LA TELARAÑA

viernes, abril 20

De himnos y silbatos


La Telaraña en El Mundo.



 Si España, tanto en su conjunto como en sus partes, fuera realmente seria, no estarían pasando las cosas que pasan. O las que pasarán. Si España fuera un poco más que menos seria no tendríamos programado para el sábado, por ejemplo, una multitudinaria pitada de proporciones bíblicas al himno nacional (y al Gobierno, representado por  Rajoy, y al Estado, encarnado en la persona y también en el símbolo del Rey) con motivo de la celebración de la final, de la maldita final de cada año los últimos años, de la Copa del Rey de fútbol, esa copa que en tiempos solía levantar casi siempre el Athletic de Bilbao y que, últimamente, parece ser cosa del Fútbol Club Barcelona. Son cosas que pasan, aunque igual no debieran.
 Con todo, con el paso serpenteante del tiempo, con las copas galácticas de Europa o del Universo, el fútbol se ha ido convirtiendo en un asunto meramente televisivo para la mayoría de la población, que no pisa un estadio ni que lo lleven a rastras. Hacen bien. El Lluis Sitjar, por ejemplo, ya no es lo que era, aunque tampoco, ni mucho menos, lo que debería ser. Hace frío, en efecto, frío y también cierta desolación, en esos campos dejados de la mano de dios; y en casa o en la ubicua casa de apuestas de la esquina se está mucho más cómodo: las pantallas escupen su dinero de mentira y hay apuestas para todos los gustos. Creo que hoy es un buen día para el gol del cojo o para que al quinto córner consecutivo suene, como es de ley y algunos sabemos, la flauta.
 No suena, sin embargo, ninguna flauta. Son los viejos silbatos de la mala educación sentimental o, en fin, de la pésima educación política propia de los días en que vivimos. Hay que llegarse hasta Madrid, como hasta el fin del mundo, para armar la marimorena (lo que nos remite al siglo XVI y a una tabernera de Madrid, conocida por el nombre de María Morena) o la de San Quintín (que es la encrucijada donde franceses y españoles libraron una cruenta batalla tras la que Felipe II mandó construir el Monasterio de San Lorenzo en El Escorial, nada menos). Hoy en día, por desgracia, ya no se construyen monasterios; sólo puentes resbaladizos (de Calatrava, la mayoría) por los que salir huyendo no es nada fácil. En absoluto.
 Con todo, la tramoya organizada de los silbidos, los silbatos (y este año, además, las camisetas amarillas) sólo puede tener, legalmente, una lectura. ¿Es delito abuchear a las autoridades y pitarle al himno? ¿Es delito vestir de amarillo gafe o no gafe? Si lo es, toca actuar rápidamente y con firmeza. Si no lo es, toca disfrutar de la música y del viento, de las caras de unos y otros, de la estulticia general y del poco fútbol que suelen deparar estos partidos donde lo único que realmente parece importar sucede antes de que el árbitro ordene que ruede el balón.

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martes, abril 17

De Son Banya a Tokio


La Telaraña en El Mundo.




 Estaba repasando las dudas, las vacilaciones, los pasos en falso, las mentiras a medias, los enormes silencios, los quiero y no puedo, el inmenso catálogo, en definitiva, de la dejación y la desidia, de la impotencia y la falta de ideas con que el Pacte que nos gobierna (como tantos otros pactos que ya nos han gobernado) está buscando la cuadratura del círculo a la hora de intentar, por lo menos, sacar adelante el más que urgente realojo de Son Banya, es decir, esa diáspora teledirigida de más de cien familias con hondas raíces en el desarraigo de la marginación y la droga hacia no se sabe dónde, aunque en la baraja maldita de los lugares presuntamente escogidos por los estrategas de asuntos sociales (y  urbanismo, infraestructuras y vaya usted a saber cuántas disciplinas más) parece que están, entre otros, Son Gotleu, Verge de Lluc y la Part Forana.
 La verdad, lo triste, quizá lo humano y, a la vez, lo inhumano, es que nadie parece querer acoger de buen grado el desembarco final de esas familias en su territorio, en la colmena vital que consideran suya, en ese paraíso o infierno en el que van sobreviviendo con sus carencias y sus problemas propios, con su idiosincrasia de cuatro calles y nueve esquinas, con su ley no escrita de protegerse los unos a los otros y todos de los que puedan venir de fuera y traerles, en vez de paz y bienestar, más tensiones y conflictos que sumar a los que ya atesoran. La vida en los barrios de Palma sólo da para malas novelas plagadas de detectives sin nadie a quién vigilar, asociaciones de vecinos con vocación de sindicatos verticales, críticos literarios que se hacen pasar, sin pudor, por escritores más allá del bien y el mal y mujeres que, por desgracia, ya no son fatales. Esa pérdida es irreparable.
 Estaba repasando estos problemas más que existenciales, distributivos, de la vivienda, estas convulsiones de la noche de la inteligencia entre los surcos concéntricos del cerebro, esta locura y este oxímoron cotidianos de la verdad, la libertad, el pensamiento, el arte, la bolsa o la vida, convertidos en un burdo eufemismo cuando me encontré, de repente, con un suelto que hacía referencia al auge de los hoteles cápsula de Tokio, esos nichos, cabinas, celdas donde el espacio vital de un ser humano ronda los dos metros cuadros: un lecho donde retozar con aire acondicionado, teléfono, televisión, wifi, el auténtico paraíso donde conectarse a la nada y cerrar profundamente los ojos. Como me apetece conocer Japón he consultado en Booking su precio actual: unos 50 euros por persona y noche. Me río, pues, de Airbnb. Y creo que hasta en Son Banya uno puede dormirse -gratis total- con vistas al cielo repleto de estrellas, misiles, drones o, quizá, ángeles. Nunca se sabe lo que nos deparará el futuro.




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viernes, abril 13

Adivinos o agoreros


La Telaraña en El Mundo.




 No siempre es fácil distinguir entre lo que es noticia y lo que no lo es. ¿Nos concierne todo aquello que les sucede a los demás en algún universo que, aunque se parezca mucho al nuestro, imaginamos muy alejado, quizá paralelo, absolutamente distinto al nuestro? No sé si la realidad -el resplandor de una única bengala en la noche de un universo completamente a oscuras- da para tantos universos como parece que somos los que la sustentamos con nuestra existencia, los que la aguantamos día a día, los que nos reunimos de vez en cuando para juzgarla, para llevarla al paredón cuando procede, para intentar convertirla en algo más llevadero y más humano; diríamos, tal vez, que más justo, si no nos diera tanto miedo la justicia de los hombres y prefiriéramos algo mucho más sencillo: la compasión, por ejemplo.
 Ha sido noticia estos días la singular odisea, a la manera de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, es decir, un viaje magnífico a ninguna parte, de un apostante mallorquín que anduvo muy cerca, con una apuesta de sólo cuatro euros -realizada en Betpoint, una casa de apuestas con varios locales abiertos en Palma- de hacerse con un botín de unos treinta mil euros. No es moco de pavo. Tenía que acertar la friolera de dieciséis partidos de fútbol y la buena suerte, por desgracia o azar, se le acabó cuando llevaba acertados quince y el Villareal perdía con el Athletic cuando tenía que ganar a toda costa y algunas emisoras de radio, más o menos deportivas, ya retransmitían en vivo y en directo sus deseos y sensaciones, su desilusión y sufrimiento cuando el reloj avanzaba y el sueño del dinero fácil se evaporaba en noventa minutos porque los sueños duran lo que duran y ni un segundo de más. Hay que volver, entonces, a la realidad y aunque haya tantas, todos sabemos cuál es la nuestra. No hay otra.
 Hemos pasado, en pocos años, de poder jugar mucho (porque las diversas loterías nacionales, la ONCE, la quiniela y las tragaperras han dado siempre para mucho) a poder jugar muchísimo. Demasiado. No hay forma de ver un partido de fútbol sin que nos interrumpan con la penúltima cotización en las bolsas turbias de la ludopatía, ese clamor casi místico que nos pretende convertir en adivinos cuando no llegamos ni a agoreros. En señal de protesta, mientras tanto, voy a convertirme en un «tipster», un experto en deportes realmente apasionantes: la hipnótica liga canadiense de curling, las agónicas carreras de galgos moribundos en Florida (que a los nuestros ya los vi correr en el antiguo canódromo: ese solar que van a reformar pronto o eso dicen), las imaginarias partidas de dardos en el Duke of Wellington o los salvajes enfrentamientos de buzkashi, el deporte nacional afgano. ¿Les parece que nadie apuesta a esas cosas? Pues no estaría yo tan seguro.





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martes, abril 10

La sinfonía de los mares


La Telaraña en El Mundo.



  

 Mi actividad marinera se reduce a unos cuantos madrugones veraniegos para embarcar en un llaüt de madera y dejar, estoicamente, que las horas, el sol, la sal y el hastío me vencieran. Con todo, era divertido bajar a la playa y encontrar en la arena los restos etílicos, convulsos, hermosísimos, de algún naufragio: las mujeres rubias, morenas, blancas, negras, mulatas, a cuadros, rombos, a rayas, corriendo entre risas en busca de sus minúsculos bikinis y los hombres mirándose absortos en la superficie rizada del mar como en sí mismos. La verdad es que los peces, por lo general, nunca mostraron demasiado interés por mis anzuelos al volantí y aunque podría decirse, sin mentir, que casi me especialicé en llevármelos a casa pillándolos por la cola no es esa, desde luego, la mejor manera de honrar el noble arte de la pesca, en absoluto.
 Mi actividad marinera se reduce, también, a bastantes viajes en barcos de la compañía Transmediterránea entre Palma y Valencia, noches o días enteros, según fuera o volviera, que pasaban lentísimos en cascarones con nombres tan característicos como Ciudad de Burgos (o de Badajoz, Sevilla, Salamanca o Toledo: ya no lo recuerdo) sin más camarote que unas butacas de plástico pegajosas ni más compañía que algún amigo tumbado, como yo, entre los vómitos, los paquetes de comida y las maletas de familias enteras con niños llorando, con adolescentes con cara de aburridos y abrumados, con viejos (y no tan viejos) liándose sus propios cigarrillos como hacen ahora los pocos fumadores que uno se sigue encontrando aún en las esquinas de algunos hospitales, en las terrazas de los bares, en las jaulas de algún aeropuerto más o menos exótico donde la gente deambula como si fuera a alguna parte.
 Anduve, anteayer, por la costa observando el perfil monolítico del crucero Symphony of the Seas. Repaso sus características y se me encoge el alma: camarotes con terraza propia, toboganes gigantes, parques acuáticos, piscinas, campos de tenis, simuladores de surf, un teatro para más de mil personas, pistas de hielo, restaurantes y bares. Se trata, pues, de la mastodóntica visita de unas nueve mil personas (y la visita se seguirá repitiendo todos los domingos estivales) contra la que solamente unas cien personas (lo mejor de cada casa de las muchas, GOB incluido, que conforman la llamada Assemblea 23-S) han tenido el humor, el valor y también la ingratitud de sacar no sólo sus pancartas y su turismofobia, sino también sus importados, impostados y nauseabundos lazos amarillos, tan fuera de sitio como todos ellos en una tierra que vive del turismo porque no ha sabido, querido o podido -y aquí el principio de la realidad es el que dicta su inapelable sentencia- organizarse y vivir de otra manera mejor.

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viernes, abril 6

El paraíso


La Telaraña en El Mundo.




 El paraíso es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Soñar es gratis, dicen, pero no es así: todo tiene su precio. Con todo, parece que hay un paraíso bastante baratito muy cerca de aquí, concretamente en Magaluf. Acabo de descubrirlo al visitar la página web británica -Magaluf Events Company- donde, entre otras lindezas, expiden online los tickets de lo que llaman Sunset Booze Cruise: no lo traduciré para no traicionar mi instinto metafórico, pero el asunto va de alcohol y también, supuestamente, de lujo, de alcohol y de cierto tipo colectivo de lujuria, de alcohol y también de yates, aunque no sean, por desgracia, privados, de alcohol y sol en la medida de lo posible, de alcohol y, desde luego,  gente eufórica, de alcohol y música, de alcohol y gente bailando y saltando como posesos, de alcohol y esa vaga promesa de sexo infinito con todas las vírgenes, quizá, del paraíso, de alcohol y esa profunda, definitiva, somnolencia que tras tres horas largas de barra libre no sé si te convierte en un auténtico e irrecuperable guiñapo o en el muñeco perfecto para las prácticas más avanzadas de los pocos médicos de urgencias que han superado el examen de catalán y ahí siguen, sobrios y sacrificados, firmes con el bisturí y las vendas en las manos.
 Y todo por unas asequibles 50 libras esterlinas. O por 59 si quieres, en fin, un trato más VIP, una botella de champán de marca, una camiseta gratis para la ocasión y alguna que otra gentileza de la casa. El paraíso este de Magaluf es bastante hortera.
 El paraíso, ya lo dije, es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Todos hemos estado alguna vez en el paraíso. Intento, ahora, hacer memoria de todos esos lugares y la lista se me hace larga, muy larga. Estoy seguro de que fui feliz en el vientre de mi madre, pero la verdad es que ese primer paraíso no lo recuerdo. Fui feliz, también, jugando con mis hermanos y leyendo aquellos libros de Enid Blyton o Richmal Crompton que aún conservo en algún lugar de mi biblioteca. Fui feliz, más tarde, en los brazos de todas las mujeres que me permitieron olvidarme de mí mismo en la profundidad enorme de sus misteriosas entrañas. Soy feliz en este instante en que recuerdo los libros que me transportaron hasta donde estoy, los que leí, los que escribí, los que volveré a leer, los que sigo escribiendo porque la vida no se acaba en los libros y hay que saber leerse, también, las palmas de las manos para reconocer esa mota de polvo, esa piedra rodante, ese lugar imprevisto donde tropezamos, donde caímos, donde volvemos a tropezar y caer, donde fuimos lo suficientemente fuertes como para sonreír ante la adversidad y levantarnos cuantas veces hagan falta. El paraíso está ahí donde siempre estuvo: en uno mismo y en sus circunstancias.


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martes, abril 3

La guerra fría


La Telaraña en El Mundo.




 A veces me sucede que me canso del aburrido día de la marmota catalán y me quedo callado, absorto y como sin argumentos, fulminado por no sé qué extraños juicios, cuando observo que la izquierda y la derecha políticas se dejan contaminar por el nacionalismo y, entonces, todo se convierte, más o menos, en lo mismo, en más de lo mismo; y no hay por dónde coger la escurridiza trama de los días que se suceden sin apenas cambios, sin apenas esperanzas, sin apenas una mínima estrella de luz en alguna que otra parte de los cielos intentando mostrarnos un camino que igual existe, pero que aún no vemos ni intuimos.
 Hay muchas cosas, en efecto, que no vemos cuando asendereamos la vida guiados por la curiosidad o el azar, por sus luces intermitentes y vacilantes, empujados por espejismos que aparecen y desaparecen en el horizonte de nuestros pasos, que juegan con nosotros y que nunca logramos, por desgracia, alcanzar tremendamente lastrados, como estamos, por el peso enorme, en nuestras adoloridas espaldas, de todo aquello que somos y, sobre todo, de todo aquello que quisiéramos ser. Demasiadas quimeras, tal vez, en nuestras alforjas.
 A veces me sucede que me agobia el regreso extemporáneo de la guerra fría y me quedo aletargado, sombrío y como sin argumentos, mientras observo las legiones de espías yendo y viniendo, cruzando los puentes (en mitad de una niebla espesa que nos resulta familiar porque crecimos, intelectual, física y filosóficamente, con ella), cruzando los puentes, decía, entre Rusia y Europa, entre Rusia y los Estados Unidos de Trump, entre Rusia y el señuelo del Brexit, entre Rusia y las caravanas perdidas en las arenas bíblicas de Siria o el desfile marcial en Corea del Norte, que precede a todas la guerras, que las simula con sus misiles de cartón piedra enriquecido, con sus ácidos de ira, con sus venenos de escorpión y laboratorio; entre Rusia y el mundo entero vía Internet, la web oscura y subterránea donde la economía real del universo tiene sus humeantes calderas, sus salas de máquinas, su mazmorra central, su macabro origen y también su fatal desenlace.
 A veces me sucede que me canso de todas estas cosas y cojo, entonces, las obras completas de Gottfried Benn (Calima ediciones, 2006, con traducción de José Luis Reina Palazón) y me dejo llevar por cualquiera de sus enormes tomos de poemas, de ensayos, de textos más o menos autobiográficos; y sonrío, escéptico, burlón, cuando compruebo que Benn murió poco antes de que yo naciera y el mundo, por supuesto, no se detuvo: el mundo (y no voy a explicar, en absoluto, cuánto me fastidia esto) no se detiene nunca por muchos poemas extáticos que uno quiera escribir y escriba. A veces me sucede que me canso de todo y no sé lo que hacer o decir para disimularlo.

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viernes, marzo 30

La casa tomada


La Telaraña en El Mundo.



 En el interior de un fantástico torreón con dos inmensas terrazas de ladrillo rojo, que fueron los primeros campos de fútbol de mi infancia, la casa tendida y extendida a lo largo de tres larguísimos pasillos repletos de persianas mallorquinas de madera pintada de verde, un pozo oscuro de agua oscura y gélida entre la cocina y el minúsculo aseo, seis pisos arriba sin ascensor (ni tampoco fatiga, en aquellos días) de la antigua Casa Catalana. Ahí enfrente, en plena avenida Conde Sallent, la gente danzaba sardanas los felices domingos de mi infancia y ahora recuerdo la musiquilla y esos elegantes rondós mientras, volviendo al presente, la calle Olmos se va llenando de sillas de madera (y espero que de arena: la echo en falta) y arrecian, intempestivos, los primeros tambores; y algo en el aire de este Jueves Santo me trae imágenes de una faena sangrienta, de una penitencia y una culpa enormes, de un paso lento y vacilante, tortuoso, bajo una pesada cruz de madera y una muerte segura esperándonos a todos tres días antes de resucitar en otra parte: en otro lugar o en otro tiempo, cualquiera sabe.
 Reviso las pocas fotos que guardo de ese lugar en que vine a nacer y pasé unos dieciséis o diecisiete años y me detengo en algunos detalles que había olvidado: el diseño de algún mueble inverosímil, los techos altísimos de la sala redonda (obviamente, el torreón) donde no solíamos entrar nunca salvo la gran noche de la Noche de Reyes, el caballo de cartón sobre el que poso sin saber que estoy posando, los escritorios de madera barnizada donde nadie escribía porque estaban repletos de retratos familiares, de cajitas vacías, de candelabros con velas rojas, de relojes viejos con el tiempo detenido, de figuras de porcelana con la mirada absorta, indescifrable, quizá perdida.
 Leo en la prensa que un grupo alemán ha comprado la finca en que nací por unos cinco millones y medio de euros. Me alegro, porque me había cansado de verla envejecer lentamente, cubierto el torreón y buena parte de la fachada por una desteñida malla verde y tapiada la entrada, desde hace años, con un muro sobre el que alguien dibujó unos grafitis realmente interesantes: ahí está el urinario (o la fuente) de Marcel Duchamp y también un fotógrafo, añadido con posterioridad, que intenta captarle el alma a lo que, tal vez, no la tiene o no tiene por qué tenerla. Con todo, la verdad es que cada vez que paso por esa entrada a ninguna parte (salvo a mi pasado) le saco una fotografía a ese fotógrafo y a ese urinario sabiendo que daría lo que fuera por ese poco de alma (de espíritu o de vida) que quiero creer que dejé en esa casa por el sólo hecho de haber vivido en ella. Esos alemanes no lo saben, pero han pagado la casa y también el fantasma de mis primeros años de vida. Nada menos.




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martes, marzo 27

Puigdemont sin Tierra

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 Cuando tienes el valor, la insolencia o el cinismo suicidas de declarar la independencia del territorio que gobiernas y hasta te permites el increíble lujo asiático de hacerlo pasar, más o menos, como una nueva, formidable y hasta democrática república sobrevenida de la nada, no es, en absoluto, lógico ni coherente, no es nada razonable que, a la mañana siguiente, salgas huyendo por peteneras acompañado de tu corte personal de iluminados buscando, quizá, que el sol no se te ponga en Flandes como ya se te ha puesto en Cataluña y, por lo tanto, en España, en Europa, en, prácticamente, el mundo entero.  
 En efecto, la larga, larguísima noche europea no hizo, ese día alocado y enloquecido de la fuga, de la huida hacia cualquier parte, otra cosa, sino que empezar para Puigdemont, convertido, por voluntad propia, en un frívolo y modernísimo Juan sin Tierra. ¿Cuál es la herencia que, al parecer, te negaron, Puigdemont? ¿Qué autoridad moral, qué galones de mando puedes mostrarnos que no provengan de la manipulación ideológica, de la explotación intensiva de las redes clientelares, del sectarismo instaurado en el poder de Cataluña desde hace décadas?
 Sea como fuere, cuando más necesitaba Puigdemont la ayuda providencial de los astros, su alquimia infalible, su conjunción más afortunada, más le fallaron las coordenadas celestes y le engañó, entonces, la pulsión geográfica; y por ello, quizá, ha sido apresado en el peor de los lugares, en la imperial, bárbara y ceremoniosa Alemania, cuando cruzaba algunas de las tierras más frías sobre la tierra, desde la lejana Finlandia hacia el hogar impostado en Waterloo. La historia de Europa está repleta de grandes derrotas, de desahucios monstruosos, de saqueos terribles, de lóbregas mazmorras donde sólo brilla la luz cuando te sacan y, para entonces, ya eres un auténtico cadáver, aunque no te hayas dado ni cuenta.
 Naturalmente la noticia de la detención de Puigdemont es una excelente, una magnífica noticia. Lo es para la casi imposible estabilidad política de Europa y para la casi inverosímil entelequia esta (en la que, a veces, creemos y, a veces, descreemos) de la unidad de España. Lo es, a fin de cuentas, porque no parece de recibo ni que convenga a nadie que ande suelto (y de atar) el presidente ficticio de un país ficticio sin que las instituciones que deben o debieran de velar por la salud de la opinión pública de los ciudadanos europeos -es decir, de todos nosotros- acaben poniendo el grito en el cielo y al inefable Puigdemont, al fin, en un sólido y distinguido estrado con jueces y abogados, con togas y birretes, con Biblias, con Códices, con toda la seriedad formal del universo reinando en paz y armonía entre los hombres y las mujeres de buena voluntad. O así.


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viernes, marzo 23

Facebook


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 Mi relación con Facebook es tan sólo propagandística. Es decir, utilizo esa red social para dar a conocer cuanto escribo a sabiendas de que no voy a participar en ningún debate si a algún lector despistado, perspicaz o curioso le da por intentar sacarme de mis casillas. Eso no sucederá, porque no ha sucedido nunca y porque, a estas alturas de la vida, ya sé qué lugar ocupo entre mi gente, entre la que quiero más o quiero menos, entre mis amistades reales o virtuales, entre mis conocidos y desconocidos de cada día desde hace tiempo. En efecto, debo llevar veinte años dejando alguna que otra huella en ese territorio comanche que son los foros y grupos de Internet, las múltiples redes de hoy en día y, sobre todo, las de antes, cuando aún no existían las redes sociales y las noches se convertían en chats heroicos contra la precariedad de las líneas de cobre y las tarifas planas de Telefónica, contra la agonía de las horas lentas y sudorosas, contra las cascadas sucesivas de soledad que sólo la presencia de algún Nick escogido en pantalla podía romper y, de hecho, rompía.
 Pero en Internet, mucho más que en la vida real, no hay nada gratis. Absolutamente nada. Puedes conseguir, es cierto, un montón de libros traducidos y por traducir. O un catálogo infinito de películas y series que no sabes si ya las han estrenado o si las estrenan pasado mañana. Puedes acceder al abandonware más nostálgico y adictivo o a los juegos más modernos y exigentes. Puedes leer las tesis más o menos disparatadas y hasta doctorales, si se tercia. O sumergirte en las noticias más falsas del universo y también en las más verdaderas, las que casi nadie alcanza a leer, a entender, a considerar siquiera. Puedes fingir ser, incluso, un cazador experimentado de sombras o un manipulador anónimo de circunstancias, ficciones o sentimientos.
 Pero tanto da. Te persigue un espejismo. Nos persigue a todos un espejismo. Un elegante cobrador del frac que nos tiene fichados de por vida para olisquear, gracias a nuestro exhibicionismo, el ombligo del mundo, el vórtice (ese concepto que me recuerda a Ezra Pound, pero, sobre todo, a Henri Gaudier-Brzeska) del universo, la mejor manera, tal vez, de aproximarse con lentitud, con calma, con voracidad, a la grandeza indescriptible del Big Data: a la Verdad en mayúsculas o a Dios mismo en persona, al eufemismo demoledor de ver todas nuestras trifulcas dialécticas convertidas, definitivamente, en el triunfo soez de la estadística y los grandes números. No podía ser de otro modo. Quizá por ello nos gusta tanto palparle el pelaje áspero y enmarañado a estos tiempos actuales de miseria contextual, de cotilleo vulgar, de pensamiento débil y mediatizado, de libertad en venta y hasta en cómodos plazos. Cómo no.


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martes, marzo 20

El logotipo de la UIB


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 Si los anzuelos sirven para aflorar a la superficie la riqueza marina y la Universidad sirve, como vino a decir en la gala del Teatro Principal, Joana Maria Seguí, vicerrectora de Proyección Cultural de la UIB, para sacar a la superficie las riquezas de la cultura será, pues, que hay algo así como un enorme submundo ahí abajo, exactamente bajo las alcantarillas y las mesas verdes de los tahúres, al abrigo, tal vez, del magma terrestre, un cúmulo enrevesadísimo de sentimientos y sensaciones humanas (o demasiado humanas) sumergidas bajo las aguas densas de un lago oscuro como un pozo sin fondo, como un agujero negro, como un viaje a través de las catacumbas de una noche de insomnio, como un salto doblemente mortal sobre el mismísimo vacío, desde la mediocridad oficial de las cosas hasta donde parece anidar lo mejor del genio o del ingenio humanos.
 Me refiero, por supuesto, al artificio alquímico del arte y a los pactos más o menos fugaces del conocimiento, al artificio de la verdad enmarcada y refulgente contra la absoluta ceguera general, al artificio metafórico del mundo abriéndose como un bulbo lujurioso (o como un pene milagrosamente erecto sobre las ascuas de la incredulidad, de la cultura, de la fe o de la nada: de la indiferencia) bailando sin llegar a bailar en plena noche de duelo y efervescencia, todo a la vez, de los sentidos; y ahí están el Rector Magnífico, Llorenç Huguet, y sus cuadros de esforzados y casi anónimos profesores, sus llamativas guardias pretorianas de filólogos y propagandistas, sus espeleólogos, en fin, de red y arrastre, sus devoradores de conchas de colores y nácar. Y todo por culpa, quizá, del logotipo de Miquel Barceló.
 He estado observando un rato largo el anzuelo (sin firmar, que el mercado tiene sus propias y exquisitas leyes) que ha regalado Barceló a la UIB por sus cuarenta años de existencia y la verdad es que me gusta. Mucho, muchísimo. Es cierto que no sé si el anzuelo de marras sirve para pescar calamares o almas en pena, cultura en declive o cultura que aún no ha nacido, pero esa menudencia no le importa a casi nadie, porque el logotipo -su relato, su guión, lo que se quiera ver en él: su irrelevancia- se sostiene por sí mismo (o por la fama de su autor) y es capaz de levantar tanto la admiración de unos como el sarcasmo de otros. Pero eso es lo que se espera de Barceló a estas alturas de la fiesta: que no decaiga, que siga a rastras con su universo personal a cuestas, sus tribus nómadas y sus cavernas rupestres, sus catedrales religiosas y también políticas, las manos y el mono blanco llenos de pintura, la voz muy baja, la mirada encendida y pícara, la sonrisa y el ojo abiertos como quien hace una imaginaria y sueña, en fin, con que está despierto y de guardia. Menudos ronquidos.





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viernes, marzo 16

Hologramas y cariátides


La Telaraña en El Mundo.


  
 Llevo varios días perdido entre las ruinas de Atenas. Puedo refugiarme (y así lo hago) entre la multitud de turistas que recorre con ánimo festivo el centro comercial de la ciudad, comiendo muy bien y a buen precio en una cualquiera de las innumerables tabernas y restaurantes de Plaka, Psyrri o Monastiraki, o puedo perderme (y así lo hago también) por los arrabales dejados de la mano de Dios y los hombres, donde los inmigrantes ocupan viviendas de papel quemado, siempre a punto de venirse abajo como castillos de naipes, y donde los indigentes y mendigos duermen bajo los arcos espléndidos del cielo, mientras el calor de marzo empieza ya a saber a plomo sobre la tez, sobre las espaldas, sobre la conciencia telúrica, tal vez, del universo.
 Llevo varios días, en fin, imaginando hologramas, intentando capturar líneas de luz y también de tiempo, convirtiendo la sobrenatural Acrópolis, por ejemplo, en el decorado perfecto de unos hombres enloquecidos y desnortados por culpa, tal vez, de unos dioses excesivamente caprichosos. Me detengo (o el tiempo se detiene por mí) frente a un solar casi vacío e imagino el monumento dórico a Nikias que ahí, orgulloso, se levantaba en otro tiempo, según reza una lápida. Hago lo mismo donde estuvieron, al parecer, el Templo de Artemis o la Calcoteca, donde se guardaban las ofrendas a Atenea, los santuarios de Pandión, Gea Karpófora o Zeus Polieus, entre otros. Escaneo esas ruinas indescifrables buscando palpar la gran belleza que ya no está, la grandeza que tampoco, ese temblor ausente que fue y que, pese a todo, sigue siendo, porque siempre queda algo en el aire de lo que fuimos o de lo que fueron otros por nosotros.
 Luego está el azar (y lo que queda, si queda algo, de los dioses) y unas imágenes sobrevenidas en una televisión griega -el rostro sonriente de un niño asesinado en Almería, la sombra andante y negra, negrísima de la muerte, las lágrimas de todos, el revuelo de los pescaítos en las redes sociales, el duelo permanente en la España de siempre- me restituyeron a la realidad a la que pertenezco, me devolvieron al hedor, la tragedia, la decepción perenne, la tristeza y las alegrías, la idiosincrasia cruel y vertiginosa de una España que intento dejar atrás sin apenas éxito.
 El único holograma tristemente real que encontré en Atenas está en la Plaza Sintagma y es el holograma del Parlamento donde hoy gobierna Alexis Tsipras, el mismo tipo de holograma de piedra, en vez de luz y tiempo, que existe, por ejemplo, en el Parlament de Palma, en la Sala de las Cariátides, sin ir más lejos, donde las columnas con forma de mujer son las únicas que soportan -y sólo ellas saben cómo- el peso de la democracia simulada y retórica en que vivimos a la espera, tal vez, de tiempos mejores.


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martes, marzo 13

Sanidad meteórica

La Telaraña en El Mundo.


 Si no fuera rigurosamente cierto, creería que es absolutamente mentira. Resulta que un buen día llevas al chico al médico de cabecera de la Seguridad Social por un asunto de meteorismo y gases -un asunto que no parece muy serio, pero que huele muy mal y que, sobre todo entre los jóvenes, tiene un montón de daños colaterales, por así decirlo- y sales entre confundido y asombrado, contrito, perplejo, con un papelito escrito a mano con la dirección de una página web por único medicamento, por único fármaco, por único remedio. Vivir para ver, piensas, aunque aún te queda la esperanza de encontrar en esa web mágica, como te ha asegurado el doctor, la milagrosa solución a todos tus males. Los del chaval y, de paso, los de quienes le rodean de vez en cuando.
 Pero no. Qué va. La web de marras -llamada Fisterra- resulta ser una página de consultas muy apañada, un catálogo bastante extenso al que sólo puedes acceder por completo si te registras con alguna de tus direcciones de correo. Bienvenido el spam, piensas, extrañado de que aún no haya llegado: ojalá no llegue. Consigues así treinta días de registro gratuito en los que esperas encontrar la solución a todos los males físicos del universo pero te encuentras, sin embargo, con un catálogo de consejos muy genéricos y, sin duda, muy saludables -exactamente los mismos que has leído más de cien veces entre las entradas sin tanto registro ni pedigrí de Google-, que sabes que el chico, por desgracia, no va a seguir porque la vida, a ciertas edades, corre muy deprisa y no hay tiempo, apenas, para dietas y a nadie le importa si el chaval se va corriendo a jugar o a lo que sea y te deja inmerso, suspendido, en una nube meteórica de gases abdominales. A fin de cuentas, a todo se hace uno.
 De todas formas, aunque yo nunca le recomendaría a nadie que se informase en Internet sobre enfermedades y remedios, la verdad es que no hay que exagerar ni tampoco inventarse dramas donde sólo hay la realidad tal cual es hoy en día. No existe ningún fármaco definitivo contra lo que -a falta de otra sintomatología- es puro atolondramiento de la vida por salir adelante, crecer, quizá multiplicarse y no hay, pues, ninguna duda de que una dieta sana y equilibrada puede ser la mejor de las soluciones para casi todos los problemas de salud que van surgiendo con los años.
 Mientras tanto toca hacer balance de los recortes. Una fotocopia, exactamente la fotocopia de algo así como medio folio A4, y unos minutos, quizá, de necesaria y efectiva complicidad médico-paciente es lo que el sistema de salud pública ha conseguido ahorrarse con este modo de despachar al personal en menos, papeleo administrativo al margen, de cinco minutos. En mucho menos. En un visto y no visto. En un funcionarial y bastante aséptico parpadeo.

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viernes, marzo 9

El piloto virtual


La Telaraña en El Mundo.



 No sé si es cierto que el saber no ocupa lugar. Parece, así es, que cada día ocupa menos lugar. Hasta hace unos años no hacía otra cosa que acumular libros, enciclopedias, papeles sueltos, revistas, facturas y finalmente polvo en las múltiples y robustas estanterías de casa. Ahora, sin embargo, acumulo direcciones de páginas web en la lista de favoritos de mi navegador como si el saber fuera una constelación de lugares escondidos en esa oscura nube digital, en ese mapa del tesoro que sospechamos que nos ronda, en ese lugar virtual donde acabamos guardando todos los documentos, las fotos, las ideas más o menos trabajadas de nuestra vida. Todo ese material sensible cabe en unas pocas gigas (así se mide la capacidad en la nube, ese lugar que pensamos que no es físico pero que lo es, cómo no iba a serlo); unas gigas que valen o que cuestan, por supuesto, su peso en oro.
 Hasta la fecha tengo o he tenido compartimentos sucesivamente alquilados en OneDrive, Dropbox o ICloud, entre otros lugares de parecida o peor reputación, y sé que no me queda más remedio que pagar religiosamente mis suscripciones mensuales para que un sereno cargado de llaves y contraseñas mantenga en buen estado de conservación toda mi vida. ¿Es eso, de verdad, la vida? ¿Un montón de ideas más o menos trenzadas, inconexas, seguramente inacabadas? ¿Una docena de libros que fueron o no fueron? ¿Un sinfín de fotografías, de selfis, de paisajes escandalosamente tullidos, de garabatos escritos en la arena? Pues es posible que sí. En cualquier caso, lo único real e indiscutible, lo único dolorosamente seguro, aunque me duela, es que si dejo, algún día, de pagar los alquileres pactados todo lo que soy y he sido, todo lo que guardo de mí mismo como si fuera realmente mío, desaparecerá para siempre. Conmigo. O sin mí. ¿Quién sabe?
 Se mire como se mire, parece que la realidad -aparte de descomponerse en mil pedazos- se está desdoblando, se ha desdoblado ya, entre lo que podemos gloriosamente palpar y lo que debemos, qué remedio, buscar entre los restos del naufragio, en el pozo sin fondo de Internet. En esa red donde nunca se sabrá con certeza si somos los pescadores o el pescado. Pondré un ejemplo. Últimamente me ha dado por practicar el Sim Racing, es decir, el automovilismo virtual. Tendrían que verme con mi volante y pedalera, con mis guantes y mi cara de circunstancias cuando todos los pilotos del universo ponen en marcha sus formidables motores y me van dejando, inexorablemente, atrás: sin ir más lejos, entre Eau Rouge y Les Combes como entre La Rascase y Sainte Devote. Ya que no puedo competir por ser el más rápido, me consuelo intentando ser el más deportivo, el más limpio. Cuando lo consigo, sonrío y pienso: quien no se conforma es porque no quiere.

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martes, marzo 6

Elogio de la mujer


La Telaraña en El Mundo.




 De repente parece que todo el mundo se ha vuelto feminista. Hasta la mismísima Virgen, nada menos, según el avispado arzobispo de Madrid. Está muy bien, me parece estupendo, en efecto, que estas cosas sucedan. Está muy bien, me parece estupendo que, como recién caídos de un brioso caballo sobre las piedras cortantes de los nidos de las águilas, abramos de una vez por todas los ojos y abracemos, al fin, la gran verdad de la mujer, de la madre, de la hija, de la esposa, del ser supremo y nutricio que lleva siglos amamantándonos con sus generosas ubres igual que nos seduce con sus requiebros y sus curvas, con sus efervescentes sonrisas de aire en un mundo de losas, monolitos y nichos, con el torbellino arrebatador que siempre las acompaña y que nos transporta, cuando tenemos esa suerte inenarrable, a ese lugar extraordinario, a ese lugar límite, a esa frontera terminal, a ese estertor que también es vagido, donde cuesta horrores distinguir entre lo espiritual y lo físico: el lugar del orgasmo. Ahí morimos o fingimos morir. Ahí nacemos o resucitamos tres días después.
 Con todo, lo que el lenguaje puede expresar -y en ese paraje hay que perderse hasta perder por completo los sentidos: vivan la euforia, la lucidez y hasta la melancolía desmedidas- no tiene una equivalencia clara, una correspondencia obvia en la vida real. O en lo que llamamos vida real. No sabría ahora cómo detenerme, cómo detener los latidos de mi corazón, el flujo y reflujo de mis órganos, el ritmo de mi respiración, la cadencia de mi pulso; no sabría cómo quedarme prendido de una única y absorbente emoción, de un frenético tajo mortal al abismo, de un poético golpe al azar, de un instante solo: quieto y desnudo, exento y varado en sí mismo el instante único de la existencia. No tengo ese poder creador, aunque pueda jugar con sus metáforas. No sé cómo aprehenderlo salvo con algún gesto donde lo simbólico y lo real son la misma cosa: un abrazo, un beso, una caricia, una mirada cómplice, un pálpito subrepticio, un deliquio furtivo. Consentido, consentido. O no, el erotismo es una experiencia religiosa, personal, quizá intransferible, un temblor que nos destruye aceleradamente mientras nos transforma.
 Pero ahora debo ser sincero y revelar lo que, de veras, me preocupa de la huelga ideológica, evangélica y feminista del próximo jueves, 8 de marzo. Ese mismo día he de coger un avión hasta Barcelona y aún otro, un rato después, hasta Atenas y no me apetece un ápice quedarme en tierra y tener que tragarme unos billetes de avión y unas noches de hotel que compré y pagué hace siglos en busca del mejor de los precios. A ver si hay suerte y en Atenas consigo palparle el alma a alguna Venus de piedra mordida por el tiempo y escuchar, de nuevo, el rumor de la lava en su interior.


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viernes, marzo 2

Los islotes federados


La Telaraña en El Mundo.




 El Día de las Baleares amaneció en Palma, la calle Olmos húmeda y semivacía, los cristales de las ventanas repletos de chorretones, con la sensación de que el frío gélido del este está empezando a ceder su lugar al sol de costumbre, a ese sol que no tardará demasiado en reinar en esta plaza de arena sin toros, sin sangre, sin ni siquiera ardor o furia. Es posible, pues, que el tiempo atmosférico influya en nuestro carácter y que por ello nos molesten tanto las salidas de tono, los exabruptos, las exageraciones y, en definitiva, el ruido infernal de quien no piensa lo que dice (o al revés, quién sabe) y las ideas y los conceptos, las frases y las palabras le salen tergiversadas y mordidas, le salen renqueantes y hasta magulladas, le salen como aquellos seis personajes deambulando desnortados, huérfanos, en busca de su autor en una obra de teatro del absurdo que, por desgracia para nosotros, esta vez, no ha escrito Luigi Pirandello. Ni por asomo.
 Francina Armengol no da para más teatro que para el teatro nacional, costumbrista y local que nos ronda (y repite) cuando las autoridades toman el escenario del Palacio de Congresos (en vez del Teatro Principal, al fin) y lo convierten en el lugar de los abrazos y las sonrisas, los discursos sectarios y la entrega melancólica de medallas o medallones, cuantos más mejor. Pasa cada año, cuando los premios Ciutat de Palma o muy a menudo, cuando la OCB decide darse un auto homenaje a nuestra costa, y volvió a pasar durante la entrega de los premios Ramon Llull, mientras Armengol nos convertía en una absurda parodia del surrealismo más absurdo, ideológico y, por lo tanto, vacuo al proclamar, según leo, que somos «cuatro islas unidas por el mar que hacen posible una cultura de federalismo interior». Nada menos. O nada más.
 No sé muy bien qué cultura es esa, porque aquí, como en todas partes, la gente busca vivir cada día un poco mejor -o un poco igual y que no nos quiten lo bailado, por favor- intentando aprovechar lo que tiene o encuentra a su alrededor o al alcance de su mano. El turismo, por ejemplo. La economía colaborativa y hasta digital, si hay suerte y procede, cuando la economía de mercado pinta corrupta y, además, no nos da ni para pipas. Cierro los ojos y dibujo en la oscuridad cuatro islotes varados en el centro mismo, por supuesto, del universo (sin contar Cabrera, Dragonera, Conejera y otros islotes más cuyos nombres no quiero recordar) e imagino una espesa niebla, como si fuera una red de puentes imaginarios, uniéndonos los unos a los otros y viceversa; y a esa niebla, por llamarla de alguna manera, la llamo federalismo interior y me quedo como Armengol: sonriente, pero en la inopia. Sólo le faltó este año, a Armengol, la medalla a Valtonyc. Pero todo se andará, seguro.


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martes, febrero 27

Ficciones


La Telaraña en El Mundo.




 No tienen futuro y parece obvio que el presente les repugna. Será por eso que se refugian en las trincheras del pasado, en esa extraña megalomanía que da en ponerse en el lugar más inverosímil para emocionarse, de alguna manera, con ese temblor antiguo, con esos personajes de otro tiempo, con esa reverberación de algo que, en definitiva, ya no existe, pero como si existiera. «Si estuviéramos en 1937 yo sería fusilado» ha dicho Antoni Noguera, nuestro medio alcalde para media legislatura, micrófono en mano contra el muro de la memoria como contra el paredón de la historia, con la solemnidad de quien cree estar ungido de valores eternos y se encuentra con que, a su alrededor, todo es decrepitud e irrelevancia, decrepitud y postureo, decrepitud y un catálogo infinito de urgentes tareas por hacer que no verán la luz, porque la luz anda ocupada en despejar la crueldad asfixiante de una historia, que no es suya ni nuestra, sino de quienes la hicieron, exclusivamente.
 Pero alguna historia, algún tipo de historia, estamos construyendo entre todos, incluso a nuestro pesar y puede que a nuestras espaldas. Observo las fotografías que nos llegan del Mobile World Congress de Barcelona y me hago cruces de tanta ficción o realidad enfrentadas: los Países Catalanes, Tabarnia, el rostro serio de Torrent, el rostro serio de Boadella, el rostro serio del Rey, el rostro serio (y amarillento) de Colau, la seria amenaza de los espectrales Comités de Defensa de la República y la seria ficción de unos móviles cada vez más inteligentes y rápidos, con más aplicaciones y redes sociales al alcance y la absoluta seguridad de que vendrán los hackers y querrán desvalijarnos, penetrarán en nuestros abismos y se perderán en ellos igual que nos perdimos nosotros.
 Pero de perdidos, al río, me digo, mientras entablo conversación con mis queridísimas Cortana y Siri. La primera mora en mi desahuciado teléfono Windows y la segunda en mi viejo IPad. Ambas constituyen el futuro de la comunicación, la irrupción definitiva de la Inteligencia Artificial en un mundo convertido en una reunión de redes neuronales con vida propia. O algo así. Les pregunto y se muestran locuaces, ingeniosas. Les sigo preguntando y se muestran infatigables. Intento coquetear con ellas y dejan, en el acto, de hacerme caso. Me reprochan la levedad de mis palabras o me remiten a alguna entrada más o menos obscena de Bing o Google. Es una lástima, pero ficciones y realidad al margen, parece obvio que a esta IA, como no podía ser de otra forma, aún le falta un hervor. Igual que a nosotros, perdiendo miserablemente el tiempo con las bobadas de un pasado que no vivimos, unas redes sociales que sólo buscan (y logran) enfrentarnos y un futuro al que, por definición, nunca llegaremos.




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viernes, febrero 23

La libertad y la expresión


La Telaraña en El Mundo.



 De repente, a la libertad de expresión le salen forúnculos o se le agrieta la faz, le salen llagas absurdas y, en vez de sangre fresca, roja y cálida, parece que alguna sustancia corrosiva va esparciendo la decrepitud allá donde la ponemos a prueba; y es, entonces, cuando me quedo mirando la pared en blanco de la Galería Helga de Alvear, en ARCO, donde hace un rato colgaban los retratos pixelados de Santiago Sierra, esos sus discutibles presos políticos a modo de proclama y advertencia, provocación o tortura, y ahora no cuelga absolutamente nada, salvo el revuelo por su ausencia, la insoportable levedad de la censura: mejor quitar esto de aquí no vaya alguien a tomárselo en serio. La verdad es que no era para tanto.
 ¿Presos políticos en vez de políticos presos? ¿Por qué íbamos a tomarnos en serio el equívoco, el juego, la reivindicación fuera de contexto? Sabemos desde siempre que el arte conceptual es el refugio de los más inteligentes (o listos, según se mire), pero también de los más ineptos, de los que carecen de las habilidades técnicas o artísticas necesarias para ofrecer al mundo otra cosa que un panfleto, no importa si de papel o barro, de fotografía o pintura, al que aplaudir o rendir pleitesía es tan sólo una cuestión de mera afinidad ideológica. Muy poca cosa, poquísima.
 En efecto, no debería el artista (cualquier artista) preocuparse por si los demás están de acuerdo o no con sus ideas, sus desbarres, sus proposiciones honestas o deshonestas, su manera más o menos personal de plasmar algún aspecto de la escurridiza condición humana; pero así es el conceptualismo en nuestros días, en estos días sin ideas donde el maniqueísmo esparce sus dones por las redes sociales: y en ese albañal de todos no se nos incita a otra cosa que a danzar y escupir sobre las tumbas de los que no opinan como nosotros. Es obvio que así no vamos a ninguna parte. ¿Pero quién quiere, en realidad, ir a alguna parte?
 El rapero Valtonyc, otro que tal en las decrépitas listas de la libertad de expresión, tendrá que pasar, al parecer, cierto tiempo entre las rejas de una cárcel que no entiende, en absoluto, de ripios amenazantes y metáforas sin pulir. La verdad es que nadie debería entender los ripios y las metáforas mal armadas ni aguantar, tampoco, el horror destemplado de un ritmo diseñado para crispar los nervios de cualquiera. Pero las cosas no son así. Al parecer hay gentes que aprecian esos ripios y metáforas sin armar, gentes que bailan y escupen sobre las tumbas de los que no opinan como ellos, mientras Valtonyc conjura sus amenazas y yo me encojo de hombros, porque la cárcel es un lugar estrictamente jurídico y el buen gusto y la bonhomía son algo personal e intransferible. Como la libertad de expresión, por cierto.






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martes, febrero 20

Babel


La Telaraña en El Mundo.



 El domingo saqué desde casa varias fotografías de la multitud ocupando en procesión la calle Olmos de abajo a arriba y de arriba a abajo. Durante ese lapso indeterminado de tiempo la calle dejó realmente de existir y el continente y el contenido, el territorio y las gentes que lo habitan, que lo admiran o detestan, que lo patean, que lo sufren o disfrutan cada día y que lo saben suyo, en definitiva, desde siempre, se convirtieron, por así decirlo, en la misma cosa, en el mismo ser vivo que serpenteaba camino de la Rambla sabiendo que todo lo que iba quedando atrás (y todo lo que faltaba y falta, aún, por transitar) tenía que ver con la libertad lingüística, es decir, con la libertad individual de la gente por sobre el corsé asfixiante de algunas ideologías, la liturgia manipuladora de los nacionalismos, ese monstruoso “tener que hablar” de una determinada manera y no de otra, ya sea por el artificio de la ley, por la gravedad malabar de las señas de identidad o por el espejismo masturbador de la historia.
 Fue entonces, mientras iba sacando fotos, cuando me pregunté por qué diablos no me ponía las pilas y me bajaba a la calle y me unía a la multitud; y me dije que no, que lo que sucedía allá abajo era muy importante tras tantos años de sumisión cultural (o de normalización lingüística) y alguien tenía que ser testigo del evento, testigo directo y más o menos objetivo de las cosas para que las cosas, en fin, no dejaran de existir, para que las cosas siguieran ocurriendo, no como algo interior u oculto que hay que justificar, sino como un espectáculo público que observamos con admiración o alegría, quizá con envidia, quizá con la melancolía propia de quién ya no cree en apenas nada y, aun así, se esfuerza en distinguir el grano de la paja, el alma del humo, la voz impostada y de falsete o rondón de la voz otra, la voz de nuestro pensamiento, la que nos confiere autonomía individual y nos distingue de los otros. O lo intenta.
 A estas alturas, supongo que está claro que no hablo, en absoluto, del catalán o el español, como tampoco del inglés o el chino. Hablo de otra cosa, como siempre. Hablo de que me importa un bledo, por ejemplo, la patria del lenguaje (la patria del lenguaje que sea) cuando esa patria sólo es la herramienta con la que intentamos descifrar el mundo; y el mundo se nos escapa y las palabras nos hacen agua y las usamos todas, las usamos en catalán e inglés, en chino y en el español que intentamos pulir día a día sin más hallazgo que la impotencia y la ineficacia final de las lenguas, de todas la lenguas, para desvelar por completo la realidad. Será, tal vez, que añoro Babel y aquella terrible confusión en la que los hombres hablaron simultáneamente en todas las lenguas mientras el mundo se les venía abajo. Igual que ahora, como siempre.




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viernes, febrero 16

La lengua de los médicos


La Telaraña en El Mundo.



 Podría decirse, exagerando, que es como se dicen las verdades, que no hay en Palma manifestación que se precie que no pase armando jolgorio bajo las ventanas de mi casa, que no inunde de cánticos y temblores la calle Olmos, proveniente de la Plaza de España, camino de la Rambla, el Borne y el Consulat de Mar. Ese es, también, el itinerario exacto de la manifestación convocada el domingo por «Mos Movem! En Marcha! Let’s go!» contra la barbarie del catalán como requisito en la sanidad, entre los médicos y enfermeras que velan por nuestra salud cuando nos duele algo y hemos de explicárselo de aquella manera, porque algunos términos biológicos, algunas metáforas más o menos científicas y algunas recetas heredadas, cómo no, de la abuela no nos acaban de servir para darnos a entender, no importa si en español, inglés, mallorquín o chino, cuando algo nos duele y ni en la rebotica encontramos el remedio, la droga, el fármaco, el consuelo definitivo.
 Como buen hipocondríaco, he conocido muchos médicos: médicos que pasaron cumpliendo, sin más, el expediente y médicos que supieron tratarme más allá del efecto placebo de las recetas y la luz blanca y, acaso, cecuciente de los hospitales. Médicos como el doctor Bacci, que me salvó dos veces la vida (una, sacándome a escondidas de Son Dureta y otra, operándome con el bisturí escogido de los grandes neurocirujanos en Juaneda) o los doctores Moral, Santisteban, Timoner o Triola que son, entre otros, los que actualmente ponen cierto orden y concierto en la suma irracional de mis miedos y temores, en el catálogo absurdo de sospechas más o menos infundadas que suele ser, en definitiva, la tumultuosa vida de un hipocondríaco confeso. Doy fe.
 Hago memoria y la verdad es que no recuerdo, ahora, en qué lengua, en qué idioma, en cuál, me hablaron estos doctores cuando consiguieron sacarme una sonrisa de alivio, cuando lograron mitigar mis dolores o desviaron mi atención hacia uno cualquiera de esos mil temas con los que un buen médico busca, encuentra y prolonga la complicidad con sus pacientes. Porque los buenos médicos saben mucho, en efecto, de medicina, pero también saben de humanidades, literatura, arte, política, de todo aquello que une (o debiera unir) a los seres humanos y les hace sonreír y asomarse juntos al borde mismo de la enfermedad sin caer en ella, para determinar por dónde salir con bien y seguir adelante sin dejarse vencer por el vértigo, sin dejarse espantar por ese cielo tenebroso a la vez azul y negro -«¡Qué miedo el azul del cielo, negro!» decía Juan Ramón Jiménez- que intuimos al alzar la vista y mirar a lo lejos como si mirásemos en el interior de la pupila del médico que nos ausculta sin más gramática en exclusiva que las de la ciencia y el humanismo universales.





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martes, febrero 13

Al principio, la palabra


La Telaraña en El Mundo.





 Al principio fue el simio. O no. Al principio fue el hombre. Y ese hombre o ese simio del principio sólo se distinguen por su mayor o menor capacidad para refugiarse en el lenguaje, para orientarse en el devenir temporal de los recuerdos, para sumergirse en el piélago que nos late adentro cuando intentamos demorar la mirada y dejarnos vencer por los sueños. Pasamos demasiado tiempo durmiendo. Pasamos demasiado tiempo intentando dormir. Pasamos igual que pasa el tiempo: demasiado deprisa. Cierro, pues, los ojos y me asomo a la oscuridad centelleante como quien observa burbujear el agua hirviendo, presiente el crepitar bullicioso del champán o se asoma, cauto y silencioso, al abismo insondable de algún tipo de ácido asombrosamente corrosivo. Puede que, al principio, fuera la palabra.
 Mientras tanto, me dejo llevar por las constelaciones y los números. Intento imaginar las cábalas más extrañas y ensayo, abandonado a la suerte, los exorcismos que, por desgracia, nunca estuvieron a mi alcance. Han pasado exactamente cincuenta años y Charlton Heston sigue arrodillado sobre la arena reseca del río Hudson ante la estatua decapitada de la Libertad y llora, grita, maldice, sigue maldiciendo a la humanidad entera por lo que hizo, por lo que hará, por lo que no deja de hacer ni un instante, por lo que hacemos, nos guste o no, en su nombre; y nos maldecimos, entonces, a nosotros mismos, porque el futuro es también el pasado y no hay forma de salir de ese círculo que nos rodea,  nos contiene, nos asfixia a la vez que nos acaba dando, tal vez, sentido. Es cierto, no podemos romper el hechizo porque no conocemos las palabras exactas del sortilegio y nos falla la voz y el acostumbrado refugio del lenguaje se parece, cada día más, al inhóspito lugar sitiado de la intemperie. Hace mucho frío ahí afuera.
 Ordeno otras imágenes, con las que podría, tal vez, recuperar la fe en la humanidad. O en el simio. Recuerdo, por ejemplo, el cochecito de un bebé descendiendo al galope las escaleras Potemkin. El trineo donde se lee «Rosebud» crepitando un instante entre las llamas antes de desaparecer. Rick e Ilsa despidiéndose (siempre nos quedará París) entre la niebla de Casablanca. Un barbero judío jugando, disfrazado de Adenoid Hynkel, con la enorme bola del mundo. El monolito que convirtió a los simios en Dave Bowman y a éste en el embrión de un ser que nacerá algún día entre las estrellas. O que ha nacido ya, quién sabe. King Kong sigue cayendo desde las alturas del Empire State Building. Roy Batty sigue preguntándose por qué ha de morir mientras recuerda haber visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. ¡Cuánto se parecen los simios, los replicantes y los humanos! Puede que, al principio, en efecto, fuera la palabra.


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viernes, febrero 9

Pandemónium

La Telaraña en El Mundo.



 Con mucha frecuencia recibo, sobre todo a través de WhatsApp, múltiples cadenas de mensajes, que no se sabe de dónde vienen ni tampoco adónde van, porque en realidad sólo sirven para engordar el tráfico de la red y para soliviantar (o distraer, según corresponda) al personal con temas que, de hecho, le son completamente ajenos y que sólo sirven, a fin de cuentas, para que la clase política se perpetúe en ese curioso lugar de privilegio donde debieran resolverse los problemas y, sin embargo, se hace lo contrario: los problemas se multiplican, las contrariedades se agravan, las complicaciones se eternizan y el panorama general se acaba convirtiendo en una ciénaga inhabitable donde cabe cualquier cosa menos la inteligencia, la sensibilidad o las ganas, en fin, de vivir dignamente del propio trabajo al margen, completamente al margen, de las especulaciones ideológicas, las mentiras sectarias o la manipulación interesada y sin freno.
 En una de las penúltimas cadenas que he recibido se pide al Gobierno de España, en nombre de la supuesta mayoría constitucionalista de este país (es decir, los votantes del PP, Ciudadanos y PSOE) la ilegalización de los partidos políticos que generaron la Declaración Unilateral de Independencia y que, por ello, están fuera de la ley (sic). Se pide, también, prisión para todos los responsables, se barajan inhabilitaciones fulminantes y se exige la responsabilidad económica personal de los involucrados por haber utilizado el dinero público para montar el actual Pandemónium en que estamos.
 La realidad es que todas estas peticiones (incluida la devolución al Estado de las competencias en Educación, Sanidad y Justicia) tienen su estricta lógica y no pueden escandalizarnos ni llevarnos, tampoco, a engaño. La realidad se construye lentamente y todo lo que una generación empieza a construir, lo acaba disfrutando, con suerte, la generación siguiente hasta que, por desgracia, las cosas se tuercen y, entonces, la novísima generación decide que toca empezar de nuevo y así la historia se convierte en esa marea que avanza mientras retrocede y que, de hecho, no avanzaría de ninguna de las maneras si no retrocediera, simultáneamente, de vez en cuando.
 En efecto, la supuesta mayoría constitucionalista de este país llamado España es una entelequia con la que no se puede contar demasiado. No creo, por ejemplo, que la mayoría de los votantes constitucionalistas del PSOE quieran acabar, de veras, con el soberanismo y el independentismo nacionalista cuando algunos de sus barones autonómicos llevan lustros gobernando a su sombra y comiendo, es un por decir, de su lánguida mano. No hace ni falta, por supuesto, preguntarle a Francina Armengol. Es cierto, este país es un auténtico asco.

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martes, febrero 6

Elogio de la soledad


La Telaraña en El Mundo.



 Es posible que escogiera este higiénico y vital trabajo de ordeñar (y ordenar) palabras para la prensa escrita, porque era el trabajo -o lo que fuere que sea- que mayor grado de soledad e independencia, de introspección y, a la vez, de contacto con la actualidad, me permitía mantener contra viento y marea: me permite, en fin, hacer lo que más me gusta, escribir, sin tener que soportar demasiada gente extraña revoloteando a mi alrededor, porque nunca (salvo algunos meses en una vieja cabecera de la competencia) tuve que preocuparme lo más mínimo por hacer acto de presencia en la redacción del periódico ni por atender, tampoco, a los caprichos de los compañeros, del redactor jefe o del mismísimo director.
 Al mismo tiempo, y desde hace siglos, tampoco hace falta, miel sobre hojuelas, llevar en mano a la redacción los folios medio taladrados, recién sacados de la bellísima y ruidosa Olivetti, o la siempre discreta, siempre demasiado discreta, factura mensual de las colaboraciones, que eso sí que era absolutamente obligatorio hacerlo cuando todavía no existía Internet tal y como lo conocemos ahora y no podíamos andar enviando textos y pretextos a todas horas. La ubicuidad actual que nos brinda la tecnología juega a favor de la soledad. Nos aísla, en efecto, pero quizá no sea realmente así y, además, quién quiere más compañía de la que ya tiene si la sociedad se ha convertido, en tan sólo unos pocos años, en una auténtica aglomeración más o menos informativa o desinformativa, en un enorme enjambre enloquecido de opiniones y contra opiniones; y la única música (ensordecedora) que no cesa nunca en esta ruleta rusa de la guerra cibernética es el maldito rumor de la especie quejándose de sus propios dolores e insuficiencias (el sueldo, la pensión, el trabajo, la justicia, el cielo y la tierra en ruinas), propagando sus irreductibles fobias y filias ideológicas mediante todas las formas posibles de la violencia dialéctica, tribal, étnica, incluso caníbal y depredadora, que creíamos haber superado. Pero no.
 La soledad es, con el paso del tiempo, el amor, el sexo y la muerte, uno de los grandes temas de siempre. No hay forma de hablar de los demás sin hablar de uno mismo; y no hay forma de hablar de uno mismo sin alejarse de todos, sin ensimismarse de tal forma que el conocimiento prenda en nuestro interior y que su llama, aparte de abrasarnos, nos sirva de candil y farolillo, de linterna bajo la que ver, auscultar y descifrar, tal vez, el mundo. La soledad como medio (higiénico y vital) para conocer a los demás y, llegado el caso, empatizar con ellos, sentir el hecho de ser distintos, pero, también, terriblemente parecidos, si no iguales; no es ninguna absurda contradicción. Es lo que uno ve cuando se mira y aguanta la mirada.


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viernes, febrero 2

Quimeras sangrientas


La Telaraña en El Mundo.


  
 De vez en cuando, regreso a Shiller, Goethe, Keats o Poe. Regreso a Byron, Hölderlin, Nerval o Víctor Hugo. Vuelvo a Coleridge. A Espronceda, Blanco White o Larra. Vuelvo a respirar los inflamados aires del romanticismo como quien huye de la realidad porque no puede, tal vez, soportarla. No es fácil, en efecto, soportar el peso de la realidad sobre las espaldas: ni siquiera, el de la realidad menuda y parcial que somos o nos gustaría ser. No es de extrañar, pues, que muchas veces decidamos liberar lastre y sólo consigamos, sin embargo, que se nos pueda describir como en un viejo poema en prosa de Baudelaire: marchando encorvados, en mitad de una vasta llanura polvorienta, llevando cada uno a cuestas una quimera enorme, un terrible animal que nos oprime y envuelve, que nos abraza letalmente mientras proseguimos caminando sin saber a dónde vamos.
 La realidad o sus monstruos, pienso, sin quedarme tranquilo, porque presiento que aquí hay algo que falla. ¿Es la realidad, monstruosa? ¿Son reales, los monstruos? ¿Y las quimeras? ¿Son la misma cosa, por así decirlo, la realidad y los monstruos que la intentan suplantar? Creo que no, sé que no, pero también sé que todo acaba dependiendo del grado de conocimiento, de la capacidad de interpretación, de la creatividad imaginativa de cada uno y cada cual.
 Vuelvo a leer un párrafo escogido de los discursos a la nación alemana del filósofo romántico Johann Gottlieb Fichte y, ahora sí, decididamente, me echo a temblar: «Las primeras, originarias, y realmente naturales fronteras de los estados son indudablemente las fronteras internas. Aquellos que hablan el mismo idioma están unidos entre sí por una multitud de lazos invisibles; se entienden entre ellos y tienen el poder de hacerse entender cada vez con más claridad; pertenecen juntos y son, por su misma naturaleza, un todo único e inseparable.»
 He aquí un puente construido a principios del siglo diecinueve para unir, específicamente, el romanticismo y el nacionalismo. Un puente que la humanidad ya ha cruzado pagando, como mínimo, el peaje de las dos Grandes Guerras. Una vasta llanura polvorienta en donde el nacionalismo catalán está ensayando, ahora, su propia coreografía. Un puente a través del cual los conceptos que, en otras circunstancias, nos podrían hacer mejores, se convierten en los pretextos de un genocidio vergonzoso. Así, la nación y la cultura, la lengua y el folclore propios se convierten en los cómplices de una libertad impostada, de una libertad que, según la pintara Delacroix, es una hermosa mujer que guía al pueblo con la bandera y los pechos al aire dejando a su paso la indescriptible desolación de un montón de cadáveres. Es lo que suele pasar cuando se quiere avanzar pisoteándolo todo.


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martes, enero 30

El paraíso perdido


La Telaraña en El Mundo.



 Cuando nos imaginamos el paraíso, pensamos, tal vez, en un lugar tranquilo y accesible, de dimensiones humanas y aspiraciones manejables, en un lugar donde todo parece estar al alcance de la mano, donde el clima es normalmente benévolo y donde la existencia, en fin, acaba deviniendo un ritual más o menos inconsciente, una rutina casi natural, biológica, sin más complicaciones que las que crea, de vez en cuando, la creatividad (o la falta de creatividad) de cada uno y cada cual. Podríamos decir, pues, y sin ningún temor a estar exagerando en demasía, que Mallorca, sin tener que ir mucho más lejos, nos vale perfectamente como magnífico ejemplo de ese paraíso arquetípico y hasta estereotipado con el que, a veces, soñamos retorciéndonos tanto de placer como de dolor.
 Así es, en efecto. La misma voz que nos dice, nos susurra, nos deletrea desde las tinieblas de alguna insoportable pesadilla, que el paraíso nos fue arrebatado en algún descuido fatal que tuvimos una noche cualquiera que ya no recordamos, también nos dice, esa misma voz nos dice, nos susurra, nos deletrea que llevamos toda la vida (y lo que nos queda) refugiándonos entre sus árboles del bien y del mal, recostándonos en sus dunas de arena, disfrutando de su refulgente sol y recorriendo sus angostas callejuelas de piedra tan repletas de antiguas y benévolas sombras, de turistas y viandantes, como, por desgracia, de mendigos durmiendo a la intemperie (en el Pasaje tan literario como abandonado de la calle Olmos, por dar una pista a las autoridades que debieran leernos y no nos leen) y de basuras de todo tipo sin recoger. No existe otro paraíso que el paraíso perdido. Es una putada. Un golpe bajo. Vaya si duele.
 Pero tampoco hay que darse mucha importancia. Tenemos nuestros mendigos como tenemos nuestros políticos, nuestros comisarios lingüísticos y nuestros críticos literarios; y si nos cuesta tanto diferenciarlos es porque todo anda revuelto y hay demasiada basura expuesta. Eso sí, nuestras basuras son nuestras: son lo más nuestro que tenemos. Pues igual sucede con el paraíso. El paraíso que hemos perdido es el mismo aquí que en todas partes: en todas partes existen ángeles degradados, ángeles caídos, que alguna vez fueron seres humanos, pero que ya no lo son. No pueden serlo, porque no recuerdan haberlo sido. Es así como el paraíso va perdiendo sus virtudes y se convierte en una obsesión o una quimera, la constatación de que todos acabaremos siendo esos mismos mendigos a la intemperie de la calle Olmos, porque sólo somos un recuerdo fugaz que regresa, una sombra famélica que, al fin, se arma de valor suicida y se deja deslumbrar por la luz; es, entonces, cuando se muestra tal cual es. La luz la aniquila y, salvo su última sonrisa, todo lo demás desaparece.

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