Las palabras
La Telaraña en El Mundo.
Siendo sinceros hay que convenir en que escribir es una
actividad, amén de solitaria, bastante extravagante. ¿Para qué emborronar
papeles y más papeles, para qué llenar las urbes de periódicos, para qué convertir
la existencia en una sucesión interminable de páginas webs, una monstruosa nube
de archivos que nunca lograremos descargar por completo? En efecto, el mundo,
el universo, todas las cosas que parecen rodearnos se deshacen, cuando
escribimos, en una lluvia que amenaza convertirse en un diluvio, un tsunami, un
alud metafórico de palabras más o menos incontenibles; y las palabras,
entonces, se hacen mucho más fuertes de lo que realmente son y lo ocupan, lo
usurpan, lo inundan casi todo. Casi todo.
Nos encontramos, pues, sumergidos en un líquido denso e
irrespirable, en el interior acolchado de una especie de bolsa amniótica desde
la que vemos el mundo como si fuera un desdibujado y pálido holograma, una
representación teatral e inacabada, un ir y venir mecánico y terrible de
imágenes que intuimos ciertas y hasta verdaderas, pero que pueden, en realidad,
no serlo, un querer y no poder penetrar, definitivamente, en la esencia misma de
la vida. ¿Dónde si no querríamos penetrar y, sobre todo, perdernos? Más allá de
otros mil matices, lo diré una sola vez, pero lo diré claramente: las palabras
no nos sirven, porque no nos sirven por completo y ya no es hora de medias
tintas, las palabras no nos bastan, porque siempre hay un abismo aquí al lado,
aquí enfrente, aquí adentro, en el que podemos despeñarnos, pero no, por
desgracia, regresar para contarlo.
Decía, dije arriba, que las palabras lo ocupan, lo usurpan,
lo anegan casi todo. Ese casi, que podría parecer, sin serlo, una simple concesión
al lector, constituye, quizá, la clave fundamental del complejo proceso que nos
engulle del todo cuando intentamos conocer algo, no importa si se trata del
mundo entero, de una pequeña parte o, tan sólo, de nosotros mismos, no importa
si se trata del mundo que compartimos y damos en llamar real o si se trata del otro
mundo, desconocido y privado, que inventamos cada día para no tener que
enfrentarnos a tantas cosas que nos superan, trastornan, agreden.
Así es, siempre queda una pequeña rendija por la que fluye
el río inmóvil de la existencia, un desagüe redentor por el que se renueva el
material infecto que cada día generamos, un mínimo lugar de salida (y, por lo
tanto, también de entrada) por el que, de vez en cuando, cabe que aparezca
alguna luz en los cielos que nos guie por entre las trincheras, las zanjas, las
zarzas en llamas de esta pintoresca tierra ocupada en la que, pese a todo,
intentamos vivir. (Nota final. Unos se van a Bruselas. Creo que es buena época
para irse tanto a Belén como a Jerusalén, regresar y contarlo.)
Etiquetas: Artículos, Creación, Literatura
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