiendo hasta la cúpula de la Basílica de San Pedro, en Roma, a través de unos agotadores pasadizos infernales que, en determinados momentos, se ladeaban y estrechaban muchísimo convirtiéndose, casi, en la visión mutilada, en la sensación asfixiante, en la premonición exacta de un ataúd.

 Con todo, no pretendo establecer ninguna comparación, por supuesto, entre la horrible catástrofe que se está padeciendo en el centro mismo de Italia y esa simple, y acaso oportunista, constatación de que no siempre el turismo es agradable ni tampoco placentero, en absoluto. Hay algo de ese antiguo instante de pánico, de vértigo, de horror acelerado en los sentidos que regresa a mí cuando observo, ahora, de qué modo tan cruel la naturaleza se acaba rebelando, no importa si consciente o inconscientemente, contra el hombre, contra su sedentaria y laboriosa forma de vida, contra su lento ir acumulando tesoros, piedras y también laberintos, contra su monomanía de construir fortalezas, templos y torres, ciudades y pueblos, zigurats de Babel, monumentos de confusión, de temor a Dios o, quizá, de revuelta.

 Resulta, en definitiva, que la catástrofe ha sucedido aquí al lado igual que podría haber sucedido aquí mismo; o no, no del todo. La tierra es una ordenada sucesión de placas tectónicas en precario equilibrio sobre un extraño fondo ígneo. La tierra danza sobre el fuego de la misma manera que nosotros danzamos sobre ella, mientras observamos el revuelo geométrico de las constelaciones en el cielo o atravesamos el horizonte curvo e invisible de los mares y nos dejamos vencer por los sueños que construimos. Nos gustan mucho los sueños. Lástima que tan sólo nos pertenezcan mientras los soñamos y ni un instante más. Ni uno.

 Pero no todo iban a ser malas noticias. Según los expertos no es muy probable una catástrofe sísmica tan grave en nuestro archipiélago y yo bien que me alegro, porque no creo que quedase nada en pie de nosotros ni de nuestras circunstancias. ¿Sobreviviría tal vez, ay, mi casa? ¿Aguantarían la Catedral, la Lonja, el Castillo de Bellver, la Almudaina? ¿Sobreviviría a la debacle el monolito de Sa Feixina? ¿Y qué sería, en fin, de nuestros magníficos jardines privados en el Palacio de Marivent? ¿Continuaría en pie, es un por decir, el edificio singular de GESA? Creo que, al menos, quedaría incólume e invicto el mayestático Palacio de Congresos para que todos vieran de lo que fuimos capaces de construir sin llegarlo a utilizar nunca correctamente.

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martes, agosto 23

Medallas, banderas y sueños

La Telaraña en El Mundo.

 Repaso el balance de los Juegos Olímpicos de Río con curiosidad y algo de nostalgia. ¿Nostalgia? En efecto, hay acontecimientos que parecen perseguirnos desde la infancia y continuar latiendo después, aquí y ahora, cuando nuestro interés por los desafíos del más allá del cuerpo se ha reducido a casi nada. Pero la infancia es un lugar sagrado, un laberinto mítico del que no se sabe si alguna vez logramos escapar. ¿Deberíamos? No estoy seguro. Cierro los ojos y recuerdo el sufrimiento de algún corredor de maratón hecho trizas. Cierro los ojos y vuelvo a ver la flecha que lanzara Antonio Rebollo en 1992; sigue ahí en el aire, suspendida y en llamas, sin que yo ni nadie podamos afirmar que lograra, por sí misma, encender el pebetero, el pebetero que prendió y aún sigue encendido.

 Todo se enciende si está en su naturaleza engendrar el fuego y dejarse envolver por él y arder sin más objetivo que resplandecer en mitad de la noche, los sueños o la memoria. No obstante, lo mejor de estos Juegos ha sido que han ocurrido de noche, mientras la mayoría de nosotros dormíamos y esa subasta infantil de medallas y banderas nos despertaba al alba con su tintineo a recuento inútil, a tesoro derrochado por no importa qué oscuros motivos o razones. Nunca he hecho ondear una mísera bandera ni me ha conmovido un maldito himno.

¿Por qué, sin embargo, me alegro con el triunfo de los que siento como propios o más cercanos, con los éxitos de los que hablan mi lengua, con las hazañas de los que llevan la que aún parece ser mi bandera? ¿Cosas de la infancia? Tal vez. Esa fase de la vida, que se diluye con el paso marcial del tiempo, también nos deja un poso particular de valores, un halo propio, una curiosa forma de ver las cosas a la que sólo podemos llamar cultura, porque no tiene ningún otro nombre y la cultura es eso: mediación, artificio, arraigo, continuidad.

 Ahora podría glosar el éxito de los más nuestros entre los nuestros. Rafael Nadal, Marcus Cooper, Alba Torrens, Sergio Llull o Rudy Fernández, pero no merece la pena. Lo importante es que gracias a los Juegos regresan a la actualidad algunos deportes que teníamos, al menos televisivamente, casi olvidados. El bádminton o el boxeo, la gimnasia rítmica, la natación o las pruebas reinas del atletismo en pista. El hockey, el piragüismo, la halterofilia, la equitación, el tiro con arco o al plato o qué sé yo. Todas esas disciplinas deportivas protagonizan, cada cuatro años, el milagro de seguir vivas y, sobre todo, de resucitar y añadir los colores del arco iris al blanco y negro metafóricos, pero persistentes, de nuestra memoria.


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viernes, agosto 19

Las terceras elecciones

La Telaraña en El Mundo.

 Por mucho que miro alrededor y adentro, hacia adelante y también hacia atrás, no encuentro dos Españas por ninguna parte; casi que no encuentro ni una y la que hay o debiera haber parece ser la de siempre, la eternamente triste, contradictoria y amazacotada, la que ondea, aun así, tan lujuriosa como estéril, entre suntuosos carros de fuego y astilladas astas de toro, entre pícaros y desahogados de manual, marcada su estrecha frente al hierro por la misma estupidez inexplicable, por el mismo horizonte ridículo y sumamente cortoplacista, por la misma confusión mental, el mismo bloqueo, la misma dejación de funciones y responsabilidades convertida en norma, en uso y abuso, en forma habitual de vida.

 No voy a exagerar un ápice ni a dejar, tampoco, más frases lapidarias de las que puedo permitirme. Faltaría más. Pero es muy posible que la última vez que España padeció una crisis política de calado similar a la actual acabó estallando una guerra que duró tres largos años, que perduró cuarenta y que, según algunos descerebrados, ochenta años después resulta que aún no ha concluido. Hay que ver, pues, cuánto nos duran las desgracias y los desencuentros, el rencor o la envidia, la ira fatal y ciega o la inercia teledirigida, la filosofía de burdel o convento, de cuartel o satrapía, de páramo, salto de mata y zanja, de callejón sin salida. Estoy hablando, claro, de los infinitos dientes serrados de la miseria.

 Pero escribo estas líneas cuando aún no han finalizado las inverosímiles negociaciones entre Rajoy y Rivera o Sánchez. Por no hablar de Iglesias o de la pintoresca pléyade de los nacionalistas. Más bien, parece que las negociaciones ni siquiera han empezado y que, de hecho, no lo van a hacer nunca, porque no hay forma de entenderse cuando el lenguaje se ha convertido en un arma arrojadiza y todo cabe en la sintaxis rota de los espejismos falsamente ideológicos de unos y otros, de todos.

 El caso es que, se mire como se mire, parecen avecinarse unas terribles, increíbles y hasta alucinantes terceras elecciones. Será de ver y oír, verles y oírles a los líderes políticos en la frenética campaña sucesiva en que se ha instalado la política en este extraño país que ya no es ni los dos, enfrentados e irreconciliables, que alguna vez fuera, porque la corrupción sistémica (y, por lo tanto, sistemática) nos ha igualado a todos por lo bajo, por lo más bajo, por lo bajísimo y lo subterráneo, por lo paupérrimo de una gestión pública que retrata a nuestros partidos políticos igual que nos retrata, por desgracia, también a nosotros. De esta pira general, asamblearia y hasta telúrica no se va a escapar nadie. En absoluto.

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martes, agosto 16

El turismo sostenible

La Telaraña en El Mundo.

 Repaso las ocurrencias con que las muy diversas autoridades del Pacte afrontan el tema, el sonsonete, la canción más estridente del verano. El turismo sostenible. ¿Manejable? ¿Tolerable? O ni una cosa ni la otra. Así, por ejemplo, Biel Barceló aboga por imponer un máximo de plazas turísticas mientras Cosme Bonet afirma que la solución a la saturación turística «no es cerrar puertas». Está claro que no hay más cera que la que arde, aunque haya mucho pirómano suelto. Sólo así se entiende, aunque sea ininteligible, que Aurora Jhardi llegue a ejercer de alcaldesa en funciones y tenga el humor de asegurarnos que «Palma ha llegado al límite y que una presión insoportable nos dificulta la vida, no sólo a los residentes, también a los turistas». Pobre chica.

 Igual Jhardi lo ignora, pero hace sólo unos diez años Palma era una ciudad absolutamente desierta los domingos y fiestas de guardar. Una ciudad muerta y hasta enterrada donde costaba encontrar un bar abierto y las persianas de metal caídas eran la única decoración de unas calles que no conducían a ninguna parte, porque nadie se perdía en ellas; y un silencio denso se adueñaba de las plazas y las piedras temblaban una sangre invisible, inmóvil y taciturna. Así nos iba y no hace tanto.
 
 Pero ahora, mientras escribo estas líneas, es quince de agosto. La Asunción de la Virgen. Me llega de afuera, de la calle, un ligero rumor a gente que pasea por pasear, por dejarse caer un rato en las terrazas y tomar algún refresco para vencer el calor u olvidarlo en la medida de lo posible. Con todo, el ruido es tenue y no hay agobios ni empujones ahí afuera. Tampoco adentro. Observo que, a mi alrededor, no hay nadie peleando por un lugar de aparcamiento, como dicen que sucede en Cala Varques, ni tampoco disputas familiares por colocar una toalla en la arena, como en Es Trenc, pero yo no me lo creo. O sí.

 En realidad, esas anécdotas no debieran importarnos demasiado, porque es el devenir de la economía el que acabará dictando, nos guste más o menos, nuestras auténticas necesidades, nuestras urgencias y prioridades; en definitiva, nuestro futuro como comunidad camino del bienestar o, quizá, de la ruina. Si el Govern necesita ahora financiar comisiones de estudio y hasta rescatar a Carles Manera o a Ivan Murray, es decir, a lo más granado de la UIB afín, es que no ha entendido nada sobre el turismo, la hostelería y las relaciones entre el ocio y el territorio, entre la cultura y las subculturas de los nómadas, de los bárbaros, de los residentes, de los nacionalistas, de la gente normal, de todos. Pero eso ya lo sabíamos.

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viernes, agosto 12

Atrapado en la página


La Telaraña en El Mundo.

  Un cambio de diseño o un ajuste de contenidos (que, como todo el mundo sabe, son el mismo artificio mítico en que nunca dejamos de mecernos) han convertido el habitual espacio minimalista de mis columnas en esta casa en una especie de gran despilfarro que no sé si sabré dilapidar del todo. Me explico. Una cosa es escribir unas 250 palabras de corrido y casi sin respirar y otra, algo distinta, andar puliendo el orden lógico y gramatical de unas 450 palabras, sin que te venza la grafomanía de los circunloquios o la insoportable levedad de las demoras para acabar diciendo, por supuesto, lo mismo. De eso se trata, de decir lo que tengas que decir en el formato, en fin, del que dispongas.
 La verdad es que nunca me preocupó demasiado el espacio donde zambullir mis palabras. He escrito, y lo sigo haciendo, en los márgenes de los libros como en las ásperas servilletas de los bares. He escrito en gruesos folios de papel antiguo igual que en el ojo líquido de los monitores. He escrito en la palma de alguna que otra mano y hasta en los espejos de mi propia casa. Aquí me detengo y reflexiono. Diseño o forma y contenido (que, como ya dije, son el mismo artificio mítico) andan siempre de gresca, como si lo único que existiera entre ambos, físicamente, fuera la superficie enigmática de algún espejo. Pero eso es, en efecto, lo que hay y lo que hubo siempre. Espejos en vez de ventanas. Introspección en vez de comunicación.
 En estas, pues, me encuentro, intentando tomarle las medidas y revisarle hasta las costuras al nuevo hábitat. El folio en blanco (que, por cierto, es algo que no existe ni ha existido nunca) es un espejo, pero también una ventana. Un lienzo, el de la actualidad, donde aparecen políticos, empresarios, deportistas, escritores o delincuentes, por ejemplo, con la misma mala cara que tenemos cualquiera de nosotros al levantarnos tras una mala noche de calor e insomnio.
 No sé qué opinan ustedes, pero agosto se me antoja un mes muy cruel, especialmente en Mallorca, porque nos ofrece el espejismo del ocio y las vacaciones estivales en mitad de un paraíso o un infierno del que no acabamos de formar parte. Es cierto; vivimos donde muchos vienen a emborracharse y naufragar a toda costa. Vivimos, también, donde no tantos dejan reposar el lujo indecible de sus vidas. No soy de los primeros, pero tampoco, ay, de los segundos. Tampoco me redime saberme atrapado, desde hace tiempo, en esta página como en un espejo y no tener, aparentemente, otra forma de escapar que escribir las 450 palabras que las circunstancias, ahora, me demandan. Pues ya están escritas.

 

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martes, agosto 9

Extranjeros

La Telaraña en El Mundo.


 El pasado domingo me llevaron a San Agustín, a una coqueta piscina privada repleta de simpáticos jubilados británicos que llevan, algunos de ellos, más de media vida y parte de la otra en la isla. Observarles en su propia salsa, bajo el sol achicharrador que tanto aman y que tanto detesto, pertrechados con sus fiambreras, sus sándwiches y sus botellas, siempre medio vacías, de vino, champán o incluso agua no tiene desperdicio. Sonreían de continuo y me trataron, además, como si yo hubiera llegado de otro mundo y fueran ellos los auténticos embajadores de este mundo y quisieran trasmitirme, así, su felicidad y su forma de entender la vida, de disfrutarla.
 Observándoles me sentí muy viejo y también mezquino. Es lo que pasa cuando uno observa la realidad con ideas preconcebidas, con una especie de guión impreso en la retina. Me hubiera gustado pedirles por el Brexit, por el catalán, que algunos chapurrean, por su jubilación y la crisis, por el gobierno de aquí o allá, por el marés ardiendo que no me dejaba dar un paso sin brincar como quien huye del fuego sabiendo que volverá a caer en sus brasas.
 Pero no lo hice, porque no venía a cuento. En la vida no hay más fronteras que las que uno inventa ni más fantasmas que los que uno imagina. Quiero decir que todo está adentro: muy adentro, tal vez; y hace falta olvidarse de uno mismo para afrontar la realidad sin pérdidas, sin fugas de información, sin el agobio de ir buscando referentes donde sólo hay que saber dejarse llevar y recolectar hallazgos, sorpresas.

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viernes, agosto 5

El colapso de las cosas

La Telaraña en El Mundo.

 
 Desde hace años camino varios kilómetros al día. Palma se extiende a mis pies como si fuera una alfombra irregular de asfalto y grava, de polvo, de tierra removida y casi siempre en obras, de espacio, en fin, que juega a buscar mi asombro igual que mi fatiga. No siempre los distingo, al asombro de la fatiga, pero sí sé que, cuando llegan, saco mi arrugada moleskine y tomo algunas notas al natural sobre lo que veo o, quizá, sobre lo que pienso. Todo está relacionado y hasta puede que sea la misma cosa. Todo, la misma cosa: yo y el mundo, la ciudad y las hojas tullidas de mi libreta.
 Pero ahora escribo con cierto miedo. Acabo de actualizar mi PC a la última versión de Windows 10 y la cosa, de momento, no acaba de cuajar. Una repentina pantalla azul me avisa de que la muerte, siquiera sea la muerte informática, está ahí y de que todo lo que vengo escribiendo puede desaparecer hasta el olvido si al sistema le da por colapsarse. Al sistema, como a la vida, le da por colapsarse muy a menudo.
 En el colapso de las cosas pensé ayer mientras observaba el rostro vagamente ilusionado de Mariano Rajoy al dar cuentas de sus no muy espectaculares avances con Albert Rivera. La voluntad política de Ciudadanos de pactar con unos o con otros contrasta con la cerrazón a cal y canto del PSOE de Sánchez. Entre ambos, bufonadas de Iglesias al margen, lo único reseñable es la falta de brillantez personal de Rajoy, su incapacidad para ofrecer a todos y a nadie algo irrechazable. En eso, y no en otra cosa, consiste la política.

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martes, agosto 2

Traducciones

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 Parece que Daesh está buscando traductores al español para sus mensajes de odio, terror y asfixia, de odio, exterminación y fanatismo. No es fácil, estoy seguro, encontrarle palabras adecuadas a la escoria, a la basura humana que se deja explosionar para llevarse por delante a cuantos más mejor. No es fácil, estoy seguro, traducir el corte áspero del filo de la navaja en el cuello, el instante de silencio que precede al fatal estallido, el borboteo ebrio de la sangre más allá de las venas y también de la conciencia.

 Daesh busca traductores al español de un idioma que sólo existe en sus videos y representaciones gestuales sin más guión que una pesadilla de túnicas y medias lunas desgarradas. No hay filosofía ni tampoco libros que traducir, porque basta con un miserable y mortífero tuit con las sílabas y los cañones recortados. Sólo hay imágenes y víctimas a ambos lados del objetivo de la cámara, el fúnebre cortejo de la locura mezclada con el olor del combustible y el sueño tullido de un paraíso de vírgenes, que ya no existen. Nunca existieron.

 Pero ya estamos en agosto. Es mi mes favorito para sumergirme en los aspectos de la realidad que de verdad me importan. Miro alrededor y veo a la gente bañándose en un mar cálido y horizontal, razonablemente tranquilo. Miro adentro y observo que las llamas bailan como si el fuego de la realidad no pudiera hacer otra cosa que acompasar mis pensamientos y arder con ellos, conmigo. Me da que en eso consiste estar vivo y que no hace falta traducir absolutamente nada.


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viernes, julio 29

La vecina del quinto

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  Espiar a la vecina del quinto -siempre a la del quinto, faltaría más-, además de poder ser un delito, acaba resultando, por desgracia, bastante aburrido y hasta inocuo. El dron que viaja con nuestros deseos de volar y de ver mucho más allá de lo que vemos parece atascarse en sus propias limitaciones, que son, también, las nuestras. No basta con ver; hay que sentir, hay que atravesar barreras infranqueables, hay que ir más allá de la física para entrar de lleno en la metafísica. Desde ese lugar nadie nos va a hacer demasiado caso, pero así es la vida. Yo me conformo.
 Los drones, pues, no nos sirven para lo que no sirven. Le sirven, no obstante, a Hacienda para hacerse una composición del mundo según su propia naturaleza y necesidades. Aquí una piscina, un solárium, una terracita, un garaje, mil jacuzzis prohibidas: todo un arsenal de humanidad atentando contra el catastro, contra los impuestos que debieran ser de todos y no sé yo de quién son. Los drones son de Hacienda, eso sí, porque el mundo es de Hacienda. Como todos, unos más y otros menos. Como siempre.
 Cort, por ejemplo, debe tener unos drones estupendos. Los debe manejar el concejal de Urbanismo y futuro alcalde de Palma, Antoni Noguera. Sólo así se explica que rechace el proyecto y la inversión de una multinacional en los alrededores del estadio del Atlético Baleares, porque no cabe, nos asegura, en su modelo de ciudad. De ese modelo sólo nos constan su encendida fobia antitaurina y su empeño por derribar Sa Feixina. Todo muy ejemplar. Modélico.
 

 

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martes, julio 26

Sobreinformación

La Telaraña en El Mundo.

 Un chaval recibe las burlas constantes de sus compañeros y va engendrando, con el paso del tiempo y los revuelos hormonales, un odio insoportable hacia todo lo que le rodea. Es lo que tiene, por desgracia, no lograr encontrarse a uno mismo en la larga y tortuosa aventura que acostumbra a ser la vida, esa mezcla de situaciones favorables y desfavorables, ese viaje desnortado por el filo mismo de los acantilados, con el viento tantas veces a favor como en contra, con la sensación asfixiante que da no tener ni un segundo de tregua y la obligación ineludible de ir adaptándose absolutamente a todo, incluso a lo que no imaginábamos.

 No pensé en nada similar, mientras el pánico parecía haberse adueñado de Múnich y las imágenes nos mostraban a la gente huyendo despavorida y la voz del narrador nos contaba que la policía andaba persiguiendo a presuntos terroristas en muy diversos y alejados lugares. Esto es París, Bataclan, Londres, Madrid. Nueva York. Niza. Esto es la guerra, pensé, pero no.

 Era un único joven alemán, hijo de iraníes, de tan sólo 18 años, con una pistola comprada en algún boulevard en llamas de internet y una insoportable carga personal de frustración y locura a sus espaldas. Era el pánico colectivo personificado en la violencia asesina, e incluso suicida, de uno de nuestros hijos. Era la exagerada y obsesiva respuesta general ante el exceso de información, aparentemente global, aséptica e instantánea, que recibimos continuamente. Éramos nosotros mismos puestos, al fin, en dolorosa evidencia.

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viernes, julio 22

Sin perdón

La Telaraña en El Mundo.

 
 Repaso el centenar largo de canales que mi proveedor telefónico ha puesto a mi alcance, junto al invento de la fibra óptica, con no pocas reticencias. No es oro todo lo que reluce. Los diversos canales televisivos emiten casi el mismo catálogo de películas para repetirlas a distintas horas y llenar la parrilla con todos los films que, por desgracia, ya hemos visto en varias ocasiones; es lo malo de haber seguido la actualidad cinematográfica, aunque sea tirando de videotecas y torrents. Hay pocas películas que aguanten un segundo o tercer visionado; en el primero ya empezaron las deserciones.
 Pero la realidad, igual que la ficción, se acaba basando, siempre, en hechos reales. Ayer por la noche me topé con un film que aún no había visto: Memorias del general Escobar, de José Luis Madrid, basada en el libro de José Luis Olaizola.
 La película es un horror, cinematográficamente hablando, pero se sostiene gracias al carisma histórico de su protagonista y al oficio de algunos actores. Está bien reencontrarse con Antonio Ferrandis, Fernando Guillén y Jesús Puente. Está bien recordar cómo una guerra civil es algo que sólo pueden apoyar y desear los descerebrados, los que no tienen vida propia, los que confunden ideología y realidad. O pensamiento y acción. Esa basura tiene, hoy en día, los mismos nombres que tuvo siempre, aunque no siempre se dijeran igual: atribuirse y usurpar la identidad del pueblo (ya sea la lengua, la cultura, el carácter o el destino) es el más execrable de los delitos. No tiene perdón.

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martes, julio 19

Buscando a Picachu

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 La televisión es un medio complejo donde las imágenes que uno ve parecen tener vida propia más allá de la versión, más o menos oficial, de los hechos que se narren. Quizá por ello la semana pasada pasé dos malas noches. La primera, entre los cadáveres de Niza sobre esa autopista al infierno que acabó siendo el Paseo de los Ingleses; la segunda, entre la multitud contra los carros blindados en Turquía, ese país que es Europa y es Asia y no lo es, aunque allí anidaran las primeras culturas y civilizaciones de nuestra historia.
 Hablo de realidad virtual, en efecto: puro magma televisivo, pero también de sensaciones físicas y hasta dolorosas; en la piel y en el alma, en ese lugar confuso que es la consciencia de todos cuando uno se queda solo y cierra los ojos y quiere dormirse, pero el sueño se demora, porque las víctimas se multiplican y uno no sabe contar cadáveres ni quiere aprender a hacerlo.
 El domingo, sin embargo, respiré mucho más tranquilo. Abrí mi IPad e instalé Pokémon Go. Casi al instante tres ejemplares de esos bichos, con los que nunca mantuve ninguna relación personal, salvo a través de mi hijo, aparecieron en pantalla. Me llevó poco tiempo cazarlos. Un Geodude, un Shellder y un Bulbasaur. Ahora no sé qué tengo que hacer con ellos, salvo alimentarlos, quizá, y llevarlos de paseo si me atrevo a salir a la calle con el iPad, que no creo. Lo peor es que esta mañana he cazado un Paras, una mezcla de cangrejo y champiñón. Tengo la casa repleta de pokémons y yo sin saberlo. ¿Dónde estará Picachu?

viernes, julio 15

El milagro del Güell


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 Resulta que en el antiguo bar Güell de Palma, en el año de gracia de 1974, le explotó un sifón en las manos a la hija de Tolo Güell sin causarle daño. No es un milagro, pero quién sabe. Cosas así suelen pasar cada día sin que reparemos en ellas; también sucede, al revés, que alguien da un traspiés y se deja el alma en la cuneta, en el bordillo de la piscina, en el asfalto al sol varios metros debajo de un balcón en llamas. Vengo a decir, pues, que en este mundo pasan multitud de cosas que apenas dejan huella alguna, salvo si nos empeñamos, y no mucho, sino muchísimo, en que suceda lo contrario.
 Las treinta personas que tuvieron la peregrina idea de marchar hasta el monasterio de Lluc, para agradecer a la Virgen que la niña saliera ilesa, no podían imaginar que se iban a convertir en bastantes miles de personas recorriendo, año tras año, 48 kilómetros de ascensión hacia un cielo que no acaba de cerrar nunca sus escondidas puertas entre el sudor y la algarabía nocturnas, entre la fatiga y la voluntad más o menos cumplidas.
 El Consell de Mallorca, finalmente, y sus buenos motivos tendrá para ello, ha cambiado de opinión respecto al patrocinio de la marcha de este año 'Des Güell a Lluc a peu'. No había dinero, pero ya lo hay, ha dicho Miquel Ensenyat sacando unos veinte mil euros de no se sabe dónde y prestándose, incluso, a dirigir en persona el tráfico. Tanta y tan repentina disponibilidad, no tratándose de un evento de promoción catalanista, nos parece extraño. O extrañísimo. Un auténtico milagro, vaya.

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martes, julio 12

La isla invadida

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 Como la gran política les pilla muy lejos, la Generalitat de Catalunya y el Govern de les Illes Balears siempre tienen a mano la política lingüística, que es un buen ejemplo de actividad transversal, una buena forma de incordiar a todos entrometiéndose en esa delicada línea donde lo público y lo privado se confunden. Ahí coloca el Consell Social de la Llengua Catalana su diana y nos convierte en sujetos pasivos de la terrible superchería que da en creer que los territorios tienen lenguas propias y hasta culturas exclusivas; y sobre esa mierda conceptual se plantan las hogueras y la tribu baila sus sardanas o jotas. Su danza de la lluvia.
 Se trata, pues, de seguir normalizándonos a toda costa con 136 medidas en contra de la libertad de lengua y la libertad empresarial. O dicho con palabras de la asociación de profesores PLIS. Educación, por favor, «el Govern ha decidido extender el modelo de inmersión lingüística de la educación al resto de la sociedad y convertir a los ciudadanos en alumnos incapaces de pensar por sí mismos». Esto pinta muy mal.
 O no tanto, porque casi nadie, de hecho, se toma muy en serio el timbre totalitario de quienes ostentan, ahora, el gobierno insular. Se repite cada vez que los nacionalistas llegan al poder y amaina, indefectiblemente, a los cuatro años; he dicho que amaina, pero no que cese del todo. El nuestro es un país muy raro donde lo que mejor se nos da es encerrarnos en nosotros mismos y confirmar, aunque no queramos, que una isla es un lugar magnífico para ser invadido.

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viernes, julio 8

El poder de Armengol

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 En la sala de máquinas del poder chirrían los engranajes, pierden aceite las válvulas, chisporrotean los interruptores y enormes columnas de humo grasiento y gris emergen de las calderas oxidadas donde la inteligencia parece fundirse en sí misma y concluir, finalmente, en casi nada. En la sala de máquinas del poder hay una mazmorra repleta de argollas, potros de tortura y televisores de plasma donde todos los noticiarios del universo escupen, simultáneamente, sus diagramas bursátiles, sus barómetros electorales, sus tiernos paisajes domésticos de corrupción o violencia. Los paisajes extendidos, en fin, de la vida y la muerte.

 En este contexto tan excrementicio no es difícil entender que Francina Armengol apueste por que Pedro Sánchez se busque la vida con los populismos y los nacionalismos antes que facilitar el gobierno del Partido Popular. Está claro que, para Armengol, nunca es demasiada exótica la fauna con la que se puede, y hasta se debe, pactar si se trata de alcanzar el gran poder siquiera sea de forma nominal y, sobre todo, figurada.

 En esa figuración nos detenemos, porque se nos antoja muy reveladora. Armengol no gobierna absolutamente nada. Se conforma, porque no le queda otro remedio, con dar algún que otro discurso propagandístico y atender, con mayor o menor diligencia, al flujo y reflujo caprichoso de las demandas metafóricas y el sectarismo lingüístico de Jarabo y Barceló. Su legislatura avanza a trompicones y parece que eso mismo es lo que desea para todos. Pues tomamos nota. Perplejos.

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martes, julio 5

Sin Dios


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  Nos resulta fácil opinar sobre lo humano y lo divino sin que se nos note que hemos perdido mucho más la fe en lo humano que en lo divino. En efecto. Hay una vida más o menos propia e intransferible, que es la que nos sucede durante veinticuatro horas al día cada día; en ese tiempo circular todo cuanto hacemos y pensamos se agita en nuestro interior y de ese coctel explosivo resultan nuestro humor y personalidad, esa singular inercia, la obsesión o el desapego, quizá, con que nos enfrentamos al tiempo, el oleaje de la emoción, el filo del tedio, el enredo de los deseos, la lista negra de las renuncias.
 Pero hay otra vida sobre la que no tenemos ningún control y sobre la que sólo sabemos, si acaso, lo que nos cuentan unos y otros; esa realidad nos abraza como se nos enroscaría al alma una monstruosa serpiente que, en primer lugar, nos produciría asfixia y, luego, fascinación, ceguera, pánico y, tal vez, muerte.
 Mallorca es una isla realmente pequeña donde, sin embargo, parecen convivir los mayores defectos de lo público y lo privado. Así, al alimón, se nos mezclan, en la primera plana de los sucesos, el ruido selecto de los DJs de Cursach, las sirenas recortadas de algunos policías locales, el baile en la sombra de José María Rodríguez y otros políticos. No conozco a ninguno de ellos. No puedo, pues, juzgarles. Resulta casi imposible encontrar aquí a Dios, porque Dios sólo está de guardia en nosotros cuando nosotros estamos de guardia; y yo ya hace tiempo que bajé los brazos y hasta me encogí de hombros.

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viernes, julio 1

Volver a empezar

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 Después de la vergüenza política y del desastre económico, moral y ético del Brexit no las tenía todas conmigo. Las elecciones son lugares comunes, que ocultan infinidad de ciénagas, el terrible cataclismo que acontece cuando no se distingue con claridad entre la realidad y el deseo. Si somos tozudos, la realidad, más; y es así que nos engulle para dar algún que otro sentido a nuestras vidas y liberarnos de la insoportable levedad de vivir a nuestro aire, que es como vivimos, porque ya no nos queda otra y es tarde para cambiar o dejar que la realidad nos cambie. Nos cambie sin mutilarnos, quiero decir.
 Con todo, parece que la masacrada clase media española se puso (medio) en pie y demostró, con su voto, que no está dispuesta a que le quiten lo poco que aún le queda, esas pensiones revoloteando en el aire, ese trabajo precario, esa economía subterránea y casi de estraperlo, este futuro incierto: quizá no haya otro y cualquier cosa sea mejor que aferrarse a la locura y a la estupidez, el vacío tullido del populismo.
 Pero les seré sincero. No sé si nuestra forma de vida es o no sostenible. Tampoco si hay vida fuera del infierno de las directrices de la "troika", su economía de guerra perenne, su imperio de especulación y recortes, su danza bancaria alrededor del becerro de oro. Me queda la sensación, que no la certeza, de que es posible un futuro mejor a base de regeneración y de cambio. Quizá haya que devolver a lo público las ilusiones y las responsabilidades, de todo tipo, propias de lo privado. O así.
 
 

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viernes, junio 24

A gobernar o a la calle


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 Puede que la vida consista, sencillamente, en vivir, que es algo entre aburrido y asombroso, rutinario y excitante, privado y, por supuesto, privadísimo. Pero puede, también, que la vida sea otra cosa muy distinta, una exhibición continua de filias y fobias, una orgía de desvaríos dialécticos, una lamentable incontinencia verbal, una farsa en la que sólo importa mostrar al mundo cómo vivimos, contarle -vía selfi, por ejemplo- lo que hacemos a cada instante y tuitear por los codos de lo humano y lo divino, hacerle la corte a esa enfermedad del alma que da en no saber vivir, sino en los escaparates manipulados de las redes sociales, las tertulias televisivas, el aberrante espectáculo de la caja de Pandora mostrándonos, catastróficamente abierta, todos los males del mundo, sin que la esperanza sea lo último que nos quede. Ya hace tiempo que la perdimos.
 Nos queda, eso sí, el mundo, que es un lugar complejo donde muere demasiada gente y donde no hay forma de poner orden a nada, porque todo parece ir a su bola o lo que es lo mismo, a nuestra entera, compleja, escalofriante, imagen y semejanza.
 Mientras tanto, y por fortuna, hoy concluye la campaña electoral repetida por la inutilidad de unos y otros. No voy a hacer ninguna propaganda de mi voto, porque aún creo en la privacidad. Eso sí, pienso volver a votar, exactamente, lo mismo que voté el 20-D. Se trata de demostrar que no nos equivocamos nosotros, los votantes, sino ellos, los elegidos para gobernar. O gobiernan, al fin, o a la calle, y para siempre.

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martes, junio 21

Algoritmos


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 Hago un paréntesis en mi (nulo) seguimiento de las elecciones que se avecinan para sorprenderme con las andanzas de un ingeniero ibicenco, Albert Juan. Resulta que este joven viaja continuamente al pasado para conseguir, de hecho, llegarse hasta el futuro y echarle una mano a la Policía de Chicago en la ardua tarea de predecir el futuro aplicándole, al pasado, algún algoritmo lo suficientemente revelador y hasta catártico como para intuir por dónde asomarán la violencia o el crimen, quizá la catástrofe, tal vez la enfermedad o incluso el dolor, venideros.
 No estaría mal frenar a los criminales un instante antes de que cometan sus crímenes. No estaría mal detener el avance de la enfermedad un instante antes de que las primeras células se corrompan. No estaría mal darse cuenta de que no somos sino lo que ya hemos sido y que sólo ese balance último habrá de juzgarnos y dar sentido a nuestras vidas.
 Con todo, puede que las cosas no sean tan fáciles. Puede que el pasado y el futuro no sean sino traviesas recreaciones mentales y que nos guste balancearnos sobre la frágil cuerda del presente, del instante que intentamos saborear mientras se nos escapa una vez y otra. Todo se nos escapa, en efecto, pero aquí seguimos, funambulistas obsesivos sobre el vacío que no vemos, sobre el vacío presentido: bailamos ahora por no caer en su vientre abierto, nos contorsionamos en su honor por no estrellarnos contra la asfixia de su tacto, su alud de carencias, su falta de substancia, su infinita lista de nombres olvidados.
 
 

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viernes, junio 17

Los días y las noches

La Telaraña en El Mundo.

 
 Me gusta, de amanecida, asomarme a los ventanales y observar la calle Olmos semivacía, deshilachada y hasta húmeda. Unos pocos viandantes relucen desperdigados. Algunos huyen del alba y regresan a casa, víctimas de una resaca de siglos. Hay que ver cómo va quemando, noche a noche, la noche. Otros, sin embargo, van camino del cieno de las oficinas y los escaparates de la supervivencia, su lento ir convirtiendo las horas en arrugas en la piel y el alma, en el espíritu, en ese extraño calendario que nos cifra la vida y nos obliga, cada día, a ir más lejos. Mucho más lejos.
 Al rato, la máquina taladradora de la obra de enfrente rompe el encanto y crispa el aire. La sociedad es un amasijo de tuberías a punto de reventar y también una postal silenciosa donde alguien ha dibujado un mar de espuma que se deshace en arena y algas; y las banderas ondean sin que importe si son azules, rojas o si no son. Lo importante es que alguien haya dispuesto las hamacas para que el ejército pueda ponerse al sol, los ojos cerrados y la piel recubierta de aceites o quizá de lágrimas.
 Creo que estaba en Olmos y me llegué, sin poder explicar cómo, hasta un mar que se mece igual en mis sueños que en la extraña vigilia de este instante. Así es como los días y las noches encabalgan su peculiar manera de sucederse, su coexistencia perfecta más allá de cualquier recelo más o menos eterno, insalvable. Así es como también debiéramos entendernos los unos y los otros. Sabiendo que donde no llega uno alcanza, tal vez, el otro y viceversa.
 

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martes, junio 14

Comerciales ambos sexos


La Telaraña en El Mundo.
 

 Desde siempre, los anuncios clasificados por palabras nos han venido seduciendo con sus titulares como lujuriosos escaparates de otra forma posible, o no, de vida. Así, desde que tenemos uso de razón, lo habitual era leer que las empresas buscaban "comerciales ambos sexos". Tal cual, sin anestesia. Con ese estrambote artificial se nos colocaba más allá de la gramática y del orgullo absurdo de los géneros, más allá, en fin, de una guasa antigua y desangelada que nos confirmaba, socarrona, lo difícil y hasta penoso que resulta, normalmente, conseguir un trabajo cualquiera. Acabo de revisar la prensa de hoy y no he sido capaz de encontrar ningún anuncio con esa coletilla magistral. Pero lograr trabajo sigue siendo un milagro.
 Viene lo anterior por los esfuerzos del Govern en perseguir, como mínimo hasta la más severa de las multas, los anuncios laborales que discriminen por razón de sexo o edad, religión o convicciones, opinión política, orientación sexual, afiliación sindical, condición social y, ojo al dato, lengua dentro del Estado.
 Tendrá el Govern, me temo, aunque no haya peor ciego que el que no quiere ver, que revisarse muy a fondo las pelusillas del ombligo de sus propias convocatorias laborales, porque convertir en requisito lo que sólo puede ser considerado como un mérito, tal y como sucede con la lengua catalana, no hace sino convertir a la Administración en la máxima infractora de los delitos que intenta perseguir. La pescadilla, como ven, se muerde la cola y entonces no hay por dónde cogerla.

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viernes, junio 10

Nuestros "okupas"

La Telaraña en El Mundo.

 
 Sé muchas cosas que ignoro, pero muchas más hay que no sé y también ignoro. Me muevo, pues, entre algunas certezas y muchas incertidumbres: en el mejor de los casos, intuiciones; en el peor, ocurrencias. Así las cosas, duele reconocerse entre los bosquejos de una danza que no pretende convocar a ningún dios ni alzar melodía alguna contra el silencio de los cielos, la aridez de las tierras o el parpadeo mecánico (y no sé si hasta zombi) de los iguales y diferentes, los idénticos y opuestos, los translúcidos, los que nos rodean a todas horas y no sé si no nos ven o no quieren vernos. Nosotros les vemos. Huelen.
 Quizá ver el mundo sea sólo una cuestión de voluntad. Interpretarlo, lo es; pero qué decir, en fin, de los que vierten toda su energía en el lodo de las redes sociales, en la ciénaga donde las ideologías se revuelven en sus camisas de fuerza, en sus mortajas de acero, en su voluntad de existir a toda costa. Miren. Ya es algo tarde para según qué experimentos.
 Voy perdiendo las ganas de escribir sobre quien no se lo merece. Nuestros políticos en su vertiente okupa, sobre todo. Aligi Molina debería irse a vivir una temporada en el infierno ocupado de la Plaza Fleming. El medio alcalde de Palma, José Hila, debiera acompañarle al menos hasta que ceda su vara al otro medio alcalde, Antoni Noguera. No sé por qué prohíben, en Magaluf, la porquería del 'Gandía Shore' cuando el espectáculo de nuestros políticos, con Aurora Jhardi convertida en el terror okupa de las terrazas, no es mucho mejor. En absoluto.

 

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martes, junio 7

El reto de Robert Sarver


La Telaraña en El Mundo.


 Por un instante rememoré otras épocas. Los tres ascensos, con sus correspondientes descensos, de los años sesenta, cuando yo todavía era un niño. Los otros tres ascensos, también fugaces, de los años ochenta, cuando yo ya no era ningún niño. El último ascenso, a fínales de los años noventa, y desde entonces, un par de décadas largas y hasta aquí, los años gloriosos de Cúper, Luis Aragonés o Manzano en el banquillo, la clasificación para la Champions, la Copa del Rey, la Supercopa de España, la final de la Copa de la UEFA. El resto parece que sólo es pura crisis económica, concurso continuo de acreedores, catástrofe institucional sin límites.
 Pero el júbilo en las gradas y el césped no se correspondía, esta vez, con ninguna hazaña deportiva. Todo lo contrario. Librarse por los pelos del descenso a Segunda B puede ser la prueba definitiva de que Dios existe y además es muy bueno, pero no es, realmente, como para echar cohetes; o quizá sí. Vivimos en un mundo muy raro.
 De repente, se nos ha abierto el horizonte al arco iris mayúsculo del dinero. No hay mejor arco iris bajo el que desfilar. El nuevo propietario, Robert Sarver, parece tener dinero y también proyecto de futuro, aunque lo que fichó este invierno le saliera más bien rana. También convendría defenestrar al estrafalario alemán que aún nos preside. Me gustaría ir conociendo, sin prisas ni pausas, a los que van a ir sustituyendo a Ezaki, Nadal, Stankovic, Magdaleno, Luque, Guiza, Arango o Eto'o, entre tantos otros. Ese es el reto, míster Sarver.
 
 

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viernes, junio 3

Alcohol, drogas y sexo


La Telaraña en El Mundo.

 Alcohol, drogas y sexo. O Magaluf y la Playa de Palma. No se nos ocurre, francamente, una oferta propagandística más rotunda, un anzuelo publicitario con más y mejor gancho, un paquete vacacional que pueda superar este acelerado descenso a los infiernos abisales del sur y dejarnos, por supuesto, su huella marcada. A fuego líquido, sangre o semen. Los bárbaros del norte, que tanto sedujeron al viejo Cavafis, ya no vienen en son de invasión o guerra, aunque nos sigan invadiendo como antes y la lleven, la guerra, incorporada de serie, como una especie de infalible brújula interior sin más vórtices que los tres de marras.
 Alcohol, drogas y sexo. Me resulta reconfortante saber que, tan sólo a unos pocos kilómetros de donde vivo, late el siniestro paraíso artificial de quienes no parecen resignarse a haber sido expulsados del paraíso. Me parece bien que algunos no se resignen. Me parecen bien que sigan bebiendo y fornicando mientras puedan. Me parece estupendo que vuelen, verticales y ciegos, desde los balcones del vértigo al gélido y duro empedrado de la realidad.
 Alcohol, drogas y sexo. Uno nunca se cansa de repetir las tres palabras mágicas con las que se abren todas las puertas y también todos los escondrijos. Visito los videos antiguos que promocionan, haciéndolos pasar por nuevos, los tabloides británicos y observo que, por desgracia, cualquier tiempo pasado fue mejor. En efecto, hace unos cien años pasé un par de noches en Punta Ballena y en la Bierstrasse y la verdad es que aún no me he recuperado.

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martes, mayo 31

Escritores y pregoneros

La Telaraña en El Mundo.

 
 Al principio, cuando creíamos que el mundo recién dejaba de ser un vergel y todo el monte, aún, era de orégano, el solo hecho de que alguien perteneciera a nuestro mismo (e inexistente) gremio de escritores nos convertía en cómplices de algún secreto por desvelar y transmitir, en socios, a fin de cuentas, de esta curiosa tarea de nombrar el mundo contra la densidad de las sombras, la insuficiencia del lenguaje, la etérea conciencia revoloteando sobre la materia y convirtiéndola en un pálpito y un parpadeo, una prueba de fe, una cuestión de pulso.
 Luego pasa el tiempo y el paraíso retrocede en nuestro imaginario y la iniciación se convierte en una inexorable forma de vida, en un perenne camino de Santiago que nos lleva, una y otra vez, hasta los acantilados y arrecifes del fin del mundo, hasta el instante último en que regresamos al instante primero y no sabemos, entonces, si nuestra voz es un estertor o un vagido. Tal vez sea ambas cosas y ninguna.
 Cosas así pensé, el sábado pasado, cuando Najat El Hachmi pronunció el pregón de la XXXIV edición de la Feria del Libro. Quise volver atrás en el tiempo y escucharla sin prejuicios, pero no pude. Quise avanzar hasta una hipotética vida futura, inoculada de corrección política y pensamiento único, pero tampoco pude. ¿Cómo entender que el gremio de libreros o el gobierno de turno nos traigan a esta exótica e ilustre desconocida y nos la presenten como una de los nuestros? Quizá lo sea y sea yo, definitivamente, el extranjero fuera de lugar y de tiempo. Seguro.

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viernes, mayo 27

De llantos y libros


La Telaraña en El Mundo.

  Puede decirse que he vivido siempre entre libros, que he abrazado sus páginas de piel e hilo, que me he dejado cortar las yemas de los dedos, y hasta la identidad entera, en su filo de hierro, de fuego, de oro, de nada y que he escrito en sus márgenes como si la vida me fuera en ello; quizá me fuera. La vida nos va en lo que hacemos, porque eso es lo que somos: estas frases rotas, estos fragmentos donde el sentido pugna por prevalecer y no siempre lo logra.
 Escribía estas líneas y esta columna, que ya es otra, cuando llamaron a la puerta y fui y abrí. Una pareja de policías buscaba, finca a finca y piso a piso, el origen del llanto de un niño y una mujer. Los hice pasar a la galería del patio de luces y ahí estuvieron indagando con los vecinos de las fincas colindantes. Algo debieron concluir, porque salieron raudos tras darme las gracias. Les deseé suerte, porque me habían sacado de la rutina y me habían trasladado a la persecución de un llanto y una violencia que no debieran ser de este mundo, pero lo son. Vaya que sí.
 Pero vuelvo a mis libros y a mis galerías y terrazas. El Borne ocupado por las casetas de los libreros me trae buenos recuerdos de anteriores ferias del libro en las que participé, porque tenía algún libro que presentar. No es el caso, este año; pero casi que lo único que añoro son esas terrazas, donde nunca me senté, con las que Cort juega a imponer sus fobias sin lograr otra cosa que dibujar un paisaje enrarecido, un collage patológico del que no va a salir nada bueno. Por desgracia.
 

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martes, mayo 24

Sin refugio

La Telaraña en El Mundo.

 
 Una chica disfrazada de policía del alma (y del cuerpo) dibujaba líneas imaginarias en la calzada de la calle Olmos. Sobre esas fronteras metafóricas, que había que cruzar como si no existieran las aduanas y los peajes, bailaba dando saltos, adelante y atrás, sobre el filo ensangrentado de las nacionalidades territoriales, las de toda la vida y las recién sobrevenidas, las que impiden el paso ligero de los nómadas y el paso adolorido de los refugiados, las que cercenan las líneas de una libertad que debiera ser de todos y que, quizá, ya no sea de nadie.
 Unas trescientas personas, en resumen, pasaron entre cánticos, pancartas y performances, el sábado pasado, bajo mi casa camino de la Rambla, el Borne y la siempre lejana delegación del Gobierno. Siempre quedan lejos los gobiernos y sus extravagantes delegaciones no dejan de ser lugares vacíos, pero repletos de simbolismos y apreturas, de emisarios que olvidaron de donde vienen y que intentan disimular que nunca lo supieron.
 Se trataba, claro, de apoyar a los refugiados contra la "respuesta mercantil" de los gobiernos europeos. Deseé bajar a la calle y unirme a ellos, pero no lo hice, porque he de confesar que no soy capaz, por desgracia, de acoger a ningún refugiado en mi propia casa, más allá de recogerme a mí mismo y los míos. Más allá de mirar por los ventanales y comprobar, no sin cierta tristeza, que una casa es también una pequeña nación con sus fronteras, sus puertas bajo siete llaves y sus vistas rotas, como puentes tendidos hacia ninguna parte.


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viernes, mayo 20

El libro de la vida


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  ¿Cuándo se deja de ser lo que se ha sido? La pregunta me asola mientras veo a Arnaldo Otegi (al que no sé si cabe calificar o no de terrorista) pasear sonriente y complacido de sí mismo por los pasillos del Parlament catalán como si fuera una personalidad destacada o un ejemplo a seguir; tal vez lo es y por ello, la gente, los cuatro gatos, la morralla de la CUP lo ha invitado a dar vueltas y hasta conferencias cara a la galería infinita de los horrores para poner en tela de juicio algunos valores comunes y corrientes y, de paso, dejar aturdidas y tiritando a las víctimas del terrorismo de ETA. ¿Cuándo se deja de ser víctima del terrorismo? ¿Caducan los crímenes y los recuerdos? ¿Podemos aquí aplicar la memoria histórica? No sabría responder a estas preguntas.
 O sí, sabría, pero para qué. Hace rato que nuestros principios éticos yacen arrinconados donde ni recordamos. Hace rato que los sustituimos por un pensamiento repleto de atajos y trampas lógicas, un entramado virtual donde nada es lo que es, sino lo que queremos que sea.
 Aun así, hay veces que sólo cerrando los ojos podemos atravesar las cortinas del horror o la sangre. Que sólo anulando los sentidos avanzamos entre el hedor y la descomposición. La superficialidad, la estupidez, la sinrazón. Hay veces que sólo cerrando los puños podemos aporrear el teclado contra el espectáculo de las horas aferrados a las páginas insomnes y en llamas del libro de la vida. Ese que intentamos escribir sin que nos destruya antes de tiempo. Un oxímoron, por supuesto.

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martes, mayo 17

15M y otras ruinas

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 La realidad o las palabras, me digo, pensando que yazco, esta noche como tantas otras, en la postura fetal de costumbre. La realidad o las palabras, me repito, pensando que vivimos en una habitación con magníficas vistas de sí misma y que nos revolcamos por entre los círculos viciosos del polvo, el lodo, el sol y la sombra, la urdimbre de los espejos, la paradoja infinita de nombrar el mundo y crearlo en el mismo instante en que el trueno de la voz arrasa con todo: con el mundo y con nosotros. No tenemos ni siete días y el séptimo sólo nos sirve para saborear nuestro hermoso, inevitable, fracaso. Durante esas últimas horas veremos transcurrir toda nuestra vida.
 En estas, el sábado, pasé por la Plaza Mayor y unos corazones enormes, con las cuatro barras de la bandera catalana, me pusieron sobre aviso. No me topé con el presidente de la OCB, Jaume Mateu, ni con Iñigo Errejón, los "Castellers de Mallorca" o los "Al·lots de Llevant". Sus castillos de naipes me interesan tanto como si se arrancaran por peteneras o seguiriyas. Quizá menos.
 El domingo, para completar la fiesta, me encontré en la Plaza España (o Plaza Islandia, según se mire) con las ruinas del 15M. Cinco años después, a las ruinas de nuestra democracia le han salido las hidras del populismo y las purulencias del nacionalismo. En el suelo refulgía un corazón enorme con las cuatro barras de la bandera catalana y observé que lo firmaban, abajo, la OCB, el Govern y el Consell. Estos son quienes mandan. Quienes nos vigilan. La trinidad en persona.

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viernes, mayo 13

Variaciones de lo mismo


La Telaraña en El Mundo.

 Suena el teléfono y una voz metálica y femenina me pregunta sobre mi grado de satisfacción. El asunto me pilla a contrapié y cuelgo como quien pasa la página de un libro que no entiende, porque las frases se le atragantan y no hay forma de cazarle las ideas, que se le suponen, al libro de la vida. Uno no siempre puede con todo. Hay una gran nebulosa de vida y muerte alrededor, de cariño e ira entremezclados, de ternura e impaciencia desmenuzados y rotos, pero también rehechos, reconstruidos mil veces. Otra más en este instante.
 La satisfacción debe tener grados, en efecto; como un buen vino o licor, el avance de su lengua de fuego, su demora en el paladar y su descenso por la garganta hacia la oscuridad interior y los remolinos de la máquina trituradora, en fin, que somos. Destruimos todo para ver si, del metafórico esfuerzo, nos sale algo nuevo, personal o exótico. Lo malo es que combinando lo que ya hay tan sólo accedemos a una cualquiera de las casi infinitas variaciones de lo mismo. Hay que ver cuánto nos repetimos.
 La voz metálica y femenina sigue preguntando por mi grado de satisfacción y me dejo mecer, ambiguo, en el lecho del silencio. No tengo tiempo, sino para más preguntas. ¿Cómo podemos medir el asombro? ¿Cómo la desesperación o la indiferencia? ¿Cómo la decepción de ir viviendo los años y observar que, a fin de cuentas, nada cambia y todo se repite como si el mundo empezase de nuevo a cada instante y la memoria, la memoria de cada uno, fuera la única perturbación ingobernable? Quizá lo sea.

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martes, mayo 10

Confluencias

La Telaraña en El Mundo.

 
 Los que, tras los resultados del 20D y hasta la fecha, no lograron ponerse de acuerdo con vistas a la investidura de algún que otro presidente para esta complicadísima nación de naciones (o de provincias, en fin, que tanta solemnidad sólo demuestra lo mucho que nos gusta la palabrería) en la que todavía vivimos, están intentando, al parecer, crear confluencias de intereses electorales para aprovechar la casi insuperable tendencia al bipartidismo de la Ley D'Hont.
 A mí no me sorprende que se alíen los unos con los otros y los de más allá (y contra los de siempre, por supuesto) porque rascarle votos y escaños a los demás no deja de ser la misión primera de cualquier político que se precie. O que se desprecie, porque no resulta fácil justificar, a efectos, sobre todo, dialécticos, que la vieja izquierda, el añejo populismo, los rancios nacionalismos y hasta los surrealistas o posmodernos grupos antisistema parezcan tener tanto en común, pero igual lo tienen. O allá ellos.
 Se invierten, pues, algunas tendencias. Lo que no se logró hacer tras las últimas elecciones se intenta hacer, ahora, antes de las próximas. El problema es que, de momento, el planteamiento coyuntural de algunas de las conversaciones, por ejemplo, las de Podemos con MÉS y ERC o las del PSIB con todo lo que se mueve en Ibiza y Menorca, no garantiza unas confluencias sólidas y estables. Aun así, tampoco lo tiene mejor el PP con su elocuente sofisma de que gobierne el partido más votado. La soledad, en política, es la peor de las compañías.

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