LA TELARAÑA

viernes, mayo 15

Eppur si muove...


jueves, mayo 14

Entrevista

A veces me hacen preguntas y respondo...

Entrevista publicada en el Blog de Toni Montesinos. Gracias!




miércoles, mayo 13

Entre Miró y Gaudier-Brzeska...



La cuarentena empezó con Arpas y Laúdes (Órbita Editorial, 2020) y está acabando (o eso espero) con Cercandanza (Los Papeles de Brighton, 2020). 

Con ambos libros ya en casa, los leo como si me auscultara las palmas de las manos: siempre descubro algún lugar desconocido, alguna sombra inquietante, alguna metáfora subconsciente.




sábado, mayo 2

Cuarentena


Un poema de Arpas y laúdes (Órbita Editorial, 2020). Curiosamente, o no, se titula Cuarentena.



viernes, mayo 1

Cercandanza en Amazon

Ya lo podéis comprar :-)

Enlace


Y para animaros, os ofrezco la lectura de un poema:




domingo, abril 19

Robbe-Grillet

De repente me doy cuenta de que suele salir en mis libros Alain Robbe-Grillet. Sale, por ejemplo, en mis dos últimos libros. Sale en Arpas y laúdes, porque ahí hablo de mi ciudad, Palma, y de algunos (des)encuentros culturales que mantuve hace ya muchísimos años. Sale en Cercandanza, porque ahí regreso a Hipertelía, ese territorio imaginario que fundé en 1982 y que, pese al tiempo transcurrido, todavía no he conseguido asenderear por completo...




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miércoles, abril 1

Muy pronto: Cercandanza

Quizá la obra más conocida de Henri Gaudier-Brzeska sea "Hieratic Head", un busto con el que representó a Ezra Pound. Sin embargo, para la portada de Cercandanza en Los papeles de Brighton, nos hemos inclinado por "Red Stone Dancer". Así quedará la portada:



martes, marzo 24

de cuarentena


Tengo unos pocos ejemplares de mi nuevo libro Arpas y laúdes (Òrbita editorial) y se están aquí quietecitos conmigo de cuarentena. Nadie puede leerlos (salvo nosotros, los que vivimos aquí, que lo hacemos de vez en cuando para que no cunda el desánimo, por ejemplo).

Nadie ha podido comprarlos porque el día que salieron de la imprenta fue la víspera de este maldito estado de alarma que se sabe cuándo empezó pero no, en absoluto, cuándo acabará. No he podido, tampoco, presentarlo en sociedad ni hablar largo y hasta tendido sobre él y sobre sus circunstancias o, quizá, las mías. Incluso envié dos ejemplares por correo a Valencia hoy hace ya nueve días y no han llegado; recuerdo que, con la falta de práctica, me olvidé de poner el remitente. No me los devolverán, pero todavía confío en que lleguen a su destino. Todo acaba llegando siempre a su destino.

Los libros me miran, bellísimos y prietos. Podría poneros un poema pero mejor intentad leerlo vosotros mismos...

sábado, marzo 14

Arpas y laúdes en ib3radio

Una breve pero interesante entrevista con Paul Auster y Arpas y laúdes de fondo en ib3 Radio. Ahí va el fragmento, son sólo diez minutos... Enlace.
Y este es el texto que Natàlia Rabassa ha traducido al catalán para su inclusión en Paraula d' Auster, una iniciativa literaria de Órbita Editorial.


El espejismo

Mis padres ya habían fallecido y yo deambulaba por las habitaciones vacías, no sé si buscando, tal vez, algún recuerdo o si intentando, quizás, escapar definitivamente de todos ellos. Ahora eso ya no importa.

Todo sucedió mientras cerraba la pesada puerta de la casa. Fue durante ese breve y automático gesto cuando percibí, con absoluta claridad, que el suelo, que recién acababa de pisar, había perdido su sólida textura de mármol antiguo y asemejaba una especie de bruma en el aire, un enorme y profundo pozo abierto a la oscuridad y al vértigo.

Nunca regresé al hogar.


viernes, marzo 13

¡¡Ya estamos en Òrbita!!




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sábado, febrero 15

Arpas y laúdes



Pronto estaré en Órbita.


Y con muy buen aspecto, verdad?




sábado, febrero 1

En calma.


 Ya casi he corregido por completo las galeradas de mis dos próximos libros. Digo casi, porque las palabras siempre se me revuelven para decirme que quieren ser otras; y yo cedo, a veces, o no, no cedo, y las convenzo de que sólo pueden ser las que son y las intento calmar o las domestico o las ato con fuerza y sin miramientos a los renglones de mis versos para que así se vayan familiarizando con la derrota y aprendan a respirar hondo y acaben más o menos conformes con su efímero destino, esos años inciertos que duran los libros antes de descomponerse, antes de ser reciclados, antes de ser engullidos por el paso de las estaciones, por el vértigo abisal de esas lagunas profundísimas por las que todo acaba desapareciendo sin que sepamos a dónde va.

lunes, octubre 28

2020, a la vista



Sonrío y sigo escribiendo. Había que recuperar el tiempo perdido y reencontrar, incluso, el camino de regreso a Hipertelía, a esa cierta idea de lo que debiera ser la poesía que puse en marcha en 1982. Todavía me duelen, tanto tiempo después, algunos parajes que no conseguí desbrozar... Ese es el desafío. Aproximarme a mí mismo.
Pero el tiempo pasa y se van cumpliendo los objetivos. 2020 verá dos nuevos libros míos.
El primer libro, titulado Arpas y laúdes, lo publicará a principios de año Edicions Órbita en una nueva colección de poesía que tendré el honor de inaugurar. Quiero agradecer a Natàlia Rabassa el gran esfuerzo que sé que está realizando.
El segundo libro, titulado Cercandanza, saldrá en el mes de abril en la preciosa editorial Los papeles de Brighton, que dirige el también poeta y crítico de arte, Juan Luis Calbarro. Un fuerte abrazo, Juan.
Por ahora no hace falta que diga absolutamente nada más. Lo mejor es que sonría y siga escribiendo.

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sábado, diciembre 15

Palabra Voyeur



A veces alguien se acuerda de algo que escribí hace tiempo y lo convierte en otra cosa: Palabra Voyeur

martes, octubre 16

Los espacios interiores de Cristóbal Serra


Rescato del álbum de los recortes la entrevista completa que le realicé a Cristóbal Serra en 1983 en El Día de Mallorca.




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viernes, octubre 12

De playas y torrentes


La Telaraña en El Mundo.





 He soñado con gigantescas olas de agua verde, gris, sanguinolenta. He soñado con enormes remolinos de lodo, verticales hasta el amarillo inquieto y mezquino del cielo y profundos hasta la oscuridad inimaginable del ojo negro y demacrado de la tierra abierta en canal, persiguiéndome calle Olmos abajo hasta la Rambla y aún más allá, hasta las terrazas infinitas del Borne, el Paseo Marítimo, los muelles donde los marineros tendían al sol sus redes heridas de sal y muerte, el mar salpicado de ebriedad y espuma, de botes de madera y yates de plástico, el horizonte azul cobalto negro del miedo -qué negro el azul del miedo, negro, diríamos, parafraseando a Juan Ramón Jiménez- sin más arco iris que el telón oscuro de una función que siempre se acaba, siempre, cuando menos lo deseamos. Parece que el tiempo nos mide a todos por igual y esa viejísima injusticia la pagamos también todos. Qué catástrofe.
 He soñado con los puentes desbordados de la Riera mientras los zombis (aquí el delirio, lo reconozco, ya era mayúsculo) atravesaban vertiginosamente la ciudad hasta el puente de los candados, donde el Paseo Mallorca pierde su nombre y las murallas de Es Baluard (es cierto, en el Museo los zombis parecen sentirse como en casa, pero el espejismo no dura demasiado) chirrían, crujen y, al fin, ceden al empuje de las aguas, las riadas de ropa tendida, arte y lava, las columnas de coches vacíos o quizá llenos: cada uno y cada cual con su soledad y su quimera en su propio coche, auscultando la vida de los otros y la propia a través de los cristales rotos y empañados: la vida que se va y cesa, la vida que mengua y decae por el sumidero hasta el mar que es morir. Sigue siéndolo.
 Al despertar, el dinosaurio seguía ahí y yo rebuscaba entre los restos del naufragio algún libro, algún cuadro, alguna metáfora, al menos, que salvar y no había nada, absolutamente nada, en las estanterías del alma (por no hablar de las del cuerpo) y el hombre del tiempo rebuscaba una y otra vez en las imágenes del satélite para explicarnos las razones por las que no debe construirse jamás en el lecho hambriento de los torrentes; y alguien me llamó, entonces, por teléfono (hoy es 12 de Octubre, la Hispanidad, la Raza o, mucho mejor, la Constitución del 78, y no sé muy bien quién hace fiesta, si todos o si sólo unos cuántos) para hablarme de la crisis y darme una muy mala noticia, otra más, y yo me quedé en silencio y me encogí de hombros y me dije que hay que seguir adelante, porque la vida es sólo un sueño y nuestros sueños empiezan siempre igual que acaban, en el mismo lugar: las playas de nuestra infancia ya no existen (y la de mi infancia era un torrente en Cala Blava) pero nosotros seguiremos chapoteando (y escribiendo, por supuesto) en ellas, pese a todo.

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viernes, octubre 5

La convivencia


La Telaraña en El Mundo.





 Cuando un grupo significativo de personas decide, no importa mucho por qué, porque siempre es por algún tema heredado, vivir juntas (agitadas, pero no revueltas, como debe ser) en un mismo territorio, lo primordial es alcanzar entre todos una forma de convivencia que merezca la pena defender y, sobre todo, tomarse muy en serio. A la postre, somos como vivimos y nos convendría muy mucho, desde luego, vivir tal y como desearíamos vivir: exactamente y no de otro modo. Hay un enemigo que es también el único aliado formidable de la vida al que, para bien o para mal, siempre hay que hacer caso: el deseo.
 Andamos solos y casi que iluminados o perdidos, sin embargo. O de dos en dos y detrás la prole, hipócrita y semejante, locuaz y tumultuosa. Prescindimos, mientras tanto, de toda la engorrosa parafernalia conceptual y administrativa al uso y al abuso y decidimos que no vale la pena perder los nervios por conceptos tan discutibles y rancios como nación o estado, región, provincia o, quizá, disparate; quiero decir, comunidad autónoma. Que sólo nos interesa, en fin, la convivencia: el ir y venir de las opiniones, el correr satisfecho de las necesidades, el instante final -esa continuidad que jamás se detiene- de la paz con uno mismo y así con todos. No es nada fácil, en efecto, instalarse en las atalayas solitarias del pensamiento cuando lo que nos hierve es la savia febril del mundo y la carne, del demonio y las laboriosas hormigas obreras (que somos) intentando construir el mundo con las manos (quizá escribiendo o a martillazos, qué ilusos) sin morir en el intento. Con la muerte no solemos contar, es cierto, y ese fallo imperdonable nos descuenta luego casi todo lo que creímos haber logrado. Nada nuevo bajo el sol.
 Pero aún y así se suceden los días y hasta las ciudades (esa penúltima simplificación de la convivencia a la que tanto valor solemos conceder, al menos sentimentalmente) se nos acaban deshaciendo entre las arrugas de la palma de la mano y sólo nos quedan, si acaso, algunos barrios telúricos sin destruir y un par excelso de calles que asendereamos como si fueran el universo entero y la vida consistiera en recorrerlas hasta la extenuación, hasta el aburrimiento, hasta la sonrisa o el éxtasis, hasta el orgasmo.
 Luego, al salir del espejo, nos enfrentamos a la otra realidad. La de bastantes colegios públicos en Mallorca: nuestros hijos enarbolando banderas separatistas y pancartas, nuestros hijos convertidos en militantes inconscientes del odio y el revanchismo ajenos, en víctimas inocentes de la manipulación ideológica, del racismo y la captación lingüística, de toda la escoria conceptual, en resumen, que no cabe de ninguna manera en esa convivencia ejemplar de la que iba esta columna y sigue yendo.



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viernes, septiembre 28

El fascismo


La Telaraña en El Mundo.



 Siempre hui de las etiquetas igual que me dejé llevar por el abanico refrescante de los matices, por el espejismo de los sueños y las pesadillas, por las variables imprevistas e incluso catastróficas de la existencia, por el azar matemático que no es, en absoluto, azar, sino compleja combinación matemática, implacable resultado de tantas y tantas operaciones cuyas incógnitas (su razón de ser y la nuestra) no podremos nunca revelar. Ni falta que nos hace, pienso, cuando me digo que no sabríamos qué hacer con todos los enigmas de la existencia revelados, con su más que posible sinsentido global, con el absurdo incontestable de la vida puesto, al fin y quizá para siempre, al descubierto: ante nuestros ojos tumefactos como caracolas de mar envueltas en tristísimo chapapote.
 Pero el mundo ha ido simplificando su lenguaje; es decir, se ha ido achicando como un pavo real desplumado a la hora púrpura y fundacional del cortejo, se ha ido plegando como un acordeón herido y cabizbajo, sin corazón ni fuerzas como para insuflar entusiasmo alguno. Aquí dentro, en este mundo que asemeja una mala parodia de sí mismo (y quizá lo sea), estamos obligados a dar fe de la dolorosa rutina de ir viendo cómo la gente (hasta los mejores, los que alguna vez admiramos) se encoge y se hace menor y hasta mínima, en vez de mayor y, por el paso de los años, serena y reflexivamente vieja.
 Aquí dentro sentimos la asfixia como algo que crece en nuestro interior y nos ocupa del todo: nos deshabita y desahucia de nosotros mismos. Aquí dentro respiramos la ignominia general y nos asombramos de que la política parezca haberlo invadido todo; me refiero, por supuesto, a un tipo muy especial, grosero y hasta venenoso de política que nace, se alimenta y reproduce en el albañal tumultuoso de las redes sociales, los platós de las televisiones y el montaje entre cibernético y detectivesco de lo que damos en llamar las “fake news”, las noticias falsas. ¿Hay algo peor que una noticia falsa? Una detrás de otra, me temo.
 Pero hay más. En realidad, suceden cosas bastante raras. La izquierda, por ejemplo, ha encontrado su razón dialéctica de ser en considerar como fascistas a todos los que vamos y venimos de un lugar a otro sin más fe que nuestra forma de ver la vida y sentirla: nuestro escepticismo de andar por casa sin saber cuánto tiempo tardaremos en hacer las maletas. Que me llamen fascista, a estas alturas, no me preocupa; igual me lo tengo merecido por haber votado a Felipe González en su momento, en aquellos días en que éramos jóvenes y había un fascismo auténtico contra el que luchar, un fascismo que la ejemplar transición democrática dejó muy atrás y que un maldito grupo de descerebrados, hoy en día, parecen querer resucitar. Muy mala, pésima idea.


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viernes, septiembre 21

Palma y el estilo


La Telaraña en El Mundo.





 Abro el plano de Palma y lo extiendo como si fuera un lienzo 3D ante mis ojos. Una ciudad (al igual que una isla, un archipiélago, una comunidad autónoma, una nación o un estado: el paraíso o el infierno de Blake o Cristóbal Serra) es una composición de lugar y vivir en ella es sólo un laborioso ejercicio de estilo. Todo es un ejercicio de estilo. Escribir, pasear, incluso pensar o montar en bicicleta, por supuesto, son ejercicios de estilo. Damos una pedalada igual que pronunciamos una palabra al azar y la dejamos caer rodando y la perseguimos como si fuera nuestra: al alcanzarla ya es otra y así vamos escribiendo la historia de una ciudad que amamos más por sus muchos defectos que por sus infinitas virtudes.
 En efecto. Casi todos los días me pregunto qué privilegiada mente tuvo la ocurrencia de hacer pasar el carril bici de la Plaza de España por la encrucijada de todos los caminos, por el lugar exacto donde la riada de gente, que va o viene del parque de Las Estaciones o las múltiples paradas de autobuses o taxis que hay por la zona, cruza a toda prisa el corazón de la urbe, mientras los turistas, los transeúntes, los desocupados, un oso panda gigantesco, los testigos de Jehová y también los carteristas hacen corros y sacan fotos, cada uno a lo suyo, alrededor de la estatua ecuestre del Rey En Jaume o se desparraman sudorosamente por las vías peatonales hacia el mercado del Olivar o San Miguel, Olmos y el casco antiguo de Palma. Por no hablar de que las líneas dibujadas sobre el precario pavimento, sucio y roto, peligroso cuando llueve y cuando no llueve, de la supuesta plaza principal de la ciudad pasan junto a varias terrazas casi siempre repletas de gente joven, niños incluidos, comiendo y bebiendo. Montaditos, tapas y cervezas, hamburguesas, pizzas, comida china o quizá hindú; cosas así de cosmopolitas. Nuestra gloriosa gastronomía local en un pozo sin fondo.
 Pero paso por ahí casi cada día y es de ver cómo nos las apañamos para no acabar en las espectrales salas de urgencias de los hospitales tanto los que van en bicicleta o en monopatín eléctrico (que ya empiezan a ser muchos más que unos cuantos) como los que vamos, tozudamente, a pie y miramos a un lado y luego al otro y nos encomendamos a todos los santos habidos y por haber antes de dar dos o tres pasos más o menos vacilantes y logramos cruzar el vado y alcanzar, al fin, zona franca sin que nada o nadie nos asuste, nos empuje, nos haga caer, nos sepulte. Recuerdo ahora el desagradable chirrido de un par de frenos mal engrasados y todo mi profundo cariño, mucho más infantil que ecológico, la verdad sea dicha, hacia las bicicletas del verano empieza a hacer agua por todos los costados. Agua o aceite, da igual. Todo se acaba viniendo abajo, menos el estilo.



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viernes, septiembre 14

Trágala


La Telaraña en El Mundo.





 Vivimos días relativa y civilizadamente convulsos. Sin embargo, somos y queremos seguir siendo muy poco dados al tremendismo. Nos parece irrelevante que gente como Josep Borrell, poco sospechoso de sectarismo nacionalista al menos hasta que le captó Pedro Sánchez, se líe la manta a la cabeza, le prendan llamas y llagas ilustradas en el subconsciente o caiga preso, aunque solo sea de forma fugaz, del influjo volcánico y abisal del lenguaje, de las turbulencias interiores de las palabras, del fluctuante ir y venir engañoso y (más)turbador de los conceptos.
 Tanto nos da, pues, si Borrell nos dice que Cataluña es una nación y nos ponemos a contabilizar en una báscula imaginaria los argumentos históricos, los rasgos costumbristas y hasta étnicos de que así sea o pueda ser. La verdad es que nos sobran naciones igual que nos sobran estados. Abro un par de enciclopedias y me demoro en sus mapas antiguos repletos de Estados que ya no son, pero que fueron. Y repaso la actualidad de esas naciones de naciones y me da que España no puede convertirse en una de ellas porque no basta un juego malabar de palabras, un galimatías más o menos tortuoso para escapar del destino, para huir de la retórica retorciéndose, dando vueltas sobre sí misma hasta disolverse en nada y desaparecer. Un sonoro trágala le habrá de poner punto final. No sé si ustedes me entienden.
 Poco importa, tampoco, si hojeamos con el ceño fruncido el calendario festivo local y no entendemos la razón de algunas celebraciones, la cicatriz revelada de algunos homenajes, la dentera producida por la caries o por la envidia abierta, como una herida revivida, de algunos festejos centenarios.  Fuimos árabes y acaso también judíos cuando Mallorca era aún Madina Majurqa y las huestes de Jaume I nos pasaron a cuchillo el 31 de diciembre de 1229. Vaya manera de terminar el año. O de empezarlo.
 Fuimos árabes y acaso también judíos cuando, varias décadas de asentamientos y diásporas después, el 12 de febrero de 1276, el rey Jaume II nos otorgaba la llamada Carta de Privilegis i Franqueses y nos convertía en flamante Reino de Mallorca. Tengo sobre la mesa los mapas de la época. Yo mismo los redibujo y luego los borro, al instante. Tengo sobre la mesa el estupor de los siglos. Yo mismo los convoco y luego los disuelvo, al instante. Quiero decir que me importa muy poco si los sectarios que nos gobiernan quitan diadas o se las ponen a pedir de boca (Hunky Dory: y recuerdo ahora un disco de David Bowie). Hay que ser muy como ellos son para preferir un día de exterminio, un día de apocalipsis sin más revelación que la crueldad humana, a un día de alba y gestación, de ilusiones y algarabía. Pero no hay problema. Un sonoro trágala les pondrá punto final. No sé si ustedes me entienden.



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viernes, septiembre 7

Ayudas al catalán


La Telaraña en El Mundo.




 Me digo que me vendría bastante bien (y a quién no) alguna que otra ayuda económica al catalán de esas que el Govern de Francina Armengol va dispensando graciosamente según le dicta, de forma minuciosa, la insaciable OCB, día tras día, mes tras mes, año tras año, legislatura tras legislatura. Al parecer sobra el dinero público -esa expresión, qué morbo que tiene- para las radios y televisiones, para los clubs deportivos, para la prensa afín o sin fin, pero en catalán y, además, en catalán mandarín. O casi. Ahí quepo yo, me digo. Casi que no puedo dedicarle veinte horas a la semana al catalán, porque mis artículos van por palabras y caracteres con espacios y no por tiempo. Casi que no puedo, tampoco, trabajar ni, mucho menos, vivir en catalán, porque la cuota de autónomos empieza a apretarme muy mucho la nuez y ya me cuesta demasiado sobrevivir en este batiburrillo de castellano y mallorquín medio y mal mezclados en que vivimos, como para ponerme más exquisito que de costumbre y presumir de un don de lenguas que, por desgracia, no poseo.
 “El meu sastre es ric” escribo (y la frase, de inmediato, se retuerce nerviosa en mi interior como si no estuviera del todo acabada y el cuerpo y el alma, o ambos, me pidieran más, mucho más, muchísimo más) como prueba infinita de buena, de buenísima voluntad; pero el ejemplo lingüístico me vale para empezar a calcular cuántas palabras en catalán me darían derecho, tal vez, a cobrar algún que otro subsidio lo más suculento y, sobre todo, público posible. Me da que podría añadirle a este artículo incluso otra frase en catalán. La estoy buscando. Pensando. Estoy en ello. De veras.
 Ya puedo decirme y me lo digo, una vez y otra, lo bien que me vendría alguna que otra ayuda económica al catalán. Al catalán que no soy, porque nací en estas islas que no son de nadie: ni siquiera de sí mismas. El problema es que no consigo olvidar (ni tampoco, a estas alturas, fingir convincentemente lo contrario) que no soy ni puedo ser ese catalán modélico que pasea sus lazos amarillos como sus aflautados perros y su ejemplar seny, su europeísmo ilustrado de casi siempre, su cultura más que afrancesada, salvajemente pirenaica, su dadaísta superioridad étnica, ese sueño tan de principio o fin de siglo, su sudorosa ideología de burgueses enriquecidos a lo largo de las generaciones y los tantos por ciento, su elegante y trasnochada, su olímpica voluntad de poder. No puedo alcanzar esos estándares, me digo, mientras rumio alguna que otra frase en catalán que recuerdo haber escuchado cuando era niño y todos los días eran fiesta en la casa familiar: “No diguis dois, bossot!!” o “Ja en xerrarem tu i jo”. Vaya, lástima que estas frases no me valgan para hacer méritos en catalán. Son frases mallorquinas.



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viernes, agosto 31

Timos y estafas


La Telaraña en El Mundo.



 Salvo por el timo continuado, general y larvado de los días, de los meses, de los años, nunca he sido víctima de un timo con todas las de la ley, de un sablazo auténtico con todas sus letras. Nunca me han propuesto, por ejemplo, comprar un piso sobre planos, aunque hubo una época en mi vida, unos treinta años atrás, en la que vendí o intervine en la venta de bastantes pisos sobre planos enormes, brillantes, satinados, supongo que afrodisíacos para quien quiere ver convertido su sufrido y sudoroso papel moneda en un hogar donde crecer y multiplicarse. Todos crecemos y hasta nos multiplicamos si hay suerte en los hogares que compramos con tanto cariño como esfuerzo, mientras no seamos víctimas de la estafa de algún malnacido con pisos que sólo existen en las maquetas de los escaparates de lujo y en los papeles troquelados de la mentira, la infamia, el robo del alma a mano desalmada.
 Viene todo esto a cuenta del reciente descubrimiento policial de una masiva estafa inmobiliaria en Mallorca. La gente pagaba por unos pisos que no existían, lo que realmente no deja de tener su maldita gracia. O su desgracia. ¿Qué tienen algunas personas que logran embaucar a otras tan inteligentes o más que ellas? ¿Cómo es posible, a la vez, que se pueda ser tan torpe como para estafar con un margen de tiempo tan corto para que las víctimas se den cuenta del fraude y obren en consecuencia? Supongo que tendrá algo que ver con el influjo del dinero fácil en la mano, en el bolsillo, en el saldo llamativamente deudor y escandalosamente en rojo de ese balance que todos, nos guste o no, mantenemos con la sociedad en que vivimos. Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo y no hay lugar alguno donde esconderse cuando la verdad y la mentira se enfrentan cara a cara en el duelo al sol de cada día.
 Recuerdo que una vez, recién llegado a Valencia hace unos cuarenta años, unos trileros magníficamente confabulados intentaron convencerme de que apostase a un par de dados que siempre, siempre, siempre, sumaban tan sólo dos: un uno y otro uno, dos unos ahí clavados, fijos, rutilantes, ternes, obsesivos, una apuesta super segura, segurísima, que estuve a un paso de rechazar pero que, de hecho, tuve la debilidad (o la curiosidad, quién sabe) de aceptar para comprobar, una sola vez en la vida pero para siempre, que esos dos dados no eran, en absoluto, de fiar y que bastaba que hubiera dinero de veras por en medio para que cambiasen mágicamente su rutina y los dos unos se convirtiesen en dos cincos. Todavía recuerdo exactamente lo que pensé cuando me di cuenta del burdo engaño -la letra con sangre entra- y me di la vuelta y proseguí lentamente mi camino calle Paz arriba o abajo: cualquier lugar es bueno para pasear (y pensar) consigo mismo.

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viernes, agosto 24

Héroes y tumbas


La Telaraña en El Mundo.




 La actualidad va de lazos amarillos que unos ponen y otros quitan; va de manteros y también de ocupas más o menos envalentonados al saberse protegidos por los que pretenden ser sus iguales, sus semejantes, sus hipócritas valedores políticos en el enjambre kafkiano de las administraciones, como Aligi Molina y Aurora Jhardi en Palma o la alcaldesa Colau en Barcelona; va de emigrantes saltando las vallas con concertinas de la libertad o la ignominia a golpe de sangre, ácido y cal viva. Va de los malditos y, al parecer, inolvidables huesos del dictador enterrado en un fastuoso mausoleo que no se me ha ocurrido visitar en ninguna de las veces que he viajado a Madrid o sus alrededores: será que las exigencias del presente sólo me dejan perder el tiempo donde merece, de veras, hacerlo: en el Museo del Prado, el Reina Sofía, el Thyssen-Bornemisza o el Arqueológico Nacional. En las calles y tabernas donde nunca acaba de anochecer o de amanecer. En las pequeñas galerías del alma donde algunos exponen su vida con la generosidad de que quien entrega todo lo que tiene como si no fuera suyo. O como si lo fuera y quisiera partir de viaje lo más ligero de equipaje posible.
 En efecto, hay tanto que ver en Madrid (como en Palma o cualquier otra ciudad del mundo) que lo último que uno iría a visitar de buen grado son los huesos yacentes bajo una losa de granito pulcramente grabada con un nombre y un apellido de muy mal recuerdo. De mal fario. O de muy dudoso gusto, al menos.
 Hago recuento y reparo, aunque sin demasiada emoción, en que he visitado a lo largo de los años bastantes cementerios en busca del último descanso de cadáveres más o menos ilustres o, quizá, exquisitos. He intentado, no siempre con éxito, captar el silencio, la soledad, el desencanto o la húmeda tristeza que acaba rodeando a unos y a otros: a Piaf, Wilde, Modigliani, Proust, Chopin, Callas, Delacroix o Jim Morrison, por ejemplo, en el cementerio Père-Lachaise, en París. A Foucault, Zola, Truffaut, Degas o Dumas en el cementerio de Montmartre, a unos pasos del terrorífico hotel en que me alojaba. A más de treinta mil judíos errantes en el cementerio de Praga. La tumba de Karl Marx en Highgate, Londres, y la envejecida frase “Workers of all lands, unite” (Obreros del mundo, uniros). A Duke Ellington, Miles Davis o Herman Melville en Woodlawn, Nueva York. Está claro que sobre héroes y tumbas habría mucho que escribir, como ya hiciera, entre otros, Ernesto Sábato. Mucho que escribir y mucho que olvidar, mucho que ir filtrando para separar la paja del grano, porque los huesos ya sólo son arenilla y el reloj del tiempo va dando vueltas sin detenerse en las astillas que se nos clavan nadie sabe cómo y que tanto nos parecen preocupar; y no debieran, en absoluto.

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viernes, agosto 17

Grand Prix


La Telaraña en El Mundo.



 Al parecer, la familia de Michael Schumacher ha desmentido que pensara trasladarse desde Suiza hasta Mallorca, hasta Andratx, en concreto, para que el más laureado y eterno de los pilotos de la Fórmula 1 siga, de algún modo, recuperándose del fatal accidente que padeciera, hace ya casi cinco años, esquiando en Méribel, en los Alpes franceses. Lo que no pudieron truncar los bólidos de metal y fuego a más de trescientos kilómetros por hora lo pudo una maldita piedra medio escondida entre la nieve. En efecto, no somos casi nada o así es de compleja y de sutil la vida. Pero no hay derrota más terriblemente hermosa que esta de luchar por luchar, luchar para nada y también, simultáneamente, para todo. Luchar por vivir, que no es poca lucha esta titánica empresa.
 En cosas así de prosaicas pienso, en ocasiones, mientras intento descifrar los insultos que se cruzan (unos y otros: pero no todos) en las redes sociales y hasta en las columnas a capón de algunos diarios privados o públicos y observo, realmente abrumado pero también divertido, que la supuesta o aparente superioridad moral de algunos (de los que se ubican, normalmente, a la izquierda de todos y también de nadie) sólo conduce a un monumental atasco donde lo único que sobresale es la falta absoluta de flexibilidad o rigor dialécticos, la ausencia escandalosa de cualquier signo de inteligencia, la sinrazón y la mezquindad triunfantes, el estúpido rencor invencible de los derrotados de por vida por la vida. ¿No habíamos quedado en que era terriblemente hermosa la derrota? Yo así lo creía, pero por lo que estoy viendo no parece que los resentidos por el paso cruel y retorcido del tiempo sigan pensando de igual manera. Al contrario. Allá cada cual con lo que escriba, por supuesto, pero, sobre todo, allá cada cual con lo que lea y entienda, con el maná o el veneno que transpire.
 A Schumacher -por no olvidarnos del que pudo ser nuestro ilustre vecino- le espera, aunque ya no sea entre nosotros, una recuperación larga y seguramente dolorosa, un ir pasando sin desmayo los días tras los cristales tintados (o empañados) de la fama, un ir muy poco a poco descreyendo de ese improbable renacer en el que alguna vez hasta nosotros creímos firmemente. Cuesta muy mucho desprenderse de algunas creencias, en efecto, pero no nos queda otro remedio, porque la verdad -sea eso lo que fuere- habrá de ser el único de los tesoros que nos sobreviva. ¿Qué puede importarnos todo lo demás? Mientras tanto, sólo podremos avistar -y no siempre- esa pequeña y hasta brillante, en ocasiones, superficie del iceberg que somos, del iceberg que, entre todos, componemos, del iceberg que se va derritiendo más deprisa de lo que quisiéramos y en el que nos acabaremos, como el propio Michael, diluyendo.






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viernes, agosto 10

La ciudad de los manteros


La Telaraña en El Mundo.




 Bueno, bonito y barato. La vida en el blanco y negro de una sonrisa grande con los dientes blanquísimos y la mirada triste, muy triste. O no tan triste. Fuera tópicos. Aquí el romanticismo importa más bien poco, porque todo acaba siendo una puñetera cuestión de dinero, una prosaica necesidad de supervivencia. Bueno, bonito y barato, pero tampoco tanto. ¿Para qué vamos a engañarnos? La vida anda a la deriva con los manteros, a la deriva incontenible de un rabioso blanco y negro entremezclados: podemos perfectamente dibujar ese color difícil, sentir su violencia metafórica y hasta dejarnos llevar por la demagogia sangrienta de una obra de mano barata allá en los territorios ocupados por el manto alargado y tenebroso del capitalismo. Nuestra maravillosa forma de vida o nuestra manera de relacionarnos con las cosas. Incluso con los hombres y las mujeres, por supuesto.
 ¿Se nota que andamos instalados en el gris tranquilo que tanto detestamos conceptualmente, pero que, al mismo tiempo, tanto nos tranquiliza? No sé si se nota. Hace demasiado calor y los mosquitos, estas últimas noches, pacientemente, han acabado dibujando en mi pecho una constelación enorme de menudas estrellas rojas expandiéndose, quizá a la fuga o quizá a la deriva, como los manteros. Resoplo, mientras permanezco atento al recorrido intermitente de una gota de sudor que va bajando por mi sien, por mi cuello, por ese infierno de estrellas que es mi cuerpo en este instante. Abro la televisión en la esquina inferior derecha del escritorio y paseo virtualmente por las Ramblas de Barcelona, como si los manteros hubieran ocupado el universo y no hubiera lugar -al fin- para que ningún coche suicida volviera a perpetrar el atentado del 17 agosto de hace casi un año. Pasa el tiempo y las víctimas siguen solas y, al parecer, mucho más divididas que los manteros que han convertido el metro de la ciudad condal en una especie de zoco que me recuerda al Gran Bazar de Estambul, pero en pobre; y los muertos que son muertos de todos acaban siendo sólo de algunos.
 A los manteros de Palma que no son tantos como los de Barcelona, y que no temen al alcalde Noguera como, tampoco, a la alcaldesa Colau, me los encuentro, en no pocas ocasiones, sentados entre hatillos medio abiertos y hojas arrugadas de periódicos en las viejas calles con escalinatas de piedra que suben o bajan desde los alrededores de la Plaza Mayor hasta los aledaños de la Plaza del Mercat. Ahí parece que hacen cuentas, se distribuyen la mercancía o, quizá, el territorio: ahí se miran cómplices, atemorizados o contentos. Paso a su lado y la verdad es que no suelen ni verme: saben que sólo estoy de paso como todos ellos. De paso y sin saber hacia dónde (a estas alturas y sí, vaya que me duele reconocerlo).




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viernes, agosto 3

Conversaciones con el Rey


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 De escrache en escrache, de alboroto en alboroto, de manifestación en manifestación: tanta vulgaridad abruma. Así, según todas las previsiones, la concentración de hoy, viernes, contra el Rey Felipe VI convocada por la Assemblea Sobiranista de Mallorca coincidirá en tiempo y lugar con el final de la manifestación convocada por la Sociedad Cívica Balear en defensa del orden constitucional y la monarquía: uno puede elegir, pues, su bando, su bandería, su bandera, su lengua, su liturgia (y también sus exequias) y armar la de San Quintín en la explanada del Palacio de la Almudaina. Pues qué bien.
 Pero es así, de veras, como andan de mal en peor las cosas, mientras nos entra la risa floja y nos golpea el estupor y nos quedamos en silencio viendo a Baltasar Picornell ejerciendo de no se sabe muy bien qué, dándole la bienvenida al Rey, la bienvenida o cualquier otra cosa, porque los dos se miran y ríen, el Rey se ríe, Picornell se ríe y nosotros también nos reímos. Da risa, en efecto, ver ahí tan compuesto y tan de gala a nuestro querido Ecce Homo particular, tan de no querer dar la nota dándola, tan de querer ir a su aire y quedarse en el espectáculo grotesco de unas zapatillas deportivas, un pantalón vaquero arrasado por la lejía, una camisa de lino y la estupenda chaqueta americana con la que debió hacer la primera comunión, si es que la hizo, que no lo sabemos ni nos importa. Tanta exuberancia y tanto glamur, como ya dije, sólo para recibir al Rey, para tenderle una mano de bienvenida que, sin embargo, no se le desea, sino todo lo contrario. Las autoridades baleares, desde Armengol hasta Ensenyat o Picornell, tal vez movilizados por la Obra Cultural Balear, no tienen otra estrategia que repudiar la monarquía, tomar partido contra el orden constitucional y apostar, vergonzosamente, por esa menos de media Cataluña enloquecida y fuera de la ley que, por supuesto, no va a ir a ninguna parte. Ya ha llegado a ese lugar.
 No le voy a echar en cara a Picornell que no sepa expresarse en castellano, porque no es fácil clarificar las ideas en una lengua que, a fin de cuentas, no es la que aprendió en su casa y no es, por supuesto, la que le enseñaron en los colegios mallorquines. ¡Vergüenza de educación la que tenemos en las islas! Pero pelillos a la mar. Picornell no debería intentar explicarnos nada de sus conversaciones con el Rey; primero porque hablar en público es muy difícil si no se tienen las tablas necesarias (y Balti no se ha sacado ningún máster ni tampoco ninguna carrera universitaria en unos pocos meses, como algunos otros: nos tememos que como bastantes otros) y segundo, porque más adelante podrá, tal vez, escribir un auténtico best seller con sus apasionantes y seguro que profundas conversaciones con el Rey.

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viernes, julio 27

Urbe irreal


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 Salgo a la calle Olmos y casi me atropella un joven en monopatín. Apenas sí lo veo por el rabillo del ojo, pero un silbido serpenteante, como una especie de latigazo en el aire, me deja varado en mitad de la calle y también de mí mismo. Pasa a veces que a uno le sucede cualquier cosa y el mundo se le paraliza algo así como un instante y piensa, entonces, que ha vuelto a nacer o que sigue vivo de prestado, de chiripa, tal vez por necesidad o por azar; pero no es así. Vivir es, precisamente, saber que uno no puede detenerse ni un instante, ni el instante maldito ese en que se nos encoge el corazón o el alma (o quizá ambos) porque nos queremos detener, porque nos queremos bajar del mundo, porque no queremos ir adonde nos llevan, indefectiblemente, a rastras o a empellones, mediante engaños y promesas, porque no queremos tener absolutamente nada que ver con la superficialidad y la ignorancia inconscientes de la mayoría, con el despilfarro y la corrupción imperdonables de quienes nos gobiernan, con el pensamiento único y letal del populismo y los nacionalismos identitarios. Me repugna esa indigencia mental, ese relativismo colectivo, tan de nuestros días, que da en no creer en nada. En nada.
 Salgo a la calle Olmos una vez más y otra y otra y sigo, por supuesto, sorteando jóvenes y no tan jóvenes en monopatín mientras me sumo a la lenta marcha bajo el peso plúmbeo del calor, la luz mórbida y engañosa del verano, el paso indeciso (casi siempre guiados por algún móvil con el GPS enloquecido) de los turistas por entre el rumor cristalino de los bares, las tiendas de ropa, los puestos de helados, los abigarrados bazares de los chinos.
 Salgo a la calle Olmos y la ciudad entera se despereza (atormentada urbe irreal) a mi paso. Camino lento y tomo notas, a veces, como quien intenta jugar al escondite con las ideas y hasta cogerlas al vuelo, aunque aún no hayan cuajado. Ya cuajarán si han de hacerlo. La ciudad no es una suma de barrios más o menos infernales o paradisíacos, en absoluto; la ciudad es el latido profundo de este instante en que aprieto, distraído, el paso y doblo esquinas sin detenerme en ningún lado, porque ya quedaron muy atrás los días en que uno buscaba refugios donde amartillar la soledad (o cualquier otra estupidez similar relacionada, sobre todo, con el arte o la cultura, con esa venta literal de humo que tantas humaredas literarias produce y seguirá produciendo) y el único palacio de invierno lo tengo, como no podía ser de otra forma, en mi propia casa: los ventanales absolutamente abiertos sobre la calle Olmos, el aire acondicionado rumiando de impotencia como un vertiginoso joven en monopatín a punto de atropellarme, a punto de caer como la noche sobre mí mismo y el silencio. Cuánto adoro el silencio y, sin embargo.



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viernes, julio 20

Los balcones


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 Cuando vivía en una residencia universitaria de Valencia tener una habitación con un balcón propio era un privilegio que sólo estaba permitido a los más veteranos. Yo llegué, con los años, a tener uno de ellos. En mi balcón, recuerdo que celebrábamos sudorosas timbas igual que tragicómicas conversaciones de religión o filosofía. Recuerdo que volaban sin preaviso las bolsas llenas de agua y también las risas y los insultos más o menos compartidos, las quejas y también los avisos a una autoridad que nunca acababa de llegar, pero que cuando llegaba era el terror de la terrorífica Brigada 26 y, entonces, el más profundo de los silencios ponía fin a todo ese ritual ruidoso, profano y absurdo que da en hacer notoriamente el ganso a deshoras, porque la sangre siempre acaba burbujeando y las hormonas, al menos a ciertas edades, tienen su propia brújula desnortada y, desde luego, famélica.
 Está claro, pues, que no se le puede negar un enorme y antiguo poder de seducción a los balcones. Con todo, a nosotros no nos daba por usarlos como trampolines para lanzarnos al vacío de una piscina que, por supuesto, al menos en aquella residencia, no existía. O será, quizá, que no bebíamos tanto de golpe y porrazo como los turistas que vienen actualmente a la isla a perder la cordura, la virginidad y, por lo visto, también la vida. O será, en fin, que conocíamos a la perfección que nunca ha habido forma humana alguna de superar el vuelo legendario de Ícaro volando orgulloso en picado hacia el sol con las alas extendidas deshaciéndose, primero, en cera, luego, en artificio, en sudor, y después, en nada.
 Pero es verdad que volar tiene muy buena prensa. Todos hemos volado en sueños o pesadillas y hemos despertado de sopetón envueltos en sudor frío, porque la caída era inmediata y el rayo oscuro del dolor estaba a punto de alcanzarnos. Hemos volado, también, envueltos en algunas quimeras salpimentadas de alcohol y vaya usted a saber qué otras mil sustancias. Eso es cierto y no lo podemos negar. Pero en todas estas ocasiones sólo hemos conseguido volar tan bajo que casi nos ha parecido estar arrastrándonos por el lodo y el fango de las peores cloacas subterráneas de la humanidad en vez de estar surcando, como habíamos imaginado, los espacios abiertos del cielo y las nubes, la cúspide huidiza, por escondida, de tantas ilusiones y deseos. A mí los turistas que vienen a volar verticalmente por entre los balcones de los hoteles de Mallorca me dan mucha pena. Me da pena que no sepan lo bien que se vuela subido, por ejemplo, a un simple y vertiginoso verso, a uno no muy largo que hable de nosotros mismos, del amor y la muerte, de las horas que volamos de verdad cuando convertimos ese verso en un poema y ese vértigo en una sensación única de renacimiento.



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viernes, julio 13

El No y el Sí


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 No sé si reír o llorar, si dejarlo correr todo por la torrentera hacia lo inevitable o si dar un rodeo y seguir contemporizando: ya se sabe que nunca pasa nada, salvo nosotros. Nosotros sí que pasamos. Con todo, el mundo empieza a ser un mal lugar, un patio de ladrillo rojo al sol abrasador de una residencia para locos de atar, una mezcla altamente tóxica de ingeniería social, por una parte, y de inconsciencia, abulia o desencanto, por la otra; y lo peor es que ya no sabemos en qué parte (o de qué parte) estamos, porque el Estado empieza a ocuparlas ambas, la suya y la nuestra, la que debería limitarse a gestionar los recursos de todos y la que usan para maleducarnos en el desconcierto, domesticarnos, violar y masacrar nuestra intimidad, venderla al mejor postor y convertirnos en marionetas teledirigidas de una farsa -entre la gran nube del Big Data y el cielo estrellado de la República Imaginaria de las Redes Sociales- que maldita la gracia tiene.
 No tiene ninguna gracia. Me llegan multitud de memes, más o menos pertinentes o impertinentes, sobre el No y el Sí de las mujeres. O lo que es lo mismo, sobre el origen y el desarrollo de las relaciones (tan complejas como necesarias) entre los hombres y las mujeres, sobre ese magnífico, turbulento y biológico conflicto que mueve el mundo desde el principio de los tiempos, desde Adán y Eva y el instante fundacional del ofrecimiento de la manzana envenenada, ávida de vida, de ese bocado en la fruta húmeda de la transgresión, el nacimiento de las ansias de libertad: la confirmación de la experiencia sexual como la más parecida a la del descubrimiento de uno mismo en la otra y viceversa, la liturgia o el milagro que anula los límites y convierte al hombre y la mujer en el mismo ser palpitante bajo la sombra indecisa del más viejo de los árboles, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
 Pero legislar sobre todo esto, más allá de la perentoria defensa del más débil, es perder el tiempo. Es divagar sobre un No o un Sí explícitos, tajantes, sin gracia ni matices, sin virtud ni, por supuesto, pecado. Un No y un Sí dialécticos que, sin embargo, no parecen tener en cuenta la complejidad de la naturaleza humana, las revueltas hormonales que el deseo obra en todos (y en todas: ¿por qué me obligan a masacrar la gramática?), las vacilaciones, el entusiasmo ciego o ilustrado y los arrebatos que nos asolan, a veces, en el transcurso de la ronda nocturna a través de la Vía Láctea que es la vida, a lo largo de ese viaje por entre las constelaciones, sus espejismos, sus agujeros negros y esa música solemne y, a la vez, callada (terroríficamente silenciosa) que suena afuera y también adentro, que suena ubicua y eterna, que suena torrencial y al compás de uno mismo: según el vaivén de los sentimientos.

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viernes, julio 6

1137 pases


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 Con el paso del tiempo vamos cambiando de sueños casi tanto como de pesadillas. Así, cada año, cada lustro, cada década -cada día de nuestras vidas- nuestros sueños se perfilan de un modo distinto y nos plantan cara con un empeño, un entusiasmo o una urgencia nueva, inacabada, temporal: sublime. Hay días y noches en que soñamos lo que sea que tengamos por costumbre soñar -soñar y vivir son asuntos muy personales- y nos despertamos asustados, sudorosos, agotados: esos sueños, entonces, ya no nos pertenecen porque los hemos agotado sin llegar a consumarlos o porque nunca los merecimos del todo: no es fácil, en efecto, estar a la altura de los propios sueños. Los sueños verdaderos son muy puñeteros y a la mínima que les damos la espalda se difuminan y hacen como si desparecieran y no hay forma, luego, de distinguirlos de tantos otros sueños como nos rondan tan sólo para confundirnos, alejarnos de nosotros mismos y convertirnos en otros, someternos a los deseos ajenos, convertirnos en esclavos más o menos dóciles de la gran mentira institucionalizada en que vivimos.
 Con las pesadillas pasa algo parecido, pero peor. La peor pesadilla es siempre la última. Llevábamos años, lustros, décadas, pensando que nunca iríamos más allá de la maldición de cuartos y nos habíamos acostumbrado a reencarnarnos, cada noche y cada cuatro años, en Julio Cardeñosa, por ejemplo. O en Luis Enrique. Avanzábamos despacio con el balón hacia la portería de Brasil mientras el defensa Amaral crecía de tamaño y la portería menguaba y las piernas se nos hundían en el fango y el tiempo andaba lento y como detenido y Tassotti, entonces, soltaba el codo y la nariz nos estallaba y llorábamos sin consuelo por las costuras del alma pidiendo penalti, pidiendo justicia, pidiendo cualquier cosa, pidiendo despertar, por ejemplo, a un VAR que todavía no existía.
 Luego vino el gol de Iniesta y ese paréntesis de varios años en que no tuvimos pesadillas, pero tampoco sueños, porque siempre se nos aparecía Casillas despejando el balón que un desquiciado Robben le enviaba una vez y otra, sin éxito. Y así hasta ahora. El domingo pasado España realizó 1137 pases ante Rusia. Creo que nunca me había aburrido tanto con un partido de esta índole. Creo que nunca había deseado tanto que el partido tocara a su fin, que alguien echara a los jugadores del campo y les gritara, atronador, que el objetivo del fútbol es enviar un pase al fondo de la portería contraria, un pase a las espaldas del portero, a ese lugar indefinido donde el mundo es una tela de araña que tiembla y una multitud que salta, grita, vibra, una multitud que ahora deberá volver a sus pesadillas más antiguas, a Cardeñosa o Luis Enrique, porque la historia es circular y siempre se acaba volviendo al principio. Al origen.


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viernes, junio 29

Entre Auschwitz y Maldoror


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 De tanto opinar. De tanto decir la nuestra en ese enjambre de las voces y los ecos que son los muros de las redes sociales donde nos estrellamos una vez y otra. De tanto mirar el mundo y no distinguir nada, salvo sus interminables listas de bajas, sus facciones irreconciliables, sus arrabales enfrentados: ese gentío que corre en busca de una salida que no existe. De tanto observar las constelaciones del universo y no poder, sin embargo, escapar de los espejos volados de sus salones de niebla (como de aquellos otros puentes gélidos tendidos sobre el vacío y la muerte donde se intercambian verdades por mentiras o viceversa; y el espionaje y la propaganda oficiales durante la guerra fría y antes y después y ahora eran y son la misma cosa) ni de la música ronca de los gramófonos, porque no queda apenas aire en el ambiente y la asfixia convierte el romántico baile en un estrafalario baile de máscaras de oxígeno. O antigás. El mundo condensado en una viñeta de Spiegelman: Auschwitz, porque ya nadie lee Los cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.
 De tanto opinar, sin saber. O de tanto callar aposta, porque salvaguardar la intimidad consiste, también, en que nadie sepa lo que opinas, porque tu opinión es absolutamente irrelevante; y lo sabes y tampoco sabes si vas o si vienes y, mucho menos, si los demás van o vienen; y hay un atasco monumental en todos los trenes subterráneos del universo, salvo en el de Palma, que no sirve ni para perderse cuando necesitas estar solo, y los vagones envueltos en llamas van repletos de sombras, de sombras negras, van repletos de cuerpos amontonados, de cuerpos convertidos en llamas, fundidos los unos en los otros y ardiendo: la humanidad entera en viaje hacia una estación fantasma a la que no se sabe cuándo se llega, pero se llega. Se llega, se llega. O eso dicen.
 De tanto opinar, sin que nadie, realmente, escuche a nadie. La palabra, la frase, el zasca, el aforismo, el breve apunte a vuelapluma, el insulto, el indulto, el meme, la voz herida que sangra y se desangra y tiñe de rojo los andenes del infierno y las avenidas del cielo: ahí descansamos un único instante y lo deseamos eterno. Ahí soñamos durante ese mismo instante que la palabra existe y que todo lo que la palabra es capaz de nombrar existe, de alguna manera, en nuestra imaginación, en nuestra consciencia, seguramente en nuestra voluntad. Y es así, que ese cielo y ese infierno, tan repletos de ángeles como también de adjetivos, son los lugares que nos rondan, asedian, atemorizan o embelesan a lo largo y a lo hondo de nuestras vidas. No obstante, nunca llegaremos a saber si esos lugares son como nosotros. Nunca sabremos si son lugares físicos o gramaticales. Como nosotros. ¿Como nosotros?






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viernes, junio 22

La imaginación al poder


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 De vez en cuando dejo de lado la actualidad de todos y me quedo observando, prendado, prendido, la mía propia. La que acontece cuando me pongo, por ejemplo, una bata blanca y, con el culo al aire, voy recorriendo pasillos (aquí no parece que haya moscas ni hongos voraces como en otros hospitales de las islas) en busca del cirujano, el bisturí y las gasas, el líquido desinfectante, la luz estéril y taciturna, la enfermera, en fin, que habrá de llevarme del brazo hasta más allá de mí mismo, que es lo que siempre he buscado y sólo he hallado alguna que otra vez, algunos instantes afortunados que ahora refulgen y luego se apagan y desaparecen, que ahora te envuelven de calor o frío absolutos y te dejan, después, a merced de una extraña tranquilidad que dura tan poco que no hay forma de detenerse y pensar en ella: relamerse con su aura, las filigranas de su melodía, el vaivén de sus caderas. En efecto, no hay forma de recordarla por completo y así no podemos dejar de imaginárnosla una vez y otra hasta que la fatiga o el desencanto nos vencen, nos agotan, quizá nos sepultan.
 Pero ahora no sé si la actualidad de todos es distinta de la mía. Todos paseamos alguna vez semidesnudos por los corredores sin fin de los hospitales igual que nos paramos en un bar y en la pantalla de los televisores suena el himno español mientras De Gea se traga todos los balones del Mundial como si fuera un faquir tragando sables de fuego y Rubiales sonríe desde el mullido palco de autoridades sin entender que no se puede manipular, pase lo que pase, la realidad sin que la realidad se te revuelva, sin que te repita, sin que una sombra tuya te susurre cada noche, pero hombre, por qué coño echaste a Lopetegui, alma de cántaro.
 De vez en cuando la actualidad me deja de lado y suele costarme, entonces, un rato largo no ser el protagonista de todas las portadas del universo. No obstante, me consuelo con las ventajas de la invisibilidad, con la certeza de poder hacer lo que me venga en gana porque nadie me vigila: nadie salvo Google, Facebook o todas las aplicaciones de mi teléfono, que me tienen geolocalizado ahí en mitad de ninguna parte con unas coordenadas espaciales que son las mías, en efecto, y una dirección IP que también es la mía: en ello pienso mientras atravieso corriendo todos los pasillos calcinados del cielo y del infierno y mis coordenadas son siempre otras y mi IP dinámica acaba escondida en uno de esos proxys que te prometen el anonimato y te convierten en una presa fácil, en un títere de los cazadores anónimos de datos personales, de los proveedores y manipuladores, pues, de una actualidad que no es la suya y que, hagan lo que hagan, nunca lo será del todo. En efecto, mientras sigamos siendo capaces, al menos, de imaginárnosla, no nos la podrán quitar.






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viernes, junio 15

La libertad y la expresión


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 En muchas más ocasiones de las que puedo enumerar aquí, el arte no es, en realidad, arte, sino otra cosa muy distinta. Una provocación ideológica, un panfleto visual, una muestra magnífica de hasta dónde pueden llegar la mendicidad cultural y la impostura para darle  al público lo que habrá de alimentarle, es un por decir, en su viaje diario a través del inmundo lodazal de las redes sociales, su pueril engaño, su vulgar artificio, ese alud de voces que parecen múltiples y también dispares y que, sin embargo, son todo lo contrario: la voz única de la estulticia clamando como si estuviéramos en el desierto y remolinos de arena nos engulleran. No es así. Ya no hay apenas arena en las playas (salvo en las de nuestra infancia) y en la actualidad, los desiertos son el lugar del que venimos huyendo desde siempre: el lugar que nunca lograremos abandonar por completo. Así es la vida.
 Con todo, pasan cosas y hay que contarlas. «¡Fascistas, fascistas!» mascullaba un hombre ya entrado en años, primero a mis espaldas y luego, enseguida, justo a mi lado. «Pues sí, fascistas», pensé en voz alta mirando al vacío mientras el sol caía vertical sobre nosotros, dos absolutos desconocidos en plena Plaza de España, observando, entre los turistas que iban o venían, la instalación fotográfica de Santiago Sierra. La instalación o lo que sea. Ese panegírico de Oriol Junqueras y los demás presos catalanes. Ese panegírico contra la concordia y contra la libertad que fue censurada en ARCO y prohibida en el Parlamento Europeo y que, sin embargo, tanto gusta a nuestro excelentísimo Ayuntamiento y a los procaces organizadores de la “Setmana per la Llibertat d'Expressió” que, por cierto, finaliza pasado mañana, domingo. Menos mal, porque ya es hora de que dejen de ensuciar los puentes sobre la Riera con sus lazos amarillos de importación.
 Luego, más tarde, creo que fue al día siguiente, un grupo más o menos ultra y más o menos desconocido no tuvo mejor ocurrencia -por decirlo de algún modo- que rebajarse a cometer el más innoble de los actos, el de dejarse vencer por la barbarie y pintarrajear esas fotografías de Sierra que, aunque parezca todo lo contrario, estaban hechas, precisamente, para que algún idiota del mismo calibre (aunque opuesto) las destrozase. Es así, a través de la sombra alargada de la barbarie, como se van cargando de razones los otros bárbaros y la noche oscurísima de la humanidad se convierte en una reunión de bárbaros donde la razón no está invitada y los dioses que rigen la vida y la muerte se miran a los ojos y sienten tanta vergüenza de la raza humana que obligan a los hombres a destruir sistemáticamente todo lo que hagan, unos y otros. La verdad es que así, por desgracia, no hay forma de construir absolutamente nada.



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viernes, junio 8

Un gobierno de diseño


La Telaraña en El Mundo.



 Si yo fuera feminista estaría muy feliz con el gobierno de diseño de Pedro Sánchez, repleto de mujeres y también de talento. Si yo fuera activista de género e igualdad estaría también muy feliz con el gobierno de diseño de Pedro Sánchez, con su civilizada cuota de gais y también de talento. Si fuera, en definitiva, socialdemócrata, estaría francamente ilusionado con un gobierno que tiene la virtud de parecerse, como una gota de agua a otra gota de agua, a la sociedad misma que pretende gobernar: esta vez no va a hacer falta que pose nadie en Vogue, como sí hicieron en su día las ministras de Rodríguez Zapatero, porque la sensación es que tanto ellas como ellos llevan posando en los mejores escaparates del poder, tertulias televisivas incluidas, desde hace años, lustros, quizá décadas.
 Pero es obvio que yo estoy muy satisfecho con el gobierno de Pedro Sánchez porque no es nada fácil sacar un gobierno así de la nada telúrica más absoluta y vacía y presentarlo, luego, en público y conseguir que caiga estupendamente bien a todo el mundo. Otra cosa será lo que vaya o no a gobernar, pero qué importa realmente eso, si el mejor gobierno posible es el que apenas gobierna, el que no se inmiscuye en las cosas de la gente, al menos en las cosas de la gente buena, de la gente que no hace daño a nadie, que sólo mira por su familia, por su trabajo, por sus hijos, por ese ir haciendo camino al andar que es la vida, por definición o por experiencia, hasta que llegas al mar inmenso, azul y rizado y plúmbeo y aunque el agua te parezca, al principio, muy fría, luego resulta que no es así, que está cálida y tú te estás muriendo lentamente hasta que ya te has muerto.
 Con todo, el ministerio que más tiene ver conmigo es el de Cultura y Deporte. A ver cómo lo explico sin tener que ocuparme de las frivolidades adolescentes de Màxim Huerta. La cultura me interesa, porque todo cuanto hacemos o dejamos de hacer es, en el fondo y en la forma, una manifestación cultural, una manera propia, pero también social, de proyectar nuestra visión de la realidad, nuestro compromiso más o menos consciente con el tiempo y la historia que nos ha tocado vivir. Eso es tan cierto como que cada día que pasa creo menos en la Cultura (así, en mayúscula) e intuyo que, pese a la picazón de la curiosidad que nunca me abandona, acabaré descreyendo de ella por completo. Respecto al Deporte (así, en mayúscula) sólo les diré que practico el más noble y menos competitivo de todos ellos, el de pasear a diario por las calles de Palma sabiendo que cada vez que doblo una esquina la ciudad cambia de fisonomía y, en ocasiones, hasta se vuelve fiera: abre, entonces, sus fauces y me engulle y yo sé que no hay mejor lugar para viajar que el vientre de esa ballena inmensa que es la oscuridad.


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