LA TELARAÑA: Diario de la calle Olmos

domingo, agosto 23

Diario de la calle Olmos


- I -


Me asomo a la calle en la que resido como si me asomara a mí mismo. Eso no es verdad o no lo es, al menos, del todo. No me busco entre las columnas de anónimos seres humanos que suben o bajan los aproximadamente trescientos metros de mi calle, no busco semejanzas, ni tampoco familiaridades, aunque me las encuentre muy a menudo; en realidad busco diferencias, divergencias, pedazos de realidad que rompan la simetría del universo, elementos que distorsionen el cristalino de mis ojos hasta convertirlo en una auténtica telaraña.

 Un amigo me ha regalado este libro:


Deberían leerlo.



- II -


La calle empieza o acaba donde duerme un mendigo, medio sepultada su antigua y gran sonrisa por una barba color ceniza, enorme, desproporcionada, como un árbol de Navidad adornado de basura hasta la estrella. Es el portero de noche de una pulcra residencia de ancianos. Unos, definitivamente, han perdido el oremus; otros lo perderán, dolorosamente, el día en que sepan que sus seres queridos les han abandonado a su suerte. Por su bien, dice alguien, y una espada de aire, entonces, parece atravesarme.