Análisis de la náusea
La respuesta al debate de los sábados en El Mundo: ¿Cree que Munar cobró de las empresas a las que concedía subvenciones?
No. Pienso en Munar y es la náusea. Pienso en la
banda de Munar y sigue siendo la náusea. Pero algo ha de haber -algo más,
quiero decir- aparte de esa sensación que nace en algún lugar del estómago y
muere, inevitablemente, en los redentores desagües hacia el infinito
incomprensible de las alcantarillas. Pienso en su enorme ejército de zombis y
veo en él, entre sus filas de cadáveres hambrientos, el reflejo exacto de la
sociedad entera, el holograma perfecto de sus cómplices a derecha y a
izquierda, de sus abogados del infierno del papel impreso, la última hora de la
cinta audiovisual y hasta del bit telúrico, que diluye el universo y lo
convierte, finalmente, en un grumo espeso a su imagen y semejanza. De ella. De
su banda. De la náusea.
El ejército lo es
de sombras fantasmales y espectros encadenados, de seres caídos en la desgracia
del hambre, el desorden y la sed infinita, la maldición de la sal, el trémulo
vacío de no tener otra que hacer que cumplir órdenes, sellar pactos, cerrar
acuerdos, fingir encargos y trasladar fajos de billetes de un bolsillo, de un zulo,
de un hangar a otro. La insomne contabilidad de la cosa suya en nuestro nombre
y, ay, sobre todo, en el de la Mallorca que nunca duerme, faltaría más, porque
le atenazan las más atroces pesadillas en mitad de los sueños de la noche y hay
que guardar, ahora y siempre, las apariencias y sonreír cuando proceda y
saludar y mostrarse más ufano que nadie y que todos y hasta llevar en el pecho
las joyas adecuadas y las condecoraciones del sudor y el esfuerzo, de la
picaresca, del silencio cómplice entre las esquinas de la cal viva y el marés,
el asfalto o la grava trituradas. ¿Rechinar de dientes? No. Sólo es la náusea.
Pero Munar, para
responder, en lo posible, a lo que se nos pregunta, no creo que cobrara de la
pléyade selecta de empresas que subvencionaba. No de ellas, y al menos, no
directamente. No en efectivo, quiero pensar, sino, tal vez, en otro tipo de
servicios como la propaganda favorable, esa brisa mezquina que aturde a la
opinión pública (o que la hace mirar hacia otra parte) mientras lo que tenía
que suceder, sucedía. Y así sucedió -o peor- una legislatura tras otra hasta
que la ruina vino a sumarse a la náusea y en ese duelo estamos sin saber muy
bien si existe algún remedio medianamente eficaz contra el vómito. Empiezo a temer
que no. ¡Guácala!
Etiquetas: Artículos
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