LA TELARAÑA

viernes, abril 17

El encierro electoral


La Telaraña en El Mundo.

 Resulta que el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, se asustó de veras, aunque sólo le llovieran los inofensivos confetis y las octavillas, quizá, de la ira, cuando una joven activista alemana se le subió de un salto a las barbas esquilmadas de los balances, al filo gélido de los saldos inverosímiles y las básculas manipuladas por el déficit de los grandes números frente a la debacle doméstica de los números pequeñitos, los guarismos mínimos del día a día, las cuentas sin acabar de cuadrar en la ruidosa alcancía de los trabajos y las horas.
 Parece, en fin, que nos gustan mucho estos simbólicos sobresaltos por lo que tienen, quizá, de ejemplares y, a la vez, de inútiles. Nos gustan por lo que quieren demostrar (aunque no sé si lo demuestran, pero ese es otro tema) de ética y de impaciencia; de joven voluntad humana decidida a enfrentarse al viejo fatalismo que encarnan los que parecen mover los hilos invisibles del poder, la economía sonámbula de los pueblos, el plan anual y malcarado de la miseria.
 Salto de la mesa de Draghi al balcón de esta especie de San Fermín, con las reses tullidas y los pitones recortados, que son las próximas elecciones del 24 de mayo. Aquí el encierro transcurre entre el viaje descontrolado de los tránsfugas (en busca de alguna lista en alguna marca blanca donde medrar, al fin) y el trote cochinero de los cabestros de siempre. Creo que no me va a quedar más remedio que seguir corriendo hasta la inalcanzable plaza de mis sueños. O hasta el mismísimo matadero y más allá, aún.

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martes, abril 14

Voluntad de poder


La Telaraña en El Mundo.
 
 Decido ponerme al día en los penúltimos escarceos tecnológicos (por así llamarlos) del cine compartido en la red y me encuentro, de la mano inocente de algunos comentarios en la prensa generalista, con Wovie.tv y Popcorn Time. Se trata de una web bastante surtida y de un programa de código tan abierto como dudoso. Nada nuevo bajo el sol, salvo las ganas o la necesidad de seguir burlando el arco de las taquillas y el sudoroso hedor de las palomitas de maíz en los apretados multicines de hoy en día. Quizá el cine ya no sea lo que era, porque casi todos los estrenos se me antojan de una vulgaridad aplastante.
 Pero tampoco la política es lo que era. O lo que debería ser y no fue nunca. Me resultan vulgares (y hasta insultantes) las fugas masivas de personal más o menos cualificado que se producen en los partidos señalados por el descalabro electoral en las tablas de la ley que, en la actualidad, son las encuestas. Aquí el éxito o el fracaso son un voluble estado de ánimo y una obsesiva voluntad de poder; un abismo que se abre para unos y se cierra para otros sin más solución a la vista que la abolición o el arribismo.
 Las elecciones se aproximan no sé si a paso marcial o de vértigo. El espacio alrededor del PP y el PSOE va a ser ocupado por las catervas y legiones de Podemos y Ciudadanos. Por las múltiples marcas blancas de una izquierda sin más referentes que algunas dictaduras más o menos enloquecidas y la enésima refundación de una derecha que no acaba de sentirse conforme, ay, consigo misma y con sus circunstancias.

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viernes, abril 10

La defunción de UPyD


La Telaraña en El Mundo.
 
 Voy leyendo los múltiples partes de defunción de UPyD y no puedo sino quedarme pensativo. ¿Cómo es posible? Tengo (o he tenido) amigos en esa formación. Gente que ha merecido, alguna que otra vez, mi voto y a la que podría volver a votar sin mayores reparos o remordimientos. Es cierto, eso sí, que Rosa Díez (tan ambarina y angulosa, ella) nunca me ha gustado, pero tampoco le veo al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, un porte o bagaje mucho mejor. Será que ya ha llovido desde aquel desnudo suyo en los carteles de una Cataluña que siempre prefirió el rococó nacionalista al minimalismo exento y, quizá, inmaculado.
 Conviene que aclare, no obstante, que mi voto no vale nada; mi sentido práctico de la realidad es nulo y no creo en ninguno de los dogmas que los partidos políticos esgrimen al llamarnos a urnas. La verdad es que ni la economía ni la sociología (como tampoco sus variantes dialécticas y ontológicas, televisivas, de género o sexo y hasta zoológicas) me importan un comino. Estoy seguro que mi amigo (de Facebook, al menos) y cabeza visible de UPyD en Baleares, Johannes A. Von Horrach sabrá entenderlo.
 Lo que no creo que nadie entienda es que el trabajo de años, de repente, no valga para nada y Ciudadanos venga a sustituir a UPyD sin más razones que el caprichoso azar de un sarpullido mediático. Es por eso (entre otras cosas) que siempre miento cuando al salir de los colegios electorales me interrogan sobre el tacto rugoso de la papeleta de mis sueños. Esa papeleta no existe. Lo sé y lo saben ustedes. O eso creo.

 

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martes, abril 7

Mercaderes y artistas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Suelo entrar en la Lonja igual que en un museo o un templo. Con cierto asombro y expectación. Como frotándome los ojos para que las imágenes se multipliquen y la mirada se me pierda por entre las ojivas góticas del cielo, las nubes de piedra y el aire a cónclave de mercaderes, a subasta de sudor y huesos. Ahí la humanidad intercambió sus dones y provocó, quizá, la ira de los más justos. Pero hace tiempo que ya no me recuerdo esa indignación en la sien, ese avivamiento interior, esa ebullición en el arco curvo y tenso, sostenido, de las palabras. Es una lástima, lo sé.
 Pero entro en la Lonja y me encuentro con una exposición (o instalación o lo que sea) de Rebecca Horn. Midiendo el cielo desde el fondo de un pozo. O “Glowing Core”. O unos espejos superpuestos. Varias calaveras deshabitadas. La vaga presencia teórica de Ramon Llull o de quien se quiera, en fin, sacar del sepulcro para dejar que se pudra al devenir de la tertulia, la representación o el artificio. Los muertos exquisitos siempre le dieron mucho juego al arte. O así.
 Pero vuelvo a entrar en la Lonja y me asomo a los pozos sin fondo no sé si del cielo, la tierra o de mí mismo y mido las distancias como quien se contempla sin verse y sabe que en los espejos no hay más ni menos que la propia vanidad; y sonrío o me aflijo con que el IEB se gaste, me dicen, veinte mil euros en esto y el cero metafísico del arte nos ocupe la Lonja durante seis meses como si la sangre se nos detuviera en las venas y a ver qué dice, entonces, nuestro maltrecho corazón. ¿Qué dice?
 

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viernes, abril 3

Viernes Santo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Si entre nosotros parece que no dejamos de buscar líderes (y encontrar alimañas) que nos dirijan, cómo no vamos a buscarle a la creación entera un creador único, un rostro amable o cruel, pero responsable, que nos cobije cuando andamos perdidos y dé sentido al viaje ensortijado de los años que se suceden sin otra música que la de una solemne procesión bíblica: desde los albores del diluvio universal hasta la luz intermitente de una vela ante la que oramos, vacilantes, cuando ya nos empieza a faltar la fe y las palabras añoran su antiguo poder curativo, su empatía o hipnosis.
 No acaba de amanecer en esta noche oscura y de plomo en la que me revuelvo, inquieto, en mitad de mis sueños. Los encapuchados, con ruidosos y lacerados tambores, van recorriendo las calles como si se dirigieran, una vez más, a Getsemaní, ese jardín de olivos retorcidos, y una última oración les esperara allí, dos mil quince años después. Esa oración es la misma que sigue resonando, ahora, en mi recurrente insomnio de casi siempre. Qué poco han cambiado las cosas.
 Mientras tanto, hoy celebramos (a nuestra manera, por supuesto) el día de la Cruz. O el de la muerte que se acabará convirtiendo, finalmente, en la magnífica premonición de un sepulcro vacío. No obstante, no voy a buscar por ahí afuera las pruebas exquisitas de una fe que apenas sí conservo en mi interior; y no siempre, tan sólo a ratos. Hay algo en la naturaleza humana que nos empuja a nombrar todo cuanto desconocemos y hasta llamarlo Dios, en ocasiones, sin saber de lo que hablamos.
 

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martes, marzo 31

Doce años y un mes


Este blog acaba de cumplir doce años y un mes.

El viaje de la vida


La Telaraña en El Mundo.
 
 A menudo, mis paseos diarios por Palma me llevan hasta la plaza de las Columnas, Pere Garau o Son Gotleu. Es la mejor forma, quizá, de reconocer los paisajes más castigados por la crisis, el zoco de los emigrantes, los exóticos lugares donde la cultura muestra su mestizaje y la civilización contiene el aliento y se convierte en otra cosa: una espera más allá de toda esperanza, una voluntad de supervivencia sin límites, el alarido silencioso de quien desea fundirse con las sombras para dejarse llevar, tal vez, por la inercia de todos.
 En ese cónclave de pueblos, sin embargo, no parece producirse fusión alguna. Los chinos, árabes, africanos, hindúes y latinoamericanos parecen vivir en compartimentos estancos. Incomunicados entre sí. Sus comercios son distintos. Sus restaurantes, otros. Y no se relacionan entre ellos, sino a través de nosotros, los asombrados indígenas de esta selva donde la ciudad resplandece como si el sol fuera de fuego y viajásemos en un avión sin más piloto que un suicida a los mandos. El viaje de la vida.
 En estas, y por aquello de las próximas elecciones, el candidato de MÉS, Antoni Noguera, apuesta por la creación de un eje cívico que una Pere Garau y Son Gotleu. La idea es buena. Una rambla peatonal permitiría que, desde las Avenidas hasta la mismísima cocina del infierno, el mundo fuera poniendo en orden el artificio rabioso de sus etnias y la presunta diferencia de sus culturas. Todo para que, al final, resplandeciera la verdad única de la soledad, la pobreza y el desvalimiento compartidos.

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viernes, marzo 27

“Aló, Jarabo”


La Telaraña en El Mundo.
 
 El mando a distancia del televisor nos puede deparar cualquier cosa. Así, días atrás me topé con una entrevista (grabada) al líder de Podemos en Baleares, Alberto Jarabo, en una de las tertulias de Canal 4. Sus opiniones, tan insustanciales como su ingrávida sonrisa, tuvieron la virtud de rendirme al buen humor del escepticismo. Por desgracia, este hombre no se entera de nada. Será que la realidad es demasiado compleja como para abordarla sólo con consignas más o menos bienintencionadas.
 El caso es que era de noche y no tenía sueño. Sin embargo, las claves dialécticas de Jarabo me aproximaron, raudas, a la somnolencia. Les cuento algunas ovejas de su virtual rebaño. A falta de ideas propias, asamblearismo y redes sociales. Un indisimulado afán de control de los medios de comunicación privados. El corsé bien ceñido sobre los lomos escuálidos de la educación, la sanidad o el fisco. Todo muy público en una gran nación de funcionarios. El sector turístico bajo sospecha. Los sueldos (de los futbolistas, por ejemplo) limitados. O una auténtica inflación demagógica. Pero sigo.
 Una política suicida (en el actual Estado de Derecho) respecto a las viviendas vacías de los ciudadanos y las entidades bancarias. Pobrecitos los bancos. Todo para terminar con la propuesta de la retransmisión (streaming) en directo de todas las negociaciones entre los partidos. De ahí a un ubicuo "Aló, Presidente" en la mejor franja horaria de las televisiones (se entiende que públicas, claro) va un solo paso. Fue entonces cuando me fui a la cama.
 

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martes, marzo 24

Guía del paraíso


La Telaraña en El Mundo.

 Según una encuesta del diario londinense The Times, Palma es la mejor ciudad del mundo para vivir. Está bien. Vale. Lo aceptamos, porque tampoco podemos refutarlo. Vivimos aquí desde el principio de los tiempos y, desde entonces, nos hemos sabido muy próximos al paraíso, en sus aledaños cálidos y prometedores, en su círculo espectral de elegidos a pesar de todo. A pesar de nosotros mismos, nuestra abulia esencial y nuestra condena íntima de todo lo provinciano, localista, vulgar o nefasto. Palma es, también, ese lugar que detestamos, hasta cuando nos subyuga.
 Hace un par de semanas vino a Palma un amigo sevillano. Me puse mi mejor disfraz de guía turístico y me ofrecí a enseñarle la ciudad en unas tres o cuatro horas. Nos encontramos en el Paseo del Borne y nos fuimos caminando hasta la Catedral. Estaba cerrada. De ahí nos llegamos a Cort, con su olivo y su fachada esquinera de pega, ese milagro arquitectónico, esa vergüenza funambulista de vigas metálicas sostenidas no se sabe cómo ni por qué o hasta cuándo.
 Después visitamos la Plaza Mayor, esa explanada de camareros y mimos mendicantes, y la Plaza de España. Entre ambos lugares, San Miguel nos acogió con su ir y venir urbano, su top manta y sus abigarrados comercios. Esta calle me recuerda a la calle Sierpes, me dijo, entonces, mi amigo, y me sonreí pensando que el paraíso está en todas partes y en ninguna; quizá, pues, lo mejor sea llevarlo muy adentro para que si nos falla, por algún motivo, todo lo que nos rodea, no nos falle, al menos, lo que sentimos. O así.
 

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viernes, marzo 20

Los delfines y la muerte


La Telaraña en El Mundo.
 
 Hay temas que se eternizan, a veces, porque el azar o el destino entran en conflicto y no logran ponerse de acuerdo. Pienso, por ejemplo, en el suicidio del entrenador de delfines de Marineland, José Luis Barbero, y en los posibles efectos colaterales de propagar en la ficción demagógica de las redes sociales un video más o menos real o manipulado. Auténtico o subjetivo. Desprovisto de matices e incertidumbres o saturado de suposiciones, primeros planos ambiguos, imágenes escogidas por no se sabe bien qué oscuros o diáfanos motivos.
 Puede que no seamos capaces de hallarle razones suficientes a la vida o a la muerte. O que, pese a intentarlo con fuerza, nunca logremos explicarnos de forma coherente las razones de la inercia de las células, el horror del piélago erizado de algunos de nuestros pensamientos y actos, el muro en blanco frente al que nos lamentaremos un instante antes de que una sábana blanca nos acicale. Al fin desnudos y para siempre.
 No tiene razón, sin embargo, SOS Delfines cuando califica de artificial la polémica sobre la autenticidad del video que realizaron sobre el maltrato de los cetáceos. Dicen que hay muchas otras horas de grabaciones que probarían lo que el video venía a denunciar. Es muy posible, en efecto, pero no sé si estos animalistas son, a fin de cuentas, unos perfectos irresponsables o unos auténticos extraterrestres. No es de recibo confundir el lento y tortuoso devenir de los trabajos y los días con la edición mutilada de su macabra síntesis, su corolario, su agónica verdad de parte.
 

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martes, marzo 17

Polvos y lodos


La Telaraña en El Mundo.

 Leo sobre toda suerte de dietas (del cuerpo, pero también del espíritu) mientras apuro el catálogo completo de mi pastillero médico y me subo a la báscula de cada día con la única obsesión de aligerar peso o esclarecer conceptos. Quizá no podamos aspirar a nada más que despojarnos de la asfixia harapienta de los tópicos, esos lugares comunes, mediocres, tóxicos, y bañarnos en las aguas revueltas de la realidad.
 Porque la realidad, en efecto, baja revuelta y en sus aguas hay un hilillo rojo de sangre, una profusa sucesión de persecuciones, secuestros y ejecuciones. A un fanatismo le sucede otro igual, pero de signo opuesto. Aparentemente opuesto. No es de extrañar, pues, que ahora sea fácil encontrar nostálgicas defensas, por ejemplo, de Sadam Hussein, Muamar el Gadafi o Reza Pahlevi, el sha de Persia, como si sus derrocamientos (tan artificiales y manipulados como sus llegadas al poder) nos hubieran traído la barbarie de Estado Islámico y grupos afines. No es así. O no del todo. Aquellos polvos, estos lodos. O viceversa.
 Parece, pues, que el mundo precisa de un equilibrio general que no tiene, porque nos toca bailar sobre un alambre muy fino y no hay otra forma de avanzar que hacerlo tambaleándose y retorciéndose (sobre nosotros mismos) intentando conservar la conciencia y hasta la compostura. Quizá la dignidad o esa última quimera, que da en pensarnos libres mientras rendimos culto a tanto paraíso perdido, a tanto sueño encapsulado en la tormentosa espiral genética que nos obliga a mantenernos erguidos. O casi.
 

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viernes, marzo 13

La clase media


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Resulta que se comparten archivos –ya conocen esa vieja y guerracivilista historia del cine español, la propiedad intelectual de la indigencia o la música corporativa y militante de los de casi siempre; a cualquier cosa se le llama cultura en nuestros días- de la misma forma que se comparten asientos en los vehículos privados sin más taxímetro que el precio al alza de la gasolina y hasta habitaciones sin más estrellas que la noche oscurísima de los lobos (los de Wall Street y Bruselas, los de Andorra) en las casas de cada cual para ir moldeándole la cintura del hambre a la crisis y salir adelante aunque sea a rastras y contra el fragor del universo.
 Hacienda, mientras tanto, intenta amordazar hasta la asfixia el espejismo dorado de la economía sumergida. No sé si saben lo que hacen o si sólo hacen lo que saben. Poca cosa. O quizá mucha. Una simplificación perversa, una maniobra de distracción, un error absurdo de cálculo contra una clase media que se ve señalada, a la vez, como el motor de la economía y el progreso, sin tener más horizonte que su renta menguante en los saldos rojos del capitalismo crepuscular en que chapotea.
 Igual sucede que toda la economía española (y también la europea: no hay mercado de trabajo, presión fiscal o políticas sociales únicas y comunes) es, aquí y ahora, un precario iceberg a la deriva, una peonza ebria y demacrada que viene huyendo, vapuleada, de los políticos de siempre y va camino, ay, del latrocinio globalizado de los que quieren sustituirlos. Podemos y Ciudadanos, por ejemplo.

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martes, marzo 10

La privacidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Repaso las portadas de la prensa y llego a la dolorosa conclusión de que, según parece, todos los teléfonos móviles (y sus correspondientes pilas íntimas de mensajes en aplicaciones como WhatsApp y similares) de la gente más o menos conocida o por conocer están, constante y ubicuamente, pinchados, intervenidos, minuciosamente auscultados.
 La verdad es que me cuesta mucho creer que eso es así. Me resisto a aceptarlo pese a que la batalla parece perdida e intuyo, incluso, que nunca sabremos, con certeza, si lo que se filtran son las goteras malolientes de la realidad desbordada y desbordante o su abono de parte, ese riego interesado que va escribiendo la historia. O rescribiéndola. Mal asunto, éste, el de la historia rescrita según se escrutan las líneas de una mano o se convoca a los muertos para que nos digan, en fin, lo que ya sabemos. ¿Qué otra cosa podrían decirnos?
 La privacidad pasa, entonces, por huir del escenario de la modernidad y las nuevas tecnologías, por abandonar el vértigo de los chats del infierno, las rápidas y desaliñadas grabaciones de la barbarie, el tuit inmisericorde con que el pensamiento libre se cuadra y se convierte en otra cosa, una consigna, un dogma, quizá un arma vírica y arrojadiza que intoxica al personal, desvía su atención o, mejor aún, la colapsa. Será por eso, tal vez, que desde hace tiempo sé que soy aproximadamente quien soy y no más ni tampoco menos. Desde ese lugar tan incierto miro al mundo, como a mí mismo, sin acabar de reconocerlo o reconocerme. Buena señal. Estoy seguro.
 

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viernes, marzo 6

¿Por dónde?


La Telaraña en El Mundo.
 
 La verdad es que no le encuentro la vena erótica a las voces en falsete de una pareja mallorquina discutiendo sobre si por delante o por detrás. Pensaba que esos viejos tabúes sobre lo que usted quisiera saber y no sabe, tal vez, sobre el sexo se habían solucionado durante los años ochenta o noventa; pero parece que no fue así y que el fin de siglo sigue extendiendo sus garras dialécticas hasta donde ahora estamos y más allá. Será, pues, que los años igual no pasan o pasan, tan sólo, para regresar cuando menos los esperamos, como si nada.
 Nunca he escuchado la radio de IB3. De hecho, nunca he escuchado ninguna radio y casi que me sorprende que la radio siga existiendo en la época del culto indisimulado a la imagen, a las verdades incontestables de YouTube y al paroxismo visceral de las tertulias televisivas: la omnipresente cámara que nos muestra las veinticuatro horas de nuestro día a día como si no tuviésemos otra cosa mejor que hacer que asomarnos a ese tragaluz donde sólo triunfan la ordinariez y la mentira, la casquería del espíritu, el neolenguaje orwelliano de las apariencias.
 Ahora podría aprovechar el hilo, estirarlo lo suficiente y hasta hablarles, quizá, de Podemos. Se habrán dado cuenta de que todo el mundo habla de Podemos. Pero no lo haré. Me siento escindido entre el lógico respeto hacia la indignación de la gente de la calle y la vergüenza ajena que me producen las burdas manipulaciones de su cúpula dirigente. Con ellos al mando no cabrá preguntarse, en modo alguno, si por delante o por detrás. Ay.
 

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martes, marzo 3

La Piedra Rosetta


La Telaraña en El Mundo.
 
 No parece que vaya a quedar mucho de nosotros. Ya no escribimos cartas que puedan sobrevivir, sudorosas y amarillentas, al paso del tiempo, sino emails y mensajes rápidos, volátiles susurros en la nube digital que nos envuelve. No imprimimos fotos, sino que las almacenamos en los sucesivos discos duros que se nos van rompiendo a lo largo de los años. No guardamos discos de vinilo sino mp3 o ni eso, simple música de consumo inmediato en el vivo y en el directo imaginarios de un par de programas informáticos.
 Yo mismo, hace unos meses, tuve que deshacerme de cientos de disquetes porque ya no tengo disquetera en el PC y, además, ya no existen aquellos venerables programas de edición de textos, básicamente bajo MS-DOS o Windows 3.11, con que solía escribirlos. Pronto haré lo mismo con los casetes y hasta con las cintas de video. La obsolescencia programada de soportes (y también de formatos) va reduciendo nuestro pasado a un montón de sombras indescifrables.
 En algo así pensaba este largo fin de semana frente a la Piedra de Rosetta en el Museo Británico de Londres. Su trilingüismo pétreo y rotundo ha sobrevivido al olvido, permitiéndonos descifrar conocimientos de incalculable valor histórico, cultural o artístico. Fue entonces, creo, que intenté hacerle una foto con el teléfono móvil y subirla, de inmediato, a Facebook, pero algo salió mal. Con la cuenta terminantemente bloqueada perdí, de golpe, unos quinientos amigos y me dije que la soledad también debía ser eso. No tener con quien compartir lo que se nos antoje.

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viernes, febrero 27

La hora de los dones


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es fácil entrar a saco e hilar fino entre los códigos enmarañados del mercado judicial, entre la báscula de los delitos y las penas, el tira y afloja estratégico de abogados y fiscales, el largo y tortuoso camino entre las curvas sinuosas de la libertad y las líneas rectas, y echadas a perder para siempre, de la prisión. Entre el tiempo aplacado por el estupor de las rejas y el tiempo aplazado por la imposibilidad de escapar al último hilo de la conciencia, el que nos hace defender hasta la mínima sombra de todo aquello que creímos ser y que, quizá, no fuimos. No siempre somos quienes somos.
 Pero a Jaume Matas el fiscal le ha hecho una oferta que, tal vez, no debiera poder rechazar. Pagar diez millones de euros y cumplir sólo cuatro años de cárcel a cambio de un mordisco en la médula de los días felices en que la corrupción era la norma y el pacto, la brújula común, la yugular abierta donde proveerse cara al futuro. Sin embargo, hay atajos que atraviesan hasta las montañas, pero que luego desembocan en lugares malditos, en miradores de vértigo, en galerías y corredores sin más vistas que la propia imagen en el espejo. O en el abismo.
 De momento, parece que todos los partidos, desde el PP hasta el PSIB y MÉS, están de acuerdo con la oferta. Deben de querer que las declaraciones de Matas, además de ahorrarnos su manutención entre rejas, nos aclaren el paisaje de una corrupción general en la que ellos no hicieron sino turnarse a la hora del reparto y los dones. Y aun así se creen con derecho a opinar. Vivir para ver.
 

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martes, febrero 24

Tejero, Monedero y otros


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta de que hoy (ayer para el lector) vuelve a ser 23-F y que ya han pasado, en definitiva, 34 años de aquel fallido golpe de estado a caballo de los tricornios y los sables del ejército, las intrigas palaciegas, las sombras y luces de la Corona, el lastre ruidoso de los tanques. Ahora recuerdo que aquella tarde anduve entre la soledad de mi despacho de entonces y la inquietud de un bar vecino donde el camarero no dejaba, eufórico, de jalear a Tejero y su panda. Mi despacho y ese bar ya no existen.
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta, también, de que debo ser muy torpe. O muy desafortunado. Me sobrecoge que, tras tantos años escribiendo, nunca me hayan ofrecido, como al confidencial Monedero, cuatrocientos mil euros (o así) por un informe más o menos sesudo sobre cualquier cosa. Recuerdo, eso sí, que hace bastantes años me ofrecieron cuarenta euros por escribir un folio y medio sobre la feria del libro de Palma en un digital inaugurado con mucho oropel y hasta con la presencia estelar de Jaume Matas. Todavía se me adeudan, ay, esos euros.
 Me siento a escribir estas líneas y caigo en la cuenta de que mi película preferida de este año se ha quedado sin ningún Oscar. «The Imitation Game», la biografía del matemático Alan Turing, famoso por haber descifrado los códigos secretos nazis de Enigma, es un canto a la libertad individual y la inteligencia, un ejemplo de cómo sobrevivir al síndrome (presunto) de Asperger y hasta salvar el mundo, mientras tanto.
 

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viernes, febrero 20

Las 50 sombras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desde siempre, el erotismo ha estado llamando a las puertas de nuestra percepción, nos ha retorcido hasta el alma, nos ha acariciado la piel, como con látigos de fuego, con su brisa urgente y lasciva, nos ha convocado a las reuniones más selectas y salvajes, nos ha proporcionado, en fin, las primeras pruebas de vida, las más fiables: las que nunca se olvidan.
 Será por eso, tal vez, que aún recuerdo la excitación que me produjo la lectura, casi de niño, de algunos párrafos de la novela «Nana», una de las obras naturalistas de Émile Zola. O varios años después, la chanza de las películas de Alfredo Landa. O la hipnosis ante el discurso fatuo de la serie «Emmanuelle». Los libros virtuosos de Sade, Henry Miller o Georges Bataille. Las once mil vergas de Apollinaire. Así hasta llegar, más o menos, hasta el andamiaje rápido (y sin palabras) del sexo en Internet, esos dos minutos eternos de fruición y descarga.
 Ahora llegan, convertidas en un gran éxito económico, las cincuentas sombras o así del señor Grey y su harapiento discurso a base de retales de disciplina inglesa de andar, tan sólo, por suntuosas habitaciones rojas, su refinado arsenal de dominación: el arcaico fetichismo del poder y el dinero. Del dinero, sobre todo. Pero no seré yo quien critique la versión o perversión de estos juegos íntimos de amor o sexo (o de lo que sean) expuestos en la ambigua almoneda del placer y el dolor, ese escaparate público donde cada puja que no ganamos puede convertirse en una ocasión perdida para siempre. Hay que andarse con ojo.

 

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martes, febrero 17

Todo está por hacer


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desde hace tiempo ya casi que sólo leo por azar, por volver atrás, metafóricamente, y convencerme, así, de que lo desconozco todo. El mundo lleva lustros enloquecido y las bases del conocimiento, en las que llegué a creer, ya no valen para casi nada. Me refiero a la filosofía ambulante de los primeros griegos, a las horas asfixiantes y tercas de la literatura centroeuropea, al espumeante spleen francés o al realismo mágico y no tan mágico, sino sucio, desgarrado, de América al completo, de abajo a arriba. También al oro español de siempre y a la calderilla familiar de ahora mismo.
 Así, pues, todo parece haberse vuelto, al fin, pura especulación y mero posibilismo. Una especie de agónica carrera contra un reloj que nunca se detiene y que, por lo tanto, no nos deja saborear el placer de la victoria o la derrota, las horas dulces y amargas, posiblemente ebrias, en que respiramos con atropello tratando de recuperar el habla y el resuello. Todo eso que nos lleva de una parte a otra del orbe (y de nosotros mismos) sin más urgencia que buscarnos ni más destino que perdernos. Que no encontrarnos del todo, quiero decir.
 Es por eso que la misma tristeza insuperable nos vale para auscultarle el pulso a la barbarie en Dinamarca que en París o en las zanjas polvorientas de Ucrania, Libia, Irán, Israel o Palestina. Es por eso que guardo todos los archivos de mi vida en una inverosímil nube digital por ver si un apagón los borra todos y regreso a ese día especial donde todo estaba aún por hacer y yo, además de intuirlo, lo sabía.

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viernes, febrero 13

Imposturas


La Telaraña en El Mundo.
 
 A veces el paisaje tan sólo se sostiene porque algunos matices lo mejoran. Se trata de rápidas pinceladas de humor o ira, de soledad o tumulto. Un amigo me recuerda una frase del último libro de Javier Cercas, «El impostor», alrededor de la ficción y la realidad, la ficción que nos salva y la realidad que nos mata; pero no sé si la frase es de él o de tantísimos otros. Seguramente sea mía.
 Otro amigo escribe sobre la lista Falciani y utiliza varias de mis metáforas (entresacadas de viejos lugares que ya no recuerdo) para ilustrar un desolador panorama de ciencia ficción en el que la civilización actual está en manos de los más grandes depredadores. «Ni siquiera tiburones financieros, sino pulpos gigantescos de los fondos abisales, como en las novelas fantásticas de Julio Verne» nos explica, certeramente, Justo Serna en una pesadilla futurista de invasores mutantes, defraudadores, impostores.
 El pasado y el futuro, pues, se me van entremezclando de tal forma que es muy posible, no sé si por fortuna o por desgracia, que el presente acabe cediendo parte de su protagonismo y se vaya quedando en nada. O en casi nada. A lo peor el tan sobrevalorado, como escurridizo, presente no es sino este simbólico y precario lugar desde el que afirmo (sin más pruebas que la propia certeza) haber sobrevivido a la selva de internet y al acoso de la impostura literaria y hasta sentimental gracias a la metódica y obsesiva persistencia de seguir mirándome en los espejos pese a no gustarme, en muchas ocasiones, lo que pudiera ver en ellos.
 

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martes, febrero 10

La extraña pareja


La Telaraña en El Mundo.
 
 No sé si Pedro Sánchez y Francina Armengol (en la foto más llamativa de su último encuentro en Palma) están celebrando, al alimón, un gol de Ronaldo o Messi en un surrealista e imaginario partido de fútbol o si están marcándose los pasos más triunfales de una absurda sardana. No sé si están celebrándose, en fin, a sí mismos como si ellos fueran la fiesta y el mundo enarbolara, alrededor, la estúpida mirada crítica de un puñado de fans arrebatados. No sé si se adoran o si sólo se soportan, pero casi que tanto da. Lo cierto es que sonríen como poseídos por alguna verdad que apenas sí somos capaces de intuir.
 ¿De qué puede tratarse? ¿De la verdad limpia e inefable del socialismo? ¿De las claves mayéuticas del futuro? ¿De la soledad compartida de los que se sienten acosados? ¿De la ilusión radiante del recién llegado frente al terco afán superviviente de quien lleva ahí una eternidad sin moverse ni un ápice, no sea cosa que la muevan: no me moverán, no me moverán?
 Pero, por mucho que nos lo intentemos explicar, la pareja no deja de ser una pareja extraña. Si Sánchez dice buscar la regeneración democrática, Armengol representa la continuidad más arribista. Si Sánchez busca la transparencia, Armengol es opaca como sólo pueden serlo dos legislaturas de pactos, componendas, créditos y palacetes inexplicados. Si Sánchez habla de España, Armengol sólo murmura sobre unos países catalanes que habrán de devorarla cuando llegue la hora definitiva y la gran verdad le sea, por fin, revelada. Roma no paga traidores. Faltaría más.

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viernes, febrero 6

Las nieves


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me alertan de que se anuncia nieve, pero me asomo al paisaje de la calle Oms y observo (abordando la leve cuesta de sus cinco olmos absolutamente desnudos y ateridos) que la nieve sólo brilla por su ausencia. Sí la hubo, hablo de la nieve, en el año 1956, pero yo andaba por aquellos días sumergido en las aguas cálidas del vientre de mi madre y, quizá por ello, vine a nacer con un frío lejano en la piel y también en el alma. O algo así.
 Mientras tanto, las imágenes de la última ejecución sumarísima de Estado Islámico me dejan tiritando de vergüenza ajena (o propia, tanto da) por una especie animal que no sé muy bien qué ha aportado desde que se bajó de los árboles, abandonó el nomadismo y se dedicó a construir ciudades, naciones y patrias, ejércitos, sectas, profetas y hasta dioses para acabar matando en su nombre.
 Vuelvo a la nieve, como al lenguaje de la desolación (y la calma). No parece que este año vaya a cuajar a nivel de calle como más o menos lo hizo, un par de veces, en los últimos lustros: conservo algunas fotografías de los tejados blancos de escarcha de la antigua librería Fiol, que ya no existe, pero necesitaría de Google para ubicar esas nieves en el volátil calendario de mi memoria y no estoy por la labor: más me apetece apartarme de lo que llaman la civilización o peregrinar hacia algún lugar remoto y, por supuesto, inalcanzable. La idea es olvidarse de internet, las redes sociales, la globalización de la estupidez o la propaganda, entre otras muchas formas de violencia. Pero ya no sé si es posible.

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martes, febrero 3

Tic Tac Tic Tac


La Telaraña en El Mundo.
 
 No es nuevo, en absoluto, que el paso marcial del tiempo se presienta como una implacable amenaza. Para unos, porque creen tener mucho que conservar. Para otros, porque quieren seguir dilapidando lo que ya dilapidaron. No sé, pues, si se trata de conservar esta miseria tranquila (y a plazo fijo) de los días y las horas al sol o de alzarse, en cambio, lo suficiente como para que el viejo astro deje de requemarnos la piel y la costra de las heridas y que así, al menos en nuestra imaginación metafórica, el reloj deje de ajustarnos las costuras con ese cric crac hiriente de la mortaja hecha trizas, descalabrada, excedida.
 Sin embargo, los problemas que el tiempo nos produce son casi tan sólo, a fin de cuentas, los mismos de la propia conciencia. Se trata de una especie de revuelta gramatical donde los tiempos verbales campan a su antojo sin acabar de estabilizarse nunca. Una nebulosa donde las ideas se expanden o un agujero negro donde finalmente colapsan. Colapsamos.
 Con todo, uno agradece recordar, por ejemplo, algunas partes escogidas del pasado pero no, en absoluto, del futuro y asume que, gracias a esa paradoja, nos sigue mereciendo la pena levantarnos cada mañana por ver si aún llegamos a descubrir ese algo que nos ronda sin que le intuyamos otra cosa que creerlo fruto nuestro y hasta interior o íntimo; de esos adentros que uno busca, primero, en los espejos, luego en la pelusilla del ombligo y más tarde, si hay mucha suerte, en el espejismo fuliginoso de las autoestopistas hacia ninguna parte. Tic Tac Tic Tac.
 

 

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viernes, enero 30

Románticos


La Telaraña en El Mundo.
 
 Parece que nos vence la puerilidad, la incapacidad, en palabras de Immanuel Kant, de usar la propia razón sin la guía de otra persona: siempre el otro, quizá el líder, tal vez el mayor, el más hábil o listo, seguramente el más fuerte o el más bruto. Así las cosas, al menos algunas, el proceso de los días y las horas nos retrotrae a los albores de la Ilustración sin más perspectivas que repetir un viaje que ya hicimos entre las sombras y pesadillas de la razón, su tortuoso desfilar bajo el filo centelleante de las guillotinas como bajo el aire viciado de las banderas y banderías. El plomo asfixiante de las ideas vencidas, manipuladas, tullidas.
 Estamos, pues, en el difícil momento en que el discurso general ya ha perdido todas sus conexiones con lo esencial (la poesía y el arcano de lo sagrado) y se convierte en mera narrativa, en prosa magullada por las fabulaciones y las parábolas, por la ficción espectacular y televisiva de los medios y su ciclo biológico en el interior alambicado de las redes sociales. Ahí es donde se gesta, ahora, el pensamiento único (pero formalmente variado) de la tribu: el lugar es tan deleznable como cualquier otra mazmorra que imaginemos, pero no mucho más.
 Mientras tanto, me entero de que la Conserjería de Educación le acaba de comprar 410 libros a la Editorial Moll por casi seis mil euros. Todo lo que sea salvar libros del polvo y las hogueras del tiempo me parece bien; pero no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos de volver a pagar el subvencionado material romántico del pasado.
 

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martes, enero 27

El Oráculo


La Telaraña en El Mundo.
 
 El domingo anduve, taciturno y aterido, entre las sombras de Christian Boltanski en la Lonja como entre las del teatro electoral de la vida en Grecia, por citar un lugar común y bastante promiscuo, a la misma hora y con el mismo frío. O eso supongo. Pensé el domingo entre las sombras (que ya no importa de quién eran, porque lo único cierto es que eran mías) que resulta realmente muy difícil llenar el gótico sentimental y solemne de la existencia con el vacío inaguantable de unos cuantos focos de luz mortecina, las sombras chinescas de una danza (y su somnolienta letanía) que se desea macabra, pero que ni siquiera es cómica, sino ridícula.
 Voy, pues, de las sombras tullidas y menesterosas que han usurpado, no sé cómo ni entiendo por qué, el espacio arriba y abajo de los arcos potentísimos de la Lonja y su antiguo comercio de las cosas y la vida, a las maniobras orquestales, también en la oscuridad, de un carnaval político donde se pretende usar el filo de una inverosímil balanza para medirnos por igual y al gusto de todos. No hay forma.
 Así se mece, la usura, entre las sombras de Boltanski como entre los bastidores del espantoso artificio de unas elecciones donde el Oráculo va de un bostezo a otro; de la manipulación del miedo y las proyecciones de la pobreza a la indigencia intelectual y la precariedad física, de las arenas movedizas al lodo primigenio donde acabamos sumergidos y aprendemos a respirar lo irrespirable. No debe ser tan difícil, cuando tantos parecen hacerlo y son los que prosperan y hasta prevalecen.

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viernes, enero 23

La cárcel de plasma


La Telaraña en El Mundo.

 Quizá la cárcel ya no es aquel lugar mugriento y peligroso que aparecía (y que aún aparece) en algunas películas más o menos ejemplares. O igual es que hay cárceles a la carta; cloacas inmundas para unos y apañados lugares de retiro y meditación para otros. Lo ignoro, pero la imagen de Luis Bárcenas, elegantemente trajeado y relamido en el plasma hiperbólico de la comisión del Parlament que investiga la construcción de Son Espases, nos obliga a añorar la bola de hierro y los grilletes en los tobillos, el traje de lista (a rayas verticales) y hasta el zumbido sudoroso de las viejas moscas voraces, como abejas en abril, perseguidas, perseguidas, por amor de lo que vuela. O así. Seguro que recuerdan esa música.
 Pero el baile, estos días de voluptuosas vísperas electorales, parece marcado por el aullido urgente de las sirenas. Unos y otros van dando bandazos a la espera de encontrar su propio lugar en la tormenta perfecta de un panorama político que da más grima que otra cosa.
 Así, mientras en el PSIB miran a Francina Armengol (y a su séquito) por verle al pasado su auténtico rastro de milagrosos palacios conyugales en mitad de los jardines del edén, en el Partido Popular esperan, aturdidos, a que dejen de ladrar los enormes perros del inexplicable José María Rodríguez. En Podemos, mientras tanto, se agolpan algunos rostros jóvenes (y casi vírgenes) con los desechos monolíticos de otras formaciones políticas, otras patrañas y pactos. El paisaje es el que es, pero no sé si el flautista va hacia donde quiere o le dicen.

 

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martes, enero 20

«Blue Monday»


La Telaraña en El Mundo.
 
 Creo que esta noche he soñado que al entrar, primero en Facebook y luego en Twitter, me encontraba con el no sé si desolador o refrescante panorama de no tener absolutamente ningún amigo. Ningún admirador, seguidor o acólito. Ningún lector, ningún escriba. Ningún alma gemela dispuesta, de vez en cuando, a leer y compartir mis palabras; a ponerme, siquiera sea por compasión o inercia, un ansiolítico y hasta reparador «Me gusta».
 Esto debe ser el fin del mundo, pensé, repasando los muros vacíos donde recordaba haber dialogado (y hasta pontificado) sobre lo humano y lo divino, sobre el sexo de los ángeles y sobre los ángeles mismos, al fin caídos y convertidos en los seres más heridos del universo: abocados a la confusión y al ruido infernal de Babel, esa tertulia televisiva, virtual, lenguaraz y eterna. Seres al borde de un precipicio y con ganas, vaya por dios, de dar un paso al frente.
 Pero es ahora, en vivo y en directo, cuando advierto las oscuras razones de este sueño. Buceo en internet sin más brújula que el deseo de encontrar algún sucedáneo de la luz o la palabra. Algún silencio, tal vez, bajo el que guarecerme. Lo encuentro al descubrir que el lunes (al sol tímido de enero) en que escribo esta columna (ayer para el lector) es el «Blue Monday», el tercer lunes del año y, según exóticas fórmulas más o menos matemáticas, el día más triste del año: el día ideal para haberse dejado el alma en el botellón de Sant Sebastià y amanecer, luego, entre estas líneas sin más compañía que una maldita e insuperable resaca.

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viernes, enero 16

Santos Sebastià y Kanut


La Telaraña en El Mundo.
 
 Días atrás, respiré con alivio al comprobar que había sobrevivido a la larga y ceremoniosa romería de las fiestas navideñas, el cambio de año y hasta la liturgia de Reyes. Sin embargo, la calma no me duró mucho, porque aún nos faltaba por celebrar el flamígero Sant Sebastià y conseguir, así, que la endemoniada cuesta de enero se convierta, por estos lares, en una interminable sucesión de festejos que no se sabe cuándo son institucionales o ciudadanos. Creo que no es lo mismo, aunque no sabría explicar por qué.
 Es cierto. Ignoro hasta qué punto es voluntad institucional o ciudadana llenarnos la ciudad de dimonis y foguerons, sumergirnos en la exaltación de la mugre y el humo, en el paroxismo acústico de la atronadora pirotecnia fallera sin la cual, al parecer, no sabemos divertirnos. Divertirse no es fácil, de acuerdo. Eso sí lo sé.
 No es fácil divertirse cuando se trata, como en este caso, de eventos colectivos que hay que planificar con cargo al erario público y no de situaciones espontáneas o personales. No es fácil divertirse cuando la risa va por barrios y en los juzgados de Vía Alemania la aglomeración es de las que hacen época. No es fácil divertirse cuando la alternativa a Sant Sebastià es Sant Kanut y su apuesta (la de MÉS y la riada nacionalista) es sólo más de lo mismo: la impostura generalizada en la que unos y otros se empeñan en vendernos no sé qué cosa más o menos popular (a la que llaman cultura) mientras no arde más cera que las tripas del cerdo en las ascuas del ubicuo botellón urbano. Un sin vivir.

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martes, enero 13

Sueños húmedos


La Telaraña en El Mundo. 

 Después de los baños de multitudes y de la emotiva efervescencia simbólica general –los líderes de una Europa en absoluta crisis avanzando de la presunta mano del pueblo por las calles abiertas y luminosas de París- toca, al fin, un poco de ensimismamiento. O de luto. Anita Ekberg acaba de morir, ya con ochenta y tres años a cuestas, y yo repaso, como un huérfano inverosímil, mis álbumes de fotografías a la caza y captura de alguna de sus imágenes todavía en mi retina.
 No creo que se pueda visitar la Fontana de Trevi, en Roma, sin quedarse absorto un buen rato imaginándola, exuberante, húmeda y también retórica, por entre las cortinas del agua y el amor o el deseo. Me sorprendo, sin embargo, al constatar que apenas guardo imágenes de la escultural actriz sueca en el álbum metafórico de mi vida. Hago memoria y me desando. Frunzo el ceño.
 El sueño cinematográfico de Federico Fellini se me aparece como un sueño ajeno entre todos los sueños que he soñado como si también fueran míos. Seguro que lo son, porque los sueños no tienen dueño; son ellos los que nos dominan y despiertan, los que nos hacen avivar el paso y tender la mirada hacia un horizonte que no esconde otra cosa que nuestra insatisfacción permanente. Anita nos miraba somnolienta y sabíamos, entonces, que no entendía nada de un guión que tampoco nosotros entendíamos. No hay forma, quizá, de despertarse nunca del todo. De despertarse por completo, quiero decir, y saberse tan lejos de la rígida y estricta realidad como de la voluptuosidad rubia de los sueños.
 

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viernes, enero 9

Los imbéciles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que se suman a un credo, una fe, un avivamiento o una liturgia cualquiera y la acaban convirtiendo en la mortaja totalitaria del universo, en el paisaje único de sus lamentables vidas, en la asfixiante locura de tratar de imponer a los demás ese mismo credo, fe o liturgia, esa fúnebre broma de los sentidos que consiente hasta en inmolarse para alcanzar un imposible harén de vírgenes ensangrentadas.
 Lo peor de todo son los imbéciles, en efecto. La insuperable estupidez de los que le buscan razones y hasta motivos a la barbarie, justificaciones a la fría descarga asesina de un arma de fuego y plomo contra la piel y la vida, contra la levedad y el humor, a veces errado y herido, de los que intuimos que todo en la vida es siempre fugaz y pasajero, salvo alguna que otra cosa; hay que volver a atravesar el viejo río de Heráclito y de la existencia y recordar la perseverante humedad del agua en la piel hasta cuando se haya, finalmente, secado y los truenos resuenen cerca y los rayos nos sigan persiguiendo con sus chuzos de punta. Con su fanatismo.
 «Es duro ser amado por estos imbéciles». Así lo declaraba un desbordado Mahoma de caricatura refiriéndose a algunos de sus seguidores. Pero hoy, que podríamos dibujar esas mismas viñetas con la sangre aún caliente de las víctimas de Charlie Hebdo, sólo nos queda pensar que es duro, muy duro, ser odiado por estos imbéciles y asesinos del kaláshnikov en las manos y la metralla en la frente. O en el alma.

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martes, enero 6

Indignados y circulares


La Telaraña en El Mundo.
 
 Una mala digestión lo explica casi todo. Justifica hasta el mal uso que hacemos del lenguaje (en especial de los adjetivos, al sustantivarlos) convirtiéndolo en un manojo aterido de sílabas que crujen, espantadas, según el devenir de nuestros caprichos sintácticos o nuestro ver el mundo tal y como nos conviene verlo. Será que no hay que dejar escapar lo que quisiéramos nuestro, pese a sospechar que no lo es ni lo será nunca.
 Pienso en algunas palabras que nos rondan como espectros que han tomado cuerpo entre nosotros. Presencia, peso específico, acampada en las graderías oblicuas del pensamiento. Pienso en la indignación, por ejemplo. En ese estado sulfuroso del espíritu que sirve para que algunos nos vendan su mercancía de futuro en los barrios risueños de la igualdad, la justicia, la libertad, el bienestar, el harén (ni a la diestra ni a la siniestra) de un cielo huérfano de dioses. Podemos creérnoslo. O no.
 La indignación, con todo, no acaba de ser una doctrina universitaria con visos docentes. Al contrario. La gente indignada no se dedica a las metáforas ni a tomar el cielo por sorpresa. Los auténticos indignados debieran arrasar con todo, destruir palacios de invierno, iglesias, bancos, cuarteles, tomar calles, plazas y hasta ejecutar urbes enteras. La indignación debiera cruzar el puente de las palabras e ir más allá. Hasta ese punto sin retorno, donde se nos expulsa del paraíso para que pasemos la vida entera intentando recuperarlo. Se cierra así el círculo y regresamos al principio. Es decir, donde siempre.

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viernes, enero 2

La usura


La Telaraña en El Mundo.
 
 Me pareció, en fin, que al menos por esta vez (y sin que sirva de precedente) había más fuerzas de seguridad en las esquinas, como meretrices redentoras, que independentistas ceñudos y barriobajeros por las calles céntricas de Palma, la otra noche del 30-D, mientras el artefacto conceptual (y tan maniqueo) de la fiesta del Estandart se diluía como un azucarillo industrial y la ciudadanía paseaba ajena a lo que no fuera la Navidad pura y dura, las últimas compras, las penúltimas efusiones, el leve deambular sobre un manto de incertidumbre, pero también de fe. De fe, pese a todo.
 
 Será por ella, tal vez, que 2015 llegó a su hora y que me levanté de buena mañana (para escribir estas líneas) entre el silencio general, afuera, y no sé si algo, aparte de la expectación, adentro. Me demoré, no obstante, en un recurrente sueño que vengo teniendo: las páginas del calendario de la vida se me convierten en bolas enmarañadas de papel arrugado. Hubo un tiempo, en efecto, en que cuanto escribíamos dejaba un rastro así: la papelera repleta, la Olivetti agobiada.

 Sigue repleta, cómo no, de basura la vida; y el año comienza enredado. Habrá que seguir siendo muy críticos, pues, con los lodos que se avecinan, las conjuras de políticos y banqueros (y pienso en Bankia y Sa Nostra), la desvergüenza de los que convirtieron el sistema democrático y financiero en su cortijo, en la infame cloaca donde los otros padecemos el espejismo (y la pesadilla) del Estado del Bienestar evaporándose sobre las autopistas rumbo al infierno. Eso es la usura.

 

 

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martes, diciembre 30

El balance del año


La Telaraña en El Mundo.
 
 Es un clásico que, cuando las hojas del calendario escasean, nos dé por ponernos a hacer balances; a sumar y restar anécdotas como si la vida nos fuese en ello y esa contabilidad escondiera buena parte de lo que somos o queremos ser. Una rebuscada sucesión de muecas y aspavientos, un informulable catálogo de proyectos, un vertiginoso resquicio de realidad virgen por entre las estridencias y la promiscuidad de los lugares comunes.
 Quiero decir, claro, que no hay balance que resista un análisis serio más allá del azar y el humor variable de las horas. Abro Flipboard (que es un magazine digital de lo más aparente) y me encuentro con el mismo resumen del año que ya leí en la prensa escrita. O en Twitter y Facebook. Todo es similar cuando depende, en fin, de la prevalencia monstruosa del diseño y de la íntima convicción de que a nadie le importa un ápice remover el espléndido lodazal que suele ser (y es) un año entero. Algo que hay que celebrar cuando acaba, mañana mismo, entre uvas, campanadas y confetis. No es mala idea olvidar lo que no merece ser recordado.
 Pasará, sin embargo, que del año que se va yendo, como de los que ya se fueron, tercos y parsimoniosos, nos quedará siempre alguna que otra imagen suelta y acaso inconexa, alguna idea por perfilar, algún nubarrón repleto de sospechas y temores: la intratable melancolía de haber dejado pasar otros 365 días sin dar lo mejor de nosotros. O dándolo, que duele mucho más, cuando lo que hay lo dice todo de nuestras carencias y no tanto de nuestras posibilidades. O así.

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viernes, diciembre 26

Cuento de Navidad


La Telaraña en El Mundo.
 
 Se va yendo rápido el año con el lento ritual de costumbre. Miro atrás y observo el confuso arenal de los días que ya pasaron. Miro adelante y no acierto a saber, con exactitud, qué nos espera; ello me tranquiliza, porque prefiero pensar (contra la lógica de la experiencia) que todo está siempre por escribir, que la vida es un renacer sucesivo con sus sudores, sus contracciones físicas y su llanto. La convicción asfixiante de que la vida comienza al quebrarse el silencio: recomienza a cada instante como el oleaje persistente (de nuevo, la bulliciosa Teoría de las Catástrofes y sus múltiples variantes) en el cementerio marino de Paul Valéry como en el de nuestras propias vidas.
 Voy, pues, de la religión y el caos al caos y la poesía, como en un trance místico que va a durar, por supuesto, mucho menos de lo que yo quisiera. Un instante, un parpadeo, un fulgor, una vida.
 Pero escribo, en definitiva, al alba de un día de Navidad que ahora se despereza: cruje el papel rasgado de los regalos junto al árbol de las luces parpadeantes y hay en las migajas de pan abandonadas sobre la mesa el recuerdo de algunas risas y algún que otro chascarrillo en torno al discurso del nuevo Rey. No se puede ser solemne al borde mismo y expectante de las viandas y el champán descorchado. No se puede ser estrictamente real y convenir, a fin de cuentas, que lo único que de verdad nos une es el ir y venir (y también el tira y afloja) de algunos sentimientos. Dependemos de ellos. De que prevalezcan. Mientras tanto, felices fiestas para todos.
 

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martes, diciembre 23

Palacetes de invierno


La Telaraña en El Mundo.
 
 Una curiosa aglomeración en las escaleras del Mercado del Olivar me desvió, el sábado pasado, de mis pasos (y también de mis pensamientos) para ofrecerme el espectáculo de Pedro Sánchez, el líder socialista que aún no se sabe si será el gran líder socialista de los próximos cuatro años, atendiendo a los medios, repartiendo sonrisas y estrechando manos; haciéndose selfies (autofotos, en castellano) con la mamá y la abuela, con los jóvenes, los niños y las niñas, con el personal radiante y jubiloso de su club de fans. O con el de Francina Armengol, que le acompañaba presumiendo, en su papel de anfitriona, de sonrisa cómplice y hasta hospitalaria.
 Lo cierto es que las escaleras del Olivar no son especialmente míticas ni cinematográficas. No dan para ninguna revolución más allá de las quimeras personales. Allí se reúnen, a veces, algunos mendigos y piden limosna y comparten el vino. Allí una chica negra baila sola y atormentada, mientras habla con no se sabe quién a grandes voces.
 Pero dejémonos de anécdotas y vayamos al grano. No creo que exista nada tan agotador y estresante como someterse a ese primer grado de la multitud y los medios en vivo y en directo. Nada, salvo trabajar de verdad, por supuesto. Nada, salvo edificar los palacetes y los jardines, las revoluciones, reformas y contrarreformas de nuestros sueños con el sudor y el esfuerzo de las propias manos moldeando el barro áspero y gris de los días. Eso es algo que Armengol, al menos, debería de saber muy bien, pero no estoy muy seguro yo de que lo sepa. No.
 

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viernes, diciembre 19

Historia y biografía


La Telaraña en El Mundo.

 Tengo para mí que el aislamiento no hace sino favorecer la cerrazón totalitaria de las dictaduras a la vez que va hundiendo a la gente en la desesperación y el cinismo, en la abulia y la dejadez, en el insomnio y el vértigo indefinidos de no saber si el trabajo forzado de los días y las horas pertenece al pasado o al futuro, al confuso punto de mira de uno mismo en sí mismo; en su ombligo, como en la nebulosa diana de un viaje ficticio a ninguna parte.
 Por eso he recibido con expectación y alegría el aviso de que algo está cambiando entre Cuba y Estados Unidos. Tuve antepasados en esa isla de café y tornados. Los tuve también en Miami. O en Puerto Rico y Uruguay. En Larache, Tánger, Tetuán. Los tengo, aunque les haya perdido la pista, en las áridas tierras de Extremadura y hasta en algún lugar escondido y marítimo de Cataluña, creo.
 Parece, pues, que la sangre dibuja en las páginas terrosas de mis sueños una suerte de estallido internacional y subjetivo, un sarpullido de niebla que no es realmente niebla, sino la densa nube de un exquisito cigarro habano en llamas. Ese fuego me sigue quemando, aunque ya haga año y medio que no fumo. En la espera, ausculto el estertor anunciado de una guerra fría que se evapora, lenta y cálida. Burbujeante. Es por eso que, al margen de otros viajes exóticos, el más urgente es regresar a Campanet, por el intermitente bullicio de Ses Fonts Ufanes y porque ahí nació mi madre; y es que no hay historia o actualidad que se sostenga si no forma parte, de algún modo, de la propia biografía.

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martes, diciembre 16

La franquicia «Podemos»


La Telaraña en El Mundo.

 Supongo que no cabe esperar ningún milagro de los muy variados y especulativos métodos de representatividad que, unos y otros, van ensayando por nosotros. En nuestro lugar y en nuestro nombre. Aquí la vida, por lo tanto, se ha convertido en un hacer somnoliento y diferido, en una especie de construcción y deconstrucción sucesivas y sonámbulas, una demora perenne y por delegación que, primero, ha de decirse y hasta condecirse para luego, a su debido tiempo, convertirse en algo real y tangible. Palpable. En algo así como el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Roto el silencio, quizá ya sólo nos quede la charlatanería.
 Sucede, mientras tanto, que queda vacante (es decir, huérfana de acólitos y milicianos) la representatividad de «Podemos» en Palma y ya han surgido, a la velocidad infecciosa del rayo, dos facciones a la caza de un poder que se prevé inmediato y hasta, quizá, omnímodo.
 La ocasión, pues, la pintan tan calva que brilla y hasta reluce, al menos de cara a las elecciones municipales, como si se tratara del aldabonazo de unos auténticos juegos florales. «Podem per Palma» y «Tots per Palma» pugnan por la franquicia de la marca «Podemos» sin más bagaje dialéctico que hundirse más (o menos) en el légamo de la inmersión en catalán de la enseñanza y la auditoria ciudadana de las deudas (legítimas o no) de Cort. Resulta muy curioso el intento de rellenar un hueco (o vacío) nuevo con las más rancias excreciones litúrgicas: la intoxicación lingüística y el malabarismo contable de los tahúres de costumbre.
 

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viernes, diciembre 12

Ni estudios ni trabajo


La Telaraña en El Mundo.

 Entre los dieciséis y los veinticuatro años puede suceder casi de todo en la vida. Los primeros planes y decepciones. Los preparativos del viaje más extremo y el decisivo desembarco en algún lugar perdido entre la cúspide hormonal y la tormenta perfecta del pensamiento: el revuelo de las grandes palabras y los ideales, el hallazgo del propio lugar en la escalera generacional. Entre las arenas movedizas y el vaivén de las mareas. Junto al volcán de la sangre en el pecho.
 Sin embargo, más de veinte mil jóvenes de las Baleares llevan tatuados en la piel y en algún tajo del espíritu dos enormes estigmas. Pasa el tiempo y la crisis, ese capítulo que no acaba de pasar página, les ha instalado en el filo incómodo y perverso de todos los abismos. Ni estudian ni trabajan. En ese limbo van decayendo las ganas de aprender y hasta las ocasiones de ponerse a prueba. En ese purgatorio la autoestima se evapora. La juventud se va y se convierte en otra cosa.
 Si hay dos cosas difíciles de gestionar, una es la juventud y la otra, el tiempo muerto, las horas vacías sin un sentido definido y reparador. ¿Cómo sobrevivir a ese tiempo muerto? Repaso mi vida y constato lo arduo que es exportar los sentimientos. No encuentro cómo aconsejar a nadie. Me digo, eso sí, que sólo fui feliz cuando sentí la urgencia de hacer algo más allá de la sociedad y su sistema de contraprestaciones. Una experiencia en otra parte, un viaje interior a no sé dónde, un libro. Incluso unas líneas como éstas sin más brújula que un insignificante parpadeo de luz.
 

 

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martes, diciembre 9

El artificio de la luz


La Telaraña en El Mundo.
 
 Leo que la luz y el tiempo están difuminando los colores de los lienzos de Van Gogh. Que su pintura, en definitiva, se está evaporando con la misma persistencia con que la química de la vida nos va desluciendo la sonrisa y hasta los recuerdos. No es fácil, en efecto, mantener el norte (y más aún, la compostura) cuando las brújulas han enloquecido y nos empieza a resultar imposible reconocer las coordenadas en que vivimos, cuando el discurso social es ya de grosero garrafón y sectario tentetieso, cuando las ilusiones se nos van precipitando por el desagüe abierto de la inercia repetida de los días. Contra esa inercia luchamos y no vamos a dejar de hacerlo, por supuesto, pero ignoro si el esfuerzo será suficiente.
 De momento, parece que no lo es, pero quién sabe. No pienso resignarme y aceptar, no al menos todavía, que el mundo se ha convertido en un páramo de girasoles quietos y enmudecidos. Un desfile marcial de cadáveres. El negativo agrietado de una habitación vacía y sin vistas. Un alarido de colores en estampida.
 Mientras tanto, seguiré admirando el extraño parpadeo de la luz en las vertiginosas pinceladas de Van Gogh, aunque el éxito tardío (y la contaminación de la mirada ajena) las conviertan en otra cosa. Voy a seguir admirando ese demoledor y sonámbulo avivamiento de los colores, porque debiera servirnos para no olvidar que el fulgor del mundo en nuestras retinas es también el auténtico fulgor del mundo en sí mismo. En su soledad esencial. Su voluntad de ser. Su ingravidez o desprendimiento. Su artificio.

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viernes, diciembre 5

La violencia


La Telaraña en El Mundo.

 La violencia suele tener muy mal aliento. Aspecto desarrapado y mirada torva. Estúpida. La violencia suele ser pobre, mezquina y muy corta de ideas. Similar a un colapso rápido y absoluto de los sentidos: el estallido claustrofóbico del odio y la ceguera. El latigazo de un rayo silencioso que cruza la piel y la deja marcada. La desgarra. El alarido gutural de un universo donde no hay lugar para el lenguaje de las palabras y la pausa arremolinada de la razón; sólo la inercia marcial de la muerte, el paso atrás en la cadena evolutiva. La renuncia a ser humanos.
 Luego vienen las citas enloquecidas al filo de la niebla o de ese espejismo de río que hay en Madrid y es el Manzanares. O las turbulentas confesiones y testimonios alrededor de un cadáver en los edificios Pullman. O las piedras lanzadas por un joven de 23 años contra los vehículos que circulaban bajo un puente en Sa Cabaneta. Los cristales rotos, la luna de sangre, la cara tumefacta de una mujer inocente.
 Todos somos inocentes, hasta que dejamos de serlo o nos convertimos en cómplices. Hay otra violencia más allá de las reyertas cotidianas. Estoy pensando, entre otras cosas, en la violencia de los que usan el poder para medrar ellos mismos y los suyos. En las bandas para delinquir que nos han gobernado (en las Islas como en tantas otras partes) desde hace décadas. En sus socios necesarios. Los de siempre y los que vendrán. Los que ya despuntan al hilo retórico de nuevas naciones. O estados. O clases sociales. La historia repetida de cada principio de siglo.
 

 

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martes, diciembre 2

Viajeros del tiempo


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que pensar, discurrir, quizá escribir y hasta gestionar el ir y venir de las cosas de la vida y la política, se resuman en viajar, una y otra vez, a través del tiempo. Un viaje al pasado, que es donde la memoria busca sus raíces, y otro viaje al futuro, que es donde realmente nace nuestra memoria. ¿Dónde si no? Así la materia toma conciencia de sus límites; así el cuerpo se reconoce; así las cosas que hacemos y las que no, se inscriben en un plan mayor al que llamamos destino. Hay que ver cuánto nos gusta ponerle nombres a las cosas sin nombre.
 Destino no es lo mismo que predestinación, pero se le parece. Gracias al cinematógrafo abierto hasta el amanecer de Internet visioné la película «Predestination», la última de los hermanos Spierig. El tiempo en manos de los políticos y sus agencias secretas me llevaron hasta la paradoja en la que, a base de rebobinar la existencia, uno puede alcanzar a ser su propio padre, madre y hasta hijo sin dejar de ser uno mismo. Delicioso, pero terrorífico.
 La realidad, pues, no deja de retorcerse mientras la historia pierde su temblor dialéctico y se vuelve una madeja en la que cada hilo suelto puede cambiar el futuro y hasta dejarnos sin él. Ello explicaría que el sueño de todas las dictaduras y, muy en especial, de los nacionalismos, se haga fuerte en los conceptos territoriales a base de manipular la historia, es decir, el relato con que se nos oculta la esencia de lo que somos: simple materia iluminada entre las brasas del tiempo. Pálpito. Parpadeo. Acaso erupción. Vértigo.
 

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viernes, noviembre 28

Invisibles


La Telaraña en El Mundo.
 
 Palma es un buen lugar para ser y sentirse casi del todo invisible sin tener que esforzarse demasiado. Da gusto, en efecto, recorrer las cuestas familiares de las calles sabiendo que, a cada rato, podremos saludar (o dejar de saludar) a un viejo amigo de la infancia, a un vecino de la casa en ruinas de nuestros sueños, a un editor o a un escritor de siempre o de nunca en alguna parte de la memoria indecisa de las páginas que ya no recordamos haber escrito. Hay muchas páginas que no recordamos haber escrito.
 Así las cosas, el martes atravesé el oasis urbano arriba de la Costa de Sa Pols para entrever a Miguel Dalmau y a Román Piña a punto de presentar su libro «La mala puta». Me sentí muy próximo a ellos, pero preferí dejarlos hacer. Hace tiempo que ya no almaceno desilusiones ni tengo ganas de denunciar todo lo que anda mal (y andará peor) en la literatura, como en tantas otras disciplinas donde se mezclan los pálpitos interiores con la cruda realidad de las cuentas corrientes, los balances, el paraíso artificial de la gloria efímera.
 El miércoles, sin embargo, amaneció perfecto. Me pasé por el Institut d´Estudis Baleàrics a recoger el magnífico monográfico sobre Cristóbal Serra que sus amigos hemos pergeñado lo mejor que hemos sabido. Anduve leyendo, sonámbulo, algunas páginas hasta darme de bruces, en un puente sobre la Riera, con Agustín Fernández Mallo. No sé si nos une más la literatura o la timidez esencial del que sabe que vive, pese a todo, gracias a los demás. A su presencia. A su invisibilidad metafísica.
 

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martes, noviembre 25

Verdades y mentiras


La Telaraña en El Mundo.
 
 Puede que la verdad y la mentira no existan por sí mismas, que siempre vayan juntas y muy alborozadas a todas partes y que no haya forma de distinguirlas con certeza. Puede que sean, pues, algo así como la espesura impenetrable de un bosque que hay que atravesar cueste lo que cueste, porque es ley de vida buscar el corazón de las cosas, la escondida hondonada interior donde alcanzar la paz y dejarse mecer, con parsimonia, por la brisa. Por la indiferencia meditada. Por la contemplación atenta, ebria y hasta delirante, del vacío.
 Entre tanto, no dejo de observarle el trasfondo y la coletilla a la mentira (o verdad) organizada bajo el imperio televisivo y feroz de las apariencias. El «selfie» repetido del pequeño Nicolás (Fran, para los amigos) no hace sino difuminar su rostro barbilampiño y aumentar, deformando siniestramente su perfil, el de los que se dejaron fotografiar con él. Del mismo modo, las últimas encuestas que sitúan a Pablo Iglesias (y a Podemos) como fuerza electoral más votada no hacen sino revelar lo mucho que ignoramos de la realidad y lo poco que, por desgracia, queremos acabar sabiendo. Puede que en esa ignorancia basemos todas nuestras esperanzas.
 Me temo, en fin, que no existe ninguna pócima más o menos profana o sagrada, científica o religiosa, que logre transitar de veras, quizá arremolinándose como lenguas de fuego en el interior atrincherado de nuestras venas, desde nuestra palpitante (y subjetiva) verdad interior hasta una intocable (y objetiva) verdad universal. Que tampoco existe, claro.
 
 

 

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viernes, noviembre 21

#SalvemBarAlaska


La Telaraña en El Mundo.
 
 De repente, crece la efervescencia en las redes sociales y sucede, entonces, que Palma encoge y que un único lugar se convierte en su ombligo, su tótem, su icono a defender cueste lo que cueste. Paseo ahora por la Plaça des Mercat y me encuentro, como hace unos treinta años en el no muy alejado Paseo del Borne, con un florido kiosco de prensa y con un escuálido y maltrecho chiringuito de birras, hamburguesas y perros calientes.
 Se trata, por supuesto, del Bar Alaska de toda la vida, con sus cuatro o cinco mesas de jardín del Edén venido a menos y sus incómodas sillas metálicas, su oasis a la sombra, bajo concesión consistorial, de un enorme ficus, la mirada pétrea (ahora desaparecida) de Antonio Maura y el ir y venir medio sonámbulo de una ciudadanía que no deja de dar vueltas alrededor de sus particulares puntos de referencia. Quizá la vida sea ir dibujando el mapa interior de un dédalo de callejuelas sin más artificio que un tesoro escondido donde ya nos gustaría encontrarlo. Pero no hay manera.
 Mientras tanto, unos y otros vocean animadamente según sus preferencias. El Ayuntamiento, por medio de Irene San Gil, ya publicó en Twitter (qué mejor lugar para que la gente se lea los edictos) que Cort no tiene ninguna intención de demoler el Alaska. Habrá que esperar, ahora, a los tuits y retuits de «Orgull Llonguet» y su campaña  #SalvemBarAlaska. Me da que Palma se mece, como tantos de nosotros, entre el clamoroso silencio de la indiferencia y el infernal ruido de la nostalgia. Y no sé qué es mejor ni más armonioso.

 

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