LA TELARAÑA

viernes, enero 19

Textos y pretextos


La Telaraña en El Mundo.



 Las luces y las sombras que burbujean en el monitor asemejan un rumor hipnótico, una especie de imagen líquida y volátil, eventualmente profunda, donde hasta parece posible introducirse, un laberinto virtual donde, de hecho, me pierdo mientras las horas se eternizan y una simple frase retoma mil significados distintos y persigo mis sentidos sin saber, aún, en qué maldito callejón sin salida descubriré el terrible engaño de la inocencia que nos obliga a creer siempre en algo, lo que sea, en cualquier cosa, como si la vida nos fuera en ello. Quizá sea así y la vida sea, tan sólo, lo que nos obligamos a creer contra viento y marea, contra la gravedad furiosa de las apariencias.
 Pero todo puede cambiar -y cambia, cambia muchísimo- el día en que dejas de creer y ya no crees, entonces, en absolutamente nada; y aunque ya no crees en la vida te echas a llorar de emoción o alegría –en realidad, no sabes por qué lloras- cuando compruebas que es posible vivir sin creer en nada, porque la página en blanco sigue reclamando que la emborrones contra el silencio o la ira, contra la violencia, contra todo aquello que no sean palabras pugnando por decir algo, por decir, por ejemplo, no creo en nada, pero seguiré escribiendo como si creyera, al menos, que alguien me está leyendo en este momento. Como si alguien pudiera leerme.
 La semana pasada publiqué una columna titulada «Elogio del sexo». Unos días después alguien me pidió amistad en Facebook. Se la concedí, como suelo hacer siempre: a los cinco minutos el ya nuevo amigo había publicado un mensaje cubriéndome de insultos (a mí y también a El Mundo) por el contenido de ese texto. Naturalmente no le dije nada, le revoqué la amistad y me olvidé del tema. No habían pasado ni ocho horas cuando otra persona me pidió, también, amistad en Facebook. Se la concedí, como suelo hacer siempre, y a los cinco minutos de haberlo hecho pude comprobar que había escrito en su muro unas líneas sumamente elogiosas hacía mí y la columna de marras. No le he dicho nada. No tengo absolutamente nada que decirle.
 De repente, caigo en la cuenta de que llevo un tiempo indefinido, quizá unos minutos, quizá unas horas o unos días, terriblemente abstraído frente al monitor en el que palpita una fotografía de “El grito”, de Edvard Munch. No hay palabras en ese terror: hay un estruendo, un alarido y un aullar de sirenas que me deja sin palabras; y sin embargo no dejo de escribir -ni de leer- palabras sobre el terror, sobre el terror de las guerras que ya han sucedido o sucederán, sobre el terror de saberse solo frente a un grito que es una imagen palpitando en la pantalla líquida de un monitor en el que ando perdido como si fuera Jack Torrance en un gélido laberinto de hojas en blanco. Espero que nadie venga a rescatarme.


Etiquetas: , ,

martes, enero 16

La guerra de los mundos


La Telaraña en El Mundo.



 Es muy posible que si, en las pantallas de nuestras vidas, empieza a parpadear en rojo pasión un mensaje alertándonos, urgentemente, de que los misiles ya están en camino y que, por desgracia, no hay vuelta atrás y que el cielo, en definitiva, se nos va a caer, se nos está ya cayendo encima, literalmente, con sus aparatosos carros de fuego y sus asfixiantes nubes radioactivas, es muy posible, entonces, que no tengamos ni humor ni tampoco tiempo para otra cosa que poner cara de escépticos a la fuerza y pensar que todo es mentira, que todo es absolutamente mentira, que algún malware más o menos sofisticado está haciendo de las suyas en nuestros malditos ordenadores, que alguna broma macabra se está cerniendo sobre nosotros, que algún H. G. Wells de pacotilla está repitiendo el simulacro de la guerra de los mundos en este mundo de hoy en día, en que los alienígenas no es que se hayan escondido en el fondo abisal de los mares o las tierras sino que parecen haber tomado, definitivamente, el poder y dedicarse a minar la cordura, la cohesión o la empatía colectivas, a destruir el ancestral espíritu de superación y supervivencia que, como especie dominante que somos (todavía) de la vida sobre la tierra, debería distinguirnos.
 Llegados a este punto, sin embargo, no creo que merezca la pena dejarse llevar por nuestras fobias o filias más o menos personales o, quizá, ideológicas. Es muy posible que los que creemos que nos gobiernan a nivel mundial o local, pienso en Trump como en Armengol, por ejemplo, manden, en realidad, muy poco, poquísimo, quizá nada, y que sea el propio mundo el que lleve, como si fuera el ritmo abrasador de alguna danza interior, una inercia propia, un modo personalísimo de expandirse o contraerse, un movimiento indescifrable que sólo podemos entrever muy de tanto en cuando, según van pasando los siglos y nuestras vidas se convierten en otras vidas y la humanidad juega al escondite consigo mismo y con la historia. Siempre hay un espejo en el que perderse y un botón equivocado que apretar.
 Con todo, lo que ha sucedido en Hawái, además de grave, nos parece increíblemente extraño, extrañísimo: no se puede -o no debería poderse- poner en falsa situación de alarma, crisis y terror casi invencibles a toda una población y dar por zanjado el asunto con la escueta excusa elíptica de que “alguien apretó el botón equivocado”. Menos mal que el botón que apretó ese alguien fue el botón equivocado; porque si no hubiera sido así, igual el cielo se hubiera convertido en un manto sideral de fuego, en una inmensa bandera en llamas con las estrellas (las del cielo y también las de la bandera estadounidense) cayendo como mortíferos meteoritos sobre la faz circunspecta y adolorida, escéptica a la fuerza, de la humanidad entera.



Etiquetas: ,

viernes, enero 12

Elogio del sexo


La Telaraña en El Mundo.



 En «Belle de Jour», de Luis Buñuel, me enamoré locamente de Catherine Deneuve de la misma manera que en «Manhattan», de Woody Allen, Mariel Hemingway, de un lado, y Diane Keaton, del otro, me rompieron el alma: de muy joven tuve una novia adolescente (de la que, por cierto, he olvidado su auténtico nombre) a la que llamaba Mariel o Diane según cómo me sentía, alternativamente, de inocente o inspirado, de amable o lascivo, de feliz o confuso. Creo que ese cortejo, ese ritual (en no pocas ocasiones desinteresado, lúdico, experimental) es una de las buenas costumbres que me alegro de no haber dejado de practicar nunca; incluso en estos días de reivindicaciones virales en el incendio tumultuario de las redes sociales, en este aquí y ahora, tan virtual como promiscuo, donde los ejércitos de robots campan a sus anchas y uno debe medir con lupa las palabras que va deslizando no se vaya a molestar alguien, no vaya a ponerse en pie de guerra algún que otro colectivo con los engranajes de la ira desbocados y la sensibilidad herida o a flor de piel.
 Precisamente, Catherine Deneuve acaba de salir a la palestra pública para defender la libertad sexual y también sus imprescindibles códigos y rituales frente al puritanismo castrador que se percibe o se intuye, por desgracia, tras la cascada infernal de denuncias por acoso sexual con fecha de caducidad incalculable y la contagiosa etiqueta #MeToo.
 Siempre tuvo el sexo -y lo sigue teniendo- algo de baile arquetípico y plegaria mística, sudorosa, algo de conquista de la alteridad y búsqueda obsesiva de lo desconocido, algo de caza extrema y desesperada al anochecer, algo de humanidad que se sabe incompleta y perdida, que busca completarse y tomar las riendas de su auténtico, de su propio destino. Algo de confidencia en voz muy baja y a media luz y en el lenguaje ancestral de nuestros mayores, algo de violencia o ternura indescriptibles cuando la violencia y la ternura son, exactamente, la misma cosa. Algo de filosofía compartida en un abrazo o en una cópula donde la vida y la muerte se resumen en un temblor incontrolable. En un alarido.
 Con todo, no parece que sea este, en absoluto, el mejor de los momentos para salir a las calles a lanzar piropos, sonrisas y abrazos más o menos galantes a las mujeres. Y, sin embargo, lo es: es el mejor de los momentos, porque la gente de carne y hueso, la gente normal y corriente como nosotros, sigue necesitando, más que nunca, que le sonrían sin morderle, que le cortejen sin avasallarle, que le abracen sin estrujarle, que le confirmen, en definitiva, que todos estamos hechos de la misma sustancia que los dioses: el espacio, el tiempo y el placer, absolutamente humano, de intentar moldearlos (y moldearnos) a nuestro antojo. Según corresponda.


Etiquetas: ,

martes, enero 9

Los suicidas


La Telaraña en El Mundo.


 Todos estamos siendo puntualmente informados de la gran cantidad de personas que el tráfico rodado de nuestras carreteras se va llevando por delante o por detrás, día a día, hora a hora, puente festivo a puente festivo: se va llevando por delante, directamente a la oscuridad innombrable del otro barrio, o se va llevando por detrás, hacia la incierta y espectral luz blanca de las salas de los quirófanos, las lentas y sudorosas colas de la rehabilitación ortopédica, la inmovilidad resignada o la crispación inasumible de los que nunca volverán a ser los que fueron. Nunca se vuelve a ser quien ya se ha sido, pero cómo explicárselo al que no lo sabe o no lo siente así. Es que no hay manera.
 Todos estamos, asimismo, siendo puntualmente informados de la gran cantidad de personas que son víctimas de multitud de circunstancias adversas y, sobre todo, injustas. Pienso en los malos tratos, por ejemplo, que los más fuertes infligen a los más débiles. O en la violencia más o menos sexual, machista, doméstica o, quizá, de género. Pienso en el acoso constante, la manipulación y el sectarismo piramidal en las escuelas y las redes sociales. O en el dolor y la desolación, la devastación personal y familiar que produce el abuso del alcohol y las drogas. Pienso en las armas de destrucción absolutamente masiva que, nos guste o no, estamos ayudando a mantener entre todos cuando nos vence la comodidad, la inercia rutinaria del pensamiento y nos dejamos llevar a favor de corriente hasta desaguar, como no podía ser de otra forma, en el mismísimo vacío: en ese lodo acomplejado y populista, en esa llaga infecta donde el lenguaje en vez de ser un afilado bisturí acaba siendo una venda inútil en la herida y también en los ojos, una asfixiante mordaza en el pensamiento que habría de desentrañarla y que ya no podrá, por desgracia, hacerlo.
 No se nos informa, sin embargo, de otras muchas cosas; de algunas, directamente, porque ni nos enteramos y de otras, porque algún pesado estigma o tabú se ha posado sobre ellas, como sobre nosotros. Me refiero, por ejemplo, al elevadísimo número de suicidios consumados que se producen en la sociedad en que vivimos y morimos. Estaríamos hablando, aquí en las Islas, de casi el doble de fallecidos por suicidio que por accidente de tráfico. Ahí es nada. Huelga decir que coincido con Javier Torres, decano del Colegio Oficial de Psicólogos de Baleares, en que conviene que la sociedad sea informada de este problema sin temer, por supuesto, a ningún posible efecto rebote de contagio por imitación o lo que fuere. El principal y, quizá, más célebre pensador, analista, fabulador, desmitificador y hasta propagandista del suicidio fue mi admirado Emil Cioran y, sin embargo, murió a los 84 años. De viejo, claro.




Etiquetas:

viernes, enero 5

Noche de Reyes


La Telaraña en El Mundo.



 En la sala de estar, junto al pequeño árbol navideño y el diminuto belén de barro y musgo, un niño sueña con la larga lista de regalos que pidió a los Reyes Magos. Escribió su carta con caligrafía temblorosa y la dirigió a Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque su preferido fuera, desde siempre, este último, seguramente porque es negro y su sonrisa le parece mucho más grande y también más sincera que las de Melchor o Gaspar: no sabría muy bien explicar por qué. Tampoco es necesario, en absoluto.
 Afuera (en la calle, en la selva, entre las arenas movedizas, en el interior angosto y funcionarial de las mazmorras con látigos, banderas, sogas, argollas y potros de tortura de algunas ideologías) es de noche, porque siempre es de noche afuera y puede, incluso, que haga frío o que nieve; puede que llueva o que granice; puede, incluso, que haga un sol resplandeciente y que, sin embargo, haya gente muy mala embozada en las esquinas: gente que, según dicen, se come crudos a los niños o se los lleva en un saco enorme a algún país terrible donde los niños trabajan de por vida como esclavos haciendo juguetes para otros niños y no pueden jugar con ellos ni tampoco tener sueños, porque tener sueños que no se pueden cumplir duele mucho, duele muchísimo. Duele todo.
 Pero no hace falta llegar a voltear tanto las cosas. La realidad es un sitio absolutamente decepcionante si somos lo suficientemente estúpidos, demagógicos o retóricos como para intentar aprehenderla de golpe o describirla por completo, con todos sus infinitos matices y también con todas sus contradicciones, con todos sus espejismos a cuestas y toda su crueldad expuesta, su monstruosa locura abierta como un inmenso abanico, como un arco iris tendido de un lado al otro del horizonte. Sólo podemos abarcar la realidad que podemos exactamente abarcar; sólo esa y ni un ápice más. No deberíamos olvidarlo.
 Hoy es día, tarde y noche de reyes y magos desfilando lenta y solemnemente por las calles, por las selvas, por las arenas movedizas, por las mazmorras siniestras de los escribas y fariseos que gustan de falsear la realidad y disfrazarla de cualquier otra cosa más o menos trivial o trágica, risible: no importa demasiado de qué. Hoy es día, tarde y noche de sueños que fueron, quizá, infantiles y que, por supuesto, siguen (y deben seguir) siéndolo, porque no hay ningún motivo racional o lógico que nos obligue a dejar de mirar el cielo y observar la oscuridad y también la estrella refulgente allá a lo lejos, quieta en lo más alto, brillando, parpadeando, proclamando, tal vez, el nacimiento de un niño cualquiera en un portal o pesebre cualquiera, celebrando que a cada instante nace alguien distinto y que el mundo cambia con él. O puede cambiar. O cuánto nos gustaría que cambiara.




Etiquetas: ,

martes, enero 2

El pasaje y los mendigos


La Telaraña en El Mundo.




 Hubo un tiempo ya lejano en el que, justo al salir de casa, tenía a mi entera disposición las mejores librerías y libreros del universo. O casi. Me refiero a Logos y, muy en especial a su dueño, Domingo Perelló, de quien recuerdo que aceptó venderme a plazos el diccionario María Moliner, aunque yo, creo que agradecido por su gesto, se lo acabé comprando al contado. Me refiero a Casatomada, donde Horacio Alba dio a luz la revista del mismo nombre donde algunos amigos, como el granadino Raúl Ximénez, por ejemplo, lograron publicar sus primeras o, quizá, segundas lecciones magistrales. Me refiero, en fin, a Signe Llibres, donde Leonardo Sainz resistió vendiendo libros y promoviendo encuentros culturales hasta que el cuerpo y, quizá, el alma le dijeron basta. Todos esos lugares ya no existen.
 En el pasaje donde vivo, donde parece, aunque no sea así, que he vivido toda la vida, ya no se respira, por lo tanto, el indescifrable perfume alquímico de los libros y, en su lugar, parece que la desolación más absoluta va tomando cuerpo y ocupando, poco a poco, todos los rincones. Es verdad que unos emprendedores paquistaníes han abierto un estupendo colmado que no cierra nunca, jamás, y que unos jóvenes, travestidos de monjes más o menos tibetanos -creo que estoy de coña, pero no estoy muy seguro- han ocupado un local para embriagarnos con el sabor añejo de su cultura milenaria. También es verdad que hace unos pocos años abrieron una pequeña tienda de vinilos, muy bien surtida, por cierto, pero también lo es, por desgracia, que en el pasaje ya no se respira la música de Antoni Torrandell (que es, a fin de cuentas, el músico que le da nombre) ni hay forma alguna, tampoco, de adentrarse en las estanterías prodigiosas de la mítica Discosilba, convertida a día de hoy en una especie de almacén inmemorial repleto, por lo que puede intuirse desde el exterior, de cacharrería variada y hasta tumultuaria.
 Actualmente, al salir de casa me encuentro como en un callejón sin salida del peor Harlem, como en un desfiladero hacia ninguna parte donde la suciedad y el espanto indiscriminado de los grafitis son el único signo de vida. O casi. Están también los mendigos que duermen bajo las escaleras que conducen a la Plaza de los Patines, donde otros mendigos hacen lo propio exhibiendo uno de ellos, en particular, el ajuar casi completo de la que debió ser su última morada, antes de quedarse en la puta calle. Estoy seguro de que los turistas que entran o salen del Celler Sa Premsa (como yo mismo, porque en ese magnífico celler he vivido numerosas celebraciones familiares) se llevan de Palma una imagen que no sé yo si es la que nos merecemos. Supongo que sí, porque tenemos el alcalde republicano (o lo que sea que sea) que hemos elegido: ajo y agua.


Etiquetas: ,

viernes, diciembre 29

Despidiendo 2017


La Telaraña en El Mundo.




 El año se va apagando y, muy pronto, sólo le recordaremos, tal vez, algunos fulgores intermitentes y algunas sombras mezquinas, algunas exhibiciones más o menos impúdicas, varios desastres puntuales, unas cuantas hecatombes políticas consentidas no se sabe muy bien cómo y una dolorosa y punzante desazón general, alargada, alargadísima. 2017, en efecto, ya va camino del cementerio virtual donde los elefantes más viejos se arremolinan y dan sus últimos pasos de danza, exhalan sus últimos suspiros y, finalmente, expiran.
 No lo digo con ningún alivio especial ni, tampoco, con sorpresa. Suele pasar cada año -y uno se habitúa a ello incluso sin pretenderlo- que los años van deambulando más o menos alborotados o circunspectos hasta que, finalmente, ceden, se enroscan en sí mismos, se quedan sin hojas a las que aferrarse en los calendarios de la vida y enmudecen dando paso a un nuevo año tras las doce campanadas de rigor y el incomprensible estallido general de júbilo. Se renueva el tiempo al igual que se renueva la naturaleza y en el aire de todos se dibuja un cielo nuevo que siempre quisiéramos distinto y mejor, distinto y purificado. Así es como nos renovamos también nosotros; o eso decimos, sin saber muy bien por qué lo decimos.
 Esta es, por lo tanto, la hora púrpura, quizá, de las contabilidades -literarias, artísticas, políticas o sociales- que tanto gustan a los que se atreven a ejercer de expertos (gurús de cualquier cosa, de lo que sea) porque el hombre, al parecer, es un lobo hambriento para el hombre y hay que sobrevivir -esa orden es muy antigua- como mejor se pueda; y a las estructuras sumarísimas del poder les fascina, por supuesto, poder manejar a su antojo unas ficticias coordenadas comunes en las que inscribirnos a todos y ponernos firmes y pasar solemnemente lista cuando corresponda: cada hora, cada minuto, cada instante más o menos electoral de cada día de cada año.
 Echo un vistazo a las novedades literarias de mi biblioteca. Releo el catálogo de las películas que creo haber visto durante los últimos doce meses. Recuerdo los muertos ilustres y los cadáveres más exquisitos del año. Una agenda me advierte de que hoy (ayer, para el lector) es el Día de los Santos Inocentes. Estoy, pues, de fiesta. Agito la agenda por ver qué se me cae del año sobre la mesa. Vaya desastre. Me va a costar limpiar este estropicio: Kim Jong-un, Trump, Putin, Puigdemont y sus respectivas tropas, los nacionalistas, soberanistas y populistas en Baleares, la turismofobia de los más torpes, el bitcoin y la manipulación en las redes sociales, España y la Cataluña de nadie y de todos, el año segundo del Brexit, la violencia de sexo, de género, de pena, el yihadismo que no cesa… Podría seguir, pero para qué. Feliz Año Nuevo.


Etiquetas: ,

martes, diciembre 26

El abrazo del oso


La Telaraña en El Mundo.



 La noticia es triste y dura. La Guardia Civil ha detenido en Mallorca a varios miembros del clan de los Maldonado que se dedicaban a robar a personas de avanzada edad mediante el procedimiento del «abrazo amoroso». Esto es el colmo. Ya no se puede llegar a ser un venerable anciano, a quien los abrazos deberían lloverle por solidaridad, admiración o simplemente ternura, sin que suceda todo lo contrario y algunos desalmados les abracen sólo para dejarles sin reloj y sin cartera, sin ese reloj que llevan lustros mimando para que no se detenga y sin esa cartera de piel muy arrugada donde las migajas de la pensión naufragan como anclas dormidas en el espejismo titubeante de una clepsidra, en el lecho de un mar desarmado y medio vacío.
 Creo que, en general, no soy demasiado efusivo. No acostumbro repartir besos sin ton ni son como sí hacen muchos. Tampoco tengo el menor interés en estrechar las manos de los conocidos o por conocer con los que me tropiezo ni se me ocurre, por supuesto, abrazarles como si hubiera, de repente, perdido el equilibrio y los necesitara para no dejarme engullir por no importa qué profundas arenas movedizas. Nada de eso. Tiendo más a guardar las distancias y medir los tiempos, sin olvidar, por supuesto, que hay besos y besos, abrazos y abrazos, y que todo depende, al final, de quién sea la persona que nos bese o abrace. La física acaba siendo fundamental cuando hablamos de la química entre las personas.
 Con todo (y dejando de lado, por esta vez, la vileza moral de algunos delincuentes o la degradación general de las relaciones humanas) creo que la clave del abrazo perfecto es inmovilizar del todo a la persona abrazada, dejarla tiesa, sin respiración, exhausta de sorpresa, felicidad y alivio, finalmente, al librarse de las garras amorosas del oso. Pasa, sin embargo, que hay diferentes clases de oso. Están, por ejemplo, el joven barbado y con raspas y la chica alegre, rebelde y con causa, con exuberantes, con generosas intenciones; y con un abrazo, entre ideológico y carnal, que siempre se convierte en el postureo idóneo para una foto que alguien subirá, seguro, a las redes sociales, porque hay que crear opinión y mantenerla y no enmendarla.
 Está, también, la antigua amistad, la que ya habíamos, de hecho, olvidado por completo, que nos detiene, de repente, para abrazarnos como si se tratara de bailar agarrados en alguna pista de baile del pasado y acariciarnos, así, el lomo, la espalda y la médula de los recuerdos: le agradecemos el masaje porque sabemos, pese a todo, que la amistad es algo importante y un reencuentro feliz es siempre un buen pretexto para convertir la ficción de la nostalgia en algo tangible y real, en algo por lo que merece la pena seguir viviendo. Incluso en Navidad. Felices fiestas.



Etiquetas:

viernes, diciembre 22

La paradoja


La Telaraña en El Mundo.

  



 Igual que hay gente que vive en el interior solitario de una burbuja, también los hay que vivimos en el interior multitudinario de una paradoja. El tiempo pasado y el tiempo futuro nos asedian, entrelazándose como si fueran la misma cosa, interfiriendo el uno en el devenir del otro, mientras intentamos controlar la situación y nos revolvemos, inquietos, en ese lugar incómodo, estrecho, intermitente, en que vivimos, en ese lugar que no tiene nombre, pero que es el instante presente, el instante en que hacemos lo que hacemos, lo que hicimos, lo que haremos; el instante en que la vida se nos muestra como un viaje instantáneo a través de algún agujero negro: el parpadeo que es, el parpadeo que somos.
 Así, por ejemplo, mientras escribo estas líneas los catalanes están votando para salir del atolladero en el que se encuentran actualmente, en el que se encuentran y se contraen, se doblan de dolor e ira sobre sí mismos; y el dolor y la ira se enquistan, se hacen fuertes e irradian una luz cegadora y se disipan, entonces, se difuminan, se convierten en nada la identidad o la historia, la identidad o el orden social, la identidad o el seny de la tribu, la identidad o las zafias mentiras con las que se educa a los niños convirtiéndolos en títeres de un ejército que debiera marchar despierto y alegre hacia la vida y que, sin embargo, marcha crispado y sonámbulo hacia los acantilados sentimentales de la manipulación y el fracaso; se les convierte en herederos y mártires de una letanía absurda de dioses y héroes, de seres míticos que hicieron esto y lo otro y lo de más allá; se les tatúa, se les marca a hierro con falsas señas de identidad y se les convierte en siervos de una ficción que debiera ser de libertad y es sólo de sumisión, decrepitud y pestilencia. ¿Obrará la contabilidad electoral el milagro de vencer al nacionalismo sin caer en las garras del populismo? Pero ya saben la respuesta.
 Mientras ustedes leen estas líneas los niños de San Ildefonso estarán, seguramente, cantando números y repartiendo premios como quien espera del azar una ayuda razonable, un golpe de suerte, un amago fulminante de luz que, en vez de cegarnos del todo, nos abra ese otro callejón sin salida que es (y no debiera ser) el futuro. Hablamos mucho del futuro, como si la vida fuera algo que pudiera aplazarse para después o para más adelante, como si pudiéramos ir más allá de este día a día de cada día y detenernos en algún lugar y observar cómo tiemblan, cómo palpitan todas nuestras palabras, ideas y creencias; observar cómo todo ese espléndido revoltijo que creemos ser va ocupando nuestro lugar: y es entonces que comprendemos que tan sólo somos lo que hacemos, lo que hicimos, lo que haremos. ¿Mucho, poco? Todo lo que quepa en el interior de una paradoja.

Etiquetas: ,

martes, diciembre 19

El sol se puso en Flandes


La Telaraña en El Mundo.


 

 Abrí los ojos mientras en la pantalla iluminada del televisor los principales candidatos a las elecciones autonómicas del 21D (a excepción de los encarcelados o de jarana marcial y propagandística por Bruselas) se descalificaban, sucesiva y alternativamente, los unos a los otros. Todos a la vez. Todos a una. No sé de qué realidad hablan, pensé, mientras los párpados se me volvían como de plomo y los acababa dejando caer buscando el refugio de la oscuridad. Pasaron diez o quince minutos. Pasó, tal vez, media hora, y seguía escuchándolos, a los candidatos, cada vez desde más y más lejos. La manipulación contable y política se entremezclaba con la manipulación sentimental y, mientras tanto, el país (y tanto da si hablamos de España o Cataluña) se volvía muy grande o muy diminuto, explotaba en millones de pedazos o hacía todo lo contrario: lo acababa ocupando todo y el sol, entonces, no se ponía jamás en sus dominios; salvo en Flandes, donde los sueños. Precisamente ahí.
 Cerca de Grand-Place y el Manneken Pis, en Bruselas, me había perdido al salir de unos grandes almacenes y, preguntando a la gente con un plano indescifrable de la ciudad entre las manos, una señora de mediana edad, finalmente, me invitó a subir a su lujosa limusina para llevarme hasta el albergue estudiantil en el que me alojaba con mis compañeros del colegio San Francisco en viaje de estudios de 4º de Bachillerato. Yo debía tener unos catorce años y, visto el asunto desde tanto tiempo atrás, toda la suerte del mundo a mi favor, porque aquella buena señora, muy elegante, bien vestida y educada, podría haber resultado ser, por ejemplo, una independentista de tomo y lomo, una nacionalista feroz o algo incluso peor y haberme hecho pues qué sé yo y, sin embargo, me condujo -recuerdo que estuvimos hablando sobre Mallorca en francés: todo el mundo conoce Mallorca en Flandes- sano y salvo, felicísimo, hasta donde, con toda probabilidad, no hubiera sabido llegar sin su generosa ayuda.
 ¿Hice bien, me pregunto ahora, subiéndome a ese automóvil con un chofer trajeado y una perfecta desconocida envuelta en sonrisas y pieles? Pues no sé yo, pero creo que sí, aunque es muy posible que no le recomendara a ningún niño de mi edad de entonces que se subiera, ahora, a una limusina desconocida en busca de algún lugar imposible de encontrar en el mapa arrugado de la existencia. Hay que ver cómo pasa el tiempo y cómo acabamos olvidando nombres, rostros y también situaciones de peso, pero no, en cambio, algunas anécdotas aparentemente insignificantes. Será que sospechamos que son, precisamente, las que nos han conducido, paso a paso, curva a curva, hasta el momento presente. No es nada fácil llegar a donde uno ha llegado, incluso si uno no ha llegado a ninguna parte.

Etiquetas: ,

viernes, diciembre 15

El paso del tiempo


La Telaraña en El Mundo.



 Tengo sensaciones contradictorias sobre el paso del tiempo. Sobre el paso inexorable del tiempo, me digo, mientras jugueteo con un pinball virtual -un videojuego- y recuerdo aquellos pinballs mastodónticos con los que jugaba en algunos bares cuando aún no había tragaperras y la gente se echaba el humo del tabaco a la cara y no pasaba absolutamente nada. Nunca pasa absolutamente nada, salvo el tiempo que pasa y no se detiene y sigue pasando y nos deja recuerdos, algunos placenteros y otros insoportables, recuerdos como cardenales grabados a fuego en la piel, el cuerpo, el alma, en el larguísimo catálogo de lo que somos y hemos sido, de lo que seguimos siendo, de lo que algún día, tal vez, llegaremos a ser. No hay que perder la esperanza.
 Pasa con el tiempo, igual que con nosotros, que la forma en que vivimos va cambiando muy mucho con el paso, entre lento y atropellado, de los años. En efecto, me miro en el espejo y me veo mucho más joven y fuerte de lo que soy o, al contrario, me veo viejísimo y abrumado, en fin, por vaya usted a saber qué sucesión infinita de días y noches repetidos, qué soledad de siglos auscultándome en ese mismo espejo donde parezco estar confinado desde que era un niño, un adolescente, un joven, una persona adulta, un anciano precoz o definitivo, un fulgor por nacer o ya agotado, un golpe misterioso del azar en el mosaico azul oscuro del firmamento, en el polvo sin cuajar de las estrellas fugaces que seguramente somos. Es verdad, podemos ser cualquier cosa.
 Pasa el tiempo, decía, y nosotros, la mayoría de nosotros, al menos, mejoramos en algunas cosas y empeoramos en otras. No sé si el balance final es positivo o no; de hecho, tanto me da. Tengo un armario repleto de cosas que escribí en otro tiempo, de papeles repletos de proyectos e ideas, de folios arrugados, de recortes de prensa, revistas y suplementos literarios en los que participé de algún modo. Si me atreviera a desempolvarlos observaría que ya amarillean, que ya se cuartean, que ya el tiempo corroe sus entrañas vegetales, su pasado de papel y tinta y su futuro de ignoro qué extraña sustancia, qué inmensa soledad, qué silenciosa ausencia. Todo lo que escribimos es, quizá, lo que finalmente somos. O lo que nos gustaría haber sido.
 Tengo sensaciones contradictorias sobre el paso del tiempo. El dolor y el placer del pasado me parecen un simple cosquilleo infantil comparados con el dolor o el placer del instante presente. De este instante en que, de alguna manera, convoco todos mis fantasmas personales y me pongo a escribir estas líneas sobre el tiempo y soy absurdamente feliz porque sé que el tiempo no se detendrá a juzgarme: pasará de largo, mientras yo intento descifrar mi propia letra, mi propio conjuro: la asombrosa receta de la existencia.




Etiquetas: , ,

martes, diciembre 12

El parking de Olmos


La Telaraña en El Mundo.



 No sé si algún selecto miembro de Cort, que ya demostrara en el pasado que no le gustan, en absoluto, las terrazas más o menos multitudinarias o pintorescas de los bares, está estos días de lluvia, viento y tormentas con nombre propio y de mujer, frotándose las manos. Quizá sí. Quizá no. Resulta que la peculiar legislación urbana en vigor está ofreciendo a quien guste la penúltima gran ocasión, tal vez, de cargarse de un plumazo unas cuantas terrazas y hasta de convertir una calle peatonal en un auténtico guirigay de coches entrando y saliendo de un aparcamiento subterráneo por entre la copiosa riada humana que transita, a casi todas horas, la calle Olmos. Espero que se imponga la cordura, pero habrá que ver si es así.
 Hubo un tiempo, si mi memoria infantil no me falla, que los coches de la época, los 600, los Simca 1000 o los 2CV que nunca volcaban, bajaban por Olmos dando tumbos desde San Miguel a la Rambla y yo, como otros muchos niños, jugaba a sortear peatones y coches y también motocicletas negras y raquíticas por sobre una acera donde no había espacio ni para detenerse a mirar un escaparate sin provocar un atasco morrocotudo.
 Luego, mucho más tarde, y hasta hace unos cuatro o cinco años, veía desde mi casa el tejado, repleto de nieve en un memorable par de ocasiones, que guardo en fotografía, de la añorada Llibres Fiol, la mejor librería de viejo que ha existido en Palma; o la mejor que he conocido, que viene a ser lo mismo, aunque no lo sea. Pero esa librería desapareció como tantas otras cosas y, desde entonces, aparte de venderse y comprarse menos libros en Palma, están construyendo en su lugar (y no descansan ni los domingos) un edificio de viviendas al que se le acaba de descubrir, a buenas horas, mangas verdes, un garaje con puerta de entrada y salida por Olmos.
 El desaguisado, se mire por donde se mire, es mayúsculo, absurdo, insólito; es una auténtica locura, que ha movilizado al barrio entero (le han salido al barrio fervientes asambleístas de por todos los lados: hay que verlo para creerlo) y que no parece dejar en buen lugar ni al anterior consistorio, que dio por buena esta imperdonable anomalía administrativa, ni al actual, que de momento, y como en casi todo lo que le concierne, parece no saber a qué atenerse y habla, murmura, resopla, masculla, en fin, sobre compaginar lo que, en el reducido espacio de esta calle principal de Palma, no tiene otra solución que el cierre, la clausura inmediata del garaje o la prohibición de que circule por él vehículo alguno salvo, tal vez, en horas nocturnas. Por ejemplo, cuando el camión de Emaya despierta a todo el vecindario y el agua a presión recorre la calle y la limpia y se lleva también nuestros sueños más profundos. Al garete con ellos. Qué pesadilla.


Etiquetas: ,

viernes, diciembre 8

Las palabras


La Telaraña en El Mundo.



 Siendo sinceros hay que convenir en que escribir es una actividad, amén de solitaria, bastante extravagante. ¿Para qué emborronar papeles y más papeles, para qué llenar las urbes de periódicos, para qué convertir la existencia en una sucesión interminable de páginas webs, una monstruosa nube de archivos que nunca lograremos descargar por completo? En efecto, el mundo, el universo, todas las cosas que parecen rodearnos se deshacen, cuando escribimos, en una lluvia que amenaza convertirse en un diluvio, un tsunami, un alud metafórico de palabras más o menos incontenibles; y las palabras, entonces, se hacen mucho más fuertes de lo que realmente son y lo ocupan, lo usurpan, lo inundan casi todo. Casi todo.
 Nos encontramos, pues, sumergidos en un líquido denso e irrespirable, en el interior acolchado de una especie de bolsa amniótica desde la que vemos el mundo como si fuera un desdibujado y pálido holograma, una representación teatral e inacabada, un ir y venir mecánico y terrible de imágenes que intuimos ciertas y hasta verdaderas, pero que pueden, en realidad, no serlo, un querer y no poder penetrar, definitivamente, en la esencia misma de la vida. ¿Dónde si no querríamos penetrar y, sobre todo, perdernos? Más allá de otros mil matices, lo diré una sola vez, pero lo diré claramente: las palabras no nos sirven, porque no nos sirven por completo y ya no es hora de medias tintas, las palabras no nos bastan, porque siempre hay un abismo aquí al lado, aquí enfrente, aquí adentro, en el que podemos despeñarnos, pero no, por desgracia, regresar para contarlo.
 Decía, dije arriba, que las palabras lo ocupan, lo usurpan, lo anegan casi todo. Ese casi, que podría parecer, sin serlo, una simple concesión al lector, constituye, quizá, la clave fundamental del complejo proceso que nos engulle del todo cuando intentamos conocer algo, no importa si se trata del mundo entero, de una pequeña parte o, tan sólo, de nosotros mismos, no importa si se trata del mundo que compartimos y damos en llamar real o si se trata del otro mundo, desconocido y privado, que inventamos cada día para no tener que enfrentarnos a tantas cosas que nos superan, trastornan, agreden.
 Así es, siempre queda una pequeña rendija por la que fluye el río inmóvil de la existencia, un desagüe redentor por el que se renueva el material infecto que cada día generamos, un mínimo lugar de salida (y, por lo tanto, también de entrada) por el que, de vez en cuando, cabe que aparezca alguna luz en los cielos que nos guie por entre las trincheras, las zanjas, las zarzas en llamas de esta pintoresca tierra ocupada en la que, pese a todo, intentamos vivir. (Nota final. Unos se van a Bruselas. Creo que es buena época para irse tanto a Belén como a Jerusalén, regresar y contarlo.)

Etiquetas: , ,

martes, diciembre 5

Los mercadillos


La Telaraña en El Mundo.




 Una de las cosas que nunca he dejado de hacer es asenderear mercadillos, visitar bazares, auscultar tenderetes de antigüedades, que muy pocos distinguen si son antiguas o sólo viejas, libros de segunda o tercera mano que, sin embargo, nadie ha leído ni leerá nunca, vinilos dolorosamente rayados y, acaso, inservibles, pero con carátulas magistrales o memorables, ropa vieja y también usada o de stock, de saldo, prendas que nadie ha vuelto a vestir desde que un día aciago, quizá remoto en el tiempo, su dueño se cansara de ellas o las olvidara en algún arcón de madera carcomida, porque casi todo se acaba olvidando en esta vida, hasta que la vida misma nos olvida, finalmente, a nosotros.
 Sin embargo, estoy seguro de que las cosas, los objetos más o menos personales, que nos van sobreviviendo por los motivos que fueren, nunca pierden nuestro recuerdo y, con él, la esperanza de que un nuevo dueño, uno cualquiera, alguien capaz de valorarlos como se merecen, los devuelva, siquiera sea por un instante, a la vida. ¿Por qué no habría de ser así, si así la vida de todos gana en continuidad, en belleza, en armonía, en humanidad, en perseverancia?
 Supongo que es por eso, tal vez, que me asombran desde siempre esas raídas alfombrillas extendidas en el suelo donde se amontonan infinidad de objetos viejos, pero quizá no obsoletos, esas auténticas montañas de objetos revueltos y presuntamente inútiles en los que lo único relevante, en principio, es el paso marcial y caótico del tiempo, las arrugas, las grietas, la carcoma, la polilla, el polvo, la brisa mezquina y acerada, como una cuchilla con dientes de sierra careados, que lo va deteriorando todo hasta convertirlo, sin embargo, en algo distinto, renacido, venerable. Es así, aunque no pueda ni quiera demostrarlo, que lo que teníamos por estéril viene, al cabo, a resucitar y hasta a recobrar, incluso aumentado, el valor que antaño tuviera y que había, desgraciadamente, perdido; y es entonces que le brota un aura de solemnidad, una orgullosa pátina de autoestima.
 El otro día, por ejemplo, me compré en una tienda de Caritas en Palma unos Levi's 501 tan americanos como los “Livais” (así los pronuncian en inglés y en spanglish) que compré, hace unas semanas, en Nueva York («Made in Mexico», dicen las etiquetas de todos ellos) pero estos últimos me costaron, al cambio, unos cuarenta euros y los del bazar palmesano tan sólo cinco y sin tener, faltaría más, que viajar hasta la última esquina del fin del mundo. Las cosas tienen, por lo tanto, un valor fluctuante, porque la oferta le debe mucho al azar y la demanda se lo debe casi todo a la necesidad; y todos sabemos, por propia experiencia, me temo, que el azar y la necesidad nunca se han llevado demasiado bien. Todo lo contrario.

Etiquetas: ,

viernes, diciembre 1

Sectarismo y realidad


La Telaraña en El Mundo.





 Encuentro en la web de la Unió Obrera Balear y, en concreto, del UOB Ensenyament un póster en contra de Olga Ballester y Xavier Pericay, dos de los pocos políticos isleños que osan denunciar el adoctrinamiento que padecen nuestros escolares. Bajo sus fotografías sólo falta, aunque se intuya, el imprescindible y amenazante WANTED; así se las gastan, al parecer, estos sindicalistas bajo el mando docente de Jaume Sastre, el rey del barco de rejilla y las huelgas de hambre en pro de esa Cataluña grande, medieval y oscura, oscurantista, esa pesadilla de cuartel y militancia que parece anidar en sus venas. ¿Por qué han de sufrir nuestros hijos el adoctrinamiento catalanista? Supongo que no hay una sola respuesta para esta pregunta. Tampoco hay un solo culpable.
 Con todo, observo el panorama e intento alejarme de los malos olores. Allá cada cual, me digo, con sus quimeras y su mal gusto, sus estrategias de manipulación, su instinto más o menos expansionista y sus ínfulas patrióticas, nacionales o esotéricas. No todos los caminos conducen a Roma ni falta hace que todos vayamos a Roma. Hay muchos otros lugares donde cobijar nuestra voluntad nómada, donde dejar que el tiempo haga con nosotros lo que nosotros no conseguimos hacer con él. Es cierto, hay mucho quijote suelto que, sin embargo, no se ha subido nunca a lomos de Rocinante. Valiente estupidez.
 Mientras tanto, no sé si acabaré de monje cartujo en alguna orden alejada del mundanal ruido y dedicada al imperceptible (y no siempre bien comprendido) cultivo del silencio. En efecto, hay muchas formas de cultivar el silencio: la palabra es sólo una de ellas. Recuerdo que de joven pensaba que la mejor poesía posible era la que, por aquel entonces, venía a llamarse poesía del silencio para diferenciarse, tal vez, de otros tipos de poesía, la poesía de la experiencia o la social, que eran, como poco, muchísimo más ruidosas.
 Ya no me apetece dejarme llevar por una erudición que, sea la que fuere, nunca alcanza a ser ni la que nos gustaría ni la que debiera: no me importan los detalles biográficos y hasta los nombres (pasados, presentes o futuros) me empiezan a parecer una carga insoportable. Guardo por ahí, es cierto, numerosos poemas y textos subrayados, corregidos, comentados, de Valente, de Siles, de Juan Ramón, de Hierro, de Gimferrer, de Gracián, de Juan de la Cruz o Teresa de Ávila pero ya no sabría (tampoco querría) distinguir una corriente poética de otra, porque el conocimiento de la realidad no tiene una sola forma de manifestarse, sino muchísimas; tantas que no sé, siquiera, cuántas realidades hay en este instante (este instante que acaba de pasar y ya no existe), el instante que tengo ante mis ojos o temblando en mis sienes o bajo las yemas de mis dedos.



Etiquetas: ,

martes, noviembre 28

Rebajas y saldos


La Telaraña en El Mundo.




 Está bien, nos ponen constantemente a prueba, pero está bien. Conviene andar despiertos por esta selva económica donde el dinero de nuestros bolsillos fluctúa de valor según explosionan la especulación bursátil, los desastres ecológicos, las matanzas terroristas, siempre que sean, por supuesto, en algún lugar mínimamente civilizado, la sucia guerra cibernética o cualquier otro tipo de sabotaje al sentido común y la paz, al equilibrio necesario entre el esfuerzo y el descanso, el trabajo y su justa remuneración. He escrito que nuestro dinero fluctúa, pero la verdad es que no estoy muy seguro de que sea así: el dinero de mis bolsillos siempre parece estar convirtiéndose en calderilla, menguando, languideciendo, tendiendo definitivamente a la nada, aproximándose, de una manera vertiginosa, al vacío.
 Estaba en estas cábalas tristísimas sobre el valor menguante y relativo del dinero (en estos tristes tiempos todo es menguante y, sobre todo, relativo) cuando me atropelló, literalmente, una multitud en pleno Black Friday y pensé en Charlton Heston, ceñudo y bien armado, cómo no, cuando rugía la marabunta y el mundo parecía que se le venía abajo y todo alrededor era un mar crujiente de colmillos negros devorando, a su paso, lo que hubiera. A veces, a mi alrededor ruge también la marabunta y miro y remiro, entonces, las facturas que van llegando (la luz, el gas, el teléfono, los inagotables impuestos del Estado del Bienestar) con sus colmillos abiertos y les coloco un par de billetes de curso legal entre los dientes para que muerdan y rumien, para que no dejen nunca de morder y rumiar, y la vida siga su curso normal y tranquilo, su calvario teatral y apacible, su posado pretendidamente épico, pero no. Metafóricamente lapidario.
 Qué mundo tan maravilloso, canta Louis Armstrong en mi móvil sin que me atreva, por supuesto, a contradecirle. Ya quedó atrás el Black Friday, pero hoy, mientras escribo estas líneas, es Cyber Monday, que no es lo mismo, pero como si lo fuera. Para quedar bien con todos, porque esto de la tecnología es un nido infernal de fobias y filias, un nido de víboras digitales con dientes de diseño y corazón de silicio, tenía ganas de hacerme, entre otros artefactos, con una Surface de Microsoft y un IPad Pro y un IPhone X de Apple. Casi nada al aparato. En Nueva York intenté comprarlos, pero acabé desistiendo, aunque el precio (cambio de divisas e impuestos incluidos) saliera a cuenta. Tuve miedo a la aduana. O pereza. O qué sé yo. Me quedan unas pocas horas de este lunes cibernético para encontrar en Internet esa oferta irrechazable y dejarla, por supuesto, escapar. Esa es la gracia definitiva del juego de saldos y rebajas que es la vida. Dejar pasar todo aquello que, finalmente, ha de pasar; y pasa.

Etiquetas:

viernes, noviembre 24

El infierno de los otros


La Telaraña en El Mundo.





 Un referéndum para saber si hay que hacer otro referéndum que nos permita, a su vez, otro referéndum que, con elecciones locales, autonómicas o generales de por medio, legitime los referéndums que aún puedan hacernos falta para que los diversos mantras de la actualidad que tanto parecen preocuparnos, fíjate tú, como las liturgias de la identidad, las entelequias étnicas, el peso específico de las raíces, el aura lingüística de los territorios y, en especial, el vaivén jerárquico y sacrosanto, este sí, de las balanzas fiscales, sean sometidos, taxativa y disciplinadamente, a una nueva tanda de referéndums, de nuevo con elecciones locales, autonómicas o generales de por medio, que serían más o menos vinculantes para un futuro nacional, internacional y hasta galáctico repleto de sucesivos  referéndums que habría que seguir realizando cada poco tiempo para que todo fuera, y siguiera siéndolo siempre, absolutamente democrático, absolutamente político, absolutamente sectario, absolutamente estúpido.
 Esta sería, más o menos, la propuesta de reforma constitucional que ha publicitado Carolina Bescansa y que, en principio, no parece que vaya a ser aprobada por los círculos teledirigidos (o fagocitados por Pablo Iglesias) de Podemos. Es de suponer que, con el paso de los días, otros partidos políticos irán ofreciéndonos también sus ideas al respecto. No es fácil, en efecto, reformar una Constitución sin que se te vengan abajo los principios, cuando estos principios ya no son los cimientos básicos de la convivencia, sino que se han convertido, por desgracia, en meros adornos, en banderas e himnos impostados, en fatuas armas arrojadizas, en vagas señas de una identidad fantasmal que ya no vale nada, porque no tiene unos cimientos comunes donde manifestarse y hacerse fuerte, unos principios de todos donde hallar su propio reflejo, unas asideras fuertes y solidarias a las que aferrarse cuando sobreviene el vértigo. Siempre acaba sobreviniendo el vértigo.
 Vivir no es fácil; y vivir juntos lo es todavía mucho menos. La familia, la familia política, los amigos, los conocidos. Los vecinos, los compañeros de trabajo, la gente con que nos relacionamos en las redes sociales. Todos pueden dar fe, desde su situación particular, de lo difícil que puede resultar entenderse y llegar, sobre todo, a acuerdos beneficiosos para todos. Porque vivir es exactamente eso: llegar a acuerdos más o menos productivos, aquilatar complicidades, más o menos firmes o volátiles, donde la realidad de cada uno tome asiento junto a las realidades de los demás, sin espantarse más de la cuenta por lo que ve o por lo que oye.  Habrá que desmitificar, tal vez, el infierno de los otros y asumir, en su lugar, el infierno propio. No es un lugar agradable, pero es ahí donde realmente vivimos.


Etiquetas:

martes, noviembre 21

Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

  



 Atravieso las polvorientas cañadas de los días en dirección al refulgente escaparate abierto (hasta el amanecer y mucho más allá) del «Black Friday» del próximo viernes, igual que he andado huyendo, desde siempre, de las sudorosas aglomeraciones de la gente en época de rebajas: huyo rápido, con los ojos como platos y la mirada absorta en alguna que otra diana, acaso imaginaria, acaso real, auténtica. No tengo otra opción. He de tensar la cuerda y lanzar lejos, muy lejos, la flecha y sentir el flechazo confundirse con el rubor intenso en las mejillas y el brillo húmedo en la mirada. Debo acertar en el centro mismo de la manzana de Eva o Adán y, en el lugar exacto de la luz y el deseo, consumir la luz y el deseo. Culminarlos. Esa noche de placer definitivamente humano la lleva celebrando la humanidad desde el principio de los tiempos y no seré yo quien la rechace. Al contrario. En ese placer reside (literal, exactamente) la vida.
 Hay que arrimar, pues, el hombro para que el mundo siga rodando como una piedra dando tumbos no sé si camino arriba o abajo, muy abajo. Hay que dar esquinazo a los agoreros que nos dicen que no podemos gastar lo que no tenemos, porque no tenemos nada que gastar y vivimos de un crédito antiguo que renovamos cada día con nuevas deudas, obligaciones, renuncias, nuevas maneras de mirar atrás sin caer en la maldición, la quietud marmórea de la mujer de Lot. No recordamos su nombre, porque la Biblia no lo dice. No podemos detenernos, como le sucedió a ella, porque la vida no deja de empujarnos ni un instante; estamos absolutamente convencidos de ello, pero si no fuera así, seguro que la empujaríamos nosotros, a la vida, como se empuja el carrito de una compra inmensa, telúrica, conceptualmente hipertélica, el carrito de una compra repleta de ofertas irrechazables.
 Me pregunto, ahora, si acabo de esbozar un temerario canto al consumismo o si me he dejado llevar por las palabras y el lenguaje, por su cosecha intermitente y caótica de ideas, resonancias, sugerencias. Hace unos días anduve por callejones oscurísimos donde la luz, sin embargo, lo llenaba todo convirtiéndose en la principal protagonista de las calles y la vida. Todo un derroche de luz, la luz; pero si lograbas desviar la mirada de los focos no podías dejar de observar, entonces, a una pléyade parlanchina de negros e hispanos intentando venderte cualquier cosa a cambio de una miserable propina del diez por ciento. O menos. En efecto, con las sobras del negocio (a veces, ruinoso) de unos, viven (o malviven) otros muchos; pero en este laberinto no hay culpables ni inocentes, no hay víctimas ni verdugos; sólo está el propio mundo intentando organizarse, salir adelante, prosperar. Sobrevivir, tal vez, a su propia y desconocida fecha de caducidad.



Etiquetas: ,

viernes, noviembre 17

Los ignorantes


La Telaraña en El Mundo.



 Ignoro hasta dónde llegó a calar la tan traída y llevada injerencia rusa en ese encaje de bolillos mal parido en que se ha convertido Cataluña, esa histórica y personalísima sardana, con tintes de auténtica, genuina habanera, donde aquellos hermosos y equilibrados círculos concéntricos que empezaron, ante el entusiasmo propio y también ajeno, constituyendo los inolvidables, los admirables círculos olímpicos del año de gracia de 1992, han terminado degradándose hasta dar a luz los tenebrosos, los vergonzantes círculos viciosos que, de momento, tienen su sede simbólica en Bruselas, como podrían tenerla, por supuesto, entre los barrotes de cualquier otra cárcel. Se ve que ha llovido mucho desde entonces y no siempre a gusto de todos.
 No sé, tampoco, si la injerencia rusa, venezolana o iraní influyó decisivamente en el Brexit o en la ascensión fulgurante de Donald Trump. Habría que preguntarle, por ejemplo, a Putin y a Maduro o a Julian Assange, pero también a todos los hackers más o menos sabios y hasta venerables que venden al mejor postor sus negras, oscurísimas manipulaciones digitales, sus dados lascivamente cargados, su balanza preñada de opiniones, consignas y estrategias que oscilan como oscilan la bolsa o la vida, de la misma forma que la usura de unos o la especulación de otros abre brechas y zanjas o cañadas y empuja, finalmente, a los hombres y los seduce, los engaña, los divide, los confunde.
 Pero quizá no haga falta irse tan lejos, porque hace demasiado frío en Moscú, la crisis chavista ha convertido Caracas en un sucedáneo del infierno y no hay forma humana de sumergirnos en la Dark o la Deep Web sin que nos venzan, definitivamente, las náuseas y también el horror ante la miserable constatación de que todo, absolutamente todo, está en venta, porque siempre habrá gente dispuesta a comprar cualquier cosa. La hay, sin duda.
 Echo un vistazo global a las redes sociales, al algoritmo palpable, aunque escondido, de los buscadores, al panorama epidérmico del día a día de tanta, tantísima gente y no dejo que me venza ni siquiera una sonrisa: no fuera a delatarme. Cientos, miles, cientos de miles, millones de personas que, aunque carecen de cualquier preparación de índole humanista o profesional, docente, literaria o lírica, filosófica o simplemente personal, se autodenominan escritores o, incluso, poetas, filósofos, columnistas más o menos procaces e incendiarios, historiadores, exorcistas, politólogos o incluso hackers (en realidad, tanto da) mientras inundan las redes con la exhibición enfermiza de sus conspiraciones, sus opiniones, sus ripios, sus tesis, su insoportable gravedad decididamente ególatra. Cientos, miles, cientos de miles, millones de ignorantes unidos jamás serán vencidos. Pues parece que así es. Vaya desastre.




Etiquetas:

martes, noviembre 14

La trama rusa


La Telaraña en El Mundo.



 Al abrir los ojos, el esqueleto expuesto del dinosaurio seguía mirándome como si me viera, pero sin verme. Estoy seguro de ello. Eso pensé al reincorporarme, tras haber descansado algunos minutos, en una de las salas más concurridas del Museo Americano de Historia Natural. Los museos, como algunas iglesias en las que nadie se atreve a alzar la voz, me seducen porque me permiten abstraerme del mundo y dejar de observar todo lo que, con mayor o menor insistencia, se me muestra, para concentrarme en lo que, de verdad, quiero ver. No sabría muy bien decir qué. Quizá una mota de polvo en el hombro de la mujer que amo, un trozo de papel abandonado en el suelo donde hay escritas, con buena caligrafía, unas palabras en un idioma que no conozco, la sonrisa fatigada de alguien con quien casi tropiezo por segunda o tercera vez, una arruga imprevista en las líneas imaginarias de mi mano. Cualquier cosa.
 
 Observamos continuamente lo que nos rodea buscando algo que nos falta. No se trata, en absoluto, de apropiarse de lo que no es nuestro, sino de reconocer como nuestro lo que no sabíamos que lo era. ¡Eso éramos y eso somos, menuda sorpresa! Nuestra identidad es, desde siempre, una especie de catálogo muy variable y hasta tormentoso donde se mezclan, sin que apenas podamos distinguirlas, posesiones y carencias, nubes negras como canes negros y nubes blancas como canes blancos, ilusiones, anhelos, esperanzas, tal vez decepciones.

 Pasan los días y corro entusiasmado de un lugar de Nueva York a otro. La ciudad, sin embargo, descansa tranquilamente en la palma arrugada de mi mano. Leo esas calles numeradas con la fatiga de quien lleva siglos doblando esquinas sabiendo que nunca las doblará todas. No se trata de un juego de palabras, aunque lo parezca, aunque lo sea, aunque no pueda ser, de hecho, otra cosa. ¿Qué somos o podemos ser si no palabras? Pasan los días y sólo me detengo este instante para escribir estas breves líneas sobre la actualidad voluntariamente demorada que siempre acaba siendo la vida.

 Llevo tiempo sin oír hablar de Cataluña, pero es lógico porque aquí en Nueva York nadie habla de Cataluña y quien lo intenta -y yo lo he intentado varias veces- sólo recibe una mirada sarcástica o un mohín sardónico como respuesta. Lo único que une, tal vez, a la Cataluña imaginaria de los independentistas con cualquier estado, como Nueva York, por ejemplo, de los actuales Estados Unidos es padecer o haber padecido, en el peor de los momentos posibles, la lacra del terrorismo cibernético ruso y sus consecuencias. El populismo chavista o las groserías de Trump, la insolidaridad de los nacionalismos, la demagogia antisistema. De aquellos polvos sectarios y manipuladores, estos lodos terribles, enloquecidos, pesadísimos.

Etiquetas: ,

viernes, noviembre 10

Apuntes desde N.Y.

La Telaraña en El Mundo



Subimos a un magnífico taxi amarillo al salir del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy camino de Manhattan. El taxista no era Travis Bickle (Robert de Niro, en Taxi Driver) ni tampoco Sayfullo Saipov, el penúltimo asesino que andaba suelto hasta hace unos pocos días; no, el taxista, no parecía ser ningún sicópata aunque nos estuviera hablandosin parar y sin pelos en la lengua, del alcalde Bill de Blasio y del presidente Donald Trump, del terrorismo, de la delincuencia, del turismo que no cesa, de las interminables noches de una ciudad que, según nos dijo, engulle a todos sin quedar nunca satisfecha. Sus palabras sonaron terribles y amenazadoras, pero ni nos inmutamos, porque lo que de verdad nos interesaba era observar con detenimiento el portentoso skyline de Nueva York a medida que nos acercábamos a nuestro hotel de destino en el corazón de Manhattan. Misión absolutamente cumplida.
 Las ciudades, si nos atrevemos a analizarlas yhablar de ellas, que eso es algo que no está al alcance de cualquiera,aunque muchos lo intentemosson máquinas enormes, brutales, complejísimas, máquinas tan insensibles y letales como quienes las habitan, máquinas con siglos de herrumbre y hambruna, de peste y gripe española y no española a sus espaldas, máquinas de piedra y metal, de madera y basura reciclada, máquinas de lava y carne taladrada en el aceite hirviendo que huye de la intemperie por los desagües negros de las alcantarillas, máquinas que no dejan de chirriar ni un instante; chirrían cuando se las mira sin verlas, cuando se las observa sin hallar el ángulopreciso, el punto de vista adecuado; chirrían cuando alguno de sus habitantes sufre, lucha o agoniza, fallece; chirrían cuando el viento se arremolina y silba por entre las esquinas y la lluvia fina barre la acera con la suavidad del acero y, bajo los paraguas y los impermeables de plástico transparentela gente corre agazapada, corre deprisa, muy deprisa, porque todos corren, corremos, y no hay forma de detenerse sin que te atropelle la multitud que corre insomne o sonámbulaque corre deprisa, muy deprisa, vaya usted a saber por qué. No conozco ningún lugar en el mundo donde se corra tanto como en las calles de Nueva York.
 Luego llega la noche, la oscuridad imposible y la necesidad reparadora del sueño. O los sueños. Escucho el palpitar cercano del Empire State Building y hasta alcanzo a verlo tras los cristales no demasiado limpios de la habitación. Allá arriba anduvo King Kong huyendo de la muerte con Fay Wray o Naomi Watts entre las manos, en el corazón, en la retina húmeda de sus terribles ojos antes de caer abatido no sé si por el fuego de la modernidad, por el paso marcial del progreso o, muy posiblemente, por el miedo infinito (humano, demasiado humano) al amor.





Etiquetas: ,

martes, noviembre 7

Nueve noches y diez días


La Telaraña en El Mundo.


 Cuando lean estas líneas espero estar en Manhattan intentando librarme del desfase horario y olvidar, siquiera por unos días, en qué parte del mundo siguen estando España, Cataluña, Baleares o la mismísima calle Olmos. Estoy a punto, pues, de emprender un viaje turístico (y, si hay suerte, literario) a Nueva York, como quien desea abrir los ojos y encontrarse con algo nuevo y desconocido. O sorprendente, al menos. Sin embargo, no suele haber nada nuevo ni sorprendente en el hecho de abrir un paréntesis, introducirse en él a toda prisa e intentar, con todas las fuerzas disponibles, aprehender lo que nos rodea hasta que, por los altavoces imaginarios del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy, una voz metálica anuncie la salida metafórica del último vuelo con destino hacia mí mismo. Parece que ya estoy de vuelta, cuando la verdad es que ni siquiera he partido.  Pero todo a su debido tiempo.
 Se gana tiempo, en efecto, cuando se viaja hacia el oeste, adelantándonos al vuelo del sol y al cénit del universo, pero se pierde después, luego, en este instante huérfano de referentes, al regresar a casa y al origen, al barrizal del lodo primigenio, al lugar al que siempre se acaba regresando porque, salvo de nosotros mismos, y no siempre, no somos prófugos ni queremos serlo y tenemos, de alguna forma, que dar fe puntual de vida: sellar en los trabajos donde, en realidad, hacemos lo que nos da la gana, firmar entre las líneas invisibles de las manos que estrechamos, porque es así como las personas se van haciendo mayores y, a veces, hasta mejoran. No lo negaremos: nos gusta columpiarnos en la línea tensa y nebulosa, retórica, que separa la vida de esa otra circunstancia a la que llamamos muerte, como si la muerte fuera algo. No lo es. ¿Por qué habría de serlo?
 Me rodean, ahora, unos libros y un mapa abierto, extendido, gastado de tanto auscultarlo, arrugado de tanto manosearlo, en el que falta por descubrir dónde se encuentra la cruz del tesoro escondido. Siempre hay un tesoro en alguna parte; lo sé desde que anduve por el filo mismo del abismo, dejándome abrazar por el miedo y la indiferencia; por el vértigo y, sobre todo, por la belleza. Abro y acaricio las memorables páginas americanas de «Diario de un poeta recién casado» de Juan Ramón Jiménez, consulto con avidez «Poeta en Nueva York» de Federico García Lorca y recorro, sumarialmente, «Cuaderno de Nueva York» de José Hierro. Desde algún lugar ignoto y lejano parece estar llamándome con insistencia pródiga y prodigiosa el viejo Walt Whitman y yo dejo que mis manos -tendré que hacerlo, lo haré- acaricien las aguas sucias y turbias del Hudson como si fueran sus versos, sus ojos, sus labios. Su infinita barba blanca de mariposas. Otro día les contaré cómo vuelan, si vuelan.


Etiquetas: , ,