LA TELARAÑA

domingo, abril 19

Como mi buen amigo Justo Serna ha tenido a bien perpetrar el generoso despilfarro de escribir, entre otros, sobre este blog, me permito repetir aquí la respuesta que le he dejado en sus magníficos Archivos.


Querido Justo. Iba a enviarte un email cuando, quizás, las palabras de Ángel sobre la amistad y la generosidad me han hecho cambiar de parecer y me han obligado, casi, a utilizar esta curiosa ventanilla para trasladarte, antes que nada, mi sincera gratitud por ese auténtico despilfarro de tu tiempo -del tiempo- que supone ocuparse de algunas de mis cosas. No soy humilde, así que te lo digo muy en serio:-)

Iba a hablar sobre blogs, pero sólo hablaré del mío. La Telaraña, como bien apuntas, nació con vocación estrictamente literaria y así se mantuvo durante unos años. Ahora es ya otra cosa. Un lugar silencioso. [Un inciso. Me gusta el silencio. No sé si tiene mucho o poco que ver con la educación o la urbanidad -como alguien apunta más arriba- pero sí que es una forma de respeto, de vigilia, de estar sin molestar, de cercandanza: de proximidad y lejanía simultáneas -el silencio no tiene por qué ser estático y, de hecho, no suele serlo]

Luego –el adverbio es sólo una concesión de estilo- están los contrastes. El columnista siempre ha de simplificar para adaptarse al medio (se supone que de comunicación) para el que trabaja. Esa faceta no es, sin embargo, tan ingrata como pudiera parecer. En realidad, me sirve para opinar sobre lo que no tendría, no ya opinión -¡opinión, qué valor!- sino, ni tan siquiera, un mínimo conocimiento. La actualidad y yo nunca hemos coincidido. Y sigo hablando en serio.

El poeta, sin embargo, nunca simplifica. Tampoco busca el nombre exacto de las cosas. Qué cosas, qué nombres. [Sobre la autoridad de Antonio Machado en literatura mejor callar, por prudencia, o citar sibilinamente a Borges y sonreír después] No todos vemos lo mismo ni, tampoco, lo vemos de la misma manera. ¡Por fortuna! apostillaría aquí si buscara recibir algún aprobado general... pero la nota me importa poco. No vemos las mismas cosas ni las decimos igual porque nuestra insuficiencia -o incapacidad- para nombrar el mundo es la que es: distinta en cada uno de nosotros, pero idéntica, esencial y finalmente, en todos. No hay derrota, sino una hermosa hecatombe. Un naufragio absoluto.

No creo, pues, que las cosas tengan un solo nombre, ni dos ni cien ni mil. Igual no tienen ninguno y no sé -o sí, pero bueno- por qué nos empeñamos en dárselo. [Para mayor inri, sobre las cosas sin nombre, tratará mi próximo poemario... Que no sé si saldrá antes o después del anterior, porque tengo dos en vísperas de imprenta, pero aún así seguirá siendo el último;-)]

Estoy algo fatigado. Algunas dolencias físicas -es decir, anímicas- me hacen desear, más que cualquier otra cosa, una retirada y un buen masaje reparador. [Aquí podría jugar con mis raíces mallorquinas y decir, tan ufano, que lo que necesito es una buena refriega, pero mis raíces no están enterradas en ningún lugar físico y así me va:-)]

Bona Nit.

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3 Comments:

Blogger Angel Duarte said...

Porque nos aterra el vacío, por eso nos empeñamos en dar nombre a lo que no lo tiene. Sólo nos queda el masaje reparador... y la amistad.

Abrazo, bona nit y feliz refriega

19 de abril de 2009, 22:06  
Blogger Juan said...

El vacío, sí, qué hermoso, sublime horror:-PP

Abrazos!!

19 de abril de 2009, 23:32  
Blogger Justo Serna said...

Hay dolores que no se pueden precisar. Y hay una sensación ambivalente en el hecho de sobrevivir. Por mi parte, no hay despilfarro; sólo la búsqueda del nombre cierto de las cosas. Nada menos.

20 de abril de 2009, 23:51  

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