LA TELARAÑA

viernes, enero 20

«Arrival» (La Llegada)


La Telaraña en El Mundo.

 Si están de resaca por la insuperable vulgaridad de la verbena de anoche, igual no les conviene hacerme caso; pero si no es así, no lo duden. Piérdanse por las rotondas y los abismos sutiles de «Arrival» (La Llegada), quizá el film más inteligente (o más respetuoso con la inteligencia del espectador, que casi viene a ser lo mismo) desde que algún clásico, como «2001: Una Odisea del Espacio», por ejemplo, nos clavara las duras y suaves garras de la verdad en la retina, en el alma, en el centro mismo de nuestro pensamiento. En esa turbulenta y vaporosa sala de máquinas de nuestras entrañas late el universo que conocemos igual que el que desconocemos.

 En ese lugar interior, en esa especie de infierno larvado -Dante, Virgilio, Homero, Joyce, Milton, Juan de la Cruz, Teresa, Quevedo- donde nos consumimos al mismo tiempo que nos purificamos, intentamos desesperadamente descifrar el mundo y descifrarnos. Averiguar lo que fuimos, lo que somos, lo que podríamos, tal vez, llegar a ser con sólo dedicarnos exclusivamente a ello. Sin embargo, no es nada fácil poner entre nosotros y el mundo, la distancia adecuada y suficiente como para enfocar correctamente los problemas y acertar, si ello fuera posible, con los diagnósticos y, sobre todo, con las soluciones. No es nada fácil, en efecto.

 Pero vuelvo a la sala oscura del cine y me sumerjo en esa oscuridad, sabiendo que es la misma oscuridad terrible desde la que observamos el mundo. De repente, llegan los alienígenas y la verdad es que no sabemos qué hacer. ¿Qué quieren? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué queremos? ¿Cuáles son nuestras intenciones? Seamos sinceros. Los alienígenas son tan sólo un buen pretexto, porque esas mismas preguntas nos las hacemos igualmente con nuestros amigos, con nuestros vecinos, con cualquier desconocido con el que nos tropezamos. Esas mismas preguntas, en fin, nos las hacemos con nosotros mismos y no siempre las sabemos responder. Casi que nunca.

 La película dura unas dos horas, pero el tiempo no pasa deprisa ni despacio; pasa según lo sentimos. Olvídense de Terrence Malik. Denis Villeneuve nos recuerda, más bien, a Kubrick mientras nuestros recuerdos vuelan y toman altura, giran en el aire y se despeñan en picado hacia no importa dónde. El tiempo es ese vuelo, ese giro, esa caída. El tiempo es ese lenguaje que finalmente somos, esa sucesión de signos que tanto nos cuesta interpretar, ese discurso que nos ronda con su peligroso aliento y nos atraviesa con sus afilados estiletes, que nos deja perplejos o nos deslumbra con su juego de luces y sombras, de voces y ecos, de frases que dijimos o que nos dijeron. De cosas así trata «Arrival». De cosas así trata también la vida.



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martes, enero 17

Lluvia de flechas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desnudo y con barba. O desnudo y definitivamente imberbe. El torso asaetado. La corona de flores en las manos. La iconografía nos lo muestra bellísimo bajo una sangrienta lluvia de flechas. Las firmas pueden ser, entre muchas otras, de Boticelli, Rafael o El Greco. Por no hablar de Fernández-Coca y su cartel verbenero de este año. San Sebastián se nos confirma, pues, como un mártir sólido e importante cuya invocación puede ayudarnos, decididamente, contra las plagas de la peste o la falta de fe. No es broma.
 Por estos pagos no sé si hay actualmente peste, pero desaparecen Cajas de Ahorro, como Sa Nostra, y no hay forma de que los culpables paguen por su mala gestión o sus fechorías. Tampoco sé si hay demasiada falta de fe. ¿Hay fe, siquiera? Algo habrá, al menos de esa fe laica que llamamos ideología, porque si no es así no se entiende que la consellería de Educación llene sus despachos de docentes ideológicamente afines, convertidos en asesores áulicos elegidos a dedo y al margen de los preceptos de la libre concurrencia. Tenemos un gran mártir y una ciudad repleta de ridículos “dimonis” fuera de contexto. De tiempo y lugar.
 Hemos entrado, pues, en la semana gloriosa de Sant Sebastià como quien entra en una cacharrería y desearía ser, por supuesto, un auténtico elefante. Hay que poner patas arriba la ciudad. Hay que hacer ruido, mucho ruido. Hay que hacer humo, muchísimo humo, alzar enormes humaredas densas e irrespirables hasta las entrañas mismas del cielo, como si fuéramos todas las tribus del universo reunidas a la hora interminable del chat colectivo, étnico, genuinamente global. Tenemos un mártir asaetado y el mundo en llamas. Hay que torrar las tripas doradas de toda nuestra gastronomía más puerca, con perdón. Hay que electrificar la noche del próximo jueves con música y alaridos, con antífonas, incluso con regüeldos.
 Sólo así se demostrará que la gente de Palma sabe, en fin, lo que vota y que los que tuvieron el indescriptible valor de votar a Efecto Pasillo y Obús, Smoking Stones, Xanguito, Kepa Junkera, Camela o Siniestro Total, entre otras celebridades, no lo hicieron por fastidiar, sino por pasión bien entendida, por amor al arte y los pentagramas, para liarla a base de bien y acabar de una vez por todas con el silencio de algunas noches en que Palma decide olvidarse hasta de sí misma y convertirse en un laberinto de criptas hechizadas, en una hondonada de sueños impronunciables, en un lugar que demora el amanecer, tal vez, porque no lo necesita. (Sí, ya sé que estas metáforas las entienden pocos, pero no sé explicar de otra forma ciertos estados de ánimo ante el martirio que se nos viene encima: la culpa es mía.)

 

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viernes, enero 13

Paisaje con móvil y café


La Telaraña en El Mundo.

 Desde casa, observo la calle Olmos repleta de gente que sube hacia San Miguel, que baja hasta la Rambla o que desaparece, de refilón, por las ilustres callejuelas laterales, por Misión o San Elías, por ejemplo. Me da que las calles son algo así como ríos con afluentes, ríos más o menos largos, salvajes o peligrosos que nos sirven para viajar de un lugar a otro o a muchos otros. Que el viaje acabe siendo metafóricamente circular no significa que no podamos disfrutarlo: es obligatorio hacerlo.
 En algún sitio escribí que Internet es tan grande como la calle en la que vivo; no es así: la calle es mucho más grande, porque no me cabe en el móvil que introduzco en el bolsillo con la vana esperanza de que no suene, de que no me interrumpa, de que me deje a solas con la multitud de mi calle, la que me saluda o ignora, la que tropieza conmigo y mis circunstancias, la que sonríe, como también hago yo, a las imprevisibles alegrías de igual forma que a las recurrentes fatigas. La verdad es que sonreír cuesta poco.
 Cuando era niño los coches circulaban por Olmos igual que por San Miguel o la Plaza Mayor, entre los parterres de flores y la bruma de algunos tranvías eléctricos que no sé si llegué a ver o si sólo los soñé. Los recuerdos son una sucesión de imágenes sueltas, pero hace falta un discurso, mejor propio que ajeno, para ordenarlas. Yo no sé qué sentido tiene escarbar en el pasado (y no lo digo por mí o estas breves líneas fuera de contexto, sino por los memorialistas y su voluntad propagandística de revisitar una vez y otra la historia: la misma historia de siempre) si no es para añadirle matices humanos al presente y mejorar el futuro que ya casi no tenemos ni esperamos, para no repetir algunas de las muchas estupideces que hicimos y volveremos a hacer, para no volver a caer donde ya caímos. Hemos caído muchas veces, quizá demasiadas.
 Pero a lo que iba. Salgo a la cuesta de la calle Olmos y en el Bar Espanya, antes Can Vinagre, releo este periódico mientras apuro un café con leche. La realidad global que me ofrece la prensa, con sus diversas secciones, local, nacional, internacional, etcétera, se mezcla con las musiquillas y vibraciones que va soltando, incansablemente, mi móvil. Las redes sociales palpitan en su interior hasta que lo apago y decido que la vida está en otro sitio. Mientras tanto, observo a la clientela del bar y a Mateo Martorell (y a Toni) con su continuo ir y venir, entre bromas y veras, de cafés, cervezas o refrescos. Si hay suerte pasará Miquel Julià, cámara en ristre, y me sacará una buena foto. Ojalá.





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martes, enero 10

Los hackers rusos


La Telaraña en El Mundo.

 No les quepa duda alguna. La culpa de todo la tienen los hackers rusos. Siempre lo supe, aunque sea ahora, desde que propiciaron, según el FBI, la ascensión al poder de Donald Trump, cuando la opinión pública parece haberse dado cuenta. Pues ya era hora. Convénzanse. ¿El PC les marcha a trompicones y, en vez de atender a sus órdenes, se dedica a la extraña minería de los bitcoins (o bitcoines, según Fundéu)? Es culpa de los hackers rusos. ¿Entran en Call of Duty o en GTA V para demostrar a sus hijos que no les tiembla el pulso y las terribles hordas de los niños rata les masacran sin darles tiempo, siquiera, a salir corriendo? No se preocupen. Son los putos rusos. Siempre son ellos. Desde el oro de Moscú es que no paran.
 Pero me preocupa lo de Trump. No sé si los rusos se han equivocado con sus maniobras orquestales en la oscuridad (lo que constituiría un auténtico notición) o si, por una vez, no han hecho absolutamente nada y es la propia opinión pública norteamericana, la resultante del eterno conflicto de la guerra de los medios, siempre mucho más allá de la verdad o la mentira, la que está intentado recuperarse del tremendo shock que les ha producido el inesperado resultado electoral, de la única forma que creen posible, aunque no lo sea: buscando un culpable ajeno a ellos mismos y sus peores miedos, a su sociedad convertida en un lugar indecente si eres rico e indigno si eres pobre, en un mortífero campo de minas donde el único que parece moverse con cierta soltura es Trump, nada menos. ¿Quién va a gobernar ahora América, Trump o los hackers rusos? Pues nunca se sabe. ¿Y qué es peor? Pues tampoco se sabe.
 Aquí en España los hackers rusos (como todos imaginábamos) hacen y deshacen las encuestas preelectorales y, sobre todo, se lo pasan pipa manipulando las sufridas votaciones online de los partidos asambleístas como Podemos, CUP o similares, empeñados en convertir la realidad en una especie de referéndum unilateral y totalitario, una asamblea perpetua y vitalicia, sectariamente vocinglera y resignadamente digital, obsesiva y disciplinada: tres o cuatro punto cero, por lo menos.
 Con todo, no nos importa mucho en qué sentido los hackers rusos van o vienen, porque manipular lo que ya está viciado de origen no perjudica demasiado el resultado final; igual lo compone o hasta lo mejora. Además, a los hackers rusos la realidad ajena les importa un pimiento más allá de cambiar unos por ceros y ceros por unos, bitcoins por dólares o rublos, incluso por los agonizantes euros de un sistema financiero que nadie sabe dónde va a ir a parar. No lo saben ni los propios hackers rusos de Wall Street.

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viernes, enero 6

Día de Reyes

La Telaraña en El Mundo.

 Creo que no vi ninguna bandera fuera de lugar y sitio en la Cabalgata de los Reyes Magos. No vivimos en Vic, menos mal. Lástima que no pudiera escuchar a la Coral Voices interpretando Hallelujah de Leonard Cohen. Demasiadas aglomeraciones. Ruido. Demasiada gente con y sin niños, con móviles centelleando como si fueran cámaras fotográficas. No lo son, pero tanto da. Así es como captura el mundo la gente. Igual que nos capturamos a nosotros mismos. Un autorretrato, un selfi tras otro. La gente. Está claro que somos la solución, pero también el problema.
 No es fácil, sin embargo, ser la gente, actuar como tal y sentirse a gusto cuando algunos, con el tono condescendiente de una complicidad impostada, se llenan la boca de conceptos más o menos tóxicos y actúan como si los hubiéramos elegido para moldear la realidad a su antojo y perfilar nuestros deseos. No es así. Nuestros deseos son sólo nuestros, aunque no sea fácil descifrarlos. Ni siquiera hoy, Día de Reyes.
 En efecto, no es fácil ser padres (como tampoco ser hijos) y no saber si fue Papá Noel o si serán los Reyes Magos quienes nos hielen el corazón con su farsa de cajas vacías y caramelos sin azúcar. Quizá los regalos ya no importen, porque entre el Black Friday, el Cyber Monday y las rebajas de Steam tienes el PC atiborrado de juegos y la casa repleta de los artilugios más sofisticados de Amazon: pulseras para medir el esfuerzo físico que no haces, visores holográficos que no sabes utilizar, móviles inteligentísimos que se convierten en otra cosa y graban cuanto sucede en su interior y afuera. ¡Lo graban todo!
 Ya podrán, pues, amenazarte desde la Comisión de Garantías Democráticas del partido en que te apuntaste para que el mundo fuera mejor, ya podrán amenazarte con que no hagas esto o aquello, con que desaparezcas unos meses y esperes tu turno en la ruleta de las prebendas, ya podrán amenazarte que siempre tendrás a mano la grabación del presunto chantaje y las coacciones, el día a día sonámbulo y marcial del Partido, la prueba definitiva (efectuada con ese móvil low cost que te trajo Santa Claus, porque eres gente y laica y tus dioses son de carne y hueso) de lo fácil que resulta que los gerifaltes de un partido acaben comportándose como jueces y verdugos de un Tribunal Popular o una Inquisición antiguas; y la eternidad entera se resuma, finalmente, en la impotencia con la que constatas que sólo eres una víctima más de ese error ontológico que da en mutilar la realidad para ajustarla, a la fuerza, a la horma del deseo. Que ese partido sea Podemos y que Joan Canyelles acabe de dimitir no es sólo una anécdota, por supuesto.

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martes, enero 3

Año nuevo, tarea vieja


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, lo viejo se renueva y nos parece nuevo, tal vez flamante. Doce campanadas de uvas sin apenas respirar (y Cristina Pedroche, que recibe el año en bañador por todos nosotros) nos conducen a una especie de alarido general repleto de saltos y abrazos, de mensajes de WhatsApp y de alguna que otra llamada telefónica. Hay que mirar al cielo de vez en cuando. Hay que mirar alrededor, también. La catástrofe ha sucedido en Estambul; y no, no todos los muertos son iguales; los de París, los de Niza, los de Madrid, Londres, Berlín o Nueva York parecen valer mucho más. Esta última frase me duele, pero no encuentro demasiados hologramas sobre el dolor en los muros de Facebook o en las trincheras de Twitter. Yo soy el Club Reina de Estambul como antes fui Bataclan. Yo soy todas las masacres.
 Pero eso no es verdad. O no lo es del todo. Huyo con la muchedumbre y no me distingo de ella un ápice. Huimos de la pesadilla del fuego cruzado y los daños colaterales. Nos persiguen, deslumbrantes y cegadoras, las transparencias del traje del año pasado de Pedroche, mucho mejor que el de este año. Nos persigue, también, el recuerdo del peligroso cántico de las seductoras sirenas que tentaron a Ulises o que aterrorizaron a Cristóbal Colón: esas monstruosas o terribles beldades ya no cantan o, si lo hacen, tanto da, porque no las oímos. La cera ha cuajado en nuestros tímpanos y se ha convertido en lava. La inercia se ha adueñado de nuestras vidas y no hacemos sino huir del remolino donde nacen todas las tormentas, donde fermenta el poso ácido del tiempo, donde bulle el lodo primordial del que provenimos y al que acabaremos regresando.
 El ciclo renovador dura un año. La tierra da la vuelta entera al sol y renace. El viaje circular y, a la vez, elíptico nos purifica, porque volver a empezar (cuando ya no somos los mismos que éramos) no deja de tener su gracia, su encanto, su deriva metafísica. Cada año se nos ofrece la oportunidad de reintentar llevar a buen puerto todo aquello que nos propusimos alguna vez y que, ante la falta de éxito, seguimos proponiéndonos como si fuéramos inasequibles al desaliento. Tal vez lo seamos y no haya nada mejor que fracasar una y mil veces para acabar sonriendo a solas: es decir, con los nuestros, con los más nuestros de entre los nuestros. Con la muchedumbre anónima que huye, atropelladamente, del terror y que no deja, pese a todo, tras el ritual de las campanadas, las uvas y las lentejuelas, de encomendarse (acaso ingenuamente) a un mundo mejor, más culto y libre donde no haya lugar para el fanatismo o la violencia. Año nuevo, tarea viejísima.


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viernes, diciembre 30

Balada de fin de año


La Telaraña en El Mundo.
  
 Al amanecer, todavía era de noche, pensé, seguro que parodiando a Monterroso, cuando caí en la cuenta de que esta iba a ser mi última columna del año 2016 porque ya despunta, clarea, alborea el año 2017 y no dejo de leer furiosas críticas y hasta notables reprimendas contra el año que nos deja (o, mejor aún, contra el año que dejamos atrás) con su racimo excesivo, siempre excesivo, de muertos famosos y no tan famosos, de mitos y casi leyendas o personajes de culto y también de gente común y corriente, muy común y muy corriente, gente anónima que no hizo sino seguir viviendo y padeció estrecheces injustificadas y difícilmente explicables, que atravesó fronteras como muros de acero, cristales rotos y espinas, que cayó en las peores zanjas y durmió en las calles ensangrentadas, que entregó sus penúltimos sueños a ese dios imposible que se nos aparece de vez en cuando, aunque sólo sea, por desgracia, para despedirse de nosotros.
 Se va el año, pues, igual que vino, con un rápido guiño del gran ojo turbio de la Historia y con un simple cambio contable, un único cambio de dígito en todas las agendas del universo. La contabilidad que nos importa, sin embargo, es la que tiene una escala mucho más humana, un resplandor efímero, una voluntad, tal vez, tan impostada como inagotable. Mañana, hoy mismo para el lector, cumplo sesenta años y empiezo a pensar, con Gil de Biedma, pero no sólo con él, que la verdad desagradable asoma, en efecto, y que envejecer, morir, es el único argumento de la obra. No me parece tan mala obra esa en la que permanece el escenario y los personajes entramos y salimos del foco de la escena sin otro guión que intentar representarnos lo mejor posible y hacer, finalmente, lo que hacemos. No más, pero tampoco menos.
 Hace tiempo que ya no hago balances cuando el año toca a su fin. Ni siquiera balances literarios o de listas de lecturas más o menos recomendables. El tiempo no se detiene y mirar atrás es sólo revivir la antigua maldición de la mujer de Lot, esa mujer que no tenía nombre en la Biblia y que sigue sin tenerlo a día de hoy. Los años se suceden, pues, igual que los libros que uno lee o escribe y también que el arte, que uno celebra u oficia, igual, en fin, que la cultura o la política oficiales bailando, ambas al unísono, entre el lodazal populista y la vieja cloaca erudita. Pasa lo mismo con nosotros, con nuestras risas y nuestros silencios, con nuestras ideas que ahora se encienden y luego se apagan como luciérnagas en mitad de la noche; y ese parpadeo es exactamente la vida. ¿Qué otra cosa podría ser?

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martes, diciembre 27

Señas de identidad


La Telaraña en El Mundo.
 
  No seremos más catalanes (pero tampoco menos) porque una castiza y abigarrada mayoría política, tal que MÉS, Podemos, PSIB y el PI, hayan decidido que lo seamos. Tal vez lo somos, en efecto. O tal vez no. Es posible que, a fuerza de que nos lo repitan, nos lo creamos. Pero también puede que, por lo mismo, acabemos por no entender ni una palabra de lo que nos cuentan. Yo me recuerdo observando desde las terrazas de un edificio, hoy estruendosamente tapiado, de las avenidas de Palma, los coros infinitos de la gente bailando sardanas los domingos de mi infancia y no sé si este hecho es una premonición definitiva o una desechable anécdota, otra más. Uno puede rebuscar su identidad donde le plazca, pero esa sombra que finalmente somos suele sernos muy esquiva y habitar, acaso, muy adentro de nosotros mismos.
 Por ello rebusco en mi árbol genealógico y me sale un frondoso sarpullido de ancestros con orígenes en Campanet y en el barrio palmesano de Santa Catalina. Me salen, también, un montón de conexiones perdidas, hace ya muchos años, con presuntos parientes de algún lugar incierto de Extremadura, de Larache (Tánger, Tetuán, tal vez del mismísimo jardín de las Hespérides), de algún islote, en fin, del siempre remoto Caribe. A todos ellos, mis queridos antepasados, los llevo siempre conmigo sin saber cómo ni por qué, pero ya me he acostumbrado tanto a su compañía que no me resultan ninguna carga. No se me quejan. No chirrían ni tampoco alborotan, cuando el mundo se nos planta tal cual es (o quiere ser, que no es lo mismo) y nos acaba pareciendo, el mundo, un decepcionante mal chiste o una ambulante estupidez sin ningún sentido, aunque parezca ir de enarbolar banderas y también banderines, pancartas y también pasquines. Estoy convencido de que, a mis antepasados, pese a ser de otras épocas y costumbres, les importa muy poco lo que, desde luego, a mí me importa nada. O menos que nada.
 Luego están los delirantes informes de los expertos de la comisión de la Diada representados, entre otros, por el inefable Cristòfol Soler, de la Asamblea Soberanista de Mallorca, o Maria Antònia Font, del sindicato STEI, nada menos. Pero ya lo dije. Uno puede buscar su identidad donde le plazca: hay paraísos artificiales, distopías y lodazales suficientes para todos. No hay que alarmarse, por lo tanto, si nuestra progresía fija sus señas de identidad (y las nuestras, ay) en el genocidio de la conquista, saqueo y posterior reparto de Madina Mayurqa antes que en el nacimiento histórico del Reino de Mallorca. Seguramente ignoran que manipular el pasado para construirse un futuro a medida es prostituir pasado y futuro; es convertir el frágil presente en una vergonzosa farsa.
 

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viernes, diciembre 23

La suerte y el azar


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hace tiempo que ya no pillo ningún trébol de cuatro hojas ni encuentro herraduras clavadas sobre las puertas cerradas a cal y canto de las casas. Será que la suerte anda de capa caída o que ya agotó su limitadísimo cupo. Será, tal vez, que nos cuesta abrirnos a lo desconocido y pensar más allá de las estrecheces de un discurso que suele empezar, al alba, con el escepticismo de costumbre para acabar relamiéndonos, quizá al anochecer, con la sensación de que las cosas no han salido, en fin, como quisiéramos. Habría que saber, desde luego, qué méritos nos adornan y a qué nos hemos hecho realmente acreedores, pero ese es un tema muy espinoso que, hoy en día, casi nadie se plantea. Por si acaso, supongo.
 Con todo, la suerte es desde siempre un bien muy extraño, escaso y, sobre todo, improbable, que sucede muy de vez en cuando y que nos hace sonreír y hasta frotarnos los ojos, porque no es fácil, en efecto, desafiar el abrumador peso en contra de las probabilidades matemáticas y salir indemnes, ilesos, triunfantes incluso. Es magnífico, embriagador, ver cómo se derrumban todas las previsiones racionales y se disipa la pesada bruma de la lógica, el seny que hemos heredado no importa de quién ni cuándo. Ni un 12 de septiembre ni un 31 de diciembre: esto último, seguro.
 Pero a lo que íbamos. Es revelador, quizá apocalíptico, cambiar la estrecha mirilla por la que nos hemos acostumbrado a olisquear la realidad y el cielo y la tierra por una mirada nueva (o muy vieja, anterior a tanto cataclismo histórico como llevamos escrito en la sangre), una mirada abierta a ese azar existencial y metafísico que nos ronda más allá de la usura de las omnipresentes casas de apuestas online, los absurdos boletos de la primitiva, la invariable monodia de los niños de San Ildefonso que, en este mismo instante en que escribo estas líneas, están repartiendo el único premio al que suelo, por inercia o masoquismo, jugar un año y también otro. Todavía no han cantado el gordo, pero lo cantarán.
 Acaso la suerte sólo sea un instante de lucidez que da sentido a toda una vida. Saber, por ejemplo, que hace unos años estuve en el mismo mercadillo navideño de Berlín donde la muerte atropelló a la vida hace sólo unos días. Saber, desde luego, que cada cosa que hacemos obedece a algún motivo oculto en el tiempo, a alguna creencia, más o menos olvidada, que late en nuestro interior pugnando por salir y manifestarse, por convertirnos, tal vez, en otros. Sé que eso es muy difícil, pero estamos en Navidad y ya que alguien va a morir, metafóricamente, por nosotros, alguien debería, igualmente, revivir por él. Por todos nosotros. Feliz Navidad.
 

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martes, diciembre 20

De selfi en selfi


La Telaraña en El Mundo.

  De repente llueve con intensidad y hasta ventea con fuerza. Acaba de amanecer, pero la luz aún no ha tomado posesión del mundo: no se sabe cuándo lo hará y hay quien dice que no lo hará nunca. No hay que hacer caso a los agoreros, ni antes ni ahora ni después. Mientras tanto, abro las ventanas y observo la silueta alargada y tendida de la calle Olmos, extrañamente vacía y mojada, muy brillante, oscura. El tímido resplandor de un rayo me turba un instante la mirada. Creo que andamos entre la alerta amarilla y la naranja e, inmerso en ese juego de colores, espero que muy pronto acabe saliendo el arcoíris entero por el horizonte. No sería mala cosa.
 Hago memoria y recuerdo los informativos de ayer y anteayer, el de hoy, seguro que el de mañana. El torrente Gros se ha inundado y un reportero se mete hasta las rodillas en el agua para poder contárnoslo con todo lujo de detalles. Así da gusto. En San Magín ha estallado una tubería y ha saltado la pesada tapa metálica de una alcantarilla. Los atribulados reporteros nos la muestran (o nos la mostrarán, en definitiva) con cierto aire a misión cumplida en sus rostros. Se ha caído un muro en la calle Camilo José Cela y, sobre sus ruinas, una intrépida reportera intenta contarnos el desastre y mantener el equilibrio. La miro y siento, a la vez, un no sé qué de curiosidad y lástima. Me temo que cuando tenga que informar sobre algo peor o más grave no habrá quién le arriende las ganancias.
 Parece, pues, que la información de la realidad necesita, cada vez más, ser contrastada con imágenes y contorsiones en riguroso y convincente directo. En efecto, habrá que hacerse, y no exagero, porque ya se está haciendo, un selfi lo más impactante posible con el cuerpo mismo del delito, con la víctima o el culpable, según proceda, y propagarlo luego, a la velocidad de la luz y el vértigo, a través del vomitorio de las redes sociales por los telediarios de todas las televisiones, públicas, privadas o locales, por los infinitos canales más o menos descerebrados de YouTube, por todas las tertulias habidas y por haber de Telegram o WhatsApp. La información al poder, qué caramba.
 Está claro que, aquí y ahora, debería adjuntarles una foto de mi mujer y yo mismo achicando, juntos, el agua que ha inundado, esta noche, la pequeña galería donde tendemos la ropa recién lavada. Lo haría con muchísimo gusto, pero este reportero (que, por supuesto, no lo es) está de la sociedad del cotilleo institucionalizado, inmisericorde y frívolo hasta donde no puedo contarles sin ser, irremediablemente, grosero y hasta obsceno. Y eso sí que no debo permitírmelo. Faltaría más.

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viernes, diciembre 16

La basura de todos


La Telaraña en El Mundo.
 
  La realidad no es sólo un montón de cosas que suceden o no; es también el discurso, el lenguaje en acción que ordena esos sucesos, meciéndolos entre el caos del absurdo y esa leve brizna refrescante que nos transportan, a veces, algunas palabras, las que están bien dichas o escritas, seguramente bien pensadas. No es nada fácil, pues, encontrar el equilibrio entre ese lenguaje y esa realidad que se nos escapan por entre las celosías de la razón convertida, finalmente, en un filtro donde se nos acumula, inmisericorde, la basura. La basura general y la propia, la basura de todos. Es por ello, que no podemos realizarle una autopsia completa a ese cadáver exquisito de la realidad global y nos vemos impelidos a analizar tan sólo sus fragmentos: las huellas y los excrementos, los signos y los símbolos. A veces no hay otra forma de entender lo ininteligible. Y ni así.
 No voy a sobresaltarme lo más mínimo, porque todo, absolutamente todo, parece estar permitido. La realidad se ha vuelto laxa, informe, casi que líquida y no creo que sea por el sudor o los escalofríos que se avecinan, sino por la falta social de discurso, de lenguaje válido que la sostenga. Nos quedan los gestos, claro. Así, los miembros de la CUP, por ejemplo, convierten su realidad (y la nuestra) en unas fotografías rotas y abrasadas en público y bajo palio. La autoridad en sus manos es la hoguera de una nueva inquisición: la España negra, ahora la de las redes sociales y el smartphone en llamas, otra vez revisitada.
  Pero no hay que olvidarlo. Los de la CUP son gente de orden, aunque aparenten lo contrario, porque no se está en un gobierno si no se aspira a un orden, siquiera sea a ese orden propio y mayúsculo, infantil e infernal, con que Babel edifica sus ruinas y acaba derruida. Es lo que pasa cuando no hay diálogo ni discurso y la gente de orden se empeña en ordenarnos de forma ininteligible. Ya lo dije. A veces no hay forma de entender lo ininteligible.
  Estoy hablando de la basura y decido no abandonar el tema. Salgo a la calle y constato que Palma está sucia. Que hay zonas donde no la recogen o lo hacen tarde y mal. Será por ello que la teniente de alcalde de Ecología, Agricultura y Bienestar Animal (y presidenta de Emaya), Neus Truyol, recién acaba de presentar su plan de limpieza para 2017. No debiera hacer falta aclararles a los ecosoberanistas de Més que, por desgracia, tampoco basta con el discurso para ordenar completamente la realidad. También hace falta la acción. Sobre todo, si se trata de limpiar de basura las calles. O la vida misma.

 

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martes, diciembre 13

Juego de Tronos


La Telaraña en El Mundo.

 Este pasado puente de diciembre tenía pensado, entre los destinos más o menos exóticos que se me ocurren cada año, llegarme hasta las ruinas históricas (y ahora también sociales) de Atenas, pero no pudo ser. Las insalvables dificultades para encontrar vuelos directos o con horarios decentes me obligó a rescatar del olvido la dura prueba de los viajes en manada. Dicho y hecho, unos doscientos mallorquines (algunos, como yo, sin haber visto en la vida ni un capítulo de Juego de Tronos) desembarcamos estos días, sorprendentemente cálidos y apacibles, en algunas de las naciones más jóvenes de Europa y, a la vez, en algunas de las culturas más antiguas sobre la faz de la tierra: Croacia, Montenegro y Bosnia-Herzegovina. Dubrovnik, Kotor, Budva y Mostar.
 No sé, ahora, si sólo viajamos en el espacio o si también lo hacemos en el tiempo. Cierro los ojos y dejo que me invada la feliz fatiga de las horas subiendo y bajando por entre las torres y las guaridas escarpadas de los centinelas imaginarios, a un único paso del abismo violentamente azul y negro del mar, allá abajo, y del vértigo que, desde siempre, padezco. Quizá las murallas de Dubrovnik, además de encerrar la orgullosa historia de la República de Ragusa, sean el mejor mirador sobre el mar Mediterráneo (el Adriático, de hecho) que el tiempo, las guerras y los terremotos, que la destrucción o el amor y el odio, en todas sus facetas, han acabado respetando. Qué inmensa suerte.
 Alrededor de la belleza, sin embargo, crece aquí, como en todas partes, la especulación inmobiliaria (al parecer, de la mafia rusa) más galopante, el descontrol y la ineptitud oficiales más inverosímiles, la corrupción que convierte las laderas de las montañas en edificios que se vuelcan sobre el mar como sobre sí mismos. Mientras tanto, los autobuses avanzan dificultosamente por carreteras constreñidas, atraviesan túneles lóbregos, buscan una sombra donde aparcar por entre los solares arrasados y los rascacielos de nuevo cuño, ruinas ya inhabitables a los pocos meses de haber nacido.
 El pasado y el futuro (temibles, tal vez terroríficos) me sobrevuelan en este instante de calma, instalado en casa y con las maletas aún por deshacer. Repaso el álbum fotográfico y reparo en la frase de Tito sobre una de las puertas del casco medieval de Kotor. «Tude necemo, svoje nedamo», es decir, «Lo de ellos no lo queremos y lo nuestro no lo damos». Será por eso, tal vez, que en los hermosísimos reinos de taifas que he visitado estos días todos hablan dialectos similares de una única lengua común, pero dicen hablar, orgullosísimos, la suya propia y no las de los demás. Por lo visto, en todas partes cuecen habas. Las mismas habas.

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viernes, diciembre 9

Caballo del malo


La Telaraña en El Mundo.

Es posible que esa parejita joven y, tal vez, inocente, que se aleja del mundo, durante el fin de semana, para hacer el amor entre nubes de marihuana, salga indemne. Es posible, pero no seguro. Dependerá de ellos mismos, de si tienen o no más problemas que los propios de la curiosidad o más embargos que el asombro inicial por todo aquello que se desconoce, pero que se va aprendiendo, cómo no; todo se aprende: poco a poco o a trompazos. El problema viene luego, cuando el amor se enfría y las dosis aumentan y las hojas de marihuana se convierten en papelinas de ácido lisérgico, en cocaína, en pastillas de no sé sabe qué éxtasis o, finalmente, en heroína. La muerte fulminante sustituye a la vida a plazos mientras en el tocadiscos resuena al galope, Heroine, aquella vieja canción de la Velvet Underground, con el cadáver magnífico de Lou Reed al frente.

Hasta aquí la literatura, que es algo así como dar vueltas y más vueltas a las cosas para verlas desde todos los ángulos posibles, para verlas mejor, en definitiva, como le vino a decir el lobo feroz de la fábula a Caperucita Roja. Vivimos en ese bosque que Caperucita atraviesa a diario para ir a ver a su abuela y es seguro que alguien nos va a intentar devorar más temprano que tarde. Ojo avizor, por lo tanto.

Las estadísticas no suelen agotar la realidad, pero sí que ayudan a identificar y prevenir los problemas, nuevos o viejos, que no dejan de aparecer o regenerarse. Así, cuando ya creíamos que no quedaban heroinómanos, porque la muerte hizo tabla rasa en las décadas de los ochenta y noventa, resulta que es lo contrario. La heroína sigue cabalgando, ruidosa y febrilmente, entre nosotros. Por ejemplo, las incautaciones policiales de esa droga, en Baleares, han crecido un 366% en los últimos cuatro años y en Projecte Home (una institución que, si no hace milagros, es porque los milagros no existen) no dejan de recibir y atender a nuevas personas enganchadas a la heroína. A ese caballo peor que del malo.

Es posible que la parejita joven y, tal vez, inocente con la que empezaba estas líneas ya no sea tan joven ni tan inocente. Es posible que haya superado la fase más o menos introspectiva y sicodélica de los años sesenta (los setenta, en España) sin caer en la drogadicción generalizada y banal de las décadas posteriores hasta la actualidad. Es posible que cuando vean un joven delgado y fibroso, con la mirada vidriosa y perdida, se acuerden de aquellos amigos que se les quedaron en las cunetas donde una aguja parece prometerte la felicidad y no hace otra cosa que arrancarte el alma. Desahuciarte de ti mismo.

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martes, diciembre 6

Las estadísticas del catalán


La Telaraña en El Mundo.

 Habría mucho que hablar, supongo, sobre las estadísticas y su trémula razón de ser. Sucede, en fin, que la realidad, mientras hace como si jugara con nosotros, nos acaba desbordando. Escapa a nuestra comprensión, dejándonos a dos velas en cuanto nos despistamos, nos confiamos o nos dejamos llevar por la inercia, por cualquier tipo de inercia. Pasa muy a menudo que hacemos eso. Es entonces que la bruma que nos rodea se espesa, como un manto de plomo, y no hay forma humana de respirar ese aire que casi ya es sólido y letal y nada. No es de extrañar, pues, que nos venga de perlas contar con algunas cifras escogidas, con algunos tantos por ciento selectos (y también selectivos) para ir, de alguna manera, acotando espacios y conocimientos, para ir situándonos como si, en definitiva, estuviéramos descifrando lo que, de hecho, nunca llegaremos a descifrar del todo. Ni maldita la falta que nos hace.
 Resulta que el IX Informe sobre la situación de la lengua catalana (2015) refleja que el uso de la lengua autóctona de Baleares ha menguado, qué horror, entre los años 2004 y 2014. Es decir, que tras una década de absoluta inmersión lingüística, de férrea dictadura oficial y oficiosa del catalán por sobre todas las otras lenguas del orbe ha disminuido el porcentaje de los habitantes de las islas que lo usan de forma voluntaria y natural: del 45% a sólo el 36,8%. Es para sentirse muy frustrados. O quizá no.
 Para empezar, el informe lo firman el Institut d'Estudis Catalans (IEC), Omnium Cultural y la Plataforma per la Llengua. ¿Podemos confiar en ellos? La verdad es que no lo sé, pero si yo quisiera, como llevan lustros haciendo ellos, seguir viviendo del enorme potencial dilapidador del erario nacionalista y disfrutar, sin límites ni cortapisas, del riego torrencial, impactante y selectivo de las subvenciones económicas no encontraría mejor manera que abonar, cuidadosa y febrilmente, el terreno de abrojos y espinas. De dificultades y entuertos más o menos irresolubles. ¡Siempre hace falta más dinero para que broten muchos más catalanes y catalanas de lengua única, gloriosa y hasta imperial! O así.
 Hace años, un viejo y «malsofrit» amigo escritor mallorquín me confesó que sentía que la lengua catalana era su patria. Tengo testigos, aunque no sé si testificarían. Recuerdo que le miré con toda mi simpatía, pero también con el asombro desencantado del que sabe que no tiene patria alguna, del que usa su renqueante lengua española para ir avanzando a tientas en esa inhóspita, titánica labor que es ir desbrozando el mundo de tópicos y lugares comunes, de patrias, por muy lingüísticas y litúrgicas que sean, al servicio de no se sabe nunca qué enmascarados o poderosísimos señores.





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viernes, diciembre 2

Palma (de Mallorca)

La Telaraña en El Mundo.

 Cada mañana, mientras desayuno, ojeo este mismo diario. He escrito ojeo y no hojeo, porque en la plataforma digital Orbyt el papel brilla por su ausencia y no hay otra forma de pasarle las páginas virtuales al periódico que a golpe figurado de mouse. La cuestión es que, al abrir la aplicación, siempre me quedo unos segundos meditando si me apetece leer la edición que el programa me propone por defecto, que es la de Madrid, o si prefiero, por ejemplo, las de Barcelona, Valencia o, quizá, Ibiza. ¿Por qué no las de Soria, Burgos, Sevilla o Alicante? ¿País Vasco?
 Al final, me decanto por la edición de Mallorca, claro, porque el programa imita a la realidad (igual que la prensa, por otra parte) y España es sólo un montón de islas que se convierten en archipiélago las unas gracias a las otras y todas juntas y revueltas, todas a la vez, parecen, al fin, algo definido en un mapa que es más una declaración de intenciones, una proyección burocrática, que un mapa real, un plano auténtico de algún tesoro de valor incalculable, tal vez la España de arrugas profundas como alforjas repletas de heridas incurables, que no dejamos de buscar, aunque nos importe un carajo que, muy posiblemente, ya no exista.
 Hay muchísimas cosas que ya no existen, pero que hacemos como si existieran, porque nos va mucho en la impostura irracional de esa búsqueda, en ese acto mágico de fe (o de ficción maravillosamente bien urdida) que no podemos, de ninguna de las maneras, disimular. En efecto, por mucho que nuestro discurso de cada día parezca buscar la fragmentación y nutrirse, puntual, pero constantemente, del desorden general en que nos movemos, lo que nos atrae de veras es la pulsión invencible de lo atávico. Esa perversión, entre nostálgica y desencantada, del mito del eterno retorno que nos lleva a creer que alguna vez, en algún lugar, fuimos ya quienes realmente somos. Cuánto nos gustaría volver, siquiera fugazmente, a serlo.
 Luego salgo a las calles y calle Olmos arriba o abajo me pierdo entre los vecinos, los turistas y los mendigos, con sus dientes de charol, sin reconocer a casi nadie mientras la ciudad me muestra (o tan sólo me insinúa) su nombre actual entre las luces de las marquesinas donde se acaba anunciando todo aquello que se vende. Palma o Palma de Mallorca, según gobiernen unos o gobiernen otros. PMI leo, sin embargo, en los buscadores de vuelos, que es el único lugar en que Palma (de Mallorca) es un lugar de partida o de destino, uno de esos lugares paradisíacos o infernales en los que sólo se pueden hacer cosas tan importantes como nacer o morirse. Nada menos.

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martes, noviembre 29

Entre Llull y Castro


La Telaraña en El Mundo.

 Observo, en las fotos, a Francina Armengol rodeada de obispos, cardenales, prelados y hasta monaguillos. Su chaquetón de nutria (o de lo que sea) refulge, mientras las cenizas medievales de Ramon Llull abandonan la Catedral y regresan a su nicho en la basílica de San Francisco. Se nos termina, pues, el año Llull (con más sombras que luces, por cierto) con el mismo paso marcial y fúnebre con que nos vamos despidiendo, poco a poco, de las penúltimas reliquias del sangriento siglo XX. En efecto. Un carnicero menos, Fidel Castro, se ha ido al otro barrio dejándonos el humo letal de sus espléndidos habanos y el sepulcral silencio que sus discursos de horas sembraban a su alrededor y adentro, muy adentro. Con todo, la música sigue sonando infatigablemente y dicen, los que saben, que nunca dejará de hacerlo. Es cierto, en algunos lugares hay que bailar a todas horas para poder sobrevivir.
 Pero las mayestáticas puertas de la Seo son un magnífico lugar para posar y para que los turistas y curiosos perseveremos. Junto a Francina Armengol están Miquel Ensenyat (con una corbata que, de tan discreta, no parece suya) y la flamante delegada del gobierno, María Salom. La verdad es que este trío de autoridades luce desangelado y discorde, quizá deslavazado, como si se sintieran meras comparsas, escoltas obligados y circunstanciales de la Reina Sofía, que ella sí que sabe de Llull (y seguro que también de Castro) lo que no está en los escritos. ¿Para qué sirven los gobiernos locales si ni siquiera alcanzan para presidir, realmente, estas pachangas?
 La pregunta tiene, por supuesto, muchas respuestas, pero ninguna nos entusiasma. Es posible concluir que el Govern y el Consell están para distraernos con su locuaz discurso de proximidad y empatía, para repartir abrazos hasta a las farolas y extender certificados lingüísticos, de paisanaje a la fuerza o de nacionalidad ensimismada. Están para monopolizar las quejas y eternizar el discurso social contra la prepotencia histórica del centro. Para repartir, en fin, el poco dinero que Madrid no nos roba mediante subvenciones que inmiscuyan lo público en lo privado y conviertan, en la medida de lo posible, lo anecdótico en lo esencial. Convertir. Pervertir. Intentarlo al menos. Subvencionar, por ejemplo, con unos 200.000 euros, según la convocatoria firmada por la consellera de Transparencia, Ruth Mateu, las fotocopias, el papel, la tinta de impresora, los bolígrafos y hasta los billetes de tren, autobús o metro necesarios para que la gente pueda aprender a hablar y a escribir catalán de balde. Noble y difícil tarea, es cierto. Yo llevo toda la vida esforzándome con el castellano y aún me temo que me faltan algunas lecciones. Es muy posible que no las aprenda nunca.

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viernes, noviembre 25

Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

 El mundo es una reunión de bazares (es decir, páginas webs, blogs) más o menos infectos, un zoco enloquecido de esquinas muertas donde se entremezclan y camuflan, indistinguibles, la oferta y la demanda, la necesidad y el deseo, donde campan a sus anchas el consumismo y también la usura, el despilfarro de unos y otros, el ir acumulando cadáveres exquisitos, metralla y cachivaches como si el síndrome de Diógenes no se decidiera a abandonarnos nunca y la lista de la compra fuera tan sólo un eufemismo.
 Hay que comprar, en efecto, todo lo que veamos que aún está en venta, porque se avecinan tiempos de escasez y penuria y no siempre dispondremos de unos pocos euros con que apostar a cualquier número antes de que salga, una vez y otra y siempre, el maldito cero y la banca decida que no va más, porque ya fue todo, aunque aún nos quede, en la casa sin hipotecar de nuestros sueños, algún que otro rincón vacío que rellenar con cualquier cosa, la que sea: la fantasía de ser, exactamente, lo que poseemos, la cíclica y vertiginosa pesadilla de estar a punto de perderlo todo, el convencimiento de que, pese a nuestros esfuerzos, nunca tendremos suficiente, la terrible sospecha de que nos iremos con las manos vacías. Cómo no.
 Pero hoy es Black Friday, como el lunes será Cyber Monday. Es obvio que tanto anglicismo nos hace mejores y más atractivos, nos moderniza, nos sumerge en el mito de la globalización (que no sé si existe o si feneció tras un mal sueño de refugiados huyendo de un lugar a otro sin más fronteras que los peajes de la guerra o las aduanas del miedo) con el que empezamos a familiarizarnos, qué remedio, con las rarezas de ese trueque ubicuo, de ese mercado ancestral que es la vida, su ávido instinto depredador al persuadirnos de que necesitamos, realmente, todo aquello que nos venden, que nos vendemos; que casi nos regalamos con ofertas irrechazables y la facilidad crediticia de pagar en cómodas mensualidades durante años, lustros, décadas.
 Así la vida entera se convierte en algo ordenado, responsable y marcial, en algo con cierto sentido entre tanto caos populista y tanta chusma insolvente, mientras la caja registradora va tomando nota, silenciosamente, de nuestros pagos puntuales y todo va bien, va perfectamente bien y toda suerte de vida va decantándose con armonía, prosperidad y no sé cuántas otras bendiciones. No obstante, si, por algún motivo que no podemos imaginar, dejamos de ingresar nuestras cuotas mensuales la caja registradora chirriará y puede que se acabe convirtiendo en una monstruosa y aullante sirena (en griego antiguo, Σειρήν Seirến, ‘encadenado’, relacionado con el sánscrito Kimera, ‘quimera’) con un terrorífico coche policial adjunto. O así.

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martes, noviembre 22

Turismo sostenible


La Telaraña en El Mundo.

 La precaución o el miedo. Pero ni que me inviten me voy de vacaciones a Egipto, Turquía o Túnez. Esta frase, seguramente injusta, explica el éxito actual de Mallorca como destino turístico. Este verano nos han llovido torrencialmente turistas, porque nuestros competidores regionales llevan años asolados por el terrorismo internacional; y hay poco que disfrutar donde subyace la sombra del terror, donde retumban, recién caídos, insostenibles, los cascotes de la incertidumbre social, política o religiosa. Un todo en uno maldito, que se acaba disolviendo en nada.
 Pero para todo inventan códigos y definiciones. El IPH, por ejemplo. Se trata del Índice de Presión Humana que, en Baleares, resultó superar los dos millones de personas un día cualquiera del pasado mes de agosto. La verdad es que tanta gente sobre nuestras exquisitas jorobas asusta y no nos extraña, por lo tanto, que las lumbreras del Pacte que nos gobierna (tan dadas, ideológicamente, a lo edénico y pastoril) edificaran, a partir de ahí, toda una teoría conspirativa de la saturación turística, que no hace sino convencernos de lo ridículo que es acotar la realidad con parámetros, tan artificiales, como poco ilustrados. Lo insostenible no es ese IPH estratosférico, sino la pobreza, la corrupción y la estupidez más o menos promocionadas.
 Lo insostenible es que nuestros ineptos con mando en Cort no se dignen a sacar las luces, los belenes y toda la mercadotecnia navideña antes de tiempo para que los turistas puedan sumar ese aliciente (tan publicitado en urbes como Berlín, Viena o Budapest) a sus visitas a la Catedral, los baños árabes o el Castillo de Bellver, que viene a ser como el Castillo de Praga, pero sin puentes de espías que cruzar bajo la niebla, sin Kafka, pero con Jovellanos. ¿No es lo mismo? Bueno, nunca nada es lo mismo, aunque en cualquier sitio nos asalte la vena cultural, la referencia artística, ese temblor que sólo tiene una lengua, que no es esta ni aquella, sino la lengua propia de cada uno. En efecto, no hablan las piedras, sino nosotros por ellas, a través de sus poros, sus arrugas, sus grietas.
 Repaso las optimistas previsiones de Sebastian Ebel sobre el turismo alemán en las islas y me alegro. Es bueno tener una fuente segura de ingresos, aunque sea algo ruidosa y sucia; pero los turistas, incluso los peores, no dejan de ser humanos, no dejan de parecérsenos una barbaridad, aunque nos esforcemos en fingir que no es así. La inigualable hipocresía isleña consiste en parecer muy reservados y ser, en cambio, muy cotillas; en creernos, por supuesto, mucho mejores que quienes, con su visita, no dejan de sostener, afortunada carambola o milagro, nuestra precaria economía. Eso sí que es sostenibilidad.




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viernes, noviembre 18

Las candilejas


La Telaraña en El Mundo.


 De repente, a Google, Facebook, Twitter y a algunos medios digitales, como el New York Times, entre otros de similar envergadura, les ha dado, al fin, por preocuparse de las verdades o mentiras que circulan, casi que de forma indistinguible, por las guías ilustradas de sus infinitas autopistas virtuales, por la proliferación de las teorías conspirativas, los linchamientos mediáticos y las vergonzosas infamias que pueblan el sistema circulatorio (y también nutricio) de sus colmenas líquidas de información y propaganda, de adulteraciones, patrañas, tergiversaciones y bulos sin más proporción ni diseño demostrable que el furor económico de los anunciantes y la insaciable curiosidad suicida, asombrosamente ingenua, de los incautos navegantes. Nosotros mismos. Pero no nos extraña, en absoluto, esta situación límite; la red imita a la vida, cuando no puede sustituirla. Lo intenta muy a menudo.

Es por ello, tal vez, que en las redes sociales no hacemos otra cosa que abrir, aunque sea a base de clics y emoticones, ventanas y más ventanas sin que, por desgracia, mejoren un ápice nuestras indignadas o beatíficas vistas al mundo exterior. En Facebook, por ejemplo, sólo podemos admirar el limitadísimo paisaje de nuestras propias amistades. En Twitter, el de las personas, empresas o troles que decidimos, al parecer de forma voluntaria, seguir. En Google, tres cuartos de lo mismo; su peculiar algoritmo para exploradores de salón (y parche en el ojo) no hace otra cosa que devolvernos la realidad mutilada, hecha trizas, simplificada, por nuestros propios gustos y nuestras explícitas preferencias confesas. ¡Y todo porque en su momento aceptamos, sin ni siquiera ruborizarnos, las magníficas, irrechazables, condiciones del servicio, esa letra menuda, retorcida y sumarial que nunca nos rebajamos a leer!

Así las cosas, es obvio que el mundo que vemos (o creemos ver) a través de Google o las diversas redes y medios sociales, ese mundo tan concreto y, a la vez, difuso, sobre el que nunca dejamos de verter las más audaces críticas y opiniones, ese mundo que, sin duda, querríamos que fuese mejor y, sobre todo, mucho más justo, ese mundo del que, incluso, renegamos cuando nos vienen peor que mal dadas, ese mundo que acabamos convirtiendo en terrible objeto de culto, ese mundo que vemos (o creemos ver), en definitiva, nos dice muchísimo más acerca de nosotros y nuestra limitada forma de vida que de sí mismo, de su composición más o menos flamígera, su espíritu más o menos abstracto o conceptual, su indescifrable, contagiosa, razón de ser. Es lo que tiene, en fin, no poder superar algunas contradicciones dialécticas, acaso insuperables, y ser, al mismo tiempo, espectadores y parte destacada, decisiva, del mórbido espectáculo. Nos pueden, quizá nos vencen, casi siempre nos obnubilan, las candilejas.

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martes, noviembre 15

Los muertos ilustres


La Telaraña en El Mundo.

 Me desagradan las necrológicas. Pasa, sin embargo, que hablar de algunos vivos resulta, a veces, poco menos que insoportable. Enciendo la televisión y me tropiezo con varias tertulias agitadísimas en las que los egregios tertulianos habituales parecen querer hablar de Donald Trump, pero sólo alcanzan a hablar, en realidad, de sus propias obsesiones y paranoias, de sus frustraciones personales o sociales, de su mundo convertido, finalmente, en una caricatura ideológica donde el flequillo imposible del nuevo presidente electo americano resulta ser la ola perfecta para tanto surf hacia no se sabe qué arrecifes fatales. No, hoy no voy a hablar de Trump, ni de sus semejantes en las islas: Jarabo, Huertas, Seijas, Bachiller y las guerras domésticas de Podemos con el telón de los presupuestos de IB3 o de la Facultad de Medicina al fondo. Mejor preservarse de tanta mediocre vulgaridad. Mejor hablar de algunos muertos ilustres.

 La noticia, el pasado viernes, del fallecimiento de Leonard Cohen me dejó dolido. «Más que oscuro, negro... Bowie, Cohen. Año Terminal», escribí en mi muro de Facebook mientras hacía trizas las colas interminables de la muerte y dejaba que David Bowie y Leonard Cohen simbolizaran, por sí mismos, esa otra multitud que somos, esa negra lista de espera que habitamos, ese rosario infernal y, a la vez, glorioso de recuerdos, más o menos impostados, a los que rendimos pleitesía convirtiéndolos en pasos lentos y solemnes de una comitiva fúnebre que avanza, se detiene o retrocede, que danza, religiosamente ebria, a la luz indecisa de las velas y exhibe nuestros cuerpos magullados, repletos de llagas cubiertas de sal, sudor y calima crepitantes, bajo la mirada púrpura y cecuciente del tiempo, acaso detenido, ensimismado o ausente, pero que, sin embargo, late y hasta, quizá, palpita; y es así que envejecemos. Pura lujuria. Envejecemos.

 Muere gente, sin embargo, que no conocemos: Leon Russell, ayer mismo, y no pasa nada. Alguien publica un suelto con su obituario y si, por azar, lo leemos echamos la vista atrás y nos acabamos encogiendo de hombros. Imposible recordarlo todo. La vida sigue, nos decimos; y, en efecto, la vida sigue, tanto si decimos algo como si no lo decimos. Leonard Cohen (al que, de hecho, tampoco conocemos) llevaba rondándonos desde el principio de los tiempos con su asombrosa dicción grave, sus seis acordes de siempre y sus libros, no siempre bien leídos ni traducidos, con su imagen sobria, aseada y elegante, con su discurso forjado a base de hermosísimas y repetidas metáforas, a base de fracasos repletos de ternura y de ironía: el imprescindible bagaje de los amores imposibles. Quizá la vida sea una sucesión de amores imposibles y nuestra única obligación sea sobrevivirles. Un ratito, al menos.

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viernes, noviembre 11

El cajón de sastre


La Telaraña en El Mundo.
 
 De vez en cuando sucede algo inesperado, sorprendente, quizá inaudito, y nos acordamos, entonces, de la vieja teoría de las catástrofes o de la acomodaticia Ley de Murphy. Es evidente que cualquier simplificación nos vale, porque la verdad es que no somos capaces de aprehenderlo todo, en absoluto: el mundo parece concitar y poner en juego demasiadas variables y no menos incógnitas ante las que nuestro entendimiento tan sólo es capaz de proveernos, y no siempre, de frases más o menos ingeniosas y volátiles, de tuits con mayor o menor retranca, de exabruptos, en fin, con los que disimilar la impotencia y levantar y distraer, si ello fuera posible, el ánimo maltrecho, el malhumor, la preocupación, el estupor íntimo de no entender casi nada. Igual es que no hay mucho que entender.
 Debe ser cierto, convenimos, que Dios, la historia, la humanidad entera, el tiempo, el espacio y todas las dimensiones que pueda haber entre nosotros, nosotros mismos, todos a la vez y todos, también, por separado, cumplimos, cumplen, con la misión cósmica de escribir recto con renglones absoluta y exageradamente torcidos. Desde luego, el jeroglífico final es fascinante y nos permite estrujarnos el cerebro y asistir a la extraordinaria ceremonia de la confusión que es la vida de cada día, el éxodo, al parecer definitivo, de la inteligencia hacia no se sabe dónde.
 Para celebrar la victoria (que no deseaba, como dejé escrito el pasado martes) de Donald Trump me obsequié con un viaje, para el mes de diciembre, a Dubrovnik y con un chocolate caliente en la Gelateria Ca'n Miquel. No es Ca'n Joan De S'Aigo, en efecto, pero el chocolate está espléndido y a mí no me gusta ni me compensa, tampoco, hacer cola como si fuera la hora maldita del rancho y las sirenas aullasen enloquecidas y hubiera que racionar la inteligencia, la curiosidad o el deseo. Hay un tiempo para todo y, más aún, un tiempo para uno mismo. Nunca aconsejaría a nadie que se racionara de sí mismo.
 Sobre Trump o Hillary tengo muy poco que decir. El populismo es como es y la gente se agarra a cualquier cosa cuando no tiene nada mejor a lo que agarrarse. Ya en 2007, Paul Krugman, que fue Nobel de Economía, sostuvo que Estados Unidos precisaba un «contragolpe populista» para contrarrestar el aumento de la desigualdad social. En ese cajón de sastre anduvieron Chávez o Alexis Tsipras, pero también Juan Domingo Perón o Berlusconi. Por ahí siguen Marine Le Pen, en Francia, o Pablo Iglesias y sus aliados más o menos nacionalistas, aquí en España, esperando el turno y la vez, la voz ronca y tullida en la cola infernal y tortuosa, larguísima, de los descerebrados.
 

 

 

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martes, noviembre 8

El que bosteza


La Telaraña en El Mundo.
 
 Leo a Henry Miller como a Walt Whitman y a Allen Ginsberg como a T. S. Eliot. A Herman Melville o William Faulkner como a Philip Roth o Bob Dylan. Suenan la armónica, el piano y el banjo mientras las bailarinas incendian el salón con sus piernas larguísimas y sus enaguas de fuego. La gente juega a las cartas mientras alguien está a punto de desenfundar un viejo revolver con más muescas en la culata que balas en la recámara. Cojo un libro y resulta ser una Biblia. Los EEUU abren sus enormes fauces y nos devoran con una cultura que mezcla modernidad y tradición, orgullo indígena y mimetismo paneuropeo sin apenas inmutarse. Ellos sí que son un continente, una excesiva y auténtica nación de naciones, un estropicio orgánico de banderas que pugnan, tan sólo, por ser una estrella más en el cielo estrellado de sus cincuenta estrellas blancas. Esa refulgente resignación no nos vendría nada mal.
 Pero ya hace tiempo que la tribu dejó de buscar el oro y la libertad hacia el oeste. Ya hace tiempo que se asentó sobre su propia decadencia dejando palidecer esa extraña flor que se abre cuando se cierra y que se acaba convirtiendo, literalmente, en un afilado pensamiento, con su resplandor corrosivo y visionario: el hechizo indecible de sus pétalos negros y azules. Es cierto, no existiría el pensamiento sin esos pétalos incendiarios, sin ese sí, pero no, que nos deja tiritando al filo de la verdad o la mentira, de la vertiginosa eclosión gramatical o de la revelación mística, catártica, relativamente absoluta. Tras esa catástrofe de los sentidos o tras ese salto de percepción cualitativo, que nos abstendremos de describir más a fondo, por pudor, pero también por falta de palabras, ya no sentimos dolor ni tampoco frustración, pero no nos conformamos. En absoluto. ¿Por qué habríamos de hacerlo si seguimos sintiendo náuseas?
 Hoy les toca, en fin, a los norteamericanos, a los descendientes de Hernán Cortés o Cabeza de Vaca y del apache Guyathlay (Jerónimo; traducido: el que bosteza) decidir entre Donald Trump o Hillary Clinton y uno se asombra de que ambos estén donde están. ¿Qué extraña perversión de valores puede haber propiciado sus respectivas ascensiones? No voy a discernir entre la peligrosa demagogia populista del primero y la vacuidad y torpeza política de la segunda. No voy a ensalzar la mentira del hombre hecho a sí mismo ni a glosar a la mujer diseñada para ser la primera presidenta de los EEUU. Ni él ni ella me importan un bledo. En unas elecciones de este tipo lo único importante es que no salga elegido el candidato al que apoyan las bestias pardas, racistas, del Ku Klux Klan o del Movimiento Nacional Socialista. Con eso basta.

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viernes, noviembre 4

Los videojuegos


La Telaraña en El Mundo.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. En su lugar pude disfrutar, al menos, de los primeros scalextric o de los pinballs de juguete y cristal o plástico, que tenían luces que centelleaban y hasta paletas o flippers y bolas de metal que, a la postre, hacían bastante ruido. Hacer ruido, por supuesto, ha sido siempre sinónimo de diversión, de juerga, quizá incluso de exhibición lúdica: hace ruido la gente cuando se alborota en cualquier lugar y se pone, por ejemplo, a bailar el swing junto a la Cartuja de Valldemosa, donde estuve hace tan sólo unos pocos días y me acabó maravillando el enorme partido que le han sabido sacar al ridículo mes y pico que anduvo, invernal, aterido y seguro que taciturno, por ahí Chopin, según dicen, en su celda número 4 o así. Qué poco me gustan, ay, las muchedumbres.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. Por eso tuve que disfrutarlos mucho más tarde, cuando mi hijo tenía la edad adecuada y la NES de ocho bits, primero, y la SuperNES de dieciséis bits, después, fueron invadiendo la casa con su estropicio creciente, su magnífico desorden infantil, sus cartuchos de quita y pon y su mezcla taurina de reunión familiar y de competición sin cuartel. En efecto, cuando un padre y un hijo toman, cada uno, su propio mando de juego es cuando comienza, de hecho, la aventura de la vida, su simulación, al menos; y todos los reflejos que ya le empiezan a faltar al padre son los que va puliendo y perfeccionando el hijo. La verdad es que hace lustros que ya no juego a nada contra mi hijo, porque no me divierte que me gane siempre y que, encima, deba complacerme que así sea. Las leyes naturales no están para ser cumplidas: se cumplen solas.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. Supongo que es por eso que, ahora que ya soy mayorcito, me he comprado una buena tarjeta gráfica y he convertido mi PC en la mejor de las consolas. He investigado las novísimas tendencias del mercado y me he hecho con algunos de los juegos que están más de moda. Tienen títulos como Battlefield, Crysis, Forza Horizon o Counter-Strike y la mayoría forman parte de sagas interminables. He estado practicando un poco y la verdad es que no se me dan nada mal. Normalmente pongo en marcha el juego y, al rato, abro el Word y me quedo mirando el extraño y flamígero resplandor de la página en blanco, mientras por los altavoces del PC braman, como mamelucos ebrios y enloquecidos, los iracundos contendientes de una guerra virtual que acabaré ganando. Estoy seguro, aunque aún no sé cómo.

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martes, noviembre 1

La muerte


La Telaraña en El Mundo.

 Escribo estas líneas en pleno puente personal, intransferible, de Todos los Santos. Estos puentes ingrávidos y telúricos, pero también artificiales, son lugares de paso donde el tiempo se dilata y hasta se eterniza, lugares alargados (y aletargados) donde seguimos yendo, como no podría ser de otra forma, de un lugar a otro; pero la niebla cae tan a peso que nos rodea y penetra, que nos ciega y sepulta. Ya no sabemos, pues, a dónde vamos. Ya no sabemos, tampoco, de dónde venimos. Estamos en mitad de la niebla, perdidos en algún lugar cualquiera entre el vagido y el estertor, pero nada ni nadie puede, a fin de cuentas, detenernos: seguimos al trote o, quizá, al galope, corremos cuesta abajo o ascendemos, trabajosa y arduamente, por una retorcida e inacabable escalera de caracol, que nos agota igual que nos fortalece, porque tras cada revuelta sufrimos la misteriosa alucinación de alguna verdad insospechada, algún asidero redentor, algún descansillo metafórico donde frenar el ímpetu y ralentizar el pulso y dejar, en fin, que el pensamiento vaya separando el trigo de la cizaña y, si hay mucha suerte, hasta el ruido del silencio.

 Repaso lo escrito y confirmo que hay reflexiones que sólo pueden producirse desde el hastío infinito y la voluntad renqueante, desde la náusea invencible, desde la certeza intermitente de que lo mejor, si uno quiere sobrevivir sin perder la dignidad, es acabar haciendo mutis por el foro. Definitiva, clamorosamente. Demasiada chusma, demasiado rufián ahí afuera o ahí dentro, en el Congreso, en las calles, en las tertulias, en la cursilería intolerable e infumable de las redes sociales y en el ambiente que se masca, trágicamente, como si fuera un chicle reseco entre los afilados colmillos del lobo que el hombre suele acabar siendo para el hombre. Y para sí mismo.

 Miro alrededor y hay flores y ataúdes y nubes de algodón y ristras de dulces, hay sangre de verdad y también de mentira, hay un resplandor antiguo y una sábana o una mortaja, mientras los niños y los frikis prepararan sus disfraces de Halloween (o de Holywins, porque hay gente para todo) y los adultos corren a comprar sus efímeras coronas de flores para celebrar la vida, una vez más, el solemne día de la muerte; de la muerte que no existe, salvo porque los otros se van y nos dejan solos y en sus cenizas (que ahora parecen desagradar a la Iglesia, vaya novedad) está escrito el pasado, pero también el futuro, el ritual hermético de sus frases resonando en nuestra astillada memoria sin que sepamos distinguir, no sé si por fortuna o por desgracia, su eco del nuestro, su frío regazo vacío de nuestra mirada terriblemente perdida. Desquiciada.



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viernes, octubre 28

El club de la comedia


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que no sea nada fácil, en ocasiones, encontrarle algún sentido fundamental o absolutamente trascendente a la vida; por eso, a veces, nos conformamos con mucho menos, nos vale con algún que otro simple gesto teñido de épica, salpimentado de heroísmo o repleto, en fin, de gloriosa y humana testarudez para salir adelante y cumplir, de alguna manera, con el grueso del expediente. Está claro, en fin, que no todos nos exigimos lo mismo, que la vida de algunos pasa mucho más liviana, fresca, superficial y hasta ingrávida que la de muchos otros, más lentos, sudorosos y hasta renqueantes, mucho más pesados, más conscientemente heridos por no se sabe bien qué antiguas llagas o qué terribles maldiciones.
 En efecto, a algunos la vida nos obliga a exprimir religiosamente las revueltas del lenguaje, a deletrear el temblor palpitante en las sienes, a rebuscar en el absurdo laberinto de las frases hechas y por hacer esa conclusión última que, si tenemos mucha, muchísima suerte, nos redima o deslumbre. No hay salida del laberinto, pero es posible, también, que el laberinto no exista y que lo inventáramos, nosotros mismos, una noche aciaga donde el cielo era una gran tormenta y la tierra, un crepitante y voraz incendio, para poder luchar contra algo, contra cualquier cosa, para escapar de algún sitio, de uno mismo y de todos, para ahondar, tal vez, en el misterio que somos, pero no acabamos de ser. Nunca acabamos de ser lo que somos.
 Pero mientras escribo estas líneas están votándole no, otra vez, a Mariano Rajoy en el Parlamento. Está bien: tal vez se lo merezca; pero los discursos de unos y otros y, sobre todo, la votación en sí misma constituyen un auténtico y vergonzoso paripé, una estupidez gremial que nos cuesta lo que sí está en los escritos -el sueldo, las dietas, el despilfarro global de sus señorías- para acabar concluyendo en absolutamente nada, salvo en esperar a que llegue la votación definitiva, la del sábado, en la que sí habrá finalmente investidura, porque así está pactado. ¿Pero qué especie de gran tomadura de pelo es esta? ¿Para qué formalizar orgánicamente dos votaciones si la primera de ellas es sólo una farsa a efectos de inventario, de ego más o menos maltrecho, de aturdido y sectario partidismo? ¿Para qué perder más tiempo si, según nos juran y perjuran, todo son apreturas y urgencias históricas y se aproxima un tsunami de catástrofes sociales y económicas que hay que evitar a toda costa? Pues nuestras señorías llevan así un año entero, cobrando votaciones de paja y celebrando las ocurrencias, los chistes, los monólogos del club de la comedia de sus portavoces, sus arengas de humo, de niebla, de nada.



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martes, octubre 25

Una temporada en el infierno


La Telaraña en El Mundo.

 En no pocas ocasiones me entretengo en leer «El Paraíso Perdido» de Milton, como si estuviera leyendo, exactamente, «La Divina Comedia» de Dante. No tienen demasiado en común, es cierto, pero algo que escapa a la lógica de mis conocimientos los entremezcla en mi brumosa memoria de lector, que fuera compulsivo y ya no lo es; tanto Dante como Milton escriben, en efecto, sobre el infierno, pero mientras el primero pone su énfasis en los pecados del hombre y considera a Lucifer como la reencarnación de un castigo más que merecido, el segundo lo hace fijándose, casi obsesiva y exclusivamente, en la orgullosa rebelión inicial de Lucifer, en su definitiva expulsión del cielo y en su necesidad vital de usarnos, a la postre, pequeños seres humanos, como eterna arma arrojadiza, como vía de venganza ponzoñosa contra Dios, sus planes y su noción del universo.
  El infierno, en cualquier caso, resulta ser un lugar tangible donde Lucifer existe por sí mismo. Un lugar en el que pasamos mucho más tiempo del que quisiéramos. Allí intercambiamos ideas como si fueran sustancias químicas retorciéndose en nuestro interior, en ese crisol íntimo donde arde lo mejor y lo peor que somos y no dejamos nunca de ser; esos planes sulfúricos que nos absorben, esas mutaciones obsesivas que nos asolan, esa incurable locura que nos hace pasar por cuerdos si sabemos, finalmente, expresarla como es debido. No siempre lo hacemos. Puede que, tanto Lucifer como Dios, sólo sean dos ejercicios de estilo, dos formas de entender la vida, tan antagónicas como complementarias, dos voluntades, dos inercias, dos maneras de conjugar el universo y enfrentarse a la desgarradora tarea de reconstruir el mundo a la vez que lo destruimos. Ya somos francamente buenos en ello porque, no en vano, llevamos practicando desde el principio de los tiempos.
  Nuestro pequeño infierno local lo gobierna, allá por el noveno círculo mefítico, maléfico y satánico, la incombustible Francina Armengol, mientras sus socios en las labores pirotécnicas y deconstructivas de la realidad, los nacionalistas de Més y los populistas de Podemos, la mortifican y obligan, en fin, a ponerse circunspecta cuando se dirige a los medios y finge que filosofa a vueltas con la coherencia y el “no es no” de los ángeles caídos, abrasados, desterrados. Lo triste es que si el PSOE, en diciembre de 2015, hubiera apoyado la investidura de Rajoy, ahora, además de los diputados perdidos por el camino, tendría a un PP debilitado casi al final de una terrible legislatura en franca minoría. Como no lo hizo así, y Armengol sigue aún sin querer hacerlo, no les va a quedar otra que pasar, ellos, una larga temporada en el infierno. Esto me recuerda a Rimbaud. Es fantástico.



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viernes, octubre 21

Terror en las aulas


La Telaraña en El Mundo.

 He dejado pasar el tiempo -el tiempo siempre pasa muy deprisa- en el más que lamentable caso de la niña agredida en el colegio Anselm Turmeda de Palma. El mundo de los niños, en ese otro hogar que, durante años, constituyen los colegios donde nos iniciamos en el aprendizaje de la vida, es muy simple, pero también muy complejo; tanto, al parecer, que, tras dos largas, interminables semanas, el lamentable Govern que nos gobierna no ha logrado esbozar, siquiera, una explicación medianamente convincente de unos hechos en los que se entremezclan, de un lado, el deslavazado espíritu de la escuela pública, el caótico ensamblaje funcionarial entre la volatilidad política de la Conserjería, los deseos lógicos de los padres y el maremágnum de los docentes y sus asociaciones, más o menos sindicales, ideológicas o lingüísticas, y del otro lado, los problemas específicos de la vida misma, las inevitables disputas entre los alumnos, la finísima línea que va desde la riña o la pelea, sin más adjetivos ni consecuencias, al infame submundo del acoso, el abuso, la violencia cobarde de los más fuertes.
 Yo no sé, finalmente, lo que de verdad pasó en ese patio donde llueve como en todos los patios de todos los colegios del universo, en ese patio donde las luces dejaron de brillar hace unas dos semanas, donde se levantó la nube plúmbea, oscura, terrible, de un cielo cuajado de dolor y, tal vez, de injusticia. De sudor infantil y moscas voraces. De pizarra agrietada y vaho en los cristales. Definitivamente, los colegios son lugares terroríficos donde casi todo lo que acontece lo acaba explicando la ineptitud de los mayores para recordar la infancia que ya perdieron. Perdimos.
 Echo la vista atrás y sonrío, porque no hallo motivos para otra cosa. Hubo una vez un cura viejo y malhumorado, gruñón y cascarrabias, a la sazón director del Colegio San Francisco de Palma cuando yo era alumno de ese colegio, que se dedicaba a pellizcarnos con saña en los muslos cuando llegábamos tarde a clase, cuando suspendíamos algún examen semanal o cuando nos pillaba, desgraciadamente, por los larguísimos pasillos del colegio o en secretaría intentando solucionar algún que otro problema menor; y el problema no era otro que tener que acabar huyendo, con celeridad, de sus manos largas. Nunca he olvidado el crucial instante en que casi alcanzó a palpar mi vello púbico y, ante mi respingo, la rapidez con la que se batió, entonces, en retirada. El viejo curita debía ser un tipo ciertamente repugnante, pero la verdad es que yo no le guardo ningún rencor especial. Hasta he olvidado su nombre y, aunque supongo que podría rescatarlo del olvido, no le encuentro otro lugar mejor donde sepultarlo.



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martes, octubre 18

La lagartija de Dylan


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que ya no crea, en absoluto, en la alta literatura y que la baja, la baja literatura, me siga importando lo que siempre; es decir, nada. Puede que los libros de mi biblioteca vayan, con el tiempo, perdiendo peso, volumen y hasta páginas, convirtiéndose tomos en pasquines, enciclopedias en libelos, obras completas en hojas sueltas y desgarradas con los márgenes adoloridos, porque ahí anoté algunas palabras y dibujé algún diagrama que apenas sí puedo, ahora, descifrar. No es fácil descifrar lo que ya sólo recuerdas porque trastornó tu vida, te convirtió en otro, te sedujo, te violentó, te venció, te dejó temblando como una llama en la encrucijada de todos los vientos. En ese lugar sigo ahora, porque nadie logra escapar a su destino y no hay forma de abandonar el paraíso del que, quizá, ya nos han expulsado. Siempre nos intentan expulsar de nosotros mismos, pero no sé si siempre lo logran.
 Dejé dicho en las redes sociales que Leonard Cohen me hubiera parecido un premio Nobel de Literatura mucho más literario que Bob Dylan. Era sólo una ocurrencia, una frase más o menos ingeniosa con la que constatar que las canciones de Dylan que mejor conozco tienen ya una edad más que respetable. Treinta o cuarenta años. Y que ya hace décadas que no escucho a Dylan, porque los tiempos, en efecto, han cambiado muchísimo y la respuesta, vaya que sí, sigue flotando en el aire, como una llama en la encrucijada de todos los vientos y la vida humana es sólo un gesto de rebelión o soberbia, algo que se retuerce como la cola arrancada de una lagartija: nos escapamos de la verdad o la mentira y dejamos, a cambio y como si significaran algo, nuestros actos y palabras, nuestros libros, nuestras canciones rotas por la afonía de los siglos, nuestra danza compulsiva, cada vez más descreída e insomne. Escucho lo último de Cohen y, aunque me conmuevo, me sucede como con la última película de Woody Allen: yo ya he bailado esa soledad impostada, ya he escuchado esos monólogos absurdos, ya he vivido esa misma historia y no puedo revivirla, como si la desconociera.
 Con todo, repaso los últimos premios Nobel de Literatura y me da la risa. Svetlana Aleksiévich, Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer. Escribo sus nombres y me atraganto, porque el sueño de la literatura es sólo un laberinto, una trampa letal ideada, tal vez, por Borges una noche nórdica, ácida y telúrica en la que Dios, finalmente, dormitaba y la creación, insatisfecha, rumiaba su propio desconcierto, su tumultuoso y deslavazado destino. La música la ponía Dylan. O Cohen. O ese silencio magnífico que nos ayuda a pensar cuando todo parece que se desmorona.

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