De Oficio de escritor, Editorial La Lucerna, 2025.
Por una vez trato temas sociales y políticos de actualidad.
Capítulo 40
Esperando a Godot (o a Mr. Marshall)
Hay muchas personas extranjeras recorriendo la calle Olmos
como si hubiera algo que ver en la calle Olmos. Tengo mis dudas al respecto,
más allá de los cinco olmos, sucesivamente talados y replantados, según las
necesidades del tráfico urbano a lo largo de los años. La mayoría van en grupo,
incluso diría que en manada, y no parecen, la verdad, muy peligrosos; son los
que llamamos turistas, que hace ya más de cincuenta años (en su mayoría alemanes,
británicos y nórdicos) tomaron, masivamente, la isla en busca de sol y playas,
de comida mediterránea económica, de alcohol y química alquímicos para que la
fiesta les dure hasta que les aguante el cuerpo. Cuando era un niño y sobre
todo, más tarde, cuando ya era un adolescente, recuerdo que me llamaban la
atención, con sus costumbres exóticas, sus mujeres deslumbrantes (recuerdo el
sudor con sabor a mar de algunas) y su ocio con ese falso aire de libertad (el
que sólo da el dinero y cierto tipo de educación, por supuesto) que tan poco
común era por aquellos años en Mallorca, años 60 y sucesivos.
Repaso unos gráficos de una revista de economía, recién
publicados, y constato que una abrumadora mayoría de habitantes de la isla
viven, directa o indirectamente, del turismo. La gente no sólo nos visita en
cantidades industriales, sino que también se compra viviendas y locales y hace
negocios y se queda a vivir, durante largos periodos del año, en la isla.
Somos, pues, territorio ocupado, como lo son todos los territorios donde las
sucesivas invasiones han construido una civilización más o menos próspera, en
un lugar con buen clima y mejores vistas. No se ocupa un infierno, se ocupa un
paraíso hasta que, poco a poco, se convierte en un infierno. Estamos en ello.
La verdad es que me gustan los turistas, aunque a veces me
molesten. Detesto el espantoso ruido de las maletas rodando por sobre los
ladrillos de la calle Olmos, pero tampoco voy a hacer de eso un drama. Algunos
turistas hasta se integran en la vida mallorquina, aunque no sé muy bien lo que
eso significa; nunca me he integrado en lugar alguno y en cuanto a mi tierra de
nacimiento, sólo hablo una de las dos lenguas que hablaban mis padres, la que
me enseñaron en casa y, aunque entiendo la otra perfectamente, no se me ocurre utilizarla,
porque prefiero hablar en la lengua que escribo. Hay cosas que no se eligen o
se eligen tan temprano, en la vida, que luego resulta imposible desandar el
camino. No me gusta desandar caminos, si no es por voluntad propia.
Puede que tampoco me haya integrado demasiado en otras cosas,
como la cultura, la literatura, el arte o la ilustre pompa habitual, tan
repelente, de la sociedad mallorquina, sus ídolos y sus obsesiones, pero qué le
voy a hacer si me repugnan los aspectos sectarios de casi todas las ideologías cuando
abandonan la teoría y aterrizan en la práctica, qué le voy a hacer si tengo
aversión a los comportamientos serviles y gregarios, si repudio las
marrullerías de la política local, si detesto los nacionalismos étnicos, si no
creo en nada mejor que vivir en paz con quien quiera, también, vivir en paz y
me esfuerzo en no molestar a nadie que no quiera molestarme y en no ocuparme,
lo más mínimo, de la vida de los demás, salvo si necesitan, llegado el caso,
alguna ayuda que pueda, realmente, darles.
Pero no sólo hay extranjeros turistas en la calle Olmos;
también hay carteristas extranjeros (aunque los nacionales no les andan a la
zaga y también se dejan ver con suma frecuencia) que viven, como todo el mundo,
del turismo, aunque sea por el dudoso método del descuido o el atraco a mano
armada. Hace unos meses intentaron atracarme. Ya no quedan ladrones de guante
blanco, ahora son torpes y violentos, llevan armas, pero tienen mucho menos
cerebro del que creen tener. Me intentaron robar la bolsa en bandolera dos
extranjeros no demasiado exóticos ni tampoco decididos, supongo que eso me
salvó, porque cuando me di cuenta del peligro de la situación y tras pegar un
manotazo al que tenía más a mano, el más pequeñajo, me puse a chillar a pleno
pulmón «¡al ladrón, al ladrón!» y
«¡policía, llamen a la policía, policía!» lo que, junto a algunos potentes improperios,
que no viene al caso reproducir, consiguió alertar a los vecinos, que salieron
a la calle e hicieron ademán de acudir en mi ayuda, mientras los facinerosos
salían huyendo como si les persiguiera el mismísimo diablo. Nadie les
persiguió, por supuesto.
De vez en cuando, mis compatriotas y vecinos sacan las
pancartas y se echan a las calles (también a la calle Olmos) a gritar contra los
abusos del negocio turístico, en especial contra la gentrificación provocada, a
no dudarlo, por las desigualdades económicas, a protestar por los privilegios
que los extranjeros con posibles tienen frente a la precariedad general de los
extranjeros menos afortunados y, sobre todo, de los propios indígenas, que
somos los que vivimos aquí y sostenemos y sufrimos, en primera persona, todo
este lamentable tinglado, la falta estigmatizante de empleo, los tristes
sueldos frente a la insoportable tendencia al alza de la compra diaria, la luz
o el gas, los asombrosos precios de la vivienda, el alquiler de habitaciones,
de sótanos malolientes, de balcones, por semanas, por días, quizá por horas a
quien pueda pagar sus precios de locura, mientras la crisis económica de
siempre nos va igualando por abajo, nos va convirtiendo a todos en personas
preocupadas por el futuro de sus familias, en especial de sus hijos, por el
futuro y también por el presente, por la terrible situación en la que malviven
bastantes personas que no se lo merecen. Lo digo convencido. Conozco a algunas.
Juan Planas Bennásar
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