LA TELARAÑA

viernes, septiembre 22

La hora de los milagros


La Telaraña en El Mundo.

 No resulta agradable mirar alrededor y sentir una inmensa vergüenza ajena. Por un lado, la violencia se ha instalado, aprovechando la falsa percepción del anonimato, en las redes sociales y parece andar, también, camino de llegar a las calles y plazas, a la deriva torrencial de la vida cotidiana y a la minuciosa o, quizá, delirante historia de los días en que vivimos. Haré un breve inciso: no vivimos todos los días que vivimos, sino sólo aquellos días afortunados que nos paramos a pensar en lo que hacemos, aquellos días escogidos en que nos detenemos a mirar el horizonte o a imaginarlo siquiera, porque hay niebla, hay bruma o hay un muro enorme donde no lo imaginábamos, aquellos días que grabamos en la memoria para revisarlos, tal vez, mucho más adelante, cuando no nos importe reconocer que casi todo lo hicimos mal o lo hicimos a medias. A mí me gusta recordar aquello en que pienso que fallé, en que creo que no di, tal vez, la talla: me reconcilia con los perdedores que me rodean sin que me ciegue ningún glamur, ni siquiera el del espejo. No hay ningún glamur en ser, una vez y otra, derrotados.
 Pero mirar alrededor es un ejercicio de estilo muy doloroso. Quizá desquiciante. Uno casi diría, tal vez, que la infamia general tiene forma de pirámide funeraria y que, contra todo pronóstico, arriba del todo, en lo más alto y en lo más escarpado de la escala social, en el lugar, quizá, más preminente de entre todos los lugares, están siempre (y desde siempre) instalados, en vez de los mejores, los peores, los menos ilustrados, los más advenedizos, los que perciben el mundo sólo a su propia imagen y semejanza, los que le ponen bridas sectarias y absolutamente partidistas, los que lo saquean con su mediocridad y avaricia, los que lo constriñen con sus carcasas ideológicas, con sus negras mordazas más o menos tullidas o abanderadas. Nadie debería, en fin, llegar a sentir en vida ninguna mortaja envolviéndole a destiempo, ninguna soga acariciándole, como una amenaza letal, el cuello.
 Podría hablar ahora sobre la vergonzosa toma de postura de Més per Mallorca en contra de la legalidad constitucional y a favor del golpismo secesionista. Ellos están en el poder, así que ellos sabrán a qué legalidad se deben. Yo recuerdo, ahora, una enloquecida noche en llamas del siglo pasado en que amanecí en el antiguo hospital de Son Dureta con la primera vértebra cervical quebrada. Ser un superviviente me confiere, en efecto, un aura especial, aunque ello no suponga, por supuesto, mayor mérito que haber tenido mucha, muchísima, suerte y un buen equipo médico a mi entera disposición. Ojalá esta sociedad nuestra tenga a mano, cuando más lo precise, ese equipo médico prodigioso capaz, si no de hacer milagros, sí de intentarlos. Falta nos hará.

Etiquetas:

martes, septiembre 19

Bestiario español


La Telaraña en El Mundo.




 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna en la editorial Huerga y Fierro (Madrid, 2014) y observo desfilar, entre muchos otros, al Rey Juan Carlos, a Franco, Zapatero, Felipe González, Manolo Escobar, Aznar, Torrente, Berlusconi o Belén Esteban y me dejo llevar por esa especie de Guernica literario que constituye un país llamado España, un país que siempre está en llamas, siempre en ebullición, siempre a punto de alcanzar esa frontera metafórica de la que sólo se sabe que, cuando se llega a ella, no hay forma de volver atrás, de regresar a la inocencia previa del instante en que aún hubiéramos dado la vida por algo. Ya no la daremos, salvo a cambio de nada, porque hay que ser absolutamente desprendidos (o, quizá, modernos, como dijo Rimbaud) cuando de lo que se trata es de perderlo todo sin añorar nada. De eso trata la vida.
 Podemos, pues, cerrar con tranquilidad los ojos y dejar vagar nuestra mirada interior por los rincones que nunca podremos iluminar del todo: ni falta que hace, por supuesto. La lucidez tiene estas cosas, nos enfrenta a estos problemas irresolubles, estos desengaños inmensos, casi cósmicos, estas decepciones catastróficas, este acabar sintiéndose, pese a todo, muy a gusto en el estúpido callejón sin salida de la vida, porque no hay ni puede haber nada mejor ni más fructífero que eternizarse en el laberinto, que olvidar el paso marcial y musculoso del tiempo y sus infinitas servidumbres, que perderse definitivamente en sus calles suspendidas en la niebla y caer derrotado una y mil veces en sus rotondas de pega, en sus alcantarillados de ficción, en sus miradores ciegos y en sus abismos aplastados por el plomo sangriento de la noche cuando ya ha anochecido y, en efecto, no hemos llegado a ninguna parte. No hay donde llegar, pero el viaje, sin embargo, es inmenso. Siempre lo ha sido, siempre lo será.
 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna y le agradezco al amigo, al semejante, pero también, y sobre todo, al escritor, que no le tiemble el pulso para ser capaz de desaparecer del todo, de borrarse por completo del mapa, mientras van desfilando, como cadáveres exquisitos en sus propias exequias, todos los personajes del libro, los que nos son más cercanos y los que no, los que perfilan, arremolinados, nuestra existencia actual, los que nos han conducido, incluso a nuestro pesar, hasta el instante presente. Cierro ahora el libro y leo algunas de las atrocidades que mis amigos (sic) en Facebook han escrito. Hago lo mismo en Twitter y también con los memes que me llegan vía WhatsApp. Creo que nunca había estado tan comunicado y me había sentido, sin embargo, tan solo. Pero no todo está perdido, aún nos quedan los libros, algunos libros. Menos mal.

Etiquetas: ,

viernes, septiembre 15

Las cuatro capitales


La Telaraña en El Mundo.



 Está muy bien ser capital de algo. Sabíamos que Palma ya lo era de Mallorca y de Baleares o, por aquello de los excesos metafóricos, hasta del mar Mediterráneo. Pero hay más. Gracias a la CUP y los grupos antisistema, que son, a fin de cuentas, los que manejan los entresijos de la actualidad política española, esa gran ramera con aspecto de dama de alto copete, nos hemos enterado de que Palma es, con Barcelona, Perpinyà y Valencia, una de las cuatro capitales de los Países Catalanes, ese grupo selecto de países que, aunque por separado no parezcan gran cosa, juntos son o deben ser, juntos serán, algo así como El Dorado, un territorio auténticamente mítico y legendario donde, a falta de oro, maná o clarividencia, todo será identidad absolutamente mejorada, ennoblecida, ensimismada.
 Identidad cultural y, desde luego, lingüística. Identidad que, como es justo y necesario, barre todas las diferencias habidas y por haber hasta abolirlas. Identidad que nos convierte -a nosotros también, porque vivimos en estas islas y el territorio es, a fin de cuentas, el dueño único de nuestro espectacular destino- en los mimbres mágicos, telúricos, del mismo cesto, en los obreros especializados y sudorosos de la misma colmena, en las células fundacionales del mismo cuerpo astral, en los querubines y arcángeles de la misma quimera donde viajaremos bajo el éxtasis hipnótico del arcoíris, abierto el mundo a la inigualable plenitud de la luz y al absoluto deslumbramiento. Ciegos todos, pero felices, por lo tanto. No sé de qué se quejan algunos.
 Hasta Palma y, en concreto, hasta el parque de Sa Feixina, ya ven para qué sirven nuestros más emblemáticos monumentos, se vinieron el miércoles pasado los diputados de la CUP en el Parlament de Cataluña, Eulàlia Reguant y Carles Riera, para ampliar la convocatoria del referéndum a Baleares y para intentar despertar, de alguna manera, nuestra peculiar conciencia cívica, nuestra ancestral conciencia de pueblo que recibe con la misma sonrisa y las mismas hondas cargadas de escepticismo y hastío a los invasores que a los turistas. Yo prefiero a estos últimos, pero tiene que haber gente para todo. La hay, qué duda cabe.
 Con todo, lo mejor del evento de Sa Feixina, aparte de los discursos, las fotos de familia y la inmensa nube tóxica que sobrevino tras tanta exhibición impúdica (porque los mallorquines nunca airearíamos nuestra identidad con tanta ligereza, no fuera a marchitársenos), lo mejor, decía, fue la actuación estelar de la magnífica e hiperbólica colla de Xeremiers Pau i Càndid. Su jota del Tiro Tatí o d´en Pep Toni, por ejemplo, junto a su interpretación, en plan «jam session», de The Devil's Dream me tienen subyugado desde hace años. Qué ritmo y armonía, cuánta exuberancia étnica.

Etiquetas:

martes, septiembre 12

Diadas y paradojas


La Telaraña en El Mundo.





 Un par de cámaras móviles en la Rambla y algún que otro dron dando vueltas como si fuera un cometa teledirigido. De fondo, una música horrible de banda de música en horas bajas desafina todo lo que los micrófonos de la retrasmisión la retuercen y, quizá, algo más. Así están emitiendo, en vivo y en directo, la llamada Diada del Sí las televisiones en Internet (y por lo que acabo de comprobar, también las televisiones generalistas, no vaya a ser que la audiencia se despiste y se quede sin el morbo de asistir al éxtasis, la pasión, la astracanada alquímica de un buen número de personas empeñadas en ser una nación, un estado, una unidad de destino en lo universal) cuando son sólo las nueve y media de la mañana del día 11 de septiembre y ya se están lanzando consignas, coreando eslóganes, ofrendando coronas de flores y agitando banderas. Esto va para muy largo.
 Lo bueno de estas retrasmisiones por internet es que carecen de un locutor y, sobre todo, de una mesa enloquecida de tertulianos. Los tertulianos son gente tan escogida como poco despejada: sobre todo, los de TV3. Hay que ver con qué fervor arriman el ascua a su sardina, prendida milagrosamente, como a su carné de buenos y diligentes nacionalistas, su grano de arena al arenal donde nos revolcaríamos si aún quisiéramos construir castillos donde rompe la marea y crujen las costuras de la existencia, su voz desgañitada al corro general de las voces, ese estropicio inaudito.
 Recuerdo, ahora, que en los domingos luminosos de mi infancia se bailaban correosas sardanas en la avenida Conde Sallent de Palma, exactamente bajo la casa en que nací, un edificio actualmente tapiado y cubierto con una precaria malla verde: parece que la finca amenaza ruina y, tal vez, derrumbe. Es así, en definitiva, como pasa el tiempo mientras nosotros intentamos ser los protagonistas o, tal vez, las comparsas, los testigos, los cómplices, los jueces o, finalmente, las víctimas. La vida es ese extraño juego.
 Tengo en la retina la imagen victoriosa de Rafael Nadal, anoche en el US Open. Está bien estar de vuelta cuando, de hecho, nunca te has ido y sólo estuviste tomando aire, porque te hacía falta. Está bien ser el mejor en algo o luchar para serlo durante algún tiempo y dedicarse, después, a cualquier otra cosa. Reflexiones como estas son mucho más serias y fructíferas que andar perdiendo el tiempo con el provinciano discurso de las naciones y los estados, las repúblicas más o menos federales y los colectivos unidos, al parecer, por un vínculo tan artificial como puede llegar a ser la maldita forma en que decidamos, aleatoriamente, amargarnos la vida en común pretendiendo, sin embargo, mejorarla. Quizá esa terrible paradoja encierre más verdades de las que, de hecho, podemos soportar.

Etiquetas:

viernes, septiembre 8

El imperio de Jolly Roger


La Telaraña en El Mundo.





 El miércoles me quedé más que prendado, prendido, del terrible espectáculo que sucedía en el Parlament de Cataluña. Escuché los discursos completos de Miquel Iceta e Inés Arrimadas y me entraron ganas de aplaudirles; les aplaudí, de hecho, con todas mis fuerzas interiores, porque no es fácil predicar en el desierto de la estulticia, desplegar el lenguaje donde las palabras ya no significan nada, enarbolar la bandera del escurridizo sentido común, la libertad o la democracia donde la única bandera vigente, por desgracia, es la Jolly Roger, la bandera negra con las tibias cruzadas, la calavera y los ojos absolutamente vacíos, torvos y amenazadores de la muerte (o de la CUP, vaya panda).
 Más tarde, los diputados votaron la Ley del Referéndum y se pusieron a cantar «Els Segadors». No lo negaré, pero me dio una risa incontenible que intenté, sin éxito, contener; pensé que nunca volvería a ver algo así de ridículo e impostado y que, cuando el esperpento alcanza su máximo esplendor, lo único que podemos hacer es observarlo con suma atención y dejarlo ser, en definitiva, lo que es, el frágil y bellísimo canto de un cisne que se sabe absolutamente condenado. La imagen es triste, por desgracia, porque la metáfora es real.
 Intento acceder a la nueva página web -referendum.cat- del gobierno catalán sobre el referéndum del 1-O y me encuentro con un descriptivo mensaje: «500 Internal Server Error». La informática siempre lanza mensajes así de exagerados, pero no. Nada es exagerado, cuando la página en blanco de la vida se nos antoja una pesadilla, un agujero negro que hay que rellenar con mil garabatos a toda prisa; el vacío nos duele, el horror nos paraliza y el brillo inhumano de la página en blanco, más que deslumbrarnos, nos ciega del todo. Cerramos entonces los ojos porque necesitamos regresar muy adentro en busca de los cristales adecuados con que protegernos de la lluvia ácida de la intemperie. O de la página que ahora sí funciona, qué horror.
 Me asomo a la ventana. No llueve ni va a llover. Pero mientras escribo estas líneas deben deambular por la Plaza Mayor, concentrados en pro de la inefable República Catalana, los selectos miembros de la Assemblea Sobiranista de Mallorca, la OCB y la Plataforma Avançam. Son los habituales: Jaume Mateu, Cristòfol Soler, Miquel Oliver y sus diez o doce acólitos en esta magníficamente bien subvencionada tarea de ser absolutamente catalán en Mallorca. Me alegra no tener ninguna necesidad de explicarles que prefiero, simplemente, vivir y dejar vivir antes de convertirme en títere o cómplice de ese monstruo ideológico llamado la identidad, esa voluntad castradora, esa rancia llamada a filas, ese espíritu uniformador, ese pretexto perfecto para que algunos vivan a costa de los demás.


Etiquetas:

martes, septiembre 5

Ri Chun-hee


La Telaraña en El Mundo.



  
 Encuentro en YouTube un video de La Sexta, concretamente del programa de Wyoming, en que le hacían burla, bastante pobre y chusquera, por cierto, a Ri Chun-hee, la célebre e inconmensurable presentadora de noticias a mayor gloria del impresentable Kim Jong-un, ese joven rollizo y mal peinado que pasa sus días en el poder posando con sus intrépidos generales entre risas y pruebas bélicas más o menos nucleares. Parece que le gusta jugar con los misiles y las bombas y hacerlas explotar y generar, así, enormes terremotos por la zona de la catástrofe que le rodea, dejándonos, de paso, a todos más que avergonzados, cabizbajos y hasta tristes, porque así no se va a ninguna parte y ya va siendo hora de que alguien, y mejor que no tenga que ser Trump, le pare los pies y le borre la sonrisa de la cara o la podredumbre del alma. O ambas cosas.
 No he encontrado en YouTube ninguna otra parodia española de Ri Chun-hee y mal que me sabe. Me extraña que TV3, de cuya gran capacidad paródica nadie duda, no haya tenido la enfermiza ocurrencia de dedicarle alguno de sus espacios. Sin duda, la veterana presentadora le daría un tono más solemne y hasta marcial a la inminente Diada del día 11. O podría, incluso, ponerse a llorar a moco tendido cuando se consume el fracaso final del referéndum o la caída anunciada de Puigdemont y su exquisita corte de alucinados.
 Tampoco sobraría en IB3, que ya va siendo hora de aumentar un poco la audiencia. Ahí podría, por ejemplo, abrillantar el ego multisecular de Més, agigantar la importancia de las iniciativas de Podem o glosar, ya puesta en faena, el inigualable temple político de Armengol o Ensenyat, la talla republicana de Noguera o el irresistible carisma de Baltasar Picornell, Balti. Así, entre bromas, parodias y tomas falsas nos lo pasaríamos mejor que bien, nos lo pasaríamos bomba.
 Habría, eso sí, que solucionar antes algún problemilla, pero estoy seguro de que, a falta del incómodo requisito del catalán, Ri Chun-hee ostenta méritos incontestables. En 1994 lloró ante las cámaras de la televisión única norcoreana la muerte de Kim Il Sung y en 2011, la de su sucesor, el eminente Kim Jong Il. Se mire como se mire, eso es como anunciar en vivo y en directo la muerte de Lenin, luego la de Trotsky y, finalmente, la de Stalin. O las de Mussolini y Hitler, así de corrido y en tan sólo un par de días gloriosos de 1945. O la de Franco, mucho tiempo, quizá demasiado tiempo después, en 1975, y ríanse de las lágrimas de Arias Navarro mientras me disponía a coger un barco de regreso a la isla, no fuera a complicarse la situación y quedarme tirado en la tierra de nadie que aún era, para mí, Valencia. Es curioso, 42 años después me da que sigo en tierra de nadie.

Etiquetas:

viernes, septiembre 1

La cuesta de septiembre


La Telaraña en El Mundo.




Al fin, llega septiembre, que es como decir que se acaba lo que se daba, que el turismo empieza a aflojar, el tiempo a languidecer y Palma, en definitiva, a dormirse mucho más pronto de lo habitual, con sus malos estudiantes buscando una repesca tan imposible como necesaria y sus pésimos políticos, nuestros pésimos políticos de cada día y cada mes, cada cuatro años, intentando rizar el rizo de la actualidad con sus imposiciones y caprichos, su realidad sectaria y absolutamente fiscalizada, su ecotasa plenipotenciaria y ávida, su catalán integral y a la fuerza, urbi et orbi, médicos incluidos, su seguir haciendo añicos la convivencia y hasta la memoria histórica, vista su obsesión demoledora con Sa Feixina, porque gobiernan, es por un decir, tan sólo para los suyos y a los demás que nos den morcilla. O ni eso. Ojalá que nos dieran algo (aparte de la risa que nos da cuando los vemos, tan ceñudos y obcecados, intentando justificar lo injustificable, sus retorcidas tomas de posición, sus delirantes decisiones) y no sólo disgustos, preocupaciones, tal vez zozobras.
 Pero repaso el calendario más o menos oficial de la historia y septiembre empieza a darme un poco de miedo. O mucho miedo. El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia dando comienzo, así, a la Segunda Guerra Mundial. Nada menos. Mejor dejarse de bromas al respecto. Pero hay mucho más. El día 11 de septiembre de 2001 -hace tan poco y, sin embargo, hace ya tanto tiempo: yo vivía entonces en Barcelona- cayeron las torres gemelas de Nueva York y, desde aquel día, dos inmensas y verticales columnas de humo y fuego, dos monolitos de luz suspendidos en el aire de todos, dos mausoleos intangibles de amor y muerte siguen ardiendo entre las ascuas de nuestra asombrada y adolorida conciencia, de nuestro mirar el mundo y querer, pese a todo, seguir viéndolo todo. O casi todo.
 Otro funesto día 11, pero del remotísimo 1714, la ciudad de Barcelona acabó cayendo ante las tropas borbónicas durante la Guerra de Sucesión Española. Esa vieja efeméride, ese relato entre mítico y patético, esa numantina resistencia, esa ficción de cartón piedra y aguardiente barato es la que viene a edificar y sustentar, a fin de cuentas, toda la parafernalia del nacionalismo catalán, la enorme Diada del día 11, esa marabunta, entre barroca y modernista, de banderas y banderías, la primera toma de contacto con esa peculiar cuesta abajo o cuesta arriba -eso ya se verá, porque por aquí tenemos la Diada del Consell de Mallorca, el día 12- que habrá de conducirnos, finalmente, al histriónico 1 de octubre, ese día hipotético en el que, según la Wikipedia, nunca ha sucedido nada importante. Habrá, pues, que andarse con ojo, no vaya a ser que finalmente pase.





Etiquetas:

martes, agosto 29

Ratas y cucarachas


La Telaraña en El Mundo.





 Es curioso que la gente hable, sin parar, de los problemas de la masificación turística, por ejemplo, cuando de lo único que, al parecer, se puede presumir en Palma es de tener, mal que nos pese, una creciente, renovada y sanísima población de ratas, ratones y cucarachas. Trago saliva contra las arcadas, porque no son pocas, al cabo de los años, las noches en las que tuve que compartir mis confidencias insomnes con alguna que otra repugnante cucaracha. Recuerdo algún caso. Ella y yo, solos o muy bien acompañados, en la habitación de un viejo hostal que ya no existe, cerca de Apuntadores, donde había que enseñar el DNI para demostrar que uno era mayor de edad, aunque no lo fuera, en el baño o en la cocina de casa, de las tantas casas que uno va habitando a lo largo de la vida, en la lujosa suite de un céntrico hotel de Valencia, que no es Palma, pero como si lo fuera, en la terraza minúscula donde descanso, en este mismo instante, con vistas a la catedral, a la bahía y también al olvido, yo con una zapatilla en la mano y ella moviendo nerviosamente sus antenas negras, sus alas membranosas, su abdomen de azabache, el destino de quien busca algo y, finalmente, lo acaba encontrando. Faltaría más.
 Con las ratas y ratones, sin embargo, tengo muchísima menos experiencia. Una vez, de niño, iba con mi padre por lo que ahora sería la calle Aragón y entonces era un descampado polvoriento donde aparcar el coche; fue entonces cuando vi a un hombre de raza gitana con una vara de madera en la mano conduciendo a una rata gorda y vieja, a una rata enorme que caminaba con lentitud atendiendo a la vara severa de su dueño como si fuera, resignadamente, hacia el matadero. O hacia su casa. ¿Por qué recuerdo ahora los andares grotescos de esa rata resignada y los incorporo al bestiario de mi vida cuando nunca me han gustado las ratas y, menos aún, las enormes ratas viejas resignadas? Es todo un misterio.
 También es un misterio saber quién limpia Palma, quién retira los contenedores repletos de exuberante basura, quién se lleva los muebles abandonados a la intemperie, quién barre las aceras, quién arranca los chicles pegados al pavimento urbano, quién recoge las colillas, quién enciende las mangueras del agua y deja, al alba, las calles frescas y relucientes. Parece que nadie lo hace y así se están llenando, los parques y jardines, de malditos roedores y las alcantarillas, cloacas y casas particulares, de infernales blatodeos. No me extraña, pues, que los gatos salvajes de hoy en día quieran ser domésticos a toda costa y prefieran, en fin, su ración gratuita de leche y cereales sostenibles que tener que luchar con la vieja rata resignada por el paso del tiempo y la vara de madera que rige su destino, como también el nuestro.

Etiquetas:

viernes, agosto 25

Confesiones de agosto


La Telaraña en El Mundo.




 Hace ya cinco años que no publico ningún libro nuevo, ningún nuevo poemario con el que seguir frotando esa lámpara de Aladino vacía con la que, inevitablemente, tenemos que conformarnos nos guste o no. No nos gusta, en efecto, pero es lo que hay y todo lo que no sea asumir la realidad, incluso para cambiarla, es una pérdida de tiempo. Nunca tuvimos demasiado tiempo, es cierto, lo sospechamos desde siempre, y, sin embargo, cuánto tiempo que perdemos, cuántas horas vivas que damos por muertas y echamos por la borda en este naufragio anunciado que es ir hacia los arrecifes sumergidos del deseo y estrellar ahí, como escribiera Maiakovski, la barca del amor o la de la vida. El paisaje tras el naufragio me trae a la memoria la imagen, la realidad o la ficción de la Estatua de la Libertad en ruinas a orillas del viejo Hudson. Muy pronto viajaré a ese lugar.
 Pero es cierto. Frotamos esa lámpara vacía con brío y furia, con determinación absoluta. La frotamos con fe y la fe es, precisamente, el concepto al que quería llegar en estos días en que la palabra fe parece convertirse, por culpa de la actualidad, en sinónimo de fanatismo. No lo es, nunca lo fue. No puede serlo. Pienso en los místicos, en Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, pero también en William Blake o los presocráticos. Pienso en Silesius, pero también en Al-Ghazali o San Agustín. Pienso en Nietzsche o Bataille. En Cristóbal Serra o Ramon Llull. Pienso en quienes me añadieron algo, sumando algunos de sus interrogantes a los míos. Creo que de eso trata la vida, de esa fe que nos mantiene en vilo incluso cuando ya no creemos en absolutamente nada. ¿Por qué íbamos a creer en algo?
 «Ojalá llegues a ser quién eres», dijo Píndaro, y en esas estoy igual que todos, mientras me froto los ojos y los destellos de la oscuridad me deslumbran. Escribo estas líneas, cada martes y viernes en este mismo lugar, como si escribiera los versos que no escribo, que no termino de escribir y que no sé si llegaré a escribir. Mientras tanto, miro alrededor y observo los contrastes. He citado, más arriba, a gente extraordinaria mientras la mediocridad general convierte el mundo en un burdel de muy baja estofa. Enciendo la televisión, el ordenador, la tablet. Una pandilla de jóvenes compra un hacha, tabaco y cuchillos, sonríen, bromean, van a matar a quien puedan matar y van a morir, después, si tienen la suerte de no sobrevivir a la barbarie y tener que afrontar la tortura de la propia muerte mirándolos a la cara, a los ojos. Apago la televisión, el ordenador, la tablet. La muerte campa a sus anchas, cuando la fe deja de ser una opción personal e intransferible y se convierte en el pretexto gregario, en el detonante bastardo de una terrible masacre a la que hay que poner bridas cuanto antes. Ya tardamos.

Etiquetas:

martes, agosto 22

¿Quién dijo miedo?


La Telaraña en El Mundo.




 Volví a abrir los ojos al horror, el jueves pasado, casi a las cinco en punto de la tarde, y aún no los he podido cerrar. Supongo que las televisiones ya habrán acabado de entrevistar a todos los testigos que no vieron absolutamente nada, cuando La Rambla de Barcelona se convirtió en la autopista de la muerte y no había barreras de hormigón ni jardineras cerrándole el paso. Acabo de ver esas barreras arquitectónicas aquí en Palma, en San Miguel o en Porta Pintada, y he sentido, a la vez, cierta tristeza y cierta alegría, porque nada, a fin de cuentas, pasa en balde y muy pronto habremos aprendido a movernos sigilosamente entre las trincheras y los cadáveres, entre las trincheras y el odio, entre las trincheras y la ficción de esta sucia guerra donde la victoria y la derrota son casi la misma cosa, entre las trincheras, las zanjas, los fosos y el vacío indecible, la indetectable nada absoluta.

 No he dicho, en cambio, ni una palabra, no he hecho ni un solo comentario, no he querido sumarme a ninguno de los coros de un lado o del otro que están arrasando esa especie de rambla ennegrecida y calcinada que son las redes sociales, esa rambla enloquecida y atropellada donde alguna inercia, de la que ignoro su auténtica substancia, parece obligarnos a lanzar constantemente la metralla ruidosa de nuestras opiniones personales, como si fueran piedras, misiles teledirigidos con la peor de las sañas -qué mala baba suele tener la ignorancia- hacia una diana imaginaria, hacia un enemigo que tampoco sé si existe, mientras escondemos, cómo no, rápidamente, la mano.
 «No tengo miedo», clama ahora la multitud envalentonada. «No tinc por», cantamos ahora quienes no paramos de correr cuando la muerte nos estaba persiguiendo a todos y el mosaico de Joan Miró, esa constelación de ladrillos tan irregulares como la vida misma, nos acogía finalmente convertido en un altar de velas encendidas en honor de las víctimas, en un amasijo de plegarias, en un bodegón de flores y peluches; la muerte, por desgracia, nunca deja de perseguirnos igual que nunca nos abandona el miedo auténtico, el miedo humano de no saber qué nos aguarda al final, cuando el cuerpo deja de latir y el frío suple nuestra fiebre de siempre, para siempre. ¿Para siempre? Seré sincero. Creo que tengo miedo, pero que estoy dispuesto, pese a todo, a seguir viviendo como si no lo tuviera, porque la vida, a fin de cuentas, es sólo un juego de tahúres en el que tan importantes son las cartas descubiertas sobre la mesa como los ases escondidos en la manga, las buenas bazas que el azar, a veces, nos proporciona como el perfume embriagador de las flores, esas artimañas, esos faroles deslumbrantes con los que intentamos (y, en ocasiones, hasta logramos) enmascarar la tragedia.




Etiquetas:

viernes, agosto 18

Elogio del turismo


La Telaraña en El Mundo.



 Un buen amigo me ha enviado muchas fotos y videos (actualmente, la amistad se mide por la cantidad de fotos y videos compartidos en WhatsApp o Telegram) de la semana de agosto que ha pasado en un hotel para adultos de Magaluf. He sido, pues, testigo indirecto, voyeur privilegiado, de algunos de sus mejores momentos: el delirante desayuno buffet, las horas al sol junto a la piscina de agua dulce, el ceremonioso almuerzo buffet, la frenética cena buffet bañada en champán y confetis, las imágenes casi familiares de la habitación limpia, el balcón con vistas al mar y al vértigo, la inercia de las horas felices en cualquiera de las múltiples barras del singular establecimiento. Realmente en todas.
 Mi amigo es un tipo sensato, más entrado en decepciones que en años, alguien que habla varios idiomas y sabe de contabilidad; que sabe, al menos, que le sale más a cuenta pasar unos días retozando, todo incluido, a unos pocos kilómetros de Palma (cerca del trabajo y el hogar) que embarcarse en la siempre incierta aventura de otro viaje más largo, con su trasiego agotador de maletas facturadas y, tal vez, perdidas, con sus largas horas de espera en los aeropuertos donde la precariedad laboral campa a sus anchas. Vivimos en un mundo tan interconectado que no hace falta que ninguna mariposa bata sus alas en la otra parte del universo, para que los problemas de unos sean también los de los otros; y un gran problema común se cierna sobre todos.
 Mi amigo me envió un video en el que se le podía ver haciendo el tren y también el indio (ambas cosas a la vez) alrededor de la piscina del hotel, entre dos rubias espectaculares, contra el reflectante cielo azul turquesa de la algarabía. La gente, cuando se divierte, parece mejor de lo que es, me confesó luego, en otro mensaje. Mi amigo ha hecho amistad con otros huéspedes, con los camareros y recepcionistas, con la muchacha que le traía unas chocolatinas y una sonrisa tímida cada tarde a la habitación, con los monitores de eventos más o menos folclóricos y hasta con el mismísimo director del hotel. Un tipo sociable, me aseguró.
 En efecto, no hay nada como ser sociable cuando la ficción colectiva va exactamente de eso, de ser feliz, de aparentarlo, de irradiar y contagiar esa misma felicidad que no nos duele, en absoluto, dilapidar porque sabemos, aunque nos duela decirlo, que no existe. El turismo quizá sea la mejor, la más gratificante forma de convertir la realidad en ficción, de convertir nuestros días de jerárquica esclavitud laboral y social en días de metafórica transgresión, de hedónico relax, de tiempo robado a la maldición bíblica y al polvo inerte que somos y que volveremos a ser, pero a su debido tiempo. El polvo puede esperar. La xenofobia de los turismofóbicos, también.

Etiquetas:

martes, agosto 15

El chino de porcelana


La Telaraña en El Mundo.



 Domingo. Por la mañana, igual que al mediodía o por la tarde, la calle Olmos está semivacía de viandantes. Corre la brisa cálida mientras observo que la mayoría de los bares están cerrados y sólo quedan abiertas y silenciosas (como suspendidas, tal vez, en mitad de una bruma que no existe, pero que yo imagino porque es así como hay que describir el mundo: otorgándole conexiones ocultas, paraísos perdidos, sensaciones subterráneas) las zapaterías y los bazares de los chinos. En efecto, hay un chino con la edad de la porcelana china dormitando frente al local que vigila desde tiempos inmemoriales; es un chino atiborrado de quimeras impronunciables y también de incontables fatigas: ignoro lo que dura su sempiterna jornada laboral, pero creo que eso no lo sabe ni siquiera él mismo. En los televisores empieza la ida de la Supercopa de fútbol y la calle Olmos gruñe de vez en cuando como si le molestaran las multitudes aullando. ¿Dónde está la saturación turística?
 Lunes. Las tiendas de los chinos siguen, como de costumbre, abiertas y el chino de porcelana sigue dormitando al frente de sus sueños. Los bares han ocupado el espacio que Cort les permite convertir en terrazas, miradores, en pequeños puestos improvisados de vigilia imaginaria, de tertulia. Todavía es pronto (me gusta escribir cuando la gente se despereza y aún huele a café recién hecho, a café molido de vieja cafetera italiana, por supuesto, y no a café de alambique de diseño, a café de pastilla exprés) pero ya empieza la muchedumbre, el gentío, la turba, a subir o bajar la cuesta de Olmos, a convertir la ciudad en un tobogán de ida y vuelta, en un parque temático donde lo que importa es el torso más o menos desnudo y el móvil en ristre, a modo de cámara fotográfica, enfocando, tal vez, los arabescos del Gran Hotel como los contenedores repletos de una insufrible basura. No sabemos quién limpia Palma. Sabemos quién no limpia Palma.
 Martes. El futuro no existe, me digo, y sé que estoy, al menos conceptualmente, en lo cierto; pero si están leyendo estas líneas es que el futuro sí que existe, sí que llega de no se sabe dónde hasta nosotros para alcanzarnos con su lengua de luz y fuego, con su noche de plomo, con su vientre repleto de no se sabe bien qué misteriosas ofrendas: sí que alguien recoge el testigo de nuestras premoniciones e inquietudes. ¿Qué somos si no una mezcla inestable de esperanzas y temores, qué salvo la declinación de un lenguaje, de un abanico abierto de palabras y gestos que más útil se nos revela, por cierto, cuanto menos sabemos en qué coordenadas exactas estamos situados? Yo no sé dónde estoy desde que tengo uso de razón y, sin embargo, nunca seré tan feliz como en este instante de ahora en el que estoy donde quiero. Exactamente.

Etiquetas:

viernes, agosto 11

Fuego cruzado


La Telaraña en El Mundo.






 Un día de estos me daré de baja definitivamente de las redes sociales. Borraré todos mis perfiles, incluso los perfiles falsos, de Facebook o Twitter, convertiré en un vago recuerdo mi enloquecido currículo en LinkedIn o las cuatro estupideces que dejé escritas en Google Plus, abandonaré silenciosamente los mil y un foros de noticias de literatura, cultura, viajes y salud, tecnología o informática a los que estoy suscrito desde tiempo inmemorial. Un día de estos diré basta y cerraré todas mis cuentas de correo electrónico y me libraré de auténticas toneladas virtuales de spam ideológico, presentaciones de libros o timos nigerianos de la estampita, de virus o troyanos más o menos criptográficos, de porno sin acabar de codificar (cuánto añoro, ay, aquellas películas porno de Canal+, codificadas en su justo punto de nieve) y de absurdas, delirantes peticiones en Change.org.

Un día de estos, si hay mucha suerte y los coreanos del norte, los venezolanos españoles o los nacionalistas de la Arcadia feliz de aquí cerca no lo impiden, apagaré el ordenador, el móvil, el portátil, el flamante 2 en 1 y la tablet y me sentaré en el sofá de casa, junto a los ventanales, a ver pasar las hordas de turistas perseguidas por los cuatro o los cuatrocientos gatos negros de Arran, Endavant Mallorca o los Joves del GOB, me sentaré a ver pasar las brigadas de limpieza habitacional, antitaurina o lingüística de nuestro inestimable Govern, me sentaré a ver pasar los bellísimos cadáveres famélicos de un fuego cruzado de multas, descalificaciones, agresiones y amenazas que empieza a ser ubicuo, constante y demoledor. Pura metralla en el ensordecedor dial, en la demolición acelerada, sin control, de la realidad. Como de Sa Feixina.

Un día de estos, en fin, me diré, como quien no quiere la cosa, que todo acaba siempre teniendo algún tipo de remedio y que nada ni nadie, por supuesto, dura más de cien años; que, pese a las apariencias, los achaques y el humor variable y, en ocasiones, turbulento de los días, pese a la inercia que en no pocas ocasiones nos confunde o nos ciega, pese a todo ello, los tiempos corren si no vuelan y avanzan (o dan vueltas en círculos o espirales concéntricas, que esa es otra y, sin embargo, la misma) que es una auténtica barbaridad, un torbellino, quizá un tsunami. A fin de cuentas, hace sólo unos veinte míseros y deslavazados años no existían las redes sociales ni teníamos, tampoco, móviles inteligentes que usar como simios recién bajados del árbol. No teníamos Internet tal y como hoy lo entendemos y las noticias urgentes nos las ofrecía la radio, la televisión o incluso la prensa con sus magníficas ediciones especiales en un papel agrietado y solemne que tiznaba las manos no queráis saber cuánto. Muchísimo.

Etiquetas:

martes, agosto 8

Me gustan los alienígenas


La Telaraña en El Mundo.




 Si nos alejamos lo suficiente, es decir, mucho, quizá muchísimo, el mundo es dialécticamente simétrico, casi, casi, redondo, absoluta y, tal vez, absurdamente circular y, aunque es cierto que parece estar en constante ebullición controlada no sabemos exactamente por qué o por quién, también parece estar en perfecto equilibrio, pese a las turbulencias que se le adivinan a todo lo que se mueve, y no deja ni un solo instante de moverse, sobre la faz de la tierra. Es cuando descendemos desde las alturas del vértigo a esa mismísima faz de la tierra cuando el mundo se nos agrieta de veras, se nos llena de bancales de humo y de nubes púrpuras de sangre y amor u odio, cuando se nos hace trizas entre las manos y se nos convierte en barro, en lodo, en esa sustancia primordial y viscosa que es, a la vez, magma destructor de fuego y caldo milagroso de vida; quizá no se pueda ser nada en concreto, sino sólo algo en constante evolución y tránsito, en perpetua transformación, en abierta e inagotable crisis.
 No conviene, pues, creerse demasiado nada de lo que, aparentemente, nos ronda. Se aproxima, por ejemplo, el 1-O y, pese a todos los pájaros de mal agüero, no cabe sino esperar, más o menos tranquilamente, a que ese grupito feroz de políticos, que no saben en qué país o en qué Europa viven, decidan suspender definitivamente el absurdo referéndum y convoquen, al menos mientras puedan aún hacerlo, unas elecciones autonómicas con las que afrontar el futuro, ese futuro incierto que siempre acaba llegando. No les queda otra, de hecho, por mucho que embarullen con sus urnas repletas de oxímoros y sus inverosímiles países faraónicos.
 Los titulares de la actualidad, pues, se nos van cayendo, poco a poco, como templos arrasados por el paso vertiginoso de los días. El tiempo es corrosivo e igual que nos convierte en lo que somos también habrá de acabar deshaciéndonos hasta ese polvo bíblico del que, sin duda, provenimos. ¿Qué son, por ejemplo, los recientes brotes de presunta turismofobia, sino el sarpullido ideológico de los que, por los motivos que fueren, no acaban de entender que la realidad es una enorme ficción contra la que todos nos acabamos estrellando? Llevamos décadas luchando contra la insularidad y el aislamiento, lustros acumulando la pírrica prosperidad propia de cualquier sociedad turística más o menos desarrollada, más o menos capitalista, más o menos bárbara para con sus orígenes tribales, sus ritos étnicos y sus cavernas. ¿Nos dolerán prendas ahora por un éxito turístico auténticamente espectacular, por un trasiego inagotable de gentes de afuera, extrañas y hasta alienígenas, en busca de un ocio y un placer lo más exuberantes posibles? Por supuesto que no. A mí me gustan los alienígenas.

Etiquetas:

viernes, agosto 4

Calor y zombis


La Telaraña en El Mundo.





 No recuerdo que me hubiera pasado nunca. Llevo dos noches cambiando las sábanas de la cama hacia las tres de la madrugada para no tener que dormir sobre el charco de mi propio sudor. Alto ahí. Es de noche, los sueños campan como desvaríos y la piel es una especie de cortina líquida, una membrana amniótica que podría devolvernos al origen, al útero materno de la existencia donde estuvimos agazapados, escondidos, protegidos. Pero me detengo un instante porque, tras escribir estas líneas, caigo en la cuenta de que en ellas aparecen, al menos, tres conceptos quizá muy sobrevalorados, la memoria, el sudor y los sueños, esas tres excreciones que nos salen de muy adentro para acabar convirtiéndose en algo así como nuestra segunda piel, la que vestimos día a día, la que ofrecemos a los demás para demostrarles que somos como ellos, aunque, quizá, no lo seamos. Tampoco importa demasiado cómo somos.
 No recuerdo, pues, otra ola de calor tan asfixiante como ésta, pero ello, por desgracia, no significa casi nada. Muy a menudo me digo que nunca voy a olvidar lo que, indefectiblemente, acabo olvidando. Olvido acontecimientos y también sensaciones; o no olvido absolutamente nada y son los acontecimientos, de tanto repetirse como si fueran nuevos sin serlo, los que nos acaban aletargando los sentidos, los que nos sumergen en la marea ingrávida de una actualidad que sólo existe porque formamos parte de ella. ¿Es cierto eso, siempre, siempre?
 Pero estos días previos al ferragosto romano muchos de nosotros nos convertiremos, mal que nos pese, en auténticos turistas. En efecto, pasa con frecuencia que nos convertimos en viajeros, que la curiosidad o la necesidad de aires desconocidos y, si puede ser, más refrescantes que los nuestros, nos lleva de un lugar a otro, de una colección de ruinas a otra colección de ruinas, de un abismo del que conocemos sus límites a otro del que, efectivamente, también conocemos sus límites, pero hacemos como si no. Nos gusta imaginar límites por conocer. O por transgredir.
 También pasa, tal vez para compensar una catástrofe con otra, que los chicos de Arran, esa sucursal juvenil de la CUP, ese arrabal escogido de entre los más selectos arrabales, se vienen a las islas convertidos en auténticos bárbaros, es decir, por decirlo con claridad, convertidos en turistas del kale borroka (del euskera «kale», calle, y «borroka», lucha, pelea), en turistas tan similares a los hooligans de Magaluf o el Arenal que nos haría falta un ojo clínico espectacular para distinguirlos. O no, no tan espectacular, porque la violencia de algunos turistas dura unos pocos días al año y la de los chavales de Arran durará lo que les dure este terrible calor en la mollera. Zombis, quizá para toda la vida, qué lástima.


Etiquetas:

martes, agosto 1

Dos alcaldes republicanos


La Telaraña en El Mundo.



 Ya sé que las comparaciones, como dice el refrán, son odiosas. No lo discuto o, al menos, no lo voy a discutir aquí y ahora, porque puedo considerar, sin sonrojarme más allá de lo habitual, que el aserto es cierto, que es bastante cierto, al menos, y que todos hacemos cosas similares con resultados, en ocasiones, sorprendentemente distintos. O radicalmente opuestos. Así, por ejemplo, llevo unas horas escrutando los bandos de Enrique Tierno Galván, el alcalde (republicano) de Madrid entre 1979 y1986, para compararlos con la última carta abierta, a guisa de bando, que ha publicado Antoni Noguera, el autodenominado primer alcalde republicano de Palma sobre la financiación de la ciudad. No hay demasiado color, por supuesto.
 Tierno Galván, ese viejo profesor al que tanto quisimos, habla a los madrileños como un padre a sus hijos, dándoles consejos que, por ser expresiones del más huidizo de los sentidos, el sentido común, se convierten en órdenes universales de convivencia, en pautas ejemplares de un civismo que acaba prestigiando a la ciudad igual que a sus moradores y visitantes. Porque Tierno habla de la realidad íntima y transversal de la ciudad (la limpieza de los jardines y fachadas, los botellones de entonces, las basuras, el tráfico, la cultura, la lengua, la educación, la vida y también la muerte) con tanto respeto y cautela que casi no nos lo podemos creer. Sobre el turismo, por ejemplo, dice en febrero de 1982: “el turismo o, lo que es igual, la concurrencia cuidadosamente ordenada de viajeros que, conducidos por la curiosidad y el placer, visitan nuestra patria, es hoy provechoso e insustituible caudal de abundantes bienes tanto para el espíritu, en cuanto fomenta la paz y el entendimiento entre los pueblos, como para el material bienestar de todos, ya que acrecienta la moneda que nutre las arcas públicas y beneficia a la vez considerablemente a los sujetos particulares de esta monarquía”.
 Antoni Noguera, sin embargo, nos envía una carta abierta a lo que no sabríamos qué dirección, qué destinatarios, qué timbre ponerle. Noguera escribe sobre sus obsesiones ideológicas como si fueran las nuestras y, además, debieran serlo. No lo son. O no como él quisiera. La injusta financiación de las islas y el expolio fiscal al que Madrid nos somete una y mil veces, según reitera el bando epistolar de Noguera, no son temas en los que ningún alcalde tenga competencia alguna. La terrible mezcla de conceptos, el turismo, por un lado, y la falta de vivienda social, por el otro, constituyen un discurso tan pintoresco y alejado de la realidad que lo mejor es quedarse anclado al principio del segundo párrafo. Exactamente allí donde asegura que Palma es la capital del país. ¿Pero de qué país nos está hablando este buen hombre?




Etiquetas:

viernes, julio 28

El club de los 27


La Telaraña en El Mundo.





 Ya puedes llamarte Jim Morrison, Janis Joplin o Kurt Cobain, que morirse a los 27 años es, sin ningún género de dudas, una gran desgracia. También lo es si te llamas Jimi Hendrix, Brian Jones o, incluso, Amy Winehouse. Lo es, lo sigue siendo, lo será siempre, aunque te acaben incluyendo en el más fúnebre y aciago de los grupos, el club de los 27, ese grupo, artificio y marketing mediante, de artistas más o menos conocidos que tuvieron, al parecer, muy poca paciencia con el largo y tortuoso viaje de la vida y que, justo a los 27 años, se encontraron con la hermosa Dama de la muerte y se fueron con ella. O ella, esa Arpía desdentada, se los llevó presos o enamorados a no sabemos dónde: a algún lugar de nuestra memoria colectiva, a algún rincón polvoriento, tal vez, donde acumulamos deseos e ilusiones, todas esas benditas o malditas quimeras que, poco a poco, van madurando con nosotros hasta que caducan y tenemos, entonces, que abandonarlas o pudrirnos con ellas. No hay mucho más donde elegir.
 Pero todo esto venía, porque leí que un cuadro del neoyorkino Jean-Michel Basquiat había sido robado (o algo así) y recuperado, después, en Pollensa. No sé si ustedes conocen a Basquiat. Murió en 1988 a los 27 años de edad, como no podía ser de otra forma, de una sobredosis de heroína y toda su obra puede reducirse, quizás, a un atormentado viaje de unos siete años de duración por esa parte infantil y sucia, inmadura, embriagante, del infierno (o de la naturaleza humana) donde las palabras y lo que las palabras significan no son, todavía, independientes, sino que forman parte del mismo magma, el mismo dolor o placer impostados, la misma incomprensión, el mismo espanto, la misma impotencia que da, finalmente, en intentar expresar el mundo sin saber qué hay o qué no hay de uno mismo en lo que somos. O en lo que no somos.
 Los cuadros de Basquiat valen actualmente millones de dólares. Eso demuestra que el dinero no vale absolutamente nada y que las leyes del mercado -del mercado del arte como el de la vida misma- son sólo el escenario, la madera carcomida donde crujen los pasos de los protagonistas mientras aplaude a rabiar la claque, donde tiembla hasta el apuntador cuando el telón púrpura de la muerte sube o baja, el viejo escenario, decía, de una absurda pantomima donde la oferta y la demanda ejercen como anfitriones de la usura, esa ceremonia de la confusión en la que nada es lo que parece. Miro el cuadro de Basquiat y me gustan esos garabatos, esas palabras perdidas, tullidas, abandonadas, esos seres monstruosos y contrahechos, esas sombras maléficas que se expanden igual que se contraen, esas tinieblas mías -absolutamente mías- que yo imagino que él pintó, aunque realmente no lo hiciera. ¿Cómo podría haberlo hecho? ¿Lo hizo?




Etiquetas:

martes, julio 25

Las diez y diez


La Telaraña en El Mundo.





 España siempre ha sido surrealista. El dictador Franco se pasó los cuarenta años de su dictadura (porque la dictadura duró cuarenta años, aunque algunos hablen de ella como si siguiera vigente, tal vez incorrupta) llevando de un sitio para otro el brazo incorrupto, este sí, de santa Teresa de Jesús o de Ávila. En realidad, el brazo era un trozo de mano a la que, en pleno éxtasis descuartizador, habían arrebatado el dedo meñique, pero eso no importa, porque las reliquias de los santos han cotizado siempre al alza en este país de países donde la muerte se conserva putrefacta y serenísima, como si la sal ácida del ambiente fuera capaz de detener el tiempo y convertir el muñón de la santidad en el sacrosanto e incombustible amuleto del poder. El poder tiene estas cosas: levita cuando menos te lo esperas y se alza sobre sí mismo (y sobre todos los súbditos) como si fuera una nube de plomo. Suele serlo.
 Lo del brazo incorrupto de santa Teresa se lo oí glosar a Salvador Dalí, cuando dejaba fluir su verborrea y sus encendidos elogios al caudillo nos parecían tan impostados y dalinianos que, igual que eran elogios, no lo eran, no podían serlo, y entonces pensábamos que eran una forma surrealista de rebajarle, de convertirle en la lamentable caricatura que Franco fue. Que Dalí fue. Que ambos fueron. Con todo, no me extraña que toda Cataluña y toda España -por no hablar del mundo entero y de las galaxias donde aún hay vida inteligente- hayan recibido con júbilo la noticia de que, tras la exhumación de sus restos, por prosaicas razones que ni nos van ni nos vienen, el bigote de Dalí siga enhiesto e incorrupto marcando las diez y diez como pidió antes de morir. Está bien que los muertos vean cumplidos sus deseos. Está bien que las colectividades vean enhiestos e incorruptos sus mitos y leyendas, sus reliquias convertidas, al fin, en algo física y moralmente tangible, incuestionable, evidente.
 Así están, pues, las cosas. Cataluña se ha quedado varada en un reloj blando que marca insistentemente las diez y diez, no sabemos si de la mañana o la noche, pero el nacionalismo en el poder no se inmuta por nada, de momento, caigan truenos o rayos y hasta centellas, porque las diez y diez, no sabemos si de la mañana o la noche, les parece una hora muy razonable y vertical, muy de andar por casa: muy de detenerse y refugiarse en el pasado, en las reliquias de una inteligencia que puede mantenerse incorrupta, en efecto, un cierto tiempo, pero no más, si el reloj del tiempo está detenido y la muerte se esconde en un bostezo como si fuera en un grito, en un alarido que sólo podremos oír cuando la farsa finalice y el soberanismo y el populismo cutres regresen a sus cuarteles de invierno y la vida florezca de nuevo y para siempre. O casi.

Etiquetas:

viernes, julio 21

Bares de Palma


La Telaraña en El Mundo.




 Cerca de mi casa había tres grandes bares hasta no hace tantísimo tiempo. O quizá sí, porque el tiempo (o nosotros en su nombre) pasa terriblemente deprisa. Me refiero al Bar Moka, el Niza y el Cristal. También estaba mi favorito, el Bar Mian, hacia el final de la calle Olmos, pero esa es, desde luego, otra historia muy distinta. De los bares que he citado ya sólo queda el Bar Cristal y parece que será por muy pocos días. Después de agosto, ni se sabe. Los bares son como las personas o, si hay mucha suerte, como las familias, crecen, se desarrollan, se multiplican y renuevan, alcanzan su madurez y resisten contra las vicisitudes de las leyes del mercado inmobiliario, contra las inclemencias del tiempo y, sobre todo, contra el paso marcial del tiempo mismo hasta que toca apagar la cafetera y también las luces, bajar el telón metálico de los sueños y cerrar, finalmente, los ojos.

 Los abro ahora y observo el paisaje actual de Palma. Muchos bares, sobre todo los que estaban mejor situados, se convirtieron uno tras otro en magníficas oficinas bancarias hasta que la crisis económica y los efectos de la corrupción convirtieron los bancos en lugares de dudosa reputación y cerraron y hubo bares, entonces, que revivieron un rato o quizá dos, porque vivir y revivir acaban siempre siendo la misma cosa. De los bares que he frecuentado desde joven ya sólo quedan, apenas, un par: Can Vinagre, por supuesto, aunque le llovieran, no hace mucho, cascotes y hubiera que apuntalar y reformar su envejecida fachada, y las lejanas, pero omnipresentes, terrazas expandidas como bancales, enormes, de aquel antiguo y diminuto Bar Bosch, ese lugar mítico en el que no pocos tuvimos el buen humor de montar, aunque ya haga una eternidad de ello, nuestra primera (e impostada, virtual) oficina.

 Me he preguntado, en no pocas ocasiones, qué tienen de especial los bares que siempre acaban dejando algún tipo de huella en nuestras vidas. Se me ocurren bastantes respuestas, tan ciertas como incompletas, tan anecdóticas como insoslayables. Vamos a los bares (o íbamos, porque suele haber un tiempo para cada cosa) porque necesitamos, tal vez, prolongar la calidez y la seguridad del propio hogar más allá de sus cuatro paredes familiares y replicarlo, de alguna manera, entre las seductoras esquinas y las peligrosas curvas por las que nos perdemos casi sin darnos cuenta. O dándonos cuenta, voluntariamente, como debe ser. Qué suerte perderse y luego encontrarse. Vamos a los bares (o íbamos, ya digo) porque la propia casa se nos caía encima o porque la soledad es siempre una ruina de compañía o porque conviene, en fin, buscar un lugar neutral donde reunirse con los amigos y fortificarse contra uno mismo o contra quien sea. Mejor contra nadie, por supuesto.



Etiquetas:

martes, julio 18

Matar al mensajero


La Telaraña en El Mundo.




 Un turista español ha sido agredido en Rusia -seis salvajes puñaladas de xenofobia en estado puro, de odio incontrolado a los extranjeros, a los otros, a los distintos, a los que ocupan el lugar que ya quisiera ocupar el presunto agresor, ese desequilibrado, ese hombre sin más futuro que el resentimiento, el resquemor o, quizá, la envidia- por un ruso que no podía soportar a los turistas, porque, según dijo al ser detenido, «los turistas vivían mucho mejor que él». Todos parecen vivir mucho mejor que uno, cuando uno es el último de una interminable fila y el turno no te llega ni te va llegar mientras vivas, porque no hay ningún premio para los más desgraciados, para los parias que no han comprendido que la vida trata tan sólo de dar y recibir, de intercambiar opiniones, de calibrar voluntades, de aquilatar hechos, de conjugar, tal vez, ficciones.
 Con todo, historias así me sugieren preguntas que no sé si tienen una respuesta fácil. ¿Viven los turistas mucho mejor que nosotros? Pues no sé yo, en efecto. El domingo pasado estuve en una pequeña cala, en una playa que alguna vez fue familiar, pero que ya no lo es, donde los turistas se apiñaban como podían sobre la escasísima arena y las cortantes y voluptuosas rocas, esos cráteres heridos por la erosión y la brisa acerada del tiempo. Olían a crema solar, a algas muertas, a sal reseca y a una especie de penetrante sudor ácido que no me acabó de parecer muy propio del paraíso, sino todo lo contrario. Es más, creo que hubiera salido corriendo de ahí, si mi mujer me lo hubiera permitido. No lo hizo y supongo que hizo bien; así les puedo contar mis desventuras.
 Más tarde, cogí el periódico o abrí Facebook, o hice ambas cosas a la vez, porque con las nuevas tecnologías uno hace clic y tiene acceso inmediato a todos los voceríos habidos y por haber, y me acabé enterando de la penúltima acción legislativa de nuestro incomparable Govern, una iniciativa que, pásmense ustedes, no tiene absolutamente nada que ver con el caos turístico general o con el colapso del tráfico en las carreteras isleñas, con la limpieza imposible de nuestros bosques, por no hablar del hedor de Palma en verano, o con alguna nueva promoción de la lengua única en las aulas, no, nada de eso.
 Se trata de la imposición de una multa de 3000 euros y, lo que es peor, de la estigmatización como homófobo, acosador y no sé cuántas otras salvajadas más, del colaborador de esta misma casa, Juan Antonio Horrach. Obviaré los detalles (las nimiedades, las excusas) para entretenimiento y solaz de los abogados, que para eso están, por supuesto. A mí todo este asunto -este intento de matar al mensajero que es, desde luego, un diáfano aviso a navegantes: oído, cocina- me parece sencillamente bochornoso

Etiquetas:

viernes, julio 14

Olas de calor


La Telaraña en El Mundo.



 Desde mediados de junio, a una ola de calor le sucede otra mayor. Un sinvivir, por supuesto. Se dispara el mercurio en los termómetros mientras mis rutinarios paseos por Palma empiezan a decaer, porque no me acostumbro a deambular entre una multitud de turistas, que no sé si lo son de verdad o si sólo son un espejismo, una humareda apocalíptica, la avanzadilla conceptual de un mundo, no sé si futuro o pasado, donde todos desfilaremos entre las ofertas subvencionadas del top manta, los chirridos de los músicos callejeros, la monótona letanía de los postulantes de todas las causas perdidas y la sonrisa radiante de las chicas jóvenes, monísimas, que nos invitan, insistentemente, a degustar, por fin, el helado definitivo, el helado de nuestros sueños. ¿Por qué no? Sabe estupendamente.
 Así parece, pues, funcionar todo. Los desastres se van encabalgando los unos a los otros sin que nadie considere que ya es hora de bajarse de ese caballo de carrusel, de ese tiovivo de luces parpadeantes y música de acordeón que gira una vez y otra, que nunca deja de girar, circular y endemoniadamente, sin llevarnos a ninguna parte, salvo al maldito lugar de partida. Ahí estamos desde siempre. Observando lo que hay. Observándonos.
 La verdad es que tengo curiosidad por saber qué Ley del Alquiler Turístico se va a aprobar (o no) en el Parlament la semana próxima. Los detalles furtivos que se filtran, interesadamente, a la prensa no hacen sino demostrarnos la falta total de cintura política y la alarmante carencia de ideas propias (o ajenas) del Govern respecto al mundo en el que nosotros, seguro, vivimos y ellos, se supone, también. Con todo, es muy posible que nadie viva en el mismo mundo que los otros. Ello explicaría muchísimas cosas, en efecto, pero no sé si todas, francamente.
 Las últimas propuestas filtradas, concebidas por las privilegiadas mentes de Podemos, hacen hincapié en la voluntad de multar con cantidades de hasta 400.000 euros a las plataformas de internet que se dediquen al alquiler vacacional y comercialicen ofertas ilegales, sea eso lo que fuere, que ya se sabrá algún día, supongo. Al final, entre la ecotasa y las multas a Airbnb, a Homeaway o a quién haga falta, incluyendo a Google, que todo se andará, el Govern podrá amasar dinerito suficiente como para enviar, por ejemplo, a la incineradora de Mac Insular los residuos de obra que ahora deposita, fraude ecológico mediante, en un solar de su propiedad. Es decir, de nuestra propiedad. Parece obvio que el alquiler vacacional se ha convertido, a falta de cualquier otro tipo de autocrítica, de política de desarrollo o de inteligencia lógica aplicada, en la madre putativa de todos los desastres habidos y por haber. Es tremendo. Y lo que es peor, es falso.




Etiquetas:

martes, julio 11

Vivir en el paraíso


La Telaraña en El Mundo





 No sé si escribo sobre lo que conozco, sobre lo que imagino o sobre lo que sueño, pero casi que tanto da. Hace mucho calor y la tinta se espesa como el tiempo en un reloj de arena. Es del todo cierto y demostrable que todos los hoteles, hostales y apartamentos turísticos de nuestras islas son tan elegantes y lujosos como el Four Seasons George V, de Paris o el Plaza Athenee, de Nueva York. Todos los bares, bebederos y chiringuitos de Mallorca, Ibiza, Menorca o Formentera son exactamente tan selectos y refinados, tan voluptuosos como The Nightjar en Londres o Black Pearl, en Melbourne, Australia.
 Pero hay más. No podemos olvidar, por supuesto, que la popularísima milla de oro de Palma, sin ir más lejos, es mucho más que un rinconcito simbólico en los alrededores del Paseo del Borne: es la ciudad entera convertida en un privativo bazar propio de las mil y una noches donde todo lo que se vende es único, auténtico y exquisito, pura exclusividad bañada en el maná áureo con el que tan sólo los dioses se diseñan a sí mismos. ¿A quién iban a diseñar si no?
 Está claro, además, que todos, absolutamente todos los isleños -sobre todo los mallorquines, claro- vivimos en palacios tan inigualables como el de Marivent, por citar uno modesto, con sus frondosos jardines botánicos y sus cuidadísimos museos de arte conceptual al aire libre. Bien mirada, Palma entera es un auténtico oasis, un recuerdo afrodisíaco del paraíso que otros, tal vez, perdieron, pero no nosotros, qué va, una composición infinita de espacios verdes y zonas lúdicas o deportivas, una sucesión interminable, alejandrina, de bibliotecas y teatros, de cines abiertos hasta más allá del amanecer, un enjambre cuántico de tranquilas y seguras calles peatonales y ordenados carriles bici donde ser otra cosa que feliz es casi, casi, del todo punto imposible.
 Debe ser por esto, para no desaprovechar, en definitiva, nuestras inigualables y ecológicas instalaciones turísticas y de todo tipo que el PSIB-PSOE se ha propuesto, según leo, limitar el turismo que nos llega (que llega a las islas ebrio y en tanga y ebrio y en tanga pasa sus días amarrado al run-run de las olas y los barriles de cerveza, al sol terrible y la resaca, al valor añadido de esa especie de salvoconducto virtual que es una pulsera de plástico con un chip averiado y el todo incluido: la hora feliz perpetua, abrumadora, insaciable) y dejar, tan sólo, que sea el turismo de «alto standing» el único que nos visite, porque no en vano es también el único capaz de apreciar, realmente, la grandeza sutil, incuestionable, de nuestros tesoros culturales, económicos, medioambientales y hasta lingüísticos, si se tercia. ¿Clasismo a la vista? No, es que vivir en el paraíso es algo muy serio. Claro que sí.




Etiquetas:

viernes, julio 7

El artículo 155


La Telaraña en El Mundo.



 Asisto al discurrir de los acontecimientos en Cataluña con inquietud, sí, pero, sobre todo, con perplejidad, con el asombro y la sorpresa invencibles del que observa la realidad y no acaba de creérsela. Me pasa igual en Baleares, con Noguera en Cort o Picornell en el Parlament, pero ya me ocuparé de ellos otro día. En efecto, no es normal lo que parece estar ocurriendo en Cataluña. No es asumible que una minoría más o menos cualificada y más que menos revuelta, por muy cercada que se sienta por los tribunales, se pase por el forro de sus caprichos toda la legalidad democrática para buscar la salida del asfixiante laberinto de la situación actual con la celebración de un pintoresco referéndum de autodeterminación y la inmediata declaración de una independencia que, se mire como se mire, no puede ser de ninguna de las maneras. Para un golpe de estado de ese calibre harían falta armas mejores y también - ¡ay! - más contundentes.
 Mientras tanto, ignoro qué va a hacer el gobierno de Rajoy de aquí al 1 de octubre. No sé si va a seguir sin hacer otra cosa que encomendarse a los designios puntuales del Tribunal Constitucional o si, finalmente, tendrá que acudir, como mínimo, al artículo 155 de la Constitución para intentar, no suspender la autonomía catalana, que ese no es el fin del artículo, sino obligarla a cumplir íntegramente la ley. Sin duda, es un texto muy complejo ese artículo 155.
 La semana pasada, Pedro Sánchez instaba a Rajoy a dialogar y negociar con Puigdemont y compañía. Es una buena declaración de intenciones, en efecto, pero necesitaríamos que Sánchez tuviera a bien detallarnos de qué se puede dialogar y negociar, de forma efectiva, con los independentistas o con quienes, como la CUP, les cubren, de momento, las espaldas. ¿Hasta dónde puede la estupenda “nación de naciones”, que según Sánchez es España, negociar con sus naciones interiores, cuando estas le salen ariscas y con ganas de tomar las de Villadiego? La verdad es que no tenemos ni idea, pero nosotros no somos políticos ni vivimos de gestionar las vidas ajenas; con la nuestra nos basta y hasta nos sobra.
 Hace unos días, Felipe González, Aznar y Zapatero -es decir, la mismísima trinidad presidencial al aparato- rondaron ese tenebroso artículo 155 y otros conceptos, entre ellos el del autoritarismo, sin atreverse a confesar, ninguno de ellos, que buena parte de lo que está ocurriendo ahora es fruto, tal vez, de sus respectivas políticas en el pasado. Cuando un problema no se soluciona a tiempo se acaba enquistando, se infecta, se gangrena, se pudre. A ver, ahora, cómo cauterizamos esa herida (o extirpamos ese tumor) sin que el cuerpo entero del enfermo se nos caiga a pedazos. Urgen pócimas milagrosas. Ungüentos mágicos. Urgen ideas.

Etiquetas:

martes, julio 4

La Religión en las aulas


La Telaraña en El Mundo.




 Niego tres veces todo lo que soy y me rencuentro, acurrucado como un niño que aún no ha nacido, en ese fracaso repetido que es siempre la vida. No puede ser otra cosa. Pienso en las piedras fundacionales de Roma, en las asfixiantes catacumbas como en las ruinas tullidas al aire libre de Atenas, en las aguas en llamas del Ganges surcando los cielos como en las dunas blancas, sedientas, del desierto infinito donde algunos buscamos a Dios sin acabar, por supuesto, de encontrarlo. La religión y la filosofía vienen a ser lo mismo, el mismo río que se bifurca y desdobla, el mismo río que riega, en fin, las tierras y desemboca en los mares, en el líquido amniótico donde, seguramente, nacemos igual que morimos.
 Nunca he sido muy religioso ni me han llamado la atención los alzacuellos, las tocas y  velos, los escapularios, las cruces y rosarios, las largas túnicas o sotanas -negras, blancas o grises- del hábito religioso, ese uniforme que va, como tantos otros uniformes, de profesar un oficio, de conjurar una vocación o una fe; de seguir un camino más o menos trillado con su jerarquía piramidal, su estricto funcionariado, el esplendor altivo de sus núcleos de poder y el horror próximo de sus imperdonables fracasos y debilidades: el rumor constante de su extraña pero, tal vez, admirable manera de estar en el mundo sin acabar de formar parte de él.
 Parece que en Baleares la consellería de Educación permite el veto a la asignatura de Religión, mirando hacia otro lado (hacia su ombligo ideológico, su vacío existencial o el muro de sus caprichos) cuando, por los motivos que fueren, los centros escolares incumplen la obligación de ofrecer a los alumnos la posibilidad de su enseñanza. Hay que ser muy sectarios y cortos de miras para permitir que se prive a los más jóvenes de conocer, aunque sólo sea superficialmente, una de las materias más importantes de las humanidades, la médula, el corazón y hasta el vórtice mismo (por no hablar, ay, de algunas de sus consecuencias) de nuestra actual forma de vida.
 Nunca fui muy religioso, ya lo dije, pero con pocos libros he pasado tanto tiempo como con El Libro de Job, el Apocalipsis o el Génesis, los poemas de San Juan, Teresa, Dante o Milton, los textos de Mircea Eliade, Cioran o Georges Bataille, el Bhagavad Gita, algunos Upanishad o los relatos de Sherezade, con todos aquellos textos donde se asume, en definitiva, el misterio de la existencia, donde late la agonía incalculable de quien se sabe incompleto y busca algo que no sabe muy bien qué es, porque sólo sabe que lo ha perdido y siente, desgarrado, que se lo han arrancado de sí mismo. Seguro que nuestra consellería de Educación, feliz y orgullosamente laica, no tiene estos problemas ni los tendrá nunca. Faltaría más.

Etiquetas: ,