LA TELARAÑA

martes, febrero 28

Carnaval y cultura


La Telaraña en El Mundo.
 
 El pasado domingo aproveché el Carnaval para darme un baño de multitudes. Algo rápido y disparatado, por supuesto. Me disfracé de mí mismo, que es el disfraz que tengo más a mano, para intentar reconciliarme con un par de cosas por las que aún conservo algún interés, alguna ilusión, incluso. Me refiero a la gastronomía y también a la cultura locales. Con la gastronomía no hay ningún problema. Tenemos una sobrasada y unos quesos realmente fantásticos, tenemos unos vinos memorables y también unas ensaimadas de crema, confitura o cabello de ángel que no son, finalmente, de este mundo. Yo mismo no soy de este mundo, tampoco, cuando degusto esas salvajes delicadezas que suelo prohibirme durante el resto del año, pero que en días así, travestido al fin de mí mismo, no puedo dejar de lado. Qué remedio. Me temo que llevo hambre atrasada.
 Si con la gastronomía todo marcha sobre ruedas, con la cultura, sin embargo, las relaciones son muy distintas. En efecto. Hace ya muchos años que, por circunstancias de todos conocidas, no parece que los escritores en castellano, por muy nativos y residentes de las islas que seamos, formemos parte de la cultura local. Hablo de la cultura oficial, por supuesto. Muy al contrario, no tienen los comisarios políticos y lingüísticos de turno ningún inconveniente en catalogarnos como extranjeros, por decirlo suave, o como traidores y renegados, como invasores o hasta como imperialistas culturales si les tiramos algo de la lengua. A mí me gusta tirar de la lengua a la gente. Me gusta tirarme a mí mismo, también, de la lengua.
 Pero no escribo estas líneas para quejarme. La cultura oficial me importa muy poco, porque la cultura es siempre otra cosa, algo que tiene que ver con la vida, la memoria y la voluntad propias, con las afinidades electivas que uno va atesorando día a día, con lentitud, arriesgadamente. Cerca de la Lonja, en un tenderete de la Conserjería de Educación y Cultura, me encontré, expuestos, bastantes números de la colección de plaquetas “Paraula de poeta”. Las editan el Consorci per al Foment de la Llengua Catalana i la Projecció Exterior de la Cultura de les Illes Balears (es decir, el inefable COFUC) y el propio Govern.
 Como decía, no tengo absolutamente nada que objetar. Al revés. No por azar, sino por necesidad, simpatía o cariño cogí dos librillos y me los llevé a casa. Uno de Ángel Terrón, con una fantástica foto suya de aspecto retro en la portada, y otro de Josep Lluís Aguiló, donde releí dos viejos versos sobre el Minotauro, que no pienso aquí traducir, porque no hace ninguna falta: “El cap de brau és només una anécdota. La meva part pitjor és la part d´home”.

 

 

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viernes, febrero 24

El mural


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé yo, pero contemplo el enorme mural de “street art” que ha realizado Joan Aguiló en los aledaños de la estación del tren de Sóller, con el beneplácito general de todas las autoridades locales y el patrocinio de la empresa Tren de Sóller y la Fundación Can Prunera, y no acabo de encontrarle a ese niño que juega con el trenecito de madera de unos sueños a los que ya resulta muy difícil ubicar en este siglo, no le encuentro, decía, los elementos que siempre caracterizaron a este tipo de arte, es decir: la sátira corrosiva de las leyes del mercado, el impacto a contracorriente en la moral o la ética, la ruptura absoluta o relativa -que sobre eso habría mucho que hablar- de los cánones, el comentario ácido, la crítica social, el estallido irreverente y la locura subjetiva del arte precipitándose en sí mismo, en el agujero negro del vandalismo y la usurpación de la propiedad pública o privada, el muro como lienzo único de una necesaria y efervescente subversión de la realidad hecha, cómo no, con nocturnidad y alevosía.
 La vida debiera resurgir, pues, de lo más profundo de las cloacas para que las ciudades, al fin, vuelvan a ser lugares mecidos por el intermitente pulso propio de sus habitantes de carne y hueso en vez de por la pulsión ruidosa y asfixiante de los poderes económicos de turno.
 Me seduce ese sueño, en efecto, esa utopía de gente que se quiere libre sin saber, pese a todos los intentos y las simulaciones históricas realizadas, en qué consiste la libertad. De ahí los excesos y, tal vez, la violencia; más inútil cuanto más violenta. De ahí las vidas rotas por la dolorosa sensación de saberse derrotados de antemano. Es cierto, nunca hemos sido realmente libres. O sí, pero no lo recordamos.
 Hasta aquí la teoría, que no es poca cosa. Nada de ella subyace en el mural de Aguiló, absolutamente nada. Luego viene la estupidez, por decir algo. Anteayer, José Hila y Miquel Ensenyat, entre otras autoridades, inauguraron el mural con los discursos de rigor. Según nuestro alcalde, estas iniciativas modernizan Palma. Qué cosas que dice Hila, por dios. Hay que ver cómo anda, cómo va, cómo viene, qué poco o qué mucho, cuánto cotiza, cuánto vale, cuánto cuesta, qué valor añadido nos ofrece, qué espejismo nos están vendiendo estos vendedores de humo cuando hablan de modernidad y sonríen y un niño solitario, allá en su muro de yeso, marés o ladrillo, quiere ser conductor de un tren que ya no sirve para otra cosa que para transportar turistas o nostálgicos, quizá, de otros tiempos, de otra velocidad, de otra forma de vida, la de algún sueño del que, tal vez, aún no hemos despertado. Paradójicamente.
 

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martes, febrero 21

Elogio de los floreros


La Telaraña en El Mundo.
 
 La vida tiende a ser un juicio sumarísimo. De hecho, lo es. Observo a mi alrededor sin saber dónde acaba el infierno y dónde empieza el cielo. O viceversa. ¿Tienen límites propios? ¿Son lugares definidos, excluyentes? Desde Sartre, sabemos que los otros son el infierno, pero me barrunto que también son el cielo. Pueden serlo. ¿Dónde debieran estar el cielo y el infierno sino en ese lugar ambiguo en el que nosotros no somos nosotros ni ellos son ellos? No estamos solos en la tierra: hay todo un lenguaje en llamas que nos une, un sarpullido de sangre que nos abrasa, una herida abierta y acaso infecta que compartimos. Que no cese.
 Hay más, pero explicarlo no es fácil. Puede que alguien nos tenga simpatía, nos desee lo mejor, se identifique con nosotros y nos ame, incluso, al menos de vez en cuando. Este hecho, acaso insólito, acaso corriente, nos convierte en algo singular y extraordinario. No estoy diciendo que alguien nos ama porque somos extraordinarios, que eso sería vanidad de vanidades, sino lo contrario: es el hecho de que nos amen lo que nos convierte en extraordinarios. Es el amor el que troca en extraordinario al objeto amado, al distinguirlo. Está bien que a uno le amen. Resulta saludable.
 Cambio de tercio, sin cambiar de tema, porque todo trata sobre fobias y filias, amores e inquinas. Sobre juicios más o menos universales. Resulta que a muchos no les ha gustado que Ana María Tejeiro y, en especial, la Infanta Cristina se hayan ido de rositas tras el juicio del caso Nóos. Repaso el núcleo y los arrabales del delito sin alterarme. No hallo ningún detalle que tenga valor en sí mismo, pero no me molesta, en absoluto, que esas dos mujeres se aferren a su derecho a ser, aunque quizá no lo sean, lo que la sociedad en su conjunto facilita que sean. Dos auténticos floreros.
 Luego están los condenados, unos vividores cínicos y desahogados. O el fiscal y los abogados, que se pasaron el juicio levitando y no quieren dejar de hacerlo. La acusación popular, sin embargo, anda por los suelos; pero es que la ejerció Manos Limpias, ese vergonzoso eufemismo. Nos queda nuestro héroe local, también caído. En efecto, el juez Castro, quizá como corolario a tantos folios de amor y desamor prosaicos, ha acabado apelando al lugar común de los floreros, que suele ser una mesa camilla en algún rincón de la trastienda, para descalificar, así, a las tres jueces que dictaron la sentencia. Mal hecho. Confirmo que la gente confunde la realidad judicial con la realidad a secas y me digo que los floreros, al menos, sí que ocupan el lugar exacto, siempre húmedo, para el que fueron concebidos. No me parece poco, sino todo lo contrario.

 

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viernes, febrero 17

Todo envejece


La Telaraña en El Mundo.
 
 Abraracúrcix, el jefe de los irreductibles galos de Astérix y Obélix, no le teme más que a una cosa en la vida: que el cielo le caiga sobre la cabeza. Pero eso no es algo, como él bien piensa, que suela suceder todos los días. Así es, menos mal. Paseo muy a menudo por las estrechas callejuelas del casco viejo de Palma y en no pocas ocasiones he alzado la vista hacia los balcones repletos de ropa tendida o de macetas de flores con algo de temor. A Newton se le cayó encima una manzana y acabó descubriendo la ley de la gravedad. No sé qué descubriríamos nosotros si se nos cayera encima un balcón entero de piedra, una simbólica tonelada de marés convertido, finalmente, en un polvoriento montón de escombros.
 Es una lástima, pero todo envejece y se deteriora, todo pierde firmeza y empieza, poco a poco, a encorvarse y a rendir pleitesía progresiva al paso marcial del tiempo, a mostrar sus arrugas y sus grietas más íntimas con una mezcla, tal vez demasiado humana, de orgullo y resignación. Sabemos que, más pronto que tarde, todo se acabará viniendo abajo, pero, qué caramba, eso no es algo que vaya a suceder hoy. Lo sabe Abraracúrcix, también llamado "Abrazopartidix" en algunas traducciones del original francés, y lo sabemos todos: hay que luchar a brazo partido contra la erosión y las llagas del tiempo; contra esa herida incurable que se nos abre al nacer como si fuéramos hijos de algún desgarro y de alguna caída absolutamente inevitables. Puede que así sea.
 Paseo por la calle Olmos y observo que están reparando la dolorida fachada del edificio, ahora con los balcones desfondados, del Bar Espanya. Espero que el bar no esté cerrado durante demasiado tiempo. Mientras tanto, me subo hasta San Miguel y, como de costumbre, me entran ganas de entrar en el Bar Moka a retomar ese café con leche que tomé con mi editor Javier Jover el mismo día, la misma hora, el mismo instante en que nos conocimos en persona. Es así como los lugares prenden en nosotros, porque se hicieron un hueco importante en nuestra memoria. Pero en el desaparecido bar Moka sólo venden, actualmente, ropa y lencería femenina.
 Con todo, la ciudad permanece. No importa demasiado si ayer me encontré la Plaza Mayor repleta, literalmente, de mierda de caballo expuesta al sol del mediodía durante, al menos, un par larguísimo de horas. A su alrededor revoloteaba el top manta. Ignoro dónde estaban los operarios de Emaya; igual andaban apurando las 36 horas lectivas de sus cursos de catalán, por ejemplo. Convendría que aprobaran pronto sus certificados lingüísticos por si los escombros, la basura o la mierda en general necesitan, en fin, que alguien las recoja.

 

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martes, febrero 14

Desmontando San Valentín


La Telaraña en El Mundo.
 
 Con los tiempos que corren no resulta nada fácil saber en qué día, realmente, estamos. ¿Qué se celebra, en cualquier caso, hoy? Resulta que hay días para casi todo y que es muy rara la circunstancia, la eventualidad, la ocurrencia o el arquetipo más o menos histórico que no tenga, en fin, su propio día de máxima visibilidad, de exaltación, de celebración en alguna parte del mundo o, al menos, de las redes sociales. Así, por ejemplo, mientras escribo estas breves líneas, se está celebrando, a la vez, el Día Mundial de la Radio y el Día Mundial del Soltero. Ahí es nada. Y hoy mismo, mientras ustedes las leen, se celebra, aparte del archiconocido (y comercial) Día de los Enamorados o de San Valentín, el Día Europeo de la Salud Sexual. ¿Lo sabían ustedes?
 Pero hay mucho, muchísimo más. Sólo hasta el final de este mes de febrero, según la web diainternacionalde.com, se celebran, entre otros de similar importancia o calado, el Día Internacional de la Lengua Materna, el Día del Pensamiento Scout, el Día Mundial de la Justicia Social, el Día Nacional del Trasplante y hasta el Día Mundial de las Enfermedades Raras. Ya lo dije, hay días para casi todo. El del pensamiento scout, al menos, tendré que revisármelo.
 Mientras tanto, al Consell de Mallorca y, sobre todo, a Podem Mallorca, con Miquel Ensenyat y Nina Parrón a la cabeza, les ha dado por sacar adelante, entre la bruma ágrafa e irrespirable de las redes sociales, la campaña «Desmontando San Valentín». Se trata, en resumen, de vincular el Día de los Enamorados con el grave problema de la violencia contra las mujeres. Se trata, y ya son ganas de hilar muy fino, de desmitificar el viejo y hasta revolucionario concepto del amor romántico, calificándolo de peligroso por sus presuntas conexiones con el maltrato machista y las relaciones tóxicas.
 No sé yo. O sí que sé. Hacer pasar por tóxicos, por ejemplo, a Goethe, Byron, Schiller, Hölderlin, Espronceda, Keats, Leopardi, Novalis o Pushkin resulta ridículo. Cínico. Manipulador. Y circunscribir el romanticismo a las fotonovelas de la televisión matinal o al repugnante trasiego de las tertulias del corazón (y de la política, por supuesto) me parece una simplificación imperdonable. El problema, por supuesto, no es el amor ni tampoco sus múltiples adjetivos, casi siempre fértiles, imaginativos y seductores; el problema es la ignorancia de algunos y algunas, de muchos, su pesada, mórbida gravidez, su absoluta falta de adjetivos y expectativas, su carencia de diálogo, su ausencia, en fin, de discurso, esa silenciosa sumisión donde la vida pierde su propio perfil y se convierte en una sombra oscura, pesada como una lápida y asfixiante como una mortaja.

 

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viernes, febrero 10

Bienvenido, Balti


La Telaraña en El Mundo.

 No sé si Maria Antònia Munar, mientras la desfachatez de sus cómplices la mantuvo como presidenta del Parlament, se parecía o no a la Virgen María. Puede que sí, pero también que no. Sin embargo, nadie duda que Baltasar Picornell sí que se parece mucho, iconográficamente, a Jesucristo; basta fijarse en su pelo largo, en su barba, a la vez frondosa y deshilachada, incluso en su oficio proclamado, por no se sabe muy bien qué oscuros motivos, de carpintero metálico. Ya puede ir pidiendo disculpas el siempre locuaz Alberto Jarabo, porque igual la política balear precisa más carpinteros y menos directores de cine. ¿Alguien lo duda?
 Pero a lo que iba. Dicen que la historia se repite y, aunque desconfío de las cosas que se dicen sin matizar los mil detalles que las conforman, es muy posible que sea así. Fue Jesucristo, tal vez, el más feroz de los antisistema en aquellos tiempos en que Herodes se lavaba con demasiada frecuencia las manos y el Imperio entero empezaba a desmoronarse: esos arrogantes y decadentes romanos se durmieron pensando que el mundo era suyo y se despertaron cuando los bárbaros ya habían arrasado con todo. Quizá la historia se repita, con su haz poliédrico de matices aún por definir, y a nosotros nos acabe pasando algo parecido. A lo peor ya nos ha pasado y no nos hemos dado ni cuenta.
 Toca, pues, informarse. Busco a Picornell en la Wikipedia y lo encuentro en la Viquipèdia. Leo su currículo y frunzo el ceño. Picornell ya superó la edad bíblica. Mal asunto. Además, resulta ser miembro de Unió per la Tercera República y de UCxR Baleares. Malo, también. O no tan malo. ¿Se puede ser antisistema y también republicano? ¿Se puede ser anticapitalista y republicano a la vez? ¿Se puede ser todo eso y presidir nuestro egregio Parlament? Hace tiempo que ya no hace falta preguntarse por lo que se puede o no se puede ser: la gente resulta ser lo que finalmente le peta; y no me parece mal, porque yo también he sido anarquista a la par que monárquico o republicano, no me acuerdo ya, y ninguna receta es mejor que otra si nos sirve, al menos, para intentar ser felices. De eso trata la vida, de ser felices.
 Así las cosas, no creo que el mesianismo de Picornell pueda empeorar la imagen política de nuestro Parlament, ese iconoclasta cadáver exquisito que han ido perfilando, a través de los años, personajes tan peculiares como Antoni Cicerol, Jeroni Albertí, Cristòfol Soler, Joan Huguet, Antoni Diéguez, Maximiliano Morales, Pere Rotger, la ya citada Munar, Aina Radó, Margalida Durán o la muy poco bíblica, Xelo Huertas. Al contrario, quedará perfecto presidiendo las últimas cenas de esta democracia zarrapastrosa en que vivimos. Bienvenido, Balti.

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martes, febrero 7

Matar al mensajero


La Telaraña en El Mundo.

 Las líneas que escribo no consiguen, me temo que afortunadamente, cambiar ni un ápice el mundo en el que vivimos, pero sí que logran, al menos, conectarme y hasta establecer extrañísimas relaciones conceptuales con gentes de lo más variado a las que, sin embargo, nunca tuve el placer o el disgusto de conocer. Pero eso es, quizá, lo de menos; lo importante es que escribí sobre ellas y que, al hacerlo, las incorporé de algún modo a mi propio catálogo de los horrores o de las maravillas, las confiné a mi propia agenda, a ese lugar, no sé si impostado o real, donde me reúno con la actualidad en una sucesión interminable de surrealistas citas a ciegas donde lo más visible, por supuesto, es la necesidad insatisfecha de entender al otro como a uno mismo. Contra esa especie de callejón sin salida o de muro infranqueable nos topamos una vez y otra.
 Repaso, pues, mis papeles y compruebo que ya han pasado casi cuatro años desde que me ocupé, en estas mismas páginas, del rapero Valtònyc, de sus chirridos y alaridos más allá de la gramática o la música, los videos de YouTube o los intercambios de mensajes en lo más infecto y nauseabundo de las redes sociales. Gracias a Valtònyc, sin embargo, recordé aquellos conciertos, durante los años setenta, de Lluís Llach, Pi de la Serra o Raimon en los que, sin duda alguna, fui feliz, porque hay épocas en la vida en las que nos debemos por completo al furor invencible de nuestras hormonas y todo lo demás puede y hasta debe esperar; siempre tendremos tiempo, luego, para afilar algunos conceptos, para matizar e inventar otros, para separar el grano de la paja o para alcanzar a ser, en fin, lo más parecido posible a lo que realmente somos. O así.
 Hace cuatro años creíamos que Valtònyc era un verso suelto y absolutamente deshilachado de esa madeja compleja y convulsa del activismo político más o menos radical, indignado y, tal vez, de izquierdas, por decirlo de modo que parezca tener sentido, aunque, de hecho, no lo tenga.
 Hoy sabemos, además, gracias a la sorprendente denuncia en Twitter del propio rapero, que fue Pablo Iglesias quien le encargó una pieza tan sibilina y sofisticada como la canción contra el Borbón emérito, por la que la fiscalía le pide un año y tres meses de cárcel por injurias. Debe dolerle a Valtònyc (y de ahí su denuncia en Twitter) que siempre sea más fácil matar al pobre y afónico mensajero, que llegar al fondo de la cuestión y revelar el meollo de la trama: la meteórica ascensión del populismo desde las cloacas de Internet y algún medio televisivo hasta las de algunos gobiernos locales y el Parlamento. Siempre en las cloacas, claro.

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viernes, febrero 3

El día de la marmota


La Telaraña en El Mundo.

 Al levantarme, pensé que todo estaba en orden. Los obreros que construyen la finca de enfrente ya habían comenzado, diligentes, su monstruosa sinfonía de cada mañana, la cafetera italiana que mi mujer recién había puesto sobre el fuego empezaba a ronronear y el aroma del café se esparcía, con suavidad, por todos los rincones de la casa convirtiéndola en un lugar cálido y habitable, el niño seguía durmiendo y yo, tras pasar rápidamente por el baño, por el espejo y por un par largo de incontenibles bostezos, apuré mis pastillas matinales con unos sorbos de zumo de naranja recién exprimido. Al rato, mientras desayunaba pan de centeno y semillas con demasiado aceite de oliva virgen por encima, como de costumbre, encendí el ordenador y caí en la cuenta de que #díadelamarmota era una de las tendencias más celebradas en Twitter. Acabáramos.

 En efecto, el día de la marmota se celebró ayer, 2 de febrero, pero es una tradición folclórica americana que se viene repitiendo desde 1887 en un lugar de nombre impronunciable, Punxsutawney, en Pensilvania, un lugar en el que la mayoría de nosotros no ha estado ni estará nunca, salvo a través de las imágenes, constantemente repuestas por los canales televisivos, de la película «Groundhog Day» dirigida en 1993 por Harold Ramis y protagonizada, de forma memorable, por Bill Murray. En España se tituló «Atrapado en el tiempo». No es mal título para un «déjà vu» en toda la regla.

 Quiero decir que uno se levanta y echa un vistazo, primero, a la agenda y, después, al mundo; y la agenda no lleva casi nada nuevo y el mundo no hace otra cosa que repetir y repetirse, que eternizarse en sus conflictos, su falta de coherencia, su ingravidez, su mezcla de pasado y futuro hipotecados por no se sabe muy bien qué oscuras fuerzas o qué terribles circunstancias. Me aterra, sobre todo, la desoladora incompetencia de los colectivos que, supuestamente, nos gobiernan.

 Sólo así puede explicarse, aunque no del todo, que gente que debiera constituir una alternativa política seria, como Més per Palma, se dedique, en vez de a trabajar para solucionar los problemas de Palma, a dilapidar su tiempo (y el nuestro, el que trabajamos para sufragar los impuestos municipales) con brindis al sol tan ridículos y tendenciosos como declarar a Donald Trump persona no grata. Ya les conté el martes pasado lo que pienso del presidente de EEUU. No necesito, pues, darle más vueltas a una historia, la de cada día, que suele empezar como si fuéramos un punto de luz surcando la oscuridad de los cielos y finalizar cuando el sueño nos vence y una especie de espiral sicodélica nos obliga a ver el mundo como bajo hipnosis. Lástima que, al despertar, no lo recordamos.


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martes, enero 31

Los muros de Trump


La Telaraña en El Mundo.

 Quería visitar Nueva York durante unos días (en realidad, intento escribir un libro en el que la calle del muro, es decir, Wall Street, la isla de Manhattan y los orígenes franceses de la Estatua de la Libertad tienen su papel y pensaba documentarme in situ) cuando las últimas disposiciones de Donald Trump para con las idas y venidas de los extranjeros de no importa qué países me ha quitado la idea de la cabeza. No sé si habrá libro, pero lo que es seguro, de momento, es que no habrá viaje.
 Recuerdo ahora los versos de un poema de Bertolt Brecht, que ya son todo un clásico cuando se trata de defender la libertad o la vida ante cualquier discriminación por motivo de raza, condición o ideología. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde y los versos de Brecht necesitan una urgente actualización. Hoy ya no hay comunistas ni, mucho menos, intelectuales, ya no hay judíos ni tampoco curas, como en los tiempos heroicos en que Brecht puso el dedo sobre una llaga que sigue sin cicatrizar. Al revés, supura un líquido sanguinolento y apestoso.
 Mientras tanto, asumo que no soy musulmán, como tampoco soy negro ni mujer. Por no ser, no soy, ni siquiera, homosexual. No debo ser, pues, nada. Nada de nada, quiero decir. Un ser humano genérico y vulgar que no pertenece a ningún colectivo en reconocido peligro de extinción. A nadie parece importarle, en definitiva, si estoy discriminado lingüísticamente en mi propia tierra (que lo estoy, como lo estaré pronto, me temo, en la de Trump) o si me veo obligado a cotizar de autónomo a la Seguridad Social sin cubrir ni gastos para poder llegar a más viejo con algún derecho a jubilarme más allá de la caridad pública.
 Me temo que esta situación de relativo outsider sólo puede ser considerada, actualmente, como anómala y sospechosa de todo, de absolutamente todo. Desde lo malo hasta lo peor, sin ir más lejos. Y es que siempre se puede reinterpretar la realidad. En efecto. Puede que alguna vez me disfrazara de mujer o de algo parecido en algún carnaval erótico en la mitad más enloquecida de mis sueños y puede, también, que hiciera de negro de algún amigo en horas bajas; nada muy serio, apenas unas cuartillas, pero igual estas cosas tiznan y hasta imprimen, quizá, carácter, dan feminidad o negritud, por así decirlo, y entonces, si ya fui mujer y negro, aunque sólo fuera en sueños y durante un ratito, igual ya soy mujer y negro para siempre. Con todo, el motivo auténtico por el que no viajo a Nueva York es por el temor a que mi apellido materno dispare todas las alarmas aduaneras. Sólo acaba de llegar y ya me está usted fastidiando con sus muros en tierra de nadie y de todos, señor Trump.


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viernes, enero 27

Pandemónium


La Telaraña en El Mundo.

 Observo el puzle de la actualidad local, nacional, internacional o global -aunque el mundo me parezca un sucio y arrugado pañuelo que necesita que lo laven, centrifuguen y planchen- sabiendo que sus piezas están relacionadas las unas con las otras: el viejo efecto mariposa parece que tiene las alas más terroríficas que nunca y el puzle entero se ha convertido en una masa viva y hasta palpitante, un magma en ebullición, un auténtico pandemónium, ese lugar mítico que, además de venirme a la memoria por ser la capital literaria del Infierno en El Paraíso Perdido de John Milton, es un lugar de lugares, un lugar ubicuo, tremendamente caótico y ruidoso, un lugar, como su propio nombre indica, de mil demonios. O de muchos más.

 La actualidad local gira, pues, al unísono enloquecido de las otras sin que haya forma de que el universo se detenga. ¿Estará su centro en Washington, París, Madrid o Londres? ¿Jerusalén, Moscú, Bagdad, Alejandría? ¿O estará en Palma, en la barriada, en la calle donde vivo? ¿Estará, mejor aún, en mi propio ombligo? Puede que no exista ese centro y que el universo siga girando, porque no tiene otra cosa mejor que hacer y esa es la prueba definitiva de su existencia.

 Sea como fuere, el espectáculo es tan complejo y simple, elemental e incomprensible, que dan ganas de sacudirle un guantazo a la mesa donde el puzle reposa para ver cómo se recompone, finalmente, por sí mismo. El universo entero gira, vuela y hasta revuela, mientras las nuevas coordenadas sustituyen a las viejas y el baile cósmico prosigue su ruta sin inmutarse. Es ahora cuando me invade la tentación de escribir, por ejemplo, sobre la guerra íntima de las bacterias y los antibióticos, sobre los grafenos y tetraquarks, el canibalismo de los gluones o las miserias inescrutables de la materia oscura. Pero hoy no toca. Quizá otro día.

 Hoy tocan las veleidades de Podemos. Desde que la indignación general (y el dinero de no sé quién) les pariera, siempre marchan en pequeños grupos, como si desfilaran. La cámara les enfoca y ellos se ponen en movimiento como si fueran a algún sitio (igual que Puigdemont a Bruselas) o la larga marcha hacia el poder tuviera que ver con el rodaje de una escena de cine y Alberto Jarabo le diera a la claqueta según el guión supremo, por supuesto, de Pablo Iglesias. Pero la estrella de la peli ha sido Xelo Huertas: ella sola ha ocupado toda la pantalla y ella entera se ha ido fundiendo al negro, porque no tenía con quien desfilar por los pasillos del poder: Montse Seijas no era suficiente compañía y los extras del PP nunca debieron apuntarse a esta horrible película, este deleznable vodevil, esta astracanada del Parlament descabezado.


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martes, enero 24

La tempestad y la calma


La Telaraña en El Mundo.
 
 Dicen que tras la tempestad siempre llega la calma. Así suele ser, en efecto, aunque sólo sea por agotamiento, por rendición absoluta, incondicional. Las nubes oscuras, plúmbeas, van cediendo el paso a los reparadores rayos solares. El arco iris, mientras tanto, se insinúa febril y doméstico en el horizonte de todos y se acaba convirtiendo en un deslucido puente de luz bajo el que los escombros y las ruinas producidas por las recientes tormentas quedan expuestos, como un maldito catálogo del infierno que hay que inventariar cueste lo que cueste.
 La verdad es que va a costar muchísimo reparar las fincas anegadas, compensar a los pocos agricultores que aún nos quedan por las cosechas perdidas, volver a levantar las casas y casetas derruidas, reconstruir las carreteras dañadas, reparar las ilusiones rotas de unos y otros e ir paliando, de alguna forma, la exhibición impúdica y grotesca de la tierra convertida en lodo inerte, viajando ladera abajo (con un afilado cuchillo, tal vez, entre los dientes) hacia las orillas temblorosas de las playas famélicas de arena, del mar encrespado que nos rodea, y eso sí que no hay forma de remediarlo, por todas partes.
 El Govern del Pacte mira al cielo y frunce el ceño, contempla los elementos desatados y se encoge de hombros. ¿Cómo explicar convincentemente a la ciudadanía que no está en sus manos achicar el agua que la tierra, por sí misma, no ha podido engullir por completo? ¿Cómo dejar muy clarito que ellos no desembarcaron en las playas cálidas y seductoras del poder para luchar contra la cruel y absurda furia de los cielos? Podrían, desde luego, haber mandado limpiar los torrentes, que ya en el pasado mes de diciembre padecieron más trasiego del habitual, pero es que trabajar, por lo visto, agota muchísimo, desgasta una barbaridad y, además, tampoco resulta ser la panacea. Si lo sabrán ellos.
 Lo ha expresado muy bien, Vicenç Vidal, nuestro conseller del medio ambiente: «Infraestructuras en mejores condiciones no habrían podido absorber al agua de la lluvia». Pues él sabrá. O él sí que sabe. Ajo y agua, para los demás. O demasiada agua, en fin, para tan poco vaso. No menos explícito ha sido nuestro siempre risueño alcalde, José Hila, en una de sus más acertadas intervenciones desde que tiene vara de mando en Cort: «No disponemos de soluciones mágicas». Como es habitual, el cielo vacío del laicismo en que vivimos acaba siempre apelando al realismo mágico para matizar su impotencia y su ignorancia, su lenguaje de tópicos y lugares comunes convertido, finalmente, en un lodazal intransitable. Para intentar, asimismo, llenarnos de dioses, de asombrosos mitos y de quiméricas leyendas el cielo a rebosar en el que tampoco creemos. Por desgracia.
 

 

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viernes, enero 20

«Arrival» (La Llegada)


La Telaraña en El Mundo.

 Si están de resaca por la insuperable vulgaridad de la verbena de anoche, igual no les conviene hacerme caso; pero si no es así, no lo duden. Piérdanse por las rotondas y los abismos sutiles de «Arrival» (La Llegada), quizá el film más inteligente (o más respetuoso con la inteligencia del espectador, que casi viene a ser lo mismo) desde que algún clásico, como «2001: Una Odisea del Espacio», por ejemplo, nos clavara las duras y suaves garras de la verdad en la retina, en el alma, en el centro mismo de nuestro pensamiento. En esa turbulenta y vaporosa sala de máquinas de nuestras entrañas late el universo que conocemos igual que el que desconocemos.

 En ese lugar interior, en esa especie de infierno larvado -Dante, Virgilio, Homero, Joyce, Milton, Juan de la Cruz, Teresa, Quevedo- donde nos consumimos al mismo tiempo que nos purificamos, intentamos desesperadamente descifrar el mundo y descifrarnos. Averiguar lo que fuimos, lo que somos, lo que podríamos, tal vez, llegar a ser con sólo dedicarnos exclusivamente a ello. Sin embargo, no es nada fácil poner entre nosotros y el mundo, la distancia adecuada y suficiente como para enfocar correctamente los problemas y acertar, si ello fuera posible, con los diagnósticos y, sobre todo, con las soluciones. No es nada fácil, en efecto.

 Pero vuelvo a la sala oscura del cine y me sumerjo en esa oscuridad, sabiendo que es la misma oscuridad terrible desde la que observamos el mundo. De repente, llegan los alienígenas y la verdad es que no sabemos qué hacer. ¿Qué quieren? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué queremos? ¿Cuáles son nuestras intenciones? Seamos sinceros. Los alienígenas son tan sólo un buen pretexto, porque esas mismas preguntas nos las hacemos igualmente con nuestros amigos, con nuestros vecinos, con cualquier desconocido con el que nos tropezamos. Esas mismas preguntas, en fin, nos las hacemos con nosotros mismos y no siempre las sabemos responder. Casi que nunca.

 La película dura unas dos horas, pero el tiempo no pasa deprisa ni despacio; pasa según lo sentimos. Olvídense de Terrence Malik. Denis Villeneuve nos recuerda, más bien, a Kubrick mientras nuestros recuerdos vuelan y toman altura, giran en el aire y se despeñan en picado hacia no importa dónde. El tiempo es ese vuelo, ese giro, esa caída. El tiempo es ese lenguaje que finalmente somos, esa sucesión de signos que tanto nos cuesta interpretar, ese discurso que nos ronda con su peligroso aliento y nos atraviesa con sus afilados estiletes, que nos deja perplejos o nos deslumbra con su juego de luces y sombras, de voces y ecos, de frases que dijimos o que nos dijeron. De cosas así trata «Arrival». De cosas así trata también la vida.



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martes, enero 17

Lluvia de flechas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desnudo y con barba. O desnudo y definitivamente imberbe. El torso asaetado. La corona de flores en las manos. La iconografía nos lo muestra bellísimo bajo una sangrienta lluvia de flechas. Las firmas pueden ser, entre muchas otras, de Boticelli, Rafael o El Greco. Por no hablar de Fernández-Coca y su cartel verbenero de este año. San Sebastián se nos confirma, pues, como un mártir sólido e importante cuya invocación puede ayudarnos, decididamente, contra las plagas de la peste o la falta de fe. No es broma.
 Por estos pagos no sé si hay actualmente peste, pero desaparecen Cajas de Ahorro, como Sa Nostra, y no hay forma de que los culpables paguen por su mala gestión o sus fechorías. Tampoco sé si hay demasiada falta de fe. ¿Hay fe, siquiera? Algo habrá, al menos de esa fe laica que llamamos ideología, porque si no es así no se entiende que la consellería de Educación llene sus despachos de docentes ideológicamente afines, convertidos en asesores áulicos elegidos a dedo y al margen de los preceptos de la libre concurrencia. Tenemos un gran mártir y una ciudad repleta de ridículos “dimonis” fuera de contexto. De tiempo y lugar.
 Hemos entrado, pues, en la semana gloriosa de Sant Sebastià como quien entra en una cacharrería y desearía ser, por supuesto, un auténtico elefante. Hay que poner patas arriba la ciudad. Hay que hacer ruido, mucho ruido. Hay que hacer humo, muchísimo humo, alzar enormes humaredas densas e irrespirables hasta las entrañas mismas del cielo, como si fuéramos todas las tribus del universo reunidas a la hora interminable del chat colectivo, étnico, genuinamente global. Tenemos un mártir asaetado y el mundo en llamas. Hay que torrar las tripas doradas de toda nuestra gastronomía más puerca, con perdón. Hay que electrificar la noche del próximo jueves con música y alaridos, con antífonas, incluso con regüeldos.
 Sólo así se demostrará que la gente de Palma sabe, en fin, lo que vota y que los que tuvieron el indescriptible valor de votar a Efecto Pasillo y Obús, Smoking Stones, Xanguito, Kepa Junkera, Camela o Siniestro Total, entre otras celebridades, no lo hicieron por fastidiar, sino por pasión bien entendida, por amor al arte y los pentagramas, para liarla a base de bien y acabar de una vez por todas con el silencio de algunas noches en que Palma decide olvidarse hasta de sí misma y convertirse en un laberinto de criptas hechizadas, en una hondonada de sueños impronunciables, en un lugar que demora el amanecer, tal vez, porque no lo necesita. (Sí, ya sé que estas metáforas las entienden pocos, pero no sé explicar de otra forma ciertos estados de ánimo ante el martirio que se nos viene encima: la culpa es mía.)

 

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viernes, enero 13

Paisaje con móvil y café


La Telaraña en El Mundo.

 Desde casa, observo la calle Olmos repleta de gente que sube hacia San Miguel, que baja hasta la Rambla o que desaparece, de refilón, por las ilustres callejuelas laterales, por Misión o San Elías, por ejemplo. Me da que las calles son algo así como ríos con afluentes, ríos más o menos largos, salvajes o peligrosos que nos sirven para viajar de un lugar a otro o a muchos otros. Que el viaje acabe siendo metafóricamente circular no significa que no podamos disfrutarlo: es obligatorio hacerlo.
 En algún sitio escribí que Internet es tan grande como la calle en la que vivo; no es así: la calle es mucho más grande, porque no me cabe en el móvil que introduzco en el bolsillo con la vana esperanza de que no suene, de que no me interrumpa, de que me deje a solas con la multitud de mi calle, la que me saluda o ignora, la que tropieza conmigo y mis circunstancias, la que sonríe, como también hago yo, a las imprevisibles alegrías de igual forma que a las recurrentes fatigas. La verdad es que sonreír cuesta poco.
 Cuando era niño los coches circulaban por Olmos igual que por San Miguel o la Plaza Mayor, entre los parterres de flores y la bruma de algunos tranvías eléctricos que no sé si llegué a ver o si sólo los soñé. Los recuerdos son una sucesión de imágenes sueltas, pero hace falta un discurso, mejor propio que ajeno, para ordenarlas. Yo no sé qué sentido tiene escarbar en el pasado (y no lo digo por mí o estas breves líneas fuera de contexto, sino por los memorialistas y su voluntad propagandística de revisitar una vez y otra la historia: la misma historia de siempre) si no es para añadirle matices humanos al presente y mejorar el futuro que ya casi no tenemos ni esperamos, para no repetir algunas de las muchas estupideces que hicimos y volveremos a hacer, para no volver a caer donde ya caímos. Hemos caído muchas veces, quizá demasiadas.
 Pero a lo que iba. Salgo a la cuesta de la calle Olmos y en el Bar Espanya, antes Can Vinagre, releo este periódico mientras apuro un café con leche. La realidad global que me ofrece la prensa, con sus diversas secciones, local, nacional, internacional, etcétera, se mezcla con las musiquillas y vibraciones que va soltando, incansablemente, mi móvil. Las redes sociales palpitan en su interior hasta que lo apago y decido que la vida está en otro sitio. Mientras tanto, observo a la clientela del bar y a Mateo Martorell (y a Toni) con su continuo ir y venir, entre bromas y veras, de cafés, cervezas o refrescos. Si hay suerte pasará Miquel Julià, cámara en ristre, y me sacará una buena foto. Ojalá.





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martes, enero 10

Los hackers rusos


La Telaraña en El Mundo.

 No les quepa duda alguna. La culpa de todo la tienen los hackers rusos. Siempre lo supe, aunque sea ahora, desde que propiciaron, según el FBI, la ascensión al poder de Donald Trump, cuando la opinión pública parece haberse dado cuenta. Pues ya era hora. Convénzanse. ¿El PC les marcha a trompicones y, en vez de atender a sus órdenes, se dedica a la extraña minería de los bitcoins (o bitcoines, según Fundéu)? Es culpa de los hackers rusos. ¿Entran en Call of Duty o en GTA V para demostrar a sus hijos que no les tiembla el pulso y las terribles hordas de los niños rata les masacran sin darles tiempo, siquiera, a salir corriendo? No se preocupen. Son los putos rusos. Siempre son ellos. Desde el oro de Moscú es que no paran.
 Pero me preocupa lo de Trump. No sé si los rusos se han equivocado con sus maniobras orquestales en la oscuridad (lo que constituiría un auténtico notición) o si, por una vez, no han hecho absolutamente nada y es la propia opinión pública norteamericana, la resultante del eterno conflicto de la guerra de los medios, siempre mucho más allá de la verdad o la mentira, la que está intentado recuperarse del tremendo shock que les ha producido el inesperado resultado electoral, de la única forma que creen posible, aunque no lo sea: buscando un culpable ajeno a ellos mismos y sus peores miedos, a su sociedad convertida en un lugar indecente si eres rico e indigno si eres pobre, en un mortífero campo de minas donde el único que parece moverse con cierta soltura es Trump, nada menos. ¿Quién va a gobernar ahora América, Trump o los hackers rusos? Pues nunca se sabe. ¿Y qué es peor? Pues tampoco se sabe.
 Aquí en España los hackers rusos (como todos imaginábamos) hacen y deshacen las encuestas preelectorales y, sobre todo, se lo pasan pipa manipulando las sufridas votaciones online de los partidos asambleístas como Podemos, CUP o similares, empeñados en convertir la realidad en una especie de referéndum unilateral y totalitario, una asamblea perpetua y vitalicia, sectariamente vocinglera y resignadamente digital, obsesiva y disciplinada: tres o cuatro punto cero, por lo menos.
 Con todo, no nos importa mucho en qué sentido los hackers rusos van o vienen, porque manipular lo que ya está viciado de origen no perjudica demasiado el resultado final; igual lo compone o hasta lo mejora. Además, a los hackers rusos la realidad ajena les importa un pimiento más allá de cambiar unos por ceros y ceros por unos, bitcoins por dólares o rublos, incluso por los agonizantes euros de un sistema financiero que nadie sabe dónde va a ir a parar. No lo saben ni los propios hackers rusos de Wall Street.

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viernes, enero 6

Día de Reyes

La Telaraña en El Mundo.

 Creo que no vi ninguna bandera fuera de lugar y sitio en la Cabalgata de los Reyes Magos. No vivimos en Vic, menos mal. Lástima que no pudiera escuchar a la Coral Voices interpretando Hallelujah de Leonard Cohen. Demasiadas aglomeraciones. Ruido. Demasiada gente con y sin niños, con móviles centelleando como si fueran cámaras fotográficas. No lo son, pero tanto da. Así es como captura el mundo la gente. Igual que nos capturamos a nosotros mismos. Un autorretrato, un selfi tras otro. La gente. Está claro que somos la solución, pero también el problema.
 No es fácil, sin embargo, ser la gente, actuar como tal y sentirse a gusto cuando algunos, con el tono condescendiente de una complicidad impostada, se llenan la boca de conceptos más o menos tóxicos y actúan como si los hubiéramos elegido para moldear la realidad a su antojo y perfilar nuestros deseos. No es así. Nuestros deseos son sólo nuestros, aunque no sea fácil descifrarlos. Ni siquiera hoy, Día de Reyes.
 En efecto, no es fácil ser padres (como tampoco ser hijos) y no saber si fue Papá Noel o si serán los Reyes Magos quienes nos hielen el corazón con su farsa de cajas vacías y caramelos sin azúcar. Quizá los regalos ya no importen, porque entre el Black Friday, el Cyber Monday y las rebajas de Steam tienes el PC atiborrado de juegos y la casa repleta de los artilugios más sofisticados de Amazon: pulseras para medir el esfuerzo físico que no haces, visores holográficos que no sabes utilizar, móviles inteligentísimos que se convierten en otra cosa y graban cuanto sucede en su interior y afuera. ¡Lo graban todo!
 Ya podrán, pues, amenazarte desde la Comisión de Garantías Democráticas del partido en que te apuntaste para que el mundo fuera mejor, ya podrán amenazarte con que no hagas esto o aquello, con que desaparezcas unos meses y esperes tu turno en la ruleta de las prebendas, ya podrán amenazarte que siempre tendrás a mano la grabación del presunto chantaje y las coacciones, el día a día sonámbulo y marcial del Partido, la prueba definitiva (efectuada con ese móvil low cost que te trajo Santa Claus, porque eres gente y laica y tus dioses son de carne y hueso) de lo fácil que resulta que los gerifaltes de un partido acaben comportándose como jueces y verdugos de un Tribunal Popular o una Inquisición antiguas; y la eternidad entera se resuma, finalmente, en la impotencia con la que constatas que sólo eres una víctima más de ese error ontológico que da en mutilar la realidad para ajustarla, a la fuerza, a la horma del deseo. Que ese partido sea Podemos y que Joan Canyelles acabe de dimitir no es sólo una anécdota, por supuesto.

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martes, enero 3

Año nuevo, tarea vieja


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, lo viejo se renueva y nos parece nuevo, tal vez flamante. Doce campanadas de uvas sin apenas respirar (y Cristina Pedroche, que recibe el año en bañador por todos nosotros) nos conducen a una especie de alarido general repleto de saltos y abrazos, de mensajes de WhatsApp y de alguna que otra llamada telefónica. Hay que mirar al cielo de vez en cuando. Hay que mirar alrededor, también. La catástrofe ha sucedido en Estambul; y no, no todos los muertos son iguales; los de París, los de Niza, los de Madrid, Londres, Berlín o Nueva York parecen valer mucho más. Esta última frase me duele, pero no encuentro demasiados hologramas sobre el dolor en los muros de Facebook o en las trincheras de Twitter. Yo soy el Club Reina de Estambul como antes fui Bataclan. Yo soy todas las masacres.
 Pero eso no es verdad. O no lo es del todo. Huyo con la muchedumbre y no me distingo de ella un ápice. Huimos de la pesadilla del fuego cruzado y los daños colaterales. Nos persiguen, deslumbrantes y cegadoras, las transparencias del traje del año pasado de Pedroche, mucho mejor que el de este año. Nos persigue, también, el recuerdo del peligroso cántico de las seductoras sirenas que tentaron a Ulises o que aterrorizaron a Cristóbal Colón: esas monstruosas o terribles beldades ya no cantan o, si lo hacen, tanto da, porque no las oímos. La cera ha cuajado en nuestros tímpanos y se ha convertido en lava. La inercia se ha adueñado de nuestras vidas y no hacemos sino huir del remolino donde nacen todas las tormentas, donde fermenta el poso ácido del tiempo, donde bulle el lodo primordial del que provenimos y al que acabaremos regresando.
 El ciclo renovador dura un año. La tierra da la vuelta entera al sol y renace. El viaje circular y, a la vez, elíptico nos purifica, porque volver a empezar (cuando ya no somos los mismos que éramos) no deja de tener su gracia, su encanto, su deriva metafísica. Cada año se nos ofrece la oportunidad de reintentar llevar a buen puerto todo aquello que nos propusimos alguna vez y que, ante la falta de éxito, seguimos proponiéndonos como si fuéramos inasequibles al desaliento. Tal vez lo seamos y no haya nada mejor que fracasar una y mil veces para acabar sonriendo a solas: es decir, con los nuestros, con los más nuestros de entre los nuestros. Con la muchedumbre anónima que huye, atropelladamente, del terror y que no deja, pese a todo, tras el ritual de las campanadas, las uvas y las lentejuelas, de encomendarse (acaso ingenuamente) a un mundo mejor, más culto y libre donde no haya lugar para el fanatismo o la violencia. Año nuevo, tarea viejísima.


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viernes, diciembre 30

Balada de fin de año


La Telaraña en El Mundo.
  
 Al amanecer, todavía era de noche, pensé, seguro que parodiando a Monterroso, cuando caí en la cuenta de que esta iba a ser mi última columna del año 2016 porque ya despunta, clarea, alborea el año 2017 y no dejo de leer furiosas críticas y hasta notables reprimendas contra el año que nos deja (o, mejor aún, contra el año que dejamos atrás) con su racimo excesivo, siempre excesivo, de muertos famosos y no tan famosos, de mitos y casi leyendas o personajes de culto y también de gente común y corriente, muy común y muy corriente, gente anónima que no hizo sino seguir viviendo y padeció estrecheces injustificadas y difícilmente explicables, que atravesó fronteras como muros de acero, cristales rotos y espinas, que cayó en las peores zanjas y durmió en las calles ensangrentadas, que entregó sus penúltimos sueños a ese dios imposible que se nos aparece de vez en cuando, aunque sólo sea, por desgracia, para despedirse de nosotros.
 Se va el año, pues, igual que vino, con un rápido guiño del gran ojo turbio de la Historia y con un simple cambio contable, un único cambio de dígito en todas las agendas del universo. La contabilidad que nos importa, sin embargo, es la que tiene una escala mucho más humana, un resplandor efímero, una voluntad, tal vez, tan impostada como inagotable. Mañana, hoy mismo para el lector, cumplo sesenta años y empiezo a pensar, con Gil de Biedma, pero no sólo con él, que la verdad desagradable asoma, en efecto, y que envejecer, morir, es el único argumento de la obra. No me parece tan mala obra esa en la que permanece el escenario y los personajes entramos y salimos del foco de la escena sin otro guión que intentar representarnos lo mejor posible y hacer, finalmente, lo que hacemos. No más, pero tampoco menos.
 Hace tiempo que ya no hago balances cuando el año toca a su fin. Ni siquiera balances literarios o de listas de lecturas más o menos recomendables. El tiempo no se detiene y mirar atrás es sólo revivir la antigua maldición de la mujer de Lot, esa mujer que no tenía nombre en la Biblia y que sigue sin tenerlo a día de hoy. Los años se suceden, pues, igual que los libros que uno lee o escribe y también que el arte, que uno celebra u oficia, igual, en fin, que la cultura o la política oficiales bailando, ambas al unísono, entre el lodazal populista y la vieja cloaca erudita. Pasa lo mismo con nosotros, con nuestras risas y nuestros silencios, con nuestras ideas que ahora se encienden y luego se apagan como luciérnagas en mitad de la noche; y ese parpadeo es exactamente la vida. ¿Qué otra cosa podría ser?

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martes, diciembre 27

Señas de identidad


La Telaraña en El Mundo.
 
  No seremos más catalanes (pero tampoco menos) porque una castiza y abigarrada mayoría política, tal que MÉS, Podemos, PSIB y el PI, hayan decidido que lo seamos. Tal vez lo somos, en efecto. O tal vez no. Es posible que, a fuerza de que nos lo repitan, nos lo creamos. Pero también puede que, por lo mismo, acabemos por no entender ni una palabra de lo que nos cuentan. Yo me recuerdo observando desde las terrazas de un edificio, hoy estruendosamente tapiado, de las avenidas de Palma, los coros infinitos de la gente bailando sardanas los domingos de mi infancia y no sé si este hecho es una premonición definitiva o una desechable anécdota, otra más. Uno puede rebuscar su identidad donde le plazca, pero esa sombra que finalmente somos suele sernos muy esquiva y habitar, acaso, muy adentro de nosotros mismos.
 Por ello rebusco en mi árbol genealógico y me sale un frondoso sarpullido de ancestros con orígenes en Campanet y en el barrio palmesano de Santa Catalina. Me salen, también, un montón de conexiones perdidas, hace ya muchos años, con presuntos parientes de algún lugar incierto de Extremadura, de Larache (Tánger, Tetuán, tal vez del mismísimo jardín de las Hespérides), de algún islote, en fin, del siempre remoto Caribe. A todos ellos, mis queridos antepasados, los llevo siempre conmigo sin saber cómo ni por qué, pero ya me he acostumbrado tanto a su compañía que no me resultan ninguna carga. No se me quejan. No chirrían ni tampoco alborotan, cuando el mundo se nos planta tal cual es (o quiere ser, que no es lo mismo) y nos acaba pareciendo, el mundo, un decepcionante mal chiste o una ambulante estupidez sin ningún sentido, aunque parezca ir de enarbolar banderas y también banderines, pancartas y también pasquines. Estoy convencido de que, a mis antepasados, pese a ser de otras épocas y costumbres, les importa muy poco lo que, desde luego, a mí me importa nada. O menos que nada.
 Luego están los delirantes informes de los expertos de la comisión de la Diada representados, entre otros, por el inefable Cristòfol Soler, de la Asamblea Soberanista de Mallorca, o Maria Antònia Font, del sindicato STEI, nada menos. Pero ya lo dije. Uno puede buscar su identidad donde le plazca: hay paraísos artificiales, distopías y lodazales suficientes para todos. No hay que alarmarse, por lo tanto, si nuestra progresía fija sus señas de identidad (y las nuestras, ay) en el genocidio de la conquista, saqueo y posterior reparto de Madina Mayurqa antes que en el nacimiento histórico del Reino de Mallorca. Seguramente ignoran que manipular el pasado para construirse un futuro a medida es prostituir pasado y futuro; es convertir el frágil presente en una vergonzosa farsa.
 

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viernes, diciembre 23

La suerte y el azar


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hace tiempo que ya no pillo ningún trébol de cuatro hojas ni encuentro herraduras clavadas sobre las puertas cerradas a cal y canto de las casas. Será que la suerte anda de capa caída o que ya agotó su limitadísimo cupo. Será, tal vez, que nos cuesta abrirnos a lo desconocido y pensar más allá de las estrecheces de un discurso que suele empezar, al alba, con el escepticismo de costumbre para acabar relamiéndonos, quizá al anochecer, con la sensación de que las cosas no han salido, en fin, como quisiéramos. Habría que saber, desde luego, qué méritos nos adornan y a qué nos hemos hecho realmente acreedores, pero ese es un tema muy espinoso que, hoy en día, casi nadie se plantea. Por si acaso, supongo.
 Con todo, la suerte es desde siempre un bien muy extraño, escaso y, sobre todo, improbable, que sucede muy de vez en cuando y que nos hace sonreír y hasta frotarnos los ojos, porque no es fácil, en efecto, desafiar el abrumador peso en contra de las probabilidades matemáticas y salir indemnes, ilesos, triunfantes incluso. Es magnífico, embriagador, ver cómo se derrumban todas las previsiones racionales y se disipa la pesada bruma de la lógica, el seny que hemos heredado no importa de quién ni cuándo. Ni un 12 de septiembre ni un 31 de diciembre: esto último, seguro.
 Pero a lo que íbamos. Es revelador, quizá apocalíptico, cambiar la estrecha mirilla por la que nos hemos acostumbrado a olisquear la realidad y el cielo y la tierra por una mirada nueva (o muy vieja, anterior a tanto cataclismo histórico como llevamos escrito en la sangre), una mirada abierta a ese azar existencial y metafísico que nos ronda más allá de la usura de las omnipresentes casas de apuestas online, los absurdos boletos de la primitiva, la invariable monodia de los niños de San Ildefonso que, en este mismo instante en que escribo estas líneas, están repartiendo el único premio al que suelo, por inercia o masoquismo, jugar un año y también otro. Todavía no han cantado el gordo, pero lo cantarán.
 Acaso la suerte sólo sea un instante de lucidez que da sentido a toda una vida. Saber, por ejemplo, que hace unos años estuve en el mismo mercadillo navideño de Berlín donde la muerte atropelló a la vida hace sólo unos días. Saber, desde luego, que cada cosa que hacemos obedece a algún motivo oculto en el tiempo, a alguna creencia, más o menos olvidada, que late en nuestro interior pugnando por salir y manifestarse, por convertirnos, tal vez, en otros. Sé que eso es muy difícil, pero estamos en Navidad y ya que alguien va a morir, metafóricamente, por nosotros, alguien debería, igualmente, revivir por él. Por todos nosotros. Feliz Navidad.
 

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martes, diciembre 20

De selfi en selfi


La Telaraña en El Mundo.

  De repente llueve con intensidad y hasta ventea con fuerza. Acaba de amanecer, pero la luz aún no ha tomado posesión del mundo: no se sabe cuándo lo hará y hay quien dice que no lo hará nunca. No hay que hacer caso a los agoreros, ni antes ni ahora ni después. Mientras tanto, abro las ventanas y observo la silueta alargada y tendida de la calle Olmos, extrañamente vacía y mojada, muy brillante, oscura. El tímido resplandor de un rayo me turba un instante la mirada. Creo que andamos entre la alerta amarilla y la naranja e, inmerso en ese juego de colores, espero que muy pronto acabe saliendo el arcoíris entero por el horizonte. No sería mala cosa.
 Hago memoria y recuerdo los informativos de ayer y anteayer, el de hoy, seguro que el de mañana. El torrente Gros se ha inundado y un reportero se mete hasta las rodillas en el agua para poder contárnoslo con todo lujo de detalles. Así da gusto. En San Magín ha estallado una tubería y ha saltado la pesada tapa metálica de una alcantarilla. Los atribulados reporteros nos la muestran (o nos la mostrarán, en definitiva) con cierto aire a misión cumplida en sus rostros. Se ha caído un muro en la calle Camilo José Cela y, sobre sus ruinas, una intrépida reportera intenta contarnos el desastre y mantener el equilibrio. La miro y siento, a la vez, un no sé qué de curiosidad y lástima. Me temo que cuando tenga que informar sobre algo peor o más grave no habrá quién le arriende las ganancias.
 Parece, pues, que la información de la realidad necesita, cada vez más, ser contrastada con imágenes y contorsiones en riguroso y convincente directo. En efecto, habrá que hacerse, y no exagero, porque ya se está haciendo, un selfi lo más impactante posible con el cuerpo mismo del delito, con la víctima o el culpable, según proceda, y propagarlo luego, a la velocidad de la luz y el vértigo, a través del vomitorio de las redes sociales por los telediarios de todas las televisiones, públicas, privadas o locales, por los infinitos canales más o menos descerebrados de YouTube, por todas las tertulias habidas y por haber de Telegram o WhatsApp. La información al poder, qué caramba.
 Está claro que, aquí y ahora, debería adjuntarles una foto de mi mujer y yo mismo achicando, juntos, el agua que ha inundado, esta noche, la pequeña galería donde tendemos la ropa recién lavada. Lo haría con muchísimo gusto, pero este reportero (que, por supuesto, no lo es) está de la sociedad del cotilleo institucionalizado, inmisericorde y frívolo hasta donde no puedo contarles sin ser, irremediablemente, grosero y hasta obsceno. Y eso sí que no debo permitírmelo. Faltaría más.

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viernes, diciembre 16

La basura de todos


La Telaraña en El Mundo.
 
  La realidad no es sólo un montón de cosas que suceden o no; es también el discurso, el lenguaje en acción que ordena esos sucesos, meciéndolos entre el caos del absurdo y esa leve brizna refrescante que nos transportan, a veces, algunas palabras, las que están bien dichas o escritas, seguramente bien pensadas. No es nada fácil, pues, encontrar el equilibrio entre ese lenguaje y esa realidad que se nos escapan por entre las celosías de la razón convertida, finalmente, en un filtro donde se nos acumula, inmisericorde, la basura. La basura general y la propia, la basura de todos. Es por ello, que no podemos realizarle una autopsia completa a ese cadáver exquisito de la realidad global y nos vemos impelidos a analizar tan sólo sus fragmentos: las huellas y los excrementos, los signos y los símbolos. A veces no hay otra forma de entender lo ininteligible. Y ni así.
 No voy a sobresaltarme lo más mínimo, porque todo, absolutamente todo, parece estar permitido. La realidad se ha vuelto laxa, informe, casi que líquida y no creo que sea por el sudor o los escalofríos que se avecinan, sino por la falta social de discurso, de lenguaje válido que la sostenga. Nos quedan los gestos, claro. Así, los miembros de la CUP, por ejemplo, convierten su realidad (y la nuestra) en unas fotografías rotas y abrasadas en público y bajo palio. La autoridad en sus manos es la hoguera de una nueva inquisición: la España negra, ahora la de las redes sociales y el smartphone en llamas, otra vez revisitada.
  Pero no hay que olvidarlo. Los de la CUP son gente de orden, aunque aparenten lo contrario, porque no se está en un gobierno si no se aspira a un orden, siquiera sea a ese orden propio y mayúsculo, infantil e infernal, con que Babel edifica sus ruinas y acaba derruida. Es lo que pasa cuando no hay diálogo ni discurso y la gente de orden se empeña en ordenarnos de forma ininteligible. Ya lo dije. A veces no hay forma de entender lo ininteligible.
  Estoy hablando de la basura y decido no abandonar el tema. Salgo a la calle y constato que Palma está sucia. Que hay zonas donde no la recogen o lo hacen tarde y mal. Será por ello que la teniente de alcalde de Ecología, Agricultura y Bienestar Animal (y presidenta de Emaya), Neus Truyol, recién acaba de presentar su plan de limpieza para 2017. No debiera hacer falta aclararles a los ecosoberanistas de Més que, por desgracia, tampoco basta con el discurso para ordenar completamente la realidad. También hace falta la acción. Sobre todo, si se trata de limpiar de basura las calles. O la vida misma.

 

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martes, diciembre 13

Juego de Tronos


La Telaraña en El Mundo.

 Este pasado puente de diciembre tenía pensado, entre los destinos más o menos exóticos que se me ocurren cada año, llegarme hasta las ruinas históricas (y ahora también sociales) de Atenas, pero no pudo ser. Las insalvables dificultades para encontrar vuelos directos o con horarios decentes me obligó a rescatar del olvido la dura prueba de los viajes en manada. Dicho y hecho, unos doscientos mallorquines (algunos, como yo, sin haber visto en la vida ni un capítulo de Juego de Tronos) desembarcamos estos días, sorprendentemente cálidos y apacibles, en algunas de las naciones más jóvenes de Europa y, a la vez, en algunas de las culturas más antiguas sobre la faz de la tierra: Croacia, Montenegro y Bosnia-Herzegovina. Dubrovnik, Kotor, Budva y Mostar.
 No sé, ahora, si sólo viajamos en el espacio o si también lo hacemos en el tiempo. Cierro los ojos y dejo que me invada la feliz fatiga de las horas subiendo y bajando por entre las torres y las guaridas escarpadas de los centinelas imaginarios, a un único paso del abismo violentamente azul y negro del mar, allá abajo, y del vértigo que, desde siempre, padezco. Quizá las murallas de Dubrovnik, además de encerrar la orgullosa historia de la República de Ragusa, sean el mejor mirador sobre el mar Mediterráneo (el Adriático, de hecho) que el tiempo, las guerras y los terremotos, que la destrucción o el amor y el odio, en todas sus facetas, han acabado respetando. Qué inmensa suerte.
 Alrededor de la belleza, sin embargo, crece aquí, como en todas partes, la especulación inmobiliaria (al parecer, de la mafia rusa) más galopante, el descontrol y la ineptitud oficiales más inverosímiles, la corrupción que convierte las laderas de las montañas en edificios que se vuelcan sobre el mar como sobre sí mismos. Mientras tanto, los autobuses avanzan dificultosamente por carreteras constreñidas, atraviesan túneles lóbregos, buscan una sombra donde aparcar por entre los solares arrasados y los rascacielos de nuevo cuño, ruinas ya inhabitables a los pocos meses de haber nacido.
 El pasado y el futuro (temibles, tal vez terroríficos) me sobrevuelan en este instante de calma, instalado en casa y con las maletas aún por deshacer. Repaso el álbum fotográfico y reparo en la frase de Tito sobre una de las puertas del casco medieval de Kotor. «Tude necemo, svoje nedamo», es decir, «Lo de ellos no lo queremos y lo nuestro no lo damos». Será por eso, tal vez, que en los hermosísimos reinos de taifas que he visitado estos días todos hablan dialectos similares de una única lengua común, pero dicen hablar, orgullosísimos, la suya propia y no las de los demás. Por lo visto, en todas partes cuecen habas. Las mismas habas.

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viernes, diciembre 9

Caballo del malo


La Telaraña en El Mundo.

Es posible que esa parejita joven y, tal vez, inocente, que se aleja del mundo, durante el fin de semana, para hacer el amor entre nubes de marihuana, salga indemne. Es posible, pero no seguro. Dependerá de ellos mismos, de si tienen o no más problemas que los propios de la curiosidad o más embargos que el asombro inicial por todo aquello que se desconoce, pero que se va aprendiendo, cómo no; todo se aprende: poco a poco o a trompazos. El problema viene luego, cuando el amor se enfría y las dosis aumentan y las hojas de marihuana se convierten en papelinas de ácido lisérgico, en cocaína, en pastillas de no sé sabe qué éxtasis o, finalmente, en heroína. La muerte fulminante sustituye a la vida a plazos mientras en el tocadiscos resuena al galope, Heroine, aquella vieja canción de la Velvet Underground, con el cadáver magnífico de Lou Reed al frente.

Hasta aquí la literatura, que es algo así como dar vueltas y más vueltas a las cosas para verlas desde todos los ángulos posibles, para verlas mejor, en definitiva, como le vino a decir el lobo feroz de la fábula a Caperucita Roja. Vivimos en ese bosque que Caperucita atraviesa a diario para ir a ver a su abuela y es seguro que alguien nos va a intentar devorar más temprano que tarde. Ojo avizor, por lo tanto.

Las estadísticas no suelen agotar la realidad, pero sí que ayudan a identificar y prevenir los problemas, nuevos o viejos, que no dejan de aparecer o regenerarse. Así, cuando ya creíamos que no quedaban heroinómanos, porque la muerte hizo tabla rasa en las décadas de los ochenta y noventa, resulta que es lo contrario. La heroína sigue cabalgando, ruidosa y febrilmente, entre nosotros. Por ejemplo, las incautaciones policiales de esa droga, en Baleares, han crecido un 366% en los últimos cuatro años y en Projecte Home (una institución que, si no hace milagros, es porque los milagros no existen) no dejan de recibir y atender a nuevas personas enganchadas a la heroína. A ese caballo peor que del malo.

Es posible que la parejita joven y, tal vez, inocente con la que empezaba estas líneas ya no sea tan joven ni tan inocente. Es posible que haya superado la fase más o menos introspectiva y sicodélica de los años sesenta (los setenta, en España) sin caer en la drogadicción generalizada y banal de las décadas posteriores hasta la actualidad. Es posible que cuando vean un joven delgado y fibroso, con la mirada vidriosa y perdida, se acuerden de aquellos amigos que se les quedaron en las cunetas donde una aguja parece prometerte la felicidad y no hace otra cosa que arrancarte el alma. Desahuciarte de ti mismo.

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martes, diciembre 6

Las estadísticas del catalán


La Telaraña en El Mundo.

 Habría mucho que hablar, supongo, sobre las estadísticas y su trémula razón de ser. Sucede, en fin, que la realidad, mientras hace como si jugara con nosotros, nos acaba desbordando. Escapa a nuestra comprensión, dejándonos a dos velas en cuanto nos despistamos, nos confiamos o nos dejamos llevar por la inercia, por cualquier tipo de inercia. Pasa muy a menudo que hacemos eso. Es entonces que la bruma que nos rodea se espesa, como un manto de plomo, y no hay forma humana de respirar ese aire que casi ya es sólido y letal y nada. No es de extrañar, pues, que nos venga de perlas contar con algunas cifras escogidas, con algunos tantos por ciento selectos (y también selectivos) para ir, de alguna manera, acotando espacios y conocimientos, para ir situándonos como si, en definitiva, estuviéramos descifrando lo que, de hecho, nunca llegaremos a descifrar del todo. Ni maldita la falta que nos hace.
 Resulta que el IX Informe sobre la situación de la lengua catalana (2015) refleja que el uso de la lengua autóctona de Baleares ha menguado, qué horror, entre los años 2004 y 2014. Es decir, que tras una década de absoluta inmersión lingüística, de férrea dictadura oficial y oficiosa del catalán por sobre todas las otras lenguas del orbe ha disminuido el porcentaje de los habitantes de las islas que lo usan de forma voluntaria y natural: del 45% a sólo el 36,8%. Es para sentirse muy frustrados. O quizá no.
 Para empezar, el informe lo firman el Institut d'Estudis Catalans (IEC), Omnium Cultural y la Plataforma per la Llengua. ¿Podemos confiar en ellos? La verdad es que no lo sé, pero si yo quisiera, como llevan lustros haciendo ellos, seguir viviendo del enorme potencial dilapidador del erario nacionalista y disfrutar, sin límites ni cortapisas, del riego torrencial, impactante y selectivo de las subvenciones económicas no encontraría mejor manera que abonar, cuidadosa y febrilmente, el terreno de abrojos y espinas. De dificultades y entuertos más o menos irresolubles. ¡Siempre hace falta más dinero para que broten muchos más catalanes y catalanas de lengua única, gloriosa y hasta imperial! O así.
 Hace años, un viejo y «malsofrit» amigo escritor mallorquín me confesó que sentía que la lengua catalana era su patria. Tengo testigos, aunque no sé si testificarían. Recuerdo que le miré con toda mi simpatía, pero también con el asombro desencantado del que sabe que no tiene patria alguna, del que usa su renqueante lengua española para ir avanzando a tientas en esa inhóspita, titánica labor que es ir desbrozando el mundo de tópicos y lugares comunes, de patrias, por muy lingüísticas y litúrgicas que sean, al servicio de no se sabe nunca qué enmascarados o poderosísimos señores.





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viernes, diciembre 2

Palma (de Mallorca)

La Telaraña en El Mundo.

 Cada mañana, mientras desayuno, ojeo este mismo diario. He escrito ojeo y no hojeo, porque en la plataforma digital Orbyt el papel brilla por su ausencia y no hay otra forma de pasarle las páginas virtuales al periódico que a golpe figurado de mouse. La cuestión es que, al abrir la aplicación, siempre me quedo unos segundos meditando si me apetece leer la edición que el programa me propone por defecto, que es la de Madrid, o si prefiero, por ejemplo, las de Barcelona, Valencia o, quizá, Ibiza. ¿Por qué no las de Soria, Burgos, Sevilla o Alicante? ¿País Vasco?
 Al final, me decanto por la edición de Mallorca, claro, porque el programa imita a la realidad (igual que la prensa, por otra parte) y España es sólo un montón de islas que se convierten en archipiélago las unas gracias a las otras y todas juntas y revueltas, todas a la vez, parecen, al fin, algo definido en un mapa que es más una declaración de intenciones, una proyección burocrática, que un mapa real, un plano auténtico de algún tesoro de valor incalculable, tal vez la España de arrugas profundas como alforjas repletas de heridas incurables, que no dejamos de buscar, aunque nos importe un carajo que, muy posiblemente, ya no exista.
 Hay muchísimas cosas que ya no existen, pero que hacemos como si existieran, porque nos va mucho en la impostura irracional de esa búsqueda, en ese acto mágico de fe (o de ficción maravillosamente bien urdida) que no podemos, de ninguna de las maneras, disimular. En efecto, por mucho que nuestro discurso de cada día parezca buscar la fragmentación y nutrirse, puntual, pero constantemente, del desorden general en que nos movemos, lo que nos atrae de veras es la pulsión invencible de lo atávico. Esa perversión, entre nostálgica y desencantada, del mito del eterno retorno que nos lleva a creer que alguna vez, en algún lugar, fuimos ya quienes realmente somos. Cuánto nos gustaría volver, siquiera fugazmente, a serlo.
 Luego salgo a las calles y calle Olmos arriba o abajo me pierdo entre los vecinos, los turistas y los mendigos, con sus dientes de charol, sin reconocer a casi nadie mientras la ciudad me muestra (o tan sólo me insinúa) su nombre actual entre las luces de las marquesinas donde se acaba anunciando todo aquello que se vende. Palma o Palma de Mallorca, según gobiernen unos o gobiernen otros. PMI leo, sin embargo, en los buscadores de vuelos, que es el único lugar en que Palma (de Mallorca) es un lugar de partida o de destino, uno de esos lugares paradisíacos o infernales en los que sólo se pueden hacer cosas tan importantes como nacer o morirse. Nada menos.

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martes, noviembre 29

Entre Llull y Castro


La Telaraña en El Mundo.

 Observo, en las fotos, a Francina Armengol rodeada de obispos, cardenales, prelados y hasta monaguillos. Su chaquetón de nutria (o de lo que sea) refulge, mientras las cenizas medievales de Ramon Llull abandonan la Catedral y regresan a su nicho en la basílica de San Francisco. Se nos termina, pues, el año Llull (con más sombras que luces, por cierto) con el mismo paso marcial y fúnebre con que nos vamos despidiendo, poco a poco, de las penúltimas reliquias del sangriento siglo XX. En efecto. Un carnicero menos, Fidel Castro, se ha ido al otro barrio dejándonos el humo letal de sus espléndidos habanos y el sepulcral silencio que sus discursos de horas sembraban a su alrededor y adentro, muy adentro. Con todo, la música sigue sonando infatigablemente y dicen, los que saben, que nunca dejará de hacerlo. Es cierto, en algunos lugares hay que bailar a todas horas para poder sobrevivir.
 Pero las mayestáticas puertas de la Seo son un magnífico lugar para posar y para que los turistas y curiosos perseveremos. Junto a Francina Armengol están Miquel Ensenyat (con una corbata que, de tan discreta, no parece suya) y la flamante delegada del gobierno, María Salom. La verdad es que este trío de autoridades luce desangelado y discorde, quizá deslavazado, como si se sintieran meras comparsas, escoltas obligados y circunstanciales de la Reina Sofía, que ella sí que sabe de Llull (y seguro que también de Castro) lo que no está en los escritos. ¿Para qué sirven los gobiernos locales si ni siquiera alcanzan para presidir, realmente, estas pachangas?
 La pregunta tiene, por supuesto, muchas respuestas, pero ninguna nos entusiasma. Es posible concluir que el Govern y el Consell están para distraernos con su locuaz discurso de proximidad y empatía, para repartir abrazos hasta a las farolas y extender certificados lingüísticos, de paisanaje a la fuerza o de nacionalidad ensimismada. Están para monopolizar las quejas y eternizar el discurso social contra la prepotencia histórica del centro. Para repartir, en fin, el poco dinero que Madrid no nos roba mediante subvenciones que inmiscuyan lo público en lo privado y conviertan, en la medida de lo posible, lo anecdótico en lo esencial. Convertir. Pervertir. Intentarlo al menos. Subvencionar, por ejemplo, con unos 200.000 euros, según la convocatoria firmada por la consellera de Transparencia, Ruth Mateu, las fotocopias, el papel, la tinta de impresora, los bolígrafos y hasta los billetes de tren, autobús o metro necesarios para que la gente pueda aprender a hablar y a escribir catalán de balde. Noble y difícil tarea, es cierto. Yo llevo toda la vida esforzándome con el castellano y aún me temo que me faltan algunas lecciones. Es muy posible que no las aprenda nunca.

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