LA TELARAÑA

viernes, octubre 20

En la encrucijada


La Telaraña en El Mundo.





 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana (de este jueves, a ratos lluvioso y a ratos soleado, en que escribo estas líneas) para mirar el cielo intentando ver si se ha levantado en algún cirro, constelación o galaxia muy lejana la polvareda que pueda hacernos pensar, al fin, que los cuatro jinetes del Apocalipsis han ensillado sus monturas, han piafado orgullosamente sobre el arco iris y se han puesto en camino hacia nosotros y nuestra forma de vida, hacia el lugar en el que, nos guste o no, llevamos una eternidad esperándoles como si fueran el maná prometido, el acabose de todas nuestras miserias conceptuales, la revolución que habrá de cambiarlo todo, pero arrasándolo de veras, demoliéndolo por completo, para que no quede de nosotros ni un ápice de estupidez, usura o ruindad más allá de la estupidez, usura o ruindad que nos vienen instaladas de serie en esta humanidad demasiado humana que somos y queremos seguir siendo. Faltaría más.
 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana para comprobar que todo sigue igual de revuelto, áspero, tullido, surrealista. El intercambio epistolar entre Rajoy y Puigdemont empieza a ser una eterna maniobra de distracción a la espera de tiempos mejores o peores, quizá mucho peores. De momento, Cataluña es una comunidad con el Parlament cerrado (aunque quizá lo abran un día de estos para votarle a Puigdemont lo que guste) y sin más actividad política, cultural o social que la fuga de empresas y las manifestaciones callejeras (que serán algaradas, cuando la CUP y los entes culturales de rigor lo dicten). Hay algo más, por supuesto, y es la terrible sospecha de que se está perdiendo un tiempo (y una situación privilegiada en el contexto europeo) que no volverá, porque cuando una sociedad descarrila, se eterniza en la parálisis (o en el tiempo y lugar desorbitados de la crispación nacionalista) no tiene fácil recobrar las fuerzas, levantarse y reemprender la marcha.
 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana (de este jueves lluvioso y soleado) para constatar que los mundos ubicados en realidades paralelas tienden a destruir la realidad alternativa del otro mundo para resguardar la realidad del suyo. Así funcionan las cosas: no se puede sobrevivir a la propia locura sin aplicarse, tarde o temprano, el preceptivo artículo 155, por no hablar, si todo se tuerce, del estado de sitio, alarma o guerra. ¿De verdad funcionan así las cosas? Es posible, pero no estoy seguro. De un lado, no quisiera adjudicarle a la naturaleza de las cosas una fatalidad que igual no es sólo suya, sino también mía. Del otro, no puedo olvidar que la vida en común, como todas las cosas que son valiosas, necesita ser protegida, incluso de sí misma y sus desvaríos. Y en esa encrucijada estamos, me temo.

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martes, octubre 17

Entre Lacan y Puigdemont


La Telaraña en El Mundo.




 Hace ya mucho tiempo que dejamos de pensar en la realidad como si fuera un lugar de encuentro: ya no nos importa si lo es o no, porque preferimos andar metafóricamente perdidos, solitarios y a la deriva; porque preferimos seguir buscando, acaso como Diógenes, no sabemos realmente qué. Nos basta con que la realidad nos parezca un lugar de creación, quizá el único lugar donde la creación puede acontecer y, de hecho, hasta acontece: ese paisaje, que intuimos tan tullido como inabarcable, ese camino tan repleto de pérdidas como de felices hallazgos, que vamos acumulando, por azar o necesidad, en los almacenes provisionales de la memoria, en las frágiles estanterías del alma, en las temblorosas palmas, siempre vacías, de nuestras manos.
 Tengo en las manos un libro de Jacques Lacan que encontré ayer, sin buscarlo, cuando ya lo había dado por perdido. Es cierto, es un anacronismo releer a Lacan; pero gracias a ello hoy me he levantado dándole vueltas a lo simbólico, lo imaginario y lo real, esas categorías neutras en las que el lenguaje se ramifica para ofrecernos el espectro entero de lo que llamamos la realidad. No sé en cuál de sus categorías podemos incluir la carta que Carles Puigdemont acaba de enviar a Mariano Rajoy. Se le requería un Sí o un No a una declaración de independencia que muy poco importa si fue o no fue declarada (o declamada), porque los efectos, en ambos casos, son los mismos. Media Cataluña sentimentalmente ofendida, marginada y media Cataluña feliz, exultante. Demasiado ruido sentimental para tan pocos hechos.
 Pero acabo de leer la misiva de Puigdemont. Me ha parecido pobre, decepcionante, sin recursos ni estilo literario. Pura retórica funambulista de quien no tiene un discurso propio y creíble al que aferrarse. ¿Son simbólicas, imaginarias o reales sus peticiones, su voluntad de no responder a lo que se le demandaba yéndose por las ramas, las quejas por la represión, las citaciones de los jueces, la congelación de las cuentas, el artículo 155 que se le viene encima o esa receta brumosa del diálogo como antídoto mágico contra la tozuda realidad?
 Esta mañana toda España (excepto la que lucha de veras contra el terrible fuego en Galicia), toda Cataluña y todos los tertulianos de las televisiones, todos los bots de las redes sociales y todos los opinadores de la prensa (como yo mismo y mis circunstancias) estamos perdiendo miserablemente el tiempo analizando las palabras de un personaje, como Puigdemont, que no alcanza a ser imaginario y, así, significante, seductor, que no logra ser simbólico y, por lo tanto, mítico, relevante, que no logra ser real y, por ello, convincente e imprescindible. ¿Quién dijo que leer a Lacan era un anacronismo? Lo dije yo, pero no iba en serio.




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viernes, octubre 13

La cuchilla en el ojo


La Telaraña en El Mundo.



 Cuesta abrirse paso entre la selva del hartazgo, la tristeza, la decepción y, sobre todo, el absurdo. Cuesta creerse lo que parece suceder: qué ridículo es el ridículo, en efecto. Cuesta abrir los ojos y vernos inmersos en una sociedad que va de la convulsión y la violencia a los memes y los chistes, de la crispación y los insultos al desprecio y la indiferencia, de la inseguridad y, tal vez, el miedo a la intolerable sensación de encontrarnos bajo el aullido de las sirenas y el foco extraviado, asfixiante, de las luces en pleno Guernica virtual de Picasso, en pleno campo de batalla donde un grupo de locos de atar está intentando imponernos su propio delirio, su alucinación, su distopía, su afilada y herrumbrosa hoja de afeitar en la pupila asombrada de nuestros ojos. ¿Dalí, Buñuel, dónde estáis?
 En todo caso, una vez superada la modernidad paradójica de los siglos 19 y 20 e ingresados en el nuevo siglo con los primeros pasos en el laberinto de la globalización y la robotización de la inteligencia, es decir, de las redes sociales como lugar donde la existencia toma necesariamente cuerpo (y, por lo tanto, consciencia), el primer obstáculo para la vida en libertad y democracia sigue siendo, como de costumbre, el nacionalismo. El nacionalismo central y centrípeto, cuando existió, y los nacionalismos periféricos, cuando los dejaron existir y, sobre todo, organizarse. Pero el problema no es sólo el nacionalismo. También hay que valorar el efecto absolutamente depredador de un grupo variado de gentes que, sin ser nacionalistas, no verían con malos ojos, sino al contrario, destrozar el Estado de Derecho (cualquier Estado de Derecho, en realidad) en que vivimos y queremos, pese a todo, seguir viviendo, aunque sepamos que no es jauja. Jauja no existe.
 Pienso, ahora, mientras me columpio en el artículo 155 y leo, exhausto, la prosa descarriada de la declaración de independencia firmada en los anexos del Parlament, en la fulgurante ascensión y en la posterior caída de la CNT y, en especial, de la primera mujer que llegó a ser ministra en España, Federica Montseny (y me duele escribir esto, porque tengo las espaldas cargadas de bucólica anarquía, de melancólica acción directa, de fracasada pero poética educación sentimental, de metafórico misticismo laico, quizá instintivo), y en los movimientos populistas, maniqueos, disgregadores, filosófica e ideológicamente terribles, vacuos, insostenibles, que alientan gentes como Pablo Iglesias o Ada Colau, como la CUP y su antiquísimo y gregario comunismo tribal, como las huestes comandadas, en Mallorca, no sé si por Alberto Jarabo, Laura Camargo o la controvertida Mae de la Concha. Igual el verdadero jefe es Baltasar Picornell y de ahí el rutilante cargo oficial que ostenta. ¿O no?


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martes, octubre 10

Rojigualdas, señeras y mentiras


La Telaraña en El Mundo.





 Un oportuno trancazo me mantuvo, el fin de semana, a buen recaudo del empacho de banderas rojigualdas y señeras que invadieron, al alimón, entre otras ciudades, Palma, el sábado, y Barcelona, sobre todo, la luminosa y fructífera mañana del domingo. Me quedó, eso sí, el recurso doméstico de asomarme a la ventana de vez en cuando y quedarme un rato pensativo, absorto, mientras un mar de banderas rojas y amarillas hacía desaparecer la calle Olmos y yo me preguntaba donde podían haber estado guardadas tantas, tantísimas banderas durante tanto, tantísimo tiempo como hacía que no se las veía desfilar por las calles tortuosas o flamígeras de Palma: al menos desde que España ganó el Mundial en Sudáfrica; y yo recuerdo, ahora, que cuando el árbitro dio por finalizado el partido caí de rodillas ante el televisor y me puse a hablar por teléfono con mi hijo que chillaba, eufórico, desde no sé dónde y no sé si lloré entonces o si aún sigo llorando al recordarlo. Hubo lágrimas de emoción en mi caso, pero ninguna bandera. Prefiero los pañuelos. Para las lágrimas, para los mocos.
 Pero no sólo hubo banderas de colores, también hubo banderas blancas (¿de rendición?) en busca de un diálogo que ignoro con quién hay que establecer a estas alturas de esta separación, no por lo civil, sino por lo criminal. En cualquier caso, me da que para hablar con Puigdemont, Junqueras o Forcadell habrá que acercarse muy pronto hasta alguna institución penitenciaria. La vida es así de dura; y la justicia, de lenta.
 Con todo, no creo que haya mucho que hablar con quienes llevan décadas imponiendo su cultura, su lengua y su pensamiento único, con quienes no paran de engendrar el rencor y no dejan de medrar con la espectacular rendición colectiva que se instauró en España en 1978, cuando se entregó a los nacionalistas (a los más viejos de cada lugar, en definitiva) la gestión absoluta de la educación, la lengua y la cultura. De aquellos polvos, estos lodos. ¡Claro que hay que reformar la Constitución!
 Y para acabar, una anécdota. Cuando el joven reportero de TV3 tuvo a bien informar de que el gentío que inundaba Barcelona y que se paraba a felicitar, con abrazos, cánticos y flores, a las fuerzas de seguridad del Estado había sido convocado –“para que sepan de qué tipo de gente estamos hablando” (sic)- por entidades como Falange o los somatenes consideré que mi gripe sólo podía empeorar si seguía escuchando más sandeces y que los pocos minutos que llevaba viendo esa televisión pública eran ya más que suficientes. Excesivos. Mi fiebre había subido unos grados, pero mi regocijo personal, paradójicamente, también había aumentado. Es lo que tiene una manipulación tan burda de la realidad: en vez de ocultárnosla, nos la acaba mostrando en su auténtico esplendor.

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viernes, octubre 6

Regreso al futuro


La Telaraña en El Mundo.



 No sé cuántas veces he visto, en el cine o en alguna pantalla imaginaria en mitad de los sueños más profundos, avanzar una grieta, que empieza siendo amenazadora, pero chiquitita, y acaba siendo enorme, inabarcable, incontenible, con sus efectos especiales a cuestas, avanzar, dije, decía, avanzar vorazmente, estoy diciendo, por entre la gente paralizada por el estupor o el miedo, avanzar separando, sin distinción ninguna, a unos de otros y así a todos del mundo en que vivían hasta que se abrió la tierra y empezó esta hipotética catástrofe, este guión que tanto nos vale para ilustrar la situación actual en Cataluña como para hablar del desgarro, la soledad, la convivencia rota, la historia devuelta de un plumazo a las oscuras y remotas vísperas del 7 de octubre de 1934 cuando en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra se publicó que el Gobierno de la República declaraba el estado de guerra en todo el país porque la Generalitat había proclamado el día anterior, 6  de octubre, el Estat Catalá.
 Parece, pues, que el pasado vuelve con su insufrible olor rancio a naftalina vencida por el paso mordido del tiempo. Vuelve con su aspecto de zombi fiero, hambriento y desnortado. Vuelve con su rostro maldito, sus ojos ausentes y sus cicatrices repletas de gusanos, con sus mandíbulas desencajadas y sus dientes cargados de caries negras y esfinges espectrales. Vuelve o igual no, no vuelve; y es, entonces, que somos nosotros quienes no dejamos, quizá, de reemprender un absurdo y atormentado viaje circular que nos lleva, una vez y otra, de regreso al futuro y nos sitúa, al fin ingrávidos, como ausentes, casi autistas, en el centro mismo del torbellino, del tsunami, en ese lugar exacto, en ese vórtice extrañamente tranquilo y silencioso donde nacen todas las tormentas, todas las grietas. ¿Lerroux se reencarnará, tal vez, en Rajoy o viceversa? Todo puede ser, aunque hace ya tiempo que sospechamos que no hay futuro, no demasiado futuro, al menos, más allá de esta continua repetición de lo mismo en que se ha convertido el simulacro de nuestra existencia, nuestro devenir, la historia, la vida.
 Salgo a la calle y me encuentro con un gentío bailando «ball de bot» en la Plaza del Mercat. Es algo realmente espectacular. Allí un viejo conocido se puso a hablarme de Mae de la Concha, la «Khaleesi» de Podemos, me dijo, enfático, dejándome más atónito de lo que acostumbro estar. ¿Qué será eso, quién? pensé, sin osar preguntárselo. Faltaría más. Al llegar a casa tiré de Google y Wikipedia para confirmar mis peores presagios: los hay que viven inmersos en terribles cuentos de hadas y dragones, en fatuos juegos de tronos donde el único reino que tendría que importarnos es el que ya hemos perdido. Cada cual debiera saber cuál fue el suyo.


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martes, octubre 3

El día después


La Telaraña en El Mundo.



 Y de repente, tras la larga noche del referéndum que no fue, la tristeza. El paisaje gris y otoñal, que observo afuera, en las calles, y también adentro, al auscultarme las arrugas de la frente y sentir un extraño temblor tanto en la comisura de los labios como en las yemas de los dedos. No es fácil, en efecto, escribir sobre algo que nos duele, preocupa e impresiona, sobre algo que sentimos como nuestro, aunque sabemos que no es sólo nuestro; también es de otros, de muchísimos otros. En todo ello pienso, ahora, mientras me invade cierto pudor biográfico, que no conviene desvelar más allá de su enunciado, y que me obliga a ser cauto, reflexivo, tal vez pragmático: me obliga a ser todo aquello que, quizá, no soy.
 Y de repente, la tristeza, pero no sólo ella, también la indignación, al comprobar que cuatro décadas de dejación política sólo podían conducirnos al caos. Aquí estamos. No se puede dejar, como ha sido la norma desde 1978, la educación y la cultura en manos de las minorías nacionalistas sin que la sociedad resultante se transforme a su imagen y semejanza y se convierta, poco a poco, en una monstruosa red clientelar donde el cóctel de la militancia subvencionada y la manipulación sentimental acaba resultando tan explosivo como un cóctel Molotov. Ayer estalló, de alguna forma, en Barcelona.
 Y de repente la tristeza y la indignación, pero también el asco. Circulan por las redes sociales, cara al exterior, multitud de imágenes manipuladas de una violencia policial que fue la que fue, por supuesto, pero no la que nos intentan colar con imágenes y videos añejos que ya estaban en Google antes del 1-O. No seré yo quien defienda la actuación policial, pero quienes padecimos la violencia de los grises de Franco no podemos llamarnos a engaño: no resulta fácil dialogar con armadura y casco, con un escudo, una porra o una pistola en las manos. El hábito y el monje o viceversa. Con todo, siempre nos quedará la duda de que si, habiendo sido ya declarado ilegal el referéndum e iniciados los pertinentes litigios, hubiera sido mejor dejar a los independendistas continuar a su aire con la farsa. Pues es muy posible.
 Ahora toca abrir bien los ojos y seguir mirando el paisaje, el paisanaje. El Pacte que nos gobierna ya está pidiendo a gritos que se negocie con los golpistas de Puigdemont y Junqueras, mientras Ciudadanos, de Xavier Pericay, un soplo de aire fresco entre tanta nube tóxica, intentan que el Parlament balear apruebe una proposición en defensa del Estado de Derecho en Cataluña. No creo que Armengol, sumergida en su peculiar nacionalsocialismo, permita que la propuesta salga adelante. Al contrario. La terrible duda que nos asola es saber cuánto tiempo nos va a durar el Estado de Derecho en Baleares.

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viernes, septiembre 29

Apocalipsis, serie B


La Telaraña en El Mundo.




 Quizá lo peor de todo, en esta vida nuestra de aquí y ahora, es sentir que no puedes, aunque bien que lo intentas, respetar a tus enemigos como a ti mismo. Tampoco ellos, nos lo han dicho, te pueden respetar como dicen respetarse a sí mismos; y así las divergencias entre unos y otros no pueden sino eternizarse y las grietas crecen y la herida nos muestra nuestro interior volcánico de magma airado, confuso, de combustión que dejará de contenerse a sí misma y se expandirá cubriendo la tierra como el espíritu o el alma. Algo similar, pues, al apocalipsis en alguna de esas versiones cinematográficas de serie B. Siempre me conmovieron esos clásicos de cartón piedra, sus domésticos efectos especiales y sus formidables héroes de pega: la terrible paradoja de no saber cómo desprenderse del miedo, del desprecio, de la ignorancia y la envidia. Cómo dejar de ser, en definitiva, los náufragos de este viaje a ninguna parte. No se puede ir a ningún sitio con semejante bagaje de vergüenza.
 Pero estas cosas suceden cuando se prioriza la importancia del ruido en las redes sociales, cuando lo que vale es celebrar la frase ingeniosa, el exabrupto, el zasca, el meme por sobre la lenta digestión de un lenguaje común y un estilo propio, por sobre la compleja construcción de un discurso, el que fuere, capaz de conducirnos a algún lugar reconocible donde quepa algún tipo de complicidad y entendimiento. Cualquier tipo de complicidad y entendimiento. Ignoramos dónde para ese oasis.
 Pero el espectáculo es el que es: una auténtica porquería de guión, de paisaje y hasta de paisanaje, de representación, farsa o tragedia. El domingo ya es 1 de octubre, pero eso es casi lo de menos, porque el teatro nos importa muy poco. El problema sigue siendo otro. Sin respeto mutuo no hay ninguna épica a la que aferrarse. No hay ninguna ética ni estética posibles. No hay, tampoco, ninguna equidistancia (ese oxímoron tan poco viril y tramposo) que enarbolar como si nos valiera con alguna síntesis de diseño para superar la dialéctica de los siglos, el furor de las razas, las cíclicas migraciones de los nómadas, la eterna agonía del hombre frente a su destino. No hay posibilidad, en fin, de diálogo o negociación, de puesta en juego de algo que no sea el paupérrimo orgullo herido.
 Yo no movería un dedo sólo por orgullo. Dejaría que las ruinas continuaran derrumbándose y que los molinos siguieran siendo gigantes invisibles entre los labios invencibles del viento. España es esta tierra de castillos en ruinas y desaforados molinos de aspas que chirrían, enloquecidas, cuando toca moler el trigo y tomar, de alguna manera, partido decidido por lo único que importa: la vida. Da igual si en común o separados, aunque no sea lo mismo, por supuesto. Y por desgracia.

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martes, septiembre 26

Nit de l’Art y otras noches


La Telaraña en El Mundo.





 Parece que hay mucha, muchísima, gente en las redes sociales, en Twitter, Facebook, WhatsApp, en los canales sumergidos de Telegram, en los currículos asombrosos de LinkedIn, en las tertulias virtuales de cualquier foro más o menos ilustrado, pero las apariencias, como es de ley, siempre engañan y ello no es realmente así; la mayoría no son personas, sino «bots», aunque muchos de ellos quizá no lo sepan ni lo llegarán a saber nunca: no son personas de carne y hueso, sino programas informáticos de ceros y unos, software más o menos elaborado que no deja ni un instante de rastrear opiniones, de calcular, frenéticamente, algoritmos matemáticos y de exprimir los grasientos patrones de la lógica conductista, para intentar, en fin, crear tendencias y estados de opinión irresistibles. La mentira repetida que se acaba, qué remedio, convirtiendo en verdad es aquí el arma renovada de la más antigua y repugnante de las manipulaciones. Qué viejo es ese maniqueísmo.

 Pero salgo a la calle y paseo por entre los enormes cortinajes que pusieron durante la Nit de l´Art en la calle San Elías para volver a atravesarlos, un rato largo después, en la calle del Carmen. Esas cortinas metafóricas abrían las puertas (de la percepción) de un universo absolutamente imaginario, pero también las cerraban. En su interior anduve como por los pasillos de mi propia casa, buscando, quizá, la forma de abrir pasadizos secretos y de encontrar criptas solemnes y magníficas cuevas de ladrones con algún que otro tesoro que compartir, con algún que otro tesoro que dilapidar, con algún que otro tesoro con el que sentirse libres o, incluso, si ello fuera posible, independientes. Pero la independencia no existe, como no existe la libertad. Como no existe el arte. Y los tesoros son siempre maravillosamente fugaces.

 Pero no sé muy bien dónde demonios andaba, este año, el auténtico, el genuino botellón artístico que les vengo contando cada año desde ya no recuerdo cuándo. Los años pasan y los botellones se multiplican y uno ya no añora nada, salvo aquellas resacas fantásticas que ya no volverán. Qué lástima. Este año, sin embargo, el botellón oficial tuvo su botellón alternativo. En efecto, algunos iluminados se fueron a Formentor, a escuchar a un grupito selecto de «bots» travestidos, siendo sumamente bondadosos, de escritores de cuarta o quinta fila, de editores de culto, de críticos literarios vagamente ágrafos y voluntariamente posmodernos, en busca, en fin, de magos, de vagabundos, de errantes o de bohemios. Craso error, porque estaban todos por San Elías y Misión o por el terrorífico ambulatorio del Carmen, por los pasillos interminables de mi casa, por las catacumbas personales de una noche en la que nada fue lo pretendía ser, como de costumbre.




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viernes, septiembre 22

La hora de los milagros


La Telaraña en El Mundo.

 No resulta agradable mirar alrededor y sentir una inmensa vergüenza ajena. Por un lado, la violencia se ha instalado, aprovechando la falsa percepción del anonimato, en las redes sociales y parece andar, también, camino de llegar a las calles y plazas, a la deriva torrencial de la vida cotidiana y a la minuciosa o, quizá, delirante historia de los días en que vivimos. Haré un breve inciso: no vivimos todos los días que vivimos, sino sólo aquellos días afortunados que nos paramos a pensar en lo que hacemos, aquellos días escogidos en que nos detenemos a mirar el horizonte o a imaginarlo siquiera, porque hay niebla, hay bruma o hay un muro enorme donde no lo imaginábamos, aquellos días que grabamos en la memoria para revisarlos, tal vez, mucho más adelante, cuando no nos importe reconocer que casi todo lo hicimos mal o lo hicimos a medias. A mí me gusta recordar aquello en que pienso que fallé, en que creo que no di, tal vez, la talla: me reconcilia con los perdedores que me rodean sin que me ciegue ningún glamur, ni siquiera el del espejo. No hay ningún glamur en ser, una vez y otra, derrotados.
 Pero mirar alrededor es un ejercicio de estilo muy doloroso. Quizá desquiciante. Uno casi diría, tal vez, que la infamia general tiene forma de pirámide funeraria y que, contra todo pronóstico, arriba del todo, en lo más alto y en lo más escarpado de la escala social, en el lugar, quizá, más preminente de entre todos los lugares, están siempre (y desde siempre) instalados, en vez de los mejores, los peores, los menos ilustrados, los más advenedizos, los que perciben el mundo sólo a su propia imagen y semejanza, los que le ponen bridas sectarias y absolutamente partidistas, los que lo saquean con su mediocridad y avaricia, los que lo constriñen con sus carcasas ideológicas, con sus negras mordazas más o menos tullidas o abanderadas. Nadie debería, en fin, llegar a sentir en vida ninguna mortaja envolviéndole a destiempo, ninguna soga acariciándole, como una amenaza letal, el cuello.
 Podría hablar ahora sobre la vergonzosa toma de postura de Més per Mallorca en contra de la legalidad constitucional y a favor del golpismo secesionista. Ellos están en el poder, así que ellos sabrán a qué legalidad se deben. Yo recuerdo, ahora, una enloquecida noche en llamas del siglo pasado en que amanecí en el antiguo hospital de Son Dureta con la primera vértebra cervical quebrada. Ser un superviviente me confiere, en efecto, un aura especial, aunque ello no suponga, por supuesto, mayor mérito que haber tenido mucha, muchísima, suerte y un buen equipo médico a mi entera disposición. Ojalá esta sociedad nuestra tenga a mano, cuando más lo precise, ese equipo médico prodigioso capaz, si no de hacer milagros, sí de intentarlos. Falta nos hará.

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martes, septiembre 19

Bestiario español


La Telaraña en El Mundo.




 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna en la editorial Huerga y Fierro (Madrid, 2014) y observo desfilar, entre muchos otros, al Rey Juan Carlos, a Franco, Zapatero, Felipe González, Manolo Escobar, Aznar, Torrente, Berlusconi o Belén Esteban y me dejo llevar por esa especie de Guernica literario que constituye un país llamado España, un país que siempre está en llamas, siempre en ebullición, siempre a punto de alcanzar esa frontera metafórica de la que sólo se sabe que, cuando se llega a ella, no hay forma de volver atrás, de regresar a la inocencia previa del instante en que aún hubiéramos dado la vida por algo. Ya no la daremos, salvo a cambio de nada, porque hay que ser absolutamente desprendidos (o, quizá, modernos, como dijo Rimbaud) cuando de lo que se trata es de perderlo todo sin añorar nada. De eso trata la vida.
 Podemos, pues, cerrar con tranquilidad los ojos y dejar vagar nuestra mirada interior por los rincones que nunca podremos iluminar del todo: ni falta que hace, por supuesto. La lucidez tiene estas cosas, nos enfrenta a estos problemas irresolubles, estos desengaños inmensos, casi cósmicos, estas decepciones catastróficas, este acabar sintiéndose, pese a todo, muy a gusto en el estúpido callejón sin salida de la vida, porque no hay ni puede haber nada mejor ni más fructífero que eternizarse en el laberinto, que olvidar el paso marcial y musculoso del tiempo y sus infinitas servidumbres, que perderse definitivamente en sus calles suspendidas en la niebla y caer derrotado una y mil veces en sus rotondas de pega, en sus alcantarillados de ficción, en sus miradores ciegos y en sus abismos aplastados por el plomo sangriento de la noche cuando ya ha anochecido y, en efecto, no hemos llegado a ninguna parte. No hay donde llegar, pero el viaje, sin embargo, es inmenso. Siempre lo ha sido, siempre lo será.
 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna y le agradezco al amigo, al semejante, pero también, y sobre todo, al escritor, que no le tiemble el pulso para ser capaz de desaparecer del todo, de borrarse por completo del mapa, mientras van desfilando, como cadáveres exquisitos en sus propias exequias, todos los personajes del libro, los que nos son más cercanos y los que no, los que perfilan, arremolinados, nuestra existencia actual, los que nos han conducido, incluso a nuestro pesar, hasta el instante presente. Cierro ahora el libro y leo algunas de las atrocidades que mis amigos (sic) en Facebook han escrito. Hago lo mismo en Twitter y también con los memes que me llegan vía WhatsApp. Creo que nunca había estado tan comunicado y me había sentido, sin embargo, tan solo. Pero no todo está perdido, aún nos quedan los libros, algunos libros. Menos mal.

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viernes, septiembre 15

Las cuatro capitales


La Telaraña en El Mundo.



 Está muy bien ser capital de algo. Sabíamos que Palma ya lo era de Mallorca y de Baleares o, por aquello de los excesos metafóricos, hasta del mar Mediterráneo. Pero hay más. Gracias a la CUP y los grupos antisistema, que son, a fin de cuentas, los que manejan los entresijos de la actualidad política española, esa gran ramera con aspecto de dama de alto copete, nos hemos enterado de que Palma es, con Barcelona, Perpinyà y Valencia, una de las cuatro capitales de los Países Catalanes, ese grupo selecto de países que, aunque por separado no parezcan gran cosa, juntos son o deben ser, juntos serán, algo así como El Dorado, un territorio auténticamente mítico y legendario donde, a falta de oro, maná o clarividencia, todo será identidad absolutamente mejorada, ennoblecida, ensimismada.
 Identidad cultural y, desde luego, lingüística. Identidad que, como es justo y necesario, barre todas las diferencias habidas y por haber hasta abolirlas. Identidad que nos convierte -a nosotros también, porque vivimos en estas islas y el territorio es, a fin de cuentas, el dueño único de nuestro espectacular destino- en los mimbres mágicos, telúricos, del mismo cesto, en los obreros especializados y sudorosos de la misma colmena, en las células fundacionales del mismo cuerpo astral, en los querubines y arcángeles de la misma quimera donde viajaremos bajo el éxtasis hipnótico del arcoíris, abierto el mundo a la inigualable plenitud de la luz y al absoluto deslumbramiento. Ciegos todos, pero felices, por lo tanto. No sé de qué se quejan algunos.
 Hasta Palma y, en concreto, hasta el parque de Sa Feixina, ya ven para qué sirven nuestros más emblemáticos monumentos, se vinieron el miércoles pasado los diputados de la CUP en el Parlament de Cataluña, Eulàlia Reguant y Carles Riera, para ampliar la convocatoria del referéndum a Baleares y para intentar despertar, de alguna manera, nuestra peculiar conciencia cívica, nuestra ancestral conciencia de pueblo que recibe con la misma sonrisa y las mismas hondas cargadas de escepticismo y hastío a los invasores que a los turistas. Yo prefiero a estos últimos, pero tiene que haber gente para todo. La hay, qué duda cabe.
 Con todo, lo mejor del evento de Sa Feixina, aparte de los discursos, las fotos de familia y la inmensa nube tóxica que sobrevino tras tanta exhibición impúdica (porque los mallorquines nunca airearíamos nuestra identidad con tanta ligereza, no fuera a marchitársenos), lo mejor, decía, fue la actuación estelar de la magnífica e hiperbólica colla de Xeremiers Pau i Càndid. Su jota del Tiro Tatí o d´en Pep Toni, por ejemplo, junto a su interpretación, en plan «jam session», de The Devil's Dream me tienen subyugado desde hace años. Qué ritmo y armonía, cuánta exuberancia étnica.

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martes, septiembre 12

Diadas y paradojas


La Telaraña en El Mundo.





 Un par de cámaras móviles en la Rambla y algún que otro dron dando vueltas como si fuera un cometa teledirigido. De fondo, una música horrible de banda de música en horas bajas desafina todo lo que los micrófonos de la retrasmisión la retuercen y, quizá, algo más. Así están emitiendo, en vivo y en directo, la llamada Diada del Sí las televisiones en Internet (y por lo que acabo de comprobar, también las televisiones generalistas, no vaya a ser que la audiencia se despiste y se quede sin el morbo de asistir al éxtasis, la pasión, la astracanada alquímica de un buen número de personas empeñadas en ser una nación, un estado, una unidad de destino en lo universal) cuando son sólo las nueve y media de la mañana del día 11 de septiembre y ya se están lanzando consignas, coreando eslóganes, ofrendando coronas de flores y agitando banderas. Esto va para muy largo.
 Lo bueno de estas retrasmisiones por internet es que carecen de un locutor y, sobre todo, de una mesa enloquecida de tertulianos. Los tertulianos son gente tan escogida como poco despejada: sobre todo, los de TV3. Hay que ver con qué fervor arriman el ascua a su sardina, prendida milagrosamente, como a su carné de buenos y diligentes nacionalistas, su grano de arena al arenal donde nos revolcaríamos si aún quisiéramos construir castillos donde rompe la marea y crujen las costuras de la existencia, su voz desgañitada al corro general de las voces, ese estropicio inaudito.
 Recuerdo, ahora, que en los domingos luminosos de mi infancia se bailaban correosas sardanas en la avenida Conde Sallent de Palma, exactamente bajo la casa en que nací, un edificio actualmente tapiado y cubierto con una precaria malla verde: parece que la finca amenaza ruina y, tal vez, derrumbe. Es así, en definitiva, como pasa el tiempo mientras nosotros intentamos ser los protagonistas o, tal vez, las comparsas, los testigos, los cómplices, los jueces o, finalmente, las víctimas. La vida es ese extraño juego.
 Tengo en la retina la imagen victoriosa de Rafael Nadal, anoche en el US Open. Está bien estar de vuelta cuando, de hecho, nunca te has ido y sólo estuviste tomando aire, porque te hacía falta. Está bien ser el mejor en algo o luchar para serlo durante algún tiempo y dedicarse, después, a cualquier otra cosa. Reflexiones como estas son mucho más serias y fructíferas que andar perdiendo el tiempo con el provinciano discurso de las naciones y los estados, las repúblicas más o menos federales y los colectivos unidos, al parecer, por un vínculo tan artificial como puede llegar a ser la maldita forma en que decidamos, aleatoriamente, amargarnos la vida en común pretendiendo, sin embargo, mejorarla. Quizá esa terrible paradoja encierre más verdades de las que, de hecho, podemos soportar.

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viernes, septiembre 8

El imperio de Jolly Roger


La Telaraña en El Mundo.





 El miércoles me quedé más que prendado, prendido, del terrible espectáculo que sucedía en el Parlament de Cataluña. Escuché los discursos completos de Miquel Iceta e Inés Arrimadas y me entraron ganas de aplaudirles; les aplaudí, de hecho, con todas mis fuerzas interiores, porque no es fácil predicar en el desierto de la estulticia, desplegar el lenguaje donde las palabras ya no significan nada, enarbolar la bandera del escurridizo sentido común, la libertad o la democracia donde la única bandera vigente, por desgracia, es la Jolly Roger, la bandera negra con las tibias cruzadas, la calavera y los ojos absolutamente vacíos, torvos y amenazadores de la muerte (o de la CUP, vaya panda).
 Más tarde, los diputados votaron la Ley del Referéndum y se pusieron a cantar «Els Segadors». No lo negaré, pero me dio una risa incontenible que intenté, sin éxito, contener; pensé que nunca volvería a ver algo así de ridículo e impostado y que, cuando el esperpento alcanza su máximo esplendor, lo único que podemos hacer es observarlo con suma atención y dejarlo ser, en definitiva, lo que es, el frágil y bellísimo canto de un cisne que se sabe absolutamente condenado. La imagen es triste, por desgracia, porque la metáfora es real.
 Intento acceder a la nueva página web -referendum.cat- del gobierno catalán sobre el referéndum del 1-O y me encuentro con un descriptivo mensaje: «500 Internal Server Error». La informática siempre lanza mensajes así de exagerados, pero no. Nada es exagerado, cuando la página en blanco de la vida se nos antoja una pesadilla, un agujero negro que hay que rellenar con mil garabatos a toda prisa; el vacío nos duele, el horror nos paraliza y el brillo inhumano de la página en blanco, más que deslumbrarnos, nos ciega del todo. Cerramos entonces los ojos porque necesitamos regresar muy adentro en busca de los cristales adecuados con que protegernos de la lluvia ácida de la intemperie. O de la página que ahora sí funciona, qué horror.
 Me asomo a la ventana. No llueve ni va a llover. Pero mientras escribo estas líneas deben deambular por la Plaza Mayor, concentrados en pro de la inefable República Catalana, los selectos miembros de la Assemblea Sobiranista de Mallorca, la OCB y la Plataforma Avançam. Son los habituales: Jaume Mateu, Cristòfol Soler, Miquel Oliver y sus diez o doce acólitos en esta magníficamente bien subvencionada tarea de ser absolutamente catalán en Mallorca. Me alegra no tener ninguna necesidad de explicarles que prefiero, simplemente, vivir y dejar vivir antes de convertirme en títere o cómplice de ese monstruo ideológico llamado la identidad, esa voluntad castradora, esa rancia llamada a filas, ese espíritu uniformador, ese pretexto perfecto para que algunos vivan a costa de los demás.


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martes, septiembre 5

Ri Chun-hee


La Telaraña en El Mundo.



  
 Encuentro en YouTube un video de La Sexta, concretamente del programa de Wyoming, en que le hacían burla, bastante pobre y chusquera, por cierto, a Ri Chun-hee, la célebre e inconmensurable presentadora de noticias a mayor gloria del impresentable Kim Jong-un, ese joven rollizo y mal peinado que pasa sus días en el poder posando con sus intrépidos generales entre risas y pruebas bélicas más o menos nucleares. Parece que le gusta jugar con los misiles y las bombas y hacerlas explotar y generar, así, enormes terremotos por la zona de la catástrofe que le rodea, dejándonos, de paso, a todos más que avergonzados, cabizbajos y hasta tristes, porque así no se va a ninguna parte y ya va siendo hora de que alguien, y mejor que no tenga que ser Trump, le pare los pies y le borre la sonrisa de la cara o la podredumbre del alma. O ambas cosas.
 No he encontrado en YouTube ninguna otra parodia española de Ri Chun-hee y mal que me sabe. Me extraña que TV3, de cuya gran capacidad paródica nadie duda, no haya tenido la enfermiza ocurrencia de dedicarle alguno de sus espacios. Sin duda, la veterana presentadora le daría un tono más solemne y hasta marcial a la inminente Diada del día 11. O podría, incluso, ponerse a llorar a moco tendido cuando se consume el fracaso final del referéndum o la caída anunciada de Puigdemont y su exquisita corte de alucinados.
 Tampoco sobraría en IB3, que ya va siendo hora de aumentar un poco la audiencia. Ahí podría, por ejemplo, abrillantar el ego multisecular de Més, agigantar la importancia de las iniciativas de Podem o glosar, ya puesta en faena, el inigualable temple político de Armengol o Ensenyat, la talla republicana de Noguera o el irresistible carisma de Baltasar Picornell, Balti. Así, entre bromas, parodias y tomas falsas nos lo pasaríamos mejor que bien, nos lo pasaríamos bomba.
 Habría, eso sí, que solucionar antes algún problemilla, pero estoy seguro de que, a falta del incómodo requisito del catalán, Ri Chun-hee ostenta méritos incontestables. En 1994 lloró ante las cámaras de la televisión única norcoreana la muerte de Kim Il Sung y en 2011, la de su sucesor, el eminente Kim Jong Il. Se mire como se mire, eso es como anunciar en vivo y en directo la muerte de Lenin, luego la de Trotsky y, finalmente, la de Stalin. O las de Mussolini y Hitler, así de corrido y en tan sólo un par de días gloriosos de 1945. O la de Franco, mucho tiempo, quizá demasiado tiempo después, en 1975, y ríanse de las lágrimas de Arias Navarro mientras me disponía a coger un barco de regreso a la isla, no fuera a complicarse la situación y quedarme tirado en la tierra de nadie que aún era, para mí, Valencia. Es curioso, 42 años después me da que sigo en tierra de nadie.

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viernes, septiembre 1

La cuesta de septiembre


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Al fin, llega septiembre, que es como decir que se acaba lo que se daba, que el turismo empieza a aflojar, el tiempo a languidecer y Palma, en definitiva, a dormirse mucho más pronto de lo habitual, con sus malos estudiantes buscando una repesca tan imposible como necesaria y sus pésimos políticos, nuestros pésimos políticos de cada día y cada mes, cada cuatro años, intentando rizar el rizo de la actualidad con sus imposiciones y caprichos, su realidad sectaria y absolutamente fiscalizada, su ecotasa plenipotenciaria y ávida, su catalán integral y a la fuerza, urbi et orbi, médicos incluidos, su seguir haciendo añicos la convivencia y hasta la memoria histórica, vista su obsesión demoledora con Sa Feixina, porque gobiernan, es por un decir, tan sólo para los suyos y a los demás que nos den morcilla. O ni eso. Ojalá que nos dieran algo (aparte de la risa que nos da cuando los vemos, tan ceñudos y obcecados, intentando justificar lo injustificable, sus retorcidas tomas de posición, sus delirantes decisiones) y no sólo disgustos, preocupaciones, tal vez zozobras.
 Pero repaso el calendario más o menos oficial de la historia y septiembre empieza a darme un poco de miedo. O mucho miedo. El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia dando comienzo, así, a la Segunda Guerra Mundial. Nada menos. Mejor dejarse de bromas al respecto. Pero hay mucho más. El día 11 de septiembre de 2001 -hace tan poco y, sin embargo, hace ya tanto tiempo: yo vivía entonces en Barcelona- cayeron las torres gemelas de Nueva York y, desde aquel día, dos inmensas y verticales columnas de humo y fuego, dos monolitos de luz suspendidos en el aire de todos, dos mausoleos intangibles de amor y muerte siguen ardiendo entre las ascuas de nuestra asombrada y adolorida conciencia, de nuestro mirar el mundo y querer, pese a todo, seguir viéndolo todo. O casi todo.
 Otro funesto día 11, pero del remotísimo 1714, la ciudad de Barcelona acabó cayendo ante las tropas borbónicas durante la Guerra de Sucesión Española. Esa vieja efeméride, ese relato entre mítico y patético, esa numantina resistencia, esa ficción de cartón piedra y aguardiente barato es la que viene a edificar y sustentar, a fin de cuentas, toda la parafernalia del nacionalismo catalán, la enorme Diada del día 11, esa marabunta, entre barroca y modernista, de banderas y banderías, la primera toma de contacto con esa peculiar cuesta abajo o cuesta arriba -eso ya se verá, porque por aquí tenemos la Diada del Consell de Mallorca, el día 12- que habrá de conducirnos, finalmente, al histriónico 1 de octubre, ese día hipotético en el que, según la Wikipedia, nunca ha sucedido nada importante. Habrá, pues, que andarse con ojo, no vaya a ser que finalmente pase.





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martes, agosto 29

Ratas y cucarachas


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 Es curioso que la gente hable, sin parar, de los problemas de la masificación turística, por ejemplo, cuando de lo único que, al parecer, se puede presumir en Palma es de tener, mal que nos pese, una creciente, renovada y sanísima población de ratas, ratones y cucarachas. Trago saliva contra las arcadas, porque no son pocas, al cabo de los años, las noches en las que tuve que compartir mis confidencias insomnes con alguna que otra repugnante cucaracha. Recuerdo algún caso. Ella y yo, solos o muy bien acompañados, en la habitación de un viejo hostal que ya no existe, cerca de Apuntadores, donde había que enseñar el DNI para demostrar que uno era mayor de edad, aunque no lo fuera, en el baño o en la cocina de casa, de las tantas casas que uno va habitando a lo largo de la vida, en la lujosa suite de un céntrico hotel de Valencia, que no es Palma, pero como si lo fuera, en la terraza minúscula donde descanso, en este mismo instante, con vistas a la catedral, a la bahía y también al olvido, yo con una zapatilla en la mano y ella moviendo nerviosamente sus antenas negras, sus alas membranosas, su abdomen de azabache, el destino de quien busca algo y, finalmente, lo acaba encontrando. Faltaría más.
 Con las ratas y ratones, sin embargo, tengo muchísima menos experiencia. Una vez, de niño, iba con mi padre por lo que ahora sería la calle Aragón y entonces era un descampado polvoriento donde aparcar el coche; fue entonces cuando vi a un hombre de raza gitana con una vara de madera en la mano conduciendo a una rata gorda y vieja, a una rata enorme que caminaba con lentitud atendiendo a la vara severa de su dueño como si fuera, resignadamente, hacia el matadero. O hacia su casa. ¿Por qué recuerdo ahora los andares grotescos de esa rata resignada y los incorporo al bestiario de mi vida cuando nunca me han gustado las ratas y, menos aún, las enormes ratas viejas resignadas? Es todo un misterio.
 También es un misterio saber quién limpia Palma, quién retira los contenedores repletos de exuberante basura, quién se lleva los muebles abandonados a la intemperie, quién barre las aceras, quién arranca los chicles pegados al pavimento urbano, quién recoge las colillas, quién enciende las mangueras del agua y deja, al alba, las calles frescas y relucientes. Parece que nadie lo hace y así se están llenando, los parques y jardines, de malditos roedores y las alcantarillas, cloacas y casas particulares, de infernales blatodeos. No me extraña, pues, que los gatos salvajes de hoy en día quieran ser domésticos a toda costa y prefieran, en fin, su ración gratuita de leche y cereales sostenibles que tener que luchar con la vieja rata resignada por el paso del tiempo y la vara de madera que rige su destino, como también el nuestro.

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viernes, agosto 25

Confesiones de agosto


La Telaraña en El Mundo.




 Hace ya cinco años que no publico ningún libro nuevo, ningún nuevo poemario con el que seguir frotando esa lámpara de Aladino vacía con la que, inevitablemente, tenemos que conformarnos nos guste o no. No nos gusta, en efecto, pero es lo que hay y todo lo que no sea asumir la realidad, incluso para cambiarla, es una pérdida de tiempo. Nunca tuvimos demasiado tiempo, es cierto, lo sospechamos desde siempre, y, sin embargo, cuánto tiempo que perdemos, cuántas horas vivas que damos por muertas y echamos por la borda en este naufragio anunciado que es ir hacia los arrecifes sumergidos del deseo y estrellar ahí, como escribiera Maiakovski, la barca del amor o la de la vida. El paisaje tras el naufragio me trae a la memoria la imagen, la realidad o la ficción de la Estatua de la Libertad en ruinas a orillas del viejo Hudson. Muy pronto viajaré a ese lugar.
 Pero es cierto. Frotamos esa lámpara vacía con brío y furia, con determinación absoluta. La frotamos con fe y la fe es, precisamente, el concepto al que quería llegar en estos días en que la palabra fe parece convertirse, por culpa de la actualidad, en sinónimo de fanatismo. No lo es, nunca lo fue. No puede serlo. Pienso en los místicos, en Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, pero también en William Blake o los presocráticos. Pienso en Silesius, pero también en Al-Ghazali o San Agustín. Pienso en Nietzsche o Bataille. En Cristóbal Serra o Ramon Llull. Pienso en quienes me añadieron algo, sumando algunos de sus interrogantes a los míos. Creo que de eso trata la vida, de esa fe que nos mantiene en vilo incluso cuando ya no creemos en absolutamente nada. ¿Por qué íbamos a creer en algo?
 «Ojalá llegues a ser quién eres», dijo Píndaro, y en esas estoy igual que todos, mientras me froto los ojos y los destellos de la oscuridad me deslumbran. Escribo estas líneas, cada martes y viernes en este mismo lugar, como si escribiera los versos que no escribo, que no termino de escribir y que no sé si llegaré a escribir. Mientras tanto, miro alrededor y observo los contrastes. He citado, más arriba, a gente extraordinaria mientras la mediocridad general convierte el mundo en un burdel de muy baja estofa. Enciendo la televisión, el ordenador, la tablet. Una pandilla de jóvenes compra un hacha, tabaco y cuchillos, sonríen, bromean, van a matar a quien puedan matar y van a morir, después, si tienen la suerte de no sobrevivir a la barbarie y tener que afrontar la tortura de la propia muerte mirándolos a la cara, a los ojos. Apago la televisión, el ordenador, la tablet. La muerte campa a sus anchas, cuando la fe deja de ser una opción personal e intransferible y se convierte en el pretexto gregario, en el detonante bastardo de una terrible masacre a la que hay que poner bridas cuanto antes. Ya tardamos.

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martes, agosto 22

¿Quién dijo miedo?


La Telaraña en El Mundo.




 Volví a abrir los ojos al horror, el jueves pasado, casi a las cinco en punto de la tarde, y aún no los he podido cerrar. Supongo que las televisiones ya habrán acabado de entrevistar a todos los testigos que no vieron absolutamente nada, cuando La Rambla de Barcelona se convirtió en la autopista de la muerte y no había barreras de hormigón ni jardineras cerrándole el paso. Acabo de ver esas barreras arquitectónicas aquí en Palma, en San Miguel o en Porta Pintada, y he sentido, a la vez, cierta tristeza y cierta alegría, porque nada, a fin de cuentas, pasa en balde y muy pronto habremos aprendido a movernos sigilosamente entre las trincheras y los cadáveres, entre las trincheras y el odio, entre las trincheras y la ficción de esta sucia guerra donde la victoria y la derrota son casi la misma cosa, entre las trincheras, las zanjas, los fosos y el vacío indecible, la indetectable nada absoluta.

 No he dicho, en cambio, ni una palabra, no he hecho ni un solo comentario, no he querido sumarme a ninguno de los coros de un lado o del otro que están arrasando esa especie de rambla ennegrecida y calcinada que son las redes sociales, esa rambla enloquecida y atropellada donde alguna inercia, de la que ignoro su auténtica substancia, parece obligarnos a lanzar constantemente la metralla ruidosa de nuestras opiniones personales, como si fueran piedras, misiles teledirigidos con la peor de las sañas -qué mala baba suele tener la ignorancia- hacia una diana imaginaria, hacia un enemigo que tampoco sé si existe, mientras escondemos, cómo no, rápidamente, la mano.
 «No tengo miedo», clama ahora la multitud envalentonada. «No tinc por», cantamos ahora quienes no paramos de correr cuando la muerte nos estaba persiguiendo a todos y el mosaico de Joan Miró, esa constelación de ladrillos tan irregulares como la vida misma, nos acogía finalmente convertido en un altar de velas encendidas en honor de las víctimas, en un amasijo de plegarias, en un bodegón de flores y peluches; la muerte, por desgracia, nunca deja de perseguirnos igual que nunca nos abandona el miedo auténtico, el miedo humano de no saber qué nos aguarda al final, cuando el cuerpo deja de latir y el frío suple nuestra fiebre de siempre, para siempre. ¿Para siempre? Seré sincero. Creo que tengo miedo, pero que estoy dispuesto, pese a todo, a seguir viviendo como si no lo tuviera, porque la vida, a fin de cuentas, es sólo un juego de tahúres en el que tan importantes son las cartas descubiertas sobre la mesa como los ases escondidos en la manga, las buenas bazas que el azar, a veces, nos proporciona como el perfume embriagador de las flores, esas artimañas, esos faroles deslumbrantes con los que intentamos (y, en ocasiones, hasta logramos) enmascarar la tragedia.




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viernes, agosto 18

Elogio del turismo


La Telaraña en El Mundo.



 Un buen amigo me ha enviado muchas fotos y videos (actualmente, la amistad se mide por la cantidad de fotos y videos compartidos en WhatsApp o Telegram) de la semana de agosto que ha pasado en un hotel para adultos de Magaluf. He sido, pues, testigo indirecto, voyeur privilegiado, de algunos de sus mejores momentos: el delirante desayuno buffet, las horas al sol junto a la piscina de agua dulce, el ceremonioso almuerzo buffet, la frenética cena buffet bañada en champán y confetis, las imágenes casi familiares de la habitación limpia, el balcón con vistas al mar y al vértigo, la inercia de las horas felices en cualquiera de las múltiples barras del singular establecimiento. Realmente en todas.
 Mi amigo es un tipo sensato, más entrado en decepciones que en años, alguien que habla varios idiomas y sabe de contabilidad; que sabe, al menos, que le sale más a cuenta pasar unos días retozando, todo incluido, a unos pocos kilómetros de Palma (cerca del trabajo y el hogar) que embarcarse en la siempre incierta aventura de otro viaje más largo, con su trasiego agotador de maletas facturadas y, tal vez, perdidas, con sus largas horas de espera en los aeropuertos donde la precariedad laboral campa a sus anchas. Vivimos en un mundo tan interconectado que no hace falta que ninguna mariposa bata sus alas en la otra parte del universo, para que los problemas de unos sean también los de los otros; y un gran problema común se cierna sobre todos.
 Mi amigo me envió un video en el que se le podía ver haciendo el tren y también el indio (ambas cosas a la vez) alrededor de la piscina del hotel, entre dos rubias espectaculares, contra el reflectante cielo azul turquesa de la algarabía. La gente, cuando se divierte, parece mejor de lo que es, me confesó luego, en otro mensaje. Mi amigo ha hecho amistad con otros huéspedes, con los camareros y recepcionistas, con la muchacha que le traía unas chocolatinas y una sonrisa tímida cada tarde a la habitación, con los monitores de eventos más o menos folclóricos y hasta con el mismísimo director del hotel. Un tipo sociable, me aseguró.
 En efecto, no hay nada como ser sociable cuando la ficción colectiva va exactamente de eso, de ser feliz, de aparentarlo, de irradiar y contagiar esa misma felicidad que no nos duele, en absoluto, dilapidar porque sabemos, aunque nos duela decirlo, que no existe. El turismo quizá sea la mejor, la más gratificante forma de convertir la realidad en ficción, de convertir nuestros días de jerárquica esclavitud laboral y social en días de metafórica transgresión, de hedónico relax, de tiempo robado a la maldición bíblica y al polvo inerte que somos y que volveremos a ser, pero a su debido tiempo. El polvo puede esperar. La xenofobia de los turismofóbicos, también.

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martes, agosto 15

El chino de porcelana


La Telaraña en El Mundo.



 Domingo. Por la mañana, igual que al mediodía o por la tarde, la calle Olmos está semivacía de viandantes. Corre la brisa cálida mientras observo que la mayoría de los bares están cerrados y sólo quedan abiertas y silenciosas (como suspendidas, tal vez, en mitad de una bruma que no existe, pero que yo imagino porque es así como hay que describir el mundo: otorgándole conexiones ocultas, paraísos perdidos, sensaciones subterráneas) las zapaterías y los bazares de los chinos. En efecto, hay un chino con la edad de la porcelana china dormitando frente al local que vigila desde tiempos inmemoriales; es un chino atiborrado de quimeras impronunciables y también de incontables fatigas: ignoro lo que dura su sempiterna jornada laboral, pero creo que eso no lo sabe ni siquiera él mismo. En los televisores empieza la ida de la Supercopa de fútbol y la calle Olmos gruñe de vez en cuando como si le molestaran las multitudes aullando. ¿Dónde está la saturación turística?
 Lunes. Las tiendas de los chinos siguen, como de costumbre, abiertas y el chino de porcelana sigue dormitando al frente de sus sueños. Los bares han ocupado el espacio que Cort les permite convertir en terrazas, miradores, en pequeños puestos improvisados de vigilia imaginaria, de tertulia. Todavía es pronto (me gusta escribir cuando la gente se despereza y aún huele a café recién hecho, a café molido de vieja cafetera italiana, por supuesto, y no a café de alambique de diseño, a café de pastilla exprés) pero ya empieza la muchedumbre, el gentío, la turba, a subir o bajar la cuesta de Olmos, a convertir la ciudad en un tobogán de ida y vuelta, en un parque temático donde lo que importa es el torso más o menos desnudo y el móvil en ristre, a modo de cámara fotográfica, enfocando, tal vez, los arabescos del Gran Hotel como los contenedores repletos de una insufrible basura. No sabemos quién limpia Palma. Sabemos quién no limpia Palma.
 Martes. El futuro no existe, me digo, y sé que estoy, al menos conceptualmente, en lo cierto; pero si están leyendo estas líneas es que el futuro sí que existe, sí que llega de no se sabe dónde hasta nosotros para alcanzarnos con su lengua de luz y fuego, con su noche de plomo, con su vientre repleto de no se sabe bien qué misteriosas ofrendas: sí que alguien recoge el testigo de nuestras premoniciones e inquietudes. ¿Qué somos si no una mezcla inestable de esperanzas y temores, qué salvo la declinación de un lenguaje, de un abanico abierto de palabras y gestos que más útil se nos revela, por cierto, cuanto menos sabemos en qué coordenadas exactas estamos situados? Yo no sé dónde estoy desde que tengo uso de razón y, sin embargo, nunca seré tan feliz como en este instante de ahora en el que estoy donde quiero. Exactamente.

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viernes, agosto 11

Fuego cruzado


La Telaraña en El Mundo.






 Un día de estos me daré de baja definitivamente de las redes sociales. Borraré todos mis perfiles, incluso los perfiles falsos, de Facebook o Twitter, convertiré en un vago recuerdo mi enloquecido currículo en LinkedIn o las cuatro estupideces que dejé escritas en Google Plus, abandonaré silenciosamente los mil y un foros de noticias de literatura, cultura, viajes y salud, tecnología o informática a los que estoy suscrito desde tiempo inmemorial. Un día de estos diré basta y cerraré todas mis cuentas de correo electrónico y me libraré de auténticas toneladas virtuales de spam ideológico, presentaciones de libros o timos nigerianos de la estampita, de virus o troyanos más o menos criptográficos, de porno sin acabar de codificar (cuánto añoro, ay, aquellas películas porno de Canal+, codificadas en su justo punto de nieve) y de absurdas, delirantes peticiones en Change.org.

Un día de estos, si hay mucha suerte y los coreanos del norte, los venezolanos españoles o los nacionalistas de la Arcadia feliz de aquí cerca no lo impiden, apagaré el ordenador, el móvil, el portátil, el flamante 2 en 1 y la tablet y me sentaré en el sofá de casa, junto a los ventanales, a ver pasar las hordas de turistas perseguidas por los cuatro o los cuatrocientos gatos negros de Arran, Endavant Mallorca o los Joves del GOB, me sentaré a ver pasar las brigadas de limpieza habitacional, antitaurina o lingüística de nuestro inestimable Govern, me sentaré a ver pasar los bellísimos cadáveres famélicos de un fuego cruzado de multas, descalificaciones, agresiones y amenazas que empieza a ser ubicuo, constante y demoledor. Pura metralla en el ensordecedor dial, en la demolición acelerada, sin control, de la realidad. Como de Sa Feixina.

Un día de estos, en fin, me diré, como quien no quiere la cosa, que todo acaba siempre teniendo algún tipo de remedio y que nada ni nadie, por supuesto, dura más de cien años; que, pese a las apariencias, los achaques y el humor variable y, en ocasiones, turbulento de los días, pese a la inercia que en no pocas ocasiones nos confunde o nos ciega, pese a todo ello, los tiempos corren si no vuelan y avanzan (o dan vueltas en círculos o espirales concéntricas, que esa es otra y, sin embargo, la misma) que es una auténtica barbaridad, un torbellino, quizá un tsunami. A fin de cuentas, hace sólo unos veinte míseros y deslavazados años no existían las redes sociales ni teníamos, tampoco, móviles inteligentes que usar como simios recién bajados del árbol. No teníamos Internet tal y como hoy lo entendemos y las noticias urgentes nos las ofrecía la radio, la televisión o incluso la prensa con sus magníficas ediciones especiales en un papel agrietado y solemne que tiznaba las manos no queráis saber cuánto. Muchísimo.

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martes, agosto 8

Me gustan los alienígenas


La Telaraña en El Mundo.




 Si nos alejamos lo suficiente, es decir, mucho, quizá muchísimo, el mundo es dialécticamente simétrico, casi, casi, redondo, absoluta y, tal vez, absurdamente circular y, aunque es cierto que parece estar en constante ebullición controlada no sabemos exactamente por qué o por quién, también parece estar en perfecto equilibrio, pese a las turbulencias que se le adivinan a todo lo que se mueve, y no deja ni un solo instante de moverse, sobre la faz de la tierra. Es cuando descendemos desde las alturas del vértigo a esa mismísima faz de la tierra cuando el mundo se nos agrieta de veras, se nos llena de bancales de humo y de nubes púrpuras de sangre y amor u odio, cuando se nos hace trizas entre las manos y se nos convierte en barro, en lodo, en esa sustancia primordial y viscosa que es, a la vez, magma destructor de fuego y caldo milagroso de vida; quizá no se pueda ser nada en concreto, sino sólo algo en constante evolución y tránsito, en perpetua transformación, en abierta e inagotable crisis.
 No conviene, pues, creerse demasiado nada de lo que, aparentemente, nos ronda. Se aproxima, por ejemplo, el 1-O y, pese a todos los pájaros de mal agüero, no cabe sino esperar, más o menos tranquilamente, a que ese grupito feroz de políticos, que no saben en qué país o en qué Europa viven, decidan suspender definitivamente el absurdo referéndum y convoquen, al menos mientras puedan aún hacerlo, unas elecciones autonómicas con las que afrontar el futuro, ese futuro incierto que siempre acaba llegando. No les queda otra, de hecho, por mucho que embarullen con sus urnas repletas de oxímoros y sus inverosímiles países faraónicos.
 Los titulares de la actualidad, pues, se nos van cayendo, poco a poco, como templos arrasados por el paso vertiginoso de los días. El tiempo es corrosivo e igual que nos convierte en lo que somos también habrá de acabar deshaciéndonos hasta ese polvo bíblico del que, sin duda, provenimos. ¿Qué son, por ejemplo, los recientes brotes de presunta turismofobia, sino el sarpullido ideológico de los que, por los motivos que fueren, no acaban de entender que la realidad es una enorme ficción contra la que todos nos acabamos estrellando? Llevamos décadas luchando contra la insularidad y el aislamiento, lustros acumulando la pírrica prosperidad propia de cualquier sociedad turística más o menos desarrollada, más o menos capitalista, más o menos bárbara para con sus orígenes tribales, sus ritos étnicos y sus cavernas. ¿Nos dolerán prendas ahora por un éxito turístico auténticamente espectacular, por un trasiego inagotable de gentes de afuera, extrañas y hasta alienígenas, en busca de un ocio y un placer lo más exuberantes posibles? Por supuesto que no. A mí me gustan los alienígenas.

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viernes, agosto 4

Calor y zombis


La Telaraña en El Mundo.





 No recuerdo que me hubiera pasado nunca. Llevo dos noches cambiando las sábanas de la cama hacia las tres de la madrugada para no tener que dormir sobre el charco de mi propio sudor. Alto ahí. Es de noche, los sueños campan como desvaríos y la piel es una especie de cortina líquida, una membrana amniótica que podría devolvernos al origen, al útero materno de la existencia donde estuvimos agazapados, escondidos, protegidos. Pero me detengo un instante porque, tras escribir estas líneas, caigo en la cuenta de que en ellas aparecen, al menos, tres conceptos quizá muy sobrevalorados, la memoria, el sudor y los sueños, esas tres excreciones que nos salen de muy adentro para acabar convirtiéndose en algo así como nuestra segunda piel, la que vestimos día a día, la que ofrecemos a los demás para demostrarles que somos como ellos, aunque, quizá, no lo seamos. Tampoco importa demasiado cómo somos.
 No recuerdo, pues, otra ola de calor tan asfixiante como ésta, pero ello, por desgracia, no significa casi nada. Muy a menudo me digo que nunca voy a olvidar lo que, indefectiblemente, acabo olvidando. Olvido acontecimientos y también sensaciones; o no olvido absolutamente nada y son los acontecimientos, de tanto repetirse como si fueran nuevos sin serlo, los que nos acaban aletargando los sentidos, los que nos sumergen en la marea ingrávida de una actualidad que sólo existe porque formamos parte de ella. ¿Es cierto eso, siempre, siempre?
 Pero estos días previos al ferragosto romano muchos de nosotros nos convertiremos, mal que nos pese, en auténticos turistas. En efecto, pasa con frecuencia que nos convertimos en viajeros, que la curiosidad o la necesidad de aires desconocidos y, si puede ser, más refrescantes que los nuestros, nos lleva de un lugar a otro, de una colección de ruinas a otra colección de ruinas, de un abismo del que conocemos sus límites a otro del que, efectivamente, también conocemos sus límites, pero hacemos como si no. Nos gusta imaginar límites por conocer. O por transgredir.
 También pasa, tal vez para compensar una catástrofe con otra, que los chicos de Arran, esa sucursal juvenil de la CUP, ese arrabal escogido de entre los más selectos arrabales, se vienen a las islas convertidos en auténticos bárbaros, es decir, por decirlo con claridad, convertidos en turistas del kale borroka (del euskera «kale», calle, y «borroka», lucha, pelea), en turistas tan similares a los hooligans de Magaluf o el Arenal que nos haría falta un ojo clínico espectacular para distinguirlos. O no, no tan espectacular, porque la violencia de algunos turistas dura unos pocos días al año y la de los chavales de Arran durará lo que les dure este terrible calor en la mollera. Zombis, quizá para toda la vida, qué lástima.


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martes, agosto 1

Dos alcaldes republicanos


La Telaraña en El Mundo.



 Ya sé que las comparaciones, como dice el refrán, son odiosas. No lo discuto o, al menos, no lo voy a discutir aquí y ahora, porque puedo considerar, sin sonrojarme más allá de lo habitual, que el aserto es cierto, que es bastante cierto, al menos, y que todos hacemos cosas similares con resultados, en ocasiones, sorprendentemente distintos. O radicalmente opuestos. Así, por ejemplo, llevo unas horas escrutando los bandos de Enrique Tierno Galván, el alcalde (republicano) de Madrid entre 1979 y1986, para compararlos con la última carta abierta, a guisa de bando, que ha publicado Antoni Noguera, el autodenominado primer alcalde republicano de Palma sobre la financiación de la ciudad. No hay demasiado color, por supuesto.
 Tierno Galván, ese viejo profesor al que tanto quisimos, habla a los madrileños como un padre a sus hijos, dándoles consejos que, por ser expresiones del más huidizo de los sentidos, el sentido común, se convierten en órdenes universales de convivencia, en pautas ejemplares de un civismo que acaba prestigiando a la ciudad igual que a sus moradores y visitantes. Porque Tierno habla de la realidad íntima y transversal de la ciudad (la limpieza de los jardines y fachadas, los botellones de entonces, las basuras, el tráfico, la cultura, la lengua, la educación, la vida y también la muerte) con tanto respeto y cautela que casi no nos lo podemos creer. Sobre el turismo, por ejemplo, dice en febrero de 1982: “el turismo o, lo que es igual, la concurrencia cuidadosamente ordenada de viajeros que, conducidos por la curiosidad y el placer, visitan nuestra patria, es hoy provechoso e insustituible caudal de abundantes bienes tanto para el espíritu, en cuanto fomenta la paz y el entendimiento entre los pueblos, como para el material bienestar de todos, ya que acrecienta la moneda que nutre las arcas públicas y beneficia a la vez considerablemente a los sujetos particulares de esta monarquía”.
 Antoni Noguera, sin embargo, nos envía una carta abierta a lo que no sabríamos qué dirección, qué destinatarios, qué timbre ponerle. Noguera escribe sobre sus obsesiones ideológicas como si fueran las nuestras y, además, debieran serlo. No lo son. O no como él quisiera. La injusta financiación de las islas y el expolio fiscal al que Madrid nos somete una y mil veces, según reitera el bando epistolar de Noguera, no son temas en los que ningún alcalde tenga competencia alguna. La terrible mezcla de conceptos, el turismo, por un lado, y la falta de vivienda social, por el otro, constituyen un discurso tan pintoresco y alejado de la realidad que lo mejor es quedarse anclado al principio del segundo párrafo. Exactamente allí donde asegura que Palma es la capital del país. ¿Pero de qué país nos está hablando este buen hombre?




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