LA TELARAÑA

viernes, mayo 22

Elecciones personales


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso el calendario deportivo como si en el mando a distancia del televisor se escondiera algún mapa del tesoro, algún diagrama oculto, alguna revelación apocalíptica sobre la pasión o la indiferencia, sobre el enigma de la vida. Repaso sin prisas las hojas marcadas, minuciosamente, por la adrenalina o el cuajo de las diversas competiciones. El actual rugido afónico de la Fórmula 1. El desenlace matemático de la Liga. El deambular sudoroso del Real Mallorca. Las previsiones lógicas de la Champions. Roland Garros y Rafael Nadal. El Giro, el Tour, la Vuelta. Quizá, también, el Festival de Eurovisión. ¿Por qué no? Todo vale igual, cuando vale lo mismo.
 Pero lo bueno y hasta lo esencial de tanto acontecimiento más o menos deportivo o sinfónico, al margen de lo que nos pueda interesar personalmente, no es el hecho competitivo en sí mismo, sino su mecanismo cíclico y con vocación de eternidad. Los fracasos o éxitos de este año podrán ser vengados o ratificados, según corresponda, el año próximo y, si no, el siguiente o el otro. Indefinidamente.
 Repaso las columnas de la prensa, ese edificio en ruinas y en constante reconstrucción. Me asombra que algunos columnistas tengan el humor o la osadía de desvelar el sentido de su voto este 24 de mayo. Repaso las sucesivas elecciones de mi vida (que son todas las de la democracia, por supuesto) y no me encuentro con otra cosa que con decisiones personales de índole compulsiva y, quizá, azarosa. Apuestas un tanto suicidas por un futuro mejor que, a veces, se ganan y, a veces, no.

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martes, mayo 19

Dadaísmo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso en la página web de este diario los encuentros electorales mantenidos con los candidatos de los partidos o agrupaciones que se presentan el 24 de mayo y así consigo, al fin, ubicar a los que aún se me resistían. «Guanyem» o «Som Palma», entre otros. Con lo que descubro gano muy poco. Me vence, eso sí, la recurrente sensación de que más de lo mismo es más de nada, nada que sumar y muy poco que perder cuando ya todo parece perdido.
 ¿Todo perdido? No creo. Cada cuatro años nos rencontramos con el hormigueo dialéctico de unos y otros. Con sus filigranas y cabriolas en el aire de todos. Con su vuelo bajo y nocturno, pero no indetectable. Sólo se trata, pues, de afinar las alarmas y permanecer vigilantes. De eso o de dormir a pierna suelta y que otros, nuestros hijos, por ejemplo, carguen con la pesadilla. Aún podemos elegir, pero no sé hasta cuándo.
 Con los partidos conocidos la situación no mejora. El goteo tísico de sus ideas nos aturde. Repiten regeneración y transparencia, anticorrupción, pacto social o renta básica como si balbucearan el «dadá» inicial del lenguaje. Podemos reírles las gracias o dejar que el paso del tiempo los delate y sepulte. Acumulan tantas promesas e incumplimientos que no sé cómo insisten en este esperpento de la verdad o la mentira convertidos en consigna, impostura, letanía, mantra. La soledad del corredor de fondo cuando le falla la brújula, en el caso de José Ramón Bauzá. O la añeja y sectaria sesión de frente populismo entre los gruesos labios de Francina Armengol. Es lo que hay.

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viernes, mayo 15

Orgías


La Telaraña en El Mundo.
 
 Cuando era muchísimo más joven y veraneaba, con la familia, en Cala Blava, tenía a la Playa de Palma por un lugar vulgar y ruidoso que, sin embargo, merecía la pena visitar, de vez en cuando, por aquello de las interminables fiestas que la lógica caprichosa del azar o, frívola, de la edad nos parecían tener siempre a punto. Las noches se nos alargaban tanto que hasta amanecían y la arena fresca y húmeda, entonces, nos recogía suavemente como a unos náufragos rotos de un tiempo que corría volátil y promiscuo, inconsciente, todavía, de sus límites y costuras.
 Pero es así, luego, en este instante de ahora, que recordamos las viejas historias pretéritas con varios signos de admiración, algún interrogante y no pocos puntos suspensivos. Nunca tuvimos conocimiento, por supuesto, de otra forma de diversión que no fuera fruto de nuestro esfuerzo, de nuestras propias ganas de comernos el mundo, de nuestro encanto (tan efímero, aunque aún lo ignorábamos) para cortejar todo lo que se moviese a nuestro alrededor, que no era poco.
 Debe ser por eso o, a fin de cuentas, porque algo hemos acabado aprendiendo con el paso marcial de los años, que se nos antoja sumamente repugnante y hasta vomitivo el cúmulo de revelaciones sobre las orgías de algunos policías y políticos o empresarios con cargo a la autoridad inmoral de los más fuertes y a la indefensión vergonzosa de los más débiles. Prostitutas. Menores. Sin papeles. O todo a la vez. Tanto en la Playa de Palma, como en Calviá, hay que hacer una limpieza tan ejemplar como higiénica.
 

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martes, mayo 12

Pablo y Albert


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Lo primero es situarse en las plácidas horas lentas de la noche en casa. La cena rápida de los niños: mañana aún hay cole si la huelga de la casta docente lo permite. En el mullido sofá virtual del espectáculo, que es una composición de lugar, un rebuscado plató televisivo con cámaras, acción, pocas luces y muchísimos efectos especiales, están sentados los hologramas de los líderes de Podemos y Ciudadanos; ellos no están, pero no importa. Esto es un juego litúrgico, un ejercicio de estilo donde lo que vale es enfrentar sus inmaculados perfiles estratégicos. Quizá, también, su aparente falta de hervor o su apetecible lógica suicida.
  De ambos se nos ofrece, sobre todo, su metódica y esforzada sonrisa, la que encandile a más gente aturdida o absorta, asombrada, abúlica, indignada o simplemente crítica con un discurso político que, cada vez, sostiene menos y peor la realidad que debiera arrullar y no arrulla. Será que no puede.
  A esos dos jovencitos relativos y treintañeros, Pablo Iglesias y Albert Rivera, uno los mira sin apenas ver casi nada. Parece mentira que ambos, con un discurso tan retórico y blandito, se hayan convertido, al parecer, en los personajes claves de un futuro político que se presagia convulso. Con tantas balas de fogueo, la realidad (o su parodia televisiva, su reflejo clónico en las redes sociales) se despereza para volver, enseguida, a la somnolencia. Es lo que tiene viajar hacia el futuro en un mullido sofá al que le chirrían los muelles y también las tripas. No hay viaje. No sé si hay futuro.

 

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viernes, mayo 8

Adán y Eva


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si es algo común o sólo muy mío. Con los años, las pequeñas o grandes fobias y filias que reconocemos padecer y, sobre todo, haber padecido, parecen ir perdiendo peso y también entidad; se desdibujan y diluyen hasta convertirse en casi lo mismo. Sucede, pues, que acaba prevaleciendo, poco a poco, el principio de la terca realidad sobre el del fulgurante, volátil deseo y uno empieza a saberse situado en un mirador inverosímil y vertiginoso, en un balcón o puente colgante con las mejores vistas subjetivas del universo. Su espectáculo, no obstante, nos sobrecoge o aburre sin que sepamos muy bien por qué. Ni cómo.
 Miramos al mundo y se nos escapa, ahora, un indisimulable bostezo. Volvemos a mirar y, aunque nada haya cambiado, ahora la emoción nos desborda. Hablamos (o callamos) al margen de que casi nadie nos escuche, porque nosotros tampoco escuchamos a casi nadie y sólo pretendemos, tal vez, cumplir alguna que otra orden invencible que nos nace muy adentro, en algún lugar tan poderoso que no la podemos ignorar ni contradecir.
 Mientras tanto, leo que Adán y Eva han muerto. Eva, abatida y Adán, asfixiado, quizá. Son dos chimpancés. Dos antepasados escandalosamente próximos en la escala genética. Ellos también se descolgaron del viejo árbol bíblico del conocimiento del bien y el mal. Ellos tampoco recuerdan el lugar exacto donde la fruta prohibida nos abocó al hambre, la emoción o la abulia. A la pasión que nos hace semejantes, pero no iguales. Al miedo que nos convierte en asesinos y que, a la vez, nos asesina.

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martes, mayo 5

El disputado voto


La Telaraña en El Mundo.
 
 Si se confirma la dispersión general del voto, que presagian las encuestas, no es absurdo concluir que todos los partidos políticos de las islas (salvo UPyD, porque su antiguo líder, en el penúltimo momento, prefirió dimitir y dedicarse a la gloriosa complejidad estratégica del criquet o a los revolcones lingüísticos, en fin, de la filosofía pangermánica; y no sé si hizo bien o mal, ni me importa) tienen alguna que otra posibilidad de llegar, aunque sea por la vía interpuesta de los pactos y las componendas, las renuncias y las usurpaciones, a gobernar. O a disputar, al menos, su parcial, pero jugosa, subasta de cargos, su espejismo burocrático de vencedores y vencidos.
 Gobernar, ya se sabe, es tan sólo un pretencioso eufemismo dialéctico de otras muchas labores que no se citan, pero se sobrentienden, como son repartir y repartirse, a la vez, el pastel monstruoso, pero escaso, del dinero público y moldear, lo más ideológicamente que se pueda, el cada vez más globalizado (y sin embargo, uniforme: uniformado) espectro social de la existencia.
 La vida no avanza, me temo, hacia donde quisiéramos (sobre todo, si fuésemos capaces de formular correctamente ese deseo) sino hacia no sabemos dónde, porque tan sólo alcanzamos a seguirla de lejos y con la mirada. Nuestro tiempo es tan limitado e insuficiente que lo único que nos puede consolar, tal vez, es proyectar esa trayectoria desconocida en algún lugar remoto de nuestro cerebro y esperar que ahí nos podamos, algún día, reunir con el mundo. Y con nosotros mismos, claro.
 

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viernes, mayo 1

Catástrofes


La Telaraña en El Mundo.
 
 En no pocas ocasiones, observamos el lienzo ensangrentado y siempre vertiginoso de las numerosas tragedias que ocurren (y por cierto, no cesan) sin saber si el espectáculo del horror nos alcanza de lleno o si sólo nos roza. ¿Hasta dónde somos privilegiados espectadores y sólo eso? ¿Seremos capaces de subir al escenario cuando llegue la hora y alguien, quizá el destino o el azar, nos llame? No es fácil, en efecto, responder a este tipo de preguntas. No siempre nos será posible cuantificar un dolor aparentemente ajeno y quizá exótico y convertirlo, de alguna forma más o menos honesta, en una herida abierta en el propio costado. Cómo duele. O debería.
 Con todo, me da que lo único capaz de mudarnos la inexpresiva faz del mundo en convulsión y en agonía es añadirle algún que otro matiz de verosimilitud, un aire menos aleatorio y más reconocible, cercano, familiar. Será por eso, tal vez, que una tragedia obviamente menor (pero grave) como la del ferry «Sorrento», a muy pocas millas de nuestro presente y a menos, aún, de nuestro pasado, nos afecta incluso más que la devastación monstruosa e indescifrable en el lejano Nepal.
 Parece, pues, que los sentimientos se nos pegan como lapas a la piel y tiritan. Nos ponemos, entonces, su musculoso abrigo de frío y salimos a las calles a pasear tan desnudos y tan desvalidos que se nos trasparentan el hueso, el callo y hasta la vieja médula que da en sostenernos, una vez y otra, incluso cuando ya nos hemos caído y toca, cómo no, volver a intentar levantarse. Cuesta, pero no hay otra.

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martes, abril 28

El ombligo de los limbos


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que lo intuyamos sin acabar de entenderlo. Vivimos al filo de una enorme burbuja que puede (y suele) explotar de vez en cuando. Así, por ejemplo, en mayo de 2010 un hombre, desde la soledad de su modesto adosado en los suburbios de Londres, empezó a colocar, mediante un programa informático de su cosecha, órdenes falsas en el mercado de Wall Street hasta provocar, en tan sólo cinco minutos, un cataclismo en la Bolsa de algo así como medio billón de dólares. No es mucho ni es poco, es sólo un síntoma.
 El imprudente pirata informático y ladrón de cuello blanco se llama Navinder Singh Sarao y es sólo una prueba viviente más (otra, aunque su futuro pinte entre rejas) de que la economía universal es como un viaje al limbo y a ninguna parte, un caligrama espantado de Mallarmé o Larrea, por ejemplo, coronado por un par de versos o exabruptos ilegibles de Antonin Artaud. Una especie de golpe de dados sísmico ordenado por un dios ebrio entre los sueños más profundos de los hombres. Nos cuesta muy mucho, al despertar, saber con exactitud qué cifras, cuáles, son las que nos definen y delimitan en este instante de aquí y ahora o de siempre.
 Voy, pues, de las abstracciones a las anécdotas y viceversa. Busco al azar de Google y me son devueltas algunas frases de Artaud que ya ni recordaba. Por ejemplo: «Allí donde unos exponen su obra, yo sólo pretendo mostrar mi espíritu». O «Toda escritura es una cochinada». Hay algo en esta escatología literaria que me reconcilia, a la vez, conmigo mismo y con el mundo. O sea, nosotros.

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viernes, abril 24

Las tablas de la OCB


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que la Obra Cultural Balear se cree con derecho a algo más que voz y voto en el pozo mayúsculo y sin fondo de la política isleña. Les gusta enfocar la realidad con sus maltrechos prismáticos y exhibirnos sus alucinaciones como si sólo existiera el lodazal en el que viven, esa tullida caricatura de bochornosos intereses, ese empacho ideológico de países, más que imaginados, imaginarios, esa sonrisa cínica que cabalga gracias a la lluvia de comisiones y aranceles, sin olvidarnos de la inercia ancestral de quienes renegaron de sus singularidades históricas y culturales en aras del sol que más calienta. O así.
 No es de extrañar, pues, que la OCB demande a los partidos políticos que se posicionen, con vistas a las elecciones, sobre su abrasivo decálogo de compromisos lingüísticos. Hay que filtrar la voluntad política al hilo purificador de la sumisión a las sagradas tablas de la Ley de Normalización. Es decir, la institucionalización del catalán en todos los órdenes sociales.
 Así las cosas, es revelador que haya sido el PSIB de Francina Armengol el primer partido en firmar las tesis de la OCB. De Armengol ya se sabe lo que hay y, sobre todo, lo que no hay. Muy pronto, no obstante, otros vendrán a sumarse a la pira del fallido trilingüismo de Bauzá frente al monolingüismo identitario. Seguro que Més, PI, las marcas blancas de Podemos y hasta algunas facciones descarriadas del PP firmarán (o firmarían) muy a gusto. Sólo hay que atender, pues, y con no poca atención, a los que no firmen bajo ningún concepto. Ánimo.
 

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martes, abril 21

Larvas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Diríase, por desgracia, que la humanidad es una mala mezcla de gente con horribles monos naranjas y verdugos con aire marcial, dagas, puñales y capuchas negras. Los monos naranjas, en ocasiones, se transforman en harapos hechos trizas, en piel requemada al sol, en puro naufragio de sal y muerte anunciada frente a las costas, siempre lejanas y quizá ficticias, de la libertad o de sus sucedáneos. A su alrededor, los tiburones presienten la carnaza fresca y se arremolinan; hacen rechinar sus dientes, sus puños de metal o sus guantes blancos, blanquísimos, como parásitos en plena orgía de los sentidos, como buitres de una fe caníbal que sólo da en devorar la fe ajena y así hacerse fuerte.
 Observo el universo y casi que quisiera saltar del tren en llamas hacia ninguna parte; pero fuera del tren no parece haber ningún lugar exacto donde cobijarse, ningún claro de luz entre la humareda y las brasas donde reunirse, al fin, consigo mismos, ningún remanso donde dormir un breve sueño que no sea, necesariamente, el último. Mal lugar, también, ese lugar que no existe o que sólo nos vale como epitafio.
 Habría, pues, que huir por igual de las lápidas y de las sogas. De los puños de metal como de los guantes blancos, blanquísimos. Evitar el mercadillo infecto de los dioses menores y su dolorosa usura; su decrepitud de larvas que sólo pueden convertirse en monstruos, en lluvia torrencial y tóxica sobre las urbes donde, una vez, el hombre acertó a pensar y ya sólo balbucea cualquiera de sus múltiples y variadas ideologías de muerte.

 
 

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viernes, abril 17

El encierro electoral


La Telaraña en El Mundo.

 Resulta que el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, se asustó de veras, aunque sólo le llovieran los inofensivos confetis y las octavillas, quizá, de la ira, cuando una joven activista alemana se le subió de un salto a las barbas esquilmadas de los balances, al filo gélido de los saldos inverosímiles y las básculas manipuladas por el déficit de los grandes números frente a la debacle doméstica de los números pequeñitos, los guarismos mínimos del día a día, las cuentas sin acabar de cuadrar en la ruidosa alcancía de los trabajos y las horas.
 Parece, en fin, que nos gustan mucho estos simbólicos sobresaltos por lo que tienen, quizá, de ejemplares y, a la vez, de inútiles. Nos gustan por lo que quieren demostrar (aunque no sé si lo demuestran, pero ese es otro tema) de ética y de impaciencia; de joven voluntad humana decidida a enfrentarse al viejo fatalismo que encarnan los que parecen mover los hilos invisibles del poder, la economía sonámbula de los pueblos, el plan anual y malcarado de la miseria.
 Salto de la mesa de Draghi al balcón de esta especie de San Fermín, con las reses tullidas y los pitones recortados, que son las próximas elecciones del 24 de mayo. Aquí el encierro transcurre entre el viaje descontrolado de los tránsfugas (en busca de alguna lista en alguna marca blanca donde medrar, al fin) y el trote cochinero de los cabestros de siempre. Creo que no me va a quedar más remedio que seguir corriendo hasta la inalcanzable plaza de mis sueños. O hasta el mismísimo matadero y más allá, aún.

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martes, abril 14

Voluntad de poder


La Telaraña en El Mundo.
 
 Decido ponerme al día en los penúltimos escarceos tecnológicos (por así llamarlos) del cine compartido en la red y me encuentro, de la mano inocente de algunos comentarios en la prensa generalista, con Wovie.tv y Popcorn Time. Se trata de una web bastante surtida y de un programa de código tan abierto como dudoso. Nada nuevo bajo el sol, salvo las ganas o la necesidad de seguir burlando el arco de las taquillas y el sudoroso hedor de las palomitas de maíz en los apretados multicines de hoy en día. Quizá el cine ya no sea lo que era, porque casi todos los estrenos se me antojan de una vulgaridad aplastante.
 Pero tampoco la política es lo que era. O lo que debería ser y no fue nunca. Me resultan vulgares (y hasta insultantes) las fugas masivas de personal más o menos cualificado que se producen en los partidos señalados por el descalabro electoral en las tablas de la ley que, en la actualidad, son las encuestas. Aquí el éxito o el fracaso son un voluble estado de ánimo y una obsesiva voluntad de poder; un abismo que se abre para unos y se cierra para otros sin más solución a la vista que la abolición o el arribismo.
 Las elecciones se aproximan no sé si a paso marcial o de vértigo. El espacio alrededor del PP y el PSOE va a ser ocupado por las catervas y legiones de Podemos y Ciudadanos. Por las múltiples marcas blancas de una izquierda sin más referentes que algunas dictaduras más o menos enloquecidas y la enésima refundación de una derecha que no acaba de sentirse conforme, ay, consigo misma y con sus circunstancias.

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viernes, abril 10

La defunción de UPyD


La Telaraña en El Mundo.
 
 Voy leyendo los múltiples partes de defunción de UPyD y no puedo sino quedarme pensativo. ¿Cómo es posible? Tengo (o he tenido) amigos en esa formación. Gente que ha merecido, alguna que otra vez, mi voto y a la que podría volver a votar sin mayores reparos o remordimientos. Es cierto, eso sí, que Rosa Díez (tan ambarina y angulosa, ella) nunca me ha gustado, pero tampoco le veo al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, un porte o bagaje mucho mejor. Será que ya ha llovido desde aquel desnudo suyo en los carteles de una Cataluña que siempre prefirió el rococó nacionalista al minimalismo exento y, quizá, inmaculado.
 Conviene que aclare, no obstante, que mi voto no vale nada; mi sentido práctico de la realidad es nulo y no creo en ninguno de los dogmas que los partidos políticos esgrimen al llamarnos a urnas. La verdad es que ni la economía ni la sociología (como tampoco sus variantes dialécticas y ontológicas, televisivas, de género o sexo y hasta zoológicas) me importan un comino. Estoy seguro que mi amigo (de Facebook, al menos) y cabeza visible de UPyD en Baleares, Johannes A. Von Horrach sabrá entenderlo.
 Lo que no creo que nadie entienda es que el trabajo de años, de repente, no valga para nada y Ciudadanos venga a sustituir a UPyD sin más razones que el caprichoso azar de un sarpullido mediático. Es por eso (entre otras cosas) que siempre miento cuando al salir de los colegios electorales me interrogan sobre el tacto rugoso de la papeleta de mis sueños. Esa papeleta no existe. Lo sé y lo saben ustedes. O eso creo.

 

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martes, abril 7

Mercaderes y artistas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Suelo entrar en la Lonja igual que en un museo o un templo. Con cierto asombro y expectación. Como frotándome los ojos para que las imágenes se multipliquen y la mirada se me pierda por entre las ojivas góticas del cielo, las nubes de piedra y el aire a cónclave de mercaderes, a subasta de sudor y huesos. Ahí la humanidad intercambió sus dones y provocó, quizá, la ira de los más justos. Pero hace tiempo que ya no me recuerdo esa indignación en la sien, ese avivamiento interior, esa ebullición en el arco curvo y tenso, sostenido, de las palabras. Es una lástima, lo sé.
 Pero entro en la Lonja y me encuentro con una exposición (o instalación o lo que sea) de Rebecca Horn. Midiendo el cielo desde el fondo de un pozo. O “Glowing Core”. O unos espejos superpuestos. Varias calaveras deshabitadas. La vaga presencia teórica de Ramon Llull o de quien se quiera, en fin, sacar del sepulcro para dejar que se pudra al devenir de la tertulia, la representación o el artificio. Los muertos exquisitos siempre le dieron mucho juego al arte. O así.
 Pero vuelvo a entrar en la Lonja y me asomo a los pozos sin fondo no sé si del cielo, la tierra o de mí mismo y mido las distancias como quien se contempla sin verse y sabe que en los espejos no hay más ni menos que la propia vanidad; y sonrío o me aflijo con que el IEB se gaste, me dicen, veinte mil euros en esto y el cero metafísico del arte nos ocupe la Lonja durante seis meses como si la sangre se nos detuviera en las venas y a ver qué dice, entonces, nuestro maltrecho corazón. ¿Qué dice?
 

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viernes, abril 3

Viernes Santo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Si entre nosotros parece que no dejamos de buscar líderes (y encontrar alimañas) que nos dirijan, cómo no vamos a buscarle a la creación entera un creador único, un rostro amable o cruel, pero responsable, que nos cobije cuando andamos perdidos y dé sentido al viaje ensortijado de los años que se suceden sin otra música que la de una solemne procesión bíblica: desde los albores del diluvio universal hasta la luz intermitente de una vela ante la que oramos, vacilantes, cuando ya nos empieza a faltar la fe y las palabras añoran su antiguo poder curativo, su empatía o hipnosis.
 No acaba de amanecer en esta noche oscura y de plomo en la que me revuelvo, inquieto, en mitad de mis sueños. Los encapuchados, con ruidosos y lacerados tambores, van recorriendo las calles como si se dirigieran, una vez más, a Getsemaní, ese jardín de olivos retorcidos, y una última oración les esperara allí, dos mil quince años después. Esa oración es la misma que sigue resonando, ahora, en mi recurrente insomnio de casi siempre. Qué poco han cambiado las cosas.
 Mientras tanto, hoy celebramos (a nuestra manera, por supuesto) el día de la Cruz. O el de la muerte que se acabará convirtiendo, finalmente, en la magnífica premonición de un sepulcro vacío. No obstante, no voy a buscar por ahí afuera las pruebas exquisitas de una fe que apenas sí conservo en mi interior; y no siempre, tan sólo a ratos. Hay algo en la naturaleza humana que nos empuja a nombrar todo cuanto desconocemos y hasta llamarlo Dios, en ocasiones, sin saber de lo que hablamos.
 

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martes, marzo 31

Doce años y un mes


Este blog acaba de cumplir doce años y un mes.

El viaje de la vida


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 A menudo, mis paseos diarios por Palma me llevan hasta la plaza de las Columnas, Pere Garau o Son Gotleu. Es la mejor forma, quizá, de reconocer los paisajes más castigados por la crisis, el zoco de los emigrantes, los exóticos lugares donde la cultura muestra su mestizaje y la civilización contiene el aliento y se convierte en otra cosa: una espera más allá de toda esperanza, una voluntad de supervivencia sin límites, el alarido silencioso de quien desea fundirse con las sombras para dejarse llevar, tal vez, por la inercia de todos.
 En ese cónclave de pueblos, sin embargo, no parece producirse fusión alguna. Los chinos, árabes, africanos, hindúes y latinoamericanos parecen vivir en compartimentos estancos. Incomunicados entre sí. Sus comercios son distintos. Sus restaurantes, otros. Y no se relacionan entre ellos, sino a través de nosotros, los asombrados indígenas de esta selva donde la ciudad resplandece como si el sol fuera de fuego y viajásemos en un avión sin más piloto que un suicida a los mandos. El viaje de la vida.
 En estas, y por aquello de las próximas elecciones, el candidato de MÉS, Antoni Noguera, apuesta por la creación de un eje cívico que una Pere Garau y Son Gotleu. La idea es buena. Una rambla peatonal permitiría que, desde las Avenidas hasta la mismísima cocina del infierno, el mundo fuera poniendo en orden el artificio rabioso de sus etnias y la presunta diferencia de sus culturas. Todo para que, al final, resplandeciera la verdad única de la soledad, la pobreza y el desvalimiento compartidos.

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viernes, marzo 27

“Aló, Jarabo”


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 El mando a distancia del televisor nos puede deparar cualquier cosa. Así, días atrás me topé con una entrevista (grabada) al líder de Podemos en Baleares, Alberto Jarabo, en una de las tertulias de Canal 4. Sus opiniones, tan insustanciales como su ingrávida sonrisa, tuvieron la virtud de rendirme al buen humor del escepticismo. Por desgracia, este hombre no se entera de nada. Será que la realidad es demasiado compleja como para abordarla sólo con consignas más o menos bienintencionadas.
 El caso es que era de noche y no tenía sueño. Sin embargo, las claves dialécticas de Jarabo me aproximaron, raudas, a la somnolencia. Les cuento algunas ovejas de su virtual rebaño. A falta de ideas propias, asamblearismo y redes sociales. Un indisimulado afán de control de los medios de comunicación privados. El corsé bien ceñido sobre los lomos escuálidos de la educación, la sanidad o el fisco. Todo muy público en una gran nación de funcionarios. El sector turístico bajo sospecha. Los sueldos (de los futbolistas, por ejemplo) limitados. O una auténtica inflación demagógica. Pero sigo.
 Una política suicida (en el actual Estado de Derecho) respecto a las viviendas vacías de los ciudadanos y las entidades bancarias. Pobrecitos los bancos. Todo para terminar con la propuesta de la retransmisión (streaming) en directo de todas las negociaciones entre los partidos. De ahí a un ubicuo "Aló, Presidente" en la mejor franja horaria de las televisiones (se entiende que públicas, claro) va un solo paso. Fue entonces cuando me fui a la cama.
 

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martes, marzo 24

Guía del paraíso


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 Según una encuesta del diario londinense The Times, Palma es la mejor ciudad del mundo para vivir. Está bien. Vale. Lo aceptamos, porque tampoco podemos refutarlo. Vivimos aquí desde el principio de los tiempos y, desde entonces, nos hemos sabido muy próximos al paraíso, en sus aledaños cálidos y prometedores, en su círculo espectral de elegidos a pesar de todo. A pesar de nosotros mismos, nuestra abulia esencial y nuestra condena íntima de todo lo provinciano, localista, vulgar o nefasto. Palma es, también, ese lugar que detestamos, hasta cuando nos subyuga.
 Hace un par de semanas vino a Palma un amigo sevillano. Me puse mi mejor disfraz de guía turístico y me ofrecí a enseñarle la ciudad en unas tres o cuatro horas. Nos encontramos en el Paseo del Borne y nos fuimos caminando hasta la Catedral. Estaba cerrada. De ahí nos llegamos a Cort, con su olivo y su fachada esquinera de pega, ese milagro arquitectónico, esa vergüenza funambulista de vigas metálicas sostenidas no se sabe cómo ni por qué o hasta cuándo.
 Después visitamos la Plaza Mayor, esa explanada de camareros y mimos mendicantes, y la Plaza de España. Entre ambos lugares, San Miguel nos acogió con su ir y venir urbano, su top manta y sus abigarrados comercios. Esta calle me recuerda a la calle Sierpes, me dijo, entonces, mi amigo, y me sonreí pensando que el paraíso está en todas partes y en ninguna; quizá, pues, lo mejor sea llevarlo muy adentro para que si nos falla, por algún motivo, todo lo que nos rodea, no nos falle, al menos, lo que sentimos. O así.
 

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viernes, marzo 20

Los delfines y la muerte


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hay temas que se eternizan, a veces, porque el azar o el destino entran en conflicto y no logran ponerse de acuerdo. Pienso, por ejemplo, en el suicidio del entrenador de delfines de Marineland, José Luis Barbero, y en los posibles efectos colaterales de propagar en la ficción demagógica de las redes sociales un video más o menos real o manipulado. Auténtico o subjetivo. Desprovisto de matices e incertidumbres o saturado de suposiciones, primeros planos ambiguos, imágenes escogidas por no se sabe bien qué oscuros o diáfanos motivos.
 Puede que no seamos capaces de hallarle razones suficientes a la vida o a la muerte. O que, pese a intentarlo con fuerza, nunca logremos explicarnos de forma coherente las razones de la inercia de las células, el horror del piélago erizado de algunos de nuestros pensamientos y actos, el muro en blanco frente al que nos lamentaremos un instante antes de que una sábana blanca nos acicale. Al fin desnudos y para siempre.
 No tiene razón, sin embargo, SOS Delfines cuando califica de artificial la polémica sobre la autenticidad del video que realizaron sobre el maltrato de los cetáceos. Dicen que hay muchas otras horas de grabaciones que probarían lo que el video venía a denunciar. Es muy posible, en efecto, pero no sé si estos animalistas son, a fin de cuentas, unos perfectos irresponsables o unos auténticos extraterrestres. No es de recibo confundir el lento y tortuoso devenir de los trabajos y los días con la edición mutilada de su macabra síntesis, su corolario, su agónica verdad de parte.
 

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martes, marzo 17

Polvos y lodos


La Telaraña en El Mundo.

 Leo sobre toda suerte de dietas (del cuerpo, pero también del espíritu) mientras apuro el catálogo completo de mi pastillero médico y me subo a la báscula de cada día con la única obsesión de aligerar peso o esclarecer conceptos. Quizá no podamos aspirar a nada más que despojarnos de la asfixia harapienta de los tópicos, esos lugares comunes, mediocres, tóxicos, y bañarnos en las aguas revueltas de la realidad.
 Porque la realidad, en efecto, baja revuelta y en sus aguas hay un hilillo rojo de sangre, una profusa sucesión de persecuciones, secuestros y ejecuciones. A un fanatismo le sucede otro igual, pero de signo opuesto. Aparentemente opuesto. No es de extrañar, pues, que ahora sea fácil encontrar nostálgicas defensas, por ejemplo, de Sadam Hussein, Muamar el Gadafi o Reza Pahlevi, el sha de Persia, como si sus derrocamientos (tan artificiales y manipulados como sus llegadas al poder) nos hubieran traído la barbarie de Estado Islámico y grupos afines. No es así. O no del todo. Aquellos polvos, estos lodos. O viceversa.
 Parece, pues, que el mundo precisa de un equilibrio general que no tiene, porque nos toca bailar sobre un alambre muy fino y no hay otra forma de avanzar que hacerlo tambaleándose y retorciéndose (sobre nosotros mismos) intentando conservar la conciencia y hasta la compostura. Quizá la dignidad o esa última quimera, que da en pensarnos libres mientras rendimos culto a tanto paraíso perdido, a tanto sueño encapsulado en la tormentosa espiral genética que nos obliga a mantenernos erguidos. O casi.
 

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viernes, marzo 13

La clase media


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Resulta que se comparten archivos –ya conocen esa vieja y guerracivilista historia del cine español, la propiedad intelectual de la indigencia o la música corporativa y militante de los de casi siempre; a cualquier cosa se le llama cultura en nuestros días- de la misma forma que se comparten asientos en los vehículos privados sin más taxímetro que el precio al alza de la gasolina y hasta habitaciones sin más estrellas que la noche oscurísima de los lobos (los de Wall Street y Bruselas, los de Andorra) en las casas de cada cual para ir moldeándole la cintura del hambre a la crisis y salir adelante aunque sea a rastras y contra el fragor del universo.
 Hacienda, mientras tanto, intenta amordazar hasta la asfixia el espejismo dorado de la economía sumergida. No sé si saben lo que hacen o si sólo hacen lo que saben. Poca cosa. O quizá mucha. Una simplificación perversa, una maniobra de distracción, un error absurdo de cálculo contra una clase media que se ve señalada, a la vez, como el motor de la economía y el progreso, sin tener más horizonte que su renta menguante en los saldos rojos del capitalismo crepuscular en que chapotea.
 Igual sucede que toda la economía española (y también la europea: no hay mercado de trabajo, presión fiscal o políticas sociales únicas y comunes) es, aquí y ahora, un precario iceberg a la deriva, una peonza ebria y demacrada que viene huyendo, vapuleada, de los políticos de siempre y va camino, ay, del latrocinio globalizado de los que quieren sustituirlos. Podemos y Ciudadanos, por ejemplo.

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martes, marzo 10

La privacidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso las portadas de la prensa y llego a la dolorosa conclusión de que, según parece, todos los teléfonos móviles (y sus correspondientes pilas íntimas de mensajes en aplicaciones como WhatsApp y similares) de la gente más o menos conocida o por conocer están, constante y ubicuamente, pinchados, intervenidos, minuciosamente auscultados.
 La verdad es que me cuesta mucho creer que eso es así. Me resisto a aceptarlo pese a que la batalla parece perdida e intuyo, incluso, que nunca sabremos, con certeza, si lo que se filtran son las goteras malolientes de la realidad desbordada y desbordante o su abono de parte, ese riego interesado que va escribiendo la historia. O rescribiéndola. Mal asunto, éste, el de la historia rescrita según se escrutan las líneas de una mano o se convoca a los muertos para que nos digan, en fin, lo que ya sabemos. ¿Qué otra cosa podrían decirnos?
 La privacidad pasa, entonces, por huir del escenario de la modernidad y las nuevas tecnologías, por abandonar el vértigo de los chats del infierno, las rápidas y desaliñadas grabaciones de la barbarie, el tuit inmisericorde con que el pensamiento libre se cuadra y se convierte en otra cosa, una consigna, un dogma, quizá un arma vírica y arrojadiza que intoxica al personal, desvía su atención o, mejor aún, la colapsa. Será por eso, tal vez, que desde hace tiempo sé que soy aproximadamente quien soy y no más ni tampoco menos. Desde ese lugar tan incierto miro al mundo, como a mí mismo, sin acabar de reconocerlo o reconocerme. Buena señal. Estoy seguro.
 

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viernes, marzo 6

¿Por dónde?


La Telaraña en El Mundo.
 
 La verdad es que no le encuentro la vena erótica a las voces en falsete de una pareja mallorquina discutiendo sobre si por delante o por detrás. Pensaba que esos viejos tabúes sobre lo que usted quisiera saber y no sabe, tal vez, sobre el sexo se habían solucionado durante los años ochenta o noventa; pero parece que no fue así y que el fin de siglo sigue extendiendo sus garras dialécticas hasta donde ahora estamos y más allá. Será, pues, que los años igual no pasan o pasan, tan sólo, para regresar cuando menos los esperamos, como si nada.
 Nunca he escuchado la radio de IB3. De hecho, nunca he escuchado ninguna radio y casi que me sorprende que la radio siga existiendo en la época del culto indisimulado a la imagen, a las verdades incontestables de YouTube y al paroxismo visceral de las tertulias televisivas: la omnipresente cámara que nos muestra las veinticuatro horas de nuestro día a día como si no tuviésemos otra cosa mejor que hacer que asomarnos a ese tragaluz donde sólo triunfan la ordinariez y la mentira, la casquería del espíritu, el neolenguaje orwelliano de las apariencias.
 Ahora podría aprovechar el hilo, estirarlo lo suficiente y hasta hablarles, quizá, de Podemos. Se habrán dado cuenta de que todo el mundo habla de Podemos. Pero no lo haré. Me siento escindido entre el lógico respeto hacia la indignación de la gente de la calle y la vergüenza ajena que me producen las burdas manipulaciones de su cúpula dirigente. Con ellos al mando no cabrá preguntarse, en modo alguno, si por delante o por detrás. Ay.
 

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martes, marzo 3

La Piedra Rosetta


La Telaraña en El Mundo.
 
 No parece que vaya a quedar mucho de nosotros. Ya no escribimos cartas que puedan sobrevivir, sudorosas y amarillentas, al paso del tiempo, sino emails y mensajes rápidos, volátiles susurros en la nube digital que nos envuelve. No imprimimos fotos, sino que las almacenamos en los sucesivos discos duros que se nos van rompiendo a lo largo de los años. No guardamos discos de vinilo sino mp3 o ni eso, simple música de consumo inmediato en el vivo y en el directo imaginarios de un par de programas informáticos.
 Yo mismo, hace unos meses, tuve que deshacerme de cientos de disquetes porque ya no tengo disquetera en el PC y, además, ya no existen aquellos venerables programas de edición de textos, básicamente bajo MS-DOS o Windows 3.11, con que solía escribirlos. Pronto haré lo mismo con los casetes y hasta con las cintas de video. La obsolescencia programada de soportes (y también de formatos) va reduciendo nuestro pasado a un montón de sombras indescifrables.
 En algo así pensaba este largo fin de semana frente a la Piedra de Rosetta en el Museo Británico de Londres. Su trilingüismo pétreo y rotundo ha sobrevivido al olvido, permitiéndonos descifrar conocimientos de incalculable valor histórico, cultural o artístico. Fue entonces, creo, que intenté hacerle una foto con el teléfono móvil y subirla, de inmediato, a Facebook, pero algo salió mal. Con la cuenta terminantemente bloqueada perdí, de golpe, unos quinientos amigos y me dije que la soledad también debía ser eso. No tener con quien compartir lo que se nos antoje.

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viernes, febrero 27

La hora de los dones


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es fácil entrar a saco e hilar fino entre los códigos enmarañados del mercado judicial, entre la báscula de los delitos y las penas, el tira y afloja estratégico de abogados y fiscales, el largo y tortuoso camino entre las curvas sinuosas de la libertad y las líneas rectas, y echadas a perder para siempre, de la prisión. Entre el tiempo aplacado por el estupor de las rejas y el tiempo aplazado por la imposibilidad de escapar al último hilo de la conciencia, el que nos hace defender hasta la mínima sombra de todo aquello que creímos ser y que, quizá, no fuimos. No siempre somos quienes somos.
 Pero a Jaume Matas el fiscal le ha hecho una oferta que, tal vez, no debiera poder rechazar. Pagar diez millones de euros y cumplir sólo cuatro años de cárcel a cambio de un mordisco en la médula de los días felices en que la corrupción era la norma y el pacto, la brújula común, la yugular abierta donde proveerse cara al futuro. Sin embargo, hay atajos que atraviesan hasta las montañas, pero que luego desembocan en lugares malditos, en miradores de vértigo, en galerías y corredores sin más vistas que la propia imagen en el espejo. O en el abismo.
 De momento, parece que todos los partidos, desde el PP hasta el PSIB y MÉS, están de acuerdo con la oferta. Deben de querer que las declaraciones de Matas, además de ahorrarnos su manutención entre rejas, nos aclaren el paisaje de una corrupción general en la que ellos no hicieron sino turnarse a la hora del reparto y los dones. Y aun así se creen con derecho a opinar. Vivir para ver.
 

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martes, febrero 24

Tejero, Monedero y otros


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta de que hoy (ayer para el lector) vuelve a ser 23-F y que ya han pasado, en definitiva, 34 años de aquel fallido golpe de estado a caballo de los tricornios y los sables del ejército, las intrigas palaciegas, las sombras y luces de la Corona, el lastre ruidoso de los tanques. Ahora recuerdo que aquella tarde anduve entre la soledad de mi despacho de entonces y la inquietud de un bar vecino donde el camarero no dejaba, eufórico, de jalear a Tejero y su panda. Mi despacho y ese bar ya no existen.
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta, también, de que debo ser muy torpe. O muy desafortunado. Me sobrecoge que, tras tantos años escribiendo, nunca me hayan ofrecido, como al confidencial Monedero, cuatrocientos mil euros (o así) por un informe más o menos sesudo sobre cualquier cosa. Recuerdo, eso sí, que hace bastantes años me ofrecieron cuarenta euros por escribir un folio y medio sobre la feria del libro de Palma en un digital inaugurado con mucho oropel y hasta con la presencia estelar de Jaume Matas. Todavía se me adeudan, ay, esos euros.
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta de que mi película preferida de este año se ha quedado sin ningún Oscar. «The Imitation Game», la biografía del matemático Alan Turing, famoso por haber descifrado los códigos secretos nazis de Enigma, es un canto a la libertad individual y la inteligencia, un ejemplo de cómo sobrevivir al síndrome (presunto) de Asperger y hasta salvar el mundo, mientras tanto.
 

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viernes, febrero 20

Las 50 sombras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desde siempre, el erotismo ha estado llamando a las puertas de nuestra percepción, nos ha retorcido hasta el alma, nos ha acariciado la piel, como con látigos de fuego, con su brisa urgente y lasciva, nos ha convocado a las reuniones más selectas y salvajes, nos ha proporcionado, en fin, las primeras pruebas de vida, las más fiables: las que nunca se olvidan.
 Será por eso, tal vez, que aún recuerdo la excitación que me produjo la lectura, casi de niño, de algunos párrafos de la novela «Nana», una de las obras naturalistas de Émile Zola. O varios años después, la chanza de las películas de Alfredo Landa. O la hipnosis ante el discurso fatuo de la serie «Emmanuelle». Los libros virtuosos de Sade, Henry Miller o Georges Bataille. Las once mil vergas de Apollinaire. Así hasta llegar, más o menos, hasta el andamiaje rápido (y sin palabras) del sexo en Internet, esos dos minutos eternos de fruición y descarga.
 Ahora llegan, convertidas en un gran éxito económico, las cincuentas sombras o así del señor Grey y su harapiento discurso a base de retales de disciplina inglesa de andar, tan sólo, por suntuosas habitaciones rojas, su refinado arsenal de dominación: el arcaico fetichismo del poder y el dinero. Del dinero, sobre todo. Pero no seré yo quien critique la versión o perversión de estos juegos íntimos de amor o sexo (o de lo que sean) expuestos en la ambigua almoneda del placer y el dolor, ese escaparate público donde cada puja que no ganamos puede convertirse en una ocasión perdida para siempre. Hay que andarse con ojo.

 

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martes, febrero 17

Todo está por hacer


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desde hace tiempo ya casi que sólo leo por azar, por volver atrás, metafóricamente, y convencerme, así, de que lo desconozco todo. El mundo lleva lustros enloquecido y las bases del conocimiento, en las que llegué a creer, ya no valen para casi nada. Me refiero a la filosofía ambulante de los primeros griegos, a las horas asfixiantes y tercas de la literatura centroeuropea, al espumeante spleen francés o al realismo mágico y no tan mágico, sino sucio, desgarrado, de América al completo, de abajo a arriba. También al oro español de siempre y a la calderilla familiar de ahora mismo.
 Así, pues, todo parece haberse vuelto, al fin, pura especulación y mero posibilismo. Una especie de agónica carrera contra un reloj que nunca se detiene y que, por lo tanto, no nos deja saborear el placer de la victoria o la derrota, las horas dulces y amargas, posiblemente ebrias, en que respiramos con atropello tratando de recuperar el habla y el resuello. Todo eso que nos lleva de una parte a otra del orbe (y de nosotros mismos) sin más urgencia que buscarnos ni más destino que perdernos. Que no encontrarnos del todo, quiero decir.
 Es por eso que la misma tristeza insuperable nos vale para auscultarle el pulso a la barbarie en Dinamarca que en París o en las zanjas polvorientas de Ucrania, Libia, Irán, Israel o Palestina. Es por eso que guardo todos los archivos de mi vida en una inverosímil nube digital por ver si un apagón los borra todos y regreso a ese día especial donde todo estaba aún por hacer y yo, además de intuirlo, lo sabía.

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viernes, febrero 13

Imposturas


La Telaraña en El Mundo.
 
 A veces el paisaje tan sólo se sostiene porque algunos matices lo mejoran. Se trata de rápidas pinceladas de humor o ira, de soledad o tumulto. Un amigo me recuerda una frase del último libro de Javier Cercas, «El impostor», alrededor de la ficción y la realidad, la ficción que nos salva y la realidad que nos mata; pero no sé si la frase es de él o de tantísimos otros. Seguramente sea mía.
 Otro amigo escribe sobre la lista Falciani y utiliza varias de mis metáforas (entresacadas de viejos lugares que ya no recuerdo) para ilustrar un desolador panorama de ciencia ficción en el que la civilización actual está en manos de los más grandes depredadores. «Ni siquiera tiburones financieros, sino pulpos gigantescos de los fondos abisales, como en las novelas fantásticas de Julio Verne» nos explica, certeramente, Justo Serna en una pesadilla futurista de invasores mutantes, defraudadores, impostores.
 El pasado y el futuro, pues, se me van entremezclando de tal forma que es muy posible, no sé si por fortuna o por desgracia, que el presente acabe cediendo parte de su protagonismo y se vaya quedando en nada. O en casi nada. A lo peor el tan sobrevalorado, como escurridizo, presente no es sino este simbólico y precario lugar desde el que afirmo (sin más pruebas que la propia certeza) haber sobrevivido a la selva de internet y al acoso de la impostura literaria y hasta sentimental gracias a la metódica y obsesiva persistencia de seguir mirándome en los espejos pese a no gustarme, en muchas ocasiones, lo que pudiera ver en ellos.
 

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martes, febrero 10

La extraña pareja


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si Pedro Sánchez y Francina Armengol (en la foto más llamativa de su último encuentro en Palma) están celebrando, al alimón, un gol de Ronaldo o Messi en un surrealista e imaginario partido de fútbol o si están marcándose los pasos más triunfales de una absurda sardana. No sé si están celebrándose, en fin, a sí mismos como si ellos fueran la fiesta y el mundo enarbolara, alrededor, la estúpida mirada crítica de un puñado de fans arrebatados. No sé si se adoran o si sólo se soportan, pero casi que tanto da. Lo cierto es que sonríen como poseídos por alguna verdad que apenas sí somos capaces de intuir.
 ¿De qué puede tratarse? ¿De la verdad limpia e inefable del socialismo? ¿De las claves mayéuticas del futuro? ¿De la soledad compartida de los que se sienten acosados? ¿De la ilusión radiante del recién llegado frente al terco afán superviviente de quien lleva ahí una eternidad sin moverse ni un ápice, no sea cosa que la muevan: no me moverán, no me moverán?
 Pero, por mucho que nos lo intentemos explicar, la pareja no deja de ser una pareja extraña. Si Sánchez dice buscar la regeneración democrática, Armengol representa la continuidad más arribista. Si Sánchez busca la transparencia, Armengol es opaca como sólo pueden serlo dos legislaturas de pactos, componendas, créditos y palacetes inexplicados. Si Sánchez habla de España, Armengol sólo murmura sobre unos países catalanes que habrán de devorarla cuando llegue la hora definitiva y la gran verdad le sea, por fin, revelada. Roma no paga traidores. Faltaría más.

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viernes, febrero 6

Las nieves


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me alertan de que se anuncia nieve, pero me asomo al paisaje de la calle Oms y observo (abordando la leve cuesta de sus cinco olmos absolutamente desnudos y ateridos) que la nieve sólo brilla por su ausencia. Sí la hubo, hablo de la nieve, en el año 1956, pero yo andaba por aquellos días sumergido en las aguas cálidas del vientre de mi madre y, quizá por ello, vine a nacer con un frío lejano en la piel y también en el alma. O algo así.
 Mientras tanto, las imágenes de la última ejecución sumarísima de Estado Islámico me dejan tiritando de vergüenza ajena (o propia, tanto da) por una especie animal que no sé muy bien qué ha aportado desde que se bajó de los árboles, abandonó el nomadismo y se dedicó a construir ciudades, naciones y patrias, ejércitos, sectas, profetas y hasta dioses para acabar matando en su nombre.
 Vuelvo a la nieve, como al lenguaje de la desolación (y la calma). No parece que este año vaya a cuajar a nivel de calle como más o menos lo hizo, un par de veces, en los últimos lustros: conservo algunas fotografías de los tejados blancos de escarcha de la antigua librería Fiol, que ya no existe, pero necesitaría de Google para ubicar esas nieves en el volátil calendario de mi memoria y no estoy por la labor: más me apetece apartarme de lo que llaman la civilización o peregrinar hacia algún lugar remoto y, por supuesto, inalcanzable. La idea es olvidarse de internet, las redes sociales, la globalización de la estupidez o la propaganda, entre otras muchas formas de violencia. Pero ya no sé si es posible.

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martes, febrero 3

Tic Tac Tic Tac


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es nuevo, en absoluto, que el paso marcial del tiempo se presienta como una implacable amenaza. Para unos, porque creen tener mucho que conservar. Para otros, porque quieren seguir dilapidando lo que ya dilapidaron. No sé, pues, si se trata de conservar esta miseria tranquila (y a plazo fijo) de los días y las horas al sol o de alzarse, en cambio, lo suficiente como para que el viejo astro deje de requemarnos la piel y la costra de las heridas y que así, al menos en nuestra imaginación metafórica, el reloj deje de ajustarnos las costuras con ese cric crac hiriente de la mortaja hecha trizas, descalabrada, excedida.
 Sin embargo, los problemas que el tiempo nos produce son casi tan sólo, a fin de cuentas, los mismos de la propia conciencia. Se trata de una especie de revuelta gramatical donde los tiempos verbales campan a su antojo sin acabar de estabilizarse nunca. Una nebulosa donde las ideas se expanden o un agujero negro donde finalmente colapsan. Colapsamos.
 Con todo, uno agradece recordar, por ejemplo, algunas partes escogidas del pasado pero no, en absoluto, del futuro y asume que, gracias a esa paradoja, nos sigue mereciendo la pena levantarnos cada mañana por ver si aún llegamos a descubrir ese algo que nos ronda sin que le intuyamos otra cosa que creerlo fruto nuestro y hasta interior o íntimo; de esos adentros que uno busca, primero, en los espejos, luego en la pelusilla del ombligo y más tarde, si hay mucha suerte, en el espejismo fuliginoso de las autoestopistas hacia ninguna parte. Tic Tac Tic Tac.
 

 

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viernes, enero 30

Románticos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que nos vence la puerilidad, la incapacidad, en palabras de Immanuel Kant, de usar la propia razón sin la guía de otra persona: siempre el otro, quizá el líder, tal vez el mayor, el más hábil o listo, seguramente el más fuerte o el más bruto. Así las cosas, al menos algunas, el proceso de los días y las horas nos retrotrae a los albores de la Ilustración sin más perspectivas que repetir un viaje que ya hicimos entre las sombras y pesadillas de la razón, su tortuoso desfilar bajo el filo centelleante de las guillotinas como bajo el aire viciado de las banderas y banderías. El plomo asfixiante de las ideas vencidas, manipuladas, tullidas.
 Estamos, pues, en el difícil momento en que el discurso general ya ha perdido todas sus conexiones con lo esencial (la poesía y el arcano de lo sagrado) y se convierte en mera narrativa, en prosa magullada por las fabulaciones y las parábolas, por la ficción espectacular y televisiva de los medios y su ciclo biológico en el interior alambicado de las redes sociales. Ahí es donde se gesta, ahora, el pensamiento único (pero formalmente variado) de la tribu: el lugar es tan deleznable como cualquier otra mazmorra que imaginemos, pero no mucho más.
 Mientras tanto, me entero de que la Conserjería de Educación le acaba de comprar 410 libros a la Editorial Moll por casi seis mil euros. Todo lo que sea salvar libros del polvo y las hogueras del tiempo me parece bien; pero no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos de volver a pagar el subvencionado material romántico del pasado.
 

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martes, enero 27

El Oráculo


La Telaraña en El Mundo.
 
 El domingo anduve, taciturno y aterido, entre las sombras de Christian Boltanski en la Lonja como entre las del teatro electoral de la vida en Grecia, por citar un lugar común y bastante promiscuo, a la misma hora y con el mismo frío. O eso supongo. Pensé el domingo entre las sombras (que ya no importa de quién eran, porque lo único cierto es que eran mías) que resulta realmente muy difícil llenar el gótico sentimental y solemne de la existencia con el vacío inaguantable de unos cuantos focos de luz mortecina, las sombras chinescas de una danza (y su somnolienta letanía) que se desea macabra, pero que ni siquiera es cómica, sino ridícula.
 Voy, pues, de las sombras tullidas y menesterosas que han usurpado, no sé cómo ni entiendo por qué, el espacio arriba y abajo de los arcos potentísimos de la Lonja y su antiguo comercio de las cosas y la vida, a las maniobras orquestales, también en la oscuridad, de un carnaval político donde se pretende usar el filo de una inverosímil balanza para medirnos por igual y al gusto de todos. No hay forma.
 Así se mece, la usura, entre las sombras de Boltanski como entre los bastidores del espantoso artificio de unas elecciones donde el Oráculo va de un bostezo a otro; de la manipulación del miedo y las proyecciones de la pobreza a la indigencia intelectual y la precariedad física, de las arenas movedizas al lodo primigenio donde acabamos sumergidos y aprendemos a respirar lo irrespirable. No debe ser tan difícil, cuando tantos parecen hacerlo y son los que prosperan y hasta prevalecen.

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viernes, enero 23

La cárcel de plasma


La Telaraña en El Mundo.

 Quizá la cárcel ya no es aquel lugar mugriento y peligroso que aparecía (y que aún aparece) en algunas películas más o menos ejemplares. O igual es que hay cárceles a la carta; cloacas inmundas para unos y apañados lugares de retiro y meditación para otros. Lo ignoro, pero la imagen de Luis Bárcenas, elegantemente trajeado y relamido en el plasma hiperbólico de la comisión del Parlament que investiga la construcción de Son Espases, nos obliga a añorar la bola de hierro y los grilletes en los tobillos, el traje de lista (a rayas verticales) y hasta el zumbido sudoroso de las viejas moscas voraces, como abejas en abril, perseguidas, perseguidas, por amor de lo que vuela. O así. Seguro que recuerdan esa música.
 Pero el baile, estos días de voluptuosas vísperas electorales, parece marcado por el aullido urgente de las sirenas. Unos y otros van dando bandazos a la espera de encontrar su propio lugar en la tormenta perfecta de un panorama político que da más grima que otra cosa.
 Así, mientras en el PSIB miran a Francina Armengol (y a su séquito) por verle al pasado su auténtico rastro de milagrosos palacios conyugales en mitad de los jardines del edén, en el Partido Popular esperan, aturdidos, a que dejen de ladrar los enormes perros del inexplicable José María Rodríguez. En Podemos, mientras tanto, se agolpan algunos rostros jóvenes (y casi vírgenes) con los desechos monolíticos de otras formaciones políticas, otras patrañas y pactos. El paisaje es el que es, pero no sé si el flautista va hacia donde quiere o le dicen.

 

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martes, enero 20

«Blue Monday»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que esta noche he soñado que al entrar, primero en Facebook y luego en Twitter, me encontraba con el no sé si desolador o refrescante panorama de no tener absolutamente ningún amigo. Ningún admirador, seguidor o acólito. Ningún lector, ningún escriba. Ningún alma gemela dispuesta, de vez en cuando, a leer y compartir mis palabras; a ponerme, siquiera sea por compasión o inercia, un ansiolítico y hasta reparador «Me gusta».
 Esto debe ser el fin del mundo, pensé, repasando los muros vacíos donde recordaba haber dialogado (y hasta pontificado) sobre lo humano y lo divino, sobre el sexo de los ángeles y sobre los ángeles mismos, al fin caídos y convertidos en los seres más heridos del universo: abocados a la confusión y al ruido infernal de Babel, esa tertulia televisiva, virtual, lenguaraz y eterna. Seres al borde de un precipicio y con ganas, vaya por dios, de dar un paso al frente.
 Pero es ahora, en vivo y en directo, cuando advierto las oscuras razones de este sueño. Buceo en internet sin más brújula que el deseo de encontrar algún sucedáneo de la luz o la palabra. Algún silencio, tal vez, bajo el que guarecerme. Lo encuentro al descubrir que el lunes (al sol tímido de enero) en que escribo esta columna (ayer para el lector) es el «Blue Monday», el tercer lunes del año y, según exóticas fórmulas más o menos matemáticas, el día más triste del año: el día ideal para haberse dejado el alma en el botellón de Sant Sebastià y amanecer, luego, entre estas líneas sin más compañía que una maldita e insuperable resaca.

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viernes, enero 16

Santos Sebastià y Kanut


La Telaraña en El Mundo.
 
 Días atrás, respiré con alivio al comprobar que había sobrevivido a la larga y ceremoniosa romería de las fiestas navideñas, el cambio de año y hasta la liturgia de Reyes. Sin embargo, la calma no me duró mucho, porque aún nos faltaba por celebrar el flamígero Sant Sebastià y conseguir, así, que la endemoniada cuesta de enero se convierta, por estos lares, en una interminable sucesión de festejos que no se sabe cuándo son institucionales o ciudadanos. Creo que no es lo mismo, aunque no sabría explicar por qué.
 Es cierto. Ignoro hasta qué punto es voluntad institucional o ciudadana llenarnos la ciudad de dimonis y foguerons, sumergirnos en la exaltación de la mugre y el humo, en el paroxismo acústico de la atronadora pirotecnia fallera sin la cual, al parecer, no sabemos divertirnos. Divertirse no es fácil, de acuerdo. Eso sí lo sé.
 No es fácil divertirse cuando se trata, como en este caso, de eventos colectivos que hay que planificar con cargo al erario público y no de situaciones espontáneas o personales. No es fácil divertirse cuando la risa va por barrios y en los juzgados de Vía Alemania la aglomeración es de las que hacen época. No es fácil divertirse cuando la alternativa a Sant Sebastià es Sant Kanut y su apuesta (la de MÉS y la riada nacionalista) es sólo más de lo mismo: la impostura generalizada en la que unos y otros se empeñan en vendernos no sé qué cosa más o menos popular (a la que llaman cultura) mientras no arde más cera que las tripas del cerdo en las ascuas del ubicuo botellón urbano. Un sin vivir.

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martes, enero 13

Sueños húmedos


La Telaraña en El Mundo. 

 Después de los baños de multitudes y de la emotiva efervescencia simbólica general –los líderes de una Europa en absoluta crisis avanzando de la presunta mano del pueblo por las calles abiertas y luminosas de París- toca, al fin, un poco de ensimismamiento. O de luto. Anita Ekberg acaba de morir, ya con ochenta y tres años a cuestas, y yo repaso, como un huérfano inverosímil, mis álbumes de fotografías a la caza y captura de alguna de sus imágenes todavía en mi retina.
 No creo que se pueda visitar la Fontana de Trevi, en Roma, sin quedarse absorto un buen rato imaginándola, exuberante, húmeda y también retórica, por entre las cortinas del agua y el amor o el deseo. Me sorprendo, sin embargo, al constatar que apenas guardo imágenes de la escultural actriz sueca en el álbum metafórico de mi vida. Hago memoria y me desando. Frunzo el ceño.
 El sueño cinematográfico de Federico Fellini se me aparece como un sueño ajeno entre todos los sueños que he soñado como si también fueran míos. Seguro que lo son, porque los sueños no tienen dueño; son ellos los que nos dominan y despiertan, los que nos hacen avivar el paso y tender la mirada hacia un horizonte que no esconde otra cosa que nuestra insatisfacción permanente. Anita nos miraba somnolienta y sabíamos, entonces, que no entendía nada de un guión que tampoco nosotros entendíamos. No hay forma, quizá, de despertarse nunca del todo. De despertarse por completo, quiero decir, y saberse tan lejos de la rígida y estricta realidad como de la voluptuosidad rubia de los sueños.
 

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viernes, enero 9

Los imbéciles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que se suman a un credo, una fe, un avivamiento o una liturgia cualquiera y la acaban convirtiendo en la mortaja totalitaria del universo, en el paisaje único de sus lamentables vidas, en la asfixiante locura de tratar de imponer a los demás ese mismo credo, fe o liturgia, esa fúnebre broma de los sentidos que consiente hasta en inmolarse para alcanzar un imposible harén de vírgenes ensangrentadas.
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que le buscan razones y hasta motivos a la barbarie, justificaciones a la fría descarga asesina de un arma de fuego y plomo contra la piel y la vida, contra la levedad y el humor, a veces errado y herido, de los que intuimos que todo en la vida es siempre fugaz y pasajero, salvo alguna que otra cosa; hay que volver a atravesar el viejo río de Heráclito y de la existencia y recordar la perseverante humedad del agua en la piel hasta cuando se haya, finalmente, secado y los truenos resuenen cerca y los rayos nos sigan persiguiendo con sus chuzos de punta. Con su fanatismo.
 «Es duro ser amado por estos imbéciles». Así lo declaraba un desbordado Mahoma de caricatura refiriéndose a algunos de sus seguidores. Pero hoy, que podríamos dibujar esas mismas viñetas con la sangre aún caliente de las víctimas de Charlie Hebdo, sólo nos queda pensar que es duro, muy duro, ser odiado por estos imbéciles y asesinos del kaláshnikov en las manos y la metralla en la frente. O en el alma.

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martes, enero 6

Indignados y circulares


La Telaraña en El Mundo.
 
 Una mala digestión lo explica casi todo. Justifica hasta el mal uso que hacemos del lenguaje (en especial de los adjetivos, al sustantivarlos) convirtiéndolo en un manojo aterido de sílabas que crujen, espantadas, según el devenir de nuestros caprichos sintácticos o nuestro ver el mundo tal y como nos conviene verlo. Será que no hay que dejar escapar lo que quisiéramos nuestro, pese a sospechar que no lo es ni lo será nunca.
 Pienso en algunas palabras que nos rondan como espectros que han tomado cuerpo entre nosotros. Presencia, peso específico, acampada en las graderías oblicuas del pensamiento. Pienso en la indignación, por ejemplo. En ese estado sulfuroso del espíritu que sirve para que algunos nos vendan su mercancía de futuro en los barrios risueños de la igualdad, la justicia, la libertad, el bienestar, el harén (ni a la diestra ni a la siniestra) de un cielo huérfano de dioses. Podemos creérnoslo. O no.
 La indignación, con todo, no acaba de ser una doctrina universitaria con visos docentes. Al contrario. La gente indignada no se dedica a las metáforas ni a tomar el cielo por sorpresa. Los auténticos indignados debieran arrasar con todo, destruir palacios de invierno, iglesias, bancos, cuarteles, tomar calles, plazas y hasta ejecutar urbes enteras. La indignación debiera cruzar el puente de las palabras e ir más allá. Hasta ese punto sin retorno, donde se nos expulsa del paraíso para que pasemos la vida entera intentando recuperarlo. Se cierra así el círculo y regresamos al principio. Es decir, donde siempre.

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viernes, enero 2

La usura


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me pareció, en fin, que al menos por esta vez (y sin que sirva de precedente) había más fuerzas de seguridad en las esquinas, como meretrices redentoras, que independentistas ceñudos y barriobajeros por las calles céntricas de Palma, la otra noche del 30-D, mientras el artefacto conceptual (y tan maniqueo) de la fiesta del Estandart se diluía como un azucarillo industrial y la ciudadanía paseaba ajena a lo que no fuera la Navidad pura y dura, las últimas compras, las penúltimas efusiones, el leve deambular sobre un manto de incertidumbre, pero también de fe. De fe, pese a todo.
 
 Será por ella, tal vez, que 2015 llegó a su hora y que me levanté de buena mañana (para escribir estas líneas) entre el silencio general, afuera, y no sé si algo, aparte de la expectación, adentro. Me demoré, no obstante, en un recurrente sueño que vengo teniendo: las páginas del calendario de la vida se me convierten en bolas enmarañadas de papel arrugado. Hubo un tiempo, en efecto, en que cuanto escribíamos dejaba un rastro así: la papelera repleta, la Olivetti agobiada.

 Sigue repleta, cómo no, de basura la vida; y el año comienza enredado. Habrá que seguir siendo muy críticos, pues, con los lodos que se avecinan, las conjuras de políticos y banqueros (y pienso en Bankia y Sa Nostra), la desvergüenza de los que convirtieron el sistema democrático y financiero en su cortijo, en la infame cloaca donde los otros padecemos el espejismo (y la pesadilla) del Estado del Bienestar evaporándose sobre las autopistas rumbo al infierno. Eso es la usura.

 

 

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martes, diciembre 30

El balance del año


La Telaraña en El Mundo.
 
 Es un clásico que, cuando las hojas del calendario escasean, nos dé por ponernos a hacer balances; a sumar y restar anécdotas como si la vida nos fuese en ello y esa contabilidad escondiera buena parte de lo que somos o queremos ser. Una rebuscada sucesión de muecas y aspavientos, un informulable catálogo de proyectos, un vertiginoso resquicio de realidad virgen por entre las estridencias y la promiscuidad de los lugares comunes.
 Quiero decir, claro, que no hay balance que resista un análisis serio más allá del azar y el humor variable de las horas. Abro Flipboard (que es un magazine digital de lo más aparente) y me encuentro con el mismo resumen del año que ya leí en la prensa escrita. O en Twitter y Facebook. Todo es similar cuando depende, en fin, de la prevalencia monstruosa del diseño y de la íntima convicción de que a nadie le importa un ápice remover el espléndido lodazal que suele ser (y es) un año entero. Algo que hay que celebrar cuando acaba, mañana mismo, entre uvas, campanadas y confetis. No es mala idea olvidar lo que no merece ser recordado.
 Pasará, sin embargo, que del año que se va yendo, como de los que ya se fueron, tercos y parsimoniosos, nos quedará siempre alguna que otra imagen suelta y acaso inconexa, alguna idea por perfilar, algún nubarrón repleto de sospechas y temores: la intratable melancolía de haber dejado pasar otros 365 días sin dar lo mejor de nosotros. O dándolo, que duele mucho más, cuando lo que hay lo dice todo de nuestras carencias y no tanto de nuestras posibilidades. O así.

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viernes, diciembre 26

Cuento de Navidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Se va yendo rápido el año con el lento ritual de costumbre. Miro atrás y observo el confuso arenal de los días que ya pasaron. Miro adelante y no acierto a saber, con exactitud, qué nos espera; ello me tranquiliza, porque prefiero pensar (contra la lógica de la experiencia) que todo está siempre por escribir, que la vida es un renacer sucesivo con sus sudores, sus contracciones físicas y su llanto. La convicción asfixiante de que la vida comienza al quebrarse el silencio: recomienza a cada instante como el oleaje persistente (de nuevo, la bulliciosa Teoría de las Catástrofes y sus múltiples variantes) en el cementerio marino de Paul Valéry como en el de nuestras propias vidas.
 Voy, pues, de la religión y el caos al caos y la poesía, como en un trance místico que va a durar, por supuesto, mucho menos de lo que yo quisiera. Un instante, un parpadeo, un fulgor, una vida.
 Pero escribo, en definitiva, al alba de un día de Navidad que ahora se despereza: cruje el papel rasgado de los regalos junto al árbol de las luces parpadeantes y hay en las migajas de pan abandonadas sobre la mesa el recuerdo de algunas risas y algún que otro chascarrillo en torno al discurso del nuevo Rey. No se puede ser solemne al borde mismo y expectante de las viandas y el champán descorchado. No se puede ser estrictamente real y convenir, a fin de cuentas, que lo único que de verdad nos une es el ir y venir (y también el tira y afloja) de algunos sentimientos. Dependemos de ellos. De que prevalezcan. Mientras tanto, felices fiestas para todos.
 

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