LA TELARAÑA

viernes, noviembre 21

#SalvemBarAlaska


La Telaraña en El Mundo.
 
 De repente, crece la efervescencia en las redes sociales y sucede, entonces, que Palma encoge y que un único lugar se convierte en su ombligo, su tótem, su icono a defender cueste lo que cueste. Paseo ahora por la Plaça des Mercat y me encuentro, como hace unos treinta años en el no muy alejado Paseo del Borne, con un florido kiosco de prensa y con un escuálido y maltrecho chiringuito de birras, hamburguesas y perros calientes.
 Se trata, por supuesto, del Bar Alaska de toda la vida, con sus cuatro o cinco mesas de jardín del Edén venido a menos y sus incómodas sillas metálicas, su oasis a la sombra, bajo concesión consistorial, de un enorme ficus, la mirada pétrea (ahora desaparecida) de Antonio Maura y el ir y venir medio sonámbulo de una ciudadanía que no deja de dar vueltas alrededor de sus particulares puntos de referencia. Quizá la vida sea ir dibujando el mapa interior de un dédalo de callejuelas sin más artificio que un tesoro escondido donde ya nos gustaría encontrarlo. Pero no hay manera.
 Mientras tanto, unos y otros vocean animadamente según sus preferencias. El Ayuntamiento, por medio de Irene San Gil, ya publicó en Twitter (qué mejor lugar para que la gente se lea los edictos) que Cort no tiene ninguna intención de demoler el Alaska. Habrá que esperar, ahora, a los tuits y retuits de «Orgull Llonguet» y su campaña  #SalvemBarAlaska. Me da que Palma se mece, como tantos de nosotros, entre el clamoroso silencio de la indiferencia y el infernal ruido de la nostalgia. Y no sé qué es mejor ni más armonioso.

 

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martes, noviembre 18

La resaca del pasado


La Telaraña en El Mundo.
 
 El domingo, al fin, le dediqué una larga media hora de mi tiempo a la intervención de Pablo Iglesias en un programa nocturno de La Sexta. Se trataba de una especie de entrevista, salpicada de publicidad y de presuntas denuncias más o menos retóricas, enfocada por igual al flujo y reflujo de las masas enfervorizadas (o coléricas) de Twitter que a la calma silenciosa y expectante de los telespectadores en la reclusión de sus domicilios, en la previa relajada de sus merecidas horas de descanso, en la víspera, por lo tanto, de los que debieran ser sus mejores sueños. O, en su defecto, los de cada día. Quizá los de siempre.
 La entrevista, por supuesto, no pasó de pisotear el fango alrededor de los tres o cuatro tópicos de rigor. Los desahucios, el milagro de la renta básica, la grandeza catódica de la economía expansiva, las chirriantes puertas giratorias de la casta y muy poco más, porque el resto todavía es indefinición pura y dura, media sonrisa sin cuajar, mero apunte calculadamente ambiguo.
 Con todo, es muy posible que se avecinen tiempos fascinantes y hasta extraordinarios. Días heroicos en los que la crisis (aguda, sangrienta y hasta letal) se mezcle con el cambio, con la revuelta y con la efervescencia de las ideas. Con toda esa prodigiosa metralla que algunos ya vivimos cuando la Transición y que ahora parece regresar como si nunca se hubiera ido. Quizá sea así y no nos quede sino darle la bienvenida al pasado como si fuera el futuro. A la resaca aquella como a un nuevo delirio que perseguir y alcanzar. Otro.
 

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viernes, noviembre 14

El agujero negro


La Telaraña en El Mundo.
 
 A cierta edad, el pasado es un lugar mucho más concurrido que el presente. Por no hablar del futuro y de esa especie de espantada o diáspora general que parece serle tan propia a ese hipotético tiempo verbal que nunca acaba de llegar y que, si llega, es ya otra cosa, siempre otra: quizá material vencido por la avalancha de la arena en los relojes o el cíclico reciclaje de las ilusiones; quizá simples conjeturas que no podemos sino archivar para que, poco a poco, la memoria las despoje de su significado hasta convertirlas en manchas borrosas y etéreas, sombras sin substancia, elementos, al fin, imperceptibles.
 Viene lo anterior por algo que sucedió el martes pasado, a raíz de la publicación de mi columna titulada «Berlín y Barcelona», en mi muro de Facebook; ese muro que, como sabemos, no es mío, sino de Mark Zuckerberg y su red social para exhibicionistas de tomo y lomo o de vuelta y media. Es decir, para gente como nosotros.
 Hay que andar muy escaso de realidad o muy intoxicado de ficción (o ambas cosas) para pasar de los saludos y besos corteses de la calle (de todas las calles reales, incluida la calle Melancolía) a los insultos en Facebook por una independencia de más o de menos. Ya les hablé de las perversiones asamblearias virtuales. Ya de la irrealidad digital. Ya de los mundos que decimos haber visto más allá de Orión, pero que no recordamos. Me gustaría, sin embargo, que no fuera preciso hablarles, también, del agujero negro, negrísimo, en el que nos acabaremos reuniendo. Todos; y mal que nos pese, claro.

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martes, noviembre 11

Berlín y Barcelona


La Telaraña en El Mundo.
 
 Donde hace veinticinco años cayó un muro de crispación y asfixia, el pasado domingo, 9 de noviembre, había un temblor de euforia: Berlín ya no es la fiesta que fue, desde luego, pero ocho mil globos de luz parpadeaban a la espera de emprender el vuelo definitivo y perderse arriba de los cielos y el horizonte de la noche. A la misma hora, pero en otro lugar bastante más próximo y familiar, el nacionalismo catalán ejemplificaba todo lo contrario: en Barcelona la única fiesta consistía en observar cómo un nuevo muro, con sus alambradas retorcidas, sus coronas de espinas y sus urnas como famélicas alcancías, se había alzado durante un largo simulacro de día, otoñal y tullido, de votaciones fraudulentas e ilusiones manipuladas.
 Veinticinco años no dejan de ser un pellizco de vida demasiado grande y significativo, como para dejarse sepultar vivos bajo la cal abrasiva de la corrupción económica en el poder, de la perversión histórica y el sectarismo cultural. Del vacío convertido en identidad y gregarismo, en señera, en órdago, en sobredosis de aire en las venas.
 Así, pues, pasan las cosas y se acaban enredando en nuestra memoria. Quizá tenga que esperar otros veinticinco años para hablarles, en fin, de cómo somos capaces de echar abajo muros y de alzar, en su lugar, espejismos. O viceversa. En ocasiones, también levantamos muros, que creemos justos y necesarios, y nos acabamos estrellando, sin embargo, contra la frágil y vidriosa realidad de su ficción. O de la nuestra. Es así como aprendemos qué es la libertad y qué no.
 

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viernes, noviembre 7

Un acto de fe


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso algunas fotos antiguas de Palma y del Paseo del Borne como si estuviera buceando entre las aguas revueltas de mi memoria. Ahí adentro hace frío y amenaza (tal vez igual que afuera) naufragio, pero recupero el aliento, pese a todo, al rencontrarme con los espectros en blanco y negro del Bar Formentor, la espectacular y decadente cafetería Miami, el desconocido Oriente, el turístico Antonio y la familiar Granja Reus, entre otros. No me olvido, por supuesto, del Kiosco de prensa ni del chiringuito La Tortuga, justo enfrente. Tampoco de la presencia perpetua del Bar Bosch que es el único establecimiento que ha sabido sobrevivir a los años aferrándose al poder de convocatoria (no sé si asamblearia) de las terrazas.
 Supongo que así funcionan las ciudades. Y la vida. O la memoria. A un paisaje urbano le sucede, inevitablemente, otro distinto y, aunque nos pueda parecer excelso sobrevivir a las mudanzas del tiempo, la verdad es que también nosotros cambiamos con ellas. ¿Seguimos siendo, pues, los que fuimos? ¿Somos ya los que seremos? ¿Hay algo en nosotros más allá de la luz intermitente de la voluntad o el deseo, los presagios, los bosquejos, acaso las insinuaciones?
 Es en este paisaje somnoliento y revelador donde incluyo la última encuesta de intención de voto del CIS con la anunciada noticia de la irresistible ascensión de Podemos y la debacle de PP y PSOE. Pero no es hora, todavía, de meterse en los lodazales de la razón sino de recordar que, hoy más que nunca, votar no es sólo un acto de voluntad, sino de fe.
 

 

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martes, noviembre 4

Desayuno al alba


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 De repente, huele a quemado y el mundo parece que se pone en pie y se despereza. Se reconcentra (el mundo y nuestra percepción del mundo: nosotros mismos frente al extraño vértigo estadístico del bien o el mal, la moral o quizá la ética) en el lentísimo y minucioso catálogo del alba. Unas rebanadas de pan en una tostadora que parece funcionar a su aire. Las pieles retorcidas de algunas naranjas. El grumo dulce y avasallador de la mermelada. La mirada que va cuajando entre los barrotes de la realidad, en su ventana entreabierta, en su nebulosa idea de que unas pocas palabras debieran ser suficientes para calmarnos. O para saciarnos, incluso.
 Luego esas pocas palabras dibujan el frágil horizonte con una economía de medios que no presagia nada bueno. Otra vez, los barrotes de esa cárcel invisible. Otra vez, el techo de esa asfixiante cúpula de cristal que no vemos pero que nos obliga a ir casi encorvados. Es posible que guardemos, en nuestras malditas jorobas de cada día, las herramientas con las que podríamos hacer muchísimas otras cosas. Las que no hacemos. O las que no imaginamos, siquiera, poder hacer.
 Ahora es cuando uno ha de buscar ejemplos con que apuntalar sus construcciones teóricas, sus colmenas ilustradas, su lugar inmóvil en el torbellino imparable del tiempo. Ahora es cuando uno ha de reconocer que le faltan palabras y que esa carencia (personal, íntima e intransferible) es la causa principal de que el mundo le acabe pareciendo un ruidoso fragmento de una sinfonía mayor, tan ambiciosa como indescifrable.
 

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viernes, octubre 31

Halloween


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 Resulta que esta noche es noche de Halloween que es algo así (entre lúdico y sangriento) como la impostura del terror convertido en ficción y teatro, en pretexto inverosímil para unas cuantas risas fáciles y algo nerviosas, en moda o en gesto de complicidad importado de ya no importa qué lugar, dónde, porque el mundo es sólo uno y es circular (y además curvado sobre sí mismo), aunque las distancias entre nosotros nos parezcan cada vez mayores y tengamos la sensación de vagar por el desierto de la inteligencia como por el mar embravecido de la corrupción. Cada vez nos sentimos más solos. O tal vez, peor acompañados.
 No voy a enumerar, aquí y ahora, la sucesión de nuevos (y viejos) escándalos políticos sobrevenidos recientemente. No me apetece describirle las grietas y los detalles de la catástrofe al paisaje desolador de un universo en ruinas. Tampoco constatar el absurdo terror que las encuestas (la del CIS, por ejemplo) parecen provocar en los que aún tienen algo que conservar. No es mi caso. O quizá sí. Tengo la íntima impresión de que siempre hay mucho que conservar pese a lo que ya hemos perdido y nos siguen arrebatando.
 Me queda, entre otras cosas, la mínima esperanza o el deseo, en fin, de que todos nuestros muertos nos perdonen y hasta nos tomen a guasa, tal y como nos merecemos, realmente, por intentar trasladar su quimérico infierno (ese abismo, esa niebla, ese fuego, ese tormento, esa corrupción eterna) a nuestra frágil y efímera vida cotidiana. Vamos camino de conseguirlo, si no lo hemos conseguido ya.
 

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martes, octubre 28

Hecho por travesura


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 La publicidad no tiene otra misión que vender al público un determinado producto y glosar, con mayor o menor acierto, la forma de vida que se quiere promover, su ritmo bullicioso o, quizá, solemne, la búsqueda de una imagen llamativa que se nos quede, en fin, prendida en la retina del deseo tras un rápido vistazo a un cartel fotográfico, un spot televisivo o un corto de efervescente guión en las redes sociales.
 Así, en YouTube está el video de «Made for Mischief» (hecho por travesura). Y en Jaime III, el fotograma extraído de ese mismo video en el que dos chicos y una chica, jóvenes y muy guapos los tres, juegan a los eternos requiebros de una seducción del todo inocente sin más armas que su dentífrica sonrisa y la ropa vaquera de una conocida marca. Puro diseño de un instante de placer que ya hemos tenido y que, de seguro, volveremos a tener. Cuando la vida deja de ser un juego se convierte en otra cosa; tal vez en un juicio sumarísimo, un perverso dictado moral, una monótona plegaria sin más sentido que la represión o el absurdo.
 Aquí es donde aparecen Fina Santiago y Neus Truyol (MÉS, al aparato) para aplicarle a la realidad la severa lavativa de la corrección política. Su denuncia por sexismo del inocuo cartel publicitario, ante el Institut Balear de la Dona, huele a naftalina y a Inquisición. Apesta al añejo sudor puritano del feminismo. Hiede a brida y a corsé públicos sobre la que siempre ha sido la primera víctima de todos los proselitismos que han sido y siguen siendo: la libertad privada, por supuesto.
 

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viernes, octubre 24

Versos sueltos


La Telaraña en El Mundo.
 
 A menudo me escapo de Palma como de mí mismo. Visito, entonces, las ciudades salvajes y vírgenes de mi pasado sabiendo que en ellas encontraré nuevos matices que añadirle a la felicidad y también a los conflictos acumulados. Uno va acumulando contradicciones, versos sueltos y hasta estrofas enteras sabiendo que no pertenecen, tan sólo, al tiempo que ya nos hemos echado a la espalda, sino que van conformando, de alguna manera, ese fenómeno temporal tan sobrevalorado que llamamos futuro y que no es sino lo que hacemos cada día, en este instante de ahora que se nos escapa una vez y otra.
 Están, pues, el tiempo y espacio jugando en nuestra consciencia y, sobre todo, en nuestro lenguaje; en nuestra forma de entender el mundo y de progresar (o intentarlo) no sabemos muy bien hacia dónde, por qué ni cómo. Existe todo un abanico de posibilidades por explorar. Casi infinitas maneras de dejarse vencer por el agobio. Muy pocas de hallarle la salida al laberinto y, aun así, no salir bajo ningún concepto, porque la vida consiste en demorarse en las encrucijadas, los preámbulos, las salas de visita, los umbrales del ser que somos. O casi.
 Cuento todo esto porque ando estos días por Valencia. He descubierto un puente de madera sobre el Turia (Pont de Fusta, se llama) que le da cien mil patadas a todos los puentes con que Calatrava le ha ido sacando el rímel a los ojos pintarrajeados de la vida y la política. Y aquí en Valencia, como en Palma, es muy difícil encontrarse un verso suelto y que no lo acaben machacando. Como a Isern.
 

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martes, octubre 21

Los fosfenos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando uno cierra los ojos le invaden los fosfenos. Son esas pequeñas manchas luminosas que centellean en la oscuridad sin llegar, por cierto, a iluminarla. Son esas molestas perturbaciones que siguen acompañándonos cuando regresamos al pasado. O cuando el pasado regresa convertido en aparente novedad. Exactamente en eso pensé mientras escuchaba a Pablo Iglesias hablar en Vista Alegre.
 El nivel me pareció más o menos el mismo que cuando Amando de Miguel me puso un sobresaliente en Sociología. Se trataba de un examen monotemático sobre la lucha de clases del que me salí escribiendo folios y más folios tan rellenos de pasión como de mala caligrafía y abundante retórica: los esquemas de Marx y Marta Harnecker, las aventuras de Bakunin,  Godwin o la venerable CNT española, las elipsis de Cioran o Sartre, las distopías de Orwell o Huxley, las enseñanzas alucinadas de Castaneda o el despliegue literario propio, en fin, hacia un futuro sin esas mismas clases sociales de las que iba el examen y parece que vuelve a ir el mundo, empeñado en dar un curioso salto mortal hacia atrás. Hacia atrás como hacia ninguna parte.
 Quizá esta exhibición funambulista debiera empezar a preocuparnos. Quizá no ir hacia ninguna parte sea como perderse indefinidamente en un gran desierto. En el arenal infinito del tiempo. En el légamo perenne de los siglos. En el agujero negro de la ficción y las leyendas. Es cierto, nos han dicho que hay un oasis en alguna parte, pero seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos sin encontrarlo. No hay manera.

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viernes, octubre 17

Exagerando


La Telaraña en El Mundo.
 
  A veces, voy de noticia en noticia hasta que la vista (y las ideas) se me nublan y no tengo otra opción, entonces, que cerrar de golpe todas las aplicaciones y diarios digitales y concentrarme en la página en blanco. En ese lugar extrañamente solitario y, a la vez, amenazador donde sé que me acabo reuniendo con los lectores y, sobre todo, conmigo mismo.
 Pero hoy tenía en mente aceptar la invitación que recibí hace unos días de sumarme a la página de Facebook «Quiero que Mateo Isern vuelva a ser Alcalde de Palma». O glosar, por ejemplo, la magnífica labor de la Fundación Jaume III al respecto de la normalización lingüística de los libros de texto de nuestros alumnos. O echarme unas risas malévolas a costa de los juegos malabares del nuevo 9-N. O dejarme llevar por la avaricia y la usura de los políticos y sindicalistas que recibieron (y usaron) las tarjetas B de Caja Madrid, esas tarjetas tan opacas como vergonzosas, tan bien dotadas de dinero como faltas de cordura, tan seductoras, en fin, como abrasivas.
 He optado, sin embargo, por desentenderme de casi todo y alejarme del ruido ajeno y la pintoresca química asamblearia de los foros y redes sociales. Sólo así puedo huir de la fascinación que parece convertir a personas normales (puedo dar fe de ello, al menos en algún caso) en auténticos vándalos del lenguaje y, sobre todo, de las ideas. Sólo así puedo seguir atento a las tres o cuatro cosas en las que aún creo. O ni eso, porque me costaría enumerarlas sin sentir el rubor del que se sabe, como siempre, exagerando.

 

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martes, octubre 14

Afuera de las mazmorras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Es cierto que nos rescribimos de continuo. Que estas líneas de ahora son también las de hace algunas décadas, cuando todo nos parecía mucho más excitante y sólo era que éramos más jóvenes y mucho más inexpertos; que el mundo nos deslumbraba con los juegos malabares de nuestros maestros y predecesores y que andábamos, en definitiva, absolutamente famélicos de palabras con las que rellenar los estrechos e irregulares márgenes de esa especie de gran libro que pensábamos, tal vez, que podía ser la vida.
 Luego la vida ha sido ese libro, en efecto, pero también muchísimas otras cosas. Una biblioteca enorme y tullida (de sangre y a fuego), un dantesco laberinto de voces entrecruzándose hasta el infinito o el vacío, un viaje repleto de hallazgos y ausencias donde nos acabamos encontrando con la misma facilidad con que nos sentimos perdidos. Es así que nuestro estar es, desde siempre, intermitente y nuestro decir, por desgracia, se conforma con la exhibición entrecortada y fragmentaria de sus destellos, su indisimulable impotencia final, su voz rota por el rumor permanente de que nada es, de hecho, lo que parecía. O parece. Nos quedan, pues, muy pocas esperanzas de cambiar, para bien, las cosas. Puede que ya no nos quede ninguna.
 Nos hace muy felices, sin embargo, que no todos se hayan vuelto tan escépticos como nosotros. En eso pensé mientras observaba, con asombro, cómo aún queda gente (los convocados por PROU) dispuesta a protestar contra la inmersión lingüística y la asfixia en las mazmorras del nacionalismo. Bien hecho.
 

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viernes, octubre 10

El paisaje del Ébola


La Telaraña en El Mundo.
 
 Pienso, ahora, en la inefable ministra de Sanidad del gobierno de España y en los dos venerables misioneros, enfermos del virus Ébola, que fueron transportados, graciosa e irresponsablemente, desde la selva o la sabana africana hasta el mismísimo corazón urbano de Madrid. Ambos fallecieron dejando un reguero de posibles contagios, un rumor creciente a pandemia luciendo entre la precariedad, las quejas y también el lógico terror del personal sanitario, la falta general de preparación, medios e instalaciones y los inocentes, pero quizá contagiosos, colmillos del perro Excalibur, finalmente sacrificado, pese a la ira (irracional) de los animalistas. Pobrecillos.
 Pienso, también, en el ridículo general de España (y muy en especial de la marca España) dando tumbos alrededor de las idas y venidas del virus letal, los trajes protectores que nadie sabe ponerse ni quitarse correctamente, el optimismo propagandista y suicida de las autoridades y el miedo en el rostro de quien se sabe conejillo de unas Indias desconocidas e imprevisibles. Tantos desastres juntos no hacen sino aclararnos el paisaje. Pinta mal.
 Parece, por lo tanto, que no es lo mismo bordear los límites, siempre difusos, pero obvios, del esperpento que ponerse a chapotear de lleno en él. Eso es, más o menos exactamente, el doloroso diagnóstico que cualquier lectura atenta de la realidad nos sugiere. Acabo de enterarme de que Son Espases se ofrece para analizar los casos sospechosos de Ébola. Tanto valor me abruma. De veras. No sé si echarme a reír o a llorar.

 

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martes, octubre 7

Españoles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puedo imaginarme, sin demasiados problemas de conciencia, el hecho cierto, triste y hasta consumado de llegar a Barcelona, Cataluña, Países Catalanes, oficialmente como extranjero y sentirme, pese a todo, igual que siempre que salgo de casa sin llegar a salir, por completo, de ella. Es decir, siempre que salgo de Mallorca y me dejo invadir por la fascinación y por el asombro ante los infinitos mundos que voy descubriendo, pese a todo, en el extraño mundo que es uno mismo y son los demás y somos todos.
 Será, pues, que las coordenadas afectivas no cambian por una independencia de más o de menos, porque no existe más patria, de hecho, que la que nos duele y nos sirve de ubicua referencia, la patria ausente, pero solidaria y generosa, que viví durante meses en alguna urbe arrasada por entre los áridos polígonos industriales del Vallés, la patria que nos devuelve a la verdadera infancia del cuerpo y la mente, a los temblorosos corros de sardanas en Conde Sallent todos los domingos y fiestas de guardar, todos los días en que uno no tiene más remedio que abrir los ojos y mirarse muy adentro y también muy lejos; y se ve ínfimo y, a la vez, enorme sobre un destartalado caballo de cartón, media docena larga de sueños vencidos y todo el universo, todavía, por recorrer.
 Es en este punto donde evito la tentación de citar a Pío Baroja o a Juan Ramón. A Pere Gimferrer o a cualquiera de los Goytisolo. A León Felipe o a Cristóbal Serra. En todos ellos me encuentro la misma manera, tan española, de ser españoles. Incluso a su pesar.

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viernes, octubre 3

Windows 10


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando la realidad me decepciona me busco alguno de sus paisajes alternativos, algún corte al por menor de la pieza entera de los días, para hacer así, en definitiva, como casi todos y sentir que hay refugios y hasta paraísos artificiales en los que seguir descubriendo quienes somos, como siempre pero de otra manera; a escondidas y sin estridencias, como por descuido, error u omisión y sin sacar pecho, como simples oyentes (y también espectadores) del espectáculo que sea. Hay muchos y para todos los gustos.
 Puedo, pues, dejar de lado tanto el esperpento catalán al respecto de la independencia que jamás tuvieron (no más que ahora, quiero decir) como la indigente situación de la educación en las Islas. Obviamente se está produciendo el esperado choque de trenes entre el angosto y paralizante Decreto de Normalización Lingüística y la lógica social del trilingüismo, sin que la torpeza administrativa (y comunicativa) del Govern parezca capaz de hacer otra cosa que emparejarse, al menos en altura de miras, con la absoluta decrepitud ideológica de la oposición. El asunto anda rodando por los suelos. «Like a Rolling Stone», que cantó Bob Dylan y muchos otros le versionaron.
 Así las cosas, nada mejor que andar probando, como ya lo estoy haciendo, las avanzadillas del nuevo sistema operativo (llamado Windows 10) que Microsoft acaba de sacarse de la manga. Me gusta la informática. Me permite desbordar los límites físicos del lenguaje y arreglarlo todo, después, con un simple reinicio. Ojalá fuera tan fácil con la vida misma.

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martes, septiembre 30

«Bon profit»


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 La realidad no es un mal sitio para apreciar el diagrama de las lenguas, su implantación y utilidad efectiva, su música y, sobre todo, sus danzas: el bilingüismo, el trilingüismo y hasta, si se tercia, la locura de Babel. De hecho, no es sólo el mejor, sino el único sitio que jamás deja de sorprendernos por su sencillez y arrojo, su desprecio de las posturas forzadas, su mayestático olvido de la corrección política. Así son las cosas. Las aguas bajan tal cual las lleva la corriente, las guía la inercia, la gravedad, el milagro casi bíblico de los vasos comunicantes: la empatía, las ganas de diálogo y, más aún, la necesidad y el placer de entenderse. De entenderse a toda costa.
 Vengo de una larga noche en Son Amar. Se premiaba el trabajo efectivo de vendedores y proveedores, de empresas afines, marketing, servicios, colaboradores. Una gran fiesta isleña del turismo donde, desde los escenarios, se parodió la entrega de unos Premios Oscar ganados, estos sí, con el sudor y el esfuerzo diario, los contratos en su mayoría fijos discontinuos: gente y empresas de aquí con personal español, pero también extranjero.
 Me bastó echar un vistazo alrededor para saborear esa mezcla de alegría y precariedad, ese aire a esfuerzo, a trabajo hecho lo mejor posible, pese a la crisis y las dificultades. En el escenario se sucedían las actuaciones y los discursos. Tomé nota. Varias frases en español y el resto en estricto inglés. De postre, sólo dos palabras en mallorquín pero, eso sí, antes de empezar a cenar. «Bon profit». Un exitazo.

 

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viernes, septiembre 26

El Infierno


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 De un repugnante saco de músculos artificiales, violaciones a niñas, ensaladas de barbitúricos y anabolizantes (en el lugar exacto del cerebro, como mínimo) a otro de agresiones racistas a cuchillo y cruces gamadas. Más músculo desperdiciado. Más humanidad echada a perder. Más basura que hay que ir recogiendo como se pueda, pero a toda prisa, con urgencia, sin escatimar en medios, sin dejarse confundir por la maraña convulsa de los hechos, el por qué reconvertido (y reconvertible) de los sicólogos o la balsámica indiferencia de los que no aspiramos a juzgar a nadie, salvo a nosotros mismos.
 Es así como la mierda se nos acumula; hemos pasado del presunto violador de Madrid  al descontrolado agresor de Lleida, pero nos faltaba, todavía, la irrupción del último video de los monótonos guionistas del terror de Estado Islámico y su guerra de todas la guerras en el corazón mismo de una actualidad repleta de heridas y gangrenas, la incurable infección de los días y las noches del Ébola colectivo sin otra compañía que la fiebre y los vómitos, el espanto generalizado.
 Quizá la locura sea no afrontar la realidad, sino por sus síntomas en vez de por la atenta lectura de sus entrañas. Pero no hay tiempo para según qué lecturas, introspecciones, vigilias, disecciones. Quizá la vida pase tan rápida que no haya ni tiempo, de hecho,  para que se cumplan totalmente las condenas que merecerían durar la eternidad entera de un auténtico Infierno bíblico y no un simple racimo de años a la sombra tutelar de la paupérrima justicia humana.

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martes, septiembre 23

Famélica legión


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 Ya sabíamos, porque la historia tiende a repetirse, que las crisis económicas acaban enloqueciendo a casi todo el mundo que las padece. Así, mientras se disparan las alarmas y se echan en falta los imprescindibles asideros del equilibrio personal y colectivo, se pierde, como por ensalmo, el paso firme y se cae, si no se anda con muchísimo cuidado, en el paso marcial, que es esa forma tan desagradable que tienen las multitudes de arrastrar su indolencia, su arrogante sentido de la libertad o de la esclavitud y su absoluta ignorancia, en fin, hasta más allá de lo que un ser humano debiera permitirse. O permitirnos.
 Las estupideces, mientras tanto, van tomando forma y hasta volumen. Se convocan referéndums para acabar perdiéndolos. Se crispa la convivencia, no por el deterioro del perfeccionismo, no por la falta de empatía o generosidad, sino por cualquier ocurrencia política que sólo atañe a la mala conciencia y a la peor digestión de unos pocos (políticamente bien comidos y mejor pagados) frente a la hambruna general de la famélica legión que nunca hemos dejado de ser pese a las apariencias.
 Quiero decir que estoy harto. Harto de las banderas y de las camisetas con mensaje, igual que de las televisiones con políticos a la carta. Harto de que se repita una historia que sólo conlleva las mezquinas escaramuzas nacionalistas y la repetida explotación del hombre por el hombre. Y sobre todo, de uno mismo por uno mismo, que lo primero es no echar las culpas a los demás y hacerse cargo de lo que más nos duele. Faltaría más.

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viernes, septiembre 19

Evocaciones


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 Releo sobre el pasado de la gente que me interesa como si leyera sobre mi propio pasado, sobre mis días en otra parte, sobre el aprendizaje de la existencia que se traduce en ir quemando etapas y redoblar las esquinas donde alguna vez estuvimos a punto de detenernos. Suerte que no lo hicimos. Releo sobre ese pasado con nombres y apellidos y me dejo mecer por la misma literatura y música de entonces, ahora. El poema en prosa, «Espacio», de Juan Ramón Jiménez o el nuevo disco de Leonard Cohen, «Popular Problems», por ejemplo.
 Pero la realidad no sucede, exactamente, así. Si escucho las últimas canciones de Cohen estoy oyendo, de hecho, algunos de sus más antiguos éxitos. Quizá todos. Si recuerdo la sustancia literaria de los dioses, la luz de Coral Gables o el destierro asumido de España (Catalonia, Spain), en palabras de JRJ, estoy recordándome casi cuarenta años atrás con esos mismos versos entre los labios. Resulta difícil disfrutar de las novedades sin acordarse, a la vez, de los orígenes y principios. De la perturbadora complicidad que establecemos con todo aquello que amamos y que el tiempo nos tatúa en la piel y hasta en la sangre.
 Luego podrán, claro, las instituciones y los hombres ir cambiándolo todo a su antojo. A su necesidad o conveniencia. Podremos, todos, igualmente, intentar convertirnos en otra cosa y mejorar cuanto nos ha precedido. En esas estoy desde hace varias vidas y sólo logro convencerme de lo mucho que cuesta, hoy en día, encontrar algo con que sustituir a nuestros viejos dioses de siempre.

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martes, septiembre 16

El Estado Islámico


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  Incluido el temido (pero tan común y familiar en España) ruido de sables –que me llega desde el maremágnum de las redes sociales pero también vía WhatsApp, es decir, a través de gente que conozco y de la que no me queda otra que fiarme- me asombra sinceramente que los medios (y yo mismo) le dediquemos tanto espacio tipográfico a los desbarres de los independentistas catalanes (que no son mucho más que unos publicistas intentando vendernos la frivolidad de un futuro y un pasado a su medida) y a la áspera situación de caos lingüístico y educativo que padecemos. Todo eso es muy grave, desde luego, pero secundario.
 Hay en el mundo, alrededor y muy cerca de nosotros, otros asuntos mayores. Me refiero, por supuesto, a las decapitaciones sangrientas en la primera plana de los telediarios, a la dolorosa putrefacción ética y estética de todos los sentidos cuando un hombre es públicamente humillado intentando escapar de la muerte y aun así muere porque la daga asesina de los verdugos le alcanza la yugular y hasta el pulso entero de una civilización y un modo de vida (el nuestro) que no debería consentir en arrodillarse, sino ante el Creador y no siempre, ni de cualquier manera.
 Hay que frenar, pues, esa perversión insuperable del autoproclamado Estado Islámico y sus planes de expansión. De lo contrario, no nos importará (si es que llega el infeliz momento) perder Cataluña, si hemos de perder, también, España entera en pleno simulacro de reconquista de ese califato que fue Al Andalus y ya no es. Esperemos que siga sin serlo.

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sábado, septiembre 13

¿Banksy?

En esta finca tapiada desde hace años (tras el dibujo, quizá de Banksy, quizá no: y qué poco me importa eso), seis pisos arriba del cielo y sin ascensor vine a nacer yo...



viernes, septiembre 12

La patria


La Telaraña en El Mundo.
 
 Mientras escribo estas líneas (ayer, para el lector) se está celebrando en Cataluña la tan esperada Diada de este y cada año, al menos mientras la libertad dure. Ese gran Día escogido entre los muchos días iguales y sucesivos de una terrible resaca de siglos en que todas las teorías políticas se colapsan y todos los sentimientos, mientras dicen aunarse, se solidifican; y ese engrudo lento, esa sustancia que querría superar, sin éxito, la exclusividad litúrgica del éter, ese quinto elemento de la ficción y la paraciencia, esa ilusión colectiva (y sin embargo, subjetiva y difusa) recibe, con eco multitudinario, el solemne nombre de patria y no sólo eso.
 También recibe algunas de sus principales cualidades y texturas. Su porte augusto y quizá desafiante. Su elegante cojera marcial y sus íntimas ojerizas, tan hipnóticas. Su declinante material genético. Su arsenal de tribu aristocrática. Su arquitectura claustrofóbica, su aire a club privado y a la vez decadente, el espejismo demoledor de una telúrica casa de putas en la mitad metafórica de todos los caminos. En decir, en parte alguna.
 Pero la patria (esa patria y todas) tiene costuras y grietas. Se parece sospechosamente a un bolsillo y no a uno cualquiera, sino al propio bolsillo. Pero a mí se me escapan esas patrias, todas ellas, cuando agito los bolsillos volteados y los patriotas del mundo entero corren a bailar como posesos. Bailan las mismas sardanas que vi bailar en mi infancia, debajo de la casa familiar, los domingos y festivos de un tiempo que ya no existe.

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martes, septiembre 9

La representatividad

La Telaraña en El Mundo.
 
  Seguro que hay una miríada de resortes legales o burocráticos que ignoro. Que las personas se mueven gracias a intereses de otro mundo, o no; todos los mundos son este mundo y no me olvido de los que aún están por venir y ya se anuncian en las esquinas pavorosas de la síntesis: la confrontación o el desengaño.

 Seguro que hay más de un par de filosofías sociales sobre la educación y las masas, un maremágnum de sicologías aplicadas y hasta varias dialécticas (más o menos históricas) detrás del telón y del talonario. Cientos de acciones cruzadas alrededor de un desembarco en no importa el lugar, mientras cale hondo. Qué menos. Nada mejor que tergiversar la historia y usurpar (como tahúres) la voluntad pública de los que callan y otorgan. De los que dudan y auscultan, inmóviles, el temblor de la verdad y la mentira: ambas se revuelcan. Nadie sabe cómo.

 Seguro que la marea verde retrocede de noche y avanza al alba. Hay que inundar las aulas con la ideología espumosa del resplandor, la letanía litúrgica de una lengua y un territorio. El caos de los sentidos cuando el mundo se hace fuerte en una única dimensión y acaba romo y plano, tullido. Seguro que las aulas, entonces, son el cadalso de una nueva Inquisición (tan española) y las palabras preceden a los actos mientras brillan las túnicas del deseo en los ojos y la marea (ahora negra como una leyenda) cubre los arrecifes y los engulle. No hay faro, no hay luz capaz de penetrar algunos enigmas. El de la representatividad efectiva de la Assemblea de Docents, por ejemplo.

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viernes, septiembre 5

Uniformes


La Telaraña en El Mundo.

 
 Puede que se trate de uniformarse de cualquier manera y de comprobar, después, lo poco que importa, de hecho, el uniforme elegido. Pasan dos mujeres (o dos bultos sospechosos, mejor) con el burka negro del fanatismo y la sumisión. Pasa un grupo de exaltados con la camiseta verde de la intolerancia lingüística de algunos de nuestros docentes. Cada vez menos, espero. Pasan varios de sus alumnos con prisas y urgencias hormonales, el rostro alborotado y los pantalones gachos. Serán una mala metáfora de la situación o la buena noticia de su carácter reversible. El eterno regreso de lo mismo o Cantinflas que ha vuelto.
 Pasa una pareja de jóvenes extremadamente pálidos con botas militares claveteadas y un racimo de cruces de metal colgando. Pasa un mendigo harapiento (con brillantes dientes de charol) y hace de su capa un sayo: se planta entre la multitud y observa, con curiosidad, cómo le miran con indiferencia o disimulo. Como si no le vieran o no quisieran verlo.
 Dejo de lado, ahora, el fulgor incendiario de otros hábitos y otros monjes. El de algunos policías y empresarios de Calviá o la Playa de Palma. El de los turistas ebrios y sus balcones extremos, sin paracaídas. Cierro la libreta y dejo de tomar apuntes del natural o del imaginario. Pasa entonces (y este tipo de visión sólo dura un parpadeo) una ligera y oblicua sombra semidesnuda y el aire parece que se estremece dubitativo: será que no hay otra forma de aprehender los recuerdos, que rescribirlos, vana y vagamente, con la sangre reseca de las grandes ocasiones.
 

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martes, septiembre 2

Confidencias


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá el tiempo sólo sea la continuidad imaginaria de cierto estado de vigilia, la conciencia (a menudo, inverosímil y fragmentaria) de un espacio físico más o menos determinado que va dando tumbos según un guión maestro cuyo sentido final ignoramos. Las cosas cambian con nosotros, nos mejoran y degradan, nos envuelven de luz y sombras amenazándonos, paradójicamente, con convertirnos en otros o en nosotros mismos. Lástima que no siempre lo logren.
 Fue en septiembre de 2003 cuando publiqué mi primera columna en esta cabecera. Desde entonces, sin más interrupción que una arteria bloqueada y algún que otro apagón informático, se han cumplido once años y aquí sigo (y mientras lo digo observo una sarcástica sonrisa de humo y niebla escondida en el omnipresente perfil oscuro de esta página) repitiendo, pese a todo, el mismo artículo un par de veces a la semana, varias al mes, bastantes al año, muchas al lustro, muchísimas, en fin, a la década.
 Contra el tópico de andar escribiendo siempre lo mismo (como contra tantísimos otros tópicos) uno empieza a rebelarse de joven para terminar encogiéndose de hombros algo después; es decir, ahora. Lo digo porque, en no pocas ocasiones, quisiera haberles escrito alguna primicia de las que venden periódicos y hacen avanzar, siquiera sea democráticamente, a la sociedad entera. Lo digo porque, a falta de personajes y lugares extraordinarios, he tenido que refugiarme en el estilo: ese artificio o ese mérito, ese modo de decirles las cosas tal y como me las digo a mí mismo y a nadie más.

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viernes, agosto 29

La huelga habitual


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso un par de fotografías recientes y me maravillo de cómo le ha sentado a Jaume Sastre su publicitaria y espectacular huelga de hambre de no hace mucho. Ese lustroso barrigón que nos muestra (bajo una ajustada camiseta verde de La Crida a punto de reventar) le da, según parece, mucha prestancia y no poca solvencia. O eso quiero inferir, al menos, del hecho de que la Assemblea Groga, la homónima en Girona de nuestra propia (y tan verde, en vez de amarilla) Assemblea de Docents, le eligiera para dar el pistoletazo de salida, el pasado 23 de agosto, a la Marxa per l'Educació pública, una serie sucesiva de manifestaciones que deberían concluir mañana, creo, en Barcelona.
 Que los docentes de Girona (o los de cualquier otra parte del orbe) necesiten que Jaume Sastre les ofrezca un discurso sobre la carrera de fondo que, según sus palabras, es su vida y es, también, su lucha personal (su propio «Mein Kampf», para entendernos), me dice mucho, tal vez demasiado, del nivel intelectual que estos presuntos docentes se gastan: sus aulas, al parecer, como harapientos barcos de rejilla en el revoltijo ideológico de las cloacas. Como en el aire asfixiado de las mazmorras. Como en el discurso sumergido en el pozo sin fondo de la inmersión lingüística.
 Pero Jaume Sastre no descansa. Hace unos días ya daba la vara en la Conserjería de Educación con la huelga inaugural del nuevo curso. La huelga política de siempre. Ese pulso (y ese recurso) habitual. Esa pesadilla que nos duele por nuestros hijos. Incluso por los que no tuvimos.
 
 
 
 
 

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martes, agosto 26

Godzilla o el poder


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que a Europa le sobra grasa, pero no tanta como creíamos. Eso se desprende, al menos, de que Merkel aterrice en España y lo primero que haga es recorrer, con Rajoy, tan sólo seis kilómetros del camino de Santiago, donde les espera el agasajo tribal de las autoridades autonómicas, la solemnidad atávica del Templo y, por supuesto, el temple ruidoso de las protestas, la cacerolada contra los recortes. A Europa le sobra grasa, en efecto, igual que a nosotros nos sobran toneladas de hambre atrasada, quintales de absurda desgana, siglos de decepción y desvarío.
 Será, tal vez, que no hay forma de medir la intensidad de los deseos. Que se mezclan y confunden ética y estética, política y economía, filosofía y religión, arte y diseño; y así no hay forma, en fin, de hallarle algo más que el propio ombligo al mundo y no es de recibo creer que las cosas giran alrededor nuestro, porque no es así. Todo gira a su aire y no al nuestro.
 Así las cosas, me sumerjo en el enésimo remake de Godzilla y observo que el remodelado monstruo es el fruto de alguna de nuestras pesadillas más íntimas. Godzilla se nutre del poder radioactivo de las centrales nucleares con la misma avidez con que nosotros le damos al interruptor de nuestros deseos y queremos, además, que se cumplan. A toda costa. Sin demora. Ya. Para eso inventamos a los políticos (o nos inventaron ellos a nosotros) y vean, sin espantarse, cómo han acabado pareciéndose a Godzilla muchos de ellos. Desde Matas y Munar hasta Antich, Armengol y otros ilustres de nuestro pasado.

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viernes, agosto 22

Desde las trincheras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Escribir con la casa tomada por un ejército de pintores de brocha gorda (los muebles y el polvillo blanco arremolinándose por entre los salones y pasillos, el viejo laberinto del hogar transformado en una trinchera) se convierte en una actividad paradójica, intempestiva, casi contra natura.
 No se trata, aunque yo juegue a trazar líneas paralelas donde lo que abundan son aristas y tangentes, de sobrevivir al rito fúnebre de un paredón asesino ni de repetir, obligados, las monótonas consignas de los verdugos habituales, sino de evitar que el discurso de los días se nos acabe atragantando. En efecto, las palabras pierden valor (quizá por el furor uterino de las redes sociales) y la grosera dictadura de las imágenes no hace sino ofrecernos un caos televisivo de sangre y venganza que habrá que lidiar hasta que nos llegue la hora de pagar la factura. Bienvenida la factura. Me refiero a los pintores, claro.
 Pero es que la libertad también tiene su precio. Y hay que pagarlo aunque creamos, pese a todo, en la bondad intrínseca del hombre, en su inocencia esencial, en su condición de heredero de un maldito pecado original que, al parecer, no acabaremos de pagar nunca. Es lo terrible de la usura cuando, además de ahondar en los balances contables, se aferra a los discursos territoriales o étnicos, la fe integrista, el velo de la vergüenza sobre la razón. O el ceñudo monolingüismo subvencionado de la OCB y sus esbirros; es decir, de nuestros catalanes de andar por casa ocupando IB3 y los 116.160 euros de ofrenda. La factura.



 

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martes, agosto 19

Dineros y utopías


La Telaraña en El Mundo.
 
 Unas cuantas diapositivas mejor o peor engarzadas le reportaron a Multimèdia de les Illes Balears, S.A. la bonita cifra de sesenta mil euros públicos. Se trataba de un estudio sobre el coche eléctrico, que es ese vehículo limpio, limpísimo, y también lento, lentísimo, que llevamos viendo, desde hace lustros, en los escaparates y vitrinas de casi todas las ferias más vanguardistas del ramo automovilístico, pero no en las calles, entre el estupor de las colas infinitas, el ruidoso temblor de los motores perdiendo aceite, el espejismo de la bruma y el sudor evaporándose donde el asfalto y el sol se funden y una cortina evanescente baila y se contonea, ante nosotros, como si en un sueño o delirio de seducción y lujuria. O así.
 Nada mejor, pues, que apoyarse en la vertiente utópica de cualquier aspecto urgentemente mejorable de la realidad –la ecología, por ejemplo- para que nos sintamos cómplices de algo noble, un futuro mejor, un planeta más limpio, una galaxia más pulcra y láctea, un universo con menos flatulencias y cosas así.
 Lo malo es asumir que el atajo hacia ese edén (y hacia otros paraísos similares) con que la humanidad entera sueña o delira desde el principio de los tiempos (y lo que le queda) suele ser, siempre, una indeterminada cantidad de dinero público presuntamente distraído, mal usado o dilapidado. Es una lástima que resulte tan difícil compaginar la grandeza histórica de nuestros sueños o delirios con el sempiterno agujero negro de nuestros bolsillos. Los nuestros, no los del Pacte de Govern aquel.

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viernes, agosto 15

El humo de los adjetivos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Podemos echarle la culpa al mes de agosto y hasta dar por bueno, con estos calores, que la mollera se nos ablande o atrofie; tal vez, que se nos inflame o reseque, convirtiéndonos en una especie de antorchas humanas sobre el abismo resbaladizo que hay entre el fuego y las brasas (o las cenizas de la acritud y el desdén, la falta de rigor y el lenguaje cerril de la intoxicación ideológica) de un odio que no sé si siempre fue nuestro o si sólo es de ahora. De ahora mismo, al menos.
 Me refiero, claro, a los que han convertido las redes sociales y los lugares de opinión (por no hablar del uso de las tertulias televisivas como referente textual) en mera exhibición propagandística de las virtudes propias y los errores ajenos. Toda esa mierda maniquea inunda los muros de Facebook o Twitter y mezcla todos los temas en el mismo tema. No hay tema: sólo un alud de tópicos sobre, por ejemplo, judíos o árabes, fascistas o más que fascistas, bolivarianos y nacionalistas de un lado, el otro o ambos; triste penuria, en fin, de los adjetivos convirtiendo el mundo en una marcha descerebrada hacia ningún sitio.
 Pero nada dura para siempre; y eso es algo que deberíamos celebrar si no fuera porque, en esta carrera de relevos, cada generación le entrega a la que sigue un artefacto más inútil y envejecido, más repleto de problemas y huérfano de soluciones. Un mundo peor amueblado y con peores vistas en la primera línea de todas las playas y la línea última de un horizonte de niebla, quizá de humo y explosiones, alucinación, vacío, nada.

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martes, agosto 12

Los tiempos verbales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso las noticias mientras desayuno. Pronto llegará a las librerías (y a los ebooks) el tan demorado como esperado, creo, «Palais de Justice» de José Ángel Valente. Ya casi nadie lee a Valente; será que no andamos muy sobrados de tiempo y que nos agarramos a la vieja trampa de los días como a un bucle de ficción y vértigo donde ya no hay lugar, o no se lo hallamos, para ese lento y prodigioso viaje hacia el origen de lo que somos y la vida.
 Releo lo que he escrito y me dejo llevar por algunos interrogantes. Es cierto que hay libros que se escriben con vocación explícita de futuro, pero también lo es que su guión acaba, las más de las veces, intentando buscar alguna salida, la que sea que se alcance, por entre el espesor de los sueños y la presión asfixiante de la memoria. ¿Dónde podríamos, en fin, encontrar el futuro, sino entre las líneas de las palmas de las manos, en su intermitente tatuaje de arrugas y llagas, su contraluz a hurto y sarpullido, su higiénica, vana costumbre de mostrarse metafóricamente vacías y casi limpias, en apariencia inquietas?
 Salgo a las calles y compruebo la enorme mejoría, en términos turísticos, de Palma. Más tarde, el denso tráfico me mantendrá varado a muy pocos metros de las ruinas del Palacio de Congresos y las de GESA. Sólo empiezo a respirar cuando las dejo atrás y a mi derecha se muestran, bellísimas y altivas, las siluetas desafiantes de la Catedral y la Almudaina. Es decir, qué cercanos y revueltos que andan el futuro, el pasado y ese enigma que damos en llamar el presente.

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viernes, agosto 8

De cenas y asambleas


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 No sé si prefiero una cena o una asamblea. Es cierto que las cenas a gran escala (donde todos se mezclan como si la gastronomía fuera un arte y ellos unos artistas del hambre) tienen mejor prensa, pero mi poca experiencia en el tema no acaba de saber cómo librarse de la rigidez de la etiqueta, la mirada inquisitiva de los camareros, los monólogos cruzados de los comensales, el batir ensordecedor de las mandíbulas y plumas, el efímero soufflé que siempre se derrite antes de tiempo.
 Sobre las asambleas, en cambio, soy casi un experto, porque me pasé un par de cursos universitarios, en Valencia, yendo de asamblea en asamblea a la hora de clase y a todas horas. Era divertido discutir sin más urgencias que las hormonales y encontrarse, aunque sólo se aprobaran las propuestas más delirantes, con que siempre había algún grupo en la sombra (acaso los precursores de Podemos) que sí sabían cómo presentar sus tesis y hasta vendérselas a la opinión pública. Podían y lo hacían, claro.
 Así las cosas, puede que las huestes de MÉS acierten al declinar la invitación real (de Felipe y no de Juan Carlos, que tenemos a dos reyes cohabitando) a la cena en el Palacio de la Almudaina. Igual ese no es el lugar adecuado para los que preferirían, tal vez, departir ideológicamente con Jordi Pujol y su espabilada prole. O acudir en masa (y hasta infiltrados) a alguna asamblea incendiaria de Podemos para atisbar por dónde van los nuevos derroteros del poder, esa falange sin más brújula que las perlas televisivas de Pablo Iglesias. Nada menos.
 

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martes, agosto 5

Cuestiones de agosto


La Telaraña en El Mundo.
 
 Nunca he llegado mucho más allá de andar barajando (poniendo y quitando) discos de vinilo sobre la aguja de la gente, más o menos ebria, en algún pub amigo y lejano en el tiempo. Calle Apuntadores, Atarazanas, Plaza Gomila y adyacentes. Algún lugar, pues, envuelto en la pesada bruma del tiempo y en el calor huérfano de tantos meses de agosto huyendo del sol y las playas, de los largos paseos al alba sobre la arena, las algas y el alquitrán, sobre las conchas, vacías de vida, pero repletas de alguna música remota. Quizá de metáforas o de mujeres que me escribían cartas, cuando aún se escribían cartas.
 Por desgracia, ya no se escriben cartas y el archivo íntimo de toda una vida se reduce a un desordenado arcón de papeles envejecidos y un puñado de bites en un único pen de unos pocos gigas de capacidad con una carpeta ramificada (por voluntad o azar) y un mar de archivos víctimas, en fin, del olvido o la apatía. A la intemperie tanto de cualquier virus informático como del más clamoroso de los naufragios. O el silencio.
 Quiero decir, claro, que sé muy poco, pese a los precedentes, de afamados disc-jockeys y de multitudes más o menos histéricas o exaltadas. Más aún, me temo que su histriónica psicodelia actual lleva los mismos lustros de retraso o distancia que mantengo conmigo mismo y con mi pasado. En todo ello, pienso, mientras me acomodo en la terraza de algunos bares de Palma y dejo que me rieguen como si fuera una planta en un frágil invernadero de cristal. Acaso un penúltimo palacio de invierno en pleno agosto.

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viernes, agosto 1

El referéndum de los otros


La Telaraña en El Mundo.
 
  Habrá que ver quién puede convocar, finalmente, el referéndum del 9-N en Cataluña. Habrá que verlo, porque puede que no sean pocos los políticos nacionalistas que, a rebufo de la polvareda familiar (y Cataluña, como Baleares, es algo así como una familia) de Jordi Pujol, van a acabar dando vueltas alrededor de los juzgados y la vergüenza en los medios, la pena del telediario y la crispación en las redes sociales, la risa de los escépticos, el estupor de los que por ahí pasaban y siguen pasando. Aún no se precisa pasaporte para aterrizar donde fui feliz como en tantas otras partes; de forma intensa, pero intermitente.
 Habrá que ver, también, cómo se logra superar la crispación que irá cerniéndose sobre todos a medida que se acerque la fecha y no haya urnas ni colegios electorales legítimos más allá del perplejo limbo español, la tormenta europea y las amenazas universales de excomunión; más allá, asimismo, de una crisis que sigue dando sus coletazos de hambre y dolor, el estertor del que no piensa irse sin dejarnos su huella más profunda. Ese dolor (y ese desgarro) lo vamos a heredar nosotros. Todos nosotros.
 Pero no hay problema. Todo se hereda y se dilapida. Todo se pierde, igual que se gana, entre las raíces polvorientas de un árbol genético tan vital y confuso, como azaroso y cómplice. Da igual lo que voten o no: la asamblea de la vida es sólo un simulacro donde lo único que se reparten, de veras, son las diversas máscaras biológicas del poder, ese juego de rol donde los esclavos son siempre los otros. Cómo no.

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martes, julio 29

Conspiraciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 De vez en cuando merece la pena dejarse llevar por alguna teoría de la conspiración lo suficientemente absurda como para considerarla material perfecto para un sueño salpicado de sobresaltos, tal que la vida misma. Imaginarse, por ejemplo, que el vuelo de Malaysia Airlines desaparecido el pasado mes de marzo en algún lugar desconocido y el que se estrelló hace diez días entre el cielo y la tierra en llamas de Ucrania son el mismo avión y hasta sus pasajeros los mismos cadáveres sombríos, cuatro meses después, hartos ya de dar vueltas por entre las nubes y los escondrijos de las tormentas; el viaje infernal que concluye cuando ya no quedan trayectos por explorar, rutas suicidas que nadie surca ni vigila: la ronda imaginaria, en fin, de una conspiración o un sueño.
 Así uno digiere la épica y la desmenuza y recicla; la convierte, acaso, en lírica. En ese proceso, uno abre sus ojos al mundo y, quiera o no, parpadea. De una parte, el mundo nos parece un curioso juego literario, donde los personajes son sólo palabras y la acción y los sentimientos, complejas construcciones gramaticales. De otra parte, una viga de polvo se arremolina y se hace fuerte en nuestra mirada; se adueña de su interior y así de nuestro lenguaje.
 Es entonces cuando nos duele, hasta las lágrimas, la sangría colectiva que vemos y palpamos como si estuviéramos en pleno sueño y las mil y una noches de los mil y un cuentos no quisieran amanecer y no hubiera forma, en fin, de decirle a Sherezade que no calle jamás, que mientras haya discurso habrá vida.

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viernes, julio 25

Planeta de simios


La Telaraña en El Mundo.
 
 Guardo en alguna parte, en algún lugar remoto del anaquel de los libros y la niebla, los siete u ocho devedés de las diversas secuelas, precuelas, remakes, versiones y perversiones de «El Planeta de los Simios». Hablo de la saga completa y de algún que otro material paralelo o alternativo, que he ido recopilando sobre el tema. Cosas de simios y humanos. El regreso indeciso al origen de las especies o al temblor explosivo de la Historia, ese baile genético entre seres tullidos (puro viaje en el tiempo, porque el espacio es siempre y sólo un pretexto) sin otra máscara que la propia ignorancia.
 El caso es que hay nueva entrega en la gran pantalla. Más épica y mejor armada, tecnológicamente, que las anteriores. En Sudamérica la han titulado «El Planeta de los Simios: Confrontación» y en España, «Amanecer en el Planeta de los Simios». Aquí los diferentes matices no hacen sino enojarnos y fruncir el ceño. Como simios. O como humanos. Definitivamente.
 De momento sólo he ojeado un par de versiones mutiladas en el inglés original de un incómodo cine repleto de sombras y murmullos. Pero ya habrá tiempo de confirmar la más terrible de las sospechas, porque si algo he aprendido de esta ensalada de simios y humanos es que no hay forma de superar la grandiosidad simbólica de la imagen de Charlton Heston arrodillado en la arena y maldiciéndonos, contra la sombra vergonzosa y las ruinas de la Estatua de la Libertad. Ucrania, Gaza, Siria, Irak, Irán o los secuestros de la guerrilla musulmana, por ejemplo, son sólo el principio. Ay.

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martes, julio 22

Paisajes del horror


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Unas cuantas fotografías de Javier Izquierdo me estropean el almuerzo y hasta es posible que algo más. Me duele, en efecto, la obscena sobredosis de realidad de las imágenes que, al fin juntas y revueltas en su exposición #passionformagalluf, no hacen sino recordarnos el perfil abigarrado y obtuso de algunos paisajes que, pese a todo, no pueden sernos absolutamente ajenos: el júbilo delirante y efímero en plena bacanal alcohólica por entre las trincheras encharcadas de Magaluf, el sexo autómata y desechable sobre su arena blanca y mordida, el escatológico corolario muscular de la vulgaridad. Quizá la zoología costumbrista. O la taxidermia física de la barbarie.
 Estas imágenes, sin embargo, no colman por completo mis ansias; ignoro si de realidad o ficción. ¿Cómo diferenciarlas? No parece del todo real recorrer los cielos diez kilómetros arriba, entre las nubes, y que un misil tierra aire venga a despertarte a una pesadilla de fuego y carros de combate, cadáveres y comisarios políticos. Me temo que no hay vena que aguante el ácido convulso y corrosivo de tanta realidad de golpe y por asalto.
 Algo similar, o tal vez peor, pasa también allá donde mi (buena) educación judeocristiana acaba palideciendo entre dos fuegos con la misma llama incandescente y el mismo ardor tullido. No es hora de tópicos o inventarios, sino de evidencias y soluciones. Y esto debiera valer para todo y todos. No se puede caer tan bajo y tener enemigos tan rastreros que no te dejen ser, siquiera, quien debieras ser y, por desgracia, ya no eres.

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viernes, julio 18

Los manifiestos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que la cosa va de manifiestos. Es decir, de elaborar un catálogo de afrentas lo más prolijo y conceptual posible y de buscarle alguna salida de síntesis al enorme entuerto, algún discurso afectado, por lo tanto, de metáforas rebuscadamente sencillitas y de buenas intenciones sociales. Cómo no. Se trata, pues, de poner la realidad en una cuarentena similar a la del barbecho para invitarnos a reflexionar sobre sus problemas y los nuestros: buscarle la luz colectiva al apagón de la inteligencia, mejorar su aspecto, su aura a mundo futuro sin más futuro que la debacle, la disolución o, y eso es siempre lo peor y lo más probable, el triunfo final de algún espejismo, del que sea.
 Porque siempre hay algún espejismo que nos seduce sin que sepamos por qué o cómo. Alguna idea u obsesión que nos palpita con letal urgencia en las sienes. Alguna especie de maldad telúrica que se nos ocurre, quizá entre sonrisas, y con la que pretendemos quitarnos la máscara ante todos y así vernos, al fin, tal y como quisiéramos ser vistos. Lástima que no haya forma de que las imágenes se estén quietas.
 Pienso ahora en «Libres e Iguales» y en Vargas Llosa o Fernando Savater. También en el nuevo manifiesto federal de Sartorius o Baltasar Garzón. Pienso en “PLIS. Educación,  por favor” y en lo difícil que es intentar construir un oasis en mitad de la uniformidad desértica del pensamiento único. Pienso que una vez me adherí a un manifiesto (al de la Lengua Común) y que, hasta que se cumpla, no me hace falta firmar ningún otro. Qué alivio.

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martes, julio 15

La guerra de los días


La Telaraña en El Mundo.
 
 El futuro es un lugar muy extraño al que no hay otra forma de llegar que hacerlo absolutamente desencantados y sucios, muy sucios, con toda la indeleble suciedad de los días grabada en la piel y en el alma, en el claroscuro de las intenciones, en el trasluz de la sonrisa, en el cansancio infinito de la voz, en la lenta disección de la realidad que vamos haciendo aunque nos hiera su inaguantable hedor a pólvora y a mentira, a injusticia inexplicable, a universo ordenado a la fuerza y a las bravas: la persistente sospecha de que alguna demagogia de orden superior nos está arruinando el raciocinio o lo que nos pueda quedar de él. No mucho, me temo.
 Voy y vengo, pues, de las críticas, por ejemplo, a Israel o Palestina como si fuera un náufrago en pleno desierto del Mar Rojo. O de las ideas. Dejo de lado el maniqueísmo y su amplio catálogo de alucinaciones, porque aun sabiendo de qué parte debiera estar la justicia, ignoro qué parajes, cuáles, le corresponden a la humanidad y a la barbarie. El mundo es un lugar muy estrecho donde el espacio físico resulta vital y no puede haber peor consejero que las apreturas ni mayor pecado que ceder a la tentación gratuita de la frase fácil, la sentencia fulminante, la solemnidad fatua del lenguaje.
 Algo similar me ocurre con Jaume Matas y su inmediato ingreso en prisión o en donde sea. Si, en su momento, la reclusión de Munar me dejó frío, qué puede importarme, ahora, Matas. Cada uno suele acabar, muy a menudo, donde se merece. Sobre todo, si además se empeña en ello. Por supuesto.
 

 

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viernes, julio 11

Los paraísos artificiales


La Telaraña en El Mundo.
 
 La prueba de que hay otros mundos (y de que, además, están en éste, según la cita clásica de Paul Éluard) la tenemos con la existencia, a tan sólo unos pocos kilómetros y varias rotondas de Palma, de una urbe en mitad de ninguna parte y de todas, una especie de Sodoma y Gomorra entre los arenales curvos y bronceados de las dunas y la espuma voluptuosa y hecha añicos del oleaje, tan próximo: ese lugar llamado Magaluf, donde no recordamos si estuvimos hace lustros o décadas.
 Resulta, claro, que el tiempo pasa tan deprisa que igual, pese a todas nuestras cábalas, no estuvimos nunca y estamos, en realidad, delirando sobre un lugar de ficción que sólo existe en la mente tórrida y locuaz de un turismo que viene, exclusivamente, en busca de los paraísos artificiales que ya no se encuentran en el aburrido mundo real sino, tal vez, en sus universos paralelos, en sus hangares alternativos bajo la niebla, en sus limbos de alcohol, éxtasis y lava; de humanidad ebria e insomne, estupefacta entre los vapores y las alucinaciones. El spleen. La ascensión y caída de Ícaro. O los versos del mejor poema de Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno.
 Luego sucede, no obstante, que estos paraísos artificiales se convierten en pesadillas demasiado largas y convincentes. Es cierto que el cuerpo da para bastante, pero la mente no siempre le acompaña y, cuando se queda atrás o desembarca en otra parte, la fiesta se reduce al estertor de una muerte anunciada que acaba en vómitos, y no en sangre, tan sólo cuando hay suerte. Mucha suerte.
 

 

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martes, julio 8

La Lonja y otros sueños


La Telaraña en El Mundo.
 
 Sabes que ya empieza a ser la hora y que debes levantarte a escribir estas líneas, pero el sueño te vence, suavemente, con voluptuosidad rotunda, y las primeras luces y también los primeros ronquidos del alba te parecen un ruidoso enjambre de luciérnagas en mitad de alguna recurrente pesadilla en la que no eres capaz de distinguir si lo que te rodea es real o es ficticio, mientras sigues dando vueltas sobre el lecho y las sábanas y el resplandor y los acordes de la música o la vida siguen revoloteando por ahí adentro, en algún lugar de ti mismo donde no quieres mirar ni tampoco mirarte. Nos cuesta mucho mirarnos, si no estamos muy seguros de lo que vamos a ver.
 Pero resuenan en la lonja de tu cerebro, sobre las espaldas lentas de las tortugas de Jan Fabre, los acordes de alguna vieja canción –quizá de David Bowie o Pink Floyd, que anuncian nuevo disco- y entonces el grito del tiempo es un jadeo de vértigo, una sinfónica voz andrógina, un destello parpadeante en los espejos donde no alcanzas a verte, sino a ráfagas. O ni así.
 Esa música te sumerge en el remolino agridulce de los que podrían estar contigo y ya no están o están muy lejos; y no te dejas vencer por la nostalgia, porque lo que te paraliza es el terror físico de no saberte tú mismo ni siquiera en esa vigilia previa a la vida que es demorarse la eternidad entera en las orillas próximas al ser y, sobre todo, al deseo. Quiero decir, pues, que es así que al levantarte te encuentras que ya está escrita la columna que ibas a escribir y no sabías cuál ni cómo.

 
 
Zeno brains and oracle stones de Jan Fabre en La Lonja (Palma de Mallorca)

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viernes, julio 4

Juicios y felaciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando veo a los jugadores de la selección brasileña de fútbol, entre otros, cantar a capela el himno de su país empiezo a temblar de desagrado y pavor; quizá de vergüenza, acaso de hastío. Me da, entonces, que estoy en el sitio equivocado a la hora en que no debiera. Que el universo ha enloquecido y que una especie de guerra (de momento, sólo psicosomática) entre tribus en proceso de descomposición social y cultural no ha hecho sino comenzar ante mis propias narices. Mal lugar para observar lo que era un partido de fútbol y ya no sé qué es.
 Pero el lugar es malo, también, para asistir al juicio tardío de los cuarenta y tantos estudiantes que ocuparon, hace más de dos años, la conserjería de educación, por aquellos días de Rafael Bosch, entre los aplausos y vítores de los más que asombrados, emocionados funcionarios, los cánticos de aliento de los hooligans, el ayuno futuro de Jaume Sastre y su flota de barcos de rejilla, el apoyo eufórico y eufónico de las fuerzas vivas, el ondear frenético y hasta refulgente de las camisetas verdes, su marea de inmersión lingüística, su estela de no sé ya cuántas virtudes abriéndose paso, al fin, entre la ignominia general de los otros. Siempre los otros.
 Quiero decir, pues, que entre el análisis sumarial de este tipo de juicios y el rápido visionado de los videos de los concursos de felaciones a cambio de copas gratis, que se han puesto de moda en varios pubs de Magaluf, no sé ya cómo hablarles de la actualidad sin que se me salten las lágrimas. Y no digo por qué. Por supuesto.
 

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