LA TELARAÑA

viernes, septiembre 19

Evocaciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Releo sobre el pasado de la gente que me interesa como si leyera sobre mi propio pasado, sobre mis días en otra parte, sobre el aprendizaje de la existencia que se traduce en ir quemando etapas y redoblar las esquinas donde alguna vez estuvimos a punto de detenernos. Suerte que no lo hicimos. Releo sobre ese pasado con nombres y apellidos y me dejo mecer por la misma literatura y música de entonces, ahora. El poema en prosa, «Espacio», de Juan Ramón Jiménez o el nuevo disco de Leonard Cohen, «Popular Problems», por ejemplo.
 Pero la realidad no sucede, exactamente, así. Si escucho las últimas canciones de Cohen estoy oyendo, de hecho, algunos de sus más antiguos éxitos. Quizá todos. Si recuerdo la sustancia literaria de los dioses, la luz de Coral Gables o el destierro asumido de España (Catalonia, Spain), en palabras de JRJ, estoy recordándome casi cuarenta años atrás con esos mismos versos entre los labios. Resulta difícil disfrutar de las novedades sin acordarse, a la vez, de los orígenes y principios. De la perturbadora complicidad que establecemos con todo aquello que amamos y que el tiempo nos tatúa en la piel y hasta en la sangre.
 Luego podrán, claro, las instituciones y los hombres ir cambiándolo todo a su antojo. A su necesidad o conveniencia. Podremos, todos, igualmente, intentar convertirnos en otra cosa y mejorar cuanto nos ha precedido. En esas estoy desde hace varias vidas y sólo logro convencerme de lo mucho que cuesta, hoy en día, encontrar algo con que sustituir a nuestros viejos dioses de siempre.

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martes, septiembre 16

El Estado Islámico


La Telaraña en El Mundo.
 
  Incluido el temido (pero tan común y familiar en España) ruido de sables –que me llega desde el maremágnum de las redes sociales pero también vía WhatsApp, es decir, a través de gente que conozco y de la que no me queda otra que fiarme- me asombra sinceramente que los medios (y yo mismo) le dediquemos tanto espacio tipográfico a los desbarres de los independentistas catalanes (que no son mucho más que unos publicistas intentando vendernos la frivolidad de un futuro y un pasado a su medida) y a la áspera situación de caos lingüístico y educativo que padecemos. Todo eso es muy grave, desde luego, pero secundario.
 Hay en el mundo, alrededor y muy cerca de nosotros, otros asuntos mayores. Me refiero, por supuesto, a las decapitaciones sangrientas en la primera plana de los telediarios, a la dolorosa putrefacción ética y estética de todos los sentidos cuando un hombre es públicamente humillado intentando escapar de la muerte y aun así muere porque la daga asesina de los verdugos le alcanza la yugular y hasta el pulso entero de una civilización y un modo de vida (el nuestro) que no debería consentir en arrodillarse, sino ante el Creador y no siempre, ni de cualquier manera.
 Hay que frenar, pues, esa perversión insuperable del autoproclamado Estado Islámico y sus planes de expansión. De lo contrario, no nos importará (si es que llega el infeliz momento) perder Cataluña, si hemos de perder, también, España entera en pleno simulacro de reconquista de ese califato que fue Al Andalus y ya no es. Esperemos que siga sin serlo.

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sábado, septiembre 13

¿Banksy?

En esta finca tapiada desde hace años (tras el dibujo, quizá de Banksy, quizá no: y qué poco me importa eso), seis pisos arriba del cielo y sin ascensor vine a nacer yo...



viernes, septiembre 12

La patria


La Telaraña en El Mundo.
 
 Mientras escribo estas líneas (ayer, para el lector) se está celebrando en Cataluña la tan esperada Diada de este y cada año, al menos mientras la libertad dure. Ese gran Día escogido entre los muchos días iguales y sucesivos de una terrible resaca de siglos en que todas las teorías políticas se colapsan y todos los sentimientos, mientras dicen aunarse, se solidifican; y ese engrudo lento, esa sustancia que querría superar, sin éxito, la exclusividad litúrgica del éter, ese quinto elemento de la ficción y la paraciencia, esa ilusión colectiva (y sin embargo, subjetiva y difusa) recibe, con eco multitudinario, el solemne nombre de patria y no sólo eso.
 También recibe algunas de sus principales cualidades y texturas. Su porte augusto y quizá desafiante. Su elegante cojera marcial y sus íntimas ojerizas, tan hipnóticas. Su declinante material genético. Su arsenal de tribu aristocrática. Su arquitectura claustrofóbica, su aire a club privado y a la vez decadente, el espejismo demoledor de una telúrica casa de putas en la mitad metafórica de todos los caminos. En decir, en parte alguna.
 Pero la patria (esa patria y todas) tiene costuras y grietas. Se parece sospechosamente a un bolsillo y no a uno cualquiera, sino al propio bolsillo. Pero a mí se me escapan esas patrias, todas ellas, cuando agito los bolsillos volteados y los patriotas del mundo entero corren a bailar como posesos. Bailan las mismas sardanas que vi bailar en mi infancia, debajo de la casa familiar, los domingos y festivos de un tiempo que ya no existe.

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martes, septiembre 9

La representatividad

La Telaraña en El Mundo.
 
  Seguro que hay una miríada de resortes legales o burocráticos que ignoro. Que las personas se mueven gracias a intereses de otro mundo, o no; todos los mundos son este mundo y no me olvido de los que aún están por venir y ya se anuncian en las esquinas pavorosas de la síntesis: la confrontación o el desengaño.

 Seguro que hay más de un par de filosofías sociales sobre la educación y las masas, un maremágnum de sicologías aplicadas y hasta varias dialécticas (más o menos históricas) detrás del telón y del talonario. Cientos de acciones cruzadas alrededor de un desembarco en no importa el lugar, mientras cale hondo. Qué menos. Nada mejor que tergiversar la historia y usurpar (como tahúres) la voluntad pública de los que callan y otorgan. De los que dudan y auscultan, inmóviles, el temblor de la verdad y la mentira: ambas se revuelcan. Nadie sabe cómo.

 Seguro que la marea verde retrocede de noche y avanza al alba. Hay que inundar las aulas con la ideología espumosa del resplandor, la letanía litúrgica de una lengua y un territorio. El caos de los sentidos cuando el mundo se hace fuerte en una única dimensión y acaba romo y plano, tullido. Seguro que las aulas, entonces, son el cadalso de una nueva Inquisición (tan española) y las palabras preceden a los actos mientras brillan las túnicas del deseo en los ojos y la marea (ahora negra como una leyenda) cubre los arrecifes y los engulle. No hay faro, no hay luz capaz de penetrar algunos enigmas. El de la representatividad efectiva de la Assemblea de Docents, por ejemplo.

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viernes, septiembre 5

Uniformes


La Telaraña en El Mundo.

 
 Puede que se trate de uniformarse de cualquier manera y de comprobar, después, lo poco que importa, de hecho, el uniforme elegido. Pasan dos mujeres (o dos bultos sospechosos, mejor) con el burka negro del fanatismo y la sumisión. Pasa un grupo de exaltados con la camiseta verde de la intolerancia lingüística de algunos de nuestros docentes. Cada vez menos, espero. Pasan varios de sus alumnos con prisas y urgencias hormonales, el rostro alborotado y los pantalones gachos. Serán una mala metáfora de la situación o la buena noticia de su carácter reversible. El eterno regreso de lo mismo o Cantinflas que ha vuelto.
 Pasa una pareja de jóvenes extremadamente pálidos con botas militares claveteadas y un racimo de cruces de metal colgando. Pasa un mendigo harapiento (con brillantes dientes de charol) y hace de su capa un sayo: se planta entre la multitud y observa, con curiosidad, cómo le miran con indiferencia o disimulo. Como si no le vieran o no quisieran verlo.
 Dejo de lado, ahora, el fulgor incendiario de otros hábitos y otros monjes. El de algunos policías y empresarios de Calviá o la Playa de Palma. El de los turistas ebrios y sus balcones extremos, sin paracaídas. Cierro la libreta y dejo de tomar apuntes del natural o del imaginario. Pasa entonces (y este tipo de visión sólo dura un parpadeo) una ligera y oblicua sombra semidesnuda y el aire parece que se estremece dubitativo: será que no hay otra forma de aprehender los recuerdos, que rescribirlos, vana y vagamente, con la sangre reseca de las grandes ocasiones.
 

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martes, septiembre 2

Confidencias


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá el tiempo sólo sea la continuidad imaginaria de cierto estado de vigilia, la conciencia (a menudo, inverosímil y fragmentaria) de un espacio físico más o menos determinado que va dando tumbos según un guión maestro cuyo sentido final ignoramos. Las cosas cambian con nosotros, nos mejoran y degradan, nos envuelven de luz y sombras amenazándonos, paradójicamente, con convertirnos en otros o en nosotros mismos. Lástima que no siempre lo logren.
 Fue en septiembre de 2003 cuando publiqué mi primera columna en esta cabecera. Desde entonces, sin más interrupción que una arteria bloqueada y algún que otro apagón informático, se han cumplido once años y aquí sigo (y mientras lo digo observo una sarcástica sonrisa de humo y niebla escondida en el omnipresente perfil oscuro de esta página) repitiendo, pese a todo, el mismo artículo un par de veces a la semana, varias al mes, bastantes al año, muchas al lustro, muchísimas, en fin, a la década.
 Contra el tópico de andar escribiendo siempre lo mismo (como contra tantísimos otros tópicos) uno empieza a rebelarse de joven para terminar encogiéndose de hombros algo después; es decir, ahora. Lo digo porque, en no pocas ocasiones, quisiera haberles escrito alguna primicia de las que venden periódicos y hacen avanzar, siquiera sea democráticamente, a la sociedad entera. Lo digo porque, a falta de personajes y lugares extraordinarios, he tenido que refugiarme en el estilo: ese artificio o ese mérito, ese modo de decirles las cosas tal y como me las digo a mí mismo y a nadie más.

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viernes, agosto 29

La huelga habitual


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso un par de fotografías recientes y me maravillo de cómo le ha sentado a Jaume Sastre su publicitaria y espectacular huelga de hambre de no hace mucho. Ese lustroso barrigón que nos muestra (bajo una ajustada camiseta verde de La Crida a punto de reventar) le da, según parece, mucha prestancia y no poca solvencia. O eso quiero inferir, al menos, del hecho de que la Assemblea Groga, la homónima en Girona de nuestra propia (y tan verde, en vez de amarilla) Assemblea de Docents, le eligiera para dar el pistoletazo de salida, el pasado 23 de agosto, a la Marxa per l'Educació pública, una serie sucesiva de manifestaciones que deberían concluir mañana, creo, en Barcelona.
 Que los docentes de Girona (o los de cualquier otra parte del orbe) necesiten que Jaume Sastre les ofrezca un discurso sobre la carrera de fondo que, según sus palabras, es su vida y es, también, su lucha personal (su propio «Mein Kampf», para entendernos), me dice mucho, tal vez demasiado, del nivel intelectual que estos presuntos docentes se gastan: sus aulas, al parecer, como harapientos barcos de rejilla en el revoltijo ideológico de las cloacas. Como en el aire asfixiado de las mazmorras. Como en el discurso sumergido en el pozo sin fondo de la inmersión lingüística.
 Pero Jaume Sastre no descansa. Hace unos días ya daba la vara en la Conserjería de Educación con la huelga inaugural del nuevo curso. La huelga política de siempre. Ese pulso (y ese recurso) habitual. Esa pesadilla que nos duele por nuestros hijos. Incluso por los que no tuvimos.
 
 
 
 
 

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martes, agosto 26

Godzilla o el poder


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que a Europa le sobra grasa, pero no tanta como creíamos. Eso se desprende, al menos, de que Merkel aterrice en España y lo primero que haga es recorrer, con Rajoy, tan sólo seis kilómetros del camino de Santiago, donde les espera el agasajo tribal de las autoridades autonómicas, la solemnidad atávica del Templo y, por supuesto, el temple ruidoso de las protestas, la cacerolada contra los recortes. A Europa le sobra grasa, en efecto, igual que a nosotros nos sobran toneladas de hambre atrasada, quintales de absurda desgana, siglos de decepción y desvarío.
 Será, tal vez, que no hay forma de medir la intensidad de los deseos. Que se mezclan y confunden ética y estética, política y economía, filosofía y religión, arte y diseño; y así no hay forma, en fin, de hallarle algo más que el propio ombligo al mundo y no es de recibo creer que las cosas giran alrededor nuestro, porque no es así. Todo gira a su aire y no al nuestro.
 Así las cosas, me sumerjo en el enésimo remake de Godzilla y observo que el remodelado monstruo es el fruto de alguna de nuestras pesadillas más íntimas. Godzilla se nutre del poder radioactivo de las centrales nucleares con la misma avidez con que nosotros le damos al interruptor de nuestros deseos y queremos, además, que se cumplan. A toda costa. Sin demora. Ya. Para eso inventamos a los políticos (o nos inventaron ellos a nosotros) y vean, sin espantarse, cómo han acabado pareciéndose a Godzilla muchos de ellos. Desde Matas y Munar hasta Antich, Armengol y otros ilustres de nuestro pasado.

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viernes, agosto 22

Desde las trincheras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Escribir con la casa tomada por un ejército de pintores de brocha gorda (los muebles y el polvillo blanco arremolinándose por entre los salones y pasillos, el viejo laberinto del hogar transformado en una trinchera) se convierte en una actividad paradójica, intempestiva, casi contra natura.
 No se trata, aunque yo juegue a trazar líneas paralelas donde lo que abundan son aristas y tangentes, de sobrevivir al rito fúnebre de un paredón asesino ni de repetir, obligados, las monótonas consignas de los verdugos habituales, sino de evitar que el discurso de los días se nos acabe atragantando. En efecto, las palabras pierden valor (quizá por el furor uterino de las redes sociales) y la grosera dictadura de las imágenes no hace sino ofrecernos un caos televisivo de sangre y venganza que habrá que lidiar hasta que nos llegue la hora de pagar la factura. Bienvenida la factura. Me refiero a los pintores, claro.
 Pero es que la libertad también tiene su precio. Y hay que pagarlo aunque creamos, pese a todo, en la bondad intrínseca del hombre, en su inocencia esencial, en su condición de heredero de un maldito pecado original que, al parecer, no acabaremos de pagar nunca. Es lo terrible de la usura cuando, además de ahondar en los balances contables, se aferra a los discursos territoriales o étnicos, la fe integrista, el velo de la vergüenza sobre la razón. O el ceñudo monolingüismo subvencionado de la OCB y sus esbirros; es decir, de nuestros catalanes de andar por casa ocupando IB3 y los 116.160 euros de ofrenda. La factura.



 

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martes, agosto 19

Dineros y utopías


La Telaraña en El Mundo.
 
 Unas cuantas diapositivas mejor o peor engarzadas le reportaron a Multimèdia de les Illes Balears, S.A. la bonita cifra de sesenta mil euros públicos. Se trataba de un estudio sobre el coche eléctrico, que es ese vehículo limpio, limpísimo, y también lento, lentísimo, que llevamos viendo, desde hace lustros, en los escaparates y vitrinas de casi todas las ferias más vanguardistas del ramo automovilístico, pero no en las calles, entre el estupor de las colas infinitas, el ruidoso temblor de los motores perdiendo aceite, el espejismo de la bruma y el sudor evaporándose donde el asfalto y el sol se funden y una cortina evanescente baila y se contonea, ante nosotros, como si en un sueño o delirio de seducción y lujuria. O así.
 Nada mejor, pues, que apoyarse en la vertiente utópica de cualquier aspecto urgentemente mejorable de la realidad –la ecología, por ejemplo- para que nos sintamos cómplices de algo noble, un futuro mejor, un planeta más limpio, una galaxia más pulcra y láctea, un universo con menos flatulencias y cosas así.
 Lo malo es asumir que el atajo hacia ese edén (y hacia otros paraísos similares) con que la humanidad entera sueña o delira desde el principio de los tiempos (y lo que le queda) suele ser, siempre, una indeterminada cantidad de dinero público presuntamente distraído, mal usado o dilapidado. Es una lástima que resulte tan difícil compaginar la grandeza histórica de nuestros sueños o delirios con el sempiterno agujero negro de nuestros bolsillos. Los nuestros, no los del Pacte de Govern aquel.

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viernes, agosto 15

El humo de los adjetivos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Podemos echarle la culpa al mes de agosto y hasta dar por bueno, con estos calores, que la mollera se nos ablande o atrofie; tal vez, que se nos inflame o reseque, convirtiéndonos en una especie de antorchas humanas sobre el abismo resbaladizo que hay entre el fuego y las brasas (o las cenizas de la acritud y el desdén, la falta de rigor y el lenguaje cerril de la intoxicación ideológica) de un odio que no sé si siempre fue nuestro o si sólo es de ahora. De ahora mismo, al menos.
 Me refiero, claro, a los que han convertido las redes sociales y los lugares de opinión (por no hablar del uso de las tertulias televisivas como referente textual) en mera exhibición propagandística de las virtudes propias y los errores ajenos. Toda esa mierda maniquea inunda los muros de Facebook o Twitter y mezcla todos los temas en el mismo tema. No hay tema: sólo un alud de tópicos sobre, por ejemplo, judíos o árabes, fascistas o más que fascistas, bolivarianos y nacionalistas de un lado, el otro o ambos; triste penuria, en fin, de los adjetivos convirtiendo el mundo en una marcha descerebrada hacia ningún sitio.
 Pero nada dura para siempre; y eso es algo que deberíamos celebrar si no fuera porque, en esta carrera de relevos, cada generación le entrega a la que sigue un artefacto más inútil y envejecido, más repleto de problemas y huérfano de soluciones. Un mundo peor amueblado y con peores vistas en la primera línea de todas las playas y la línea última de un horizonte de niebla, quizá de humo y explosiones, alucinación, vacío, nada.

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martes, agosto 12

Los tiempos verbales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso las noticias mientras desayuno. Pronto llegará a las librerías (y a los ebooks) el tan demorado como esperado, creo, «Palais de Justice» de José Ángel Valente. Ya casi nadie lee a Valente; será que no andamos muy sobrados de tiempo y que nos agarramos a la vieja trampa de los días como a un bucle de ficción y vértigo donde ya no hay lugar, o no se lo hallamos, para ese lento y prodigioso viaje hacia el origen de lo que somos y la vida.
 Releo lo que he escrito y me dejo llevar por algunos interrogantes. Es cierto que hay libros que se escriben con vocación explícita de futuro, pero también lo es que su guión acaba, las más de las veces, intentando buscar alguna salida, la que sea que se alcance, por entre el espesor de los sueños y la presión asfixiante de la memoria. ¿Dónde podríamos, en fin, encontrar el futuro, sino entre las líneas de las palmas de las manos, en su intermitente tatuaje de arrugas y llagas, su contraluz a hurto y sarpullido, su higiénica, vana costumbre de mostrarse metafóricamente vacías y casi limpias, en apariencia inquietas?
 Salgo a las calles y compruebo la enorme mejoría, en términos turísticos, de Palma. Más tarde, el denso tráfico me mantendrá varado a muy pocos metros de las ruinas del Palacio de Congresos y las de GESA. Sólo empiezo a respirar cuando las dejo atrás y a mi derecha se muestran, bellísimas y altivas, las siluetas desafiantes de la Catedral y la Almudaina. Es decir, qué cercanos y revueltos que andan el futuro, el pasado y ese enigma que damos en llamar el presente.

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viernes, agosto 8

De cenas y asambleas


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 No sé si prefiero una cena o una asamblea. Es cierto que las cenas a gran escala (donde todos se mezclan como si la gastronomía fuera un arte y ellos unos artistas del hambre) tienen mejor prensa, pero mi poca experiencia en el tema no acaba de saber cómo librarse de la rigidez de la etiqueta, la mirada inquisitiva de los camareros, los monólogos cruzados de los comensales, el batir ensordecedor de las mandíbulas y plumas, el efímero soufflé que siempre se derrite antes de tiempo.
 Sobre las asambleas, en cambio, soy casi un experto, porque me pasé un par de cursos universitarios, en Valencia, yendo de asamblea en asamblea a la hora de clase y a todas horas. Era divertido discutir sin más urgencias que las hormonales y encontrarse, aunque sólo se aprobaran las propuestas más delirantes, con que siempre había algún grupo en la sombra (acaso los precursores de Podemos) que sí sabían cómo presentar sus tesis y hasta vendérselas a la opinión pública. Podían y lo hacían, claro.
 Así las cosas, puede que las huestes de MÉS acierten al declinar la invitación real (de Felipe y no de Juan Carlos, que tenemos a dos reyes cohabitando) a la cena en el Palacio de la Almudaina. Igual ese no es el lugar adecuado para los que preferirían, tal vez, departir ideológicamente con Jordi Pujol y su espabilada prole. O acudir en masa (y hasta infiltrados) a alguna asamblea incendiaria de Podemos para atisbar por dónde van los nuevos derroteros del poder, esa falange sin más brújula que las perlas televisivas de Pablo Iglesias. Nada menos.
 

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martes, agosto 5

Cuestiones de agosto


La Telaraña en El Mundo.
 
 Nunca he llegado mucho más allá de andar barajando (poniendo y quitando) discos de vinilo sobre la aguja de la gente, más o menos ebria, en algún pub amigo y lejano en el tiempo. Calle Apuntadores, Atarazanas, Plaza Gomila y adyacentes. Algún lugar, pues, envuelto en la pesada bruma del tiempo y en el calor huérfano de tantos meses de agosto huyendo del sol y las playas, de los largos paseos al alba sobre la arena, las algas y el alquitrán, sobre las conchas, vacías de vida, pero repletas de alguna música remota. Quizá de metáforas o de mujeres que me escribían cartas, cuando aún se escribían cartas.
 Por desgracia, ya no se escriben cartas y el archivo íntimo de toda una vida se reduce a un desordenado arcón de papeles envejecidos y un puñado de bites en un único pen de unos pocos gigas de capacidad con una carpeta ramificada (por voluntad o azar) y un mar de archivos víctimas, en fin, del olvido o la apatía. A la intemperie tanto de cualquier virus informático como del más clamoroso de los naufragios. O el silencio.
 Quiero decir, claro, que sé muy poco, pese a los precedentes, de afamados disc-jockeys y de multitudes más o menos histéricas o exaltadas. Más aún, me temo que su histriónica psicodelia actual lleva los mismos lustros de retraso o distancia que mantengo conmigo mismo y con mi pasado. En todo ello, pienso, mientras me acomodo en la terraza de algunos bares de Palma y dejo que me rieguen como si fuera una planta en un frágil invernadero de cristal. Acaso un penúltimo palacio de invierno en pleno agosto.

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viernes, agosto 1

El referéndum de los otros


La Telaraña en El Mundo.
 
  Habrá que ver quién puede convocar, finalmente, el referéndum del 9-N en Cataluña. Habrá que verlo, porque puede que no sean pocos los políticos nacionalistas que, a rebufo de la polvareda familiar (y Cataluña, como Baleares, es algo así como una familia) de Jordi Pujol, van a acabar dando vueltas alrededor de los juzgados y la vergüenza en los medios, la pena del telediario y la crispación en las redes sociales, la risa de los escépticos, el estupor de los que por ahí pasaban y siguen pasando. Aún no se precisa pasaporte para aterrizar donde fui feliz como en tantas otras partes; de forma intensa, pero intermitente.
 Habrá que ver, también, cómo se logra superar la crispación que irá cerniéndose sobre todos a medida que se acerque la fecha y no haya urnas ni colegios electorales legítimos más allá del perplejo limbo español, la tormenta europea y las amenazas universales de excomunión; más allá, asimismo, de una crisis que sigue dando sus coletazos de hambre y dolor, el estertor del que no piensa irse sin dejarnos su huella más profunda. Ese dolor (y ese desgarro) lo vamos a heredar nosotros. Todos nosotros.
 Pero no hay problema. Todo se hereda y se dilapida. Todo se pierde, igual que se gana, entre las raíces polvorientas de un árbol genético tan vital y confuso, como azaroso y cómplice. Da igual lo que voten o no: la asamblea de la vida es sólo un simulacro donde lo único que se reparten, de veras, son las diversas máscaras biológicas del poder, ese juego de rol donde los esclavos son siempre los otros. Cómo no.

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martes, julio 29

Conspiraciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 De vez en cuando merece la pena dejarse llevar por alguna teoría de la conspiración lo suficientemente absurda como para considerarla material perfecto para un sueño salpicado de sobresaltos, tal que la vida misma. Imaginarse, por ejemplo, que el vuelo de Malaysia Airlines desaparecido el pasado mes de marzo en algún lugar desconocido y el que se estrelló hace diez días entre el cielo y la tierra en llamas de Ucrania son el mismo avión y hasta sus pasajeros los mismos cadáveres sombríos, cuatro meses después, hartos ya de dar vueltas por entre las nubes y los escondrijos de las tormentas; el viaje infernal que concluye cuando ya no quedan trayectos por explorar, rutas suicidas que nadie surca ni vigila: la ronda imaginaria, en fin, de una conspiración o un sueño.
 Así uno digiere la épica y la desmenuza y recicla; la convierte, acaso, en lírica. En ese proceso, uno abre sus ojos al mundo y, quiera o no, parpadea. De una parte, el mundo nos parece un curioso juego literario, donde los personajes son sólo palabras y la acción y los sentimientos, complejas construcciones gramaticales. De otra parte, una viga de polvo se arremolina y se hace fuerte en nuestra mirada; se adueña de su interior y así de nuestro lenguaje.
 Es entonces cuando nos duele, hasta las lágrimas, la sangría colectiva que vemos y palpamos como si estuviéramos en pleno sueño y las mil y una noches de los mil y un cuentos no quisieran amanecer y no hubiera forma, en fin, de decirle a Sherezade que no calle jamás, que mientras haya discurso habrá vida.

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viernes, julio 25

Planeta de simios


La Telaraña en El Mundo.
 
 Guardo en alguna parte, en algún lugar remoto del anaquel de los libros y la niebla, los siete u ocho devedés de las diversas secuelas, precuelas, remakes, versiones y perversiones de «El Planeta de los Simios». Hablo de la saga completa y de algún que otro material paralelo o alternativo, que he ido recopilando sobre el tema. Cosas de simios y humanos. El regreso indeciso al origen de las especies o al temblor explosivo de la Historia, ese baile genético entre seres tullidos (puro viaje en el tiempo, porque el espacio es siempre y sólo un pretexto) sin otra máscara que la propia ignorancia.
 El caso es que hay nueva entrega en la gran pantalla. Más épica y mejor armada, tecnológicamente, que las anteriores. En Sudamérica la han titulado «El Planeta de los Simios: Confrontación» y en España, «Amanecer en el Planeta de los Simios». Aquí los diferentes matices no hacen sino enojarnos y fruncir el ceño. Como simios. O como humanos. Definitivamente.
 De momento sólo he ojeado un par de versiones mutiladas en el inglés original de un incómodo cine repleto de sombras y murmullos. Pero ya habrá tiempo de confirmar la más terrible de las sospechas, porque si algo he aprendido de esta ensalada de simios y humanos es que no hay forma de superar la grandiosidad simbólica de la imagen de Charlton Heston arrodillado en la arena y maldiciéndonos, contra la sombra vergonzosa y las ruinas de la Estatua de la Libertad. Ucrania, Gaza, Siria, Irak, Irán o los secuestros de la guerrilla musulmana, por ejemplo, son sólo el principio. Ay.

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martes, julio 22

Paisajes del horror


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Unas cuantas fotografías de Javier Izquierdo me estropean el almuerzo y hasta es posible que algo más. Me duele, en efecto, la obscena sobredosis de realidad de las imágenes que, al fin juntas y revueltas en su exposición #passionformagalluf, no hacen sino recordarnos el perfil abigarrado y obtuso de algunos paisajes que, pese a todo, no pueden sernos absolutamente ajenos: el júbilo delirante y efímero en plena bacanal alcohólica por entre las trincheras encharcadas de Magaluf, el sexo autómata y desechable sobre su arena blanca y mordida, el escatológico corolario muscular de la vulgaridad. Quizá la zoología costumbrista. O la taxidermia física de la barbarie.
 Estas imágenes, sin embargo, no colman por completo mis ansias; ignoro si de realidad o ficción. ¿Cómo diferenciarlas? No parece del todo real recorrer los cielos diez kilómetros arriba, entre las nubes, y que un misil tierra aire venga a despertarte a una pesadilla de fuego y carros de combate, cadáveres y comisarios políticos. Me temo que no hay vena que aguante el ácido convulso y corrosivo de tanta realidad de golpe y por asalto.
 Algo similar, o tal vez peor, pasa también allá donde mi (buena) educación judeocristiana acaba palideciendo entre dos fuegos con la misma llama incandescente y el mismo ardor tullido. No es hora de tópicos o inventarios, sino de evidencias y soluciones. Y esto debiera valer para todo y todos. No se puede caer tan bajo y tener enemigos tan rastreros que no te dejen ser, siquiera, quien debieras ser y, por desgracia, ya no eres.

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viernes, julio 18

Los manifiestos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que la cosa va de manifiestos. Es decir, de elaborar un catálogo de afrentas lo más prolijo y conceptual posible y de buscarle alguna salida de síntesis al enorme entuerto, algún discurso afectado, por lo tanto, de metáforas rebuscadamente sencillitas y de buenas intenciones sociales. Cómo no. Se trata, pues, de poner la realidad en una cuarentena similar a la del barbecho para invitarnos a reflexionar sobre sus problemas y los nuestros: buscarle la luz colectiva al apagón de la inteligencia, mejorar su aspecto, su aura a mundo futuro sin más futuro que la debacle, la disolución o, y eso es siempre lo peor y lo más probable, el triunfo final de algún espejismo, del que sea.
 Porque siempre hay algún espejismo que nos seduce sin que sepamos por qué o cómo. Alguna idea u obsesión que nos palpita con letal urgencia en las sienes. Alguna especie de maldad telúrica que se nos ocurre, quizá entre sonrisas, y con la que pretendemos quitarnos la máscara ante todos y así vernos, al fin, tal y como quisiéramos ser vistos. Lástima que no haya forma de que las imágenes se estén quietas.
 Pienso ahora en «Libres e Iguales» y en Vargas Llosa o Fernando Savater. También en el nuevo manifiesto federal de Sartorius o Baltasar Garzón. Pienso en “PLIS. Educación,  por favor” y en lo difícil que es intentar construir un oasis en mitad de la uniformidad desértica del pensamiento único. Pienso que una vez me adherí a un manifiesto (al de la Lengua Común) y que, hasta que se cumpla, no me hace falta firmar ningún otro. Qué alivio.

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martes, julio 15

La guerra de los días


La Telaraña en El Mundo.
 
 El futuro es un lugar muy extraño al que no hay otra forma de llegar que hacerlo absolutamente desencantados y sucios, muy sucios, con toda la indeleble suciedad de los días grabada en la piel y en el alma, en el claroscuro de las intenciones, en el trasluz de la sonrisa, en el cansancio infinito de la voz, en la lenta disección de la realidad que vamos haciendo aunque nos hiera su inaguantable hedor a pólvora y a mentira, a injusticia inexplicable, a universo ordenado a la fuerza y a las bravas: la persistente sospecha de que alguna demagogia de orden superior nos está arruinando el raciocinio o lo que nos pueda quedar de él. No mucho, me temo.
 Voy y vengo, pues, de las críticas, por ejemplo, a Israel o Palestina como si fuera un náufrago en pleno desierto del Mar Rojo. O de las ideas. Dejo de lado el maniqueísmo y su amplio catálogo de alucinaciones, porque aun sabiendo de qué parte debiera estar la justicia, ignoro qué parajes, cuáles, le corresponden a la humanidad y a la barbarie. El mundo es un lugar muy estrecho donde el espacio físico resulta vital y no puede haber peor consejero que las apreturas ni mayor pecado que ceder a la tentación gratuita de la frase fácil, la sentencia fulminante, la solemnidad fatua del lenguaje.
 Algo similar me ocurre con Jaume Matas y su inmediato ingreso en prisión o en donde sea. Si, en su momento, la reclusión de Munar me dejó frío, qué puede importarme, ahora, Matas. Cada uno suele acabar, muy a menudo, donde se merece. Sobre todo, si además se empeña en ello. Por supuesto.
 

 

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viernes, julio 11

Los paraísos artificiales


La Telaraña en El Mundo.
 
 La prueba de que hay otros mundos (y de que, además, están en éste, según la cita clásica de Paul Éluard) la tenemos con la existencia, a tan sólo unos pocos kilómetros y varias rotondas de Palma, de una urbe en mitad de ninguna parte y de todas, una especie de Sodoma y Gomorra entre los arenales curvos y bronceados de las dunas y la espuma voluptuosa y hecha añicos del oleaje, tan próximo: ese lugar llamado Magaluf, donde no recordamos si estuvimos hace lustros o décadas.
 Resulta, claro, que el tiempo pasa tan deprisa que igual, pese a todas nuestras cábalas, no estuvimos nunca y estamos, en realidad, delirando sobre un lugar de ficción que sólo existe en la mente tórrida y locuaz de un turismo que viene, exclusivamente, en busca de los paraísos artificiales que ya no se encuentran en el aburrido mundo real sino, tal vez, en sus universos paralelos, en sus hangares alternativos bajo la niebla, en sus limbos de alcohol, éxtasis y lava; de humanidad ebria e insomne, estupefacta entre los vapores y las alucinaciones. El spleen. La ascensión y caída de Ícaro. O los versos del mejor poema de Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno.
 Luego sucede, no obstante, que estos paraísos artificiales se convierten en pesadillas demasiado largas y convincentes. Es cierto que el cuerpo da para bastante, pero la mente no siempre le acompaña y, cuando se queda atrás o desembarca en otra parte, la fiesta se reduce al estertor de una muerte anunciada que acaba en vómitos, y no en sangre, tan sólo cuando hay suerte. Mucha suerte.
 

 

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martes, julio 8

La Lonja y otros sueños


La Telaraña en El Mundo.
 
 Sabes que ya empieza a ser la hora y que debes levantarte a escribir estas líneas, pero el sueño te vence, suavemente, con voluptuosidad rotunda, y las primeras luces y también los primeros ronquidos del alba te parecen un ruidoso enjambre de luciérnagas en mitad de alguna recurrente pesadilla en la que no eres capaz de distinguir si lo que te rodea es real o es ficticio, mientras sigues dando vueltas sobre el lecho y las sábanas y el resplandor y los acordes de la música o la vida siguen revoloteando por ahí adentro, en algún lugar de ti mismo donde no quieres mirar ni tampoco mirarte. Nos cuesta mucho mirarnos, si no estamos muy seguros de lo que vamos a ver.
 Pero resuenan en la lonja de tu cerebro, sobre las espaldas lentas de las tortugas de Jan Fabre, los acordes de alguna vieja canción –quizá de David Bowie o Pink Floyd, que anuncian nuevo disco- y entonces el grito del tiempo es un jadeo de vértigo, una sinfónica voz andrógina, un destello parpadeante en los espejos donde no alcanzas a verte, sino a ráfagas. O ni así.
 Esa música te sumerge en el remolino agridulce de los que podrían estar contigo y ya no están o están muy lejos; y no te dejas vencer por la nostalgia, porque lo que te paraliza es el terror físico de no saberte tú mismo ni siquiera en esa vigilia previa a la vida que es demorarse la eternidad entera en las orillas próximas al ser y, sobre todo, al deseo. Quiero decir, pues, que es así que al levantarte te encuentras que ya está escrita la columna que ibas a escribir y no sabías cuál ni cómo.

 
 
Zeno brains and oracle stones de Jan Fabre en La Lonja (Palma de Mallorca)

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viernes, julio 4

Juicios y felaciones


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando veo a los jugadores de la selección brasileña de fútbol, entre otros, cantar a capela el himno de su país empiezo a temblar de desagrado y pavor; quizá de vergüenza, acaso de hastío. Me da, entonces, que estoy en el sitio equivocado a la hora en que no debiera. Que el universo ha enloquecido y que una especie de guerra (de momento, sólo psicosomática) entre tribus en proceso de descomposición social y cultural no ha hecho sino comenzar ante mis propias narices. Mal lugar para observar lo que era un partido de fútbol y ya no sé qué es.
 Pero el lugar es malo, también, para asistir al juicio tardío de los cuarenta y tantos estudiantes que ocuparon, hace más de dos años, la conserjería de educación, por aquellos días de Rafael Bosch, entre los aplausos y vítores de los más que asombrados, emocionados funcionarios, los cánticos de aliento de los hooligans, el ayuno futuro de Jaume Sastre y su flota de barcos de rejilla, el apoyo eufórico y eufónico de las fuerzas vivas, el ondear frenético y hasta refulgente de las camisetas verdes, su marea de inmersión lingüística, su estela de no sé ya cuántas virtudes abriéndose paso, al fin, entre la ignominia general de los otros. Siempre los otros.
 Quiero decir, pues, que entre el análisis sumarial de este tipo de juicios y el rápido visionado de los videos de los concursos de felaciones a cambio de copas gratis, que se han puesto de moda en varios pubs de Magaluf, no sé ya cómo hablarles de la actualidad sin que se me salten las lágrimas. Y no digo por qué. Por supuesto.
 

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martes, julio 1

El exhibicionismo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me he comprado un cacharro (otro más, no sé si digital u holográfico) donde palpitan, de nuevo, mis contactos de siempre, esos rostros y nombres, tan absolutamente familiares como desconocidos, con los que comparto, sin pudor alguno, esa parte de la realidad que llamamos virtual, porque sólo nos la podemos encontrar, precisamente, en ese mismo cacharro (o en cualquier otro similar) con que uno pierde el tiempo y distrae, asimismo, la mirada; recorre la piel y los perfiles que sólo puede palpar en sueños, pero también aprehende ideas o máximas y asiste a motines, como si la vida fuera un aula inmensa y las pizarras chirriasen como enloquecidas en busca de mi atención, mi tiempo y mis sueños.
 Nada de eso sucede, porque suelo andar escarpado y lejos de los cinco sentidos y también harto, muy harto, del presunto ingenio de los que se las ingenian para convocar a los demás como a sí mismos. Ese movimiento cero y esa gran manipulación me resultan obscenas.
 Pero hay que aceptarlo. Todos los círculos (sociales, políticos y hasta informáticos) se acaban cerrando, porque esa curvatura, que vive de la exageración y del mito del eterno retorno, está en su naturaleza y en la nuestra. Desde su interior, repleto de metáforas, celebramos no sé muy bien qué, porque la soledad sólo se vence con la empatía y no es empatía, de hecho, lo que solemos sentir en la absurda soledad de nuestro círculo, ese lugar vacío, pese a la ingeniería social o el exhibicionismo. Ese es, por supuesto, el más horrendo y común o compartido de los pecados.
 

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viernes, junio 27

«Party Boats»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que las Islas dan para satisfacer cualquier tipo de turismo. Uno puede perderse, por ejemplo, por las sombras perpetuas de la catedral, las murallas y el casco viejo de Palma; puede olvidarse de casi todo en el zoco palpitante de cal, arena y fuego de Ibiza; puede resurgir, milagrosamente, por entre los islotes del puerto de Mahón, la Fortaleza de la Mola o el Castillo de San Felipe.
 Se puede hacer todo eso, pero también lo contrario. Descolgarse desde los balcones ácidos de la noche hasta el duro empedrado de la realidad. Vivir o morir de placer o dolor y hacerlo para siempre o para nunca; para ese instante decisivo en que todo se detiene y damos un golpe de timón, recobrando el gobierno de las cosas, o no lo damos y se nos lleva, entonces, la corriente. El naufragio.
 Pero no hay que demonizar lo que no nos gusta. Además, es barato. Parece que cuarenta y cinco euros no dan para nada, pero no es así. Dan para recibir manguerazos de champán o cava en la cubierta resbaladiza de un catamarán en plena bahía. Dan para dos horas largas de barra libre de cubos de sangría y chupitos de lo que sea. Dan para rendirse extenuados al compás de la música abrasiva de un par de discjockeys. Dan, en fin, para ahogarse, cuando el sudor, la sed apremiante del alcohol y los fuegos artificiales de otras sustancias, no incluidas en los catálogos oficiales, abren sus abismos hacia el infierno en las hinchadas sienes; y por esos desagües se acaba yendo la vida y también las aguas revueltas. Las aguas que se van, pero ya no regresan.
 

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martes, junio 24

La memoria de los fósiles


La Telaraña en El Mundo.
 
  Sigue habiendo huesos calcinados bajo la tierra revuelta por las llamas, cada vez más retorcidas, del dolor y el tiempo. Huesos ardidos de una guerra antigua sin otros supervivientes que el odio o la sed de la venganza; que el chisporroteo persistente de la memoria, esa vela trucada que nunca acaba de apagarse, mientras los años parpadean y se suceden los funerales y las celebraciones y sobre la mesa se reparten cadáveres y también banderas con que cubrirlos, sin que haya forma, por desgracia, de lavarle al rostro de la vida sus ojeras de rencor y muerte. El anacronismo de su mirada, la frivolidad de su conciencia.
 Pero ahí está, o sigue estando, entre los fueros y desafueros de la corrupción política generalizada, el PSIB pidiendo que el parlamento balear condene rotundamente (sic) la dictadura franquista, como si el paso del tiempo no la hubiese ya condenado y en sus herrumbrosas argollas, allá en los sótanos subterráneos de las mazmorras más tétricas, no existiera, también, un auténtico catálogo del horror, un enorme alijo de huesos rotos y sus correspondientes voces de ultratumba. Ilusiones tiznadas de sangre reseca. Alaridos subyugados por el silencio. La memoria de los fósiles.
 No parece que este catálogo precise de demasiadas excavaciones; pero es muy digno y humano, por supuesto, querer enterrar a los propios muertos en algún lugar donde nos puedan esperar en calma y sin prisas. Quizá la vida consista en pasar unos cuantos años con los nuestros, primero, y toda una eternidad con sus huesos, después. O así.

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viernes, junio 20

Felipe VI


La Telaraña en El Mundo.
 
 Quizá lo más significativo de la monarquía es que se sostiene, siempre, sobre algo que todos creemos conocer bastante bien: los apesadumbrados, pero también funambulistas, aires familiares, la continuidad, quizá algo perversa, de un determinado perfil genético, su curiosa mezcla de pleitos (en los tribunales) y satisfacciones, su voluntad firme, pese a todo, de sobrevivir al paso del tiempo, siquiera sea como espejismo. O como unidad de destino en lo universal, que viene a ser lo mismo y que, de hecho, lo es, porque la vida no puede ser otra cosa que esta larga, perenne y también frustrante sensación de creernos siempre otros y no saber, de hecho, quienes somos.
 Pero escribo estas líneas dividido entre las amargas (y, sobre todo, hiperbólicas) crónicas futbolísticas de la debacle anunciada de España en Brasil y la proclamación en vivo y en directo de Felipe VI. Todo se me antoja sumamente exagerado, una muestra ejemplar de realidad afectada, un cántico a deshoras, una representación chirriante. Fue muy bonito mientras duró, pienso, y sonrío, porque no sé muy bien a qué me refiero.
 Mientras tanto, Felipe VI recorre Madrid en coche descubierto como si recorriera, también, todos los títulos, capítulos y disposiciones de una Constitución que no imaginábamos, la verdad, que nos diera para tanto. Nos da para legitimar al nuevo Rey y, también, para que los nacionalistas más recalcitrantes no le aplaudan cuando le escuchan hablar en su propia lengua (y en la de los otros) sin acabar de entenderle. Qué van a entender ellos.
 

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martes, junio 17

De bustos y símbolos


La Telaraña en El Mundo.
 
 
  Parece que a los nacionalistas de MÉS les preocupa el busto del Rey Juan Carlos que preside Cort y que habrá de ser cambiado, muy pronto, por el de su hijo, Felipe VI. O eso se supone, porque ya le han encontrado, al busto, un sucesor alternativo (y hasta un autor adicto a la causa) en la no menos esférica y nobilísima cabeza del último alcalde de Palma durante la República, Emili Darder. Es decir, hace un rato de nada y una lluvia infinita de cabezas como cantos. Rodados, por supuesto.
 La verdad es que yo no soy muy partidario de los bustos. Los de piedra tallada me resultan ariscos y hasta impostados; y los parlantes, tan televisivos como políticos, me suelen resultar poco creíbles y hasta ensordecedores. Todo lo contrario que los bustos de algunas señoras y, muy en especial, de la mía. Cómo no.
 Tampoco me gustan, en absoluto, los retratos reales; siempre me acaban pareciendo falsos bodegones donde la naturaleza muerta se reencarna en las facciones más o menos hagiográficas o adustas del tiempo. Ni los crucifijos, a los que reconozco, no obstante, cierta austeridad solemne que no sé si es de este mundo. Mucha peor opinión, aún, me merecen las banderas, los himnos, las señas de identidad enaltecida y, por extensión, los lazos, las sogas y los ayunos más o menos imaginarios. O famélicos. En realidad, me temo que los símbolos siempre acaban queriendo significar mucho más de lo que, de hecho, significan. Y esa impostura es el fruto podrido de no asumir los límites del pensamiento. O las deudas de la propia cultura.
 
 

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viernes, junio 13

Fetichismo y realidad


La Telaraña en El Mundo.
  
 Menos mal que hoy comienza, al fin, la andadura futbolística de España en Brasil, porque ya empezaba a resultarme del todo punto imposible seguir atento a los flecos judiciales, fetichistas y hasta metalingüísticos, al parecer, de la más que próspera farmacia de José Ramón Bauzá como máximo y casi que único objetivo de una descarriada y lamentable oposición política que, salvo invadir aulas, conciencias y patios escolares, lleva toda la legislatura y algo más sin otra labor reconocible que atender a las disputas y delirios ideológicos en las redes sociales; sobre todo, en Twitter.
 En sus orillas de cristal líquido (me temo que ante el monitor de esa playa muchos parecen haber perdido el oremus) la sucesiva resaca de los ciento cuarenta caracteres por mensaje no acaba de inundar por completo la realidad, pero sí que, al menos, la encharca con el alud propagandista de las inquebrantables adhesiones virtuales de los que no tienen otra mejor que hacer que sumarse a lo que sea que se diga o lleve la corriente.
 De ahí al asfalto de las urbes parece que va sólo un paso; y así es, en efecto, que se llenan algunas calles y no pocas plazas y la ciudad se parece a un zoco de cólera o un bazar de ira. Un tótem alrededor del cual el gentío da vueltas y enarbola sus banderas, tararea sus consignas y descubre, finalmente, que siempre son pocos los blasones y menos, aún, los cánticos; que la realidad y el espejismo de nuestros mejores sueños no sólo no son lo mismo, sino que, además, tampoco tienen por qué serlo. Aunque nos duela.

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martes, junio 10

El bálsamo de los deportes


La Telaraña en El Mundo.
 
 Aunque no lo parezca siempre hay tiempo para todo. Para la gente que queremos y también para las tertulias sociales. Para la dispersión y el entretenimiento más inocuo, pero ilustrativo y hasta balsámico. Para la literatura y también para uno mismo; y esas extrañas reuniones privadísimas de las que sólo se sale, cuando se sale, tan excitado como taciturno, tan harto de la obscena palabrería (alrededor, pero también adentro) de los dioses y diosecillos ajenos, como insatisfecho y decepcionado por la dimensión exacta de las propias fuerzas, la fatiga súbita del intelecto y de los sentidos ante la luz que nunca acaba de llegar y el cuerpo en la penumbra que somos y no sabemos cómo somos. O algo así.
 Quiero decir, pues, que podemos abstraernos de casi todo y situarnos más allá de la realidad: exactamente en su limbo o en la telúrica carta de ajuste de una televisión ideal que sólo respondiera a nuestros designios. Este pasado fin de semana tocó deportes.
 Por un lado, el Mallorca salvó en Córdoba la categoría, y hasta los muebles, poniéndose ahora, al parecer, entre las manoplas de Aouate y las frías manos millonarias de Abramovich. O viceversa. Por el otro, Rafael Nadal volvió a lucir nuestra ancestral destreza de honderos míticos en la tierra batida de París, como si en las playas de Manacor o Normandía. Entre ambos, la selección de España preparaba el Mundial de Brasil, con Diego Costa como jugador más español entre los españoles. No bromeo. Para ser español lo primero, y casi que lo único, es querer serlo. Cómo no.
 

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viernes, junio 6

La república de Armengol


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es plan vivir estos días en España; no lo es, al menos, si nos atrapa la inercia de los eventos que dicen ser la actualidad y que sólo son un pretexto para dejarse vencer por la pereza intelectual y consentir, así, en que el mundo se simplifique tanto que la lujuria de una frase mil veces repetida en Twitter, por ejemplo, no sólo lo defina, sino que lo culmine y desborde.
 No hay reposo, pues, mientras el Rey cumple, entre la laxante hagiografía de los medios, con su agenda pública. No hay reposo, tampoco, entre la efervescente y agitada república tricolor de los que saltan de las tertulias y los muros de Twitter o Facebook a la algarabía ociosa (quizá indignada, pero poco, porque la indignación siempre debiera empezar por uno mismo) de las calles y plazas. Estos miles de personas son mucho menos nocivas (y más inocentes) que políticos como Francina Armengol, más atenta a los pactos de poder y a las revueltas hormonales de las redes sociales, que al pulso de la realidad.
 Me gustaría saber, eso sí, qué tipo de república ansía Armengol. ¿Lo sabe ella? Lo dudo; y ni le vale mirarse en el espejo de los que andan a su izquierda. Entre la maleza y las cavernas. Así, en Més, Biel Barceló y Fina Santiago desean, él, una república balear y, ella, una federal y española. Ahí es nada. Me da que el gran sueño laico de la república está resucitando la confusa pesadilla (sobre todo, nacionalista) que ya fue: la fragilidad de una razón a la que cada vez cuesta más hallarle la médula y hasta los argumentos. Si es que los tiene.

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martes, junio 3

La farsa


 
 Apago el televisor y huyo de las tertulias sobre la abdicación del Rey y el incierto futuro. El futuro siempre es incierto. Salgo a la calle Olmos y pienso, literalmente, en el bullicio de un gran palomar al aire libre. Esquivo el vuelo rasante de las palomas y me diluyo bajo la fronda de la Feria del Libro y sus anaqueles repletos de quimeras. Espejismos. Tal vez alucinaciones.
 Subo a la Plaza Mayor y me cuelo entre la quietud indigente de las estatuas humanas y el sudor huidizo del top manta. Recorro el zoco y observo que la artesanía apenas cambia con los años. La misma sensación de inmovilidad la sentí, también, durante la Diada per la Llengua: la marcha verde (y roja y gualda) de la OCB y su piélago de lazos como gargantillas de una mazmorra. El cínico homenaje (y el desierto de la inteligencia en las arengas) a un ayuno propagandístico y asistido. Adulterado.
 Me digo, después, ahora, que no siempre supe si había que intentar cambiar las cosas desde dentro o desde afuera. Desde la equidad de las urnas o el alarido radical de la negación y el duelo. Pongo en los brazos abiertos de una balanza la dejadez, algo hermética o indiferente, de quien se deja llevar porque intuye que tanto da una cosa que otra, y la urgencia de quien no puede esperar, porque el tiempo es limitado y no hay mejor forma de sobrevivir a la farsa que desenmascararla antes de que nos engulla. Y la balanza me mira, sobrecargada e inmóvil, como si fuera una estatua auténtica, una quietud altiva y desdeñosa en mitad de la Plaza Mayor y el gentío.

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viernes, mayo 30

«Carpe Diem»


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si debería irme a Cataluña para, una vez allí, pararme, no sé si de forma definitiva o sólo mientras me cobije el futuro subsidio de desempleo que, según las previsiones nacionalistas, allí será mayor que aquí o que allí, ahora mismo. Pero igual me convendría no precipitarme y preguntar, antes, a ERC de allí y también de aquí. De Baleares.
 Con todo, no es fácil discurrir, al calor de las hogueras, sobre los paraísos restringidos del nacionalismo. En este instante, metido en el fragor gramatical de las ideas, ya no sé si estoy aquí o allí; el esquivo «aquí y ahora» nos sobrevuela, inalcanzable, pese a que intentamos aplicarle la vieja máxima latina: «Carpe Diem». Pero este paisaje que vemos (y del que escribimos como si estuviera quieto o existiera a pesar nuestro) es sólo una captura fundamentalmente dialéctica o retórica que se nos escapa, una y otra vez, de entre las manos o la retina; la anécdota fugitiva de un quimérico viaje hacia un territorio al que no hemos llegado ni llegaremos nunca. O eso parece.
 Es cierto. Amamos este viaje con locura y nos divierte descifrar sus coordenadas. Los paisajes del tiempo. Amamos el cambiante decorado que nos acoge cada día y cada noche. La fiesta en la que nos hemos colado, porque la entrada parece ser gratuita y hasta involuntaria, como la salida, y nos acaba gustando envejecer entre el bullicio de las generaciones sucediéndose sin poder evitar que la fiesta se nos quede siempre a medias. La fiesta de todos acaba siendo, primero, la de algunos y, luego, la de nadie.

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martes, mayo 27

La placenta milagrosa


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que la fiesta auténticamente española cayera, esta vez, en el sábado de reflexión, fútbol y diáspora de Lisboa y no en el domingo de resaca, elecciones europeas, urnas y también desafección en las pespunteadas esquinas de Europa: los partidos políticos postulando sus nuevas alianzas, sus alucinaciones o quimeras conceptuales, su alcancía famélica o menesterosa de votos robados, prestados o en fuga.
 Pero las urnas son como un césped cortado muy alto donde, a veces, tropiezan o yacen sepultos nuestros mejores deseos. Duele observar la gélida niebla de la intolerancia que recorre Europa desde el Reino Unido hasta Hungría o Grecia, pasando por Francia. Por no hablar del éxito en España (¡y aún más en Baleares!) de un telepredicador con ínfulas mesiánicas como Pablo Iglesias.
 Pero descendamos a los hechos. Somos gente corriente que no cree demasiado en los milagros, pero que tampoco confunde la realidad con los deseos. No necesitamos, pues, someternos al espectacular fracaso de la placenta milagrosa de ninguna yegua inverosímil, aunque nuestras articulaciones chirríen y sea cierto, también, que cojeamos. No nos faltan, sin embargo, las ideas, aunque desconozcamos qué mecanismos podrían convertir esta lluvia mezquina en algún maná útil o provechoso. Quizá eso, ahora, no sea posible y estemos asistiendo al principio del fin o al diluvio; y convenga agenciarse un arca donde mecerse hasta que pase la tempestad y alguna paloma mensajera nos traiga algo de vida en su pico. De afuera a dentro, como de adentro a fuera.

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lunes, mayo 26

Entre Podemos y Vox

Las elecciones europeas en El Mundo.
 
   Repaso la abundante propaganda electoral que he recopilado, a mi pesar, durante estos días. Papeles satinados, relucientes. Colores reciclables. Un alud de eslóganes bordeando la realidad. O su lado oscuro. La democracia. Europa. La corrupción. ¡Las soluciones! El círculo vicioso de las causas y los efectos. El auge de los nacionalismos de uno u otro signo. El fascismo en Francia. O la increíble ascensión de un personaje como Pablo Iglesias y su demagógico “Podemos”, que se ha convertido en la tercera fuerza política más votada en Baleares. Nada menos.
 Pero escribo estas líneas al hilo de otras anécdotas. El único partido que me envió, además de en aséptico castellano estándar, sus papeles en mallorquín (o en catalán de Mallorca) ha sido Vox; pero ahora no sé muy bien si debo considerar que ese detalle es bueno, malo o irrelevante. Me paso la vida traduciendo la realidad o sus aledaños y no siempre sé quién me mira desde ese abismo que parece habitar en el interior de los espejos. Qué vértigo.
 Hay otras muchas cosas que ignoro. La esencia –dicen que perdida- del Partido Popular parece que, ahora, se reencarna en Vox y yo no sé si esto es realmente así o si sólo lo pretende. Desde siempre he descreído del rumor sostenido de las víctimas y no sé si la unidad de España es algo concreto y palpable. O al contrario. Algo absolutamente evanescente.
 Tampoco sé de qué substancia están hechos los sufragios, los deseos personales en la maraña de los hechizos y las posibilidades colectivas, de las intenciones más o menos confesables; de la brújula que nos guía, raptada Europa como en la acuarela de Gustave Moreau, por entre las opciones disponibles para acabar depositando un sobre (y una absurda lista cerrada) en una rendija hambrienta de un hambre incurable. Una hambruna de siglos.
 Con todo, las urnas me han traído dos sorpresas. La ascensión de Iglesias, como ya dije, y el fracaso de la voz más ronca de Cataluña y parte de España. Alejo Vidal Quadras. Llamo por teléfono a Montse Amat, la magnífica candidata balear de Vox, y me dice que, pese a las dificultades y a la escasa visibilidad en los medios, está contenta. Yo también, pero me da que igual no es por lo mismo. Seguro que ella cree en el futuro de España y su formación política y yo me conformo con auscultar el misterio de cada día sin que nada o nadie me hiele la sonrisa. En lo posible.
 

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viernes, mayo 23

Famélica legión


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que a la Fundación Círculo Balear le preocupa “la deriva radical y extremista” de la izquierda balear, del PSM-Més, de ERC, pero también de socialistas y hasta de populares tan tibios, en otros aspectos, como Francesc Antich, Lluís Maicas o Cristòfol Soler, al respecto de la huelga de hambre del incombustible Jaume Sastre, a la sazón (al menos, mientras sobreviva a la terrible hambruna autoimpuesta) uno de los líderes supremos y también máximos del muy racista y no menos xenófobo Lobby per la Independència.
 En realidad, la cosa no es para tanto. En absoluto. Sucede, eso sí, que Jaume Sastre ha encontrado, al fin, en la singular Assemblea de Docents (que de plural tiene muy poco) sus compañeros naturales de viaje, su corte ilustrada de navegantes extremos, su selecto pasaporte hacia la dieta infernal y monótona del ayuno voluntario como método de eternizar una confrontación educativa que, a estas alturas del curso, pilla a todos casi que desarmados y hasta con la guardia baja.
 En efecto. Ya se ha perdido demasiado tiempo y urge, sin más excusas o dilaciones, que los auténticos representantes de todos los estamentos educativos se deshagan de la fantasmagórica Assemblea de Docents y empiece, de veras, una negociación seria con vistas a los años próximos. Todo ello, por supuesto, sin que queramos robarle a Sastre ni un ápice de sus cinco o seis minutos de famélica gloria. O legión. Estamos dispuestos a esperar y ver (de hecho, a no ver) su todavía fantástica panza verde en tan sólo un par de semanas más. O así.
 

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martes, mayo 20

Las redes sociales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que las redes sociales no sean sino lo que los usuarios publican en ellas. A veces, una colección de frases aceradas que brillan, turbulentas, en mitad de la noche como el filo cariado de una cuchilla rota. Un alud incierto de imágenes con la resolución forzada y el objetivo a contraluz.
 O un acordeón chirriante de ideas con los viejos cañones gramaticales lo suficientemente recortados como para que sepamos que la pólvora es de pega; y que el ubicuo código binario del software sólo da para proyectar esa torpe y estrecha dialéctica donde los colores se funden en el blanco y negro estrictos de una ciénaga y los pensamientos se camuflan en el vientre agrietado de un discurso tan gregario o maniqueo como, presuntamente, social. O de todos. Resecas voces de ira y aire: exabruptos y regüeldos. Pues buen provecho.
 Con todo, sólo se escandaliza quien quiere. El que tiene tiempo que perder y lo acaba perdiendo, una vez y otra, quizá con el vano pretexto de rencontrarse, al fin, más allá de la realidad; en ese sueño virtual donde tenemos cientos o hasta miles de amigos y somos, además, los fotógrafos más jaleados del universo, los escritores más leídos del orbe, los pensadores más ingeniosos, refulgentes y hasta lúcidos en un mar tan denso, profundo y negro como, quizá, vacío. Lástima que ese mar sólo sea el sulfúrico espejismo de un sucio charco donde no hacemos otra cosa que chapotear como niños, prematuramente envejecidos, en la hora magnífica de un recreo que, por desgracia, no puede sino aburrirnos. Y nos aburre.

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viernes, mayo 16

Derecho al olvido


La Telaraña en El Mundo.
 
 En 2007 firmé una columna titulada «La secta». En ella les hablaba, básicamente, de una asociación (cuyo nombre obviaré) de índole no sé si filosófica, cultural o esotérica. Ahora no importa mucho eso, porque lo único que me movió a escribir aquellas líneas era ir dando tumbos de un personaje a otro bajo las carpas aceradas y los focos asfixiantes de la subvención galopante o el integrismo moral, ético y lingüístico de ayer y hoy. Quizá de siempre.
 Así iban saliendo, entre otros, Francina Armengol y el CIM, Jordi Bilbeny o el descubrimiento catalán de América, Gabriel Bibiloni y hasta Antoni Martorell. Es decir, las relaciones entre la corte de filólogos de la UIB y el caos contracultural de IB3. Qué poco que mudan las cosas con los años.
 Pero vuelvo al principio. La asociación de la que les hablé se puso, hace unos meses, en contacto conmigo para informarme de que la función “mostrar sugerencias” de Google les relacionaba con la palabra secta. Qué mala suerte, pensé. Llegaron a pedirme que retirara el artículo de la Red y hasta de la memoria entera de El Mundo / El Día de Baleares. O del universo. Me temo, en fin, que el derecho al olvido (que una sentencia judicial acaba de proclamar de forma más teórica que práctica) tiene con estos sofistas o aprendices de internautas una gran deuda: demostrarles que todo se acaba olvidando si uno deja atrás la vanidad de rebuscarse en los arrabales de Google y acierta a recogerse muy adentro de sí mismo. Hasta Narciso –sobre todo, él- ha de aprender a descansar de la propia imagen. Qué pesadez.
 

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martes, mayo 13

Eurovisión o Europa


La Telaraña en El Mundo.
 
 Sólo vi del festival de Eurovisión la alegría (y también el llanto) de una mujer austriaca, llamativa y cuidadosamente barbuda, y unos pocos fotogramas memorables de dos jóvenes polacas fingiendo lavar la ropa o batir la mantequilla, como el cobre de algunas monedas que ya no existen, en un barreño de madera. No hay color, por supuesto. O hay el de mis propios gustos e inclinaciones, más allá de los malabarismos culturales que tanto apreciamos los europeos. Incluso los de España.
 Pero la televisión es un lugar de ficción donde las luces y las sombras se superponen para ofrecernos una realidad única, siempre volátil y amable. Un artificio que abarca, por igual, los años en blanco y negro de la guerra fría y las actuales cuentas en rojo del stress bancario. O de la globalización digital. Tampoco hay color, porque el muro, derribado piedra a piedra, sigue estando ahí: en cada frontera, injusticia o crisis global pero, sobre todo, ciudadana.
 Mientras tanto, la campaña electoral dibuja un lienzo donde la modernidad y la tradición (juntas o por separado) acaban siendo lo mismo, el mismo marketing, la misma faz, entre pícara y desencantada, con que nos miramos en el limbo de los espejos y sólo nos hallamos guerras antiguas y una miríada de traiciones o deseos rotos como señas de identidad en común. Pero no hay color. O sí. Cuando quiero ponerle letra y música a Europa me olvido de los políticos y releo a Shakespeare, Cervantes, Milton, Dante, Goethe, Kafka o Dostoievski. No sé cómo elegir a alguno sin elegirlos a todos.
 

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viernes, mayo 9

Los muros de la discordia


La Telaraña en El Mundo.

 
 Voy de un muro a otro de Facebook. Del de Mestres i professors en català - Illes Balears al de la Assemblea Sobiranista de Mallorca, sin olvidarme de la Assemblea de Docents. El viaje, por resumirlo de alguna forma, es una exhibición soberbia de banderas y banderías, de tentáculos y tinieblas; incluso un amago de aprobado general contra el fascismo. Un paisaje ocupado por la retórica locuaz y retorcida de los que apenas tienen nada que decirnos, un espacio sin más atmósfera que el etéreo vapor ideológico, un tiempo detenido y hasta petrificado en algún lugar estrecho de la clepsidra. Un agujero negro. Un túnel de viento. El hangar donde la educación de nuestros hijos es sometida a todas las pruebas, simulaciones y distorsiones posibles.
 No estoy describiendo todo lo que veo, sino sólo lo que me llama la atención. Me enerva los sentidos. O me aterra. Un universo plano, unidimensional y terrible como todos los lugares donde acecha el horror liberticida, el gélido aliento del hombre antes de ser hombre; o después, cuando la humanidad ya ha dejado de existir y la película va de unos pocos zombis, alienígenas, exaltados ángeles o demonios: ya sólo mutantes.
 Pero hay un tema que sí me preocupa. Una gran fotografía con los veinte dígitos de la cuenta corriente de la caja de resistencia preside el muro de la Asamblea de Docentes. Debieran actualizar esos dígitos y cambiarlos por los veinticuatro del IBAN. No es cuestión de dejar escapar ni un solo euro cuando lo que está en juego es tanto y, también, cuánto. Por lo visto.

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