LA TELARAÑA

martes, agosto 22

¿Quién dijo miedo?


La Telaraña en El Mundo.




 Volví a abrir los ojos al horror, el jueves pasado, casi a las cinco en punto de la tarde, y aún no los he podido cerrar. Supongo que las televisiones ya habrán acabado de entrevistar a todos los testigos que no vieron absolutamente nada, cuando La Rambla de Barcelona se convirtió en la autopista de la muerte y no había barreras de hormigón ni jardineras cerrándole el paso. Acabo de ver esas barreras arquitectónicas aquí en Palma, en San Miguel o en Porta Pintada, y he sentido, a la vez, cierta tristeza y cierta alegría, porque nada, a fin de cuentas, pasa en balde y muy pronto habremos aprendido a movernos sigilosamente entre las trincheras y los cadáveres, entre las trincheras y el odio, entre las trincheras y la ficción de esta sucia guerra donde la victoria y la derrota son casi la misma cosa, entre las trincheras, las zanjas, los fosos y el vacío indecible, la indetectable nada absoluta.

 No he dicho, en cambio, ni una palabra, no he hecho ni un solo comentario, no he querido sumarme a ninguno de los coros de un lado o del otro que están arrasando esa especie de rambla ennegrecida y calcinada que son las redes sociales, esa rambla enloquecida y atropellada donde alguna inercia, de la que ignoro su auténtica substancia, parece obligarnos a lanzar constantemente la metralla ruidosa de nuestras opiniones personales, como si fueran piedras, misiles teledirigidos con la peor de las sañas -qué mala baba suele tener la ignorancia- hacia una diana imaginaria, hacia un enemigo que tampoco sé si existe, mientras escondemos, cómo no, rápidamente, la mano.
 «No tengo miedo», clama ahora la multitud envalentonada. «No tinc por», cantamos ahora quienes no paramos de correr cuando la muerte nos estaba persiguiendo a todos y el mosaico de Joan Miró, esa constelación de ladrillos tan irregulares como la vida misma, nos acogía finalmente convertido en un altar de velas encendidas en honor de las víctimas, en un amasijo de plegarias, en un bodegón de flores y peluches; la muerte, por desgracia, nunca deja de perseguirnos igual que nunca nos abandona el miedo auténtico, el miedo humano de no saber qué nos aguarda al final, cuando el cuerpo deja de latir y el frío suple nuestra fiebre de siempre, para siempre. ¿Para siempre? Seré sincero. Creo que tengo miedo, pero que estoy dispuesto, pese a todo, a seguir viviendo como si no lo tuviera, porque la vida, a fin de cuentas, es sólo un juego de tahúres en el que tan importantes son las cartas descubiertas sobre la mesa como los ases escondidos en la manga, las buenas bazas que el azar, a veces, nos proporciona como el perfume embriagador de las flores, esas artimañas, esos faroles deslumbrantes con los que intentamos (y, en ocasiones, hasta logramos) enmascarar la tragedia.




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viernes, agosto 18

Elogio del turismo


La Telaraña en El Mundo.



 Un buen amigo me ha enviado muchas fotos y videos (actualmente, la amistad se mide por la cantidad de fotos y videos compartidos en WhatsApp o Telegram) de la semana de agosto que ha pasado en un hotel para adultos de Magaluf. He sido, pues, testigo indirecto, voyeur privilegiado, de algunos de sus mejores momentos: el delirante desayuno buffet, las horas al sol junto a la piscina de agua dulce, el ceremonioso almuerzo buffet, la frenética cena buffet bañada en champán y confetis, las imágenes casi familiares de la habitación limpia, el balcón con vistas al mar y al vértigo, la inercia de las horas felices en cualquiera de las múltiples barras del singular establecimiento. Realmente en todas.
 Mi amigo es un tipo sensato, más entrado en decepciones que en años, alguien que habla varios idiomas y sabe de contabilidad; que sabe, al menos, que le sale más a cuenta pasar unos días retozando, todo incluido, a unos pocos kilómetros de Palma (cerca del trabajo y el hogar) que embarcarse en la siempre incierta aventura de otro viaje más largo, con su trasiego agotador de maletas facturadas y, tal vez, perdidas, con sus largas horas de espera en los aeropuertos donde la precariedad laboral campa a sus anchas. Vivimos en un mundo tan interconectado que no hace falta que ninguna mariposa bata sus alas en la otra parte del universo, para que los problemas de unos sean también los de los otros; y un gran problema común se cierna sobre todos.
 Mi amigo me envió un video en el que se le podía ver haciendo el tren y también el indio (ambas cosas a la vez) alrededor de la piscina del hotel, entre dos rubias espectaculares, contra el reflectante cielo azul turquesa de la algarabía. La gente, cuando se divierte, parece mejor de lo que es, me confesó luego, en otro mensaje. Mi amigo ha hecho amistad con otros huéspedes, con los camareros y recepcionistas, con la muchacha que le traía unas chocolatinas y una sonrisa tímida cada tarde a la habitación, con los monitores de eventos más o menos folclóricos y hasta con el mismísimo director del hotel. Un tipo sociable, me aseguró.
 En efecto, no hay nada como ser sociable cuando la ficción colectiva va exactamente de eso, de ser feliz, de aparentarlo, de irradiar y contagiar esa misma felicidad que no nos duele, en absoluto, dilapidar porque sabemos, aunque nos duela decirlo, que no existe. El turismo quizá sea la mejor, la más gratificante forma de convertir la realidad en ficción, de convertir nuestros días de jerárquica esclavitud laboral y social en días de metafórica transgresión, de hedónico relax, de tiempo robado a la maldición bíblica y al polvo inerte que somos y que volveremos a ser, pero a su debido tiempo. El polvo puede esperar. La xenofobia de los turismofóbicos, también.

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martes, agosto 15

El chino de porcelana


La Telaraña en El Mundo.



 Domingo. Por la mañana, igual que al mediodía o por la tarde, la calle Olmos está semivacía de viandantes. Corre la brisa cálida mientras observo que la mayoría de los bares están cerrados y sólo quedan abiertas y silenciosas (como suspendidas, tal vez, en mitad de una bruma que no existe, pero que yo imagino porque es así como hay que describir el mundo: otorgándole conexiones ocultas, paraísos perdidos, sensaciones subterráneas) las zapaterías y los bazares de los chinos. En efecto, hay un chino con la edad de la porcelana china dormitando frente al local que vigila desde tiempos inmemoriales; es un chino atiborrado de quimeras impronunciables y también de incontables fatigas: ignoro lo que dura su sempiterna jornada laboral, pero creo que eso no lo sabe ni siquiera él mismo. En los televisores empieza la ida de la Supercopa de fútbol y la calle Olmos gruñe de vez en cuando como si le molestaran las multitudes aullando. ¿Dónde está la saturación turística?
 Lunes. Las tiendas de los chinos siguen, como de costumbre, abiertas y el chino de porcelana sigue dormitando al frente de sus sueños. Los bares han ocupado el espacio que Cort les permite convertir en terrazas, miradores, en pequeños puestos improvisados de vigilia imaginaria, de tertulia. Todavía es pronto (me gusta escribir cuando la gente se despereza y aún huele a café recién hecho, a café molido de vieja cafetera italiana, por supuesto, y no a café de alambique de diseño, a café de pastilla exprés) pero ya empieza la muchedumbre, el gentío, la turba, a subir o bajar la cuesta de Olmos, a convertir la ciudad en un tobogán de ida y vuelta, en un parque temático donde lo que importa es el torso más o menos desnudo y el móvil en ristre, a modo de cámara fotográfica, enfocando, tal vez, los arabescos del Gran Hotel como los contenedores repletos de una insufrible basura. No sabemos quién limpia Palma. Sabemos quién no limpia Palma.
 Martes. El futuro no existe, me digo, y sé que estoy, al menos conceptualmente, en lo cierto; pero si están leyendo estas líneas es que el futuro sí que existe, sí que llega de no se sabe dónde hasta nosotros para alcanzarnos con su lengua de luz y fuego, con su noche de plomo, con su vientre repleto de no se sabe bien qué misteriosas ofrendas: sí que alguien recoge el testigo de nuestras premoniciones e inquietudes. ¿Qué somos si no una mezcla inestable de esperanzas y temores, qué salvo la declinación de un lenguaje, de un abanico abierto de palabras y gestos que más útil se nos revela, por cierto, cuanto menos sabemos en qué coordenadas exactas estamos situados? Yo no sé dónde estoy desde que tengo uso de razón y, sin embargo, nunca seré tan feliz como en este instante de ahora en el que estoy donde quiero. Exactamente.

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viernes, agosto 11

Fuego cruzado


La Telaraña en El Mundo.






 Un día de estos me daré de baja definitivamente de las redes sociales. Borraré todos mis perfiles, incluso los perfiles falsos, de Facebook o Twitter, convertiré en un vago recuerdo mi enloquecido currículo en LinkedIn o las cuatro estupideces que dejé escritas en Google Plus, abandonaré silenciosamente los mil y un foros de noticias de literatura, cultura, viajes y salud, tecnología o informática a los que estoy suscrito desde tiempo inmemorial. Un día de estos diré basta y cerraré todas mis cuentas de correo electrónico y me libraré de auténticas toneladas virtuales de spam ideológico, presentaciones de libros o timos nigerianos de la estampita, de virus o troyanos más o menos criptográficos, de porno sin acabar de codificar (cuánto añoro, ay, aquellas películas porno de Canal+, codificadas en su justo punto de nieve) y de absurdas, delirantes peticiones en Change.org.

Un día de estos, si hay mucha suerte y los coreanos del norte, los venezolanos españoles o los nacionalistas de la Arcadia feliz de aquí cerca no lo impiden, apagaré el ordenador, el móvil, el portátil, el flamante 2 en 1 y la tablet y me sentaré en el sofá de casa, junto a los ventanales, a ver pasar las hordas de turistas perseguidas por los cuatro o los cuatrocientos gatos negros de Arran, Endavant Mallorca o los Joves del GOB, me sentaré a ver pasar las brigadas de limpieza habitacional, antitaurina o lingüística de nuestro inestimable Govern, me sentaré a ver pasar los bellísimos cadáveres famélicos de un fuego cruzado de multas, descalificaciones, agresiones y amenazas que empieza a ser ubicuo, constante y demoledor. Pura metralla en el ensordecedor dial, en la demolición acelerada, sin control, de la realidad. Como de Sa Feixina.

Un día de estos, en fin, me diré, como quien no quiere la cosa, que todo acaba siempre teniendo algún tipo de remedio y que nada ni nadie, por supuesto, dura más de cien años; que, pese a las apariencias, los achaques y el humor variable y, en ocasiones, turbulento de los días, pese a la inercia que en no pocas ocasiones nos confunde o nos ciega, pese a todo ello, los tiempos corren si no vuelan y avanzan (o dan vueltas en círculos o espirales concéntricas, que esa es otra y, sin embargo, la misma) que es una auténtica barbaridad, un torbellino, quizá un tsunami. A fin de cuentas, hace sólo unos veinte míseros y deslavazados años no existían las redes sociales ni teníamos, tampoco, móviles inteligentes que usar como simios recién bajados del árbol. No teníamos Internet tal y como hoy lo entendemos y las noticias urgentes nos las ofrecía la radio, la televisión o incluso la prensa con sus magníficas ediciones especiales en un papel agrietado y solemne que tiznaba las manos no queráis saber cuánto. Muchísimo.

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martes, agosto 8

Me gustan los alienígenas


La Telaraña en El Mundo.




 Si nos alejamos lo suficiente, es decir, mucho, quizá muchísimo, el mundo es dialécticamente simétrico, casi, casi, redondo, absoluta y, tal vez, absurdamente circular y, aunque es cierto que parece estar en constante ebullición controlada no sabemos exactamente por qué o por quién, también parece estar en perfecto equilibrio, pese a las turbulencias que se le adivinan a todo lo que se mueve, y no deja ni un solo instante de moverse, sobre la faz de la tierra. Es cuando descendemos desde las alturas del vértigo a esa mismísima faz de la tierra cuando el mundo se nos agrieta de veras, se nos llena de bancales de humo y de nubes púrpuras de sangre y amor u odio, cuando se nos hace trizas entre las manos y se nos convierte en barro, en lodo, en esa sustancia primordial y viscosa que es, a la vez, magma destructor de fuego y caldo milagroso de vida; quizá no se pueda ser nada en concreto, sino sólo algo en constante evolución y tránsito, en perpetua transformación, en abierta e inagotable crisis.
 No conviene, pues, creerse demasiado nada de lo que, aparentemente, nos ronda. Se aproxima, por ejemplo, el 1-O y, pese a todos los pájaros de mal agüero, no cabe sino esperar, más o menos tranquilamente, a que ese grupito feroz de políticos, que no saben en qué país o en qué Europa viven, decidan suspender definitivamente el absurdo referéndum y convoquen, al menos mientras puedan aún hacerlo, unas elecciones autonómicas con las que afrontar el futuro, ese futuro incierto que siempre acaba llegando. No les queda otra, de hecho, por mucho que embarullen con sus urnas repletas de oxímoros y sus inverosímiles países faraónicos.
 Los titulares de la actualidad, pues, se nos van cayendo, poco a poco, como templos arrasados por el paso vertiginoso de los días. El tiempo es corrosivo e igual que nos convierte en lo que somos también habrá de acabar deshaciéndonos hasta ese polvo bíblico del que, sin duda, provenimos. ¿Qué son, por ejemplo, los recientes brotes de presunta turismofobia, sino el sarpullido ideológico de los que, por los motivos que fueren, no acaban de entender que la realidad es una enorme ficción contra la que todos nos acabamos estrellando? Llevamos décadas luchando contra la insularidad y el aislamiento, lustros acumulando la pírrica prosperidad propia de cualquier sociedad turística más o menos desarrollada, más o menos capitalista, más o menos bárbara para con sus orígenes tribales, sus ritos étnicos y sus cavernas. ¿Nos dolerán prendas ahora por un éxito turístico auténticamente espectacular, por un trasiego inagotable de gentes de afuera, extrañas y hasta alienígenas, en busca de un ocio y un placer lo más exuberantes posibles? Por supuesto que no. A mí me gustan los alienígenas.

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viernes, agosto 4

Calor y zombis


La Telaraña en El Mundo.





 No recuerdo que me hubiera pasado nunca. Llevo dos noches cambiando las sábanas de la cama hacia las tres de la madrugada para no tener que dormir sobre el charco de mi propio sudor. Alto ahí. Es de noche, los sueños campan como desvaríos y la piel es una especie de cortina líquida, una membrana amniótica que podría devolvernos al origen, al útero materno de la existencia donde estuvimos agazapados, escondidos, protegidos. Pero me detengo un instante porque, tras escribir estas líneas, caigo en la cuenta de que en ellas aparecen, al menos, tres conceptos quizá muy sobrevalorados, la memoria, el sudor y los sueños, esas tres excreciones que nos salen de muy adentro para acabar convirtiéndose en algo así como nuestra segunda piel, la que vestimos día a día, la que ofrecemos a los demás para demostrarles que somos como ellos, aunque, quizá, no lo seamos. Tampoco importa demasiado cómo somos.
 No recuerdo, pues, otra ola de calor tan asfixiante como ésta, pero ello, por desgracia, no significa casi nada. Muy a menudo me digo que nunca voy a olvidar lo que, indefectiblemente, acabo olvidando. Olvido acontecimientos y también sensaciones; o no olvido absolutamente nada y son los acontecimientos, de tanto repetirse como si fueran nuevos sin serlo, los que nos acaban aletargando los sentidos, los que nos sumergen en la marea ingrávida de una actualidad que sólo existe porque formamos parte de ella. ¿Es cierto eso, siempre, siempre?
 Pero estos días previos al ferragosto romano muchos de nosotros nos convertiremos, mal que nos pese, en auténticos turistas. En efecto, pasa con frecuencia que nos convertimos en viajeros, que la curiosidad o la necesidad de aires desconocidos y, si puede ser, más refrescantes que los nuestros, nos lleva de un lugar a otro, de una colección de ruinas a otra colección de ruinas, de un abismo del que conocemos sus límites a otro del que, efectivamente, también conocemos sus límites, pero hacemos como si no. Nos gusta imaginar límites por conocer. O por transgredir.
 También pasa, tal vez para compensar una catástrofe con otra, que los chicos de Arran, esa sucursal juvenil de la CUP, ese arrabal escogido de entre los más selectos arrabales, se vienen a las islas convertidos en auténticos bárbaros, es decir, por decirlo con claridad, convertidos en turistas del kale borroka (del euskera «kale», calle, y «borroka», lucha, pelea), en turistas tan similares a los hooligans de Magaluf o el Arenal que nos haría falta un ojo clínico espectacular para distinguirlos. O no, no tan espectacular, porque la violencia de algunos turistas dura unos pocos días al año y la de los chavales de Arran durará lo que les dure este terrible calor en la mollera. Zombis, quizá para toda la vida, qué lástima.


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martes, agosto 1

Dos alcaldes republicanos


La Telaraña en El Mundo.



 Ya sé que las comparaciones, como dice el refrán, son odiosas. No lo discuto o, al menos, no lo voy a discutir aquí y ahora, porque puedo considerar, sin sonrojarme más allá de lo habitual, que el aserto es cierto, que es bastante cierto, al menos, y que todos hacemos cosas similares con resultados, en ocasiones, sorprendentemente distintos. O radicalmente opuestos. Así, por ejemplo, llevo unas horas escrutando los bandos de Enrique Tierno Galván, el alcalde (republicano) de Madrid entre 1979 y1986, para compararlos con la última carta abierta, a guisa de bando, que ha publicado Antoni Noguera, el autodenominado primer alcalde republicano de Palma sobre la financiación de la ciudad. No hay demasiado color, por supuesto.
 Tierno Galván, ese viejo profesor al que tanto quisimos, habla a los madrileños como un padre a sus hijos, dándoles consejos que, por ser expresiones del más huidizo de los sentidos, el sentido común, se convierten en órdenes universales de convivencia, en pautas ejemplares de un civismo que acaba prestigiando a la ciudad igual que a sus moradores y visitantes. Porque Tierno habla de la realidad íntima y transversal de la ciudad (la limpieza de los jardines y fachadas, los botellones de entonces, las basuras, el tráfico, la cultura, la lengua, la educación, la vida y también la muerte) con tanto respeto y cautela que casi no nos lo podemos creer. Sobre el turismo, por ejemplo, dice en febrero de 1982: “el turismo o, lo que es igual, la concurrencia cuidadosamente ordenada de viajeros que, conducidos por la curiosidad y el placer, visitan nuestra patria, es hoy provechoso e insustituible caudal de abundantes bienes tanto para el espíritu, en cuanto fomenta la paz y el entendimiento entre los pueblos, como para el material bienestar de todos, ya que acrecienta la moneda que nutre las arcas públicas y beneficia a la vez considerablemente a los sujetos particulares de esta monarquía”.
 Antoni Noguera, sin embargo, nos envía una carta abierta a lo que no sabríamos qué dirección, qué destinatarios, qué timbre ponerle. Noguera escribe sobre sus obsesiones ideológicas como si fueran las nuestras y, además, debieran serlo. No lo son. O no como él quisiera. La injusta financiación de las islas y el expolio fiscal al que Madrid nos somete una y mil veces, según reitera el bando epistolar de Noguera, no son temas en los que ningún alcalde tenga competencia alguna. La terrible mezcla de conceptos, el turismo, por un lado, y la falta de vivienda social, por el otro, constituyen un discurso tan pintoresco y alejado de la realidad que lo mejor es quedarse anclado al principio del segundo párrafo. Exactamente allí donde asegura que Palma es la capital del país. ¿Pero de qué país nos está hablando este buen hombre?




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viernes, julio 28

El club de los 27


La Telaraña en El Mundo.





 Ya puedes llamarte Jim Morrison, Janis Joplin o Kurt Cobain, que morirse a los 27 años es, sin ningún género de dudas, una gran desgracia. También lo es si te llamas Jimi Hendrix, Brian Jones o, incluso, Amy Winehouse. Lo es, lo sigue siendo, lo será siempre, aunque te acaben incluyendo en el más fúnebre y aciago de los grupos, el club de los 27, ese grupo, artificio y marketing mediante, de artistas más o menos conocidos que tuvieron, al parecer, muy poca paciencia con el largo y tortuoso viaje de la vida y que, justo a los 27 años, se encontraron con la hermosa Dama de la muerte y se fueron con ella. O ella, esa Arpía desdentada, se los llevó presos o enamorados a no sabemos dónde: a algún lugar de nuestra memoria colectiva, a algún rincón polvoriento, tal vez, donde acumulamos deseos e ilusiones, todas esas benditas o malditas quimeras que, poco a poco, van madurando con nosotros hasta que caducan y tenemos, entonces, que abandonarlas o pudrirnos con ellas. No hay mucho más donde elegir.
 Pero todo esto venía, porque leí que un cuadro del neoyorkino Jean-Michel Basquiat había sido robado (o algo así) y recuperado, después, en Pollensa. No sé si ustedes conocen a Basquiat. Murió en 1988 a los 27 años de edad, como no podía ser de otra forma, de una sobredosis de heroína y toda su obra puede reducirse, quizás, a un atormentado viaje de unos siete años de duración por esa parte infantil y sucia, inmadura, embriagante, del infierno (o de la naturaleza humana) donde las palabras y lo que las palabras significan no son, todavía, independientes, sino que forman parte del mismo magma, el mismo dolor o placer impostados, la misma incomprensión, el mismo espanto, la misma impotencia que da, finalmente, en intentar expresar el mundo sin saber qué hay o qué no hay de uno mismo en lo que somos. O en lo que no somos.
 Los cuadros de Basquiat valen actualmente millones de dólares. Eso demuestra que el dinero no vale absolutamente nada y que las leyes del mercado -del mercado del arte como el de la vida misma- son sólo el escenario, la madera carcomida donde crujen los pasos de los protagonistas mientras aplaude a rabiar la claque, donde tiembla hasta el apuntador cuando el telón púrpura de la muerte sube o baja, el viejo escenario, decía, de una absurda pantomima donde la oferta y la demanda ejercen como anfitriones de la usura, esa ceremonia de la confusión en la que nada es lo que parece. Miro el cuadro de Basquiat y me gustan esos garabatos, esas palabras perdidas, tullidas, abandonadas, esos seres monstruosos y contrahechos, esas sombras maléficas que se expanden igual que se contraen, esas tinieblas mías -absolutamente mías- que yo imagino que él pintó, aunque realmente no lo hiciera. ¿Cómo podría haberlo hecho? ¿Lo hizo?




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martes, julio 25

Las diez y diez


La Telaraña en El Mundo.





 España siempre ha sido surrealista. El dictador Franco se pasó los cuarenta años de su dictadura (porque la dictadura duró cuarenta años, aunque algunos hablen de ella como si siguiera vigente, tal vez incorrupta) llevando de un sitio para otro el brazo incorrupto, este sí, de santa Teresa de Jesús o de Ávila. En realidad, el brazo era un trozo de mano a la que, en pleno éxtasis descuartizador, habían arrebatado el dedo meñique, pero eso no importa, porque las reliquias de los santos han cotizado siempre al alza en este país de países donde la muerte se conserva putrefacta y serenísima, como si la sal ácida del ambiente fuera capaz de detener el tiempo y convertir el muñón de la santidad en el sacrosanto e incombustible amuleto del poder. El poder tiene estas cosas: levita cuando menos te lo esperas y se alza sobre sí mismo (y sobre todos los súbditos) como si fuera una nube de plomo. Suele serlo.
 Lo del brazo incorrupto de santa Teresa se lo oí glosar a Salvador Dalí, cuando dejaba fluir su verborrea y sus encendidos elogios al caudillo nos parecían tan impostados y dalinianos que, igual que eran elogios, no lo eran, no podían serlo, y entonces pensábamos que eran una forma surrealista de rebajarle, de convertirle en la lamentable caricatura que Franco fue. Que Dalí fue. Que ambos fueron. Con todo, no me extraña que toda Cataluña y toda España -por no hablar del mundo entero y de las galaxias donde aún hay vida inteligente- hayan recibido con júbilo la noticia de que, tras la exhumación de sus restos, por prosaicas razones que ni nos van ni nos vienen, el bigote de Dalí siga enhiesto e incorrupto marcando las diez y diez como pidió antes de morir. Está bien que los muertos vean cumplidos sus deseos. Está bien que las colectividades vean enhiestos e incorruptos sus mitos y leyendas, sus reliquias convertidas, al fin, en algo física y moralmente tangible, incuestionable, evidente.
 Así están, pues, las cosas. Cataluña se ha quedado varada en un reloj blando que marca insistentemente las diez y diez, no sabemos si de la mañana o la noche, pero el nacionalismo en el poder no se inmuta por nada, de momento, caigan truenos o rayos y hasta centellas, porque las diez y diez, no sabemos si de la mañana o la noche, les parece una hora muy razonable y vertical, muy de andar por casa: muy de detenerse y refugiarse en el pasado, en las reliquias de una inteligencia que puede mantenerse incorrupta, en efecto, un cierto tiempo, pero no más, si el reloj del tiempo está detenido y la muerte se esconde en un bostezo como si fuera en un grito, en un alarido que sólo podremos oír cuando la farsa finalice y el soberanismo y el populismo cutres regresen a sus cuarteles de invierno y la vida florezca de nuevo y para siempre. O casi.

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viernes, julio 21

Bares de Palma


La Telaraña en El Mundo.




 Cerca de mi casa había tres grandes bares hasta no hace tantísimo tiempo. O quizá sí, porque el tiempo (o nosotros en su nombre) pasa terriblemente deprisa. Me refiero al Bar Moka, el Niza y el Cristal. También estaba mi favorito, el Bar Mian, hacia el final de la calle Olmos, pero esa es, desde luego, otra historia muy distinta. De los bares que he citado ya sólo queda el Bar Cristal y parece que será por muy pocos días. Después de agosto, ni se sabe. Los bares son como las personas o, si hay mucha suerte, como las familias, crecen, se desarrollan, se multiplican y renuevan, alcanzan su madurez y resisten contra las vicisitudes de las leyes del mercado inmobiliario, contra las inclemencias del tiempo y, sobre todo, contra el paso marcial del tiempo mismo hasta que toca apagar la cafetera y también las luces, bajar el telón metálico de los sueños y cerrar, finalmente, los ojos.

 Los abro ahora y observo el paisaje actual de Palma. Muchos bares, sobre todo los que estaban mejor situados, se convirtieron uno tras otro en magníficas oficinas bancarias hasta que la crisis económica y los efectos de la corrupción convirtieron los bancos en lugares de dudosa reputación y cerraron y hubo bares, entonces, que revivieron un rato o quizá dos, porque vivir y revivir acaban siempre siendo la misma cosa. De los bares que he frecuentado desde joven ya sólo quedan, apenas, un par: Can Vinagre, por supuesto, aunque le llovieran, no hace mucho, cascotes y hubiera que apuntalar y reformar su envejecida fachada, y las lejanas, pero omnipresentes, terrazas expandidas como bancales, enormes, de aquel antiguo y diminuto Bar Bosch, ese lugar mítico en el que no pocos tuvimos el buen humor de montar, aunque ya haga una eternidad de ello, nuestra primera (e impostada, virtual) oficina.

 Me he preguntado, en no pocas ocasiones, qué tienen de especial los bares que siempre acaban dejando algún tipo de huella en nuestras vidas. Se me ocurren bastantes respuestas, tan ciertas como incompletas, tan anecdóticas como insoslayables. Vamos a los bares (o íbamos, porque suele haber un tiempo para cada cosa) porque necesitamos, tal vez, prolongar la calidez y la seguridad del propio hogar más allá de sus cuatro paredes familiares y replicarlo, de alguna manera, entre las seductoras esquinas y las peligrosas curvas por las que nos perdemos casi sin darnos cuenta. O dándonos cuenta, voluntariamente, como debe ser. Qué suerte perderse y luego encontrarse. Vamos a los bares (o íbamos, ya digo) porque la propia casa se nos caía encima o porque la soledad es siempre una ruina de compañía o porque conviene, en fin, buscar un lugar neutral donde reunirse con los amigos y fortificarse contra uno mismo o contra quien sea. Mejor contra nadie, por supuesto.



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martes, julio 18

Matar al mensajero


La Telaraña en El Mundo.




 Un turista español ha sido agredido en Rusia -seis salvajes puñaladas de xenofobia en estado puro, de odio incontrolado a los extranjeros, a los otros, a los distintos, a los que ocupan el lugar que ya quisiera ocupar el presunto agresor, ese desequilibrado, ese hombre sin más futuro que el resentimiento, el resquemor o, quizá, la envidia- por un ruso que no podía soportar a los turistas, porque, según dijo al ser detenido, «los turistas vivían mucho mejor que él». Todos parecen vivir mucho mejor que uno, cuando uno es el último de una interminable fila y el turno no te llega ni te va llegar mientras vivas, porque no hay ningún premio para los más desgraciados, para los parias que no han comprendido que la vida trata tan sólo de dar y recibir, de intercambiar opiniones, de calibrar voluntades, de aquilatar hechos, de conjugar, tal vez, ficciones.
 Con todo, historias así me sugieren preguntas que no sé si tienen una respuesta fácil. ¿Viven los turistas mucho mejor que nosotros? Pues no sé yo, en efecto. El domingo pasado estuve en una pequeña cala, en una playa que alguna vez fue familiar, pero que ya no lo es, donde los turistas se apiñaban como podían sobre la escasísima arena y las cortantes y voluptuosas rocas, esos cráteres heridos por la erosión y la brisa acerada del tiempo. Olían a crema solar, a algas muertas, a sal reseca y a una especie de penetrante sudor ácido que no me acabó de parecer muy propio del paraíso, sino todo lo contrario. Es más, creo que hubiera salido corriendo de ahí, si mi mujer me lo hubiera permitido. No lo hizo y supongo que hizo bien; así les puedo contar mis desventuras.
 Más tarde, cogí el periódico o abrí Facebook, o hice ambas cosas a la vez, porque con las nuevas tecnologías uno hace clic y tiene acceso inmediato a todos los voceríos habidos y por haber, y me acabé enterando de la penúltima acción legislativa de nuestro incomparable Govern, una iniciativa que, pásmense ustedes, no tiene absolutamente nada que ver con el caos turístico general o con el colapso del tráfico en las carreteras isleñas, con la limpieza imposible de nuestros bosques, por no hablar del hedor de Palma en verano, o con alguna nueva promoción de la lengua única en las aulas, no, nada de eso.
 Se trata de la imposición de una multa de 3000 euros y, lo que es peor, de la estigmatización como homófobo, acosador y no sé cuántas otras salvajadas más, del colaborador de esta misma casa, Juan Antonio Horrach. Obviaré los detalles (las nimiedades, las excusas) para entretenimiento y solaz de los abogados, que para eso están, por supuesto. A mí todo este asunto -este intento de matar al mensajero que es, desde luego, un diáfano aviso a navegantes: oído, cocina- me parece sencillamente bochornoso

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viernes, julio 14

Olas de calor


La Telaraña en El Mundo.



 Desde mediados de junio, a una ola de calor le sucede otra mayor. Un sinvivir, por supuesto. Se dispara el mercurio en los termómetros mientras mis rutinarios paseos por Palma empiezan a decaer, porque no me acostumbro a deambular entre una multitud de turistas, que no sé si lo son de verdad o si sólo son un espejismo, una humareda apocalíptica, la avanzadilla conceptual de un mundo, no sé si futuro o pasado, donde todos desfilaremos entre las ofertas subvencionadas del top manta, los chirridos de los músicos callejeros, la monótona letanía de los postulantes de todas las causas perdidas y la sonrisa radiante de las chicas jóvenes, monísimas, que nos invitan, insistentemente, a degustar, por fin, el helado definitivo, el helado de nuestros sueños. ¿Por qué no? Sabe estupendamente.
 Así parece, pues, funcionar todo. Los desastres se van encabalgando los unos a los otros sin que nadie considere que ya es hora de bajarse de ese caballo de carrusel, de ese tiovivo de luces parpadeantes y música de acordeón que gira una vez y otra, que nunca deja de girar, circular y endemoniadamente, sin llevarnos a ninguna parte, salvo al maldito lugar de partida. Ahí estamos desde siempre. Observando lo que hay. Observándonos.
 La verdad es que tengo curiosidad por saber qué Ley del Alquiler Turístico se va a aprobar (o no) en el Parlament la semana próxima. Los detalles furtivos que se filtran, interesadamente, a la prensa no hacen sino demostrarnos la falta total de cintura política y la alarmante carencia de ideas propias (o ajenas) del Govern respecto al mundo en el que nosotros, seguro, vivimos y ellos, se supone, también. Con todo, es muy posible que nadie viva en el mismo mundo que los otros. Ello explicaría muchísimas cosas, en efecto, pero no sé si todas, francamente.
 Las últimas propuestas filtradas, concebidas por las privilegiadas mentes de Podemos, hacen hincapié en la voluntad de multar con cantidades de hasta 400.000 euros a las plataformas de internet que se dediquen al alquiler vacacional y comercialicen ofertas ilegales, sea eso lo que fuere, que ya se sabrá algún día, supongo. Al final, entre la ecotasa y las multas a Airbnb, a Homeaway o a quién haga falta, incluyendo a Google, que todo se andará, el Govern podrá amasar dinerito suficiente como para enviar, por ejemplo, a la incineradora de Mac Insular los residuos de obra que ahora deposita, fraude ecológico mediante, en un solar de su propiedad. Es decir, de nuestra propiedad. Parece obvio que el alquiler vacacional se ha convertido, a falta de cualquier otro tipo de autocrítica, de política de desarrollo o de inteligencia lógica aplicada, en la madre putativa de todos los desastres habidos y por haber. Es tremendo. Y lo que es peor, es falso.




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martes, julio 11

Vivir en el paraíso


La Telaraña en El Mundo





 No sé si escribo sobre lo que conozco, sobre lo que imagino o sobre lo que sueño, pero casi que tanto da. Hace mucho calor y la tinta se espesa como el tiempo en un reloj de arena. Es del todo cierto y demostrable que todos los hoteles, hostales y apartamentos turísticos de nuestras islas son tan elegantes y lujosos como el Four Seasons George V, de Paris o el Plaza Athenee, de Nueva York. Todos los bares, bebederos y chiringuitos de Mallorca, Ibiza, Menorca o Formentera son exactamente tan selectos y refinados, tan voluptuosos como The Nightjar en Londres o Black Pearl, en Melbourne, Australia.
 Pero hay más. No podemos olvidar, por supuesto, que la popularísima milla de oro de Palma, sin ir más lejos, es mucho más que un rinconcito simbólico en los alrededores del Paseo del Borne: es la ciudad entera convertida en un privativo bazar propio de las mil y una noches donde todo lo que se vende es único, auténtico y exquisito, pura exclusividad bañada en el maná áureo con el que tan sólo los dioses se diseñan a sí mismos. ¿A quién iban a diseñar si no?
 Está claro, además, que todos, absolutamente todos los isleños -sobre todo los mallorquines, claro- vivimos en palacios tan inigualables como el de Marivent, por citar uno modesto, con sus frondosos jardines botánicos y sus cuidadísimos museos de arte conceptual al aire libre. Bien mirada, Palma entera es un auténtico oasis, un recuerdo afrodisíaco del paraíso que otros, tal vez, perdieron, pero no nosotros, qué va, una composición infinita de espacios verdes y zonas lúdicas o deportivas, una sucesión interminable, alejandrina, de bibliotecas y teatros, de cines abiertos hasta más allá del amanecer, un enjambre cuántico de tranquilas y seguras calles peatonales y ordenados carriles bici donde ser otra cosa que feliz es casi, casi, del todo punto imposible.
 Debe ser por esto, para no desaprovechar, en definitiva, nuestras inigualables y ecológicas instalaciones turísticas y de todo tipo que el PSIB-PSOE se ha propuesto, según leo, limitar el turismo que nos llega (que llega a las islas ebrio y en tanga y ebrio y en tanga pasa sus días amarrado al run-run de las olas y los barriles de cerveza, al sol terrible y la resaca, al valor añadido de esa especie de salvoconducto virtual que es una pulsera de plástico con un chip averiado y el todo incluido: la hora feliz perpetua, abrumadora, insaciable) y dejar, tan sólo, que sea el turismo de «alto standing» el único que nos visite, porque no en vano es también el único capaz de apreciar, realmente, la grandeza sutil, incuestionable, de nuestros tesoros culturales, económicos, medioambientales y hasta lingüísticos, si se tercia. ¿Clasismo a la vista? No, es que vivir en el paraíso es algo muy serio. Claro que sí.




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viernes, julio 7

El artículo 155


La Telaraña en El Mundo.



 Asisto al discurrir de los acontecimientos en Cataluña con inquietud, sí, pero, sobre todo, con perplejidad, con el asombro y la sorpresa invencibles del que observa la realidad y no acaba de creérsela. Me pasa igual en Baleares, con Noguera en Cort o Picornell en el Parlament, pero ya me ocuparé de ellos otro día. En efecto, no es normal lo que parece estar ocurriendo en Cataluña. No es asumible que una minoría más o menos cualificada y más que menos revuelta, por muy cercada que se sienta por los tribunales, se pase por el forro de sus caprichos toda la legalidad democrática para buscar la salida del asfixiante laberinto de la situación actual con la celebración de un pintoresco referéndum de autodeterminación y la inmediata declaración de una independencia que, se mire como se mire, no puede ser de ninguna de las maneras. Para un golpe de estado de ese calibre harían falta armas mejores y también - ¡ay! - más contundentes.
 Mientras tanto, ignoro qué va a hacer el gobierno de Rajoy de aquí al 1 de octubre. No sé si va a seguir sin hacer otra cosa que encomendarse a los designios puntuales del Tribunal Constitucional o si, finalmente, tendrá que acudir, como mínimo, al artículo 155 de la Constitución para intentar, no suspender la autonomía catalana, que ese no es el fin del artículo, sino obligarla a cumplir íntegramente la ley. Sin duda, es un texto muy complejo ese artículo 155.
 La semana pasada, Pedro Sánchez instaba a Rajoy a dialogar y negociar con Puigdemont y compañía. Es una buena declaración de intenciones, en efecto, pero necesitaríamos que Sánchez tuviera a bien detallarnos de qué se puede dialogar y negociar, de forma efectiva, con los independentistas o con quienes, como la CUP, les cubren, de momento, las espaldas. ¿Hasta dónde puede la estupenda “nación de naciones”, que según Sánchez es España, negociar con sus naciones interiores, cuando estas le salen ariscas y con ganas de tomar las de Villadiego? La verdad es que no tenemos ni idea, pero nosotros no somos políticos ni vivimos de gestionar las vidas ajenas; con la nuestra nos basta y hasta nos sobra.
 Hace unos días, Felipe González, Aznar y Zapatero -es decir, la mismísima trinidad presidencial al aparato- rondaron ese tenebroso artículo 155 y otros conceptos, entre ellos el del autoritarismo, sin atreverse a confesar, ninguno de ellos, que buena parte de lo que está ocurriendo ahora es fruto, tal vez, de sus respectivas políticas en el pasado. Cuando un problema no se soluciona a tiempo se acaba enquistando, se infecta, se gangrena, se pudre. A ver, ahora, cómo cauterizamos esa herida (o extirpamos ese tumor) sin que el cuerpo entero del enfermo se nos caiga a pedazos. Urgen pócimas milagrosas. Ungüentos mágicos. Urgen ideas.

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martes, julio 4

La Religión en las aulas


La Telaraña en El Mundo.




 Niego tres veces todo lo que soy y me rencuentro, acurrucado como un niño que aún no ha nacido, en ese fracaso repetido que es siempre la vida. No puede ser otra cosa. Pienso en las piedras fundacionales de Roma, en las asfixiantes catacumbas como en las ruinas tullidas al aire libre de Atenas, en las aguas en llamas del Ganges surcando los cielos como en las dunas blancas, sedientas, del desierto infinito donde algunos buscamos a Dios sin acabar, por supuesto, de encontrarlo. La religión y la filosofía vienen a ser lo mismo, el mismo río que se bifurca y desdobla, el mismo río que riega, en fin, las tierras y desemboca en los mares, en el líquido amniótico donde, seguramente, nacemos igual que morimos.
 Nunca he sido muy religioso ni me han llamado la atención los alzacuellos, las tocas y  velos, los escapularios, las cruces y rosarios, las largas túnicas o sotanas -negras, blancas o grises- del hábito religioso, ese uniforme que va, como tantos otros uniformes, de profesar un oficio, de conjurar una vocación o una fe; de seguir un camino más o menos trillado con su jerarquía piramidal, su estricto funcionariado, el esplendor altivo de sus núcleos de poder y el horror próximo de sus imperdonables fracasos y debilidades: el rumor constante de su extraña pero, tal vez, admirable manera de estar en el mundo sin acabar de formar parte de él.
 Parece que en Baleares la consellería de Educación permite el veto a la asignatura de Religión, mirando hacia otro lado (hacia su ombligo ideológico, su vacío existencial o el muro de sus caprichos) cuando, por los motivos que fueren, los centros escolares incumplen la obligación de ofrecer a los alumnos la posibilidad de su enseñanza. Hay que ser muy sectarios y cortos de miras para permitir que se prive a los más jóvenes de conocer, aunque sólo sea superficialmente, una de las materias más importantes de las humanidades, la médula, el corazón y hasta el vórtice mismo (por no hablar, ay, de algunas de sus consecuencias) de nuestra actual forma de vida.
 Nunca fui muy religioso, ya lo dije, pero con pocos libros he pasado tanto tiempo como con El Libro de Job, el Apocalipsis o el Génesis, los poemas de San Juan, Teresa, Dante o Milton, los textos de Mircea Eliade, Cioran o Georges Bataille, el Bhagavad Gita, algunos Upanishad o los relatos de Sherezade, con todos aquellos textos donde se asume, en definitiva, el misterio de la existencia, donde late la agonía incalculable de quien se sabe incompleto y busca algo que no sabe muy bien qué es, porque sólo sabe que lo ha perdido y siente, desgarrado, que se lo han arrancado de sí mismo. Seguro que nuestra consellería de Educación, feliz y orgullosamente laica, no tiene estos problemas ni los tendrá nunca. Faltaría más.

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viernes, junio 30

Bazares y botigas


La Telaraña en El Mundo.




 En la calle Blanquerna, donde ahora hay un restaurante hindú, hubo, hace medio siglo, una típica botiga mallorquina donde mi madre me enviaba, de niño, a buscar esas dos o tres cosas que, a veces, faltaban en la despensa de casa. Ya casi no recuerdo ese lugar, porque los lugares de la infancia se van deformando con el paso del tiempo y acaban tan atiborrados de detalles superpuestos que no hay forma alguna de saber qué hay de real o de imaginario en el resultado final de los recuerdos. Lo cierto, no obstante, es que ahí aprendí, como quien intercambia cromos, a trocar unas monedas por una botella de leche o unos kilos de patatas; ahí aprendí, en definitiva, cómo funcionaban las balanzas de hierro o cobre, cómo se equilibraba su fiel metálico, de un lado lo que queremos comprar y del otro los juegos de pesas, esa colección de muñecas rusas de plomo, sonrisa herrumbrosa y tamaño cuidadosamente ordenado.
 La verdad es que ya casi no quedan botigas en Palma. En su lugar han surgido una especie de bazares, mayoritariamente regentados por árabes y paquistaníes, que han evolucionado desde los abigarrados locutorios telefónicos y de internet que hicieron furor durante algunos años, hasta los actuales colmados donde se vende a granel toda clase de frutas, hortalizas y artículos de primera necesidad a un precio, en ocasiones, realmente ventajoso. Está claro que avanzamos hacia una ciudad comercialmente abierta las veinticuatro horas del día. O quizá más, porque los días se nos alargan y enlentecen como si no hubiera otra forma de medir el sol o la luna en los cielos que con algún reloj blando, iluminado, de Salvador Dalí, por ejemplo.
 Pero estamos de enhorabuena. Leo en la prensa que han detenido, en Baleares, a cuatro yihadistas con conexiones con un español detenido en Alemania y con un imán salafista también preso en el Reino Unido. Conviene que vayan cayendo todos esos peones sacrificados que, aunque nos parezcan inofensivos, pueden acabar rompiendo el inmenso tablero en el que el mundo intenta conjugar su propio destino. El mundo es enorme, en efecto, pero las redes sociales lo acaban convirtiendo en algo menor, en un entramado de conexiones que hay que seguir con tanta cautela como ojo crítico.
 Hoy he comentado esta noticia con algunos de mis amigos más o menos musulmanes que venden frutas, hortalizas y litros de agua embotellada muy cerca de mi casa. Apenas sí me han respondido nada, pero me han sonreído con cierta tristeza indisimulable en la mirada, con cierto cansancio invencible en las arrugas de la frente, con cierto dolor insuperable en el alma y también en el cuerpo. Eso sí, a la hora de pagar me han hecho un buen descuento. Y es que últimamente les compro mucho y también muy seguido.




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martes, junio 27

Nacidos en Cotiledonia


La Telaraña en El Mundo.




 En 2009 -y ha llovido bastante desde entonces- la Comisión de Normalización Lingüística del IES Pau Casesnoves de Inca realizó una encuesta entre sus alumnos en la que, entre otras lindezas, se les preguntaba si formaban o formarían parte, quizá en el futuro, de alguna asociación de defensa de la lengua y la cultura catalanas. Con sólo 22 escogidas preguntas el colegio se aseguraba, así, conocer de primerísima mano el paisaje familiar completo y detallado de sus alumnos, la procedencia de sus padres, la lengua que se hablaba prioritariamente en casa, sus gustos televisivos y hasta periodísticos, su manera, en definitiva, de vivir en catalán, esa forma de vida, al parecer, tan arrojada que nadie sabe muy bien cuánto. Informado -básicamente por las informaciones de este diario- el departamento de Educación de la época resolvió lavarse las manos y apelar a la autonomía de los centros.  “No hay motivo para intervenir porque no se vulnera ninguna normativa”, concluyeron.
 En febrero del 2011 -y ha llovido bastante desde entonces- se pararon las clases en el IES Pau Casesnoves de Inca para que los alumnos pudieran cantar, entre otros selectos himnos, «Yo soy catalán» que no es, por cierto, una versión gamberra del «yo soy español, español, español», que se puso de moda cuando España ganó el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, sino una canción del cantaor independentista Biel Majoral, a la postre un panfleto perfecto con estrofas tan imposibles de rimar como «jo sóc balear jo sóc de mallorca català insular» o «Estim Catalunya perquè té un passat de lluita incansable per la llibertat». Con letras así uno casi que añora, de veras, a Lluís Llach, pero qué se le va a hacer. Tanto las informaciones de este diario como las denuncias de la Fundación Círculo Balear no tuvieron, por supuesto, ningún efecto. El departamento de Educación de la época resolvió lavarse las manos y apelar a la autonomía de los centros. Faltaría más.
 En junio de 2017 -y la verdad es que no ha llovido ni una sola gota desde entonces: qué calor hace- el IES Pau Casesnoves de Inca preguntó, entre otras lindezas, a su sufrido alumnado, que ya no es el de 2011 ni tampoco el de 2009, por su lugar exacto de nacimiento, incluyendo la sutil, la cruel distinción entre haber nacido en el Estado español o en los Países Catalanes. Preguntas así de absurdas e intempestivas, de sectarias y cabronas no hacen sino convencerme de lo complejo que es ir por libre en este país cuando quienes debieran velar, precisamente, por tu educación en libertad parecen estar empeñados en afiliarte a sus banderías particulares como si les fuera la vida en ello. Igual les va. Uno sólo nace en el vientre de su madre. O, recordando a Cristóbal Serra, en Cotiledonia. ¿Dónde si no?

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viernes, junio 23

La psicología del toro


La Telaraña en El Mundo.



 La mejor ley es la que no existe, la que se cumple por sí misma o por nuestras circunstancias, la que escapa a cualquier tentación de reinterpretarla o ponerle, quizá, bridas, la que fluye como el aire que respiramos sin que notemos su presencia. La verdad es que hay muchas de estas leyes, llamémoslas no escritas, ordenando nuestra convivencia, nuestra forma de vivir y relacionarnos en el entramado social o laboral, pero habría muchas más, muchas más leyes no escritas, quiero decir, si la educación y cultura colectivas, el sentido común y la empatía hacia los demás (y también hacia uno mismo) mantuvieran unos niveles más altos de los que, en la actualidad, mantienen. De hecho, el mundo se nos cae a pedazos entre la dejadez suicida, revestida de incurables tintes fatalistas, de la mayoría y la tendenciosa y sectaria visión de los que intentan dirigir la vida en beneficio de no sabe muy bien qué o quién. De ellos mismos, por supuesto.
 Me asomo a la calle Olmos. Son las diez de la mañana y la calle está casi vacía. Parece que Palma se levanta sin prisas de otra noche en la que este calor de agosto en junio apenas sí nos ha dejado dormir. Vista desde donde la observo, la calle parece la lengua alargada y exhausta de un perro sediento. O de un toro encerrado en sí mismo.
 En la televisión, un dron exhibe, una vez y otra, la desoladora imagen de una autopista portuguesa repleta de cadáveres y coches quemados. Esa calle del infierno la vi en The Walking Dead. Es lo que tiene la ciencia ficción, su realismo es tan extremo que siempre nos acaba demostrando que no hay nada más revelador que el cataclismo último al que, no por casualidad, llamamos Apocalipsis.
 Pero hablaba de las leyes mientras una nube se me cruzó con sus esperanzas o temores de lluvia. Así pasan las ideas y descargan o desaparecen, porque sólo estaban de paso. Hay un punto, un aspecto de la Ley Antitaurina de este Govern (hablo de esta ley no porque me interese el tema, sino por este Govern no se dedica a otra cosa que a reinterpretar la vida y a parchearla con sus ocurrencias y dislates, sus ganas de llamar la atención o desviarla) que me parece fantástico. Entre otras exigencias prosaicas, como prohibir la muerte del toro, las banderillas o el rejoneo, me conmueve sobremanera que se exija para la celebración de las futuras corridas un informe previo sobre el estado síquico del toro. Seguro que el Pacte ya tiene a punto alguna cuadrilla de empresas amigas repletas de parasicólogos, quiromantes, nigromantes y chamanes animalistas para sacar adelante esa verónica a mano cambiada con pase cruzado de pecho y desplante final con la que un torero que se precie se queda mirando, fijamente, a su público. Cuidado con el toro.

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martes, junio 20

La nación balear


La Telaraña en El Mundo.




 Municipios, provincias, diputaciones, mancomunidades, veguerías, diócesis, comarcas, regiones, comunidades forales, autonomías. Hojeo los más diversos mapas de España a lo largo del tiempo y todos los mapas me acaban pareciendo el mismo mapa: la misma piel de toro abrasada y cuarteada entre Europa y África, entre el mar Atlántico y el mar Mediterráneo, en plena encrucijada física y espiritual de todos los caminos, de todas las culturas que en su día fueron, pero que ya no son, porque sus ubres se acabaron agotando, y de todas las culturas que todavía no han nacido. Quién sabe, por cierto, si lo harán.
 Nadie lo sabe, en efecto. Nadie sabe con certeza lo que nacerá o dejará de nacer, porque vivimos en un momento sumamente complejo y delicado. Lo nuevo aún no ha nacido y lo viejo ya apesta. Damos vueltas y más vueltas a las ideas con la intención de que perduren o revivan, de que nos hagan, en definitiva, el flaco favor de asistirnos en días de penuria, de confusión, de filosofía convertida, finalmente, en juegos malabares de palabras, en fatuos trabalenguas, en ridículos sofismas. El viejo calcetín usado de la vida parece renacer con fuerza a cada vuelta que le damos, pero ese espejismo no dura demasiado; siempre se nos acaba cayendo a pedazos.
 ¿He de citar ahora, a Pedro Sánchez? ¿Es necesario, imprescindible hacerlo? ¿He de reír o llorar, quizá, con la solemne indigencia conceptual de su esperpéntica visión de España como nación de naciones? ¿He de tirar de ironía o sarcasmo, de carcajadas o abucheos enlatados, para demorarme en lo que no puede sostener ningún discurso, porque no se sostiene ni a sí mismo, y pretende sostener, sin embargo, el discurso entero del más importante partido de izquierdas que existe, actualmente, en España? Si esa es la izquierda que nos merecemos, no nos va a extrañar un ápice que Podemos se la meriende en tan sólo un par de sesiones televisivas de demagogia, cutrerío y populismo intensivos. Son maestros en eso.
 De todas formas, basta preguntarse con quién gobierna en las islas el PSIB para imaginar qué tipo de política nacional de naciones podemos esperar de aquí en adelante. Tengan en cuenta que Baleares ya no es una simple comunidad autónoma. No, señor. En estos momentos es una de las solemnes naciones de esa gran nación de naciones que, al parecer, es España. Es decir, una gloriosa entelequia comandada por Francina Armengol, pero que, de hecho, está en las manos de los prestidigitadores sin ilustrar de la caótica sucursal balear de Podemos y de los nacionalistas históricos de MÉS, que lo son, nacionalistas, de una nación que no acaba de ser esta, sino otra distinta, pero qué más da. ¿Será por naciones? Pues no. Nos espera, como mínimo, puro encaje de bolillos.

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viernes, junio 16

De 40 en 40 años


La Telaraña en El Mundo.




 Resulta que se han cumplido cuarenta años desde las primeras elecciones democráticas tras la larga travesía, también de cuarenta años, a través del desierto de la dictadura. Parece que vamos, pues, de cuarenta en cuarenta años como si cada cuatro décadas los relevos generacionales fueran cuajando y tocase, de alguna manera, cambiar de régimen o de sistema, de forma de entender el mundo y también de relacionarse unos con otros, de encarar los problemas y buscar soluciones, de sacar, en definitiva, la vida adelante, se supone que a mejor: eso quiero suponer siempre y por encima de todo, aunque las apariencias no nos lo acaben de demostrar. Ya se sabe que, en ocasiones, se escribe recto con renglones muy torcidos, tuertos, casi que ciegos.
 El caso es que no tengo muy claro qué nos va a tocar sufrir o gozar ahora tras los cuarenta años alternados de dictadura y democracia. Uno no quiere que regresen las oscurísimas tinieblas del pasado. Uno no quiere, tampoco, que se eternice la frívola virtualidad de nuestros días, con un pie en el abismo de las redes sociales y otro en el lodazal de la realidad, este mundo en crisis que no remite, sino todo lo contrario. En efecto, desde hace años no deja de aumentar el terrorismo más o menos religioso, la insolidaridad y la incultura generales, la demagogia populista, los nacionalismos que ya parecían superados: en fin, toda esa suerte de basura infecta que no deja de multiplicarse, por desgracia, cuando las cosas vienen mal dadas.
 Con todo, hago cuentas y confieso, sin pretensión de parodiar a Pablo Neruda, que he vivido dos terceras partes de mi vida en democracia y sólo una, incluidos los años magníficos de la infancia y la adolescencia, bajo el yugo del autoritarismo. El balance, por lo tanto, no me permite sacar demasiado pecho ni dramatizar, tampoco, en exceso. No he vivido ninguna guerra fratricida ni he tenido que emigrar a no importa dónde. No he sido víctima de ninguna masacre. No he pasado hambre ni he sufrido ningún tipo de violencia. Y la guerra que llevo, desde siempre, entablada conmigo mismo sólo me sirve para saberme culpable o inocente de las mismas cosas que todos los demás. Exactamente.
 Pero insisto. No sé con certeza qué nos van a deparar los próximos cuarenta años. Leo en la prensa que los filólogos de la UIB critican abiertamente que los alumnos hayan podido acceder a las preguntas de la selectividad en castellano. Vade retro. Les parece una ofensa monstruosa a la lengua catalana y un atentado contra la normalización lingüística del catalán en las islas. Me consuela saber que ni los cuarenta años de Franco ni los cuarenta de estos filólogos metidos a sanedrines han podido acabar, de momento, con el catalán ni con el castellano. Menos mal.



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martes, junio 13

Las urnas irreales


La Telaraña en El Mundo.




 Parecía Pep Guardiola, con una enorme urna transparente y vacía entre las manos, andar mendigando los votos de no se sabe quién para no se sabe qué. Nunca fue Cataluña tan libre ni, sobre todo, tan independiente como en la actualidad y, sin embargo, nunca hubo tantos conspirando por algo que, más allá de la supervivencia de ese estilo político que llamaremos, siendo benévolos, el estilo del 3%, no tiene absolutamente ningún otro sentido añadido, ninguna otra consecuencia práctica. O sí, quizá sólo busque abolir España tal y como la conocemos, con su voluntad fundacional a cuestas, su larga historia de conquistas y descubrimientos, derrotas y fracasos, su cainismo fraternal o su quijotismo quimérico, su andar atolondrado y rapsoda entre la gloria y la miseria, el ardor y la oscuridad, las cenizas y las llamas, la inagotable combustión de los siglos.
 Pero miro en esa urna vacía y transparente y no veo realmente nada. La realidad de algunos políticos no es, ni siquiera, un holograma de la realidad. No es un boceto, no es un resumen, no es tampoco un esquema. Sólo es, acaso, una opinión incendiaria, una perversión, una deconstrucción ideológica, un apunte cualquiera en la bitácora de un viaje a ninguna parte, porque la vida siempre acaba decantándose por los cauces más naturales y alejados del artificio suicida de esas urnas vacías y transparentes, irreales; tan vacías que llenarlas es misión imposible, tan transparentes que se ve, a su alrededor, el mismo vacío que, a su pesar, contienen.
 Mientras tanto, subo la cuesta de Avenida Argentina y miro, exhausto, hacia el monolito de Sa Feixina, donde algunas parejas pasean, se abrazan o hablan y no pocos niños o jóvenes juegan con sus ruidosos monopatines. El mar azul, a lo lejos, pone su contrapunto pictórico a la escena y yo me dejo caer en un banco, mientras imagino a los operarios de Miquel Ensenyat o Antoni Noguera derrumbando tanta paz provisional con su rancia metralla nacionalista, su discurso tan vacío como transparente, su voluntad ideológica de destrucción de lo que ya es, exactamente desde 2010, un manifiesto explícito y una prueba tangible de la concordia ciudadana. Vale ya de andar revisitando, una vez y otra, el pasado.
 No es posible, en efecto, reescribir la historia. No lo es, salvo en alguna distopía de Orwell o Huxley: de Hitler, de Mao, de Lenin, de Maduro, de Kim Jong-un… No creo, sinceramente, que Guardiola, Ensenyat o Noguera quieran entrar en esta lista. Aquí la ficción y la realidad se mezclan peligrosamente y se diluyen la una en la otra hasta convertirse en lo mismo: una lengua de lava encendida, lenta y tortuosa, de la que urge salir cuanto antes. Construir el futuro y dejar de pisotear el pasado podría ser la mejor manera. ¿Hay otra?


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viernes, junio 9

“Run, hide, tell”


La Telaraña en El Mundo.





 «Corre, escóndete, avisa o pide ayuda». Estas son las tres tristes recomendaciones (en el original: run, hide, tell) que la policía británica dio a la ciudadanía, vía Twitter, mientras se estaba viviendo en Londres el intempestivo clima de terror propio del último atentado terrorista. La frase no nos deja en una posición demasiado halagüeña ni airosa; al contrario, la violencia física nos resulta desde siempre repugnante, ajena, terrorífica. Lo demuestra, por desgracia, el heroico ejemplo de Ignacio Echeverría que, por ayudar a una mujer agredida, se dejó la vida entre la inocencia lúdica de su monopatín y el filo sangriento del cuchillo jamonero de los terroristas. Descanse en paz.
 En Mallorca, los héroes son otros. Sus circunstancias también lo son. Me refiero a los pocos estudiantes que se atrevieron a pedir que les dieran el examen de la temida selectividad en castellano. No acaba de ser un acto heroico, eso es cierto, pero no es, tampoco, un acto baladí. En efecto, no es nada fácil para unos adolescentes separarse de la silenciosa y pasiva homogeneidad de los compañeros, levantar públicamente la mano y pedir la proscrita fotocopia con la traducción al castellano de las preguntas de un examen en el que, quizá, les vaya mucho más de lo que suponen. Parece que los esfuerzos de Ciudadanos y Xavier Pericay, así como los del colectivo “PLIS. Educación, por favor”, empiezan a dar sus frutos. Nos alegramos.
 ¿Estoy comparando Londres, en plena carnicería terrorista, con la situación en las aulas palmesanas y la asombrosa dictadura lingüística impuesta por gentes como Jaume Sastre, que ha llegado, incluso, a dimitir como miembro del tribunal en protesta por la simple existencia del derecho a esa mísera fotocopia en castellano? No, claro que no. El territorio es sólo el lugar donde los seres humanos y las circunstancias danzan y se contorsionan, se agarran y se abrazan o zarandean en busca de alguna alianza más o menos duradera que nos permita, finalmente, salir adelante de la mejor manera posible.
 La vida puede, tal vez, resumirse en eso: en salir adelante contra viento y marea, en lograr alcanzar el lugar exacto que nos corresponda por nuestros méritos sin que nadie pueda sentirse molesto, agraviado o sorprendido por ello, sin que nadie, en fin, pueda hacerse cruces de por qué estamos donde estamos. Podría ahora preguntarme qué demonios pinta todo un ilustre capitán de barco de rejilla, como Jaume Sastre, en un egregio tribunal calificador de la selectividad, pero no lo haré porque los designios del Señor son siempre inescrutables. Acaso las tres tristes recomendaciones de la policía británica no estarían de más en un territorio tan complejo como el de la educación en nuestras islas, vaya que sí.

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martes, junio 6

El horror que no cesa


La Telaraña en El Mundo.



 Mientras el Real Madrid masacraba a la Juventus en el esplendor deportivo de la hierba de Cardiff, la guerra de guerrillas, esta tercera guerra mundial que se resiste a tomar ese nombre porque las palabras nos dan más miedo, incluso, que la propia guerra, volvía a masacrarnos a todos en las calles y puentes de Londres, sólo quince días después de haberlo hecho en Manchester. Tiene razón, pues, Theresa May, la premier británica, cuando dice que ya es hora de decir basta. O no, ya no la tiene, porque la razón tiene mucho que ver con la coyuntura y el don de la oportunidad, con el desarrollo histórico de los hechos y su análisis; tiene mucho que ver, en definitiva, con el paso del tiempo y ya hace demasiado tiempo que viene siendo hora de decir basta. Casi hace ya una eternidad.
 En efecto, hace mucho tiempo que las principales ciudades de Europa y América del Norte (la del Sur me da que tiene otros problemas, quizá más irresolubles) fueron viendo, sin saber qué hacer para evitarlo, como algunos de sus barrios se iban convirtiendo en auténticos hervideros de un horror que, con el pretexto que fuere, porque tanto da si se trata realmente del islamismo radical, de la indignación política extrema, del cénit de la decrepitud moral de la especie humana o de algún tipo incurable, en fin, de locura patológica, no sólo no cesa, el horror, sino que se infecta, enquista y eterniza en la propia médula del tejido social en que vivimos. O intentamos vivir.
 Estamos hablando, pues, de una degradación extrema, seguramente sistémica, que amenaza con depravar todo el orbe social. Porque no hay que engañarse, la decrepitud no sólo es cosa de los terroristas. Les hemos dado demasiadas buenas razones para que prosigan con su inercia asesina. Les hemos armado y utilizado en miles de guerras coloniales. Les hemos acogido como mano de obra barata y, a la vez, les hemos despreciado una y mil veces: no puede haber cóctel más explosivo, cuando se suceden las generaciones, que este cóctel molotov, que esta bomba de relojería donde siempre pierde la humanidad. Donde siempre perdemos todos.
 Sólo nos falta contemplar después, ahora, sin que nos extrañemos un ápice, qué ralea de políticos, de gestores de pega, de chamanes iluminados nos están gobernando. Desde los partidos políticos tradicionales, lastrados por el descrédito de la corrupción, hasta los nuevos grupos filocomunistas o ultraconservadores que no se sabe muy bien adónde van, aunque sí, por supuesto, de dónde vienen. Gentes sin más horizonte social que el nepotismo y las asambleas marciales. Gentes sin más señas de identidad (descanse en paz el cervantino Juan Goytisolo) que su falta de entendederas, su populismo gregario, su devastador ideario desnortado.


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viernes, junio 2

El cambio climático

La Telaraña en El Mundo.





 Hace demasiado calor para el mes que estamos. O llueve muy poco, últimamente. Sin embargo, diluvia y hasta graniza de vez en cuando. O hace mucho frío cuando hace frío. Todas estas frases, utilísimos apuntes de ascensor en hora punta, los venimos diciendo desde hace años, lustros, quizá décadas. No se trata, que también, de verificar estadísticas, gráficos y tantos por ciento, sino de atender a las propias sensaciones, apelar a la memoria del cuerpo, a la poca, pero significativa memoria que puede abarcar una sola vida. En efecto, el clima va cambiando con los años, la inercia marcial de ese otro tiempo que es el tiempo biológico. Me refiero a la vida, a las relaciones sociales y laborales, a la mecánica familiar de la rendición programada frente a las arrugas, los achaques y los kilos de más: toda esa grosera parafernalia que, sin embargo, nos mejora la sonrisa año tras año.
 Será, tal vez, que algo va cuajando mientras envejecemos y que mucho de lo que creemos saber lo vamos desaprendiendo a marchas forzadas para poder enfrentarnos a los cambios de la realidad (es decir, a la realidad de cada instante) con el menor bagaje posible de tópicos, frases hechas, ideas preconcebidas. Hay que preservar la vida igual que la realidad, el lienzo, la página en blanco donde aún podemos dibujar o escribir lo que nos venga en gana, lo que necesitemos decir al mundo y a nosotros mismos. Sobre todo, a nosotros mismos. Somos una multitud emborronando, al unísono, ese lienzo, esa página, esa piel que tiembla cuando encuentra otra piel y se acaba reconociendo en ella, en su temblor como en su éxtasis.
 A todo esto, parece que Donald Trump retirará a los EEUU del Acuerdo de París sobre el clima. No conozco la letra pequeña del asunto, pero lo que sí sé es que un acuerdo insuficiente puede ser, sin embargo, imprescindible para que no se nos caiga a pedazos evelo intangible de la capa de ozono, para que no se nos derrita hasta el hielo misterioso o sagrado de la Antártida, para que la privilegiada primera línea de la costa, en fin, siga a salvo de las mareas, de la furia sobrevenida de unos mares con la brújula herida, tal vez, de muerte.
 Puede que el actual desarrollo industrial no sea sostenible a largo plazo. Puede que los intereses económicos y políticos de unos pocos nos lleven a todos a una ruina cierta. Puede que toque cambiar de modelo productivo: cambiar de energía y también de objetivos y prioridades. ¿Se referirá Trump a eso cuando inventa, a medianoche, una palabra y la publica en Twitter? “Covfefe”. “Covfefe”. Covfefe”. Por mucho que la repito, como si fuera una plegaria, no me acaba de sonar a energía alternativa, a futuro prometedor, a solución milagrosa. Pero igual yerro. Ojalá.



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