Se va Julio, con cruel parsimonia y casi que con inconcebible
alevosía, dejándonos su macabra suma de cadáveres y abrojos calcinados. Es en
estas situaciones de tanta incertidumbre como indigencia (provocadas ambas,
entre otras cosas, por la sumisión contable a las desconocidas leyes de la
fatalidad) cuando uno se ve obligado a mirar alrededor para comprobar cómo late,
y si late, la realidad entera. O, al menos, sus apariencias.
Hay que palparle, pues, el pulso a la tragedia, como si hubiera
llegado la hora púrpura y decadente del ocaso, y nos auscultáramos el pecho con
temor a ese retortijón sucesivo y encadenado, a esa pérdida morosa de realidad
que se nos escapa por entre el humo y la asfixia, los hierros retorcidos y el
sudor rojo: como si fuera nuestra conciencia la que viajara hacia no sabemos
dónde. Nos hemos perdido. Es obvio.
Pero la memoria (demasiado televisiva) de estos últimos días
nos dibuja el espectro de un tren a Santiago envuelto en espanto y llamas; derribado,
al fin, por el vértigo. Y otras imágenes, algo más familiares, nos traen el
rumor ronco de los hidroaviones sobre la silenciosa calma dominical de Palma y
el rugir entrecortado de los motores de la Fórmula 1. Otra vez (y como siempre)
la televisión pero, sin embargo, mientras escribo estas líneas ya es lunes y laborable
y aún prosiguen los hidroaviones repostando en las orillas de la vida y
derramando en las laderas del infierno. Duele saber que no hay otros paraísos
que aquellos de los que somos, puntual y sucesivamente, expulsados.
Etiquetas: Artículos
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