La sensación es de hastío. Nos están haciendo perder
demasiado tiempo y energía. Demasiadas lecciones de cinismo mal ilustrado:
mucha paja y mucha viga en el ojo ajeno y muy poca o ninguna en el propio. Por
no hablar del ojo de todos, que ya no sé si reside en la prensa escrita, las
tertulias televisivas o la cloaca colectiva de las redes sociales; tanto da,
porque ande por donde ande, anda ciego o con un parche del tamaño de una
civilización entera en pleno eclipse. Desaparecido el buen juicio y el amor a
la cultura y la filosofía, sólo nos queda el ardor del pillaje, la orgía
descuidada del becerro de oro, la reunión bulliciosa de los ladrones donde el
botín y la lujuria de sus dones. Los que fueren.
Todo este abigarrado movimiento en que se han embarcado la práctica
totalidad de los partidos políticos con representación parlamentaria,
administrativa o judicial (que casi viene a ser lo mismo) tiene tanto de
diáspora y maldición bíblica como de absurda ceremonia de confusión o camuflaje.
Nada es ya lo que parece, porque no hay forma de ocultar (o disimular) tanta
ignominia. Común y propia, como reza la vitola del humo asfixiante de los
expendedores de lenguas, a falta de ideas.
Pero siempre podemos salir reforzados a la hora de apretar
las tuercas a nuestras íntimas y desgarradas convicciones. Al cúmulo infinito
de incertidumbre que atesoramos. O a la providencial falta de empatía que
parece embargarnos para con todo y todos. Gracias a ella nos negamos a escoger
bando, donde sólo hay banderías. Por supuesto.
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