LA TELARAÑA

viernes, abril 18

Cuestión de penitencias

 
La Telaraña en El Mundo.  
 
 «Els tentacles de les tenebres». O un gobierno contra la escuela. Los cómics que la Asamblea de Docentes, al parecer, endosa a los alumnos (que aún siguen siendo, por cierto, nuestros hijos) llevan títulos así de crípticos y llamativos, delirantes. Con José Ramón Bauzá y Jorge Campos en la diana de las viñetas del odio. El imperio del mal, la opresión. O el lugar perverso de las cavernas. La noche cerrada donde los lobos aúllan como vampiros ávidos de sangre; y el viento silba, gruñe y se retuerce, quizá, por entre sus afilados colmillos. Cómo no.
 Es una pena, sin embargo, que el inagotable cómic de la realidad no vaya un poco más allá del maniqueísmo de rigor y que la imaginación de los docentes (de la facción nacionalista que usurpa, fraudulentamente, su representación) no sea capaz de traspasar el umbral de la inmersión lingüística, el catalán como terapia de shock, la escisión de la identidad entre las dos lenguas que, a fin de cuentas, nos han convertido en lo que somos.
 Pero no voy a ir mucho más lejos. Escribo en pleno Jueves Santo. Huele a cera y un lento paso fantasmal recorre Palma con su insomne ejército de tambores. No sé si esa música solemne responde a la fe o a la tradición, a la voluntad o al azar que nos coloca, sin que sepamos por qué, en un lugar y no en otro. No me queda sino observar el paisaje, desde el minúsculo lado de la libertad en que vivo, y dejar que la vista se me nuble de túnicas y capirotes igual que de camisetas verdes y estandartes ajenos. Allá cada cual con su propia penitencia.

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martes, abril 15

Entre arias y alaridos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Las más de las veces les daría algunas monedas con tal de que se fueran con su música a otra parte; pero igual es que soy un raro y no deben, por lo tanto, tomarme en serio: hay gente que hasta les aplaude y tararea, mientras dan vueltas por entre las mesas abarrotadas de las terrazas y el mundo, entonces, se vuelve más oscuro y no sé si mezquino y un rugido catastrófico de acordeones y timbales (o así) me hace trizas el alma y el poco tímpano que aún me queda.
 Es la hora del café con leche, el refresco o la caña echados a perder para siempre. La hora del mal cuerpo, confirmado, por tener que afrontar los ciclones y las tormentas acústicas y no poder, siquiera, poner cara de disgusto, negar una limosna, una sonrisa, un airado cruce de miradas entre el gentío inconsciente y el sol de plomo (o latón, el paupérrimo metal del dinero) en las alcancías.
 El tema, no obstante, no es tanto la música como la mendicidad. La sobreactuación vulgar de los peores frente a la discreta presencia de los más cualificados. Ahora recuerdo a una mujer entonando arias con esforzada dignidad y a varios grupos o solistas, sobre todo por San Miguel y alrededores, que casi convierten la ciudad en un magnífico viaje desbocado entre emociones que van o vienen: siempre al galope. Lo que ya no sé (desechada la autoridad moral de todos los colectivos artísticos o municipales del universo) es cómo disfrutar de su fiesta sin tener, como contrapunto, que aguantar a la peña ruidosa y folclórica de las terrazas y la sangría compartida de los bares.

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viernes, abril 11

Marcianos en Madrid


La Telaraña en El Mundo.
 
 Acabo de ver una extraña luz brillando sobre la superficie reseca y, seguramente, baldía de Marte. Una especie de géiser de luz, muy similar al géiser de agua bajo los arcos y las agujas góticas, flamígeras, de la catedral de Palma: la brisa marina empieza ya a ser cálida, pero no deja de salpicarnos, como siempre, con su refrescante espuma (de mar Mediterráneo en peligro inminente de expolio, explosiones y taladros), mitad surgida de la curiosidad y mitad de la ignorancia. O del inacabado saber que nos confirma que no lo sabemos todo, ni falta que nos hace.
 La inmensidad de nuestra catedral me turba, pero también me sonroja su personalidad y parsimonia de siglos, su aplomo solemne de pedernal y lápida, su sacrificio sucesivo de generaciones, su fortaleza de fe, quizá, en los cielos y hasta en las extrañas luces brillando sobre la superficie reseca y, seguramente, baldía de Marte.
 Recorro lo que queda de las antiguas murallas y las callejuelas, en sombra perenne, del laberinto del casco viejo, alrededor. Enciendo, más tarde, luego, ahora, la televisión y me dejo caer en la actualidad y en el pozo sin fondo de las redes sociales. No parece de recibo acudir hasta el mismísimo Congreso de los Diputados con un equipillo plagado de suplentes. Con una terna de simpáticos funambulistas sentimentales. No es serio. Como tampoco lo es quedarse sin la semifinal de Champions a orillas del reseco y, seguramente, baldío Manzanares, cuando lo suyo, desde siempre, era arrasar a lo grande en el Bernabéu. O intentarlo, al menos.

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martes, abril 8

Filias y fobias


La Telaraña en El Mundo.
 
 A dos euros por cabeza, unas diez mil personas (sorprendentemente salidas de la generosa pulsión electoral o del doble fondo incorruptible de los armarios) dejaron el domingo su voto para que Francina Armengol y Aina Calvo presuman, ahora, de democracia interna y primarias; de diáfana transparencia más allá de las estructuras piramidales de un partido que se mece o se columpia, como todos los demás partidos, según la brisa y el poder lo arrasen o lo arrullen.
 Así suceden las cosas. De vez en cuando, la gente se cansa de dar vueltas, a solas y a ciegas, y se adhiere primorosamente a lo primero que encuentra. Se deja crecer, entonces, una larga cabellera de filias y fobias; una greña de tópicos y prejuicios que, además de servirle de guía, de brújula, de faro, de norte, de bandera y de divisa en el largo y tortuoso camino diario, tiene el efecto colateral de reducir el espectro entero de la sociedad a la singularidad de alguna de sus anécdotas: el fluorescente y frío resplandor de la síntesis como culminación (y como parodia final) de un pensamiento más próximo a las habilidades cisorias de un forense que al estupor de un filósofo o un poeta.
 Pero da igual. De hecho, no me sorprenden estas ni otras artimañas, más o menos sofisticadas, de intentar convertir la vida de cada uno (y así la de todos) en algo más llevadero y satisfactorio. En el patio global, donde todo se compra y se vende, los partidos políticos no hacen otra que confirmar nuestra estirpe fenicia contra el muro vacío y desolado de nuestra fe y sueños.

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viernes, abril 4

La Feria de Abril


La Telaraña en El Mundo.
 
 Si ya degenera –y lo hace mucho, muchísimo- la cultura que podríamos llamar, sin temor a equivocarnos, propia o autóctona, cómo no va a degenerar –y hasta convertirse en puro delirio- la que nace por simple imitación o empatía, quizá por nostalgia, tal vez por llenar algún vacío afectivo o importar, casi de estraperlo, las costumbres que nos son tan próximas en el espacio y el tiempo como ajenas en su substancia, en su acaecer diario, en su telúrica inmersión en nuestras vidas. Una Feria de Abril sevillana en el acalorado mayo de Mallorca no es tan sólo una orgía de requiebros, finitos y faralaes; también es un viaje temático al extranjero: a ese lugar mitológico y salvaje donde siempre somos mejores (lo son, incluso, los bárbaros del pubcrawling o el balconing) de lo que en realidad somos.
 Repaso el párrafo que acabo de escribir y sonrío. Está claro que me he dejado llevar por el optimismo antropológico y por la fe ciega, tal vez, en la quimera; por la convicción penúltima de que la vida es también un viaje del que –como de las crisis, esos capítulos que abrimos y cerramos casi sin darnos cuenta- sólo podemos salir reforzados. O no salir.
 La Feria de Abril parece que se nos ha caído, veinticinco años después, de la agenda local por unos cuantos inodoros de menos. O por unas cuantas escaramuzas de más al interior de esos armarios de azufre y plástico donde lo difícil no es ya dejarse, heroica y malamente, el vientre, sino hasta el alma entera. Sea como fuere, y en donde fuere, no olviden recuperarla a la salida.
 

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martes, abril 1

El último emperador


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Para degustar el remolino tóxico de la existencia, catar su médula agridulce y palpar su resbaladiza realidad de limo (y sarpullido) hace falta recorrer los alrededores temáticos de la injusticia, el espectral y tétrico lenguaje o alarido de la sumisión y las mazmorras, el caudal asfixiante de la voluntad domada y hasta, quizá, tullida, las emociones azoradas, el reloj detenido de la esclavitud y otras cien mil perversiones. O más.
 Podríamos, desde luego, realizar este singular viaje recordando, sin ningún ánimo enciclopédico, algunas de las lecturas que nos iniciaron, inadvertidamente, en el tema. Podemos ir, por ejemplo, de Zola a Dostoievski, de Sade a Henry Miller, de Catulo a Georges Bataille, de Job hasta el mismísimo Apocalipsis.
 Estas lecturas, junto a muchas otras, forman parte de nuestra educación sentimental. Son, pues, importantes y hasta puede que decisivas. Nos ayudan, al menos, a leer y profundizar en los entresijos de la crónica prejudicial de Fernando Ferré y su Grupo Playa Sol sin que se nos atraganten, más allá de lo inevitable, las atrocidades de ese abigarrado paisaje donde el capitalismo consistía, aún, en ser el nuevo pretexto para la extorsión más antigua. La sombra vertical de un imperio sobre el sudor de una mano de obra que trabajaba de sol a sol bajo el sol infinito de Ibiza y que firmaba, presuntamente, sus contratos laborales en checo. Es lo que tienen los imperios. Que siempre caen en la tentación de eternizarse en algún idioma que no entiende casi nadie; salvo Franz Kafka, claro.

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viernes, marzo 28

Las botas de Armengol


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que no cesa ni decae, tampoco, la algarabía en los tribunales y que, a cada rato, una nueva imputación viene a completar el peregrino panorama de la corrupción o la política. Ahora le ha llegado el turno a Isabel Oliver, ex consejera insular de Economía y Turismo del PSIB cuando el egregio gobierno del Pacte. Ya saben: los rumbosos años de Antich, Armengol y la cúspide del social nacionalismo (según el adulterado uso actual) vertiendo su torrentera de subvenciones a modo de abono conceptual y derroche o trueque ideológico. Pura empatía familiar de los sentidos, por supuesto.
 Pero no se puede, desde luego, hablar tan sólo de Armengol en estricto pasado. El PSIB anda de primarias con todo el aparato del partido volcado allá donde más le empujen la inercia, la ficción o ambas: Armengol o Aina Calvo. El personalismo de unos y otros intentando preservar su guarida.
 Pero hay más. Tengo a la vista una fotografía a media página (web) en la que Armengol posa junto al líder de la OCB, Jaume Mateu, sobre el enorme telón rojo de un cartel electoral socialista. Ambos sonríen como si fueran los protagonistas de alguna superproducción extranjera (y quizá lo sean) y a Armengol le brillan las ruidosas botas de cuero, al menos, hasta las mismísimas rodillas. Habrá que ver si algún juez decide que ya es hora de que la organización catalanista (y balear, según su denominación de origen) justifique a dónde va, viene o cómo se multiplica la gran cantidad de dinero público que se les atribuye; y no sé yo ni, quizá, casi nadie.

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martes, marzo 25

Los latigazos del odio


La Telaraña en El Mundo.

 
 Duele hablar de las marchas por la dignidad o, más aún, de la dignidad como escenificación o delirio colectivo, cuando nada acaba siendo lo que parece y la representación concluye con la evidencia de que hay grupúsculos de vándalos (pero también, ay, de policías de paisano) infiltrados en el bando que no debiera ser el de los otros, sino el propio. O el único bando posible, el de todos. La indignidad de la violencia nos deja mudos y horrorizados.
 En efecto, de muy poco nos sirven las palabras a la hora difícil de explicar la violencia. Nos abruman las desquiciadas imágenes de una cacería en la que no existe otro discurso que el intercambio irracional de golpes y piedras, el vaivén sudoroso de la sangre por entre las esquinas de la guerrilla urbana, el silencio sucesivo tras el artificio de la victoria o la rendición, el caos tocando el timbal en el quicio herido de la sien, los gritos del acero, el alboroto de la ira o el refugio indigno, quizá, de los cascos y los pasamontañas, el crepúsculo tardío de la fatiga invencible o de la renuncia a los propios sueños o pesadillas.
 La dignidad, como hipótesis, vale mucho más que los latigazos del odio en plena noche madrileña o española. Mucho más que una batería de insultos y descalificaciones sin más metralla que el sectarismo en Twitter o las delirantes tertulias de algunas televisiones. La dignidad, a estas alturas del festejo, es mirar el paisaje (tras la batalla) y reconocer que la ficción en que vivimos, aunque no nos guste, igual es la mejor posible. Quién sabe.

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viernes, marzo 21

Los temblores del Big Bang


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Ahora que los científicos han descubierto los primeros temblores del Big Bang y su alargada sombra sobre nosotros (y sobre este precario instante de tiempo que intentamos, a toda costa, atrapar entre los márgenes de la página antes de perderlo para siempre), sólo nos falta sacudirnos de encima sus pegajosos restos y migajas; eso y alejarnos, tal vez, de la rutina inflacionista de las ondas gravitacionales o de las deformaciones provocadas por aquella antigua (pero no sé si pretérita) gran explosión en el binomio espacio-tiempo.
 Cualquiera diría, pues, que nos persigue la memoria atormentada del universo y que padecemos, quizá, su resaca. Pero tantas metáforas no nos reconcilian con la ciencia ni, tampoco, nos calman. Al contrario. Sólo reconozco lo que incorporo a mi naturaleza, lo que nombro y palpo, lo que me excede y hago mío, tal vez bíblicamente: estas luces iridiscentes que nos subyugan cuando cerramos los ojos, este universo que asume la ciega mecánica de su expansión, igual que nos recuerda, con persistencia, su extraño origen (que es también el nuestro) y nos lo proyecta, una vez y otra, para que sigamos temblando. Cómo no.
 Hubo una explosión al principio; y seguimos explosionando. Quizá esto sea la vida y en su temblor compartido se escondan, a la vez, todos los enigmas del espacio y del tiempo. La fusión lujuriosa y excelsa de la carne y el espíritu en este hermosísimo vals de cada día en que aprendemos a ejecutar los difíciles pasos que van de una aniquilación a otra. O de una crisis a la siguiente.

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martes, marzo 18

Epifanías nacionalistas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que la vida sea levantarse al alba, escribir unas cuantas líneas y dejar que se enmarañen solas, como por azar o inercia, quizá por destino. Son las palabras, entonces, las que toman las riendas de la realidad y la nombran y deshacen, igual que nos nombran y nos deshacen, dejándonos a la expectativa de unos hechos que hemos provocado sin imaginar, siquiera, su razón de ser, sus terribles o magníficas consecuencias, su textura de eventos surgidos más allá del límite retórico entre la necesidad y el deseo, el filo dialéctico de un par de sílabas cayendo sobre el mundo y encendiéndolo, al fin brasa y resplandor, la luz en el rostro, el rubor de la ceniza como consumación de los siete días que dura la vida, su viaje al centro de uno mismo y sus circunstancias.
 Hace ya un siglo de la Gran Guerra y oigo, alrededor y adentro, los mismos murmullos sepulcrales, pero enardecidos, de siempre. Será que el mundo es una polifonía infernal que precisa, de vez en cuando, de la pausa y el silencio, la combustión lenta de las palabras y los significados, la digestión pesada de la sangre y, perversa, del horror.
 Nos queda luego, ahora, observar cómo el vuelo rasante de los nacionalismos va llenando de grietas, como zanjas, la página en blanco de las tierras convertidas en campos de batalla. Poco importa si en Crimea o en la Cataluña herida de sí misma y de los políticos que se la han hecho suya. ¿Hasta cuándo seguirá siendo, el mundo, una letanía y un salmo, una epifanía nacionalista, la oscura premonición de una catástrofe?
 

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viernes, marzo 14

El suicidio de los niños


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que los problemas propios de la adolescencia y la juventud no sean sino un terrible anticipo de lo que habrá de venir poco después: la complejidad de la vida más o menos adulta, su rosario de deberes y responsabilidades sin depurar, su carga de fe irracional en las emociones, su variado catálogo de placer y dolor, de juego y miedo, su poso de té y civilización donde ya no hay ni rastro del futuro; o el futuro se evapora, a marchas forzadas, por entre las crines enmarañadas del tiempo. Los trabajos y los días. Los espejismos nocturnos. La resaca del alba cuando al abrir los ojos nos enfrentamos al hastío de siempre. La asfixia, la ficción de los círculos viciosos.
 Pero observo el panorama y tiemblo. Una niña de trece años acaba de dejarse caer, silenciosamente, cinco pisos abajo hasta el estrépito último de la muerte. Quizá el ancestral acoso escolar o cibernético, ahora llamado «bullying». Quizá mil otras nubes con sus particulares tormentas interiores. El alarido familiar de los canes negros o la mueca desencajada e invencible de la tristeza.
 No podemos, sin embargo, ir mucho más lejos. Hay que ofrecer a los jóvenes alguna alternativa mejor al suicidio. Todas lo son. Alguna forma de diálogo. Algún hilo al que asirse cuando la consciencia se agita, cede o se tambalea. Pero no es fácil. Lo sé. Parece que no nos sirve de mucho haber atravesado los peores desfiladeros sin más objetivo que dejar atrás sus tinieblas y burlar todas las fronteras, incluso (y sobre todo) las prohibidas. Habría que solucionar eso.

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martes, marzo 11

Versos sueltos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que a las gaviotas les ha entrado la vena continental y el regusto urbano por el posado solemne al sol sobre las medias columnas, como pedestales, del Paseo Mallorca. Cae el sol sobre ellas y sobre nosotros; y mientras ellas crecen, enormes, al fin, en su envergadura de pájaros gigantes revoloteando sobre los estuarios de tantos ríos que van a dar a la mar, que es el morir, nosotros, en cambio, parece que menguamos con los requiebros circulares del tiempo y el cambio ácido de las estaciones.
 No hay forma, pues, de confrontar nuestra curiosidad de ornitólogos (tan habituados a las jaulas como a las definiciones del lenguaje) con su indiferencia biológica de aves, su quietud luminosa y su vuelo hambriento de espacios abiertos, su textura de mármol o plástico (ambos de imitación) entre una pesadilla de alquitrán y gomas viejas, que van y vienen. El oleaje, tal vez, del pensamiento.
 Será por ese reflujo de las mareas o el pensamiento que Palma regresa, de vez en cuando, al mar torpemente olvidado y se abre, tal y como lo está haciendo ahora, a su propuesta de misterios ocultos y olas y espuma, el olor penetrante de la sal líquida: esa formidable tinta invisible con la que escribimos, de jóvenes, tantos versos sueltos sin más objetivo que perfilar una fachada marítima (interior y propia, contra los arrecifes de la muerte) con un esplendor similar al de la última línea curva del horizonte. En cuanto quiten de en medio los edificios en descomposición de GESA y el Palacio de Congresos prometo volver a intentarlo.
 


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viernes, marzo 7

Panero y aquella resaca


La Telaraña en El Mundo.
 
 Todavía le recuerdo, digo, con la copa en la mano y hablando mucho, hablando para poder existir de que no hay nada mejor que decirse a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube la marea del vino en la sangre y el alma. Estoy rescribiendo, claro, el poema «La Canción del Crupier del Misisipi» de Leopoldo María Panero y recordando los días gloriosos en que fingimos asaltar Sa Dragonera o, en su defecto, todos los bares de los alrededores, Sant Elm y el Port d'Andratx. Junio de 1977. Hace una eternidad de nada, de nada, de nada.
 Cincuenta pesetas, recuerdo que me prestó entonces, Leopoldo, ya con el rostro cuarteado por el desencanto, para pagar la enésima ronda de aquellos días preñados de sed y de sol; de versos que recitábamos, aunque aún no los habíamos escrito; de la misma asfixia que ahora, pero de otro tiempo, más infantil y terco, vertiginoso, líquido. Días y, en especial, noches de urgencias metafísicas que ni sospechábamos que nos fueran a dejar alguna huella, pero que lo hicieron: nos dejaron el buen gusto por las causas justas y la resaca bellísima de las hermosas derrotas. Todo lo demás casi que no importa.
 Sobre todo, porque esta mañana me he levantado con la noticia de que Leopoldo ya no está entre nosotros, donde quizá nunca estuvo, y esa dolorosa soledad es lo que más le agradecemos y admiramos. Se ha ido, o se ha vuelto a ir, porque siempre pareció estar de paso hacia ese reino tan suyo, entre civilizado y salvaje, donde sólo sus versos podían sobrevivir y sobrevivirle. Sobrevivirnos.

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martes, marzo 4

Picudos y compulsivos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Del noble arte del autorretrato (que era introspección y búsqueda más allá de la máscara diaria) a la compulsión del «selfie», esa foto que uno se hace a sí mismo con el efecto colateral de la cara picuda que se nos queda cuando el fogonazo de la luz, la longitud del brazo y el temple del objetivo no dan abasto y la composición se reduce a un mal gesto y a un guiño, acaso tullido, pero revelador: nos fotografiamos para vernos tal y como nos ven los demás. El resultado no puede ser más horrible ni descorazonador. Pero pelillos a la mar.
 No tuve, la otra noche, la paciencia y el humor necesarios para soportar la ceremonia de los Premios Oscar, aunque este año sí que había algunas buenas películas. Se ve que la crisis espabila a todos y a los publicistas, mucho más. La fotografía que resume la gala es la de Ellen DeGeneres, con Meryl Streep, Brad Pitt, Angelina Jolie o Julia Roberts, entre otros, delante de la cámara de su flamante móvil. Enseguida, la imagen estaba en Twitter y, al rato, ya era la más “retuiteada” de la historia. Así se escribe, ahora, la ficción por entregas de la fama o el terror: vertiginosamente.
 Me da, pues, que el uso indiscriminado y masivo de la palabra y la imagen en las redes sociales no hace sino rebajar de realidad la realidad, diluir el discurso de las cosas y alejarnos del sueño idílico de una república universal de las letras y las artes. Pero no sé si lamentarlo o si poner cara de resignación, mientras disparo una foto tras otra por ver si alguna, al fin, me hace justicia. Qué va.



 

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viernes, febrero 28

El estado de la nación


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Ignoro cuál es el auténtico lugar donde se ha celebrado, de veras, el habitual debate sobre el estado de la nación. Obviaré las retóricas preguntas de costumbre -¿qué estado, qué nación?- porque no estoy como para retortijones dialécticos ni alcanzo a discernir, tampoco, si el debate acaba de celebrarse en los hangares del Congreso o si toda esa farsa entre Rajoy, Rubalcaba y sus respectivas guardias pretorianas es sólo un retorcido reflejo de lo que sucede, paralelamente, en el día eterno y gris de los juzgados de guardia. Donde las rampas y las grabaciones inverosímiles, por ejemplo.
 Pero igual da. O qué importa. Sus señorías chirrían tanto que el presunto enfermo (nacional, autonómico y quizá federal) no puede sino revolverse inquieto y desvelado. El símil médico se nos agota pronto, porque cuesta mantener la calma cuando los diagnósticos de unos y otros acaban siendo opuestos y hasta contradictorios. A estos galenos, que dicen auscultarnos, no parece caberles el cuerpo social entre las manos, el pecho y las consignas electorales. La sombra oblicua y rancia de sus incurables promesas.
 Parece, en cambio, que el debate esencial se acaba consumando extramuros: al trasluz, entre ebrio y dislocado, de las redes sociales y las tertulias televisivas, esas abarrotadas peluquerías del alma donde los expertos alardean de su tórrido ingenio y hasta pierden el oremus con tal de barrer todo lo que se mueva y dejarnos sin ningún desagüe que funcione de tanto pelo, pelusilla o pellejo entero como esparcen. Curioso derroche.

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martes, febrero 25

Ni verdades ni mentiras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que yo no ponga mucho empeño en distinguir la realidad de la ficción; o que, de hecho, apenas me importe la difusa y acomodaticia línea que delimita esos dos conceptos, tan mayores, minúsculos y sutiles, que son la verdad y la mentira. Igual es que no hay líneas ni fronteras ni márgenes exactos; igual sólo hay lugares comunes (lugares confusos, que sólo nos afectan mientras los pensamos o asendereamos) donde se arremolina, a la vez, la gramática solemne de las grandes ideas y el grafiti subterráneo, mordaz y enloquecido de las especulaciones.
 Estos lugares (y por extensión, el mundo entero desde la perspectiva de cada uno) son como lienzos de arena o de agua donde las imágenes se suceden para que la realidad o la ficción, según corresponda, cuajen en nuestra atónita mirada durante un único y recurrente instante: el recuerdo del fuego en la sombra del cuerpo, la memoria intermitente y lasciva (el abrazo sugestivo y tullido que define, con precisión, todas nuestras relaciones) de un tiempo y un lugar que ya pasaron; pasaron como nosotros.
 Por eso, treinta y tres años después del 23F (alboreando la patética movida de los ochenta) no puede llegar Jordi Évole y sorprendernos con un juego tan poco original como retórico. ¿Puede una mentira explicar una verdad? El chaval, como sus contertulios, debiera saber que las cosas se explican siempre solas si uno prefiere (y puede soportar) el auténtico rostro sin palabras del horror (y del miedo o el vacío) a los tópicos y figuraciones de un profesional de la impostura.

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viernes, febrero 21

Cuestión de camisetas


La Telaraña en El Mundo.
 
 El panorama es el que es, aunque crepite, se enmarañe o florezca. Voy de la larga procesión de las camisetas verdes a la urgente epifanía de las camisetas azules. Voy y vuelvo, desengañado, de las camisetas de todos. Aún hace frío y me demoro en las encrucijadas por no tener que escribirle, quizá, a quien no se lo merece.
 La Asamblea de Docentes recibió el Premi Martí Gasull i Roig por su defensa pertinaz de la lengua catalana. Unos miles de euros y el reconocimiento eterno de las fuerzas vivas y su llama prendida. Árida literatura de combate en unas trincheras de arenas movedizas. Octavillas repletas de un silencio y un hedor antiguo. En efecto, no hay forma de aplacar la náusea que nos asalta cuando le entrevemos a la farsa el armazón, el tuétano y hasta los higadillos. La casquería pura y dura del espíritu. Lástima que cada día se hable menos de educación y más de tablas salariales, jubilaciones y complementos. De lengua y territorio. Así funciona la cosa pública.
 Pero que no decaiga, porque si sigue arrastrándose tan por lo bajo y subterráneo pronto no habrá nada que observar o comentar. De momento, amenaza chapapote y temblores. O ruina. Las prospecciones petrolíferas representan algo así como el lado oscuro de la vida proyectándonos su oscuridad de manual, su pozo negro de metales líquidos y asfixia. Lástima que el panorama último lo acaben de arruinar los políticos con la caricatura arrojadiza de sus listas de personas non gratas. Cuestión de colores, creo. O de camisetas y daltonismo incurable, me temo.

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martes, febrero 18

La gran belleza


La Telaraña en El Mundo.
  
 El cine, a veces, nos depara sorpresas que ni en el mejor de los sueños. O sólo en ellos. Abro los ojos (o los cierro, ya no sé) y dejo que la fascinación me venza. La gran belleza inteligente, caótica y decadente de Roma me resulta reconocible y me sobrecoge, desde luego, pero son las palabras de Gambardella, el escritor que ya no escribe (pero que escribió una vez y se vació, quizá, del todo) las que, en definitiva, me desarman trasladándome a otro pasado en el que también fui derrotado; y era joven y me creía inmenso. No hay, pues, dolor ni placer, simetría o consuelo, en ese viaje, sino sólo una sonrisa agridulce y una única sospecha taladrándonos las sienes. Nada es, en fin, tal y como lo imaginábamos; pero eso no es demasiado grave. A veces, hasta es mejor.
 Con todo, el tiempo acaba poniendo cierto tipo de orden en nuestras vidas. A un lado, la pancarta de salida y al otro, la de llegada. Hay una niebla espesa sobre ambas y algo así como un extraño rumor parece precedernos, igual que lo vamos dejando atrás. Ni el próximo paso que daremos, ni el que ya dimos, son seguros. Ni ciertos, ni tampoco fiables.
 Puede que la memoria nos engañe ahora como siempre, aunque creamos, con Gambardella, que a nosotros (como a casi todos) también nos abandonó una mujer cuando teníamos dieciocho años y el tiempo aún no era un problema, sino un puente tendido hacia ninguna parte: uno mismo o el futuro, quizá esas largas frases retóricas que nunca acabamos de decir por completo, aunque quisiéramos. Cómo no. Qué error, supongo.

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viernes, febrero 14

La milla de oro


La Telaraña en El Mundo.
 
 Duele, tal vez, pero ilumina también el rostro (y no sé muy bien si de placer o envidia, indiferencia o desengaño) ojear algo así como media docena de escaparates en Palma y comprender, de inmediato, que nadie espera que compres nada, sino todo lo contrario; al mercado, a la franquicia, a la realidad sociológica del lujo le basta con que admires la inalcanzable marca de unos sueños que debieran ser, quizá, los tuyos, pero que no, no lo son, porque siempre preferiste soñar con lo que ya era tuyo, sabiendo que podía suceder que lo perdieras. En efecto, esa pérdida sucede (y volverá a suceder) varias veces a lo largo de la vida. No es nada grave.
 El lujo se convierte, así, en el lugar de un espejismo, cuanto más inalcanzable, mejor. Nos podemos, pues, acercar a los cristales y mirar, sí, mirar mucho y a fondo, pero sin tocar nada, por favor; que no hay nada peor que las huellas del vulgo en la frágil y quisquillosa realidad del papel de celofán o en el diagrama enloquecido de las plusvalías.
 Miren. Regreso al Borne y a los alrededores del rehabilitado Can Alomar. Regreso casi al mismo lugar donde hace ya siglos una mujer de indefinida edad me vendió los primeros cigarrillos americanos de mi vida. Ya no fumo, pero no dejo de añorar ese humo, entre gris y púrpura, sobre el que se sigue recortando la insalvable distancia entre la realidad y el deseo; entre los sueños y su coartada: la ficción bastarda de su precio. O lo que va de una milla de oro a un simple recuerdo, en tan sólo un par de metros cuadrados. O menos.

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martes, febrero 11

La farsa y el cortejo


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Tan sólo unos trescientos ciudadanos, entre republicanos, separatistas, antimonárquicos y afectos a las catástrofes del ERE de Coca Cola y las prospecciones petrolíferas en aguas muy próximas: muy poco prójimas, se dieron por aludidos el pasado sábado con la presencia de la infanta Cristina rampa arriba y abajo de los juzgados, de la guardia imaginaria de los fotógrafos y guardiaciviles, de la letanía iterativa del Juez y la fluorescencia de los togados, de la corte fantasmagórica de un estado de derecho que se diluye en un simple rebuscar en los detalles más nimios de la condición humana, como si lo hiciera en el interior de una gran bolsa de basura.
 Resulta, así, pues, que las preguntas y las respuestas se solapan y confunden convirtiéndose, en vez de en hallazgos, en auténticos desechos. Es lo que pasa donde no caben la imaginación y el desenfreno; la creación y el caos. O el estertor de la lujuria, por ejemplo. Es lo que pasa cuando tanto las preguntas como las respuestas, además de obvias, pertenecen a la farsa, al cortejo glacial de lo irrelevante.
 Hemos contemplado el paisaje (y hasta vimos al Juez saliendo entre vítores) y ahora lo que queremos es olvidarlo por completo. Qué remedio. Fuimos testigos de un último reflejo dorado en el estanque de un jardín que pudo ser el mismísimo paraíso (y el lugar de la primera caída) y que ya sólo es una especie de pantano, los alrededores de la realeza, la solemnidad de un pozo negro y sus aguas fecales. Pero había que dar la nota y hacerlo con nota. Misión cumplida.

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viernes, febrero 7

La guerra del petróleo


La Telaraña en El Mundo.
 
 La mujer se llamaba Jil Love, pero su nombre quizá fuera lo de menos. Lo más importante era su cuerpo y, sobre todo, su admonitoria mirada de mujer, el revuelo acharolado de sus cabellos como algas marinas y los dos pequeños peces que sostenían sus manos, como en una especie de bodegón eterno y menesteroso por las calles asombradas de una ciudad, Madrid, donde siempre hace más frío o calor del que aparenta y donde todo queda, de hecho, muy lejos y hasta como muy diminuto.
 ¿Pero qué es Ibiza (como Mallorca o las islas todas) en Madrid, salvo una indescifrable anomalía, un profundo sueño húmedo, tribal y acaso exótico, un último y radiante destino escogido más por necesidad, quizá, que por azar, un lema escrito en una rudimentaria pancarta de cartón y piel no sólo humana, sino mucho más que humana, definitivamente demasiado humana?
 Ya podrán los gobiernos (tanto nacionales como autonómicos) y también sus respectivas, personalísimas y muy esquizofrénicas oposiciones continuar labrando el complicado cauce legal de la barbarie, del futuro exhausto y agotado en sí mismo, de la tierra yerma de pasado mañana, del erial baldío de un mar despoblado y de una tierra raptada por el desafecto o por el olvido. Ya podrán, entre unos y otros, continuar sorbiéndole su savia al mundo (en especial, a los territorios a los que nos encadenaron) y hasta su médula al conocimiento. No sé si muy pronto ya no habrá petróleo para encender la luz de una sonrisa. O si lo que faltarán son sonrisas que den sentido a la luz y al mundo entero.

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martes, febrero 4

La fiebre y el fútbol


La Telaraña en El Mundo.
 
 Deseaba revivir la segunda división del Real Mallorca y, en concreto, recuperar de entre la memoria las jugadas de Doval, Orellana y «Chango» Díaz, la pléyade de los oriundos que coincidió conmigo en el Luis Sitjar, cuando el Luis Sitjar era un campo de fútbol con los urinarios al aire libre y no el nido sucio de ratas y cucarachas, el albañal de basura y maleza que es hoy en día y vaya usted a saber hasta cuándo, y yo era apenas un niño con un balón amazacotado de piel y papeles entre los pies y las manos hacia las cinco de la tarde de cada domingo que había fútbol en Palma. Hay que ver lo que ha llovido desde entonces.
 Cogí, pues, la tableta y medio poseído, aún, por los efectos colaterales de la fiebre alta, la tos y los mocos me dispuse a disfrutar del partido del Mallorca con el Sporting de Gijón, un histórico en la agenda deshilachada de mis recuerdos, mejor que mejor.
 La primera decepción fue comprobar que en el Gijón ya no jugaba Enrique Castro «Quini» y que en el Mallorca, sin ninguno de mis oriundos, tampoco jugaba Samuel Eto'o. Si esto es la segunda división, pensé, prefiero la primera, mientras el partido decaía en un ir y venir sin más sentido que la desolación. Está claro que un equipo sin Eto'o es mucho peor que otro sin Quini y así el partido acabó con una victoria visitante que tenía resabio a segunda división y a quiebra deportiva: la imagen y semejanza de la usura y la miseria en los Consejos de Administración trasladada al peor lugar posible, al césped de los sueños y, ay, de los recuerdos.
 

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viernes, enero 31

Territorio comanche


La Telaraña en El Mundo.
 
 Menos mal que algo se nos queda de los mayores. Pienso en mi padre y en su peculiar escepticismo al respecto de la realidad o ficción de las estadísticas, de las que, por razón de trabajo, era un experto. A él, los números, ya le podían caer como chuzos de punta, que apenas se inmutaba con su terca inercia; siempre sabía cómo interpretarlos para hallarles la puerta trasera, la perspectiva más alejada de los lugares comunes, el corolario que, al fin, los desactivaba, a los números, siempre ingrávidos y sobre expuestos, siempre ajenos y hasta ignorantes de la afectada palabrería con que solemos revestirlos y maquillarlos. Quizá usurparlos.
 Pero el tema es adivinar bajo qué circunstancias, más o menos adversas o coyunturales, carga el diablo, por qué y cómo, la espoleta con retardo de las estadísticas. Sólo así podríamos asumir que las Baleares sitúen su índice de criminalidad en el nivel más alto, tras Ceuta, de España. Creíamos vivir en una balsa de aceite y resulta que somos, en cambio, auténtico territorio comanche, la recreación del Bronx, quizá la genuina reedición de Alcatraz en mitad de un mar lento y casi estático.
 Habrá, pues, que hilar muy fino y olisquear los índices de la criminalidad por entre la vertical oscura de los balcones y el empedrado letal de la realidad. Habrá que atender a los juzgados y encontrarse –entre otras princesas más o menos reales- a la mismísima Munar revoloteando por sobre las migajas con truco y trato de los fiscales. Igual las estadísticas, esta vez, tampoco mienten del todo.

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martes, enero 28

Contra el petróleo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Uno se pasó la primera infancia y los años sesenta ejerciendo de dominguero por las calas de la isla y las autovías del seiscientos, por las aguas cristalinas que ya sólo son una quimera, una anomalía en el tullido ecosistema de la memoria, una imagen entresacada de un viejo álbum en el que un «llaüt» de madera no podía servir para surcarle los fuegos ni al mismísimo Sant Antoni, porque ni a un santo se le podía ofrendar lo que ya era, de por sí, sagrado: la supervivencia o el ocio, el viaje interior o el viaje a ninguna parte. El viaje que nos condujo al exilio, aunque eso no lo podíamos saber entonces, sino ahora.
 Pero hay mar de fondo y habrá fuerte oleaje y también resaca. Toca, pues, simulacro de desembarco: desnudarse y hacerse pasar –que tampoco es tan difícil- por auténticas focas desangradas, para que la autoridad competente nos demuestre, al fin, su más que dudosa competencia y evitar, así, que los cañones submarinos de las prospecciones de hidrocarburos nos pongan la fauna y la flora marítima a caldo. Aturdida y lista, como para un revoltijo de marisco hecho trizas. Exaltada y agónica, como para una infame bullabesa de los sentidos.
 El grumo del petróleo salpicando al óleo nuestras costas; convocando, quizá, a un nuevo turismo de mutantes ansiosos de una hora feliz entre las turbulencias del oro líquido y la espuma tibia del barrizal negro. Las islas convertidas en un cónclave postmoderno de muchedumbres con el traje y la corbata de la especulación. O con el turbante y la chilaba de pega. Vade Retro.
 

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viernes, enero 24

Vergüenza en Can Alcover


La Telaraña en El Mundo.
 
 Seguro que escribo, sobre todo, para que me lean. Seguro que, también, para leerme; para rebuscarme en el laberinto gramatical donde, de forma desencantada, pero consciente, me suelo dar de baja de vez en cuando para así descansar de mí mismo y del mundo, de esa realidad múltiple y caleidoscópica que unos se empeñan en simplificar hasta la náusea o la caricatura, mientras que otros, al contrario, nos esforzamos en intentar dejarla ser tal como es, en sus limitaciones y posibilidades, en su vaivén dinámico, porque nos resulta imposible retocarla sin traicionarla o traicionarnos.
 Pero pasa, también, que la falta de pudor de algunos nos supera. Y que la realidad manipulada (la de unos pocos en nombre de todos) se nos deshace como arenilla entre los dedos, porque no nos la creemos en absoluto. ¿Por qué íbamos a creérnosla? ¿Cómo aceptar, en fin, que la mutilen y troceen con todo un catálogo de insuficiencias ideológicas, monomanías y obsesiones? Hay que dejar terreno al asombro y al estupor, a tanta exuberancia como nos rodea y envuelve, a tanta dialéctica ajena a las discusiones bizantinas o febriles.
 He sentido, de nuevo, y como de costumbre, vergüenza ajena. Vergüenza por el grupo de escritores en lengua catalana que se reúnen en Can Alcover, no tanto para quejarse de los Premios Ciutat de Palma, que este año han gozado del privilegio de ser literal y literariamente bilingües, como para hacer piña y darle vuelo y empaque a su miserable y sectaria condición de talibanes lingüísticos. Otra vez, lo han conseguido.

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martes, enero 21

Los extremismos


La Telaraña en El Mundo.
 
 A falta de inteligencia, ingenio, y así la vida intelectual mengua (o agoniza y languidece en Twitter y otras tertulias más o menos televisivas) y nos vamos quedando sin palabras. O sin nada que expresar con ellas. No es de extrañar, pues, que acaben siendo los movimientos callejeros, su arquetípico manual de barricadas y cristales rotos, los que ocupen la indiscutible primera plana de una política convertida, al fin, en el dudoso arte de simularle una fachada a un edificio en ruinas o un rostro de lo más aparente a un cuerpo social, que hace aguas negras por dondequiera. Cómo apesta.
 Me refiero, claro, al maquillaje groseramente populista y demagógico bajo el que van surgiendo nuevas opciones políticas que se dicen alternativas a las que ya conocemos de siempre. Es cierto que los dos partidos mayoritarios son unos nidos de corrupción e incompetencia, pero no parece que propuestas mesiánicas como las de «Podemos» o «Vox», por ejemplo, vayan más allá de revolcarse en el albañal conceptual donde fermentan, siempre hermanados e indistinguibles, la extrema derecha o la extrema izquierda. La extrema simplificación. La extrema simpleza.
 Por lo demás, escribo estas líneas con la metafórica resaca de Sant Sebastià pesándome en los párpados y las yemas de los dedos. Este año, la lluvia vino a salvarme, al menos en parte, del ruido infernal de una música que, en vez de amansar a las fieras, parece que las excita y convoca. Lo diré sin rodeos: no necesito que me convoquen, sino que me dejen descansar, cuando corresponde.

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viernes, enero 17

La rampa


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hay que reconocerlo, aunque nos duela. La rampa de los juzgados de Palma, salvo si la acaban cubriendo con una mullida y cinematográfica alfombra roja, a juego con las numerosas televisiones que, de seguro, retransmitirán el evento, resulta ser bastante desangelada y cutre, bastante húmeda y hasta resbaladiza, si el día baja, como es de esperar, entre nubes turbulentas y rayos o, quizá, truenos. Y no importa si los coros y danzas -o así- de la meteorología tribal son, finalmente, reales o tan sólo mediáticos.
 No importa, porque puestos a descender hacia el infierno tortuoso de la verdad o de la mentira, ese gran dilema absolutamente irresoluble, lo único seguro es que todo baja mejor si baja cuesta abajo, sin frenos y a lo loco: hay que ver lo que ayuda la inercia.
 ¿Cómo debería, pues, descender la Infanta Cristina esos setenta pasos mal contados? ¿En coche, a pie, tal vez deprisa y corriendo, quizá bajo palio? ¿A lomos, metafóricamente hablando, de Pedro Horrach, el fiscal anticorrupción que, a fin de cuentas, es quien más empeño está poniendo en su defensa? Yo preferiría, sin duda alguna, verla entrar del brazo incorrupto de su marido, que ya conoce muy bien las retorcidas trampas y peligros de esa rampa o vieja puerta trasera de los juzgados, por la que los días laborables –de lunes a viernes- no suele entrar nadie, sino tan sólo salir y casi siempre a hurtadillas. Parece que todos olvidaron que la entrada principal de los juzgados es la que da a Vía Alemania y ahí no hay rampa ni paseíllo que valga. O casi.

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martes, enero 14

Colección de catástrofes


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que pasan cosas muy raras. No es normal, por ejemplo, que un juez, incluso uno tan insomne y persistente como el juez Castro, precise un tocho de más de 200 folios para justificar (con éxito inmediato, esta vez sí) que la infanta Cristina tenga a bien presentarse en Vía Alemania para responder (voluntariamente, claro) una batería de preguntas que se presume retórica, seguro que redundante y hasta puede que excesiva.
 Pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones. El entramado de Urdangarin y Cristina es sólo uno más entre otros muchos entramados, similares, que llevan arrasando España en las últimas décadas. Una especie de descenso metafórico a los infiernos donde los círculos (que fueron dantescos y ya sólo son iletrados) se han ido superponiendo y confundiendo. Allí, la usura financiera, el fraude contable y la utilización sectaria del mercado. Aquí, la huida a los paraísos fiscales donde la corte entera de UM sepultó buena parte de nuestro futuro con el permiso cómplice de sus socios en los sucesivos gobiernos, las comisiones urbanísticas, el desbarre de las mayorías artificiales, la efervescencia inmoral de los sindicatos, la desagradable ascensión del nacionalismo y sus aliados coyunturales, su intolerancia lingüística.
 Creo que pasan cosas muy raras. El problema es que ya no sé si dejarme llevar, definitivamente, por el asco o por la ira. Ambas opciones me parecen tan poco literarias que casi me avergüenzo de no hallarle, a esta colección metafísica de catástrofes, más y mejores alternativas. ¿Las hay?

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viernes, enero 10

Arden los juzgados


La Telaraña en El Mundo.
 
 Acaba de empezar el año y ya están que arden los juzgados (por no hablar de las aulas) de Baleares; a la imputación estelar de la infanta Cristina se suma el regreso de Munar, a cuenta de las asombrosas recalificaciones de Son Oms, y la intermitente presencia de Matas, siempre al filo de la cárcel, de la ingratitud del improbable indulto y de unas cuantas sentencias más. Ya irán cayendo, inexorables y casi seguro que fatales, como también lo hará, aunque sea sólo por escrito, el expresidente valenciano Camps: toda una joya al aparato, ciertamente.
 Con Camps me pasa algo muy curioso. Siempre me recuerda a Calatrava y me lleva de vuelta a la Ciudad de las Artes y las Ciencias cayéndose a pedazos, perdiendo color y textura, diluyéndose en nada: el lodo y el vacío originales en el cauce del Turia, los sueños de grandeza –infames e insostenibles- convertidos en una danza macabra en pleno barrizal de excrementos. Alrededor del tótem. La Fórmula 1, las televisiones que ya no existen, el esperpéntico «Bou» en los lares ilustres de Pedro Serra, la maqueta de un Teatro de la Ópera al que sólo le faltó el holograma atormentado de Jaume Matas en el papel de Quasimodo, las comisiones y peculios de un sueño abortado, finalmente, por la realidad. Qué terca. Qué tozuda.
 Hace unos meses crucé el puente con moqueta de Bilbao, el Zubizuri, el puente blanco y resbaladizo de metacrilato, el puente de Calatrava. Con Calatrava me pasa algo muy curioso. Siempre me recuerda a algún político en la cola interminable de la corrupción.
 

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martes, enero 7

Los pájaros verdes


La Telaraña en El Mundo.
 
  Corretean los niños tras las palomas sin sospechar que el juego consiste en perseguirlas y no en alcanzarlas. Qué harían ellos, en fin, con las palomas, los buitres, las bandadas verdes y picudas de pajarracos que vuelan más bajo que nunca, que se arrastran como serpientes verdes por los patios de los colegios, por las aulas pervertidas por las banderas y los lazos, la educación abrasada por la huelga permanente de cada día, la letanía de la sumisión lingüística, la epifanía de los derechos pisoteados, el curso perdido, la educación convertida en suplicio, hurto, atentado, en vuelo rasante de niños y familias, de palomas y pájaros, de reptiles que ya ni vuelan, de docentes emplumados con las plumas verdes de la infamia, los sindicatos de la asfixia, la lengua única, la impostura, la delación, la guerrilla dialéctica del fin y los medios.
 Corretean los niños, precisamente hoy, que es día de rencuentros y regreso taciturno a las aulas, en busca de palomas y halcones, de murciélagos y búhos, de pájaros mágicos en vez de águilas desnortadas; y no encuentran sino la maraña verde de las jaulas verdes, las horas vacías, la enseñanza convertida en mimetismo, desidia y vergüenza. Otra vez, tiempo de silencio.
 Pero ahora la pregunta es si hay que seguir abriendo expedientes o echar un vistazo al páramo y a la pajarería y cerrarlos todos de golpe, deprisa y corriendo. Tanto da. Por desgracia, nada ni nadie podrá liberar a los pájaros que adoran las jaulas y no el vuelo asombrado hasta donde Ícaro y más allá del horizonte.

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viernes, enero 3

La cuesta de enero


La Telaraña en El Mundo.
  
 De momento, todo es (sólo) una sucesión de fotos, discursos y banderas. La algarabía enfática y al alza del diseño. Sonrisas efervescentes con un punto de nieve, un brote instintivo de urgencia y vértigo, un sarpullido, no sé si juvenil o maligno, pero de recorrido dialéctico y clasista, tortuoso. Territorial y epidérmico. Político y también abstracto, como un viaje atrás en el tiempo para cambiar una Historia que ya no tiene recambios de futuro porque la fábrica de las quimeras quebró hace rato. O se dejó de razones para vivir de la indigencia fácil y subvencionada de la síntesis. Su artificial corolario. Su paradoja. La barcarola del amor contra los arrecifes cotidianos. O así, pero sólo por fuera, porque adentro no hay nada.
 Pero las imágenes nos llegan repetidas, persistentes. Baños independentistas para empezar el año con la bravuconería de quien sabe que la cuesta de enero es lo de menos, que ya vendrán repechos mayores, con un perfil y una climatología más exigente. Ah, qué largos el atardecer y la noche cuando el día no llega, no acaba de llegar. No ha de llegar nunca.
 Será por eso que, desterrados al limbo de la incredulidad los grandes ideales, inicio mi nuevo año con unas pocas cosas simples y concretas, puede que inaplazables. Recorrer a pie, desde Can Pastilla hasta la Seo, el auténtico paseo marítimo de Palma, que no es el de Palma, sino el del Molinar. Limpiar de polvo el vientre de mi ordenador de sobremesa. Escribir estas líneas sin prisas ni miedos. Grácil y levemente, como si danzando. O casi.

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martes, diciembre 31

Adiós a 2013


La Telaraña en El Mundo.
 
 Pareciera que los lugares del odio (viejos barrancos infernales y uniformados) son el lugar más abarrotado, por desgracia, de este año de gracia de 2013 que hoy mismo cumplirá, al fin, sus últimas horas y dejará caer su última hoja del calendario marcado de nuestras vidas. Se va igual que vino, con bullicio y festejos aparentes, pero con dolor íntimo y reuma social en las articulaciones, con resaca y pálpitos irregulares en el corazón, con el olor a médula herida (y a músculo roto y ajironado) de la noche cruzando las miradas a lo lejos, hacia el espacio estelar donde todo acaba resolviéndose en una enigmática nebulosa, el deseo de un futuro si no mejor, sí, al menos, mucho más decente. Qué menos.
 Pero no me tomen al pie de la letra. Mis balances son siempre muy subjetivos y más aún, mis balances anuales hace años que ya no buscan ningún saldo al que agarrarse: los años se suceden porque la suerte así lo quiere, porque la inercia existe, el cuerpo tiende a seguir respirando y la mente a buscarse algún que otro asidero en que tomar un penúltimo trago de aire, una bocanada alimenticia de luz o de cualquier otra energía, una manera, en apariencia nueva, de aprehender el mundo y también sus desvaríos.
 Mientras tanto, alrededor la humanidad se inmola. Hay cuerpos que saltan por los aires, suicidas y asesinos, demostrando que el odio y la estupidez (de la intransigencia, el nacionalismo, la usura convertida en Dios único y verdadero) están dentro. O mejor, muy adentro. Como también la libertad o el afán de superarse.

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viernes, diciembre 27

Mi discurso del Rey


La Telaraña en El Mundo.

 
 La única independencia que me importa es la mía, pensé, cuando me invitaron a una cacerolada masiva contra el mensaje del Rey. Me ofrecieron, también, la posibilidad de apoyar un revolucionario apagón televisivo y hasta de sumarme al envolvente y abrasivo rebaño de comentaristas que pugnan por dejar las redes sociales perdidas de insultos y sarcasmos, de basura intelectual y espumarajos febriles, de carcajadas gélidas como navajas rotas, de eructos y exabruptos, de cualquier cosa, la que sea, salvo alguna idea propia o algún razonamiento más o menos sostenible. O que se sostenga, vamos. Pero así es como funcionan los oráculos de todos en la confusa voz de nadie.
 Pero las horas pasan y vencen los días y sus urgencias. Repaso, instalado en la calma tras la tormenta, el breve mensaje alternativo de Navidad, sólo un minuto y cuarenta y tres segundos de palique, que diera Edward Snowden en el británico Channel 4 y me hago cruces del nivel que gasta el espía americano. Dos guiños destemplados al distópico 1984 de Orwell y una media sonrisa, pálida y desangelada. ¿No hay otra forma de encararse o razonar contra la pesadilla de la privacidad perdida?
 Me queda en la retina la imagen envejecida del Rey hablándonos, tal vez, de sí mismo y su idea de España. No mucho más ni tampoco menos, porque España es tan sólo una idea; y yo iba y venía de la cocina al salón con las viandas de una cena en familia. La única independencia que me importa es la mía, pienso ahora. Y no necesito formularla ni dar discursos en mi propia casa.

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martes, diciembre 24

Feliz Navidad


La Telaraña en El Mundo.
 
  Se trata, casi siempre, de saber hacer cola. Paciente y tranquilamente. De esperar a que nos llegue el turno decisivo de un humeante café o un chocolate espeso y caliente. De un cucurucho tiznado de hollín y castañas. De un poco de felicidad manufacturada, quizá, por algún ángel invisible. Palma no es ciudad de grandes colas, en efecto, pero estos días he revisitado algunas de ellas; primero, con auténtica extrañeza y luego, al rato, con la sensación turbadora de lo que recordamos haber visto, pero no sabemos cuándo. ¿En qué tiempo? ¿Bajo qué circunstancias, cuáles?
 Sucede, entonces, como si algún resplandor extraño en los márgenes inciertos de lo que va sucediendo a nuestro alrededor –todo lo que vemos sin acabar de creérnoslo: bien que hacemos- nos condujese de regreso a algún territorio remoto e inexpugnable, quizá a los acantilados de la infancia, a la prisa y a la ilusión virgen, a la agitación y al spleen interior, al pequeño cúmulo de torbellinos y saltos en el vacío que vamos archivando, sin saber por qué ni cómo, en los nebulosos compartimentos de nuestra memoria hasta que, por fin, nos llega la vez única (y ahora repetida) de revivirlos.
 Se trata, casi siempre, de saber hacer cola. De esperar turno como quien se espera a sí mismo en la mejor de las noches: en la Nochebuena de hoy, por ejemplo. En el artificio reparador de la fiesta como terapia. En el viaje de la consciencia como prueba del eterno retorno de lo idéntico. En el deseo repetido que uno no puede sino expresar. Feliz Navidad, por supuesto.

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viernes, diciembre 20

Ser y algo más


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá la agridulce cercanía de la Navidad, ese lugar de ausencias que usan la complicidad de la luz y las sombras para multiplicarse como clamorosos espectros, me obligue a abrir paréntesis de calma donde podría, en cambio, escarbar en busca de los diagnósticos más explosivos. O puede, tan sólo, que esté aburrido y con el ánimo levantisco; y que cuando el mundo gira sobre sí mismo y se cierran los círculos anuales prefiera entornar los ojos y dejarme llevar a la otra orilla de los sueños: de los maltratados sueños que ya no sé si lo siguen siendo.
 Todo parece ser otra cosa, aparte de la que es. O de la que solía. El edificio de GESA, por ejemplo, se nos aparece, ahora, comparado con las sedes de la ONU o el Daily Mirror. Ahí es nada. Y nosotros sin saberlo y la comunidad entera jugando con la auténtica piedra singular de Palma, sus reflejos mutilando, entre la solemne Catedral y el irreal Palacio de Congresos, la quebrada línea marítima de una ciudad que nunca echa en falta a nada. Ni a nadie. Por supuesto.
 Es lo que tiene ser lo que se es y algo más. Seguro que la OCB sabe muy bien de lo que hablo. Ellos no sólo son los sujetos pasivos de las investigaciones de la Policía Nacional; también son las arcas bancarias y laborales, la avanzadilla religiosa y el maná nutriente, el glorioso pendón último de todas las estelas desplegadas sobre un mar en llamas, que fuera nuestro y que volverá a serlo, seguro: la postal navideña de la UIB (#SOMUIB), con el ferviente poema de Marià Villangómez, nos lo demuestra. O casi.

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martes, diciembre 17

Rodear la realidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que el extraño pulso (religioso, pero también laico) de la Navidad sube de tono y que lo que fuera un lejano rumor se convierte, con el paso marcial de los días, en una torrencial sinfonía de tambores. O timbales. Pero no sé si esto es, realmente, música o si es sólo ruido. Tampoco sé si mantengo, aún, mi escepticismo de siempre o si, de hecho, me dejo llevar, porque con la edad uno se vuelve, a la vez, más dócil y flexible: menos expuesto a los rituales rápidos de la moda, a las exigencias escasamente filosóficas de la comunidad, al filo jadeante de la actualidad, la balanza fugitiva del análisis, el elixir de las largas frases ingeniosas o el acerado requiebro del silencio. El recurso de la prudencia. O por si acaso.
 Deberíamos, pues, ir dejando de lado las mil historias ridículas que ya ni importan. Las preguntas de la secesión, por ejemplo, o el baile en la sala de unas muñecas que ya no bailan. No se puede rodear la realidad, porque los furgones policiales la rodean igual que rodean el Congreso. Protegiéndolo, quizá. No se puede rodear la realidad, porque lo importante debiera ser atravesarla y tomarle el otro pulso, el que no convoca a las multitudes, pero las acaba moviendo. ¿Cómo explicarlo? Todo sucede sin que apenas nos demos cuenta.
 Mientras tanto, revisito los rastrillos donde alguien dejó abandonada su biblioteca personal (tan similar a la nuestra) y la puso en venta. Ahora, los libros antiguos ya no nos huelen a rancio, sino al sudor joven que nos recuerda quienes fuimos. Y seguimos siendo.

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viernes, diciembre 13

La erótica del poder


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me acabo de dar una vuelta virtual por la estrambótica mansión que nuestro Jorge Lorenzo tiene en Barcelona: una mezcla de garaje galáctico de mal gusto, de bolera interestelar abierta hasta el amanecer o de ático tatuado con el artificio sucesivo de todas las vistas panorámicas del universo, impresas como si fueran hologramas o estereotipos de un selecto placer que, como era de prever, pese a su trasfondo tópico, publicitario e irreal, no han tardado en colmar de una indisimulable, malsana y clasista envidia las trincheras sumergidas en el patético lodazal de las redes sociales.
 ¡Ah, las redes sociales! Vaya tela incendiaria. ¡Ah, la mansión del bravo de Lorenzo o, en realidad, de los delirios de Monster Energy Drink o Yamaha! Vaya horterada monstruosa. Pero ah, sobre todo, por las tres chicas en biquini que toman el sol, solemnes y parsimoniosas, junto a la piscina o que se revuelven, saltarinas, por entre las burbujas de la jacuzzi; que pueblan, en fin, de un erotismo descafeinado, pero muy efectista, la otra erótica, la vieja erótica del poder, la que va convirtiendo el mundo en un lugar desapacible y hasta enfermizo. En un pozo de corrupción sin más fondo que la renuncia final por hastío.
 Yo, sin embargo, le agradezco a Lorenzo ese video. Y a las chicas Monster, la cálida presencia de sus curvas por sobre las interminables líneas de fuga de la casa. Gracias a él y a ellas hoy me he olvidado, por un rato, de todos los políticos y similares que sí deberían andar entre rejas sin fuga por una larga temporada.
 

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martes, diciembre 10

De Lenin a Kim Basinger


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hay un cierto resplandor al alba en el que dejo que la luz se mezcle con la negra espuma del primer café diario. Es así como me levanto cada mañana y como me he levantado, también, hoy mismo: de un mal humor de perros mientras las noticias iban agrietándome las costuras del alma. O los retortijones de su mortaja. La sede en Palma de UPyD ha amanecido derramada de pintura roja y sangre metafórica; víctima, en fin, de una nueva agresión totalitaria (yo no diría fascista, sino eminentemente bastarda) contra todo lo que no sea la fe ciega en la fe muerta de las viejas ideologías dominantes.
 Mientras tanto, en Ucrania, la madre Rusia va perdiendo su perfil inexpugnable en aras del sueño renovado de una Europa que no sé si existe. Ni si ha existido nunca. Pero ver caer la estatua (madre gélida y también castradora) de Lenin sí que me reconforta el ánimo antes de derrumbarme en un abismo sin más fondo que un desguarnecido mohín de desengaño al enterarme que Kim Basinger ha cumplido los sesenta años y yo sigo prendado, aún, del claroscuro erótico de aquellas nueve semanas y media que intento revivir sin demasiado éxito.
 Pero no hay mayor problema. El mal humor se irá como vino y regresará de igual manera. En cada instante se funden sensaciones y espejismos de muy distinta envergadura. Pruebo a pasear por los alrededores de la Plaza Gomila. Intento recuperar las imágenes de mis recuerdos entre la basura y las ruinas actuales del lugar. No hay nada peor que regresar al lugar de los sueños y comprobar que ya no existen.

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viernes, diciembre 6

El enigma del TIL


La Telaraña en El Mundo.
  
 No es verdad, no es cierto (y además es imposible) que la práctica totalidad de la marea verde y muy funcionarial de docentes en desacuerdo con el TIL hayan empezado a trabajar por cuenta ajena en las esforzadas y prietas filas de la Obra Cultural Balear, pese a que la propia OCB y unas cuantas organizaciones de similar calaña los tengan a todos, de hecho, y desde ya hace algunos lustros, trabajando a destajo en los gélidos y poco esclarecidos muelles subterráneos de la inmersión lingüística.
 Esto explicaría, pero no del todo, que en Baleares, como en el laberinto de España al completo, el Informe PISA (llamado así por sus siglas en inglés, que no transcribiré porque aquí nadie sabe inglés ni lo sabrá, por desgracia, en varias décadas) caiga cada tres años como una especie de maldición bíblica repleta de granizo y suspensos para todos, de metafóricas y elocuentes calabazas que llegan tarde para la tortura anual de Halloween, pero no, por supuesto, para sacarles los pocos colores que les queden intactos (y quizá febriles) tanto a los alumnos como a los maestros.
 Enciendo el móvil, la tableta y el portátil. Despliego el atlas de un mundo envuelto en niebla y sicofonías. Armengol se ha ido a los oráculos de la Justicia a ver si le descifran el enigma del TIL, mientras la OCB parece barajar con Hacienda acuerdos que ni se saben. Tiene su mérito sumar seiscientos mil euros, según creo, en generosas y bien fundamentadas donaciones. El negocio de la lengua funciona, aunque sea a costa del conocimiento. Es una lástima.

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martes, diciembre 3

La libertad del nómada


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que una fotografía sólo sea un instante detenido, una reducción de los sentidos, un aparte subjetivo de la acción que se nos fija en la retina sin tener otro vínculo con la realidad que el que queramos otorgarle. Quizá algo simbólico. El fragmento que salvamos de un sueño o que nos precipita en una recurrente pesadilla.
 Será por eso que no sé qué pinta Francina Armengol, situada entre Rubalcaba y Pere Navarro, en el epicentro de un mitin en Vall d´Hebron. No sé si su presencia obedece a la necesidad de mostrar al mundo lo bien que funciona el federalismo cuando ya no quedan otros eufemismos territoriales (es decir, políticos) por exprimir. O si conviene contraponer a Rubalcaba, que encarna el centro difuso del nuevo Estado imaginado por los socialistas (del que sólo sabemos cuánto se asemeja al actual), el exotismo salvaje de Armengol: los paraísos artificiales de Ultramar que hay que domesticar cuanto antes. O como sea.
 Pero a lo que iba. Dice Armengol que no quiere fronteras entre Cataluña y Baleares; y ello nos parece muy bien, aunque nos duela el horror a los falsos límites y al concepto fronterizo en sí mismo: esa línea imaginaria que no vislumbro en parte alguna y que Armengol establece, exactamente, alrededor de Cataluña, Baleares y Valencia. Es decir, justo en el abismo de los Países Catalanes, la entelequia fundacional de su lengua propia. Nada peor, en fin, que inventarse fronteras e imaginar la realidad como un montón solapado de mapas contra la libertad, esencialmente nómada, de la existencia.
 


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viernes, noviembre 29

Violadores y terroristas


La Telaraña en El Mundo.
 
 No resulta muy agradable enfrentarse, cada día, a la puntual y efervescente información sobre la ristra de violadores, secuestradores, asesinos y terroristas (etarras) que regresan a las calles con el único pasaporte válido, quizá, de una condena efectivamente cumplida: la legalidad es un monstruo mutante que hoy nos sonríe o nos aterroriza sin mudar, siquiera, el rictus de su rostro. No es fácil, en efecto, encontrarle la salida al laberinto donde llevamos la vida entera, perdidos, confundidos. Anestesiados.
 Pero resulta curioso, revelador y hasta paradójico que gentes de similar, si no idéntica, calaña reciban un trato del todo opuesto cuando las vendas de la justicia, no sé si tan opacas como debieran, les abren las simbólicas puertas de la libertad. Es así, tras un mismo chirrido, desentumecidos los apretados goznes de la realidad, cuando empieza la huida silenciosa y solitaria, para unos, y la celebración tumultuosa y popular, para otros. La soledad y el disfraz de Valentín Tejero. El olor a multitud y pólvora de Javi de Usansolo. Sólo son dos ejemplos.
 No voy a caer, desde luego, en la trampa dialéctica de dilucidar qué suerte de razones morales priman la presunta supremacía social de las perversiones ideológicas y políticas sobre las otras patologías, digamos que comunes. Pero aquí las palabras nos sirven de muy poco. Lo único seguro es a todos les espera la misma muerte y que el coro de las víctimas –a cada cual sus propias víctimas, por supuesto- les va a seguir cantando. Hoy, como hasta el Día Último.

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martes, noviembre 26

De casinos y palacios


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece, en fin, que todo, absolutamente todo (y me refiero a la vida en su conjunto, su haz, su envés, su filo vertiginoso y, a ratos, cortante, pero también a la sombra interpuesta, subjetiva y ensortijada de nuestros sueños) es tan sólo una especie de gran apaño de indescriptibles proporciones, un embrollo infinito de madejas profusamente enredadas, una maraña de encrucijadas adormecidas, un enjambre tortuoso de corredores subterráneos sin más luz de salida que el suspiro fingido o la tregua obligada del carro fúnebre de la actualidad.
 Podemos subirnos en él (y en ella: la actualidad tiene lomos de liquen y crines de yedra ensangrentada) y hasta darnos una rápida vuelta: el peaje de unas pocas monedas no hace sino confirmarnos que el paisaje entero y el marco del cuadro y la tela –el pedestal, el telón y hasta el púlpito- que lo sostienen y enmarcan son parte gramatical de la misma oración convertida en metáfora alrededor de la ineptitud o, en el peor de los casos, de la incompetencia. Qué remedio si no da para más.
 Ahora tenemos (o tendremos en un futuro inmediato) un céntrico y elegantísimo Casino justo al lado de donde se celebra el imprescindible desguace del Mercado del Olivar, la carga y descarga, la ablación de las frutas y el pescado. Y un simulacro de Palacio de Congresos en la tierra baldía donde nuestra clase política (la que no está en prisión o cerca) quiere dibujar un horizonte abierto y se da de bruces con un terne mar de grava y plomo: de pleitos y litigios sin más orden y concierto que la usura.
 
 

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