LA TELARAÑA

martes, agosto 23

Medallas, banderas y sueños

La Telaraña en El Mundo.

 Repaso el balance de los Juegos Olímpicos de Río con curiosidad y algo de nostalgia. ¿Nostalgia? En efecto, hay acontecimientos que parecen perseguirnos desde la infancia y continuar latiendo después, aquí y ahora, cuando nuestro interés por los desafíos del más allá del cuerpo se ha reducido a casi nada. Pero la infancia es un lugar sagrado, un laberinto mítico del que no se sabe si alguna vez logramos escapar. ¿Deberíamos? No estoy seguro. Cierro los ojos y recuerdo el sufrimiento de algún corredor de maratón hecho trizas. Cierro los ojos y vuelvo a ver la flecha que lanzara Antonio Rebollo en 1992; sigue ahí en el aire, suspendida y en llamas, sin que yo ni nadie podamos afirmar que lograra, por sí misma, encender el pebetero, el pebetero que prendió y aún sigue encendido.

 Todo se enciende si está en su naturaleza engendrar el fuego y dejarse envolver por él y arder sin más objetivo que resplandecer en mitad de la noche, los sueños o la memoria. No obstante, lo mejor de estos Juegos ha sido que han ocurrido de noche, mientras la mayoría de nosotros dormíamos y esa subasta infantil de medallas y banderas nos despertaba al alba con su tintineo a recuento inútil, a tesoro derrochado por no importa qué oscuros motivos o razones. Nunca he hecho ondear una mísera bandera ni me ha conmovido un maldito himno.

¿Por qué, sin embargo, me alegro con el triunfo de los que siento como propios o más cercanos, con los éxitos de los que hablan mi lengua, con las hazañas de los que llevan la que aún parece ser mi bandera? ¿Cosas de la infancia? Tal vez. Esa fase de la vida, que se diluye con el paso marcial del tiempo, también nos deja un poso particular de valores, un halo propio, una curiosa forma de ver las cosas a la que sólo podemos llamar cultura, porque no tiene ningún otro nombre y la cultura es eso: mediación, artificio, arraigo, continuidad.

 Ahora podría glosar el éxito de los más nuestros entre los nuestros. Rafael Nadal, Marcus Cooper, Alba Torrens, Sergio Llull o Rudy Fernández, pero no merece la pena. Lo importante es que gracias a los Juegos regresan a la actualidad algunos deportes que teníamos, al menos televisivamente, casi olvidados. El bádminton o el boxeo, la gimnasia rítmica, la natación o las pruebas reinas del atletismo en pista. El hockey, el piragüismo, la halterofilia, la equitación, el tiro con arco o al plato o qué sé yo. Todas esas disciplinas deportivas protagonizan, cada cuatro años, el milagro de seguir vivas y, sobre todo, de resucitar y añadir los colores del arco iris al blanco y negro metafóricos, pero persistentes, de nuestra memoria.


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viernes, agosto 19

Las terceras elecciones

La Telaraña en El Mundo.

 Por mucho que miro alrededor y adentro, hacia adelante y también hacia atrás, no encuentro dos Españas por ninguna parte; casi que no encuentro ni una y la que hay o debiera haber parece ser la de siempre, la eternamente triste, contradictoria y amazacotada, la que ondea, aun así, tan lujuriosa como estéril, entre suntuosos carros de fuego y astilladas astas de toro, entre pícaros y desahogados de manual, marcada su estrecha frente al hierro por la misma estupidez inexplicable, por el mismo horizonte ridículo y sumamente cortoplacista, por la misma confusión mental, el mismo bloqueo, la misma dejación de funciones y responsabilidades convertida en norma, en uso y abuso, en forma habitual de vida.

 No voy a exagerar un ápice ni a dejar, tampoco, más frases lapidarias de las que puedo permitirme. Faltaría más. Pero es muy posible que la última vez que España padeció una crisis política de calado similar a la actual acabó estallando una guerra que duró tres largos años, que perduró cuarenta y que, según algunos descerebrados, ochenta años después resulta que aún no ha concluido. Hay que ver, pues, cuánto nos duran las desgracias y los desencuentros, el rencor o la envidia, la ira fatal y ciega o la inercia teledirigida, la filosofía de burdel o convento, de cuartel o satrapía, de páramo, salto de mata y zanja, de callejón sin salida. Estoy hablando, claro, de los infinitos dientes serrados de la miseria.

 Pero escribo estas líneas cuando aún no han finalizado las inverosímiles negociaciones entre Rajoy y Rivera o Sánchez. Por no hablar de Iglesias o de la pintoresca pléyade de los nacionalistas. Más bien, parece que las negociaciones ni siquiera han empezado y que, de hecho, no lo van a hacer nunca, porque no hay forma de entenderse cuando el lenguaje se ha convertido en un arma arrojadiza y todo cabe en la sintaxis rota de los espejismos falsamente ideológicos de unos y otros, de todos.

 El caso es que, se mire como se mire, parecen avecinarse unas terribles, increíbles y hasta alucinantes terceras elecciones. Será de ver y oír, verles y oírles a los líderes políticos en la frenética campaña sucesiva en que se ha instalado la política en este extraño país que ya no es ni los dos, enfrentados e irreconciliables, que alguna vez fuera, porque la corrupción sistémica (y, por lo tanto, sistemática) nos ha igualado a todos por lo bajo, por lo más bajo, por lo bajísimo y lo subterráneo, por lo paupérrimo de una gestión pública que retrata a nuestros partidos políticos igual que nos retrata, por desgracia, también a nosotros. De esta pira general, asamblearia y hasta telúrica no se va a escapar nadie. En absoluto.

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martes, agosto 16

El turismo sostenible

La Telaraña en El Mundo.

 Repaso las ocurrencias con que las muy diversas autoridades del Pacte afrontan el tema, el sonsonete, la canción más estridente del verano. El turismo sostenible. ¿Manejable? ¿Tolerable? O ni una cosa ni la otra. Así, por ejemplo, Biel Barceló aboga por imponer un máximo de plazas turísticas mientras Cosme Bonet afirma que la solución a la saturación turística «no es cerrar puertas». Está claro que no hay más cera que la que arde, aunque haya mucho pirómano suelto. Sólo así se entiende, aunque sea ininteligible, que Aurora Jhardi llegue a ejercer de alcaldesa en funciones y tenga el humor de asegurarnos que «Palma ha llegado al límite y que una presión insoportable nos dificulta la vida, no sólo a los residentes, también a los turistas». Pobre chica.

 Igual Jhardi lo ignora, pero hace sólo unos diez años Palma era una ciudad absolutamente desierta los domingos y fiestas de guardar. Una ciudad muerta y hasta enterrada donde costaba encontrar un bar abierto y las persianas de metal caídas eran la única decoración de unas calles que no conducían a ninguna parte, porque nadie se perdía en ellas; y un silencio denso se adueñaba de las plazas y las piedras temblaban una sangre invisible, inmóvil y taciturna. Así nos iba y no hace tanto.
 
 Pero ahora, mientras escribo estas líneas, es quince de agosto. La Asunción de la Virgen. Me llega de afuera, de la calle, un ligero rumor a gente que pasea por pasear, por dejarse caer un rato en las terrazas y tomar algún refresco para vencer el calor u olvidarlo en la medida de lo posible. Con todo, el ruido es tenue y no hay agobios ni empujones ahí afuera. Tampoco adentro. Observo que, a mi alrededor, no hay nadie peleando por un lugar de aparcamiento, como dicen que sucede en Cala Varques, ni tampoco disputas familiares por colocar una toalla en la arena, como en Es Trenc, pero yo no me lo creo. O sí.

 En realidad, esas anécdotas no debieran importarnos demasiado, porque es el devenir de la economía el que acabará dictando, nos guste más o menos, nuestras auténticas necesidades, nuestras urgencias y prioridades; en definitiva, nuestro futuro como comunidad camino del bienestar o, quizá, de la ruina. Si el Govern necesita ahora financiar comisiones de estudio y hasta rescatar a Carles Manera o a Ivan Murray, es decir, a lo más granado de la UIB afín, es que no ha entendido nada sobre el turismo, la hostelería y las relaciones entre el ocio y el territorio, entre la cultura y las subculturas de los nómadas, de los bárbaros, de los residentes, de los nacionalistas, de la gente normal, de todos. Pero eso ya lo sabíamos.

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viernes, agosto 12

Atrapado en la página


La Telaraña en El Mundo.

  Un cambio de diseño o un ajuste de contenidos (que, como todo el mundo sabe, son el mismo artificio mítico en que nunca dejamos de mecernos) han convertido el habitual espacio minimalista de mis columnas en esta casa en una especie de gran despilfarro que no sé si sabré dilapidar del todo. Me explico. Una cosa es escribir unas 250 palabras de corrido y casi sin respirar y otra, algo distinta, andar puliendo el orden lógico y gramatical de unas 450 palabras, sin que te venza la grafomanía de los circunloquios o la insoportable levedad de las demoras para acabar diciendo, por supuesto, lo mismo. De eso se trata, de decir lo que tengas que decir en el formato, en fin, del que dispongas.
 La verdad es que nunca me preocupó demasiado el espacio donde zambullir mis palabras. He escrito, y lo sigo haciendo, en los márgenes de los libros como en las ásperas servilletas de los bares. He escrito en gruesos folios de papel antiguo igual que en el ojo líquido de los monitores. He escrito en la palma de alguna que otra mano y hasta en los espejos de mi propia casa. Aquí me detengo y reflexiono. Diseño o forma y contenido (que, como ya dije, son el mismo artificio mítico) andan siempre de gresca, como si lo único que existiera entre ambos, físicamente, fuera la superficie enigmática de algún espejo. Pero eso es, en efecto, lo que hay y lo que hubo siempre. Espejos en vez de ventanas. Introspección en vez de comunicación.
 En estas, pues, me encuentro, intentando tomarle las medidas y revisarle hasta las costuras al nuevo hábitat. El folio en blanco (que, por cierto, es algo que no existe ni ha existido nunca) es un espejo, pero también una ventana. Un lienzo, el de la actualidad, donde aparecen políticos, empresarios, deportistas, escritores o delincuentes, por ejemplo, con la misma mala cara que tenemos cualquiera de nosotros al levantarnos tras una mala noche de calor e insomnio.
 No sé qué opinan ustedes, pero agosto se me antoja un mes muy cruel, especialmente en Mallorca, porque nos ofrece el espejismo del ocio y las vacaciones estivales en mitad de un paraíso o un infierno del que no acabamos de formar parte. Es cierto; vivimos donde muchos vienen a emborracharse y naufragar a toda costa. Vivimos, también, donde no tantos dejan reposar el lujo indecible de sus vidas. No soy de los primeros, pero tampoco, ay, de los segundos. Tampoco me redime saberme atrapado, desde hace tiempo, en esta página como en un espejo y no tener, aparentemente, otra forma de escapar que escribir las 450 palabras que las circunstancias, ahora, me demandan. Pues ya están escritas.

 

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martes, agosto 9

Extranjeros

La Telaraña en El Mundo.


 El pasado domingo me llevaron a San Agustín, a una coqueta piscina privada repleta de simpáticos jubilados británicos que llevan, algunos de ellos, más de media vida y parte de la otra en la isla. Observarles en su propia salsa, bajo el sol achicharrador que tanto aman y que tanto detesto, pertrechados con sus fiambreras, sus sándwiches y sus botellas, siempre medio vacías, de vino, champán o incluso agua no tiene desperdicio. Sonreían de continuo y me trataron, además, como si yo hubiera llegado de otro mundo y fueran ellos los auténticos embajadores de este mundo y quisieran trasmitirme, así, su felicidad y su forma de entender la vida, de disfrutarla.
 Observándoles me sentí muy viejo y también mezquino. Es lo que pasa cuando uno observa la realidad con ideas preconcebidas, con una especie de guión impreso en la retina. Me hubiera gustado pedirles por el Brexit, por el catalán, que algunos chapurrean, por su jubilación y la crisis, por el gobierno de aquí o allá, por el marés ardiendo que no me dejaba dar un paso sin brincar como quien huye del fuego sabiendo que volverá a caer en sus brasas.
 Pero no lo hice, porque no venía a cuento. En la vida no hay más fronteras que las que uno inventa ni más fantasmas que los que uno imagina. Quiero decir que todo está adentro: muy adentro, tal vez; y hace falta olvidarse de uno mismo para afrontar la realidad sin pérdidas, sin fugas de información, sin el agobio de ir buscando referentes donde sólo hay que saber dejarse llevar y recolectar hallazgos, sorpresas.

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viernes, agosto 5

El colapso de las cosas

La Telaraña en El Mundo.

 
 Desde hace años camino varios kilómetros al día. Palma se extiende a mis pies como si fuera una alfombra irregular de asfalto y grava, de polvo, de tierra removida y casi siempre en obras, de espacio, en fin, que juega a buscar mi asombro igual que mi fatiga. No siempre los distingo, al asombro de la fatiga, pero sí sé que, cuando llegan, saco mi arrugada moleskine y tomo algunas notas al natural sobre lo que veo o, quizá, sobre lo que pienso. Todo está relacionado y hasta puede que sea la misma cosa. Todo, la misma cosa: yo y el mundo, la ciudad y las hojas tullidas de mi libreta.
 Pero ahora escribo con cierto miedo. Acabo de actualizar mi PC a la última versión de Windows 10 y la cosa, de momento, no acaba de cuajar. Una repentina pantalla azul me avisa de que la muerte, siquiera sea la muerte informática, está ahí y de que todo lo que vengo escribiendo puede desaparecer hasta el olvido si al sistema le da por colapsarse. Al sistema, como a la vida, le da por colapsarse muy a menudo.
 En el colapso de las cosas pensé ayer mientras observaba el rostro vagamente ilusionado de Mariano Rajoy al dar cuentas de sus no muy espectaculares avances con Albert Rivera. La voluntad política de Ciudadanos de pactar con unos o con otros contrasta con la cerrazón a cal y canto del PSOE de Sánchez. Entre ambos, bufonadas de Iglesias al margen, lo único reseñable es la falta de brillantez personal de Rajoy, su incapacidad para ofrecer a todos y a nadie algo irrechazable. En eso, y no en otra cosa, consiste la política.

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martes, agosto 2

Traducciones

La Telaraña en El Mundo.

 Parece que Daesh está buscando traductores al español para sus mensajes de odio, terror y asfixia, de odio, exterminación y fanatismo. No es fácil, estoy seguro, encontrarle palabras adecuadas a la escoria, a la basura humana que se deja explosionar para llevarse por delante a cuantos más mejor. No es fácil, estoy seguro, traducir el corte áspero del filo de la navaja en el cuello, el instante de silencio que precede al fatal estallido, el borboteo ebrio de la sangre más allá de las venas y también de la conciencia.

 Daesh busca traductores al español de un idioma que sólo existe en sus videos y representaciones gestuales sin más guión que una pesadilla de túnicas y medias lunas desgarradas. No hay filosofía ni tampoco libros que traducir, porque basta con un miserable y mortífero tuit con las sílabas y los cañones recortados. Sólo hay imágenes y víctimas a ambos lados del objetivo de la cámara, el fúnebre cortejo de la locura mezclada con el olor del combustible y el sueño tullido de un paraíso de vírgenes, que ya no existen. Nunca existieron.

 Pero ya estamos en agosto. Es mi mes favorito para sumergirme en los aspectos de la realidad que de verdad me importan. Miro alrededor y veo a la gente bañándose en un mar cálido y horizontal, razonablemente tranquilo. Miro adentro y observo que las llamas bailan como si el fuego de la realidad no pudiera hacer otra cosa que acompasar mis pensamientos y arder con ellos, conmigo. Me da que en eso consiste estar vivo y que no hace falta traducir absolutamente nada.


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viernes, julio 29

La vecina del quinto

La Telaraña en El Mundo.

  Espiar a la vecina del quinto -siempre a la del quinto, faltaría más-, además de poder ser un delito, acaba resultando, por desgracia, bastante aburrido y hasta inocuo. El dron que viaja con nuestros deseos de volar y de ver mucho más allá de lo que vemos parece atascarse en sus propias limitaciones, que son, también, las nuestras. No basta con ver; hay que sentir, hay que atravesar barreras infranqueables, hay que ir más allá de la física para entrar de lleno en la metafísica. Desde ese lugar nadie nos va a hacer demasiado caso, pero así es la vida. Yo me conformo.
 Los drones, pues, no nos sirven para lo que no sirven. Le sirven, no obstante, a Hacienda para hacerse una composición del mundo según su propia naturaleza y necesidades. Aquí una piscina, un solárium, una terracita, un garaje, mil jacuzzis prohibidas: todo un arsenal de humanidad atentando contra el catastro, contra los impuestos que debieran ser de todos y no sé yo de quién son. Los drones son de Hacienda, eso sí, porque el mundo es de Hacienda. Como todos, unos más y otros menos. Como siempre.
 Cort, por ejemplo, debe tener unos drones estupendos. Los debe manejar el concejal de Urbanismo y futuro alcalde de Palma, Antoni Noguera. Sólo así se explica que rechace el proyecto y la inversión de una multinacional en los alrededores del estadio del Atlético Baleares, porque no cabe, nos asegura, en su modelo de ciudad. De ese modelo sólo nos constan su encendida fobia antitaurina y su empeño por derribar Sa Feixina. Todo muy ejemplar. Modélico.
 

 

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martes, julio 26

Sobreinformación

La Telaraña en El Mundo.

 Un chaval recibe las burlas constantes de sus compañeros y va engendrando, con el paso del tiempo y los revuelos hormonales, un odio insoportable hacia todo lo que le rodea. Es lo que tiene, por desgracia, no lograr encontrarse a uno mismo en la larga y tortuosa aventura que acostumbra a ser la vida, esa mezcla de situaciones favorables y desfavorables, ese viaje desnortado por el filo mismo de los acantilados, con el viento tantas veces a favor como en contra, con la sensación asfixiante que da no tener ni un segundo de tregua y la obligación ineludible de ir adaptándose absolutamente a todo, incluso a lo que no imaginábamos.

 No pensé en nada similar, mientras el pánico parecía haberse adueñado de Múnich y las imágenes nos mostraban a la gente huyendo despavorida y la voz del narrador nos contaba que la policía andaba persiguiendo a presuntos terroristas en muy diversos y alejados lugares. Esto es París, Bataclan, Londres, Madrid. Nueva York. Niza. Esto es la guerra, pensé, pero no.

 Era un único joven alemán, hijo de iraníes, de tan sólo 18 años, con una pistola comprada en algún boulevard en llamas de internet y una insoportable carga personal de frustración y locura a sus espaldas. Era el pánico colectivo personificado en la violencia asesina, e incluso suicida, de uno de nuestros hijos. Era la exagerada y obsesiva respuesta general ante el exceso de información, aparentemente global, aséptica e instantánea, que recibimos continuamente. Éramos nosotros mismos puestos, al fin, en dolorosa evidencia.

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viernes, julio 22

Sin perdón

La Telaraña en El Mundo.

 
 Repaso el centenar largo de canales que mi proveedor telefónico ha puesto a mi alcance, junto al invento de la fibra óptica, con no pocas reticencias. No es oro todo lo que reluce. Los diversos canales televisivos emiten casi el mismo catálogo de películas para repetirlas a distintas horas y llenar la parrilla con todos los films que, por desgracia, ya hemos visto en varias ocasiones; es lo malo de haber seguido la actualidad cinematográfica, aunque sea tirando de videotecas y torrents. Hay pocas películas que aguanten un segundo o tercer visionado; en el primero ya empezaron las deserciones.
 Pero la realidad, igual que la ficción, se acaba basando, siempre, en hechos reales. Ayer por la noche me topé con un film que aún no había visto: Memorias del general Escobar, de José Luis Madrid, basada en el libro de José Luis Olaizola.
 La película es un horror, cinematográficamente hablando, pero se sostiene gracias al carisma histórico de su protagonista y al oficio de algunos actores. Está bien reencontrarse con Antonio Ferrandis, Fernando Guillén y Jesús Puente. Está bien recordar cómo una guerra civil es algo que sólo pueden apoyar y desear los descerebrados, los que no tienen vida propia, los que confunden ideología y realidad. O pensamiento y acción. Esa basura tiene, hoy en día, los mismos nombres que tuvo siempre, aunque no siempre se dijeran igual: atribuirse y usurpar la identidad del pueblo (ya sea la lengua, la cultura, el carácter o el destino) es el más execrable de los delitos. No tiene perdón.

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martes, julio 19

Buscando a Picachu

La Telaraña en El Mundo.
 
 La televisión es un medio complejo donde las imágenes que uno ve parecen tener vida propia más allá de la versión, más o menos oficial, de los hechos que se narren. Quizá por ello la semana pasada pasé dos malas noches. La primera, entre los cadáveres de Niza sobre esa autopista al infierno que acabó siendo el Paseo de los Ingleses; la segunda, entre la multitud contra los carros blindados en Turquía, ese país que es Europa y es Asia y no lo es, aunque allí anidaran las primeras culturas y civilizaciones de nuestra historia.
 Hablo de realidad virtual, en efecto: puro magma televisivo, pero también de sensaciones físicas y hasta dolorosas; en la piel y en el alma, en ese lugar confuso que es la consciencia de todos cuando uno se queda solo y cierra los ojos y quiere dormirse, pero el sueño se demora, porque las víctimas se multiplican y uno no sabe contar cadáveres ni quiere aprender a hacerlo.
 El domingo, sin embargo, respiré mucho más tranquilo. Abrí mi IPad e instalé Pokémon Go. Casi al instante tres ejemplares de esos bichos, con los que nunca mantuve ninguna relación personal, salvo a través de mi hijo, aparecieron en pantalla. Me llevó poco tiempo cazarlos. Un Geodude, un Shellder y un Bulbasaur. Ahora no sé qué tengo que hacer con ellos, salvo alimentarlos, quizá, y llevarlos de paseo si me atrevo a salir a la calle con el iPad, que no creo. Lo peor es que esta mañana he cazado un Paras, una mezcla de cangrejo y champiñón. Tengo la casa repleta de pokémons y yo sin saberlo. ¿Dónde estará Picachu?

viernes, julio 15

El milagro del Güell


La Telaraña en El Mundo.

 Resulta que en el antiguo bar Güell de Palma, en el año de gracia de 1974, le explotó un sifón en las manos a la hija de Tolo Güell sin causarle daño. No es un milagro, pero quién sabe. Cosas así suelen pasar cada día sin que reparemos en ellas; también sucede, al revés, que alguien da un traspiés y se deja el alma en la cuneta, en el bordillo de la piscina, en el asfalto al sol varios metros debajo de un balcón en llamas. Vengo a decir, pues, que en este mundo pasan multitud de cosas que apenas dejan huella alguna, salvo si nos empeñamos, y no mucho, sino muchísimo, en que suceda lo contrario.
 Las treinta personas que tuvieron la peregrina idea de marchar hasta el monasterio de Lluc, para agradecer a la Virgen que la niña saliera ilesa, no podían imaginar que se iban a convertir en bastantes miles de personas recorriendo, año tras año, 48 kilómetros de ascensión hacia un cielo que no acaba de cerrar nunca sus escondidas puertas entre el sudor y la algarabía nocturnas, entre la fatiga y la voluntad más o menos cumplidas.
 El Consell de Mallorca, finalmente, y sus buenos motivos tendrá para ello, ha cambiado de opinión respecto al patrocinio de la marcha de este año 'Des Güell a Lluc a peu'. No había dinero, pero ya lo hay, ha dicho Miquel Ensenyat sacando unos veinte mil euros de no se sabe dónde y prestándose, incluso, a dirigir en persona el tráfico. Tanta y tan repentina disponibilidad, no tratándose de un evento de promoción catalanista, nos parece extraño. O extrañísimo. Un auténtico milagro, vaya.

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martes, julio 12

La isla invadida

La Telaraña en El Mundo.


 Como la gran política les pilla muy lejos, la Generalitat de Catalunya y el Govern de les Illes Balears siempre tienen a mano la política lingüística, que es un buen ejemplo de actividad transversal, una buena forma de incordiar a todos entrometiéndose en esa delicada línea donde lo público y lo privado se confunden. Ahí coloca el Consell Social de la Llengua Catalana su diana y nos convierte en sujetos pasivos de la terrible superchería que da en creer que los territorios tienen lenguas propias y hasta culturas exclusivas; y sobre esa mierda conceptual se plantan las hogueras y la tribu baila sus sardanas o jotas. Su danza de la lluvia.
 Se trata, pues, de seguir normalizándonos a toda costa con 136 medidas en contra de la libertad de lengua y la libertad empresarial. O dicho con palabras de la asociación de profesores PLIS. Educación, por favor, «el Govern ha decidido extender el modelo de inmersión lingüística de la educación al resto de la sociedad y convertir a los ciudadanos en alumnos incapaces de pensar por sí mismos». Esto pinta muy mal.
 O no tanto, porque casi nadie, de hecho, se toma muy en serio el timbre totalitario de quienes ostentan, ahora, el gobierno insular. Se repite cada vez que los nacionalistas llegan al poder y amaina, indefectiblemente, a los cuatro años; he dicho que amaina, pero no que cese del todo. El nuestro es un país muy raro donde lo que mejor se nos da es encerrarnos en nosotros mismos y confirmar, aunque no queramos, que una isla es un lugar magnífico para ser invadido.

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viernes, julio 8

El poder de Armengol

La Telaraña en El Mundo.

 
 En la sala de máquinas del poder chirrían los engranajes, pierden aceite las válvulas, chisporrotean los interruptores y enormes columnas de humo grasiento y gris emergen de las calderas oxidadas donde la inteligencia parece fundirse en sí misma y concluir, finalmente, en casi nada. En la sala de máquinas del poder hay una mazmorra repleta de argollas, potros de tortura y televisores de plasma donde todos los noticiarios del universo escupen, simultáneamente, sus diagramas bursátiles, sus barómetros electorales, sus tiernos paisajes domésticos de corrupción o violencia. Los paisajes extendidos, en fin, de la vida y la muerte.

 En este contexto tan excrementicio no es difícil entender que Francina Armengol apueste por que Pedro Sánchez se busque la vida con los populismos y los nacionalismos antes que facilitar el gobierno del Partido Popular. Está claro que, para Armengol, nunca es demasiada exótica la fauna con la que se puede, y hasta se debe, pactar si se trata de alcanzar el gran poder siquiera sea de forma nominal y, sobre todo, figurada.

 En esa figuración nos detenemos, porque se nos antoja muy reveladora. Armengol no gobierna absolutamente nada. Se conforma, porque no le queda otro remedio, con dar algún que otro discurso propagandístico y atender, con mayor o menor diligencia, al flujo y reflujo caprichoso de las demandas metafóricas y el sectarismo lingüístico de Jarabo y Barceló. Su legislatura avanza a trompicones y parece que eso mismo es lo que desea para todos. Pues tomamos nota. Perplejos.

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martes, julio 5

Sin Dios


La Telaraña en El Mundo.

  Nos resulta fácil opinar sobre lo humano y lo divino sin que se nos note que hemos perdido mucho más la fe en lo humano que en lo divino. En efecto. Hay una vida más o menos propia e intransferible, que es la que nos sucede durante veinticuatro horas al día cada día; en ese tiempo circular todo cuanto hacemos y pensamos se agita en nuestro interior y de ese coctel explosivo resultan nuestro humor y personalidad, esa singular inercia, la obsesión o el desapego, quizá, con que nos enfrentamos al tiempo, el oleaje de la emoción, el filo del tedio, el enredo de los deseos, la lista negra de las renuncias.
 Pero hay otra vida sobre la que no tenemos ningún control y sobre la que sólo sabemos, si acaso, lo que nos cuentan unos y otros; esa realidad nos abraza como se nos enroscaría al alma una monstruosa serpiente que, en primer lugar, nos produciría asfixia y, luego, fascinación, ceguera, pánico y, tal vez, muerte.
 Mallorca es una isla realmente pequeña donde, sin embargo, parecen convivir los mayores defectos de lo público y lo privado. Así, al alimón, se nos mezclan, en la primera plana de los sucesos, el ruido selecto de los DJs de Cursach, las sirenas recortadas de algunos policías locales, el baile en la sombra de José María Rodríguez y otros políticos. No conozco a ninguno de ellos. No puedo, pues, juzgarles. Resulta casi imposible encontrar aquí a Dios, porque Dios sólo está de guardia en nosotros cuando nosotros estamos de guardia; y yo ya hace tiempo que bajé los brazos y hasta me encogí de hombros.

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viernes, julio 1

Volver a empezar

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 Después de la vergüenza política y del desastre económico, moral y ético del Brexit no las tenía todas conmigo. Las elecciones son lugares comunes, que ocultan infinidad de ciénagas, el terrible cataclismo que acontece cuando no se distingue con claridad entre la realidad y el deseo. Si somos tozudos, la realidad, más; y es así que nos engulle para dar algún que otro sentido a nuestras vidas y liberarnos de la insoportable levedad de vivir a nuestro aire, que es como vivimos, porque ya no nos queda otra y es tarde para cambiar o dejar que la realidad nos cambie. Nos cambie sin mutilarnos, quiero decir.
 Con todo, parece que la masacrada clase media española se puso (medio) en pie y demostró, con su voto, que no está dispuesta a que le quiten lo poco que aún le queda, esas pensiones revoloteando en el aire, ese trabajo precario, esa economía subterránea y casi de estraperlo, este futuro incierto: quizá no haya otro y cualquier cosa sea mejor que aferrarse a la locura y a la estupidez, el vacío tullido del populismo.
 Pero les seré sincero. No sé si nuestra forma de vida es o no sostenible. Tampoco si hay vida fuera del infierno de las directrices de la "troika", su economía de guerra perenne, su imperio de especulación y recortes, su danza bancaria alrededor del becerro de oro. Me queda la sensación, que no la certeza, de que es posible un futuro mejor a base de regeneración y de cambio. Quizá haya que devolver a lo público las ilusiones y las responsabilidades, de todo tipo, propias de lo privado. O así.
 
 

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viernes, junio 24

A gobernar o a la calle


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que la vida consista, sencillamente, en vivir, que es algo entre aburrido y asombroso, rutinario y excitante, privado y, por supuesto, privadísimo. Pero puede, también, que la vida sea otra cosa muy distinta, una exhibición continua de filias y fobias, una orgía de desvaríos dialécticos, una lamentable incontinencia verbal, una farsa en la que sólo importa mostrar al mundo cómo vivimos, contarle -vía selfi, por ejemplo- lo que hacemos a cada instante y tuitear por los codos de lo humano y lo divino, hacerle la corte a esa enfermedad del alma que da en no saber vivir, sino en los escaparates manipulados de las redes sociales, las tertulias televisivas, el aberrante espectáculo de la caja de Pandora mostrándonos, catastróficamente abierta, todos los males del mundo, sin que la esperanza sea lo último que nos quede. Ya hace tiempo que la perdimos.
 Nos queda, eso sí, el mundo, que es un lugar complejo donde muere demasiada gente y donde no hay forma de poner orden a nada, porque todo parece ir a su bola o lo que es lo mismo, a nuestra entera, compleja, escalofriante, imagen y semejanza.
 Mientras tanto, y por fortuna, hoy concluye la campaña electoral repetida por la inutilidad de unos y otros. No voy a hacer ninguna propaganda de mi voto, porque aún creo en la privacidad. Eso sí, pienso volver a votar, exactamente, lo mismo que voté el 20-D. Se trata de demostrar que no nos equivocamos nosotros, los votantes, sino ellos, los elegidos para gobernar. O gobiernan, al fin, o a la calle, y para siempre.

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martes, junio 21

Algoritmos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hago un paréntesis en mi (nulo) seguimiento de las elecciones que se avecinan para sorprenderme con las andanzas de un ingeniero ibicenco, Albert Juan. Resulta que este joven viaja continuamente al pasado para conseguir, de hecho, llegarse hasta el futuro y echarle una mano a la Policía de Chicago en la ardua tarea de predecir el futuro aplicándole, al pasado, algún algoritmo lo suficientemente revelador y hasta catártico como para intuir por dónde asomarán la violencia o el crimen, quizá la catástrofe, tal vez la enfermedad o incluso el dolor, venideros.
 No estaría mal frenar a los criminales un instante antes de que cometan sus crímenes. No estaría mal detener el avance de la enfermedad un instante antes de que las primeras células se corrompan. No estaría mal darse cuenta de que no somos sino lo que ya hemos sido y que sólo ese balance último habrá de juzgarnos y dar sentido a nuestras vidas.
 Con todo, puede que las cosas no sean tan fáciles. Puede que el pasado y el futuro no sean sino traviesas recreaciones mentales y que nos guste balancearnos sobre la frágil cuerda del presente, del instante que intentamos saborear mientras se nos escapa una vez y otra. Todo se nos escapa, en efecto, pero aquí seguimos, funambulistas obsesivos sobre el vacío que no vemos, sobre el vacío presentido: bailamos ahora por no caer en su vientre abierto, nos contorsionamos en su honor por no estrellarnos contra la asfixia de su tacto, su alud de carencias, su falta de substancia, su infinita lista de nombres olvidados.
 
 

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viernes, junio 17

Los días y las noches

La Telaraña en El Mundo.

 
 Me gusta, de amanecida, asomarme a los ventanales y observar la calle Olmos semivacía, deshilachada y hasta húmeda. Unos pocos viandantes relucen desperdigados. Algunos huyen del alba y regresan a casa, víctimas de una resaca de siglos. Hay que ver cómo va quemando, noche a noche, la noche. Otros, sin embargo, van camino del cieno de las oficinas y los escaparates de la supervivencia, su lento ir convirtiendo las horas en arrugas en la piel y el alma, en el espíritu, en ese extraño calendario que nos cifra la vida y nos obliga, cada día, a ir más lejos. Mucho más lejos.
 Al rato, la máquina taladradora de la obra de enfrente rompe el encanto y crispa el aire. La sociedad es un amasijo de tuberías a punto de reventar y también una postal silenciosa donde alguien ha dibujado un mar de espuma que se deshace en arena y algas; y las banderas ondean sin que importe si son azules, rojas o si no son. Lo importante es que alguien haya dispuesto las hamacas para que el ejército pueda ponerse al sol, los ojos cerrados y la piel recubierta de aceites o quizá de lágrimas.
 Creo que estaba en Olmos y me llegué, sin poder explicar cómo, hasta un mar que se mece igual en mis sueños que en la extraña vigilia de este instante. Así es como los días y las noches encabalgan su peculiar manera de sucederse, su coexistencia perfecta más allá de cualquier recelo más o menos eterno, insalvable. Así es como también debiéramos entendernos los unos y los otros. Sabiendo que donde no llega uno alcanza, tal vez, el otro y viceversa.
 

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martes, junio 14

Comerciales ambos sexos


La Telaraña en El Mundo.
 

 Desde siempre, los anuncios clasificados por palabras nos han venido seduciendo con sus titulares como lujuriosos escaparates de otra forma posible, o no, de vida. Así, desde que tenemos uso de razón, lo habitual era leer que las empresas buscaban "comerciales ambos sexos". Tal cual, sin anestesia. Con ese estrambote artificial se nos colocaba más allá de la gramática y del orgullo absurdo de los géneros, más allá, en fin, de una guasa antigua y desangelada que nos confirmaba, socarrona, lo difícil y hasta penoso que resulta, normalmente, conseguir un trabajo cualquiera. Acabo de revisar la prensa de hoy y no he sido capaz de encontrar ningún anuncio con esa coletilla magistral. Pero lograr trabajo sigue siendo un milagro.
 Viene lo anterior por los esfuerzos del Govern en perseguir, como mínimo hasta la más severa de las multas, los anuncios laborales que discriminen por razón de sexo o edad, religión o convicciones, opinión política, orientación sexual, afiliación sindical, condición social y, ojo al dato, lengua dentro del Estado.
 Tendrá el Govern, me temo, aunque no haya peor ciego que el que no quiere ver, que revisarse muy a fondo las pelusillas del ombligo de sus propias convocatorias laborales, porque convertir en requisito lo que sólo puede ser considerado como un mérito, tal y como sucede con la lengua catalana, no hace sino convertir a la Administración en la máxima infractora de los delitos que intenta perseguir. La pescadilla, como ven, se muerde la cola y entonces no hay por dónde cogerla.

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viernes, junio 10

Nuestros "okupas"

La Telaraña en El Mundo.

 
 Sé muchas cosas que ignoro, pero muchas más hay que no sé y también ignoro. Me muevo, pues, entre algunas certezas y muchas incertidumbres: en el mejor de los casos, intuiciones; en el peor, ocurrencias. Así las cosas, duele reconocerse entre los bosquejos de una danza que no pretende convocar a ningún dios ni alzar melodía alguna contra el silencio de los cielos, la aridez de las tierras o el parpadeo mecánico (y no sé si hasta zombi) de los iguales y diferentes, los idénticos y opuestos, los translúcidos, los que nos rodean a todas horas y no sé si no nos ven o no quieren vernos. Nosotros les vemos. Huelen.
 Quizá ver el mundo sea sólo una cuestión de voluntad. Interpretarlo, lo es; pero qué decir, en fin, de los que vierten toda su energía en el lodo de las redes sociales, en la ciénaga donde las ideologías se revuelven en sus camisas de fuerza, en sus mortajas de acero, en su voluntad de existir a toda costa. Miren. Ya es algo tarde para según qué experimentos.
 Voy perdiendo las ganas de escribir sobre quien no se lo merece. Nuestros políticos en su vertiente okupa, sobre todo. Aligi Molina debería irse a vivir una temporada en el infierno ocupado de la Plaza Fleming. El medio alcalde de Palma, José Hila, debiera acompañarle al menos hasta que ceda su vara al otro medio alcalde, Antoni Noguera. No sé por qué prohíben, en Magaluf, la porquería del 'Gandía Shore' cuando el espectáculo de nuestros políticos, con Aurora Jhardi convertida en el terror okupa de las terrazas, no es mucho mejor. En absoluto.

 

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martes, junio 7

El reto de Robert Sarver


La Telaraña en El Mundo.


 Por un instante rememoré otras épocas. Los tres ascensos, con sus correspondientes descensos, de los años sesenta, cuando yo todavía era un niño. Los otros tres ascensos, también fugaces, de los años ochenta, cuando yo ya no era ningún niño. El último ascenso, a fínales de los años noventa, y desde entonces, un par de décadas largas y hasta aquí, los años gloriosos de Cúper, Luis Aragonés o Manzano en el banquillo, la clasificación para la Champions, la Copa del Rey, la Supercopa de España, la final de la Copa de la UEFA. El resto parece que sólo es pura crisis económica, concurso continuo de acreedores, catástrofe institucional sin límites.
 Pero el júbilo en las gradas y el césped no se correspondía, esta vez, con ninguna hazaña deportiva. Todo lo contrario. Librarse por los pelos del descenso a Segunda B puede ser la prueba definitiva de que Dios existe y además es muy bueno, pero no es, realmente, como para echar cohetes; o quizá sí. Vivimos en un mundo muy raro.
 De repente, se nos ha abierto el horizonte al arco iris mayúsculo del dinero. No hay mejor arco iris bajo el que desfilar. El nuevo propietario, Robert Sarver, parece tener dinero y también proyecto de futuro, aunque lo que fichó este invierno le saliera más bien rana. También convendría defenestrar al estrafalario alemán que aún nos preside. Me gustaría ir conociendo, sin prisas ni pausas, a los que van a ir sustituyendo a Ezaki, Nadal, Stankovic, Magdaleno, Luque, Guiza, Arango o Eto'o, entre tantos otros. Ese es el reto, míster Sarver.
 
 

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viernes, junio 3

Alcohol, drogas y sexo


La Telaraña en El Mundo.

 Alcohol, drogas y sexo. O Magaluf y la Playa de Palma. No se nos ocurre, francamente, una oferta propagandística más rotunda, un anzuelo publicitario con más y mejor gancho, un paquete vacacional que pueda superar este acelerado descenso a los infiernos abisales del sur y dejarnos, por supuesto, su huella marcada. A fuego líquido, sangre o semen. Los bárbaros del norte, que tanto sedujeron al viejo Cavafis, ya no vienen en son de invasión o guerra, aunque nos sigan invadiendo como antes y la lleven, la guerra, incorporada de serie, como una especie de infalible brújula interior sin más vórtices que los tres de marras.
 Alcohol, drogas y sexo. Me resulta reconfortante saber que, tan sólo a unos pocos kilómetros de donde vivo, late el siniestro paraíso artificial de quienes no parecen resignarse a haber sido expulsados del paraíso. Me parece bien que algunos no se resignen. Me parecen bien que sigan bebiendo y fornicando mientras puedan. Me parece estupendo que vuelen, verticales y ciegos, desde los balcones del vértigo al gélido y duro empedrado de la realidad.
 Alcohol, drogas y sexo. Uno nunca se cansa de repetir las tres palabras mágicas con las que se abren todas las puertas y también todos los escondrijos. Visito los videos antiguos que promocionan, haciéndolos pasar por nuevos, los tabloides británicos y observo que, por desgracia, cualquier tiempo pasado fue mejor. En efecto, hace unos cien años pasé un par de noches en Punta Ballena y en la Bierstrasse y la verdad es que aún no me he recuperado.

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martes, mayo 31

Escritores y pregoneros

La Telaraña en El Mundo.

 
 Al principio, cuando creíamos que el mundo recién dejaba de ser un vergel y todo el monte, aún, era de orégano, el solo hecho de que alguien perteneciera a nuestro mismo (e inexistente) gremio de escritores nos convertía en cómplices de algún secreto por desvelar y transmitir, en socios, a fin de cuentas, de esta curiosa tarea de nombrar el mundo contra la densidad de las sombras, la insuficiencia del lenguaje, la etérea conciencia revoloteando sobre la materia y convirtiéndola en un pálpito y un parpadeo, una prueba de fe, una cuestión de pulso.
 Luego pasa el tiempo y el paraíso retrocede en nuestro imaginario y la iniciación se convierte en una inexorable forma de vida, en un perenne camino de Santiago que nos lleva, una y otra vez, hasta los acantilados y arrecifes del fin del mundo, hasta el instante último en que regresamos al instante primero y no sabemos, entonces, si nuestra voz es un estertor o un vagido. Tal vez sea ambas cosas y ninguna.
 Cosas así pensé, el sábado pasado, cuando Najat El Hachmi pronunció el pregón de la XXXIV edición de la Feria del Libro. Quise volver atrás en el tiempo y escucharla sin prejuicios, pero no pude. Quise avanzar hasta una hipotética vida futura, inoculada de corrección política y pensamiento único, pero tampoco pude. ¿Cómo entender que el gremio de libreros o el gobierno de turno nos traigan a esta exótica e ilustre desconocida y nos la presenten como una de los nuestros? Quizá lo sea y sea yo, definitivamente, el extranjero fuera de lugar y de tiempo. Seguro.

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viernes, mayo 27

De llantos y libros


La Telaraña en El Mundo.

  Puede decirse que he vivido siempre entre libros, que he abrazado sus páginas de piel e hilo, que me he dejado cortar las yemas de los dedos, y hasta la identidad entera, en su filo de hierro, de fuego, de oro, de nada y que he escrito en sus márgenes como si la vida me fuera en ello; quizá me fuera. La vida nos va en lo que hacemos, porque eso es lo que somos: estas frases rotas, estos fragmentos donde el sentido pugna por prevalecer y no siempre lo logra.
 Escribía estas líneas y esta columna, que ya es otra, cuando llamaron a la puerta y fui y abrí. Una pareja de policías buscaba, finca a finca y piso a piso, el origen del llanto de un niño y una mujer. Los hice pasar a la galería del patio de luces y ahí estuvieron indagando con los vecinos de las fincas colindantes. Algo debieron concluir, porque salieron raudos tras darme las gracias. Les deseé suerte, porque me habían sacado de la rutina y me habían trasladado a la persecución de un llanto y una violencia que no debieran ser de este mundo, pero lo son. Vaya que sí.
 Pero vuelvo a mis libros y a mis galerías y terrazas. El Borne ocupado por las casetas de los libreros me trae buenos recuerdos de anteriores ferias del libro en las que participé, porque tenía algún libro que presentar. No es el caso, este año; pero casi que lo único que añoro son esas terrazas, donde nunca me senté, con las que Cort juega a imponer sus fobias sin lograr otra cosa que dibujar un paisaje enrarecido, un collage patológico del que no va a salir nada bueno. Por desgracia.
 

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martes, mayo 24

Sin refugio

La Telaraña en El Mundo.

 
 Una chica disfrazada de policía del alma (y del cuerpo) dibujaba líneas imaginarias en la calzada de la calle Olmos. Sobre esas fronteras metafóricas, que había que cruzar como si no existieran las aduanas y los peajes, bailaba dando saltos, adelante y atrás, sobre el filo ensangrentado de las nacionalidades territoriales, las de toda la vida y las recién sobrevenidas, las que impiden el paso ligero de los nómadas y el paso adolorido de los refugiados, las que cercenan las líneas de una libertad que debiera ser de todos y que, quizá, ya no sea de nadie.
 Unas trescientas personas, en resumen, pasaron entre cánticos, pancartas y performances, el sábado pasado, bajo mi casa camino de la Rambla, el Borne y la siempre lejana delegación del Gobierno. Siempre quedan lejos los gobiernos y sus extravagantes delegaciones no dejan de ser lugares vacíos, pero repletos de simbolismos y apreturas, de emisarios que olvidaron de donde vienen y que intentan disimular que nunca lo supieron.
 Se trataba, claro, de apoyar a los refugiados contra la "respuesta mercantil" de los gobiernos europeos. Deseé bajar a la calle y unirme a ellos, pero no lo hice, porque he de confesar que no soy capaz, por desgracia, de acoger a ningún refugiado en mi propia casa, más allá de recogerme a mí mismo y los míos. Más allá de mirar por los ventanales y comprobar, no sin cierta tristeza, que una casa es también una pequeña nación con sus fronteras, sus puertas bajo siete llaves y sus vistas rotas, como puentes tendidos hacia ninguna parte.


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viernes, mayo 20

El libro de la vida


La Telaraña en El Mundo.

  ¿Cuándo se deja de ser lo que se ha sido? La pregunta me asola mientras veo a Arnaldo Otegi (al que no sé si cabe calificar o no de terrorista) pasear sonriente y complacido de sí mismo por los pasillos del Parlament catalán como si fuera una personalidad destacada o un ejemplo a seguir; tal vez lo es y por ello, la gente, los cuatro gatos, la morralla de la CUP lo ha invitado a dar vueltas y hasta conferencias cara a la galería infinita de los horrores para poner en tela de juicio algunos valores comunes y corrientes y, de paso, dejar aturdidas y tiritando a las víctimas del terrorismo de ETA. ¿Cuándo se deja de ser víctima del terrorismo? ¿Caducan los crímenes y los recuerdos? ¿Podemos aquí aplicar la memoria histórica? No sabría responder a estas preguntas.
 O sí, sabría, pero para qué. Hace rato que nuestros principios éticos yacen arrinconados donde ni recordamos. Hace rato que los sustituimos por un pensamiento repleto de atajos y trampas lógicas, un entramado virtual donde nada es lo que es, sino lo que queremos que sea.
 Aun así, hay veces que sólo cerrando los ojos podemos atravesar las cortinas del horror o la sangre. Que sólo anulando los sentidos avanzamos entre el hedor y la descomposición. La superficialidad, la estupidez, la sinrazón. Hay veces que sólo cerrando los puños podemos aporrear el teclado contra el espectáculo de las horas aferrados a las páginas insomnes y en llamas del libro de la vida. Ese que intentamos escribir sin que nos destruya antes de tiempo. Un oxímoron, por supuesto.

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martes, mayo 17

15M y otras ruinas

La Telaraña en El Mundo.

 La realidad o las palabras, me digo, pensando que yazco, esta noche como tantas otras, en la postura fetal de costumbre. La realidad o las palabras, me repito, pensando que vivimos en una habitación con magníficas vistas de sí misma y que nos revolcamos por entre los círculos viciosos del polvo, el lodo, el sol y la sombra, la urdimbre de los espejos, la paradoja infinita de nombrar el mundo y crearlo en el mismo instante en que el trueno de la voz arrasa con todo: con el mundo y con nosotros. No tenemos ni siete días y el séptimo sólo nos sirve para saborear nuestro hermoso, inevitable, fracaso. Durante esas últimas horas veremos transcurrir toda nuestra vida.
 En estas, el sábado, pasé por la Plaza Mayor y unos corazones enormes, con las cuatro barras de la bandera catalana, me pusieron sobre aviso. No me topé con el presidente de la OCB, Jaume Mateu, ni con Iñigo Errejón, los "Castellers de Mallorca" o los "Al·lots de Llevant". Sus castillos de naipes me interesan tanto como si se arrancaran por peteneras o seguiriyas. Quizá menos.
 El domingo, para completar la fiesta, me encontré en la Plaza España (o Plaza Islandia, según se mire) con las ruinas del 15M. Cinco años después, a las ruinas de nuestra democracia le han salido las hidras del populismo y las purulencias del nacionalismo. En el suelo refulgía un corazón enorme con las cuatro barras de la bandera catalana y observé que lo firmaban, abajo, la OCB, el Govern y el Consell. Estos son quienes mandan. Quienes nos vigilan. La trinidad en persona.

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viernes, mayo 13

Variaciones de lo mismo


La Telaraña en El Mundo.

 Suena el teléfono y una voz metálica y femenina me pregunta sobre mi grado de satisfacción. El asunto me pilla a contrapié y cuelgo como quien pasa la página de un libro que no entiende, porque las frases se le atragantan y no hay forma de cazarle las ideas, que se le suponen, al libro de la vida. Uno no siempre puede con todo. Hay una gran nebulosa de vida y muerte alrededor, de cariño e ira entremezclados, de ternura e impaciencia desmenuzados y rotos, pero también rehechos, reconstruidos mil veces. Otra más en este instante.
 La satisfacción debe tener grados, en efecto; como un buen vino o licor, el avance de su lengua de fuego, su demora en el paladar y su descenso por la garganta hacia la oscuridad interior y los remolinos de la máquina trituradora, en fin, que somos. Destruimos todo para ver si, del metafórico esfuerzo, nos sale algo nuevo, personal o exótico. Lo malo es que combinando lo que ya hay tan sólo accedemos a una cualquiera de las casi infinitas variaciones de lo mismo. Hay que ver cuánto nos repetimos.
 La voz metálica y femenina sigue preguntando por mi grado de satisfacción y me dejo mecer, ambiguo, en el lecho del silencio. No tengo tiempo, sino para más preguntas. ¿Cómo podemos medir el asombro? ¿Cómo la desesperación o la indiferencia? ¿Cómo la decepción de ir viviendo los años y observar que, a fin de cuentas, nada cambia y todo se repite como si el mundo empezase de nuevo a cada instante y la memoria, la memoria de cada uno, fuera la única perturbación ingobernable? Quizá lo sea.

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martes, mayo 10

Confluencias

La Telaraña en El Mundo.

 
 Los que, tras los resultados del 20D y hasta la fecha, no lograron ponerse de acuerdo con vistas a la investidura de algún que otro presidente para esta complicadísima nación de naciones (o de provincias, en fin, que tanta solemnidad sólo demuestra lo mucho que nos gusta la palabrería) en la que todavía vivimos, están intentando, al parecer, crear confluencias de intereses electorales para aprovechar la casi insuperable tendencia al bipartidismo de la Ley D'Hont.
 A mí no me sorprende que se alíen los unos con los otros y los de más allá (y contra los de siempre, por supuesto) porque rascarle votos y escaños a los demás no deja de ser la misión primera de cualquier político que se precie. O que se desprecie, porque no resulta fácil justificar, a efectos, sobre todo, dialécticos, que la vieja izquierda, el añejo populismo, los rancios nacionalismos y hasta los surrealistas o posmodernos grupos antisistema parezcan tener tanto en común, pero igual lo tienen. O allá ellos.
 Se invierten, pues, algunas tendencias. Lo que no se logró hacer tras las últimas elecciones se intenta hacer, ahora, antes de las próximas. El problema es que, de momento, el planteamiento coyuntural de algunas de las conversaciones, por ejemplo, las de Podemos con MÉS y ERC o las del PSIB con todo lo que se mueve en Ibiza y Menorca, no garantiza unas confluencias sólidas y estables. Aun así, tampoco lo tiene mejor el PP con su elocuente sofisma de que gobierne el partido más votado. La soledad, en política, es la peor de las compañías.

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viernes, mayo 6

La curva de la felicidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Con un buen régimen alimenticio a base de carne y pescado (es decir, proteínas), mucha fruta y trampó mallorquín logré ponerme, hace ya unos años, en bastante buena forma; al menos, según las analíticas, la báscula y el índice de masa corporal, que ya se sabe que la salud no es sólo un montón de números y que las estadísticas acaban sirviendo de muy poco cuando se trata de que la máquina esté bien engrasada y no chirríe demasiado ni se rompa cuando menos te lo esperas. Pero ese es otro tema; siempre se rompe cuando menos te lo esperas.
 Luego, como es normal y deseable, llega el gran día en que, aunque no te lo creas, ya has cumplido con todos tus objetivos y el médico te levanta la veda de las humeantes fondues de queso, los espaguetis y canalones, la paella y los arroces caldosos, el infierno dorado de la sobrasada o los embutidos y, sobre todo, el famélico paraíso del pan, ese maná bíblico y familiar, eterno.
 Pero ya no puedes volver por dónde solías. Definitivamente, le has cogido manía a los hidratos de carbono y presientes, asimismo, que la báscula te vigila a todas horas. Tú mismo te vigilas, mientras te dejas llevar por la corriente y acabas probando todos los panes del universo. Resulta que están de moda y han proliferado multitud de comercios y mercadillos ecológicos. O así. Panes de centeno y semillas, de espelta, avena, maíz o soja. Pan moreno y hasta litúrgicos llonguets. Es cierto, está muy difícil mantener la línea y no acabar acogiéndose a la gloriosa curva de la felicidad. Bueno, ¿y qué?
 

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martes, mayo 3

Primero de mayo

La Telaraña en El Mundo.
 
 Recuerdo el uno de mayo de 1975 en Valencia. La plaza del Caudillo tomada por los furgones policiales, la caballería piafando en los parterres y todos, en fin, corriendo calle Paz arriba y abajo, como quien busca salir de un laberinto y acaba arrestado en un portal sin más arma que el DNI y el arrugado carné de mal estudiante. No se me han borrado las amenazas ni los rostros airados, grises; y sin embargo nadie llegó a tocarme y salí por mis pies, la cabeza gacha y el ánimo roto, en busca de un autobús con que volver a casa. Regresé en taxi. Quizá las cosas no son como fueron, sino como las recuerdo.
 El domingo me asomé a los ventanales y observé el paso de unas decenas de personas, con pancartas y banderas enrolladas y niños saltando o de la mano, bajando por Olmos hacia el centro de una tormenta que no fue, porque ya no es tiempo de tormentas; casi no quedan ideas por las que luchar y la izquierda actual es sólo el pretexto de un "reality show" bolivariano.
 Entre otros, tres insignes consejeros del Govern, como Biel Barceló, Iago Negueruela y Fina Santiago, el alcalde José Hila y el sonriente líder de Podemos, Alberto Jarabo, lograron, con la subvencionada complicidad sindical, que la manifestación del Trabajo fuera como unos tiernos juegos florales; una reunión de unos cientos de personas balanceándose entre el sol y la lluvia (y la ciudad dormida) por el filo cálido de la línea tibia del poder protestándose a sí mismo, como si gobernasen otros. Aunque quizá sea así y gobiernen otros. Siempre otros.
 
 

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viernes, abril 29

Los clones

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 Veo tan poco la televisión que, cuando lo hago, no dejo de asombrarme al descubrir que lo que otros ya han descrito no es, como me temía, ninguna exageración, sino todo lo contrario; es cierto, tangible, irrefutable. Veo y escucho a Irene Montero y creo ver y escuchar, sin embargo, a Pablo Iglesias. Ambos gesticulan igual y la letanía monocorde, asfixiante, de sus frases es exactamente la misma; la misma forma de encabalgar las palabras, el mismo sonsonete a ritmo de amago, las mismas repeticiones silábicas, la misma retórica final y también, ay, el mismo revuelo populista.
 No sé si es que han practicado mucho, lo que sería algo admirable, o si es que son clones fabricados en la misma manufactura de las ideas. Yo lamentaría mucho que fuera lo segundo, porque de esa misma fábrica de saldos e infumables parecen haber salido la mayor parte de nuestros políticos. Los locales, también. Sobre todo.
 Hace unos días al Partido Popular de las islas no se le ocurrió otra humorada que intentar conseguir que el Parlament balear condenase la "trayectoria antidemocrática" del líder independentista vasco Arnaldo Otegi. Obviamente no lo consiguió; primero, porque no venía a cuento ocuparse, en ese lugar, de tan lóbrego personaje y, segundo, porque nuestras izquierdas folclóricas, nacionalistas, ecosoberanistas y hasta animalistas (o así) han perdido, hace tiempo, el mundo de vista y sólo atienden al clónico discurso conceptual que da, preferentemente, en pensar ordinarieces y, sobre todo, si es posible, en ejecutarlas.

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martes, abril 26

La línea última


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 Todo lo que hacemos está compuesto de automatismos que, aunque parezcan irrelevantes, no lo son. En absoluto. Esos tics y manías que han envejecido con nosotros, esas pautas de comportamiento que siempre nos parecieron tan extravagantes como útiles, esa forma habitual, en fin, de conducirnos es la que nos acaba confirmando la validez y el éxito, siempre tan relativo como fugaz, de nuestro esfuerzo. No somos máquinas, pero lo parecemos cuando se trata de realizar nuestro trabajo diario, esa labor por la que no recibimos otra medalla que algo de dinero y la satisfacción íntima (o la resignación lúcida) de ocupar el tiempo en lo que nos gusta.
 Vengo ahora de observar las últimas andanzas de Rafael Nadal. No me refiero al magnífico yate que se ha comprado, sino a su regreso a la tortuosa senda del triunfo. Primero fue el noveno Montecarlo y ahora el noveno Godó. Esperan Madrid y el cielo, el décimo cielo de Roland Garros.
 Nadal repite sus tics de siempre bañado en un sudor que nos parece eterno. Se compone el pantalón, el hombro izquierdo y el derecho, la nariz, la oreja izquierda, otra vez la nariz y finalmente la oreja derecha. O así. Después empieza otro ritual mecánico, el del tenis; y la bola cruza el aire escapando de la red y los gemidos. Nadal, cuando concluye el punto, remueve con sus zapatillas el polvo de arcilla en busca de la línea blanca de cal. No hay que perder nunca de vista esa línea última porque, como él sabe o sabrá algún día, es la que acaba dando sentido al juego y también a la vida.

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viernes, abril 22

Los textos sagrados

La Telaraña en El Mundo.
 
 Con los años uno se da cuenta de que va acumulando cadáveres, no sólo en la vida, sino también y, sobre todo, en la desangelada nómina de amigos de Facebook; en efecto, los amigos se nos mueren dejándonos sus frases lapidarias y su mejor foto de perfil. Ahora visitamos esos muros detenidos bajo las cúpulas gélidas del tiempo, esos frontispicios que insinúan, tal vez, una constelación de estatuas de sal huyendo de Sodoma, como si buscásemos las claves secretas del viaje eterno hacia la otra orilla. Pero no las hallamos, por supuesto.
 Toca, pues, detenerse y asumir que las metáforas apocalípticas nos resultan muy familiares; es cierto, hemos leído con fruición los textos sagrados y toda nuestra cultura se ha ido formulando a su alrededor, entre sus arenas movedizas y sus tribus nómadas, su cielo repleto de naufragios universales y torres que ya han caído, sus ángeles exilados y su cruz última, su laberinto demasiado humano de tentaciones, fulgor y muerte.
 Busco ahora el perfil en Facebook de Mohamed Harrak, el presunto yihadista detenido en Son Gotleu, y no lo encuentro. No hay tanto, me digo, de algunos pasajes del Corán a otros de la Biblia. Sale ahora el Govern a decirnos que no pasa nada. Biel Barceló trata de desactivar las alarmas en el sector turístico. Hace bien. David Abril, por su parte, dice esperar que la detención del marroquí no alimente el racismo. Me da que el problema no es el racismo, sino la violencia terrorista. Quizá haya que leer mucho más la Biblia y, ya puestos, también el Corán. 

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martes, abril 19

El espectáculo de las cosas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Como es obvio, todo está en su lugar; es decir, en la mirada del que observa el espectáculo de las cosas con el ánimo propio, encendido, del más curioso e insaciable de los voyeurs. Así es, nunca tenemos bastante, aunque nos conformamos con poco. Desfila el mundo, a ratos marcial y grosero, estrafalario, a ratos solemne, palmario; y nosotros, cuando no desfilamos con él, nos diluimos en la masa enardecida que aplaude o critica, jalea, abuchea. Puede que ese desagradable ruido de fondo sea la banda sonora de nuestras vidas.
 Pero cubro mis oídos y me ausculto. El juego suicida de los juicios de valor nos convierte en víctimas de la misma pasión que subyugó, entre muchos otros, a Nietzsche. Ya nadie lee a Nietzsche, pero si Dios ha muerto y nosotros ocupamos, finalmente, su privilegiado lugar, nuestra autoridad moral es sólo un artificio más que añadir a la impostura general. Todo es falso, salvo alguna cosa, como dice mi amigo Justo Serna parafraseando no importa a quién.
 Yo no sé muy bien lo que es falso y lo que no. Observo las piedras lavadas a la fuerza del monolito de Sa Feixina y sólo acierto a vislumbrar el carácter fálico del monumento funerario en honor de las víctimas del crucero «Baleares». La muerte suele ser más verdadera que falsa. Observo los movimientos de distracción de la clase política y alzo un crucifijo y una ristra de ajos al aire crispado de la campaña electoral que se avecina. Tengo ganas de salir corriendo, pero cualquiera escapa de un círculo infernal. Me da que no hay manera.
 
 

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viernes, abril 15

Turistas o refugiados


La Telaraña en El Mundo.
 
 A menudo me pierdo por las callejuelas del casco antiguo de Palma; me pierdo y me dejo engullir por las hordas de turistas que circulan, visiblemente relajados, por esos asombrosos laberintos de piedra. A veces me preguntan por dónde queda, no la Catedral o la Almudaina, sino los baños árabes, el convento de Santa Clara o incluso un par de museos que casi nadie conoce, el de Can Morey de Santmartí o el de las muñecas antiguas, por ejemplo. Yo conozco bien esos sitios porque, en no pocas ocasiones, me he perdido y encontrado en ellos, luego y de repente, bajo su sombra de piedra húmeda y sus rayos de sol oblicuos y febriles, agónicos, tal vez inexistentes.
 Con todo, una de las cosas que más admiro del casco antiguo es la gran cantidad de grafitis que van sucediéndose en esos lienzos de piedra donde es tan fácil encontrar imitaciones de Banksy como obras de algún artista anónimo que usa sus sprais de pintura para pulverizar sus propios fantasmas personales. Quizá también los nuestros.
 Lo que no es de recibo es que algunos grafiteros dejen de lado sus reivindicaciones artísticas y se dediquen, ahora, al peor panfletarismo ideológico promocionado desde no importa qué sectores. Todos sabemos cuáles son. Frases como "Stop guiris", "El turisme destrueix la ciutat" y "Tourist go home; Refugees Welcome" no hacen sino demostrarnos cómo se puede retroceder no ya al medioevo (que en pleno casco antiguo no sería mala época) sino a las auténticas cavernas de la inteligencia. De la falta de inteligencia, por supuesto.

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martes, abril 12

Humanos y máquinas


La Telaraña en El Mundo.

  Repaso mi pequeño parque tecnológico asumiendo que empieza a estar viejo. Viejo, pero no obsoleto, me digo, mientras recuerdo esa misma frase en boca de Arnold Schwarzenegger en una reciente entrega de «Terminator». Lo mejor de ese film era el envejecido Arnold parodiándose a sí mismo. ¿A quién si no? En efecto, los años y la obsolescencia programada se ciernen sobre nuestros artefactos como sobre nosotros y la capacidad de cumplir con las expectativas que algún día nos hicimos. O nos seguimos haciendo.
 Me gusta la ciencia ficción, no por lo que tiene de subterfugio, sino por su voluntad de proyectar realidades alternativas a la realidad diaria. Así, de repente, todos los problemas se nos volatizarían, como nuestra forma de vida, si llegase, por ejemplo, el día de los trífidos o el apocalipsis zombi, si nuestros libros ardieran a 451 grados Fahrenheit o si los ultracuerpos, en fin, comenzaran a usurpar nuestra humanidad. Todo se andará, me temo.
 Pero estaba yo entre mis máquinas. Microsoft y Apple. Quizá Samsung o alguna de las infinitas marcas chinas que manejamos pensando que son otra cosa. Tanto da. Esas máquinas reflejan todo cuanto somos hasta que no dan más de sí y son sustituidas. A un ordenador le sucede otro más veloz y potente, ergonómico, caro. Hasta el nuevo teclado parece ir más rápido que el antiguo y así es, en efecto; lástima que las ideas nos sigan fluyendo con muchísimo esfuerzo y a la penosa velocidad habitual. No sé si es un alivio saber que nosotros también seremos sustituidos.

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viernes, abril 8

Saritísima

La Telaraña en El Mundo.

 
 Siempre que paso por la plaza Comtat de Rosselló me vienen a la memoria los instantes en que, hace ya una eternidad, Sara Montiel se acercó a compartir el manoseado cartón de un bingo conmigo. Yo la miraba, entre sorprendido y fascinado, mientras la suerte se nos iba esfumando número a número y todo quedaba en un par de frases roncas, que ya he olvidado, y en una sonrisa afiladísima, que todavía hoy me persigue. Es curioso comprobar con cuánta intensidad recordamos algunos detalles más o menos triviales en detrimento de otros, tal vez, más importantes. Pero es así como nos preservamos de la realidad y sus excesos; y logramos mantener la cordura. O casi.
 El caso es que ignoro los auténticos motivos por los que Cort, la inescrutable burocracia, las leyes y ordenanzas, los expedientes y la retórica de las licencias paralizaron, hace años, una inversión económica, que supongo cuantiosa, y siguen, a día de hoy, sin permitir que las ruletas más o menos rusas del azar enciendan sus farolillos rojos en pleno corazón de Palma.
 Ya sé que las ciudades, como Palma, tienen el corazón en muchos sitios. O puede que tengan muchos corazones. Escuché su latido, muy ametrallado, en los alrededores de Atarazanas. También en la Plaza Gomila de una época que ya no existe, aunque intenta renacer, me dicen. O cerca del Casal Solleric. En San Magín o en mil sitios. Sigo escuchándolos ahora mientras Sara Montiel vuelve a mirarme y yo me olvido de la suerte, porque la suerte era ella y tenía la voz ronca y la mirada afiladísima.
 

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martes, abril 5

El infierno


La Telaraña en El Mundo.
 Voy del espejo a la ventana como si estuviera buscando algo sobre lo que apenas sé nada. Sólo que no lo encuentro y que no lo encontraré nunca o que, si lo encuentro, no me dará tiempo suficiente a saborearlo. Pero no pasa nada. Nunca pasa nada. O pasa, quizá, que esa búsqueda infructuosa acaba dando sentido a nuestras vidas y no es sino terriblemente hermoso y desolador sentir, de vez en cuando, el vacío dando saltos y hasta alaridos en las palmas de nuestras manos vacías. Es entonces cuando nos convencemos de que todo lo que, gloriosamente, hemos alcanzado a tocar es también, con exactitud, lo que hemos perdido. Vivir es buscar muchas cosas y no hallarlas y olvidarlas luego; perderlas para siempre.
 Todas estas reflexiones, las que parecen trasuntos personales y las que intentan agotar el mundo que damos en llamar exterior, no suceden en lugares o tiempos distintos; sólo existe este instante en que sucede todo a la vez, simultáneamente.
 Mientras tanto, consulto la última encuesta sobre las elecciones electorales que habrá, muy pronto, si el promocionado "pacto a la balear" de Francina Armengol no se acaba convirtiendo en el modelo nacional de nuestra maltrecha y degradada convivencia. Dios nos libre de ese infierno dialéctico, si quiere o puede. Porque no es fácil. El infierno es un lugar rocambolesco, que está en los espejos y también en las ventanas donde nos acabamos reuniendo cuando la fatiga nos vence y hace frío y deseamos ser devorados, sin excusas, por cualquier cosa. Incluso por los sueños.

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viernes, abril 1

Los 161


La Telaraña en El Mundo.
 
 Supongo que estar sin gobierno no es lo mejor para nadie. No lo es para una comunidad de vecinos ni para un sindicato de mamporreros del tres al cuarto, por ejemplo. No lo es para ninguna hipotética unidad de destino en lo universal, ya sea una etnia lingüística más o menos iluminada, un país normalito, una modesta nación o una alambicada nación de naciones; no es lo mejor, en fin, para España, que es un poco de esto y de aquello, una especie de bulto sospechoso o de presencia sobrenatural, según se quiera ver, que lleva más siglos que nadie en el mapa social y cultural de Europa sin que se sepa, al parecer, lo que realmente es.
 Ayuda a esta indefinición conceptual la mala cenestesia que padecemos como comunidad. En efecto, no estamos a gusto con nosotros mismos. Nos duelen las partes y, pese a lo mucho que las cuidamos, nos acaban pareciendo tan ajenas y prescindibles que casi quisiéramos extirpárnoslas. No pinta bien el enfermo, aunque sea imaginario y le guste serlo; no hay nada como una buena hipocondría para durar la eternidad entera sin dejar de quejarse.
 Con todo, no sé yo si es mejor estar sin gobierno que estar con según qué gobierno. A medida que chisporrotea la mecha encendida de la nueva convocatoria de elecciones aumenta la espantosa posibilidad de que Iglesias y Sánchez (dos cadáveres políticos si hay repetición electoral, el tercero es Rajoy) se líen la manta a la cabeza en busca de esos 161 escaños redentores que no se sabe muy bien ni a quien representan ni, sobre todo, para qué sirven.

 

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martes, marzo 29

Calles de cera

La Telaraña en El Mundo.

 
 Subo y bajo, perplejo, la cuesta de la calle Olmos como si fuera un nazareno en un resbaladizo mar de cera. En efecto, a algún iluminado de Cort se le olvidó ordenar que se esparciera arena sobre la calzada, tal y como se venía haciendo desde siempre, con vistas a los pasos en carroza o en andas de la procesión del Jueves Santo, su gentío expectante, su pasión más o menos religiosa y su goteo de lágrimas de cera líquida. A ver, ahora, cuanto tiempo luce así de guarra esa vía estrecha por entre los cinco olmos que unen la parte alta de la ciudad y la baja. O viceversa.

 Con todo, la Pascua acabó ayer para dejarnos a las puertas de una temporada turística que se augura, tal vez, inmejorable. Pero no sé yo. Asoma, y amenaza con ensombrecer el panorama general, el compulsivo furor recaudador de un Govern que no deja de observar a la ciudadanía como si fuera nuestra la culpa de que las arcas estén vacías. No obstante, para no hacer nada no se necesita gran cosa. Ni siquiera una ecotasa, fantasmal y flamígera, errabunda.

 Tampoco es de recibo que quieran convertirnos en parte activa y, sobre todo, delatora del fraude ajeno (siempre ajeno, claro) de esa Hacienda Pública que ya éramos todos, según rezaba la publicidad o sugiere el devenir retorcidísimo de las leyes y las espectaculares contorsiones morales de los fiscales o abogados del caso Nóos, por ejemplo. ¿Cómo decirle a Maria Antònia Truyols, la directora de la Agencia Tributaria Balear, que no queremos ser cómplices de su usura intervencionista? Pues eso.

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viernes, marzo 25

Sin Dios ni Alá


La Telaraña en El Mundo.

 Miro alrededor y todo parece normal. Enciendo la televisión o me conecto a las redes sociales y atruenan todas las alarmas del universo. Hoy soy Bruselas, como ayer fui París, Londres, Madrid o Nueva York. Soy muchos sitios; incluso algunos que ya no existen. Soy Ávalon, Vetusta, Malacia o Pandemónium. Soy Babel en llamas y todas las urbes arrasadas de este mundo sin ser, de hecho, ninguna de ellas; soy una metáfora tras otra, una convicción o una renuncia, una complicidad o un desacuerdo, un gran interrogante que igual podría confundirse con un sincero gesto de empatía que con un duro rictus de fastidio, molestia, desidia.
 Los tertulianos convienen en que es imposible evitar que un terrorista se enfunde un chaleco repleto de explosivos y se inmole. A mí lo que me parece mucho más imposible es que pueda existir alguien capaz de hacer eso y morir matando, indiscriminadamente, a la gente anónima que sólo intenta coger el avión o el metro, quizá, de sus sueños y se topa con el callejón sin salida de la muerte.
 Morir matando, sin embargo, no es nada del otro mundo. Todos los soldados de todos los ejércitos sobre la tierra lo llevan haciendo desde el principio de todas las guerras y los tiempos. Pasa, no obstante, que uno quisiera saber por qué extraña perversión ética ya no hay forma de distinguir el frente de la retaguardia ni los civiles de los combatientes. Pero lo peor es que cada vez resulta más difícil encontrarle algún rastro mínimamente humano a esta legión de terroristas sin perdón ni Dios. Ni Alá.


 

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martes, marzo 22

Plenitud y vacío

La Telaraña en El Mundo.

 Días atrás me topé en la Lonja con la mejor exposición que nunca había visto ahí. Se trataba del edificio absolutamente vacío y exento de todo, salvo de sí mismo, su soledad aérea de piedra, su revuelo de arcos góticos trenzando las ubres del cielo igual que proyectando una lluvia de sombras sin más objetivo que la plenitud de la humanidad reconciliándose, tal vez, consigo misma. Es bueno que los hombres y las mujeres se desnuden y, si es posible, hasta que se entrelacen, aunque sólo sea por alejarse de las luces artificiales del arte, el relente de la cultura, la exhibicionista obscenidad de las ideologías. No de algunas, de todas.

 Observo, taciturno, la agenda de los días y recuerdo que ya es primavera y que sigo añorando un invierno que no ha sido; y pienso que el cambio climático quizá sea eso y también la simbólica hora en que el planeta debiera apagar todas sus luces y sólo apaga la de sus principales monumentos. Las últimas pruebas de su infinita arrogancia, pero también de su limitada inteligencia.

 A oscuras (y desde luego que a tientas) seguimos viéndonos igual que bajo la luz blanca de un interrogatorio suicida. En efecto. No es nada fácil descubrir quiénes somos ni, mucho menos, llegar a serlo. Confluyen el tiempo y el espacio; y de esa mezcla, tan afortunada como frágil, venimos a nacer como si fuéramos el inacabado proyecto de algún dios enloquecido, quizá, por tanta carga pasada y futura como nos obliga a soportar este escurridizo instante de ahora. Este que acaba de pasar y ya no existe.

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viernes, marzo 18

Correos electrónicos

La Telaraña en El Mundo.

 Desde finales del siglo pasado me ha dado tiempo suficiente para ir creándome bastantes direcciones de correo electrónico. Algunas, por supuesto, han sucumbido al olvido o a la muerte del servidor que las mantenía, pero muchas otras, muchísimas, según compruebo echándole un vistazo a mi colección de bandejas de entrada en Outlook o Windows Live Mail, han sobrevivido y aún siguen recibiendo las noticias a las que un día me debí de suscribir, la propaganda de unos y otros, el spam de todos y hasta los virus que, mejor o peor encriptados, buscan alguna víctima propiciatoria. Vade retro.

 El caso es que, junto a la más feroz de las ofertas eróticas, me llegan, puntuales, los avisos políticos de casi todos los partidos del universo. Así, por ejemplo, alguna entidad catalanista me envía sus proclamas por la lengua esa suya con la misma naturalidad que el republicano Ted Cruz me dice que necesita recaudar 2,5 millones de dólares en los próximos días para vencer a Donald Trump. No parece mucho, pero no sé si la inversión me merece la pena.

 Otro que también me envía sus sermones es Pablo Iglesias. O alguno de los comisarios de sus círculos ampliados, descarriados o en fuga. Hace unos días me llegó su epístola titulada «Defender la Belleza». Sé que debería leerla por completo, pero no puedo; al tercer párrafo ya estoy de fango hasta los codos y al sexto, la asfixia gramatical me acaba venciendo. No hay forma de atravesar las áridas cañadas de la estupidez sin formar parte de ella. Y a eso sí que no estoy dispuesto.

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martes, marzo 15

El capote rojo

La Telaraña en El Mundo.

 Vivimos en el peor escenario para preservar ese frágil estado de las cosas que, desde siempre, hemos conocido como intimidad y que ahora llaman privacidad. O derecho a la privacidad, para ser más exactos. Parece que el lenguaje evoluciona como si nos persiguiera, cuesta abajo o entre los reglones torcidos de WhatsApp, hacia el fondo del abismo; y basta con pegarle una patada a una piedra, ay, para que se genere algún derecho urgente (incluso a decidir) que alguien reclamará como si le fuera la vida en ello. Quizá le vaya.

 Con todo, me parece bien que la gente reclame lo que desee. Así, varios miles de personas han inundado el centro de Valencia en pro de la tauromaquia y el toro, la sangre y el sudor compartidos sobre la arena al sol y a la sombra. Fui una vez al coso valenciano y, aunque tuve la suerte de toparme con más vaquillas que toros bravos, prometí no volver. No he vuelto, pero nunca me atrevería a prohibir que otros vayan. El mundo me resultaría un lugar terriblemente aburrido si pudiera organizarlo, por entero, a mi gusto.

 En efecto. Los que codician un mundo perfecto son víctimas de alguna perversión ideológica. Hay muchas. Observo el vestido rabiosamente rojo y minifaldero de la nueva secretaria general del PSM, Bel Busquets, y casi que caigo en la tentación de dejarme llevar por el chiste fácil o el chismorreo soez. Dios me libre. Un histórico partido de curas obreros y maestros rurales es ahora una caverna de filólogos de catalán y docentes de la «marea verde». Es cierto, todo evoluciona.



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