LA TELARAÑA: entre libros y amigos

viernes, enero 22

entre libros y amigos







Ayer presentamos en la Librería Literanta mi Tratado de las cosas sin nombre. Pocas veces una presentación derivó con tanta rapidez en un exigente coloquio, primero, y en una divertidísima y delirante tertulia, después. Gracias a todos y muy especialmente a Javier Jover, por su entusiasta e incondicional apoyo.

Y esto es, más o menos, lo que entre idas y venidas, preguntas y respuestas, bromas y veras, risas, cigarrillos, improvisaciones y hasta lecturas de poemas acerté a decir (obviamente hay una parte que ya repetí en Valencia, pero es que el libro era el mismo;-)


Muchas gracias a todos. Vuestra presencia es la que da algún sentido a este acto y ya se verá, o no, si conseguimos convertirlo en algo sin nombre o en algo con muchos nombres y además, muchos, muchísimos, adjetivos... quizá en una celebración litúrgica, una catequesis afterpop (que no sé qué es, pero sí sé quién puede explicármelo), el ritual subterráneo de una invocación de espíritus, un sesión sadomasoquista, una farsa circense o taurina, un evento olímpico, una tranquila tertulia sigilosamente oculta tras las cortinas quietas de una habitación ajena al mundo, una representación de soledad y misterio, de prosa y poesía, de tumulto y de silencio: el silencio humilde de la siempre prescindible presentación de un poemario tan silencioso como este. En fin, en lo que sea, en lo que será.


Podría (al margen de la imprescindible presencia de Javier Jover, porque sin editor ningún libro sería posible) haberme exigido hoy, aquí, -y debo admitir que tuve esa tentación- la presencia de algún presentador de postín, de premio y de suplemento cultural, algún personaje con talento mediático y con el suficiente poder de convocatoria -en la línea, postpoética o no, de los músicos y artistas en general de la SGAE, antiguamente bufones de la corte y hoy, al parecer, sus subvencionados más fieles e ilustres- como para convertir este encuentro en una réplica multitudinaria de, por ejemplo, las espantosas pero suculentas verbenas que se celebran estos días en Palma y que hoy nos tienen, quizá, con el estomago algo más encogido que de costumbre y con las ojeras mucho más resplandecientes. Podría... pero finalmente desistí. Este es, quizá, mi libro más personal y definitivo y, por ello, asumiendo (contra lo que sugería, quizás, el título de mi anterior libro) que el desencanto es un bálsamo incluso más poderoso y sincero que la indiferencia, preferí quedarme a solas con él, con su tinta o pasión impresa y con los versos de sus páginas, con él y, por supuesto, con vosotros... mis hipócritas lectores, mis semejantes, mis hermanos, para intentar responder a todas las preguntas -y no tendrían que ser pocas, o eso espero y deseo- que este libro debiera despertar en vosotros como en cualquier lector más o menos atento o distraído.

Con todo, haré un breve inciso, para contaros que en Noviembre sí creí oportuno dejar que «Tratado de las cosas sin nombre» tuviera su dosis mayúscula de cariñosa erudición. Ello fue posible gracias a la generosidad del escritor, ensayista, internauta y, a su vez, catedrático profesor de la Universidad de Valencia, -nada que ver con la UIB-, Justo Serna, que, sin yo siquiera pedírselo -no, al menos, de forma explícita- quiso y pudo y supo ponerme ante un nutrido auditorio que, al margen de su composición, representaba para mí, metafóricamente, enfrentarme a un pasado tumultuoso y caótico del que, quizá, aún no me he recuperado del todo. Por eso presenté este libro en Valencia antes que en Palma. Porque cada vez que regreso allí sé que recupero parte de mi biografía, la de unos años universitarios que pasaron muy rápidos y jóvenes. Unos años que, a fin de cuentas, no sé si fueron fértiles o funestos; unos siete u ocho años vividos a una velocidad tan salvaje que todavía hoy, ahora, no he sido capaz de digerirlos por completo. Por eso volví, allí -y también vuelvo, ahora, aquí-, para ver si consigo retomar el pulso a esos días de fuego, vértigo y biografía que resisten al paso del tiempo y ya no sé, ni quiero saber, si pertenecen al pasado, al futuro, o como en realidad intuyo, a ese estado fuera del tiempo -o sin tiempo- al que llamamos, quizá sólo para entendernos, presente. Un lugar con trama compleja, con nudo extraño y con desenlace, en realidad, muy simple. La desaparición fulminante y sucesiva.

Bien, como algunos de vosotros ya sabéis, es muy cierto que no me gusta nada en absoluto hablar sobre lo que escribo. Por eso lo escribo, me digo siempre, añadiendo que no puede haber nada más silencioso que una cuartilla de papel. ¿Silenciosa la cuartilla de papel? Pues no estoy muy seguro. Quizá una de las trampas más (indigestas y) pesadas de la literatura sea tener que insistir, una y mil veces, en reinterpretar lo que ya es, en sí mismo, pura (y simple o compleja) interpretación. Viene a ser algo así como realizarle la autopsia al cadáver de la realidad y no conformarse con su visión -la visión en movimiento de su descomposición, ese estado transitorio en el que vivimos (¡que eso es la vida y no deberíamos olvidarlo!) sino que parecemos sentirnos obligados a recrearnos en ella (la visión de la vida, de la obra o del cadáver) como si no fuera definitiva. Lo es.

Nos empeñamos, pues, en simular que el bisturí podrá encontrar otras vías donde abrir otros canales y escarbar en ellos y seguir escarbando, hasta dar con el hueso de las cosas, y conseguir entonces, al fin, que el hueso de las cosas (o la médula de los días), desafine ante nosotros como nosotros también desafinamos en su interior, habitándolo como vulgares inquilinos con supuesta cédula de propiedad, usurpándolo, pervirtiéndolo, dándole, así, sentido (eso decimos y hasta, quizá, después de pensarlo mucho y de pensarlo bien... pensamos cosas muy curiosas y divertidas).

¿Qué significará, al cabo, dar sentido a lo que, lo tenga o no, no lo necesita? Porque no parece que la realidad necesite de algún sentido en sí misma... salvo en nosotros. Entonces sí. Sucede, entonces, que es nuestra propia debilidad la que queda, aquí, ahí y en todas partes y siempre, reflejada y puesta en evidencia. Quizá nos duela admitir que somos seres inacabados incapaces de aceptar (o asumir) que algo pueda ser, simplemente, lo que es, sin los problemas de otredad que tanto adornan nuestro espíritu y que tanto, a su vez, nos exilian del mundo.

Ese exilio es el lenguaje, por supuesto. Me refiero al territorio de todos y de nadie, ese paisaje en llamas, al que llamamos lenguaje (sí, lenguaje… y además lo utilizamos con la intención de ordenar el caos, el caos que, pese a nuestros esfuerzos, siempre nos sobrevive, porque a fin de cuentas, nuestra vida no da para tanto, sino para casi nada).

Ahora podría hablar del oxímoron y hasta parodiarlo con alguna que otra pirueta verbal. Deshacer el camino en sentido contrario. Volver al punto de partida y decir entonces con tono triunfal: aquí todo comienza de nuevo. Pero no será así, porque no hay camino que desandar. Se deshace solo mientras creemos hacerlo... caminando. Esta aseveración debe de ser cierta porque no podemos verificarla. No queremos quedar petrificados como la mujer de Lot (cuyo nombre no sé y las Escrituras, creo, no citan)

Llegamos, pues, a las cosas sin nombre, de las que se supone que trata este Tratado poético e irónico, este entramado de voces y versos donde sólo se habla de lo que no puede hablarse y donde, además, resulta imposible perderse porque no se trata de ir a ninguna parte, sino, tan sólo -¡tan sólo!- de disfrutar del viaje.

El viaje. No hay viaje sin guía ni plano. Aquí el guía sólo sabe que el plano está incompleto, que le faltan coordenadas y le sobran adjetivos. Nos adentramos, pues, elípticamente, en una elipsis. Qué gran lugar para ir, sin embargo, descubriendo cosas. ¿Qué otra cosa podría desear un poeta? Y mucho más un poeta elíptico, como yo. Esto es Jauja.

Creo que mi poesía, formalmente, reproduce la realidad. Imita su complejidad o su sencillez, reproduce sus formas, a veces voluptuosas, tenues, oblicuas o vacías. Y es posible, quizá, que tras esa voluntad de imitación se disfrace el afán de búsqueda y conocimiento. (Puede ser, pero no estoy seguro) Sólo estoy seguro de que la imita porque no la entiende, porque la sabe desconocida y quiere -necesita- comprenderla, disolverse en ella, esconderse en ella y palparla desde dentro, para ser como ella, para ser ella misma, ser ella sabiendo que eso le resulta, literalmente, imposible. La imitación se convierte, pues, en una parodia y quizá en una tragedia.

Pero en este libro no hay lamentación ni condena alguna. Sólo hay un paisaje -a ratos desolado pero siempre familiar- donde todo lo que acontece, acontece en el interior mismo de la existencia. No hay lugar para -ni nostalgia de- todo aquello que ocupa y preocupa a los que Nietzsche llamó, con lucidez cegadora, «los alucinados del trasmundo». En definitiva, todos y cada uno de nosotros en algún que otro, supongo, buen o mal momento de nuestra existencia.

En el epílogo del «Tratado de las cosas sin nombre» lo explico, aunque sea de otra manera. Escribí ahí, más o menos:

Este libro –ya abandonada la mitad estadística de la vida pero no, nunca, la mitad alegórica del camino, ese indescifrable lugar poético- culmina los que le precedieron para, sin agotarlos del todo, intentar rebuscar la soledad a través del tumulto, el silencio en la algarabía, el conocimiento en la incomunicación más absoluta. La realidad como origen y, también, como único objetivo poético posible me ha dejado, a solas, atravesando las irregulares dunas de estos versos, en la comprometida impostura médica de tomarle el pulso al presunto paciente. Su diagnóstico o su curación –ambas circunstancias, por igual- quedan fuera de mis intenciones. Sólo me importa su lenguaje, su modo de latir, su ritmo, su palabra intermitente, la prueba neutra y desinteresada –tal vez, contra natura- de su existencia.







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3 Comments:

Blogger Justo Serna said...

Enhorabuena, Juan.

Otra cosa. En tus palabras de presentación en Palma me tratas muy generosamente. Mucho: tanto que
dices de mí que soy catedrático. No: soy profesor.

22 de enero de 2010, 19:23  
Blogger Juan said...

Bueno, querido. Pues profesor;-)

22 de enero de 2010, 20:16  
Blogger Justo Serna said...

Muy bien, querido discente. Ya sabe que los profesores rendimos homenaje a la exactitud.

Bueno, algunos.

22 de enero de 2010, 20:39  

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