LA TELARAÑA

viernes, diciembre 9

Caballo del malo


La Telaraña en El Mundo.

Es posible que esa parejita joven y, tal vez, inocente, que se aleja del mundo, durante el fin de semana, para hacer el amor entre nubes de marihuana, salga indemne. Es posible, pero no seguro. Dependerá de ellos mismos, de si tienen o no más problemas que los propios de la curiosidad o más embargos que el asombro inicial por todo aquello que se desconoce, pero que se va aprendiendo, cómo no; todo se aprende: poco a poco o a trompazos. El problema viene luego, cuando el amor se enfría y las dosis aumentan y las hojas de marihuana se convierten en papelinas de ácido lisérgico, en cocaína, en pastillas de no sé sabe qué éxtasis o, finalmente, en heroína. La muerte fulminante sustituye a la vida a plazos mientras en el tocadiscos resuena al galope, Heroine, aquella vieja canción de la Velvet Underground, con el cadáver magnífico de Lou Reed al frente.

Hasta aquí la literatura, que es algo así como dar vueltas y más vueltas a las cosas para verlas desde todos los ángulos posibles, para verlas mejor, en definitiva, como le vino a decir el lobo feroz de la fábula a Caperucita Roja. Vivimos en ese bosque que Caperucita atraviesa a diario para ir a ver a su abuela y es seguro que alguien nos va a intentar devorar más temprano que tarde. Ojo avizor, por lo tanto.

Las estadísticas no suelen agotar la realidad, pero sí que ayudan a identificar y prevenir los problemas, nuevos o viejos, que no dejan de aparecer o regenerarse. Así, cuando ya creíamos que no quedaban heroinómanos, porque la muerte hizo tabla rasa en las décadas de los ochenta y noventa, resulta que es lo contrario. La heroína sigue cabalgando, ruidosa y febrilmente, entre nosotros. Por ejemplo, las incautaciones policiales de esa droga, en Baleares, han crecido un 366% en los últimos cuatro años y en Projecte Home (una institución que, si no hace milagros, es porque los milagros no existen) no dejan de recibir y atender a nuevas personas enganchadas a la heroína. A ese caballo peor que del malo.

Es posible que la parejita joven y, tal vez, inocente con la que empezaba estas líneas ya no sea tan joven ni tan inocente. Es posible que haya superado la fase más o menos introspectiva y sicodélica de los años sesenta (los setenta, en España) sin caer en la drogadicción generalizada y banal de las décadas posteriores hasta la actualidad. Es posible que cuando vean un joven delgado y fibroso, con la mirada vidriosa y perdida, se acuerden de aquellos amigos que se les quedaron en las cunetas donde una aguja parece prometerte la felicidad y no hace otra cosa que arrancarte el alma. Desahuciarte de ti mismo.











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martes, diciembre 6

Las estadísticas del catalán


La Telaraña en El Mundo.

 Habría mucho que hablar, supongo, sobre las estadísticas y su trémula razón de ser. Sucede, en fin, que la realidad, mientras hace como si jugara con nosotros, nos acaba desbordando. Escapa a nuestra comprensión, dejándonos a dos velas en cuanto nos despistamos, nos confiamos o nos dejamos llevar por la inercia, por cualquier tipo de inercia. Pasa muy a menudo que hacemos eso. Es entonces que la bruma que nos rodea se espesa, como un manto de plomo, y no hay forma humana de respirar ese aire que casi ya es sólido y letal y nada. No es de extrañar, pues, que nos venga de perlas contar con algunas cifras escogidas, con algunos tantos por ciento selectos (y también selectivos) para ir, de alguna manera, acotando espacios y conocimientos, para ir situándonos como si, en definitiva, estuviéramos descifrando lo que, de hecho, nunca llegaremos a descifrar del todo. Ni maldita la falta que nos hace.
 Resulta que el IX Informe sobre la situación de la lengua catalana (2015) refleja que el uso de la lengua autóctona de Baleares ha menguado, qué horror, entre los años 2004 y 2014. Es decir, que tras una década de absoluta inmersión lingüística, de férrea dictadura oficial y oficiosa del catalán por sobre todas las otras lenguas del orbe ha disminuido el porcentaje de los habitantes de las islas que lo usan de forma voluntaria y natural: del 45% a sólo el 36,8%. Es para sentirse muy frustrados. O quizá no.
 Para empezar, el informe lo firman el Institut d'Estudis Catalans (IEC), Omnium Cultural y la Plataforma per la Llengua. ¿Podemos confiar en ellos? La verdad es que no lo sé, pero si yo quisiera, como llevan lustros haciendo ellos, seguir viviendo del enorme potencial dilapidador del erario nacionalista y disfrutar, sin límites ni cortapisas, del riego torrencial, impactante y selectivo de las subvenciones económicas no encontraría mejor manera que abonar, cuidadosa y febrilmente, el terreno de abrojos y espinas. De dificultades y entuertos más o menos irresolubles. ¡Siempre hace falta más dinero para que broten muchos más catalanes y catalanas de lengua única, gloriosa y hasta imperial! O así.
 Hace años, un viejo y «malsofrit» amigo escritor mallorquín me confesó que sentía que la lengua catalana era su patria. Tengo testigos, aunque no sé si testificarían. Recuerdo que le miré con toda mi simpatía, pero también con el asombro desencantado del que sabe que no tiene patria alguna, del que usa su renqueante lengua española para ir avanzando a tientas en esa inhóspita, titánica labor que es ir desbrozando el mundo de tópicos y lugares comunes, de patrias, por muy lingüísticas y litúrgicas que sean, al servicio de no se sabe nunca qué enmascarados o poderosísimos señores.





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viernes, diciembre 2

Palma (de Mallorca)

La Telaraña en El Mundo.

 Cada mañana, mientras desayuno, ojeo este mismo diario. He escrito ojeo y no hojeo, porque en la plataforma digital Orbyt el papel brilla por su ausencia y no hay otra forma de pasarle las páginas virtuales al periódico que a golpe figurado de mouse. La cuestión es que, al abrir la aplicación, siempre me quedo unos segundos meditando si me apetece leer la edición que el programa me propone por defecto, que es la de Madrid, o si prefiero, por ejemplo, las de Barcelona, Valencia o, quizá, Ibiza. ¿Por qué no las de Soria, Burgos, Sevilla o Alicante? ¿País Vasco?
 Al final, me decanto por la edición de Mallorca, claro, porque el programa imita a la realidad (igual que la prensa, por otra parte) y España es sólo un montón de islas que se convierten en archipiélago las unas gracias a las otras y todas juntas y revueltas, todas a la vez, parecen, al fin, algo definido en un mapa que es más una declaración de intenciones, una proyección burocrática, que un mapa real, un plano auténtico de algún tesoro de valor incalculable, tal vez la España de arrugas profundas como alforjas repletas de heridas incurables, que no dejamos de buscar, aunque nos importe un carajo que, muy posiblemente, ya no exista.
 Hay muchísimas cosas que ya no existen, pero que hacemos como si existieran, porque nos va mucho en la impostura irracional de esa búsqueda, en ese acto mágico de fe (o de ficción maravillosamente bien urdida) que no podemos, de ninguna de las maneras, disimular. En efecto, por mucho que nuestro discurso de cada día parezca buscar la fragmentación y nutrirse, puntual, pero constantemente, del desorden general en que nos movemos, lo que nos atrae de veras es la pulsión invencible de lo atávico. Esa perversión, entre nostálgica y desencantada, del mito del eterno retorno que nos lleva a creer que alguna vez, en algún lugar, fuimos ya quienes realmente somos. Cuánto nos gustaría volver, siquiera fugazmente, a serlo.
 Luego salgo a las calles y calle Olmos arriba o abajo me pierdo entre los vecinos, los turistas y los mendigos, con sus dientes de charol, sin reconocer a casi nadie mientras la ciudad me muestra (o tan sólo me insinúa) su nombre actual entre las luces de las marquesinas donde se acaba anunciando todo aquello que se vende. Palma o Palma de Mallorca, según gobiernen unos o gobiernen otros. PMI leo, sin embargo, en los buscadores de vuelos, que es el único lugar en que Palma (de Mallorca) es un lugar de partida o de destino, uno de esos lugares paradisíacos o infernales en los que sólo se pueden hacer cosas tan importantes como nacer o morirse. Nada menos.

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martes, noviembre 29

Entre Llull y Castro


La Telaraña en El Mundo.

 Observo, en las fotos, a Francina Armengol rodeada de obispos, cardenales, prelados y hasta monaguillos. Su chaquetón de nutria (o de lo que sea) refulge, mientras las cenizas medievales de Ramon Llull abandonan la Catedral y regresan a su nicho en la basílica de San Francisco. Se nos termina, pues, el año Llull (con más sombras que luces, por cierto) con el mismo paso marcial y fúnebre con que nos vamos despidiendo, poco a poco, de las penúltimas reliquias del sangriento siglo XX. En efecto. Un carnicero menos, Fidel Castro, se ha ido al otro barrio dejándonos el humo letal de sus espléndidos habanos y el sepulcral silencio que sus discursos de horas sembraban a su alrededor y adentro, muy adentro. Con todo, la música sigue sonando infatigablemente y dicen, los que saben, que nunca dejará de hacerlo. Es cierto, en algunos lugares hay que bailar a todas horas para poder sobrevivir.
 Pero las mayestáticas puertas de la Seo son un magnífico lugar para posar y para que los turistas y curiosos perseveremos. Junto a Francina Armengol están Miquel Ensenyat (con una corbata que, de tan discreta, no parece suya) y la flamante delegada del gobierno, María Salom. La verdad es que este trío de autoridades luce desangelado y discorde, quizá deslavazado, como si se sintieran meras comparsas, escoltas obligados y circunstanciales de la Reina Sofía, que ella sí que sabe de Llull (y seguro que también de Castro) lo que no está en los escritos. ¿Para qué sirven los gobiernos locales si ni siquiera alcanzan para presidir, realmente, estas pachangas?
 La pregunta tiene, por supuesto, muchas respuestas, pero ninguna nos entusiasma. Es posible concluir que el Govern y el Consell están para distraernos con su locuaz discurso de proximidad y empatía, para repartir abrazos hasta a las farolas y extender certificados lingüísticos, de paisanaje a la fuerza o de nacionalidad ensimismada. Están para monopolizar las quejas y eternizar el discurso social contra la prepotencia histórica del centro. Para repartir, en fin, el poco dinero que Madrid no nos roba mediante subvenciones que inmiscuyan lo público en lo privado y conviertan, en la medida de lo posible, lo anecdótico en lo esencial. Convertir. Pervertir. Intentarlo al menos. Subvencionar, por ejemplo, con unos 200.000 euros, según la convocatoria firmada por la consellera de Transparencia, Ruth Mateu, las fotocopias, el papel, la tinta de impresora, los bolígrafos y hasta los billetes de tren, autobús o metro necesarios para que la gente pueda aprender a hablar y a escribir catalán de balde. Noble y difícil tarea, es cierto. Yo llevo toda la vida esforzándome con el castellano y aún me temo que me faltan algunas lecciones. Es muy posible que no las aprenda nunca.

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viernes, noviembre 25

Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

 El mundo es una reunión de bazares (es decir, páginas webs, blogs) más o menos infectos, un zoco enloquecido de esquinas muertas donde se entremezclan y camuflan, indistinguibles, la oferta y la demanda, la necesidad y el deseo, donde campan a sus anchas el consumismo y también la usura, el despilfarro de unos y otros, el ir acumulando cadáveres exquisitos, metralla y cachivaches como si el síndrome de Diógenes no se decidiera a abandonarnos nunca y la lista de la compra fuera tan sólo un eufemismo.
 Hay que comprar, en efecto, todo lo que veamos que aún está en venta, porque se avecinan tiempos de escasez y penuria y no siempre dispondremos de unos pocos euros con que apostar a cualquier número antes de que salga, una vez y otra y siempre, el maldito cero y la banca decida que no va más, porque ya fue todo, aunque aún nos quede, en la casa sin hipotecar de nuestros sueños, algún que otro rincón vacío que rellenar con cualquier cosa, la que sea: la fantasía de ser, exactamente, lo que poseemos, la cíclica y vertiginosa pesadilla de estar a punto de perderlo todo, el convencimiento de que, pese a nuestros esfuerzos, nunca tendremos suficiente, la terrible sospecha de que nos iremos con las manos vacías. Cómo no.
 Pero hoy es Black Friday, como el lunes será Cyber Monday. Es obvio que tanto anglicismo nos hace mejores y más atractivos, nos moderniza, nos sumerge en el mito de la globalización (que no sé si existe o si feneció tras un mal sueño de refugiados huyendo de un lugar a otro sin más fronteras que los peajes de la guerra o las aduanas del miedo) con el que empezamos a familiarizarnos, qué remedio, con las rarezas de ese trueque ubicuo, de ese mercado ancestral que es la vida, su ávido instinto depredador al persuadirnos de que necesitamos, realmente, todo aquello que nos venden, que nos vendemos; que casi nos regalamos con ofertas irrechazables y la facilidad crediticia de pagar en cómodas mensualidades durante años, lustros, décadas.
 Así la vida entera se convierte en algo ordenado, responsable y marcial, en algo con cierto sentido entre tanto caos populista y tanta chusma insolvente, mientras la caja registradora va tomando nota, silenciosamente, de nuestros pagos puntuales y todo va bien, va perfectamente bien y toda suerte de vida va decantándose con armonía, prosperidad y no sé cuántas otras bendiciones. No obstante, si, por algún motivo que no podemos imaginar, dejamos de ingresar nuestras cuotas mensuales la caja registradora chirriará y puede que se acabe convirtiendo en una monstruosa y aullante sirena (en griego antiguo, Σειρήν Seirến, ‘encadenado’, relacionado con el sánscrito Kimera, ‘quimera’) con un terrorífico coche policial adjunto. O así.

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martes, noviembre 22

Turismo sostenible


La Telaraña en El Mundo.

 La precaución o el miedo. Pero ni que me inviten me voy de vacaciones a Egipto, Turquía o Túnez. Esta frase, seguramente injusta, explica el éxito actual de Mallorca como destino turístico. Este verano nos han llovido torrencialmente turistas, porque nuestros competidores regionales llevan años asolados por el terrorismo internacional; y hay poco que disfrutar donde subyace la sombra del terror, donde retumban, recién caídos, insostenibles, los cascotes de la incertidumbre social, política o religiosa. Un todo en uno maldito, que se acaba disolviendo en nada.
 Pero para todo inventan códigos y definiciones. El IPH, por ejemplo. Se trata del Índice de Presión Humana que, en Baleares, resultó superar los dos millones de personas un día cualquiera del pasado mes de agosto. La verdad es que tanta gente sobre nuestras exquisitas jorobas asusta y no nos extraña, por lo tanto, que las lumbreras del Pacte que nos gobierna (tan dadas, ideológicamente, a lo edénico y pastoril) edificaran, a partir de ahí, toda una teoría conspirativa de la saturación turística, que no hace sino convencernos de lo ridículo que es acotar la realidad con parámetros, tan artificiales, como poco ilustrados. Lo insostenible no es ese IPH estratosférico, sino la pobreza, la corrupción y la estupidez más o menos promocionadas.
 Lo insostenible es que nuestros ineptos con mando en Cort no se dignen a sacar las luces, los belenes y toda la mercadotecnia navideña antes de tiempo para que los turistas puedan sumar ese aliciente (tan publicitado en urbes como Berlín, Viena o Budapest) a sus visitas a la Catedral, los baños árabes o el Castillo de Bellver, que viene a ser como el Castillo de Praga, pero sin puentes de espías que cruzar bajo la niebla, sin Kafka, pero con Jovellanos. ¿No es lo mismo? Bueno, nunca nada es lo mismo, aunque en cualquier sitio nos asalte la vena cultural, la referencia artística, ese temblor que sólo tiene una lengua, que no es esta ni aquella, sino la lengua propia de cada uno. En efecto, no hablan las piedras, sino nosotros por ellas, a través de sus poros, sus arrugas, sus grietas.
 Repaso las optimistas previsiones de Sebastian Ebel sobre el turismo alemán en las islas y me alegro. Es bueno tener una fuente segura de ingresos, aunque sea algo ruidosa y sucia; pero los turistas, incluso los peores, no dejan de ser humanos, no dejan de parecérsenos una barbaridad, aunque nos esforcemos en fingir que no es así. La inigualable hipocresía isleña consiste en parecer muy reservados y ser, en cambio, muy cotillas; en creernos, por supuesto, mucho mejores que quienes, con su visita, no dejan de sostener, afortunada carambola o milagro, nuestra precaria economía. Eso sí que es sostenibilidad.




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viernes, noviembre 18

Las candilejas


La Telaraña en El Mundo.


 De repente, a Google, Facebook, Twitter y a algunos medios digitales, como el New York Times, entre otros de similar envergadura, les ha dado, al fin, por preocuparse de las verdades o mentiras que circulan, casi que de forma indistinguible, por las guías ilustradas de sus infinitas autopistas virtuales, por la proliferación de las teorías conspirativas, los linchamientos mediáticos y las vergonzosas infamias que pueblan el sistema circulatorio (y también nutricio) de sus colmenas líquidas de información y propaganda, de adulteraciones, patrañas, tergiversaciones y bulos sin más proporción ni diseño demostrable que el furor económico de los anunciantes y la insaciable curiosidad suicida, asombrosamente ingenua, de los incautos navegantes. Nosotros mismos. Pero no nos extraña, en absoluto, esta situación límite; la red imita a la vida, cuando no puede sustituirla. Lo intenta muy a menudo.

Es por ello, tal vez, que en las redes sociales no hacemos otra cosa que abrir, aunque sea a base de clics y emoticones, ventanas y más ventanas sin que, por desgracia, mejoren un ápice nuestras indignadas o beatíficas vistas al mundo exterior. En Facebook, por ejemplo, sólo podemos admirar el limitadísimo paisaje de nuestras propias amistades. En Twitter, el de las personas, empresas o troles que decidimos, al parecer de forma voluntaria, seguir. En Google, tres cuartos de lo mismo; su peculiar algoritmo para exploradores de salón (y parche en el ojo) no hace otra cosa que devolvernos la realidad mutilada, hecha trizas, simplificada, por nuestros propios gustos y nuestras explícitas preferencias confesas. ¡Y todo porque en su momento aceptamos, sin ni siquiera ruborizarnos, las magníficas, irrechazables, condiciones del servicio, esa letra menuda, retorcida y sumarial que nunca nos rebajamos a leer!

Así las cosas, es obvio que el mundo que vemos (o creemos ver) a través de Google o las diversas redes y medios sociales, ese mundo tan concreto y, a la vez, difuso, sobre el que nunca dejamos de verter las más audaces críticas y opiniones, ese mundo que, sin duda, querríamos que fuese mejor y, sobre todo, mucho más justo, ese mundo del que, incluso, renegamos cuando nos vienen peor que mal dadas, ese mundo que acabamos convirtiendo en terrible objeto de culto, ese mundo que vemos (o creemos ver), en definitiva, nos dice muchísimo más acerca de nosotros y nuestra limitada forma de vida que de sí mismo, de su composición más o menos flamígera, su espíritu más o menos abstracto o conceptual, su indescifrable, contagiosa, razón de ser. Es lo que tiene, en fin, no poder superar algunas contradicciones dialécticas, acaso insuperables, y ser, al mismo tiempo, espectadores y parte destacada, decisiva, del mórbido espectáculo. Nos pueden, quizá nos vencen, casi siempre nos obnubilan, las candilejas.

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martes, noviembre 15

Los muertos ilustres


La Telaraña en El Mundo.

 Me desagradan las necrológicas. Pasa, sin embargo, que hablar de algunos vivos resulta, a veces, poco menos que insoportable. Enciendo la televisión y me tropiezo con varias tertulias agitadísimas en las que los egregios tertulianos habituales parecen querer hablar de Donald Trump, pero sólo alcanzan a hablar, en realidad, de sus propias obsesiones y paranoias, de sus frustraciones personales o sociales, de su mundo convertido, finalmente, en una caricatura ideológica donde el flequillo imposible del nuevo presidente electo americano resulta ser la ola perfecta para tanto surf hacia no se sabe qué arrecifes fatales. No, hoy no voy a hablar de Trump, ni de sus semejantes en las islas: Jarabo, Huertas, Seijas, Bachiller y las guerras domésticas de Podemos con el telón de los presupuestos de IB3 o de la Facultad de Medicina al fondo. Mejor preservarse de tanta mediocre vulgaridad. Mejor hablar de algunos muertos ilustres.

 La noticia, el pasado viernes, del fallecimiento de Leonard Cohen me dejó dolido. «Más que oscuro, negro... Bowie, Cohen. Año Terminal», escribí en mi muro de Facebook mientras hacía trizas las colas interminables de la muerte y dejaba que David Bowie y Leonard Cohen simbolizaran, por sí mismos, esa otra multitud que somos, esa negra lista de espera que habitamos, ese rosario infernal y, a la vez, glorioso de recuerdos, más o menos impostados, a los que rendimos pleitesía convirtiéndolos en pasos lentos y solemnes de una comitiva fúnebre que avanza, se detiene o retrocede, que danza, religiosamente ebria, a la luz indecisa de las velas y exhibe nuestros cuerpos magullados, repletos de llagas cubiertas de sal, sudor y calima crepitantes, bajo la mirada púrpura y cecuciente del tiempo, acaso detenido, ensimismado o ausente, pero que, sin embargo, late y hasta, quizá, palpita; y es así que envejecemos. Pura lujuria. Envejecemos.

 Muere gente, sin embargo, que no conocemos: Leon Russell, ayer mismo, y no pasa nada. Alguien publica un suelto con su obituario y si, por azar, lo leemos echamos la vista atrás y nos acabamos encogiendo de hombros. Imposible recordarlo todo. La vida sigue, nos decimos; y, en efecto, la vida sigue, tanto si decimos algo como si no lo decimos. Leonard Cohen (al que, de hecho, tampoco conocemos) llevaba rondándonos desde el principio de los tiempos con su asombrosa dicción grave, sus seis acordes de siempre y sus libros, no siempre bien leídos ni traducidos, con su imagen sobria, aseada y elegante, con su discurso forjado a base de hermosísimas y repetidas metáforas, a base de fracasos repletos de ternura y de ironía: el imprescindible bagaje de los amores imposibles. Quizá la vida sea una sucesión de amores imposibles y nuestra única obligación sea sobrevivirles. Un ratito, al menos.

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viernes, noviembre 11

El cajón de sastre


La Telaraña en El Mundo.
 
 De vez en cuando sucede algo inesperado, sorprendente, quizá inaudito, y nos acordamos, entonces, de la vieja teoría de las catástrofes o de la acomodaticia Ley de Murphy. Es evidente que cualquier simplificación nos vale, porque la verdad es que no somos capaces de aprehenderlo todo, en absoluto: el mundo parece concitar y poner en juego demasiadas variables y no menos incógnitas ante las que nuestro entendimiento tan sólo es capaz de proveernos, y no siempre, de frases más o menos ingeniosas y volátiles, de tuits con mayor o menor retranca, de exabruptos, en fin, con los que disimilar la impotencia y levantar y distraer, si ello fuera posible, el ánimo maltrecho, el malhumor, la preocupación, el estupor íntimo de no entender casi nada. Igual es que no hay mucho que entender.
 Debe ser cierto, convenimos, que Dios, la historia, la humanidad entera, el tiempo, el espacio y todas las dimensiones que pueda haber entre nosotros, nosotros mismos, todos a la vez y todos, también, por separado, cumplimos, cumplen, con la misión cósmica de escribir recto con renglones absoluta y exageradamente torcidos. Desde luego, el jeroglífico final es fascinante y nos permite estrujarnos el cerebro y asistir a la extraordinaria ceremonia de la confusión que es la vida de cada día, el éxodo, al parecer definitivo, de la inteligencia hacia no se sabe dónde.
 Para celebrar la victoria (que no deseaba, como dejé escrito el pasado martes) de Donald Trump me obsequié con un viaje, para el mes de diciembre, a Dubrovnik y con un chocolate caliente en la Gelateria Ca'n Miquel. No es Ca'n Joan De S'Aigo, en efecto, pero el chocolate está espléndido y a mí no me gusta ni me compensa, tampoco, hacer cola como si fuera la hora maldita del rancho y las sirenas aullasen enloquecidas y hubiera que racionar la inteligencia, la curiosidad o el deseo. Hay un tiempo para todo y, más aún, un tiempo para uno mismo. Nunca aconsejaría a nadie que se racionara de sí mismo.
 Sobre Trump o Hillary tengo muy poco que decir. El populismo es como es y la gente se agarra a cualquier cosa cuando no tiene nada mejor a lo que agarrarse. Ya en 2007, Paul Krugman, que fue Nobel de Economía, sostuvo que Estados Unidos precisaba un «contragolpe populista» para contrarrestar el aumento de la desigualdad social. En ese cajón de sastre anduvieron Chávez o Alexis Tsipras, pero también Juan Domingo Perón o Berlusconi. Por ahí siguen Marine Le Pen, en Francia, o Pablo Iglesias y sus aliados más o menos nacionalistas, aquí en España, esperando el turno y la vez, la voz ronca y tullida en la cola infernal y tortuosa, larguísima, de los descerebrados.
 

 

 

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martes, noviembre 8

El que bosteza


La Telaraña en El Mundo.
 
 Leo a Henry Miller como a Walt Whitman y a Allen Ginsberg como a T. S. Eliot. A Herman Melville o William Faulkner como a Philip Roth o Bob Dylan. Suenan la armónica, el piano y el banjo mientras las bailarinas incendian el salón con sus piernas larguísimas y sus enaguas de fuego. La gente juega a las cartas mientras alguien está a punto de desenfundar un viejo revolver con más muescas en la culata que balas en la recámara. Cojo un libro y resulta ser una Biblia. Los EEUU abren sus enormes fauces y nos devoran con una cultura que mezcla modernidad y tradición, orgullo indígena y mimetismo paneuropeo sin apenas inmutarse. Ellos sí que son un continente, una excesiva y auténtica nación de naciones, un estropicio orgánico de banderas que pugnan, tan sólo, por ser una estrella más en el cielo estrellado de sus cincuenta estrellas blancas. Esa refulgente resignación no nos vendría nada mal.
 Pero ya hace tiempo que la tribu dejó de buscar el oro y la libertad hacia el oeste. Ya hace tiempo que se asentó sobre su propia decadencia dejando palidecer esa extraña flor que se abre cuando se cierra y que se acaba convirtiendo, literalmente, en un afilado pensamiento, con su resplandor corrosivo y visionario: el hechizo indecible de sus pétalos negros y azules. Es cierto, no existiría el pensamiento sin esos pétalos incendiarios, sin ese sí, pero no, que nos deja tiritando al filo de la verdad o la mentira, de la vertiginosa eclosión gramatical o de la revelación mística, catártica, relativamente absoluta. Tras esa catástrofe de los sentidos o tras ese salto de percepción cualitativo, que nos abstendremos de describir más a fondo, por pudor, pero también por falta de palabras, ya no sentimos dolor ni tampoco frustración, pero no nos conformamos. En absoluto. ¿Por qué habríamos de hacerlo si seguimos sintiendo náuseas?
 Hoy les toca, en fin, a los norteamericanos, a los descendientes de Hernán Cortés o Cabeza de Vaca y del apache Guyathlay (Jerónimo; traducido: el que bosteza) decidir entre Donald Trump o Hillary Clinton y uno se asombra de que ambos estén donde están. ¿Qué extraña perversión de valores puede haber propiciado sus respectivas ascensiones? No voy a discernir entre la peligrosa demagogia populista del primero y la vacuidad y torpeza política de la segunda. No voy a ensalzar la mentira del hombre hecho a sí mismo ni a glosar a la mujer diseñada para ser la primera presidenta de los EEUU. Ni él ni ella me importan un bledo. En unas elecciones de este tipo lo único importante es que no salga elegido el candidato al que apoyan las bestias pardas, racistas, del Ku Klux Klan o del Movimiento Nacional Socialista. Con eso basta.

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viernes, noviembre 4

Los videojuegos


La Telaraña en El Mundo.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. En su lugar pude disfrutar, al menos, de los primeros scalextric o de los pinballs de juguete y cristal o plástico, que tenían luces que centelleaban y hasta paletas o flippers y bolas de metal que, a la postre, hacían bastante ruido. Hacer ruido, por supuesto, ha sido siempre sinónimo de diversión, de juerga, quizá incluso de exhibición lúdica: hace ruido la gente cuando se alborota en cualquier lugar y se pone, por ejemplo, a bailar el swing junto a la Cartuja de Valldemosa, donde estuve hace tan sólo unos pocos días y me acabó maravillando el enorme partido que le han sabido sacar al ridículo mes y pico que anduvo, invernal, aterido y seguro que taciturno, por ahí Chopin, según dicen, en su celda número 4 o así. Qué poco me gustan, ay, las muchedumbres.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. Por eso tuve que disfrutarlos mucho más tarde, cuando mi hijo tenía la edad adecuada y la NES de ocho bits, primero, y la SuperNES de dieciséis bits, después, fueron invadiendo la casa con su estropicio creciente, su magnífico desorden infantil, sus cartuchos de quita y pon y su mezcla taurina de reunión familiar y de competición sin cuartel. En efecto, cuando un padre y un hijo toman, cada uno, su propio mando de juego es cuando comienza, de hecho, la aventura de la vida, su simulación, al menos; y todos los reflejos que ya le empiezan a faltar al padre son los que va puliendo y perfeccionando el hijo. La verdad es que hace lustros que ya no juego a nada contra mi hijo, porque no me divierte que me gane siempre y que, encima, deba complacerme que así sea. Las leyes naturales no están para ser cumplidas: se cumplen solas.

 Cuando yo era niño no existían los videojuegos. Supongo que es por eso que, ahora que ya soy mayorcito, me he comprado una buena tarjeta gráfica y he convertido mi PC en la mejor de las consolas. He investigado las novísimas tendencias del mercado y me he hecho con algunos de los juegos que están más de moda. Tienen títulos como Battlefield, Crysis, Forza Horizon o Counter-Strike y la mayoría forman parte de sagas interminables. He estado practicando un poco y la verdad es que no se me dan nada mal. Normalmente pongo en marcha el juego y, al rato, abro el Word y me quedo mirando el extraño y flamígero resplandor de la página en blanco, mientras por los altavoces del PC braman, como mamelucos ebrios y enloquecidos, los iracundos contendientes de una guerra virtual que acabaré ganando. Estoy seguro, aunque aún no sé cómo.

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martes, noviembre 1

La muerte


La Telaraña en El Mundo.

 Escribo estas líneas en pleno puente personal, intransferible, de Todos los Santos. Estos puentes ingrávidos y telúricos, pero también artificiales, son lugares de paso donde el tiempo se dilata y hasta se eterniza, lugares alargados (y aletargados) donde seguimos yendo, como no podría ser de otra forma, de un lugar a otro; pero la niebla cae tan a peso que nos rodea y penetra, que nos ciega y sepulta. Ya no sabemos, pues, a dónde vamos. Ya no sabemos, tampoco, de dónde venimos. Estamos en mitad de la niebla, perdidos en algún lugar cualquiera entre el vagido y el estertor, pero nada ni nadie puede, a fin de cuentas, detenernos: seguimos al trote o, quizá, al galope, corremos cuesta abajo o ascendemos, trabajosa y arduamente, por una retorcida e inacabable escalera de caracol, que nos agota igual que nos fortalece, porque tras cada revuelta sufrimos la misteriosa alucinación de alguna verdad insospechada, algún asidero redentor, algún descansillo metafórico donde frenar el ímpetu y ralentizar el pulso y dejar, en fin, que el pensamiento vaya separando el trigo de la cizaña y, si hay mucha suerte, hasta el ruido del silencio.

 Repaso lo escrito y confirmo que hay reflexiones que sólo pueden producirse desde el hastío infinito y la voluntad renqueante, desde la náusea invencible, desde la certeza intermitente de que lo mejor, si uno quiere sobrevivir sin perder la dignidad, es acabar haciendo mutis por el foro. Definitiva, clamorosamente. Demasiada chusma, demasiado rufián ahí afuera o ahí dentro, en el Congreso, en las calles, en las tertulias, en la cursilería intolerable e infumable de las redes sociales y en el ambiente que se masca, trágicamente, como si fuera un chicle reseco entre los afilados colmillos del lobo que el hombre suele acabar siendo para el hombre. Y para sí mismo.

 Miro alrededor y hay flores y ataúdes y nubes de algodón y ristras de dulces, hay sangre de verdad y también de mentira, hay un resplandor antiguo y una sábana o una mortaja, mientras los niños y los frikis prepararan sus disfraces de Halloween (o de Holywins, porque hay gente para todo) y los adultos corren a comprar sus efímeras coronas de flores para celebrar la vida, una vez más, el solemne día de la muerte; de la muerte que no existe, salvo porque los otros se van y nos dejan solos y en sus cenizas (que ahora parecen desagradar a la Iglesia, vaya novedad) está escrito el pasado, pero también el futuro, el ritual hermético de sus frases resonando en nuestra astillada memoria sin que sepamos distinguir, no sé si por fortuna o por desgracia, su eco del nuestro, su frío regazo vacío de nuestra mirada terriblemente perdida. Desquiciada.



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viernes, octubre 28

El club de la comedia


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que no sea nada fácil, en ocasiones, encontrarle algún sentido fundamental o absolutamente trascendente a la vida; por eso, a veces, nos conformamos con mucho menos, nos vale con algún que otro simple gesto teñido de épica, salpimentado de heroísmo o repleto, en fin, de gloriosa y humana testarudez para salir adelante y cumplir, de alguna manera, con el grueso del expediente. Está claro, en fin, que no todos nos exigimos lo mismo, que la vida de algunos pasa mucho más liviana, fresca, superficial y hasta ingrávida que la de muchos otros, más lentos, sudorosos y hasta renqueantes, mucho más pesados, más conscientemente heridos por no se sabe bien qué antiguas llagas o qué terribles maldiciones.
 En efecto, a algunos la vida nos obliga a exprimir religiosamente las revueltas del lenguaje, a deletrear el temblor palpitante en las sienes, a rebuscar en el absurdo laberinto de las frases hechas y por hacer esa conclusión última que, si tenemos mucha, muchísima suerte, nos redima o deslumbre. No hay salida del laberinto, pero es posible, también, que el laberinto no exista y que lo inventáramos, nosotros mismos, una noche aciaga donde el cielo era una gran tormenta y la tierra, un crepitante y voraz incendio, para poder luchar contra algo, contra cualquier cosa, para escapar de algún sitio, de uno mismo y de todos, para ahondar, tal vez, en el misterio que somos, pero no acabamos de ser. Nunca acabamos de ser lo que somos.
 Pero mientras escribo estas líneas están votándole no, otra vez, a Mariano Rajoy en el Parlamento. Está bien: tal vez se lo merezca; pero los discursos de unos y otros y, sobre todo, la votación en sí misma constituyen un auténtico y vergonzoso paripé, una estupidez gremial que nos cuesta lo que sí está en los escritos -el sueldo, las dietas, el despilfarro global de sus señorías- para acabar concluyendo en absolutamente nada, salvo en esperar a que llegue la votación definitiva, la del sábado, en la que sí habrá finalmente investidura, porque así está pactado. ¿Pero qué especie de gran tomadura de pelo es esta? ¿Para qué formalizar orgánicamente dos votaciones si la primera de ellas es sólo una farsa a efectos de inventario, de ego más o menos maltrecho, de aturdido y sectario partidismo? ¿Para qué perder más tiempo si, según nos juran y perjuran, todo son apreturas y urgencias históricas y se aproxima un tsunami de catástrofes sociales y económicas que hay que evitar a toda costa? Pues nuestras señorías llevan así un año entero, cobrando votaciones de paja y celebrando las ocurrencias, los chistes, los monólogos del club de la comedia de sus portavoces, sus arengas de humo, de niebla, de nada.



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martes, octubre 25

Una temporada en el infierno


La Telaraña en El Mundo.

 En no pocas ocasiones me entretengo en leer «El Paraíso Perdido» de Milton, como si estuviera leyendo, exactamente, «La Divina Comedia» de Dante. No tienen demasiado en común, es cierto, pero algo que escapa a la lógica de mis conocimientos los entremezcla en mi brumosa memoria de lector, que fuera compulsivo y ya no lo es; tanto Dante como Milton escriben, en efecto, sobre el infierno, pero mientras el primero pone su énfasis en los pecados del hombre y considera a Lucifer como la reencarnación de un castigo más que merecido, el segundo lo hace fijándose, casi obsesiva y exclusivamente, en la orgullosa rebelión inicial de Lucifer, en su definitiva expulsión del cielo y en su necesidad vital de usarnos, a la postre, pequeños seres humanos, como eterna arma arrojadiza, como vía de venganza ponzoñosa contra Dios, sus planes y su noción del universo.
  El infierno, en cualquier caso, resulta ser un lugar tangible donde Lucifer existe por sí mismo. Un lugar en el que pasamos mucho más tiempo del que quisiéramos. Allí intercambiamos ideas como si fueran sustancias químicas retorciéndose en nuestro interior, en ese crisol íntimo donde arde lo mejor y lo peor que somos y no dejamos nunca de ser; esos planes sulfúricos que nos absorben, esas mutaciones obsesivas que nos asolan, esa incurable locura que nos hace pasar por cuerdos si sabemos, finalmente, expresarla como es debido. No siempre lo hacemos. Puede que, tanto Lucifer como Dios, sólo sean dos ejercicios de estilo, dos formas de entender la vida, tan antagónicas como complementarias, dos voluntades, dos inercias, dos maneras de conjugar el universo y enfrentarse a la desgarradora tarea de reconstruir el mundo a la vez que lo destruimos. Ya somos francamente buenos en ello porque, no en vano, llevamos practicando desde el principio de los tiempos.
  Nuestro pequeño infierno local lo gobierna, allá por el noveno círculo mefítico, maléfico y satánico, la incombustible Francina Armengol, mientras sus socios en las labores pirotécnicas y deconstructivas de la realidad, los nacionalistas de Més y los populistas de Podemos, la mortifican y obligan, en fin, a ponerse circunspecta cuando se dirige a los medios y finge que filosofa a vueltas con la coherencia y el “no es no” de los ángeles caídos, abrasados, desterrados. Lo triste es que si el PSOE, en diciembre de 2015, hubiera apoyado la investidura de Rajoy, ahora, además de los diputados perdidos por el camino, tendría a un PP debilitado casi al final de una terrible legislatura en franca minoría. Como no lo hizo así, y Armengol sigue aún sin querer hacerlo, no les va a quedar otra que pasar, ellos, una larga temporada en el infierno. Esto me recuerda a Rimbaud. Es fantástico.



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viernes, octubre 21

Terror en las aulas


La Telaraña en El Mundo.

 He dejado pasar el tiempo -el tiempo siempre pasa muy deprisa- en el más que lamentable caso de la niña agredida en el colegio Anselm Turmeda de Palma. El mundo de los niños, en ese otro hogar que, durante años, constituyen los colegios donde nos iniciamos en el aprendizaje de la vida, es muy simple, pero también muy complejo; tanto, al parecer, que, tras dos largas, interminables semanas, el lamentable Govern que nos gobierna no ha logrado esbozar, siquiera, una explicación medianamente convincente de unos hechos en los que se entremezclan, de un lado, el deslavazado espíritu de la escuela pública, el caótico ensamblaje funcionarial entre la volatilidad política de la Conserjería, los deseos lógicos de los padres y el maremágnum de los docentes y sus asociaciones, más o menos sindicales, ideológicas o lingüísticas, y del otro lado, los problemas específicos de la vida misma, las inevitables disputas entre los alumnos, la finísima línea que va desde la riña o la pelea, sin más adjetivos ni consecuencias, al infame submundo del acoso, el abuso, la violencia cobarde de los más fuertes.
 Yo no sé, finalmente, lo que de verdad pasó en ese patio donde llueve como en todos los patios de todos los colegios del universo, en ese patio donde las luces dejaron de brillar hace unas dos semanas, donde se levantó la nube plúmbea, oscura, terrible, de un cielo cuajado de dolor y, tal vez, de injusticia. De sudor infantil y moscas voraces. De pizarra agrietada y vaho en los cristales. Definitivamente, los colegios son lugares terroríficos donde casi todo lo que acontece lo acaba explicando la ineptitud de los mayores para recordar la infancia que ya perdieron. Perdimos.
 Echo la vista atrás y sonrío, porque no hallo motivos para otra cosa. Hubo una vez un cura viejo y malhumorado, gruñón y cascarrabias, a la sazón director del Colegio San Francisco de Palma cuando yo era alumno de ese colegio, que se dedicaba a pellizcarnos con saña en los muslos cuando llegábamos tarde a clase, cuando suspendíamos algún examen semanal o cuando nos pillaba, desgraciadamente, por los larguísimos pasillos del colegio o en secretaría intentando solucionar algún que otro problema menor; y el problema no era otro que tener que acabar huyendo, con celeridad, de sus manos largas. Nunca he olvidado el crucial instante en que casi alcanzó a palpar mi vello púbico y, ante mi respingo, la rapidez con la que se batió, entonces, en retirada. El viejo curita debía ser un tipo ciertamente repugnante, pero la verdad es que yo no le guardo ningún rencor especial. Hasta he olvidado su nombre y, aunque supongo que podría rescatarlo del olvido, no le encuentro otro lugar mejor donde sepultarlo.



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martes, octubre 18

La lagartija de Dylan


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que ya no crea, en absoluto, en la alta literatura y que la baja, la baja literatura, me siga importando lo que siempre; es decir, nada. Puede que los libros de mi biblioteca vayan, con el tiempo, perdiendo peso, volumen y hasta páginas, convirtiéndose tomos en pasquines, enciclopedias en libelos, obras completas en hojas sueltas y desgarradas con los márgenes adoloridos, porque ahí anoté algunas palabras y dibujé algún diagrama que apenas sí puedo, ahora, descifrar. No es fácil descifrar lo que ya sólo recuerdas porque trastornó tu vida, te convirtió en otro, te sedujo, te violentó, te venció, te dejó temblando como una llama en la encrucijada de todos los vientos. En ese lugar sigo ahora, porque nadie logra escapar a su destino y no hay forma de abandonar el paraíso del que, quizá, ya nos han expulsado. Siempre nos intentan expulsar de nosotros mismos, pero no sé si siempre lo logran.
 Dejé dicho en las redes sociales que Leonard Cohen me hubiera parecido un premio Nobel de Literatura mucho más literario que Bob Dylan. Era sólo una ocurrencia, una frase más o menos ingeniosa con la que constatar que las canciones de Dylan que mejor conozco tienen ya una edad más que respetable. Treinta o cuarenta años. Y que ya hace décadas que no escucho a Dylan, porque los tiempos, en efecto, han cambiado muchísimo y la respuesta, vaya que sí, sigue flotando en el aire, como una llama en la encrucijada de todos los vientos y la vida humana es sólo un gesto de rebelión o soberbia, algo que se retuerce como la cola arrancada de una lagartija: nos escapamos de la verdad o la mentira y dejamos, a cambio y como si significaran algo, nuestros actos y palabras, nuestros libros, nuestras canciones rotas por la afonía de los siglos, nuestra danza compulsiva, cada vez más descreída e insomne. Escucho lo último de Cohen y, aunque me conmuevo, me sucede como con la última película de Woody Allen: yo ya he bailado esa soledad impostada, ya he escuchado esos monólogos absurdos, ya he vivido esa misma historia y no puedo revivirla, como si la desconociera.
 Con todo, repaso los últimos premios Nobel de Literatura y me da la risa. Svetlana Aleksiévich, Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer. Escribo sus nombres y me atraganto, porque el sueño de la literatura es sólo un laberinto, una trampa letal ideada, tal vez, por Borges una noche nórdica, ácida y telúrica en la que Dios, finalmente, dormitaba y la creación, insatisfecha, rumiaba su propio desconcierto, su tumultuoso y deslavazado destino. La música la ponía Dylan. O Cohen. O ese silencio magnífico que nos ayuda a pensar cuando todo parece que se desmorona.

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viernes, octubre 14

La ciudad quemada


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si fue una casualidad o una ocurrencia, pero me sorprendió que La 2 de TVE cerrara los fastos televisivos del 12 de octubre con la emisión de «La ciutat cremada», de Antoni Ribas, una película que recordaba haber visto con cierto agrado cuando fue estrenada, al parecer en 1977, tras un año de prohibición por culpa de las veleidades de la censura, nada menos. Pero el tiempo, tanto para lo bueno como para lo malo, no pasa en balde. En absoluto. Salvo la exuberante belleza juvenil de Ángela Molina -absolutamente memorable ese pecho suyo al aire con el que casi se cierra la película- todo lo demás me pareció espantoso, horrible; una historia maniquea de traidores y cobardes, un cónclave barriobajero de fanáticos y asesinos, de cínicos, una exhibición sectaria del horror al que la política del revanchismo y la identidad perdida nos condujo en el pasado y al que, quizá, nos vuelva a conducir en breve. Parece que el pasado repite, aunque no debiera.
 Sólo la belleza, pues, se salva (y nos redime) del horror y el caos, de las metáforas mal aplicadas y peor resueltas. De la realidad convertida en ficción o viceversa, en Semana Trágica, porque no hay forma mejor de afrontar los acontecimientos que narrarlos, convertirlos en novela, cuento, pintura, película o poema. Es decir, discurso. En historia de todos que nos ronda y persigue, que nos habita hasta las entrañas sin que podamos aseverar que el horror colectivo se justifica, suficientemente, por la suma de las mezquindades personales de cada uno de nosotros. ¿Pueden nuestras miserias individuales acabar generando enormes tragedias colectivas? Es posible, pero quién sabe.
 Es muy difícil entender y, sobre todo, explicar el comportamiento humano. No parece haber forma de precisar, con exactitud, dónde acaba el instinto animal y dónde empieza la razón y sus pesadillas; hasta dónde alcanza la cultura y en qué maldito lugar da paso marcial a las ideologías; hasta dónde llegamos por inercia, comodidad o suerte y hasta dónde por convicciones o esfuerzo propio. Se acumulan los interrogantes y todas las respuestas posibles se me acaban antojando igual de triviales. Me duele muchísimo la soledad gélida de un montón de cadáveres apilados a ambos lados de unas trincheras que ya no existen, que ya no pueden existir. Me duele muchísimo la soledad de esos cadáveres abandonados a su desgracia mientras unos y otros vuelven a sus casas, a sus trabajos, a sus rezos, a sus proclamas. A lo que sea que les haga olvidar por qué mataron o cómo, de qué manera, lograron sobrevivir. A lo que sea, en definitiva, que les haga olvidar, por completo, que una vez hubo vencedores y, también, vencidos. ¿Los hubo?
 

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martes, octubre 11

Viaje al desierto


La Telaraña en El Mundo.

 
 La banda sonora de mi vida es ahora, en este mismo instante, una tormenta eléctrica en mitad de un desierto. Debiera haber viajado a Coachella, a la ciudad californiana de Indio, no muy lejos de Los Ángeles ni tampoco del cielo o del infierno, para rencontrarme con los rayos y los truenos, con las descargas pirotécnicas del alma, con las sacudidas letales del cuerpo, con el eco tumultuoso de las explosiones de buena parte de esa desgreñada y polifónica melodía con la que me dejé los tímpanos y acabé aprendiendo idiomas; traduje sensaciones, sentimientos, expectativas. Filosofía. Vida. Metáforas. Como de costumbre, somos una frase sin terminar, un río que nos ve descender por sus cascadas y ascender, mucho más tarde, por sus veredas y túneles, por sus laberintos ocultos.
 Resulta, pues, que en el centro de todas las tormentas han actuado este fin de semana (y volverán a hacerlo el próximo, si la autoridad y el tiempo no lo impiden) gentes como Bob Dylan, los Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters, es decir, Pink Floyd, quizá la reedición sicodélica del estúpido muro de Donald Trump en mitad del desierto. Una espléndida reunión de magníficos ancianos apurando sus penúltimas fuerzas, desgañitándose de veras, parodiándose con muchísimo humor y no menos ternura, intentando, en fin, estar a la inverosímil altura de sus propios recuerdos, cuando ya los nuestros empiezan a flaquear, a decaer, a acomodarse tranquilamente en el sofá de casa mientras el vinilo negro y brillante de nuestra existencia sigue aún dando vueltas; y esperamos que no deje nunca de hacerlo. Que no pare la música, aunque ya casi ni la oigamos y sólo nos fijemos en cómo vibra nuestro espíritu, en cómo palpita nuestra sien, en cómo tarareamos ese estribillo invencible que se nos ha colado, no sabemos cómo, en la mollera, en la lengua, en algún lugar que ignoramos y del que, al parecer, no hay forma humana de sacarlo, de silenciarlo. ¿Por qué, para qué íbamos, además, a hacerlo?
 Repaso la nómina y anoto dos únicas y fundamentales ausencias. Leonard Cohen y David Bowie. Aquí la vida o la muerte no importan demasiado, porque no añaden ni quitan melodías, aunque nos provoquen, eso es cierto, algún que otro cataclismo, algún revuelo íntimo de matices, algún ataque fingido (y muy escéptico) de nostalgia y también de desencanto; porque siempre nos queda, eso pensamos, la esperanza de que alguna nueva canción nos despierte una mañana de estas con la resaca renacida en el alma de las miles de noches en que fuimos, efectivamente, felices: en que seguimos siéndolo, porque la felicidad, a fin de cuentas, es sólo saberse despiertos para siempre, aunque estemos durmiendo. Profundamente.


 

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viernes, octubre 7

El teatro de Munar


La Telaraña en El Mundo. 
 

 La vida podrá no ser todo lo larga que quisiéramos, pero si tenemos la suerte de poder estirarla lo suficiente nos acaba dando para bastantes, para muchas cosas. Nos da para ir creciendo y menguando, casi al mismo tiempo, nos da para la pujanza y también para la decrepitud, nos da para el éxtasis, para la alegría, el dolor y la tristeza, nos da para transitar el fulgor indescriptible de un instante de éxito y la oscuridad repentina de un fracaso que no esperábamos, nos da para perdernos igualmente en un páramo desierto que en mitad de la aturdida muchedumbre. Nos da para detenernos de vez en cuando, hacer un tímido balance y dejar que los pros y los contras de todo cuanto hemos hecho o dejado de hacer nos zarandeen con sus exigencias, sus efectos colaterales, su predisposición a no abandonar una batalla diaria que, pese a todo, no acabaremos ganando. O quizá sí. Todo depende de lo que entendamos por derrota o por victoria.
 Observo la foto de Maria Antònia Munar y reparo en su rostro envejecido y demacrado, en su pelo lacio, mal teñido y peor cortado, en su mirada rota y extraviada. No me creo nada. Hubo teatro, puro teatro, en la Munar que vivía a todo lujo, que repartía los millones de euros que, entre unos y otros, le distraían al erario público, como si fuera la cosa más natural del mundo, que reinaba en toda Mallorca y movía los hilos, todos los hilos de nuestro pequeño universo. ¿Cómo no va a seguir haciendo teatro la mujer que ahora intenta pactar con el ubicuo fiscal de las mil causas que aún tiene pendientes? ¿Cómo no ofrecer a los miembros del jurado, ciudadanos de a pie, personas normales, en definitiva, la imagen mutilada de la decadencia, cómo no intentar, por penúltima vez, embaucar al personal apelando a la compasión, a la piedad, a la caridad, a lo que sea? No sé mucho sobre princesas, pero estoy seguro de que una auténtica princesa ha de ser capaz de pactar, incluso, con el diablo. En efecto. ¿Qué no sabrán, ella y él, de pactos?
 Al cabo de los años, he acabado escribiendo demasiado sobre Munar, lo reconozco. No es culpa mía, sino suya, por supuesto. Yo estoy plenamente convencido de que lo más hermoso que hubiera podido escribir sobre ella hubiera sido un silencio absoluto, sepulcral y eterno, pétreo. No obstante, me hubiera gustado, al menos, haberle sabido dibujar una sombra negra y habérsela dejado a sus pies, intermitente y seductora como una especie de alfombra voladora, para que la buena señora acabara comprendiendo que todo empieza en uno mismo y acaba, también, ahí. En esa soledad íntima, infinita, con la que no se puede traficar.

 
 

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martes, octubre 4

Memoria del PSOE

La Telaraña en El Mundo.

 Hago memoria y corroboro, sin sonrojarme un ápice, que Felipe González fue el único político que consiguió, en su momento, llevarme al huerto. Me refiero al huerto metafórico y asombrosamente envenenado de la OTAN, pero también al hecho memorable de que consiguiera, al menos una única vez, sacarme de mi crónica abstención voluntaria y arrancarme el voto en las urnas después de acudir a un mitin suyo en una abarrotada plaza de toros, no recuerdo ahora si de Palma o Valencia. Estoy hablando, en efecto, de otros tiempos, ya remotos, pero eso viene a significar, a fin de cuentas, que tengo una historia personal que saldar con el socialismo, una historia que no he tenido con ningún otro partido. Tampoco con el PP, por supuesto.

 Sin duda es bueno, higiénico y hasta, quizá, desmitificador, ir limando las asperezas y los baldones del propio pasado, ir limpiando de abrojos ese zigzagueante ir de un lado para otro sin más obsesión invencible que avanzar contra la inercia, el silencio, la cobardía, la confusión o la abulia, contra las ganas ciertas y tan repetidas, tan estúpidamente repetidas, de acabar mandándolo todo al garete. ¿Dónde mejor podría estar? ¿Dónde acaba todo, finalmente? Pero no hay que precipitarse. La vida es sólo el devenir de un discurso. Más aún, la vida es exactamente ese discurso. Nace, se desarrolla y muere con él, sin sobrevivirle. Somos un hilillo de luz, a ratos vacilante o compulsivo, voluble o decidido, tierno, cruel, sigiloso o violento. Un hilillo de luz con sus inseparables sombras abriéndose paso, a machetazos, por entre la selva impenetrable de los conceptos, los pasos en falso, los salones perdidos del lenguaje, el maremágnum enfermizo de los sentimientos, el alud plúmbeo de las apariencias, el engaño trivial de los sentidos, la hipnótica música de las sirenas, el furor clásico de las hidras, el ladrido inaguantable de Cerbero y otras criaturas terroríficas tan malignas como, quizá, necesarias.

 En la comisión gestora que queda en pie del PSOE figura el expresidente del Govern balear y actual senador Francesc Antich. Su incombustibilidad, casi tan espectacular como la del propio González, nos aterra. No obstante, suponemos que su presencia le servirá a su sucesora, Francina Armengol, para justificar, cara a la galería de los barones y la militancia más radical, sus alquímicos pactos con Podemos y los nacionalistas de Més, como única forma de alcanzar el poder sin haberlo logrado en las urnas. Por desgracia, no parece que haya nadie en el PSIB capaz de echarla por acabar convirtiendo el socialismo balear en una histriónica verbena donde se baila la conga a ritmo de sardana cada vez que se tumba alguna vieja y prescindible ley del PP. Maravilloso.

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viernes, septiembre 30

Vistazo al caos


La Telaraña en El Mundo.

 Parece que el corral anda muy revuelto. Extraordinariamente revuelto, incluso. Mientras en Cataluña, Puigdemont se ha liado la manta a la cabeza hipotecando el futuro político de su comunidad con un absurdo referéndum (tan absurdo e imposible de convalidar, que sólo puede movilizar a gentes tan febriles como las de las CUP, vaya panorama), en el Partido Socialista Obrero Español se han perdido, definitivamente, los estribos y, tras el aldabonazo mañanero del miércoles de Felipe González, tanto los críticos como los partidarios de Pedro Sánchez han demostrado no disponer de otra arma dialéctica que la demagogia populista heredada del degradado contexto general en que vivimos: las referencias cruzadas a la legitimidad perdida por unos y otros, la ocupación más o menos orgánica o sulfúrica de la sede de Ferraz, el mantra del aval maniqueo de la militancia y cosas así de difusas y manipulables, para justificar, de alguna manera, su propia estrategia política, sus opiniones y preferencias personales, su decisión conjunta de convertir el primer partido de la izquierda nacional en una especie de solar arrasado. Por ahí han pasado los bárbaros.
 Supongo, sin embargo, que ambos temas (como tantos otros que nos rondan) se irán reconduciendo en breve. O se eternizarán, que es otra manera de ir pasado páginas y asumir que la realidad es un libro muy grueso, un sumidero enorme, un pozo sin fondo, una profunda y ávida garganta que lo engulle todo, porque, a fin de cuentas, no hay mal que dure cien años y, si los dura, no estaremos ahí para sufrirlo y lo que no mata, engorda, y mil otros tópicos similares que funcionan, tal vez, como formidables ansiolíticos y que, como mucho, sólo son ridículos placebos. Hay que ver con qué poco nos conformamos. ¿Nos conformamos?
 Repaso algunos muros de amigos en Facebook y me encuentro con bastantes apoyos a Pedro Sánchez. Puedo comprender, en efecto, que echar a Rajoy y al Partido Popular del poder tiene su no sé qué fascinante, justiciero y, quizá, letal. Puedo comprender, incluso, que ese deseo vaya más allá de la cruda fisonomía de los números y la representatividad electoral alcanzada en las urnas. Puedo comprender que hasta el intachable espíritu democrático de mis amistades tenga algunas grietas selectivas por las que se les cuele el deseo, la ilusión o la esperanza. Puedo comprenderlo casi todo. Todos tenemos nuestra razón y, sobre todo, nuestras razones; con ellas, aunque sea a cuestas, cargadas las espaldas de pesadísimos sueños, como en un deslumbrante poema en prosa de Baudelaire, vamos haciendo y deshaciendo el camino que, aunque puede que no nos conduzca a ninguna parte, acabará siendo nuestro propio, auténtico y definitivo camino.

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martes, septiembre 27

Velocidad terminal


La Telaraña en El Mundo.


 A una pérdida de tiempo le suele suceder otra. Así se crean cadenas larguísimas, donde cada eslabón se engarza al siguiente como a sí mismo y el universo entero se curva y las ideas crujen, revientan y emiten un humillo rojo al disolverse, mientras los extremos se tocan y en esos círculos infernales se alzan nubes de azufre y brillan, vacíos, los espejos y una extraña voz, monótona y estéril, nos dicta lo que hemos de pensar o hacer hasta que dejamos de escucharla, porque no queremos que nos coarten la libertad, la dignidad o la coherencia, que nos mutilen ese sexto sentido que nos obliga a llegar a ser quienes somos, aunque no lo consigamos. No hay forma de alcanzar la meta sin que nosotros, la meta y el camino recorrido desaparezcan. Desaparezcamos.
 Pero todo a su tiempo. Francina Armengol sigue perdiendo el tiempo, porque sólo así puede disfrutar de un poder con el que no sabe qué hacer. Sin palacete no hay gloria, quizá piense. O a dónde voy yo con estos socios infames. Pero erre que erre. La presidenta impone el catalán a sus funcionarios, porque no tiene nada mejor que imponerles, aunque tanto da. Yo sigo hablándoles a los funcionarios del Govern en la lengua de todos y ellos siguen contestándome en castellano, porque lo cortés no quita lo valiente y no hay nada mejor que la amabilidad para dotar de un rostro humano a la burocracia. Ese castillo, mazmorra o laberinto del que sólo nos puede sacar una sonrisa o una voz amiga. Quizá una caricia. Me gustan las caricias.
 Pero la realidad baja tumultuosa, desnortada. Observo que discurre a medio camino entre el ingenio, el chascarrillo soez y la mendicidad conceptual. Por ese trillado terreno discurren las redes sociales, muy especialmente Twitter, pero también el grueso de la actualidad. Me refiero a los grupos de presión que mantienen las tertulias teledirigidas. También las locales, por supuesto. Me refiero al lobby que reescribe el lenguaje y nos deja sus edictos en el elíptico tablón de anuncios donde parece dictarse nuestro futuro. Ahí lo buscamos cada mañana. Lo malo es que no sabemos si hay futuro.
 Repaso ahora algunos titulares -quizá los más acuciantes- porque he de escribir esta columna y ofrecerles algo de carnaza; pero esta columna ya está casi escrita y hoy no habrá, tampoco, carnaza. No sé si ese detalle importa mucho o importa poco. No puedo detenerme en él, porque casi todo va degradándose, conmigo, pero también sin mí, a la velocidad de un vértigo que no sabría realmente cuantificar. A velocidad terminal, me digo, mientras finjo una sonrisa, algo insatisfecha y notoriamente destemplada, antes de poner el preceptivo punto y final.

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viernes, septiembre 23

Burundanga

La Telaraña en El Mundo.

 Parece que nuestras relaciones personales son, en el fondo, complejas relaciones de poder. En algunas llevamos, o creemos llevar, la voz cantante y en otras, en muchísimas otras, cantamos (y desafinamos) según nos dicten los demás, las circunstancias, el extraño guión de las cosas y la vida, la implacable estructura piramidal de una sociedad de la que no podemos escapar, porque la acabamos llevando, siquiera sea en germen, allá donde quiera que vayamos. La llevamos dentro y con su voz, nuestra voz de adentro, repetimos los tenebrosos conjuros del brujo y damos saltos y hasta bailamos desnudos o travestidos alrededor de un fuego que nos seduce igual que nos aterra. ¿Cómo explicarlo? Fascinación, quizá sea la palabra.

 Pero donde hay poder hay sumisión, hay perversión y también agonía. Desde hace tiempo sabemos que cualquiera (aunque aquí el lenguaje miente, porque no todo el mundo, por fortuna, es capaz de llevar a cabo este tipo de atrocidades) puede poner alguna que otra sustancia química en nuestra bebida o comida (o en nuestro aire) y convertirnos, así, en presa fácil de la delincuencia, en víctima desarmada y hasta complaciente, por ignorancia, de los caprichos ajenos. Pueden dormirnos, enloquecernos o abolir por completo nuestra voluntad y también nuestra memoria. Manipularnos, robarnos, violarnos, despojarnos de nuestra identidad y conducirnos, de muy mala manera, hasta las aguas revueltas y terriblemente sombrías de la amnesia, esa simulación técnica y tétrica del olvido. O de la muerte.

 Acaba de suceder en Mallorca, y es un caso pionero en España, con una mujer que ingresó en Son Espases víctima de una intoxicación química por burundanga (en realidad, escopolamina), que es una droga, al parecer, muy conocida en Caracas o en Bogotá, por ejemplo, y cuya ingesta parece anular la voluntad de la víctima. Suele usarse en robos y, sobre todo, violaciones; es decir, en aquello que denigra a un ser humano y lo rebaja a una esclavitud absoluta revivida mediante engaños y consumada a las bravas, a lo animal, a lo bestia.

 Siempre lo supimos. El remedio es también el veneno. La droga es también el fármaco y viceversa. Recuerdo que hace siglos alguien me habló sobre las virtudes alucinógenas del estramonio, que es una planta muy común en nuestro entorno. No recuerdo más detalles, pero el estramonio y la escopolamina vienen a ser lo mismo. Alcaloides más o menos tóxicos. Pasa, sin embargo, que, en aquellos días veloces, en que nos fumábamos lo que no está en los escritos, no buscábamos poder alguno, sino tan sólo disolvernos en nosotros mismos, encontrar un hilo conductor interior al que agarrarnos cuando el guión de la existencia se volvía ininteligible. Y eso sucedía, como en la actualidad, demasiado a menudo.

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martes, septiembre 20

El botellón silencioso


La Telaraña en El Mundo

 Cuatro cosas que remiten, cuando hay mucha suerte, a otras cuatro. Más o menos, eso es el arte cuando ya se está de vuelta de casi todo y se busca la explosión repetida del estilo personal, la habilidad inconsciente y rota de la perfección técnica, el desasosiego íntimo de abrir interrogantes donde antes no había nada. Literalmente, nada. Debe ser por eso que cada año les vengo hablando del botellón colectivo de la Nit de L´Art de Palma como si los años, exactamente veinte, no pasasen en balde y cada celebración tuviera su indescifrable resaca propia, el eco vertiginoso de algún aguardiente cada vez distinto, pero no. Este año no hubo realmente botellón ni, tampoco, aguardiente.
 Con todo, algún irresistible canto de sirena pareció sacar a los palmesanos a las calles y, una vez cortado el tráfico rodado, era ciertamente reparador y hasta ansiolítico pasearse entre racimos y grumos de personas, entre manadas sedientas, quizá, de una música que la ciudad, voluntaria y políticamente muda este año, no acababa de ofrecerles. El arte acechaba, esta vez sí, desde las galerías donde los galeristas diseccionaron su oferta según los parámetros de la quimérica demanda: aquí las reivindicaciones ideológicas y el material de usar y tirar, allá las provocaciones más o menos eróticas o infantiles, el desequilibrio hormonal o la tensión bien resuelta, el temple, la profundidad o la sumisión. Quizá la elocuente nadería.
 No hay en el arte otra cosa que el artificio y la reinterpretación, la realidad mutilada o esplendorosa de un metalenguaje en otro como en un juego de espejos astillados. En esas grietas nos acabamos encontrando y perdiendo definitivamente, pero así es la vida. Cierro y abro los ojos, alternativamente. Repaso el divergente catálogo de la noche silenciosa y me quedo, por supuesto, con Mercedes Laguens y sus óleos sobre lino o sobre lo que sea. Ya no es tiempo de leer el ensayo de Foucault, El cuerpo utópico. Ya no es tiempo de escribir en la piel de los cuerpos desnudos como si fuera sobre la arena en llamas de una playa del infierno donde pisamos más que por placer, por necesidad o angustia. Quizá por castigo.
 No haré, sin embargo, ninguna disección detallada de un catálogo que es el que es, porque no puede ser otro. El cadáver es sólo uno y yo simplemente deambulaba por la ciudad silenciosa (y desvelada) como quien espera oír un fantasmagórico toque de diana para realizar una penúltima batida mejor que bien acompañado antes de regresar, finalmente, a casa y dejarme sepultar por la belleza famélica, la singularidad fatal y la emoción temblorosa de mis propias elucubraciones. Es muy posible que sólo me importe, ya, lo que imagino. Viva el narcisismo.

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viernes, septiembre 16

El sudor del de enfrente

La Telaraña en El Mundo.

 Se me ocurre abrir algunos interrogantes que no acabo, por desgracia, de cerrar. Cada uno es como es o como le han hecho, quizá, las circunstancias. Pero hay demasiadas cosas que no entiendo. ¿Cómo es posible que, con su dilatado historial, la que le está cayendo y la que, de seguro, le va a caer, Rita Barberá tenga todavía humor y arrestos para aferrarse a su escaño en el Senado? ¿Cómo, también, que Mariano Rajoy no se harte de todo, de tanta investidura fallida y tanta corrupción más o menos familiar, por ejemplo, y decida dimitir, como haría cualquiera, creo, que antepusiera su dignidad a mil otras cuestiones menores? ¿Cómo es posible, asimismo, que Pedro Sánchez acumule debacle tras debacle electoral y no se le ocurra otra salida política sin salida que ese no archirrepetido y persistente, descerebrado, castrante?

 Son sólo tres personajes, casi tomados al azar, de una actualidad que da más grima que otra cosa. En las islas la situación no mejora sustancialmente. ¿Nos importan algo las explicaciones que Francina Armengol dará en comisión secreta del Parlament sobre el ático del millón ridículo de euros? ¿Lo que diga mejorará nuestra opinión sobre la turbadora ingeniería financiera de Sa Nostra? ¿Nos preocupa que Jaume Matas, otro que parece volver, pero que nunca se había ido, trueque la frialdad metálica de la cárcel por la delación generalizada y a tumba abierta, contra corriente? No sé yo, pero hay películas que, de tanto verlas, ya no nos las podemos creer. Nos aburren solemnemente.

 Pasa, sin embargo, que acabamos presintiendo, entre bostezo y bostezo, que la culpa de todo la tiene la formación, la falta de formación general y, sobre todo, particular, en este caso. ¿Cómo es posible que la inmensa mayoría de los políticos que nos representan carezcan de algún tipo de historia personal de éxito que pueda identificarlos profesionalmente, al margen de su meteórica o sudorosa ascensión en las listas cerradas del partido, su aferramiento a las filas prietas del sectarismo ideológico, a la comodidad tétrica del escaño, al exuberante cargo digitalizado, a la fructuosa asesoría vitalicia y hasta hereditaria si se tercia?

 Hay que sobrevivir, qué duda cabe, y no están los tiempos como para confiar, exclusivamente, en el propio sudor de la frente para salir adelante. Es triste, en efecto. Es descorazonador, también. Es patético, en fin, que los más cínicos integrantes del círculo infernal de la política y sus allegados hayan cambiado la vieja, pero justa e igualitaria, maldición bíblica por un nuevo lema (parabólico y paradojal, por supuesto) que creía haber leído en Twitter, pero no. Es el título de una novela, que no conozco, de Patricio Chamizo: «Ganarás el pan con el sudor del de enfrente».


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martes, septiembre 13

El búnker de la lengua

La Telaraña en El Mundo.

 Tanto mi hijo como mi hijastro, que hay que tener de todo y no privarse de casi nada en esta vida, hablan perfectamente tres lenguas. Español, catalán o mallorquín e inglés. Podría decirse, pues, que el sistema educativo, al menos en su caso, ha funcionado bastante bien y que las leyes educativas han sido lo suficientemente flexibles como para ellos mismos pudieran ir acompasando, cada uno a su manera, las peculiaridades de su entorno familiar y el absurdo caos lingüístico al que, de forma más o menos consciente, han tenido que ir enfrentándose a lo largo de los años en la enseñanza pública o concertada.

 ¿Está bien, entonces, lo que bien acaba? En absoluto. La posible buena suerte de mis hijos no garantiza ni condice la de tantos otros chavales que, por desgracia, no supieron o no pudieron adaptarse a los planes lingüísticos de los colegios, no lograron sobreponerse al panfletario poso ideológico de algunos docentes ni, tampoco, driblar las líneas rojas del pensamiento único y dejar pasar así, sabiamente, el tiempo, cumplir, con mayor o menor holgura, con los deberes y los exámenes, hacer y deshacer los entuertos puntuales de cada día y sobrevivir, en fin, a esa forma de castración personal que acaba siendo una educación genérica, mediocre, acrítica según convenga y, sobre todo, ideológicamente contaminada.

 Me envían desde Change.org, ese muro virtual de las lamentaciones donde cualquiera puede llorar sobre lo que le plazca con la certeza de que va encontrar suficientes plañideros con que consolarse, la petición al Ministerio de Educación de España de que nuestros hijos puedan estudiar en castellano y balear. Este derecho, en principio, viene incluido en la infame Ley de Normalización Lingüística, pero la penúltima pirueta econacionalista del Govern, es decir, el Decreto de Lenguas, ha convertido el claustro de los colegios en el búnker desde el que se puede blindar (y se blinda) el uso exclusivo del catalán. Los centros educativos, además de la aberrante morralla de los planes de estudio que mutan según el gobierno de turno, poseen un denominado “proyecto lingüístico propio” que prevalece sobre cualquier otra norma, incluso de orden superior. Es increíble. O no. Es lo que hay.

 No pienso, faltaría más, quejarme porque se incumpla el único artículo de la Ley de Normalización Lingüística con el que, de hecho, estoy de acuerdo. Pero a otro perro con ese collar. No concibo ninguna solución educativa en Baleares que no pase por derogar esa ley de normalización zoológica y territorial, esa encerrona conceptual, esa grieta subrepticia por la que se nos coló, para quedarse, el nacionalismo, su primitivismo lingüístico, dialéctico y tribal, su reduccionista ir avanzando, parasitariamente, a costa del progreso y el futuro colectivos. Hacia ninguna parte.

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viernes, septiembre 9

El laberinto del 11-S


La Telaraña en El Mundo.
  
 Se acerca el 11 de septiembre y la celebración de una nueva Diada en Cataluña (y en Baleares, el día 12, pero esa no parece importarle a casi nadie). Una diada en la que, aprovechando que los nacionalismos están gobernando, aunque sea de aquella triste manera, en Valencia y Baleares, se intentará convertir la ficción de los países catalanes en algo más que en un disparate geográfico. No hay problema. Con la presencia de las fuerzas vivas (aunque renqueantes y no menos zombis) de Cataluña, Valencia, las Islas Baleares, la franja este de Aragón, Andorra, el Rosellón francés, el Alguer italiano (allá por Cerdeña) y El Carche (en la esquina noreste de Murcia) están más que garantizados unos espléndidos juegos florales. Sin ninguna duda.
 Pero hay fechas que se hacen un hueco propio en nuestras vidas. Estaba yo en Barcelona el 11 de septiembre de 2001 sentado ante el televisor mientras Matías Prats narraba, no las vicisitudes de la diada catalana de aquel año, que ni recuerdo si la hubo, sino el horror sucesivo de los aviones enloquecidos impactando contra las Torres Gemelas de Nueva York, mientras el mundo se venía abajo con ellas y todos nosotros presentíamos que aquello no era el fin del mundo, pero sí el fin de muchas cosas; de muchísimas, en efecto, pero no de la estupidez, la negligencia o el sectarismo, los enfrentamientos a cara de perro por razones tribales, lingüísticas, étnicas o religiosas. Casi nada.
 Está claro que no avanzamos demasiado. O no, al menos, en la dirección correcta. El camino está repleto de falsas rotondas y hay abismos abiertos en mitad de ninguna parte. Puede que nos hayamos perdido. ¿Quién iba a decírnoslo, mientras la generación digital muestra el fulgor de sus flores de mentira y la existencia se refugia en el contagio de las redes sociales y el lenguaje se colapsa y el discurso no es otra cosa que unos fragmentos reunidos al azar de un Dios que ya no importa si existe, porque casi nadie cree en él? Casi nadie cree ya en nada.
 El panorama, pues, no pinta muy tranquilizador. Entre todos vamos creando los conflictos que luego se emponzoñan y eternizan, vamos recreando las crisis, más o menos profundas, que nos asolan, la peste metafórica que nos tiene confinados en el laberinto de este mundo, porque no parece que haya otro y afuera no hay nada, salvo el holograma de los paraísos artificiales que tantas veces hemos soñado habitar sin ningún éxito, el ridículo espejismo de nuestra enfermiza nostalgia por todo aquello que creemos haber perdido y que no sé yo si fue así, porque no se puede perder lo que, de hecho, nunca se ha poseído. Ni en sueños.

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martes, septiembre 6

El cetro del Rey Midas


La Telaraña en El Mundo.

 Observo el panorama sin dejar de preguntarme sobre lo que, de verdad, me importa o interesa. La manifiesta inutilidad de casi todo lo que hago, ignoro si por instinto o necesidad; por ejemplo, el arte, que es una especie de broma pesada y sobrevaloradísima que me abruma igual que me desazona, la ternura, que suele romper en añicos el escudo en el que acabo grabando todos mis esquemas personales, la soledad, que tan sólo es un circunstancial estado de ánimo, que se combate, si se quiere, con la persistencia en el cariño, en la empatía, en la fe, en aceptar que te cojan de la mano y te guíen cuando el camino se oscurece y no ves nada y hay que dar un paso adelante o dos o tres y el vértigo te paraliza, pero la piel te calma, finalmente.
 No es mala idea afrontar la actualidad con pensamientos así de extemporáneos. Me ayudan a vencer el sueño y desperezarme del todo. Resulta que ayer madrugué viendo a Rafael Nadal caer en el US Open ante un deslumbrante tenista francés, Lucas Pouille. A mí, el tenis, no me entusiasma; más bien, al contrario, me aburre solemnemente, pero no deja de impresionarme la perseverancia casi sobrenatural con que Nadal se aplica en devolver la pelotita amarilla de un lado de la red al otro y viceversa. En ese gesto, tan inútil y mecánico como infantil y pasional, siempre encuentro un símil, una metáfora precisa de la condición humana. No hacemos otra cosa que esforzarnos por doblar una esquina y luego otra y después la siguiente sin que nos detenga la terrible sospecha de que la esquina quizá sea, siempre, la misma.
 Los espejismos nos rondan sin que importe discernir su grado de verosimilitud o realidad. Quizá no exista la realidad. Quizá no existan, tampoco, los espejismos. La condición humana reside en las metáforas. En el fastuoso ático con vistas, por ejemplo, que le hizo ilusión a Francina Armengol y que no pudo acabar de comprar por el qué dirán o no dirán. Jaume Matas, en cambio, sí tuvo el valor suicida de comprar el suyo y ya saben, supongo, que lo acabó consignando en los juzgados para pagar deudas y lo que aún le falta. Impagable.
 Con todo, no nos parece mal que cualquier presidente o presidenta de nuestra augusta comunidad autónoma tenga acceso preferencial a un ático de lujo, escobillas áureas incluidas, en alguna que otra zona señorial de Palma. Tampoco nos molestaría que las exuberantes ruinas de Sa Nostra (o de la entidad que la sustituya) les otorgaran, a nuestros presidentes, el cetro incorruptible del Rey Midas. Lástima que no haya regalo sin contrapartida, ni leyenda sin maldición. Abrumadora.

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viernes, septiembre 2

El ruido del Pacte


La Telaraña en El Mundo.

 
 Resuena, casi a mediodía, el horror mayúsculo de unas pocas maletas que ruedan, dando tumbos, sobre el enladrillado a medio hacer o deshacer de nuestras calles más o menos céntricas y peatonales. Quiero pensar que esos hipotéticos turistas urbanos no han caído en las manos de algún intermediario inmobiliario, absolutamente opaco y hasta ilegal, que maneja habitaciones y pisos de otros como auténticos churros, sino que se dirigen a la casa particular de alguien que no podría sobrevivir, tal vez, sin alquilar esas dos míseras habitaciones, por ejemplo, con que le premió el destino o le castigaron la soledad o las circunstancias de la vida. Nunca se sabe qué o quién nos otorga lo que parece pertenecernos hasta que lo abandonamos. Siempre lo acabamos abandonando todo.
 Pero no sé si el Pacte, que nos gobierna, da para tantos matices. El Pacte se mira el panorama y sólo acierta a ver, en el paisaje y en el paisanaje, aquello que quiere ver y que mejor casa, por supuesto, con su propia ideología. Algún espejismo. No obstante, es verdad que demasiados turistas escapan a la ridícula ecotasa de Biel Barceló, en efecto, pero eso es lo que suele suceder, por desgracia, cuando las cosas no se regulan bien o, sobre todo, a tiempo. Uno se escapa de los abusos y las imposiciones ajenas sólo si puede o si le dejan algún que otro vacío legal donde plantar una palmera y convertirlo, tal vez, en un maldito oasis.
 El Pacte es un lugar, una entelequia, una fusión metafísica muy compleja. Difusa. Turbulenta. Cuerda y ebria. Marcial y asamblearia, a partes iguales. Un conglomerado de intereses dialécticos que no cuadran, ni siquiera idealmente, porque sus integrantes andan a la gresca de unas competencias físicas que se les escapan, porque no se puede moldear una realidad cuya sustancia y funcionamiento se ignoran; y el discurso político conjunto sólo da para el ruido infernal de un Dj desarbolado sin otra música que mezclar que sus propias pesadillas.
 Me asomo a los hechos. A un debate televisivo de no investidura le sucederá, hoy, otro idéntico. Obviaré el tema, a la espera de que Sánchez intente, para España, un Pacte como el que lidera, aquí, Armengol. Pioneros que somos. Mientras tanto, rugen los monopatines de algunos descerebrados que se lanzan calle Olmos abajo hasta la mismísima fuente de la Rambla, por ejemplo. Un camión recoge la basura o riega el adoquinado justo cuando intento domar mis penúltimos sueños. Algún vociferante hijo pródigo intenta regresar a la casa donde sus padres, quizá, todavía le esperan; nadie debería esperar a los bárbaros, salvo para que pasen de largo y nos dejen la paz que nos hurtaron en vida. O así.
 

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