¿Aprender chino o ruso? Pues no sé. Me da que el primero me
sería muy útil para comprarme los zapatos y utensilios más económicos del orbe
y el segundo para adquirir una lujosa mansión en el más escarpado de los
acantilados. Ya sé que no es lo mismo, pero igual me lo parece, porque ambas
opciones me interesan poco. O nada. Ya calzo muy cómodo y, además, vivo donde
quiero; es decir, a un paso de unos bares y librerías (cada vez menos), un
estanco, una farmacia y hasta dos hospitales. Uno público y otro privado. Ni Juan Ramón Jiménez, en su hipocondría,
podría haber imaginado un lugar mejor. O eso creo.
Pero el asunto eran las lenguas que los mallorquines, al
parecer, no hablamos. “Las Islas se han quedado estancadas en los años 70”
diagnosticaron los expertos en la «Feria del Empleo y los Idiomas en el
Extranjero», recién celebrada en la Cámara de Comercio. “En Baleares hay
trabajo, pero la gente no sabe idiomas”, concluyeron.
No hace falta que les hable sobre lo mucho y bien que
hablamos -y hablarán, sobre todo, nuestros hijos- el catalán. Ni del horror que
nos cuesta soltarnos hasta en el francés o inglés que dimos en la escuela.
Sobre los años 70, sin embargo, mejor me callo; porque si no fueron esos, en su
lustro final, los mejores años de nuestra vida, es que aún no habíamos nacido.
O de aquellos polvos, estos lodos.
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