LA TELARAÑA

martes, agosto 19

Dineros y utopías


La Telaraña en El Mundo.
 
 Unas cuantas diapositivas mejor o peor engarzadas le reportaron a Multimèdia de les Illes Balears, S.A. la bonita cifra de sesenta mil euros públicos. Se trataba de un estudio sobre el coche eléctrico, que es ese vehículo limpio, limpísimo, y también lento, lentísimo, que llevamos viendo, desde hace lustros, en los escaparates y vitrinas de casi todas las ferias más vanguardistas del ramo automovilístico, pero no en las calles, entre el estupor de las colas infinitas, el ruidoso temblor de los motores perdiendo aceite, el espejismo de la bruma y el sudor evaporándose donde el asfalto y el sol se funden y una cortina evanescente baila y se contonea, ante nosotros, como si en un sueño o delirio de seducción y lujuria. O así.
 Nada mejor, pues, que apoyarse en la vertiente utópica de cualquier aspecto urgentemente mejorable de la realidad –la ecología, por ejemplo- para que nos sintamos cómplices de algo noble, un futuro mejor, un planeta más limpio, una galaxia más pulcra y láctea, un universo con menos flatulencias y cosas así.
 Lo malo es asumir que el atajo hacia ese edén (y hacia otros paraísos similares) con que la humanidad entera sueña o delira desde el principio de los tiempos (y lo que le queda) suele ser, siempre, una indeterminada cantidad de dinero público presuntamente distraído, mal usado o dilapidado. Es una lástima que resulte tan difícil compaginar la grandeza histórica de nuestros sueños o delirios con el sempiterno agujero negro de nuestros bolsillos. Los nuestros, no los del Pacte de Govern aquel.

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viernes, agosto 15

El humo de los adjetivos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Podemos echarle la culpa al mes de agosto y hasta dar por bueno, con estos calores, que la mollera se nos ablande o atrofie; tal vez, que se nos inflame o reseque, convirtiéndonos en una especie de antorchas humanas sobre el abismo resbaladizo que hay entre el fuego y las brasas (o las cenizas de la acritud y el desdén, la falta de rigor y el lenguaje cerril de la intoxicación ideológica) de un odio que no sé si siempre fue nuestro o si sólo es de ahora. De ahora mismo, al menos.
 Me refiero, claro, a los que han convertido las redes sociales y los lugares de opinión (por no hablar del uso de las tertulias televisivas como referente textual) en mera exhibición propagandística de las virtudes propias y los errores ajenos. Toda esa mierda maniquea inunda los muros de Facebook o Twitter y mezcla todos los temas en el mismo tema. No hay tema: sólo un alud de tópicos sobre, por ejemplo, judíos o árabes, fascistas o más que fascistas, bolivarianos y nacionalistas de un lado, el otro o ambos; triste penuria, en fin, de los adjetivos convirtiendo el mundo en una marcha descerebrada hacia ningún sitio.
 Pero nada dura para siempre; y eso es algo que deberíamos celebrar si no fuera porque, en esta carrera de relevos, cada generación le entrega a la que sigue un artefacto más inútil y envejecido, más repleto de problemas y huérfano de soluciones. Un mundo peor amueblado y con peores vistas en la primera línea de todas las playas y la línea última de un horizonte de niebla, quizá de humo y explosiones, alucinación, vacío, nada.

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martes, agosto 12

Los tiempos verbales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso las noticias mientras desayuno. Pronto llegará a las librerías (y a los ebooks) el tan demorado como esperado, creo, «Palais de Justice» de José Ángel Valente. Ya casi nadie lee a Valente; será que no andamos muy sobrados de tiempo y que nos agarramos a la vieja trampa de los días como a un bucle de ficción y vértigo donde ya no hay lugar, o no se lo hallamos, para ese lento y prodigioso viaje hacia el origen de lo que somos y la vida.
 Releo lo que he escrito y me dejo llevar por algunos interrogantes. Es cierto que hay libros que se escriben con vocación explícita de futuro, pero también lo es que su guión acaba, las más de las veces, intentando buscar alguna salida, la que sea que se alcance, por entre el espesor de los sueños y la presión asfixiante de la memoria. ¿Dónde podríamos, en fin, encontrar el futuro, sino entre las líneas de las palmas de las manos, en su intermitente tatuaje de arrugas y llagas, su contraluz a hurto y sarpullido, su higiénica, vana costumbre de mostrarse metafóricamente vacías y casi limpias, en apariencia inquietas?
 Salgo a las calles y compruebo la enorme mejoría, en términos turísticos, de Palma. Más tarde, el denso tráfico me mantendrá varado a muy pocos metros de las ruinas del Palacio de Congresos y las de GESA. Sólo empiezo a respirar cuando las dejo atrás y a mi derecha se muestran, bellísimas y altivas, las siluetas desafiantes de la Catedral y la Almudaina. Es decir, qué cercanos y revueltos que andan el futuro, el pasado y ese enigma que damos en llamar el presente.

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viernes, agosto 8

De cenas y asambleas


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 No sé si prefiero una cena o una asamblea. Es cierto que las cenas a gran escala (donde todos se mezclan como si la gastronomía fuera un arte y ellos unos artistas del hambre) tienen mejor prensa, pero mi poca experiencia en el tema no acaba de saber cómo librarse de la rigidez de la etiqueta, la mirada inquisitiva de los camareros, los monólogos cruzados de los comensales, el batir ensordecedor de las mandíbulas y plumas, el efímero soufflé que siempre se derrite antes de tiempo.
 Sobre las asambleas, en cambio, soy casi un experto, porque me pasé un par de cursos universitarios, en Valencia, yendo de asamblea en asamblea a la hora de clase y a todas horas. Era divertido discutir sin más urgencias que las hormonales y encontrarse, aunque sólo se aprobaran las propuestas más delirantes, con que siempre había algún grupo en la sombra (acaso los precursores de Podemos) que sí sabían cómo presentar sus tesis y hasta vendérselas a la opinión pública. Podían y lo hacían, claro.
 Así las cosas, puede que las huestes de MÉS acierten al declinar la invitación real (de Felipe y no de Juan Carlos, que tenemos a dos reyes cohabitando) a la cena en el Palacio de la Almudaina. Igual ese no es el lugar adecuado para los que preferirían, tal vez, departir ideológicamente con Jordi Pujol y su espabilada prole. O acudir en masa (y hasta infiltrados) a alguna asamblea incendiaria de Podemos para atisbar por dónde van los nuevos derroteros del poder, esa falange sin más brújula que las perlas televisivas de Pablo Iglesias. Nada menos.
 

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martes, agosto 5

Cuestiones de agosto


La Telaraña en El Mundo.
 
 Nunca he llegado mucho más allá de andar barajando (poniendo y quitando) discos de vinilo sobre la aguja de la gente, más o menos ebria, en algún pub amigo y lejano en el tiempo. Calle Apuntadores, Atarazanas, Plaza Gomila y adyacentes. Algún lugar, pues, envuelto en la pesada bruma del tiempo y en el calor huérfano de tantos meses de agosto huyendo del sol y las playas, de los largos paseos al alba sobre la arena, las algas y el alquitrán, sobre las conchas, vacías de vida, pero repletas de alguna música remota. Quizá de metáforas o de mujeres que me escribían cartas, cuando aún se escribían cartas.
 Por desgracia, ya no se escriben cartas y el archivo íntimo de toda una vida se reduce a un desordenado arcón de papeles envejecidos y un puñado de bites en un único pen de unos pocos gigas de capacidad con una carpeta ramificada (por voluntad o azar) y un mar de archivos víctimas, en fin, del olvido o la apatía. A la intemperie tanto de cualquier virus informático como del más clamoroso de los naufragios. O el silencio.
 Quiero decir, claro, que sé muy poco, pese a los precedentes, de afamados disc-jockeys y de multitudes más o menos histéricas o exaltadas. Más aún, me temo que su histriónica psicodelia actual lleva los mismos lustros de retraso o distancia que mantengo conmigo mismo y con mi pasado. En todo ello, pienso, mientras me acomodo en la terraza de algunos bares de Palma y dejo que me rieguen como si fuera una planta en un frágil invernadero de cristal. Acaso un penúltimo palacio de invierno en pleno agosto.

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viernes, agosto 1

El referéndum de los otros


La Telaraña en El Mundo.
 
  Habrá que ver quién puede convocar, finalmente, el referéndum del 9-N en Cataluña. Habrá que verlo, porque puede que no sean pocos los políticos nacionalistas que, a rebufo de la polvareda familiar (y Cataluña, como Baleares, es algo así como una familia) de Jordi Pujol, van a acabar dando vueltas alrededor de los juzgados y la vergüenza en los medios, la pena del telediario y la crispación en las redes sociales, la risa de los escépticos, el estupor de los que por ahí pasaban y siguen pasando. Aún no se precisa pasaporte para aterrizar donde fui feliz como en tantas otras partes; de forma intensa, pero intermitente.
 Habrá que ver, también, cómo se logra superar la crispación que irá cerniéndose sobre todos a medida que se acerque la fecha y no haya urnas ni colegios electorales legítimos más allá del perplejo limbo español, la tormenta europea y las amenazas universales de excomunión; más allá, asimismo, de una crisis que sigue dando sus coletazos de hambre y dolor, el estertor del que no piensa irse sin dejarnos su huella más profunda. Ese dolor (y ese desgarro) lo vamos a heredar nosotros. Todos nosotros.
 Pero no hay problema. Todo se hereda y se dilapida. Todo se pierde, igual que se gana, entre las raíces polvorientas de un árbol genético tan vital y confuso, como azaroso y cómplice. Da igual lo que voten o no: la asamblea de la vida es sólo un simulacro donde lo único que se reparten, de veras, son las diversas máscaras biológicas del poder, ese juego de rol donde los esclavos son siempre los otros. Cómo no.

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martes, julio 29

Conspiraciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 De vez en cuando merece la pena dejarse llevar por alguna teoría de la conspiración lo suficientemente absurda como para considerarla material perfecto para un sueño salpicado de sobresaltos, tal que la vida misma. Imaginarse, por ejemplo, que el vuelo de Malaysia Airlines desaparecido el pasado mes de marzo en algún lugar desconocido y el que se estrelló hace diez días entre el cielo y la tierra en llamas de Ucrania son el mismo avión y hasta sus pasajeros los mismos cadáveres sombríos, cuatro meses después, hartos ya de dar vueltas por entre las nubes y los escondrijos de las tormentas; el viaje infernal que concluye cuando ya no quedan trayectos por explorar, rutas suicidas que nadie surca ni vigila: la ronda imaginaria, en fin, de una conspiración o un sueño.
 Así uno digiere la épica y la desmenuza y recicla; la convierte, acaso, en lírica. En ese proceso, uno abre sus ojos al mundo y, quiera o no, parpadea. De una parte, el mundo nos parece un curioso juego literario, donde los personajes son sólo palabras y la acción y los sentimientos, complejas construcciones gramaticales. De otra parte, una viga de polvo se arremolina y se hace fuerte en nuestra mirada; se adueña de su interior y así de nuestro lenguaje.
 Es entonces cuando nos duele, hasta las lágrimas, la sangría colectiva que vemos y palpamos como si estuviéramos en pleno sueño y las mil y una noches de los mil y un cuentos no quisieran amanecer y no hubiera forma, en fin, de decirle a Sherezade que no calle jamás, que mientras haya discurso habrá vida.

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viernes, julio 25

Planeta de simios


La Telaraña en El Mundo.
 
 Guardo en alguna parte, en algún lugar remoto del anaquel de los libros y la niebla, los siete u ocho devedés de las diversas secuelas, precuelas, remakes, versiones y perversiones de «El Planeta de los Simios». Hablo de la saga completa y de algún que otro material paralelo o alternativo, que he ido recopilando sobre el tema. Cosas de simios y humanos. El regreso indeciso al origen de las especies o al temblor explosivo de la Historia, ese baile genético entre seres tullidos (puro viaje en el tiempo, porque el espacio es siempre y sólo un pretexto) sin otra máscara que la propia ignorancia.
 El caso es que hay nueva entrega en la gran pantalla. Más épica y mejor armada, tecnológicamente, que las anteriores. En Sudamérica la han titulado «El Planeta de los Simios: Confrontación» y en España, «Amanecer en el Planeta de los Simios». Aquí los diferentes matices no hacen sino enojarnos y fruncir el ceño. Como simios. O como humanos. Definitivamente.
 De momento sólo he ojeado un par de versiones mutiladas en el inglés original de un incómodo cine repleto de sombras y murmullos. Pero ya habrá tiempo de confirmar la más terrible de las sospechas, porque si algo he aprendido de esta ensalada de simios y humanos es que no hay forma de superar la grandiosidad simbólica de la imagen de Charlton Heston arrodillado en la arena y maldiciéndonos, contra la sombra vergonzosa y las ruinas de la Estatua de la Libertad. Ucrania, Gaza, Siria, Irak, Irán o los secuestros de la guerrilla musulmana, por ejemplo, son sólo el principio. Ay.

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martes, julio 22

Paisajes del horror


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Unas cuantas fotografías de Javier Izquierdo me estropean el almuerzo y hasta es posible que algo más. Me duele, en efecto, la obscena sobredosis de realidad de las imágenes que, al fin juntas y revueltas en su exposición #passionformagalluf, no hacen sino recordarnos el perfil abigarrado y obtuso de algunos paisajes que, pese a todo, no pueden sernos absolutamente ajenos: el júbilo delirante y efímero en plena bacanal alcohólica por entre las trincheras encharcadas de Magaluf, el sexo autómata y desechable sobre su arena blanca y mordida, el escatológico corolario muscular de la vulgaridad. Quizá la zoología costumbrista. O la taxidermia física de la barbarie.
 Estas imágenes, sin embargo, no colman por completo mis ansias; ignoro si de realidad o ficción. ¿Cómo diferenciarlas? No parece del todo real recorrer los cielos diez kilómetros arriba, entre las nubes, y que un misil tierra aire venga a despertarte a una pesadilla de fuego y carros de combate, cadáveres y comisarios políticos. Me temo que no hay vena que aguante el ácido convulso y corrosivo de tanta realidad de golpe y por asalto.
 Algo similar, o tal vez peor, pasa también allá donde mi (buena) educación judeocristiana acaba palideciendo entre dos fuegos con la misma llama incandescente y el mismo ardor tullido. No es hora de tópicos o inventarios, sino de evidencias y soluciones. Y esto debiera valer para todo y todos. No se puede caer tan bajo y tener enemigos tan rastreros que no te dejen ser, siquiera, quien debieras ser y, por desgracia, ya no eres.

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viernes, julio 18

Los manifiestos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que la cosa va de manifiestos. Es decir, de elaborar un catálogo de afrentas lo más prolijo y conceptual posible y de buscarle alguna salida de síntesis al enorme entuerto, algún discurso afectado, por lo tanto, de metáforas rebuscadamente sencillitas y de buenas intenciones sociales. Cómo no. Se trata, pues, de poner la realidad en una cuarentena similar a la del barbecho para invitarnos a reflexionar sobre sus problemas y los nuestros: buscarle la luz colectiva al apagón de la inteligencia, mejorar su aspecto, su aura a mundo futuro sin más futuro que la debacle, la disolución o, y eso es siempre lo peor y lo más probable, el triunfo final de algún espejismo, del que sea.
 Porque siempre hay algún espejismo que nos seduce sin que sepamos por qué o cómo. Alguna idea u obsesión que nos palpita con letal urgencia en las sienes. Alguna especie de maldad telúrica que se nos ocurre, quizá entre sonrisas, y con la que pretendemos quitarnos la máscara ante todos y así vernos, al fin, tal y como quisiéramos ser vistos. Lástima que no haya forma de que las imágenes se estén quietas.
 Pienso ahora en «Libres e Iguales» y en Vargas Llosa o Fernando Savater. También en el nuevo manifiesto federal de Sartorius o Baltasar Garzón. Pienso en “PLIS. Educación,  por favor” y en lo difícil que es intentar construir un oasis en mitad de la uniformidad desértica del pensamiento único. Pienso que una vez me adherí a un manifiesto (al de la Lengua Común) y que, hasta que se cumpla, no me hace falta firmar ningún otro. Qué alivio.

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martes, julio 15

La guerra de los días


La Telaraña en El Mundo.
 
 El futuro es un lugar muy extraño al que no hay otra forma de llegar que hacerlo absolutamente desencantados y sucios, muy sucios, con toda la indeleble suciedad de los días grabada en la piel y en el alma, en el claroscuro de las intenciones, en el trasluz de la sonrisa, en el cansancio infinito de la voz, en la lenta disección de la realidad que vamos haciendo aunque nos hiera su inaguantable hedor a pólvora y a mentira, a injusticia inexplicable, a universo ordenado a la fuerza y a las bravas: la persistente sospecha de que alguna demagogia de orden superior nos está arruinando el raciocinio o lo que nos pueda quedar de él. No mucho, me temo.
 Voy y vengo, pues, de las críticas, por ejemplo, a Israel o Palestina como si fuera un náufrago en pleno desierto del Mar Rojo. O de las ideas. Dejo de lado el maniqueísmo y su amplio catálogo de alucinaciones, porque aun sabiendo de qué parte debiera estar la justicia, ignoro qué parajes, cuáles, le corresponden a la humanidad y a la barbarie. El mundo es un lugar muy estrecho donde el espacio físico resulta vital y no puede haber peor consejero que las apreturas ni mayor pecado que ceder a la tentación gratuita de la frase fácil, la sentencia fulminante, la solemnidad fatua del lenguaje.
 Algo similar me ocurre con Jaume Matas y su inmediato ingreso en prisión o en donde sea. Si, en su momento, la reclusión de Munar me dejó frío, qué puede importarme, ahora, Matas. Cada uno suele acabar, muy a menudo, donde se merece. Sobre todo, si además se empeña en ello. Por supuesto.
 

 

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viernes, julio 11

Los paraísos artificiales


La Telaraña en El Mundo.
 
 La prueba de que hay otros mundos (y de que, además, están en éste, según la cita clásica de Paul Éluard) la tenemos con la existencia, a tan sólo unos pocos kilómetros y varias rotondas de Palma, de una urbe en mitad de ninguna parte y de todas, una especie de Sodoma y Gomorra entre los arenales curvos y bronceados de las dunas y la espuma voluptuosa y hecha añicos del oleaje, tan próximo: ese lugar llamado Magaluf, donde no recordamos si estuvimos hace lustros o décadas.
 Resulta, claro, que el tiempo pasa tan deprisa que igual, pese a todas nuestras cábalas, no estuvimos nunca y estamos, en realidad, delirando sobre un lugar de ficción que sólo existe en la mente tórrida y locuaz de un turismo que viene, exclusivamente, en busca de los paraísos artificiales que ya no se encuentran en el aburrido mundo real sino, tal vez, en sus universos paralelos, en sus hangares alternativos bajo la niebla, en sus limbos de alcohol, éxtasis y lava; de humanidad ebria e insomne, estupefacta entre los vapores y las alucinaciones. El spleen. La ascensión y caída de Ícaro. O los versos del mejor poema de Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno.
 Luego sucede, no obstante, que estos paraísos artificiales se convierten en pesadillas demasiado largas y convincentes. Es cierto que el cuerpo da para bastante, pero la mente no siempre le acompaña y, cuando se queda atrás o desembarca en otra parte, la fiesta se reduce al estertor de una muerte anunciada que acaba en vómitos, y no en sangre, tan sólo cuando hay suerte. Mucha suerte.
 

 

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martes, julio 8

La Lonja y otros sueños


La Telaraña en El Mundo.
 
 Sabes que ya empieza a ser la hora y que debes levantarte a escribir estas líneas, pero el sueño te vence, suavemente, con voluptuosidad rotunda, y las primeras luces y también los primeros ronquidos del alba te parecen un ruidoso enjambre de luciérnagas en mitad de alguna recurrente pesadilla en la que no eres capaz de distinguir si lo que te rodea es real o es ficticio, mientras sigues dando vueltas sobre el lecho y las sábanas y el resplandor y los acordes de la música o la vida siguen revoloteando por ahí adentro, en algún lugar de ti mismo donde no quieres mirar ni tampoco mirarte. Nos cuesta mucho mirarnos, si no estamos muy seguros de lo que vamos a ver.
 Pero resuenan en la lonja de tu cerebro, sobre las espaldas lentas de las tortugas de Jan Fabre, los acordes de alguna vieja canción –quizá de David Bowie o Pink Floyd, que anuncian nuevo disco- y entonces el grito del tiempo es un jadeo de vértigo, una sinfónica voz andrógina, un destello parpadeante en los espejos donde no alcanzas a verte, sino a ráfagas. O ni así.
 Esa música te sumerge en el remolino agridulce de los que podrían estar contigo y ya no están o están muy lejos; y no te dejas vencer por la nostalgia, porque lo que te paraliza es el terror físico de no saberte tú mismo ni siquiera en esa vigilia previa a la vida que es demorarse la eternidad entera en las orillas próximas al ser y, sobre todo, al deseo. Quiero decir, pues, que es así que al levantarte te encuentras que ya está escrita la columna que ibas a escribir y no sabías cuál ni cómo.

 
 
Zeno brains and oracle stones de Jan Fabre en La Lonja (Palma de Mallorca)

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viernes, julio 4

Juicios y felaciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando veo a los jugadores de la selección brasileña de fútbol, entre otros, cantar a capela el himno de su país empiezo a temblar de desagrado y pavor; quizá de vergüenza, acaso de hastío. Me da, entonces, que estoy en el sitio equivocado a la hora en que no debiera. Que el universo ha enloquecido y que una especie de guerra (de momento, sólo psicosomática) entre tribus en proceso de descomposición social y cultural no ha hecho sino comenzar ante mis propias narices. Mal lugar para observar lo que era un partido de fútbol y ya no sé qué es.
 Pero el lugar es malo, también, para asistir al juicio tardío de los cuarenta y tantos estudiantes que ocuparon, hace más de dos años, la conserjería de educación, por aquellos días de Rafael Bosch, entre los aplausos y vítores de los más que asombrados, emocionados funcionarios, los cánticos de aliento de los hooligans, el ayuno futuro de Jaume Sastre y su flota de barcos de rejilla, el apoyo eufórico y eufónico de las fuerzas vivas, el ondear frenético y hasta refulgente de las camisetas verdes, su marea de inmersión lingüística, su estela de no sé ya cuántas virtudes abriéndose paso, al fin, entre la ignominia general de los otros. Siempre los otros.
 Quiero decir, pues, que entre el análisis sumarial de este tipo de juicios y el rápido visionado de los videos de los concursos de felaciones a cambio de copas gratis, que se han puesto de moda en varios pubs de Magaluf, no sé ya cómo hablarles de la actualidad sin que se me salten las lágrimas. Y no digo por qué. Por supuesto.
 

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martes, julio 1

El exhibicionismo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me he comprado un cacharro (otro más, no sé si digital u holográfico) donde palpitan, de nuevo, mis contactos de siempre, esos rostros y nombres, tan absolutamente familiares como desconocidos, con los que comparto, sin pudor alguno, esa parte de la realidad que llamamos virtual, porque sólo nos la podemos encontrar, precisamente, en ese mismo cacharro (o en cualquier otro similar) con que uno pierde el tiempo y distrae, asimismo, la mirada; recorre la piel y los perfiles que sólo puede palpar en sueños, pero también aprehende ideas o máximas y asiste a motines, como si la vida fuera un aula inmensa y las pizarras chirriasen como enloquecidas en busca de mi atención, mi tiempo y mis sueños.
 Nada de eso sucede, porque suelo andar escarpado y lejos de los cinco sentidos y también harto, muy harto, del presunto ingenio de los que se las ingenian para convocar a los demás como a sí mismos. Ese movimiento cero y esa gran manipulación me resultan obscenas.
 Pero hay que aceptarlo. Todos los círculos (sociales, políticos y hasta informáticos) se acaban cerrando, porque esa curvatura, que vive de la exageración y del mito del eterno retorno, está en su naturaleza y en la nuestra. Desde su interior, repleto de metáforas, celebramos no sé muy bien qué, porque la soledad sólo se vence con la empatía y no es empatía, de hecho, lo que solemos sentir en la absurda soledad de nuestro círculo, ese lugar vacío, pese a la ingeniería social o el exhibicionismo. Ese es, por supuesto, el más horrendo y común o compartido de los pecados.
 

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viernes, junio 27

«Party Boats»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que las Islas dan para satisfacer cualquier tipo de turismo. Uno puede perderse, por ejemplo, por las sombras perpetuas de la catedral, las murallas y el casco viejo de Palma; puede olvidarse de casi todo en el zoco palpitante de cal, arena y fuego de Ibiza; puede resurgir, milagrosamente, por entre los islotes del puerto de Mahón, la Fortaleza de la Mola o el Castillo de San Felipe.
 Se puede hacer todo eso, pero también lo contrario. Descolgarse desde los balcones ácidos de la noche hasta el duro empedrado de la realidad. Vivir o morir de placer o dolor y hacerlo para siempre o para nunca; para ese instante decisivo en que todo se detiene y damos un golpe de timón, recobrando el gobierno de las cosas, o no lo damos y se nos lleva, entonces, la corriente. El naufragio.
 Pero no hay que demonizar lo que no nos gusta. Además, es barato. Parece que cuarenta y cinco euros no dan para nada, pero no es así. Dan para recibir manguerazos de champán o cava en la cubierta resbaladiza de un catamarán en plena bahía. Dan para dos horas largas de barra libre de cubos de sangría y chupitos de lo que sea. Dan para rendirse extenuados al compás de la música abrasiva de un par de discjockeys. Dan, en fin, para ahogarse, cuando el sudor, la sed apremiante del alcohol y los fuegos artificiales de otras sustancias, no incluidas en los catálogos oficiales, abren sus abismos hacia el infierno en las hinchadas sienes; y por esos desagües se acaba yendo la vida y también las aguas revueltas. Las aguas que se van, pero ya no regresan.
 

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martes, junio 24

La memoria de los fósiles


La Telaraña en El Mundo.
 
  Sigue habiendo huesos calcinados bajo la tierra revuelta por las llamas, cada vez más retorcidas, del dolor y el tiempo. Huesos ardidos de una guerra antigua sin otros supervivientes que el odio o la sed de la venganza; que el chisporroteo persistente de la memoria, esa vela trucada que nunca acaba de apagarse, mientras los años parpadean y se suceden los funerales y las celebraciones y sobre la mesa se reparten cadáveres y también banderas con que cubrirlos, sin que haya forma, por desgracia, de lavarle al rostro de la vida sus ojeras de rencor y muerte. El anacronismo de su mirada, la frivolidad de su conciencia.
 Pero ahí está, o sigue estando, entre los fueros y desafueros de la corrupción política generalizada, el PSIB pidiendo que el parlamento balear condene rotundamente (sic) la dictadura franquista, como si el paso del tiempo no la hubiese ya condenado y en sus herrumbrosas argollas, allá en los sótanos subterráneos de las mazmorras más tétricas, no existiera, también, un auténtico catálogo del horror, un enorme alijo de huesos rotos y sus correspondientes voces de ultratumba. Ilusiones tiznadas de sangre reseca. Alaridos subyugados por el silencio. La memoria de los fósiles.
 No parece que este catálogo precise de demasiadas excavaciones; pero es muy digno y humano, por supuesto, querer enterrar a los propios muertos en algún lugar donde nos puedan esperar en calma y sin prisas. Quizá la vida consista en pasar unos cuantos años con los nuestros, primero, y toda una eternidad con sus huesos, después. O así.

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viernes, junio 20

Felipe VI


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá lo más significativo de la monarquía es que se sostiene, siempre, sobre algo que todos creemos conocer bastante bien: los apesadumbrados, pero también funambulistas, aires familiares, la continuidad, quizá algo perversa, de un determinado perfil genético, su curiosa mezcla de pleitos (en los tribunales) y satisfacciones, su voluntad firme, pese a todo, de sobrevivir al paso del tiempo, siquiera sea como espejismo. O como unidad de destino en lo universal, que viene a ser lo mismo y que, de hecho, lo es, porque la vida no puede ser otra cosa que esta larga, perenne y también frustrante sensación de creernos siempre otros y no saber, de hecho, quienes somos.
 Pero escribo estas líneas dividido entre las amargas (y, sobre todo, hiperbólicas) crónicas futbolísticas de la debacle anunciada de España en Brasil y la proclamación en vivo y en directo de Felipe VI. Todo se me antoja sumamente exagerado, una muestra ejemplar de realidad afectada, un cántico a deshoras, una representación chirriante. Fue muy bonito mientras duró, pienso, y sonrío, porque no sé muy bien a qué me refiero.
 Mientras tanto, Felipe VI recorre Madrid en coche descubierto como si recorriera, también, todos los títulos, capítulos y disposiciones de una Constitución que no imaginábamos, la verdad, que nos diera para tanto. Nos da para legitimar al nuevo Rey y, también, para que los nacionalistas más recalcitrantes no le aplaudan cuando le escuchan hablar en su propia lengua (y en la de los otros) sin acabar de entenderle. Qué van a entender ellos.
 

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martes, junio 17

De bustos y símbolos


La Telaraña en El Mundo.
 
 
  Parece que a los nacionalistas de MÉS les preocupa el busto del Rey Juan Carlos que preside Cort y que habrá de ser cambiado, muy pronto, por el de su hijo, Felipe VI. O eso se supone, porque ya le han encontrado, al busto, un sucesor alternativo (y hasta un autor adicto a la causa) en la no menos esférica y nobilísima cabeza del último alcalde de Palma durante la República, Emili Darder. Es decir, hace un rato de nada y una lluvia infinita de cabezas como cantos. Rodados, por supuesto.
 La verdad es que yo no soy muy partidario de los bustos. Los de piedra tallada me resultan ariscos y hasta impostados; y los parlantes, tan televisivos como políticos, me suelen resultar poco creíbles y hasta ensordecedores. Todo lo contrario que los bustos de algunas señoras y, muy en especial, de la mía. Cómo no.
 Tampoco me gustan, en absoluto, los retratos reales; siempre me acaban pareciendo falsos bodegones donde la naturaleza muerta se reencarna en las facciones más o menos hagiográficas o adustas del tiempo. Ni los crucifijos, a los que reconozco, no obstante, cierta austeridad solemne que no sé si es de este mundo. Mucha peor opinión, aún, me merecen las banderas, los himnos, las señas de identidad enaltecida y, por extensión, los lazos, las sogas y los ayunos más o menos imaginarios. O famélicos. En realidad, me temo que los símbolos siempre acaban queriendo significar mucho más de lo que, de hecho, significan. Y esa impostura es el fruto podrido de no asumir los límites del pensamiento. O las deudas de la propia cultura.
 
 

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viernes, junio 13

Fetichismo y realidad


La Telaraña en El Mundo.
  
 Menos mal que hoy comienza, al fin, la andadura futbolística de España en Brasil, porque ya empezaba a resultarme del todo punto imposible seguir atento a los flecos judiciales, fetichistas y hasta metalingüísticos, al parecer, de la más que próspera farmacia de José Ramón Bauzá como máximo y casi que único objetivo de una descarriada y lamentable oposición política que, salvo invadir aulas, conciencias y patios escolares, lleva toda la legislatura y algo más sin otra labor reconocible que atender a las disputas y delirios ideológicos en las redes sociales; sobre todo, en Twitter.
 En sus orillas de cristal líquido (me temo que ante el monitor de esa playa muchos parecen haber perdido el oremus) la sucesiva resaca de los ciento cuarenta caracteres por mensaje no acaba de inundar por completo la realidad, pero sí que, al menos, la encharca con el alud propagandista de las inquebrantables adhesiones virtuales de los que no tienen otra mejor que hacer que sumarse a lo que sea que se diga o lleve la corriente.
 De ahí al asfalto de las urbes parece que va sólo un paso; y así es, en efecto, que se llenan algunas calles y no pocas plazas y la ciudad se parece a un zoco de cólera o un bazar de ira. Un tótem alrededor del cual el gentío da vueltas y enarbola sus banderas, tararea sus consignas y descubre, finalmente, que siempre son pocos los blasones y menos, aún, los cánticos; que la realidad y el espejismo de nuestros mejores sueños no sólo no son lo mismo, sino que, además, tampoco tienen por qué serlo. Aunque nos duela.

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martes, junio 10

El bálsamo de los deportes


La Telaraña en El Mundo.
 
 Aunque no lo parezca siempre hay tiempo para todo. Para la gente que queremos y también para las tertulias sociales. Para la dispersión y el entretenimiento más inocuo, pero ilustrativo y hasta balsámico. Para la literatura y también para uno mismo; y esas extrañas reuniones privadísimas de las que sólo se sale, cuando se sale, tan excitado como taciturno, tan harto de la obscena palabrería (alrededor, pero también adentro) de los dioses y diosecillos ajenos, como insatisfecho y decepcionado por la dimensión exacta de las propias fuerzas, la fatiga súbita del intelecto y de los sentidos ante la luz que nunca acaba de llegar y el cuerpo en la penumbra que somos y no sabemos cómo somos. O algo así.
 Quiero decir, pues, que podemos abstraernos de casi todo y situarnos más allá de la realidad: exactamente en su limbo o en la telúrica carta de ajuste de una televisión ideal que sólo respondiera a nuestros designios. Este pasado fin de semana tocó deportes.
 Por un lado, el Mallorca salvó en Córdoba la categoría, y hasta los muebles, poniéndose ahora, al parecer, entre las manoplas de Aouate y las frías manos millonarias de Abramovich. O viceversa. Por el otro, Rafael Nadal volvió a lucir nuestra ancestral destreza de honderos míticos en la tierra batida de París, como si en las playas de Manacor o Normandía. Entre ambos, la selección de España preparaba el Mundial de Brasil, con Diego Costa como jugador más español entre los españoles. No bromeo. Para ser español lo primero, y casi que lo único, es querer serlo. Cómo no.
 

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viernes, junio 6

La república de Armengol


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es plan vivir estos días en España; no lo es, al menos, si nos atrapa la inercia de los eventos que dicen ser la actualidad y que sólo son un pretexto para dejarse vencer por la pereza intelectual y consentir, así, en que el mundo se simplifique tanto que la lujuria de una frase mil veces repetida en Twitter, por ejemplo, no sólo lo defina, sino que lo culmine y desborde.
 No hay reposo, pues, mientras el Rey cumple, entre la laxante hagiografía de los medios, con su agenda pública. No hay reposo, tampoco, entre la efervescente y agitada república tricolor de los que saltan de las tertulias y los muros de Twitter o Facebook a la algarabía ociosa (quizá indignada, pero poco, porque la indignación siempre debiera empezar por uno mismo) de las calles y plazas. Estos miles de personas son mucho menos nocivas (y más inocentes) que políticos como Francina Armengol, más atenta a los pactos de poder y a las revueltas hormonales de las redes sociales, que al pulso de la realidad.
 Me gustaría saber, eso sí, qué tipo de república ansía Armengol. ¿Lo sabe ella? Lo dudo; y ni le vale mirarse en el espejo de los que andan a su izquierda. Entre la maleza y las cavernas. Así, en Més, Biel Barceló y Fina Santiago desean, él, una república balear y, ella, una federal y española. Ahí es nada. Me da que el gran sueño laico de la república está resucitando la confusa pesadilla (sobre todo, nacionalista) que ya fue: la fragilidad de una razón a la que cada vez cuesta más hallarle la médula y hasta los argumentos. Si es que los tiene.

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martes, junio 3

La farsa


 
 Apago el televisor y huyo de las tertulias sobre la abdicación del Rey y el incierto futuro. El futuro siempre es incierto. Salgo a la calle Olmos y pienso, literalmente, en el bullicio de un gran palomar al aire libre. Esquivo el vuelo rasante de las palomas y me diluyo bajo la fronda de la Feria del Libro y sus anaqueles repletos de quimeras. Espejismos. Tal vez alucinaciones.
 Subo a la Plaza Mayor y me cuelo entre la quietud indigente de las estatuas humanas y el sudor huidizo del top manta. Recorro el zoco y observo que la artesanía apenas cambia con los años. La misma sensación de inmovilidad la sentí, también, durante la Diada per la Llengua: la marcha verde (y roja y gualda) de la OCB y su piélago de lazos como gargantillas de una mazmorra. El cínico homenaje (y el desierto de la inteligencia en las arengas) a un ayuno propagandístico y asistido. Adulterado.
 Me digo, después, ahora, que no siempre supe si había que intentar cambiar las cosas desde dentro o desde afuera. Desde la equidad de las urnas o el alarido radical de la negación y el duelo. Pongo en los brazos abiertos de una balanza la dejadez, algo hermética o indiferente, de quien se deja llevar porque intuye que tanto da una cosa que otra, y la urgencia de quien no puede esperar, porque el tiempo es limitado y no hay mejor forma de sobrevivir a la farsa que desenmascararla antes de que nos engulla. Y la balanza me mira, sobrecargada e inmóvil, como si fuera una estatua auténtica, una quietud altiva y desdeñosa en mitad de la Plaza Mayor y el gentío.

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viernes, mayo 30

«Carpe Diem»


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si debería irme a Cataluña para, una vez allí, pararme, no sé si de forma definitiva o sólo mientras me cobije el futuro subsidio de desempleo que, según las previsiones nacionalistas, allí será mayor que aquí o que allí, ahora mismo. Pero igual me convendría no precipitarme y preguntar, antes, a ERC de allí y también de aquí. De Baleares.
 Con todo, no es fácil discurrir, al calor de las hogueras, sobre los paraísos restringidos del nacionalismo. En este instante, metido en el fragor gramatical de las ideas, ya no sé si estoy aquí o allí; el esquivo «aquí y ahora» nos sobrevuela, inalcanzable, pese a que intentamos aplicarle la vieja máxima latina: «Carpe Diem». Pero este paisaje que vemos (y del que escribimos como si estuviera quieto o existiera a pesar nuestro) es sólo una captura fundamentalmente dialéctica o retórica que se nos escapa, una y otra vez, de entre las manos o la retina; la anécdota fugitiva de un quimérico viaje hacia un territorio al que no hemos llegado ni llegaremos nunca. O eso parece.
 Es cierto. Amamos este viaje con locura y nos divierte descifrar sus coordenadas. Los paisajes del tiempo. Amamos el cambiante decorado que nos acoge cada día y cada noche. La fiesta en la que nos hemos colado, porque la entrada parece ser gratuita y hasta involuntaria, como la salida, y nos acaba gustando envejecer entre el bullicio de las generaciones sucediéndose sin poder evitar que la fiesta se nos quede siempre a medias. La fiesta de todos acaba siendo, primero, la de algunos y, luego, la de nadie.

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martes, mayo 27

La placenta milagrosa


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que la fiesta auténticamente española cayera, esta vez, en el sábado de reflexión, fútbol y diáspora de Lisboa y no en el domingo de resaca, elecciones europeas, urnas y también desafección en las pespunteadas esquinas de Europa: los partidos políticos postulando sus nuevas alianzas, sus alucinaciones o quimeras conceptuales, su alcancía famélica o menesterosa de votos robados, prestados o en fuga.
 Pero las urnas son como un césped cortado muy alto donde, a veces, tropiezan o yacen sepultos nuestros mejores deseos. Duele observar la gélida niebla de la intolerancia que recorre Europa desde el Reino Unido hasta Hungría o Grecia, pasando por Francia. Por no hablar del éxito en España (¡y aún más en Baleares!) de un telepredicador con ínfulas mesiánicas como Pablo Iglesias.
 Pero descendamos a los hechos. Somos gente corriente que no cree demasiado en los milagros, pero que tampoco confunde la realidad con los deseos. No necesitamos, pues, someternos al espectacular fracaso de la placenta milagrosa de ninguna yegua inverosímil, aunque nuestras articulaciones chirríen y sea cierto, también, que cojeamos. No nos faltan, sin embargo, las ideas, aunque desconozcamos qué mecanismos podrían convertir esta lluvia mezquina en algún maná útil o provechoso. Quizá eso, ahora, no sea posible y estemos asistiendo al principio del fin o al diluvio; y convenga agenciarse un arca donde mecerse hasta que pase la tempestad y alguna paloma mensajera nos traiga algo de vida en su pico. De afuera a dentro, como de adentro a fuera.

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lunes, mayo 26

Entre Podemos y Vox

Las elecciones europeas en El Mundo.
 
   Repaso la abundante propaganda electoral que he recopilado, a mi pesar, durante estos días. Papeles satinados, relucientes. Colores reciclables. Un alud de eslóganes bordeando la realidad. O su lado oscuro. La democracia. Europa. La corrupción. ¡Las soluciones! El círculo vicioso de las causas y los efectos. El auge de los nacionalismos de uno u otro signo. El fascismo en Francia. O la increíble ascensión de un personaje como Pablo Iglesias y su demagógico “Podemos”, que se ha convertido en la tercera fuerza política más votada en Baleares. Nada menos.
 Pero escribo estas líneas al hilo de otras anécdotas. El único partido que me envió, además de en aséptico castellano estándar, sus papeles en mallorquín (o en catalán de Mallorca) ha sido Vox; pero ahora no sé muy bien si debo considerar que ese detalle es bueno, malo o irrelevante. Me paso la vida traduciendo la realidad o sus aledaños y no siempre sé quién me mira desde ese abismo que parece habitar en el interior de los espejos. Qué vértigo.
 Hay otras muchas cosas que ignoro. La esencia –dicen que perdida- del Partido Popular parece que, ahora, se reencarna en Vox y yo no sé si esto es realmente así o si sólo lo pretende. Desde siempre he descreído del rumor sostenido de las víctimas y no sé si la unidad de España es algo concreto y palpable. O al contrario. Algo absolutamente evanescente.
 Tampoco sé de qué substancia están hechos los sufragios, los deseos personales en la maraña de los hechizos y las posibilidades colectivas, de las intenciones más o menos confesables; de la brújula que nos guía, raptada Europa como en la acuarela de Gustave Moreau, por entre las opciones disponibles para acabar depositando un sobre (y una absurda lista cerrada) en una rendija hambrienta de un hambre incurable. Una hambruna de siglos.
 Con todo, las urnas me han traído dos sorpresas. La ascensión de Iglesias, como ya dije, y el fracaso de la voz más ronca de Cataluña y parte de España. Alejo Vidal Quadras. Llamo por teléfono a Montse Amat, la magnífica candidata balear de Vox, y me dice que, pese a las dificultades y a la escasa visibilidad en los medios, está contenta. Yo también, pero me da que igual no es por lo mismo. Seguro que ella cree en el futuro de España y su formación política y yo me conformo con auscultar el misterio de cada día sin que nada o nadie me hiele la sonrisa. En lo posible.
 

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viernes, mayo 23

Famélica legión


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que a la Fundación Círculo Balear le preocupa “la deriva radical y extremista” de la izquierda balear, del PSM-Més, de ERC, pero también de socialistas y hasta de populares tan tibios, en otros aspectos, como Francesc Antich, Lluís Maicas o Cristòfol Soler, al respecto de la huelga de hambre del incombustible Jaume Sastre, a la sazón (al menos, mientras sobreviva a la terrible hambruna autoimpuesta) uno de los líderes supremos y también máximos del muy racista y no menos xenófobo Lobby per la Independència.
 En realidad, la cosa no es para tanto. En absoluto. Sucede, eso sí, que Jaume Sastre ha encontrado, al fin, en la singular Assemblea de Docents (que de plural tiene muy poco) sus compañeros naturales de viaje, su corte ilustrada de navegantes extremos, su selecto pasaporte hacia la dieta infernal y monótona del ayuno voluntario como método de eternizar una confrontación educativa que, a estas alturas del curso, pilla a todos casi que desarmados y hasta con la guardia baja.
 En efecto. Ya se ha perdido demasiado tiempo y urge, sin más excusas o dilaciones, que los auténticos representantes de todos los estamentos educativos se deshagan de la fantasmagórica Assemblea de Docents y empiece, de veras, una negociación seria con vistas a los años próximos. Todo ello, por supuesto, sin que queramos robarle a Sastre ni un ápice de sus cinco o seis minutos de famélica gloria. O legión. Estamos dispuestos a esperar y ver (de hecho, a no ver) su todavía fantástica panza verde en tan sólo un par de semanas más. O así.
 

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martes, mayo 20

Las redes sociales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que las redes sociales no sean sino lo que los usuarios publican en ellas. A veces, una colección de frases aceradas que brillan, turbulentas, en mitad de la noche como el filo cariado de una cuchilla rota. Un alud incierto de imágenes con la resolución forzada y el objetivo a contraluz.
 O un acordeón chirriante de ideas con los viejos cañones gramaticales lo suficientemente recortados como para que sepamos que la pólvora es de pega; y que el ubicuo código binario del software sólo da para proyectar esa torpe y estrecha dialéctica donde los colores se funden en el blanco y negro estrictos de una ciénaga y los pensamientos se camuflan en el vientre agrietado de un discurso tan gregario o maniqueo como, presuntamente, social. O de todos. Resecas voces de ira y aire: exabruptos y regüeldos. Pues buen provecho.
 Con todo, sólo se escandaliza quien quiere. El que tiene tiempo que perder y lo acaba perdiendo, una vez y otra, quizá con el vano pretexto de rencontrarse, al fin, más allá de la realidad; en ese sueño virtual donde tenemos cientos o hasta miles de amigos y somos, además, los fotógrafos más jaleados del universo, los escritores más leídos del orbe, los pensadores más ingeniosos, refulgentes y hasta lúcidos en un mar tan denso, profundo y negro como, quizá, vacío. Lástima que ese mar sólo sea el sulfúrico espejismo de un sucio charco donde no hacemos otra cosa que chapotear como niños, prematuramente envejecidos, en la hora magnífica de un recreo que, por desgracia, no puede sino aburrirnos. Y nos aburre.

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viernes, mayo 16

Derecho al olvido


La Telaraña en El Mundo.
 
 En 2007 firmé una columna titulada «La secta». En ella les hablaba, básicamente, de una asociación (cuyo nombre obviaré) de índole no sé si filosófica, cultural o esotérica. Ahora no importa mucho eso, porque lo único que me movió a escribir aquellas líneas era ir dando tumbos de un personaje a otro bajo las carpas aceradas y los focos asfixiantes de la subvención galopante o el integrismo moral, ético y lingüístico de ayer y hoy. Quizá de siempre.
 Así iban saliendo, entre otros, Francina Armengol y el CIM, Jordi Bilbeny o el descubrimiento catalán de América, Gabriel Bibiloni y hasta Antoni Martorell. Es decir, las relaciones entre la corte de filólogos de la UIB y el caos contracultural de IB3. Qué poco que mudan las cosas con los años.
 Pero vuelvo al principio. La asociación de la que les hablé se puso, hace unos meses, en contacto conmigo para informarme de que la función “mostrar sugerencias” de Google les relacionaba con la palabra secta. Qué mala suerte, pensé. Llegaron a pedirme que retirara el artículo de la Red y hasta de la memoria entera de El Mundo / El Día de Baleares. O del universo. Me temo, en fin, que el derecho al olvido (que una sentencia judicial acaba de proclamar de forma más teórica que práctica) tiene con estos sofistas o aprendices de internautas una gran deuda: demostrarles que todo se acaba olvidando si uno deja atrás la vanidad de rebuscarse en los arrabales de Google y acierta a recogerse muy adentro de sí mismo. Hasta Narciso –sobre todo, él- ha de aprender a descansar de la propia imagen. Qué pesadez.
 

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martes, mayo 13

Eurovisión o Europa


La Telaraña en El Mundo.
 
 Sólo vi del festival de Eurovisión la alegría (y también el llanto) de una mujer austriaca, llamativa y cuidadosamente barbuda, y unos pocos fotogramas memorables de dos jóvenes polacas fingiendo lavar la ropa o batir la mantequilla, como el cobre de algunas monedas que ya no existen, en un barreño de madera. No hay color, por supuesto. O hay el de mis propios gustos e inclinaciones, más allá de los malabarismos culturales que tanto apreciamos los europeos. Incluso los de España.
 Pero la televisión es un lugar de ficción donde las luces y las sombras se superponen para ofrecernos una realidad única, siempre volátil y amable. Un artificio que abarca, por igual, los años en blanco y negro de la guerra fría y las actuales cuentas en rojo del stress bancario. O de la globalización digital. Tampoco hay color, porque el muro, derribado piedra a piedra, sigue estando ahí: en cada frontera, injusticia o crisis global pero, sobre todo, ciudadana.
 Mientras tanto, la campaña electoral dibuja un lienzo donde la modernidad y la tradición (juntas o por separado) acaban siendo lo mismo, el mismo marketing, la misma faz, entre pícara y desencantada, con que nos miramos en el limbo de los espejos y sólo nos hallamos guerras antiguas y una miríada de traiciones o deseos rotos como señas de identidad en común. Pero no hay color. O sí. Cuando quiero ponerle letra y música a Europa me olvido de los políticos y releo a Shakespeare, Cervantes, Milton, Dante, Goethe, Kafka o Dostoievski. No sé cómo elegir a alguno sin elegirlos a todos.
 

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viernes, mayo 9

Los muros de la discordia


La Telaraña en El Mundo.

 
 Voy de un muro a otro de Facebook. Del de Mestres i professors en català - Illes Balears al de la Assemblea Sobiranista de Mallorca, sin olvidarme de la Assemblea de Docents. El viaje, por resumirlo de alguna forma, es una exhibición soberbia de banderas y banderías, de tentáculos y tinieblas; incluso un amago de aprobado general contra el fascismo. Un paisaje ocupado por la retórica locuaz y retorcida de los que apenas tienen nada que decirnos, un espacio sin más atmósfera que el etéreo vapor ideológico, un tiempo detenido y hasta petrificado en algún lugar estrecho de la clepsidra. Un agujero negro. Un túnel de viento. El hangar donde la educación de nuestros hijos es sometida a todas las pruebas, simulaciones y distorsiones posibles.
 No estoy describiendo todo lo que veo, sino sólo lo que me llama la atención. Me enerva los sentidos. O me aterra. Un universo plano, unidimensional y terrible como todos los lugares donde acecha el horror liberticida, el gélido aliento del hombre antes de ser hombre; o después, cuando la humanidad ya ha dejado de existir y la película va de unos pocos zombis, alienígenas, exaltados ángeles o demonios: ya sólo mutantes.
 Pero hay un tema que sí me preocupa. Una gran fotografía con los veinte dígitos de la cuenta corriente de la caja de resistencia preside el muro de la Asamblea de Docentes. Debieran actualizar esos dígitos y cambiarlos por los veinticuatro del IBAN. No es cuestión de dejar escapar ni un solo euro cuando lo que está en juego es tanto y, también, cuánto. Por lo visto.

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martes, mayo 6

Regreso al futuro


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me gustaría perderme más a menudo. Mucho más, aún, de lo que me pierdo, quiero decir. Perderme en el remolino quieto y casi trasparente del silencioso anacronismo, por ejemplo, en vez de precipitarme en las aguas rápidas del vértigo y en las prisas voraces de los que todavía creen que la humanidad progresa mientras dice avanzar y avanza y cruza los mares y también los desiertos y observa, porque no puede evitarlo, cómo la tempestad de la existencia, la espuma de las olas y las arenas movedizas sepultan sus huellas y enloquecen la brújula del destino. Demasiados círculos, en fin, parece que dibujamos para acabar regresando, siempre, al lugar de origen, al principio indeterminado de lo que aún está por llegar y no, no llega.
 Mientras tanto, la vida pasa. En paz auténtica, pero también relativa, nos decimos, y es cierto, lo sentimos en la piel y el alma y deseamos que siga siendo así durante mucho tiempo; quizá hasta que se curve el universo en nosotros. O hasta que asumamos ser quienes somos y no quienes nos gustaría ser. No parece tan difícil.
 Venía todo esto a vueltas (y, sobre todo, a revueltas) de España. De algunos temores que ya no sé si comparto. De tantas cosas que no funcionan. O de una educación estúpidamente entregada a los nacionalistas. Quizá España no exista, les dije ayer a unos amigos de León, mientras comíamos junto a un mar de redes y veleros y el horizonte era un seductor trazo azul vestido de llamaradas rojas. Una hermosa metáfora, un perfecto traje de luces para un futuro que no sé si existe. Tampoco.

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viernes, mayo 2

El guateque de Bartleby


La Telaraña en El Mundo.
 
 Al final resulta que uno se pasa la vida releyendo los mismos libros. O casi. Algo así como una docena de autores que van y vienen del atril de la lectura al polvo de las estanterías, del libro de notas al librillo de las meditaciones, del margen repleto de apuntes a la retorcida caligrafía de los sueños, del tacto encendido y del cortejo lujurioso de la piel y el papel a ese lugar de privilegio donde están sólo los que son o los que acaban siendo. La criba es diaria, porque el tiempo es reducido y los intereses muy concretos, aunque transversales; hace falta mucho temple literario para perdurar más allá de la moda y los estados de ánimo. A eso me refiero: una vida da para muchos libros, pero se culmina en, tan sólo, unos pocos.
 No es extraño, pues, que las noticias literarias rara vez me interesen; que en ese páramo o desierto de mis pocos autores de por vida las novedades escaseen, porque esos libros ya tienen vida propia o viven en mí como yo en ellos: no puedo hacer públicos sus nombres, porque cada cual tiene los suyos y hace falta toda una vida para descubrirlos.
 Con todo, de vez en cuando, aparecen juntos y casi que revueltos un par de nombres que me resultan agradables. O seductores. Un par de anomalías en ese paródico guateque de la vida donde tanto cuesta deslindar el arte, por ejemplo, de la teoría de las catástrofes. O viceversa. Se trata del Premio Formentor y de Enrique Vila-Matas. La prueba irrefutable de que Bartleby, como nosotros, sigue buscando magníficas razones para no escribir, escribiendo.
 

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martes, abril 29

«Marathon Man»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Dedico más de una hora diaria a recorrer Palma con el paso lo más rápido que puedo, que no es mucho, lo sé, porque no soy muy dado a la exhibición física ni a la ropa deportiva y casi que prefiero agotarme con el porte habitual del traje de calle que convertirme en un émulo alucinado de tanto corredor de maratón, al estilo californiano, como me encuentro. Los veo pasar como si fueran seres alados y me gustaría, entonces, tener el valor de preguntarles por qué corren, pero no lo hago. Pienso que es posible que no supieran qué responderme. O peor aún, que me respondieran lo mismo por lo que yo me apuro recorriendo las sombras de una ciudad que cambia mientras camino y voy dejando, a mis espaldas, el rumor pretérito de algo que ya sólo existe en mi memoria. O ni ahí.
 Camino rápido, pues, porque huyo de la muerte. O, tal vez, porque la persigo sin alcanzarla. No es fácil saber el auténtico por qué de las cosas, cuando se nos mezclan, por igual, ilusiones y desengaños, deseos y temores, filias y también fobias; ese arrugado, retorcido y tan travieso hilo conductor que hace que la vida nunca sea, exactamente, tal cual la esperamos. Menos mal.
 Con todo, lo que más me intriga de estas escaramuzas diarias es que, a cada paso, se me repite la gente con que me cruzo y acabo pensando que ya no conozco a nadie; que los amigos se me han hecho muy viejos y apenas salen de sus madrigueras actuales o de sus nichos. Lo primero me parece bien. Lo segundo no hace sino confirmarme lo fugaces y mudables que son los estados de ánimo.

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viernes, abril 25

Réquiem con subtítulos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Casi que, desde siempre, mi primer interés al respecto de las televisiones que padecemos, es comprobar si ofrecen un buen servicio de subtitulado en vivo y no una delirante y mecánica traslación salteada de frases sueltas, como cazadas al vuelo o por azar. IB3, por ejemplo, no cumple eficazmente con ese servicio y eso sí que me preocupa y molesta; y no la sandez de andar «salando», o no, los eternos artículos de la discordia, que no son pocos, sino muchos. Quizá todos.
 Quiero decir –ya puesto en la precaria solemnidad de quien ausculta las monomanías ajenas igual que las propias- que hasta Dios es uno y trino. Hipóstasis, se le llama a eso. Y que la lengua catalana, por no ser menos, es también una y trina (Cataluña, Valencia y Baleares, como poco); y si no trina más y mejor es porque las autoridades filológicas de rigor (y estupor: las de la UIB, sin ir más lejos) prefieren que gorjee en un estándar que sólo usan los que llevan bata blanca, guantes de látex y curran en algún laboratorio virtual y aséptico. Irreal. Las palabras como cadáveres en plena autopsia. La gramática como un corsé o una mortaja.
 Será de ver, pues, si tras este réquiem hay alguna resurrección. Tampoco sabemos cuál es la lengua enferma o difunta. Lo ignoramos casi todo. ¿Quién subvenciona los fastos? ¿Quién los duermevelas colectivos, las procesiones conceptuales, las afinidades electivas del próximo 9 de noviembre? ¿Quién las vigilias o el largo rodeo a ninguna parte? Me da igual si no detienen el tren. Ya me bajé hace rato y para siempre.

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jueves, abril 24

El atrapasueños de Sant Jordi

 La Telaraña en El Mundo.
 
 Sé que no se me ha perdido gran cosa entre la inmensa mayoría de los libros que se exponen por Sant Jordi. Pero, aun y así, salgo a las calles de Palma y recorro mi propia ruta familiar de los libros. La cuesta de Olmos, San Miguel, Geranios, Plaza Mayor, Cort, Ramblas, de nuevo Olmos. Este mapa del tesoro me recuerda emociones pretéritas, hallazgos inesperados y algún que otro feliz reencuentro. Me confirma, asimismo, que no sólo hay literatura entre lo que se muestra: también está la exhibición sectaria de algunos y su habitual pasacalle lingüístico de andar muy por casa y salir, como siempre, trasquilados. Puro material de derribo que, no sé si por fortuna o desgracia, también tiene su público. Es cierto, hay gente para todo.
 Pero escribir siempre tiene efectos colaterales. Convertirse, por ejemplo, en un náufrago al sol esperando que alguien compre, al fin, nuestro nuevo libro y quiera, además, que se lo firmemos. Loado sea Dios, pensaremos entonces, vaya milagro, o no, porque la verdad única y casi irrefutable es que ese hipócrita lector no llega: no acaba de llegar nunca. Estoy seguro de que, ahora mismo, ha vuelto a pasar de largo. Y por enésima vez. Qué mala suerte.
 Pero soy yo, ahora, el que pasa de largo. El que pasea entre libros y rosas sin saber, de hecho, qué tipo de pétalos prefiere. ¿Cuáles ando buscando? Sant Jordi es un murmullo medieval de hierros y dragones, el día repetido, teatral e insomne de Cervantes (y acaso, también, de Shakespeare, de Ramón Llull y hasta del autor más desconocido que logre emocionarnos); es el atrapasueños críptico y misterioso, recurrente, donde se esconden los tiempos verbales de tantas y tantas vidas sucediéndose, sin pausa ni descanso, por entre los pliegues subterráneos de la piel y el papel, del amor, del alma mientras intentamos desnudarnos, mirarnos a la cara y hasta decirnos todo aquello que las palabras no aciertan a decir por completo… O quizá sí. La verdad es que somos muy insistentes. Condenadamente perseverantes.
 Por ello sigo mis pasos, más allá de la fatiga o la pereza, bajo el sol que ruge, arriba, y atravieso la ciudad que arde, metafóricamente, con una suerte de llamas que no pueden provenir de otro fuego, que no sea el interior o el íntimo. Observo que una turba de bienvenidos turistas se mezcla, sin acabar tampoco de mezclarse, con las columnas de los libros, con los mendigos y los músicos a las afueras del templo, con los escritores, en fin, que no escriben libros con títulos larguísimos, con la gente corriente y tranquila, que lleva a sus hijos, los ojos como grandiosas lucernas, de un tenderete a otro, de un malecón al siguiente, de un sueño de páginas de piel o papel a otro sueño similar, pero distinto: es posible que todos busquemos descifrar esa tinta invisible y quizá mágica con que el tiempo (ese incomprendido y sabio aliado) dibuja nuestro propio destino en su nombre. O viceversa.

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martes, abril 22

Fuego cruzado


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me asomo perplejo, pese a todo, a la lentísima rutina de los días festivos y a las calles casi desiertas de Palma como si buscando, metafóricamente, algo de vida y de movimiento: el baile anónimo, quizá, de alguna figura humana con la que acompasar, en silencio y desde lejos, mi ánimo de palabras sueltas y frases inconexas, mi indiferencia o mi pereza social, mi cansancio infinito de artículos gramaticales más o menos salobres y de días oscuros de no sé qué patria, cuál, una o doble, pequeña o grande, libre o tan sólo redimida y, seguramente, traicionada, como mi alergia a la lluvia viscosa y amarilla del polen y a los rayos de un sol que empieza a hacerse fuerte. Omnipresente. Casi invencible.
 Es hora, pues, de intentar hacer recuento de las bajas. De rescatar, siquiera sea por unos pocos minutos de eternidad y memoria, los viejos libros de Gabriel García Márquez, que ya no volveré a leer nunca, por supuesto y sin nostalgia alguna, con la misma inocencia aquella que perdí, para siempre, una tarde remota ante el asombroso pelotón de fusilamiento de sus páginas.
 Pasa, y ya es hora de decirlo y, sobre todo, de decírselo a uno mismo, que jamás se abandona ese peligroso lugar de privilegio ante el paredón de la vida o la muerte; y los días se convierten en viajes a ninguna parte, salvo al punto exacto donde seremos alcanzados por el inevitable fuego cruzado de la verdad y de la mentira; por el rayo revelador de alguna última luz perturbadora. A mí me divierte pensar que las cosas son así, aunque, quizá, no lo sean.

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viernes, abril 18

Cuestión de penitencias

 
La Telaraña en El Mundo.  
 
 «Els tentacles de les tenebres». O un gobierno contra la escuela. Los cómics que la Asamblea de Docentes, al parecer, endosa a los alumnos (que aún siguen siendo, por cierto, nuestros hijos) llevan títulos así de crípticos y llamativos, delirantes. Con José Ramón Bauzá y Jorge Campos en la diana de las viñetas del odio. El imperio del mal, la opresión. O el lugar perverso de las cavernas. La noche cerrada donde los lobos aúllan como vampiros ávidos de sangre; y el viento silba, gruñe y se retuerce, quizá, por entre sus afilados colmillos. Cómo no.
 Es una pena, sin embargo, que el inagotable cómic de la realidad no vaya un poco más allá del maniqueísmo de rigor y que la imaginación de los docentes (de la facción nacionalista que usurpa, fraudulentamente, su representación) no sea capaz de traspasar el umbral de la inmersión lingüística, el catalán como terapia de shock, la escisión de la identidad entre las dos lenguas que, a fin de cuentas, nos han convertido en lo que somos.
 Pero no voy a ir mucho más lejos. Escribo en pleno Jueves Santo. Huele a cera y un lento paso fantasmal recorre Palma con su insomne ejército de tambores. No sé si esa música solemne responde a la fe o a la tradición, a la voluntad o al azar que nos coloca, sin que sepamos por qué, en un lugar y no en otro. No me queda sino observar el paisaje, desde el minúsculo lado de la libertad en que vivo, y dejar que la vista se me nuble de túnicas y capirotes igual que de camisetas verdes y estandartes ajenos. Allá cada cual con su propia penitencia.

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martes, abril 15

Entre arias y alaridos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Las más de las veces les daría algunas monedas con tal de que se fueran con su música a otra parte; pero igual es que soy un raro y no deben, por lo tanto, tomarme en serio: hay gente que hasta les aplaude y tararea, mientras dan vueltas por entre las mesas abarrotadas de las terrazas y el mundo, entonces, se vuelve más oscuro y no sé si mezquino y un rugido catastrófico de acordeones y timbales (o así) me hace trizas el alma y el poco tímpano que aún me queda.
 Es la hora del café con leche, el refresco o la caña echados a perder para siempre. La hora del mal cuerpo, confirmado, por tener que afrontar los ciclones y las tormentas acústicas y no poder, siquiera, poner cara de disgusto, negar una limosna, una sonrisa, un airado cruce de miradas entre el gentío inconsciente y el sol de plomo (o latón, el paupérrimo metal del dinero) en las alcancías.
 El tema, no obstante, no es tanto la música como la mendicidad. La sobreactuación vulgar de los peores frente a la discreta presencia de los más cualificados. Ahora recuerdo a una mujer entonando arias con esforzada dignidad y a varios grupos o solistas, sobre todo por San Miguel y alrededores, que casi convierten la ciudad en un magnífico viaje desbocado entre emociones que van o vienen: siempre al galope. Lo que ya no sé (desechada la autoridad moral de todos los colectivos artísticos o municipales del universo) es cómo disfrutar de su fiesta sin tener, como contrapunto, que aguantar a la peña ruidosa y folclórica de las terrazas y la sangría compartida de los bares.

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viernes, abril 11

Marcianos en Madrid


La Telaraña en El Mundo.
 
 Acabo de ver una extraña luz brillando sobre la superficie reseca y, seguramente, baldía de Marte. Una especie de géiser de luz, muy similar al géiser de agua bajo los arcos y las agujas góticas, flamígeras, de la catedral de Palma: la brisa marina empieza ya a ser cálida, pero no deja de salpicarnos, como siempre, con su refrescante espuma (de mar Mediterráneo en peligro inminente de expolio, explosiones y taladros), mitad surgida de la curiosidad y mitad de la ignorancia. O del inacabado saber que nos confirma que no lo sabemos todo, ni falta que nos hace.
 La inmensidad de nuestra catedral me turba, pero también me sonroja su personalidad y parsimonia de siglos, su aplomo solemne de pedernal y lápida, su sacrificio sucesivo de generaciones, su fortaleza de fe, quizá, en los cielos y hasta en las extrañas luces brillando sobre la superficie reseca y, seguramente, baldía de Marte.
 Recorro lo que queda de las antiguas murallas y las callejuelas, en sombra perenne, del laberinto del casco viejo, alrededor. Enciendo, más tarde, luego, ahora, la televisión y me dejo caer en la actualidad y en el pozo sin fondo de las redes sociales. No parece de recibo acudir hasta el mismísimo Congreso de los Diputados con un equipillo plagado de suplentes. Con una terna de simpáticos funambulistas sentimentales. No es serio. Como tampoco lo es quedarse sin la semifinal de Champions a orillas del reseco y, seguramente, baldío Manzanares, cuando lo suyo, desde siempre, era arrasar a lo grande en el Bernabéu. O intentarlo, al menos.

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martes, abril 8

Filias y fobias


La Telaraña en El Mundo.
 
 A dos euros por cabeza, unas diez mil personas (sorprendentemente salidas de la generosa pulsión electoral o del doble fondo incorruptible de los armarios) dejaron el domingo su voto para que Francina Armengol y Aina Calvo presuman, ahora, de democracia interna y primarias; de diáfana transparencia más allá de las estructuras piramidales de un partido que se mece o se columpia, como todos los demás partidos, según la brisa y el poder lo arrasen o lo arrullen.
 Así suceden las cosas. De vez en cuando, la gente se cansa de dar vueltas, a solas y a ciegas, y se adhiere primorosamente a lo primero que encuentra. Se deja crecer, entonces, una larga cabellera de filias y fobias; una greña de tópicos y prejuicios que, además de servirle de guía, de brújula, de faro, de norte, de bandera y de divisa en el largo y tortuoso camino diario, tiene el efecto colateral de reducir el espectro entero de la sociedad a la singularidad de alguna de sus anécdotas: el fluorescente y frío resplandor de la síntesis como culminación (y como parodia final) de un pensamiento más próximo a las habilidades cisorias de un forense que al estupor de un filósofo o un poeta.
 Pero da igual. De hecho, no me sorprenden estas ni otras artimañas, más o menos sofisticadas, de intentar convertir la vida de cada uno (y así la de todos) en algo más llevadero y satisfactorio. En el patio global, donde todo se compra y se vende, los partidos políticos no hacen otra que confirmar nuestra estirpe fenicia contra el muro vacío y desolado de nuestra fe y sueños.

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