LA TELARAÑA

viernes, marzo 24

Terrorismo y libertad


La Telaraña en El Mundo.




  Un coche cualquiera y un cuchillo grande de cocina. Está claro que no hace falta demasiado para sembrar el terror y la muerte, paralizar la opinión pública, colapsar las televisiones del mundo entero y obligarlas a enfocar con sus cámaras el lugar de la tragedia. La rapidez con que viaja la información convierte el recuento de víctimas, heridos o cadáveres en un lento goteo donde se mezcla la necesariamente cuidadosa contabilidad oficial con el vértigo inconsciente de los rumores, los dimes y diretes, los tuits y retuits a vuela pluma, los memes, las valoraciones de parte, el complejo arco iris donde se enmarcan todas las opiniones con la misma ligereza o solemnidad con que un imaginario pavo real abriría el inmenso abanico de sus atributos y los mostraría por inercia, por naturaleza, por compulsión de amor y muerte sin reparar, ni siquiera por azar, en el dolor incurable de sus heridas. La vida siempre sobrevive.
 Huelga decir, claro, que no formamos una sociedad ni mucho menos ejemplar, pero que nuestra forma de vida parece ser la mejor que podemos o sabemos darnos, aunque en el viejo arcón de las utopías nos guardemos todos los gulags habidos y por haber del universo con unas sumariales anotaciones a su lado: «Este sistema no funcionó. Este fue un desastre. Este pudo ser, pero algo falló. Este prometía, pero tampoco».
 Ya he podido visionar, gracias a la BBC, un video bastante borroso de la enloquecida carrera mortal sobre el puente de Westminster. Seguro que los mil satélites que nos vigilan podrían ofrecernos mejores y más fidedignas imágenes. Con todo, no parece que haya forma humana de prevenir por completo estos atentados, salvo si una especie de «Policía del PreCrimen» (he vuelto a ver «Minority Report», en efecto) pusiera sus siete sentidos en marcha y fuera capaz de preservar el futuro abortando la violencia del presente antes de que acontezca. El juego, no obstante, tiene su peligro. No sé si ese futuro salvaguardado (¿salvaguardado por quién?) sería realmente el nuestro. No sé si nuestra romántica idea de la libertad resistiría una hipotética libertad vigilada, restringida, teledirigida.
 Miro alrededor y el escepticismo me vence. La libertad que tengo está en mis manos (y en las de mis obligaciones personales, familiares o laborales, voluntariamente asumidas), pero también está en manos de un montón de incompetentes (políticos, banqueros, sindicalistas, especuladores de variado y espectacular pelaje) que dirigen el mundo como si fuera suyo, que usurpan y trivializan el lenguaje como si supieran descifrarlo, que se dirigen a nosotros como si con sólo dos o tres Grandes Palabras malabares bastara para apaciguarnos. Pues no es así, por supuesto.

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martes, marzo 21

El espíritu de la plaza


La Telaraña en El Mundo.



 Puede que la actualidad venga con letra muy menuda a modo de subtítulos y que leerlos sea imprescindible para llegar a entender algo de lo que está ocurriendo. Porque ocurren muchas cosas. Repaso el video viral de la transformación de Josete, de gorrilla sin techo, con greñas y depresión a flamante hípster con tupé, barba quijotesca y alguna que otra esperanza recuperada, y compruebo que lo más importante no es lo que se ve o se dice en el video, sino la ayuda que La Salvajería y Dr. Filmgood le han prestado a cambio, por supuesto, de una publicidad que puede que sea impagable.
 También es impagable, desde luego, sacar a un hombre del callejón sin salida de la calle, el letargo emocional y las enfermedades incapacitantes y devolverlo más o menos sano y salvo a la línea de salida de ese maratón, a veces tortuoso y asfixiante, que suele ser la vida. Que siempre es la vida. Ahora sólo nos queda por saber si Josete logrará salir de entre los coches y las limosnas de las mejores plazas de Palma y convertir el espíritu de la plaza, tal y como le llaman en el video, en el espíritu de la que tendrá que ser su propia vida. Necesitará suerte. Ojalá la tenga.
 Los que no tuvieron ninguna suerte -por lo visto en otro video, que también está arrasando en las redes: ese pestilente estercolero es su hábitat natural, por supuesto- fueron los asistentes al partido de infantiles entre el Alaró y el Collerense. Estamos hablando de niños de 12 y 13 años. Estamos hablando de una violenta pelea campal entre algunos padres de ambas aficiones por una patada de más o de menos. Estamos hablando de un comportamiento vergonzoso que aleja a los niños de los beneficios del deporte y los convierte en víctimas inocentes del irracional fanatismo de algunos padres absolutamente desnortados. ¿Habrá que repetirles que sus hijos no son Messi ni Cristiano?
 A los que no sé muy bien qué diablos repetirles es a los que nos gobiernan desde las instituciones. No es posible que, con tanto por hacer o deshacer, se les ocurra perder el tiempo, una y otra vez, con declaraciones políticas que sólo son auténticos brindis al sol. La penúltima hazaña de la Cámara de nuestro Parlament ha sido aprobar una proposición no de ley que insta al Gobierno y al Ministerio de Defensa a que dejen de organizar actos civiles de jura de la bandera española, porque, según Patricia Font, generan división social y utilizan recursos necesarios para la prestación de servicios públicos del Estado del Bienestar. El asunto sería de risa si no mentase la escasez de los recursos públicos, el dinero, en definitiva, con que les pagamos a estos políticos estas payasadas.


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viernes, marzo 17

Camino de Santiago


La Telaraña en El Mundo.




 Con el tiempo he acabado pensando que la vida es una especie de peregrinación más o menos iniciática hacia uno mismo. Puede que allá a lo lejos, en algún lugar que sólo nos será revelado cuando lo alcancemos, alguien que aún no soy yo me esté esperando. No es ésta, en absoluto, una imagen deliberadamente oscura ni tampoco dolorosa o triste, no encubre ninguna derrota imprevista o ninguna rendición vergonzosa, sino todo lo contrario, es reconfortante que alguien nos espere al final de camino y es especialmente reconfortante que ese alguien desconocido sea, seamos, nosotros mismos.

 Así, más que confirmada, bendecida, nuestra antigua obsesión por las paradojas y los círculos viciosos, así, de la forma más natural que pudiéramos, tal vez, haber imaginado, el círculo de la existencia se acaba cerrando y, al cerrarse, se reconcentra y ensimisma. ¿Quién sabe lo que nos espera después, cuando un fulgor o un destello, una explosión inimaginable en alguna parte del universo nos renueve y nos despierte reconvertidos, al fin, en nosotros mismos? Nadie lo sabe. Yo tampoco.
 Hace años pensé seriamente en recorrer el Camino de Santiago. Incluso anduve durante semanas haciendo prácticas de senderismo por algunos pueblos de la isla, buscando albergues donde sólo encontré, al fin y a la postre, pequeños hoteles rústicos con piscina simulada y wifi de pago, buscando abismos donde sólo hallé acantilados escarpados y playas de arena finísima donde dormir el sueño de saberse tan cerca del árbol del paraíso como de los bosques talados de una civilización a la deriva. Leí varios libros sobre el tema, entre los que cabe citar «Camino iniciático», del escritor vasco, afincado en Mallorca, Joaquín Lloréns, y en no pocas ocasiones dejé vagar mi imaginación en pos de los restos del apóstol Santiago, las disputas religiosas de antaño y de ahora, las turbas de peregrinos y también de emigrantes a través de la llamada, no sin cierto sentido, calle mayor de Europa. Tal vez todo concluya en Finisterre.

 Pero mientras tanto estoy, ahora, en Santiago de Compostela. Hace sol y no llueve, por extraño que parezca. Las calles están relativamente repletas de peregrinos y turistas; los unos parecen cansados, los otros absortos. Yo he llegado en avión, por lo que debo ser un turista. ¿Lo soy? ¿No lo soy?  He llegado en avión, porque ya se me pasó el tiempo de pensar en recorrer más de veinte kilómetros diarios desde Sant Jean Pie de Port, por ejemplo, hasta mí mismo. He llegado en avión, porque la procesión va por dentro y un hilillo de sangre nos recorre muy lentamente la espalda sin que podamos apreciar el lugar exacto de la herida, su origen, nuestro auténtico desenlace.

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martes, marzo 14

La violencia y los sueños


La Telaraña en El Mundo.





 De entre las muchas noticias acaecidas estos últimos días, la que más me ha llamado la atención ha sido la agresión sufrida por un militar del I Cuartel General de la Comandancia de Baleares vestido de uniforme en el paseo del Borne. Desconozco, por supuesto, los detalles de lo acontecido; es decir, no sé nada sobre los auténticos motivos del rifirrafe ni sobre la previsible vileza de los dos atacantes, más allá de lo que han relatado los medios locales, que no ha sido demasiado. Pero eso, quizás, es lo de menos.
 No me interesa la épica, ese relato o ficción más o menos histórica o absurda, cuando es la ética la que anda desnutrida y apaleada, vejada, hecha unos zorros. No me interesan, tampoco, la verdad o la mentira absolutas, cuando se palpa tanta violencia y cinismo en el ambiente que ya no hay forma de distinguir entre culpables e inocentes, porque igual ya no los hay ni en un lado ni en el otro; y el tiempo presente, la mentira grosera en que vivimos, se ha dejado impregnar por el odio, el rencor y las insuficiencias de ese tiempo pretérito del que no logramos desprendernos. El pasado invade nuestra actualidad con su pestilente retórica de vencedores y vencidos, su dialéctica de trincheras y su alma de fosa común en la que el futuro cae de bruces y desaparece, engullido. Como el quiosco o el cine que existieron en el paseo del Borne, por ejemplo.
 El Borne es un lugar de cierto peso en mi vida. Allí tropecé, por sorpresa, con Camilo José Cela y anduve lento de reflejos, porque no se me ocurrió nada que decirle; allí compré mis primeros paquetes de rubio americano; allí paseaban, mis padres, cuando eran novios y yo sólo era uno cualquiera de sus múltiples sueños; allí, precisamente en el cine Borne, hice mis primeros novillos de escolar -y casi que los únicos, porque llamaron del colegio a casa y ardió Troya- yendo a ver «Klute», la película protagonizada por una deslumbrante Jane Fonda: yo era un niño y andaba deslumbrado.
 Ya no soy tan joven, pero sigo deslumbrado. Con Jane, por supuesto, pero no sólo con ella. Miro alrededor y respiro tras cada parpadeo. Estamos convirtiendo la existencia en una especie de confrontación constante entre unos y otros, en un enfrentamiento ubicuo que amenaza con que la violencia traspase la barrera virtual de las redes sociales y aterrice peligrosamente en las calles, en el día a día de la gente de carne y hueso, en el mismísimo paseo del Borne en que fui feliz, tal vez, porque alguien tuvo allí un sueño y la infinita suerte, además, de poder trabajar y prosperar lo suficiente como para realizarlo. No parece que nuestros herederos vayan a poder hacer lo mismo.


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viernes, marzo 10

Mecenazgo ideológico


La Telaraña en El Mundo.

 ¿Se acuerdan de Dolors Miquel, la poetisa catalana que saltó a la fama, siempre fugaz y relativa, de la actualidad cultural y política de este flamígero país en que vivimos tras la lectura pública de su poema «Mare Nostra», una versión blasfema, aunque inocua, del litúrgico «Padre Nuestro», durante la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona de 2016? Aunque sólo ha pasado algo más de un año la pregunta es pura retórica. En efecto, yo la había olvidado, como acostumbro olvidar todo aquello que no me afecta ni me interesa personalmente, todo aquello que, como mucho, me ocupa unos instantes, quizá un par de frases, acaso algún guiño al vacío, seguro que una sonrisa escéptica y desencantada o somnolienta y nada más. Absolutamente nada más.
 Nada más, hasta anteayer. Resulta que en la magnífica capilla del Centre Cultural de la Misericòrdia, es decir, en las mismísimas entrañas espirituales del Consell Insular de Mallorca, se inauguró una exposición colectiva a cargo de Arantxa Boyero, Astrid Colomar, Mariaema Soler, Marta Fuertes, Laura Marte, Marta Pujades y Olimpia Velasco bajo el título de «L’ànima de l’invisible». Trata, en fin, sobre la violencia machista, los clichés físicos o sociales y las complejas (o fraudulentas, diría yo) relaciones entre el arte y las perspectivas de género. Pues muy bien.
 Para la ocasión, parece que el CIM ha echado la casa por la ventana. Literalmente. Así, junto a un lujoso catálogo ilustrado, el CIM ha pagado a las autoras por el tiempo y los gastos que la creación de su obra les haya podido causar.  No nos extraña que la comisaria de la exposición, Georgina Sas, esté eufórica con esta pródiga política del CIM. ¿Hemos regresado a la época pretérita en que el Estado era el principal mecenas o tutor del arte y los artistas? ¿Avanzamos, tal vez, hacia un nuevo absolutismo electivo de los poderes públicos para con las iniciativas individuales? No responderé a estas preguntas. No hace falta. Tiemblo cuando me hablan de subvenciones, encargos y patrocinios. Tiemblo cuando no sé, en definitiva, si me hablan de arte o de propaganda, de introspección honesta o de simple militancia, de intoxicación ideológica.
 Quizá algunos se pregunten, ahora, qué pinta Dolors Miquel en este fregado. Resulta que ella, junto al vicepresidente primero y conseller de Cultura, Francesc Miralles, abre el catálogo con un abigarrado texto donde a falta de ideas propias se marca un voluntarioso y prosaico cadáver exquisito (que por desgracia no alcanza la putrefacción mínima exigible) sobre el arte y la violencia, la belleza y el horror, la maternidad, la lucha de las mujeres, sus desnudos, sus vulvas, sus sombras y sus heridas. Algo inenarrable.

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miércoles, marzo 8

14



Este mes el blog cumple 14 años. Nos hacemos viejos ;-)



martes, marzo 7

Penes, vulvas, autobuses


La Telaraña en El Mundo.

 Antes escribía más que ahora. Podía aguantar ocho, diez o quince horas frente a la máquina de escribir y la terrible hoja en blanco. Ocho, diez o quince horas frente a la pantalla líquida de aquellos monitores CRT que te taladraban el cerebro con sus rayos catódicos y te abonaban a una resaca de siglos, ciego y totalmente desenfocado de palabras, sinónimos, metáforas, de conceptos que nunca terminan de cuajar, salvo cuando los desechas, te los arrancas de adentro, los desactivas y conviertes, finalmente, en otra cosa.
 Nos pasamos la vida convirtiendo las cosas en otras cosas, porque todo es interpretación, traducción, lenguaje que se revuelve contra sus costuras, su estrechez e incapacidad para soportar tanta realidad como se nos viene encima a cada instante. Un alud de sucesos y contradicciones, un montón de espejismos que nos recuerda esas autopistas al sol de la infancia en que creíamos ver el mar y el mar era de asfalto, porque las carreteras son de asfalto y las construyeron con esfuerzo y sudor, con las manos y alguna sustancia pegajosa, algún lodo primigenio similar al que sirvió para crear el mundo y convertirlo en el lugar paradójico que es. En efecto, somos lenguaje, como diría el clásico, pero no sólo lenguaje, porque padecemos multitud de pulsiones inefables. Absolutamente indecibles.
 Estamos, pues, entre lo que podemos expresar y lo que no. O no del todo. Me asombra que haya gente preocupada por un autobús publicitario con vulvas y penes o sin ellos, pero con las obviedades de Perogrullo en su mensaje, dando vueltas y revueltas y un tal Juan José Tenorio (“Valores en Baleares”, nada menos) quiere que venga esa basura con ruedas y penes o vulvas a Palma y yo no sé si la basura está en sí misma o en quien la mira y se indigna, torpe, sin ver que no hay nada tras un espejismo, salvo la dura autopista de cemento por la que viaja en dirección contraria el autobús de Wyoming; y yo me quedo solo, tranquilo, con las mismas ganas de abuchear a unos que a otros.
 Algo huele mal en el mundo cuando los censores de ambos lados dicen defender la misma libertad que se otorgan a sí mismos y niegan al contrario. ¿Necesita la libertad, tanto defensor a ultranza, a machamartillo, a la fuerza? Ahora escribo menos que antes. Sé que ninguna enciclopedia me garantiza la salvación que una simple frase podría, tal vez, otorgarme. Al final siempre descubrimos que el mundo es demasiado grande y que abarcarlo requiere de una fe que no poseemos, que nos supera y nos deja tiritando en la ubicua mitad del camino de la vida, ese lugar donde parecemos estar siempre, hasta que un día cualquiera, finalmente, lo abandonamos.

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viernes, marzo 3

El rey Cursach


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso la larga y prolija lista de lugares donde la noche parecía ser asunto casi único de Bartolomé Cursach y constato, con no poca indiferencia, que le debo muy pocas horas felices a este personaje, a su imperio de autómatas sacándole brillo a las ubres de la noche como a una infatigable lámpara de Aladino, a sus mastodónticos entramados de ocio masivo, grosero, creo sinceramente que vulgar. Pero Cursach ha sido el rey y me temo que tendrán que caer bastantes políticos y no pocos hombres de paja para que deje, al fin, de serlo. Todo se andará, si se anda.
 Le observo en las fotos de la prensa y compruebo que él también ha envejecido y que su melena de ahora, entre greñas rubias y greñas canas, me resulta tan ajena y anticuada como la música de esos templos dorados donde la noche caía presa de las convulsiones de un rayo láser en pleno cerebro, de un parpadeo de vértigo en plena pista de baile (y fuego rojo en la garganta y humo blanco en los pulmones) e interminables columnas de gentes, venidas de todas partes, se arremolinaban en busca de algún instante sagrado de placer o locura, ese fulgor, ese éxtasis con la mente definitivamente en blanco y un hilillo de saliva burbujeando en la comisura de los labios, ese chute tan necesario, al parecer, para acallar la soledad y convertirla, tal vez, en otra cosa. A veces, la suerte. A veces, la muerte.
 Dije que le debía muy pocas horas felices a Cursach y es muy cierto. No he estado nunca en BCM, por citar el memorable lugar por el que los jueces van a tirar, si quieren hacerlo, del ovillo. Pero es que tampoco he pisado jamás Megapark, Megarena, Paradies, Asadito, Linos, Wurstkonig, 800º celsius STEAK HOUSE, Megasport ni Megahealth. Cojo el mapa de la isla como si fuera el del tesoro, que supongo que lo es, y compruebo que Magaluf me ha quedado siempre demasiado lejos y que cuando merodeaba el Arenal prefería la música de algunos pubs escogidos que la estridente deriva de la música disco. Sobre gustos, ya se sabe.
 Con todo, sí que anduve un par de veces por Tito´s y también por Pachá. Años 90, supongo. No estuvo nada mal, en efecto, ver amanecer en pleno Paseo Marítimo. Pero si recuerdo esos breves viajes noctívagos es porque en ambas discotecas palmesanas pude observar la presencia, entre una nube de fornidos guardaespaldas, del todavía muy joven, por aquel entonces, príncipe Felipe, en la actualidad Felipe VI, rey de España. Es curioso cómo fluyen las palabras y bailotean los recuerdos y las noticias judiciales sobre un rey de la noche en apuros me llevan hasta otro rey no exento, tampoco, de apuros. Que siga el espectáculo, por favor.

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martes, febrero 28

Carnaval y cultura


La Telaraña en El Mundo.

 El pasado domingo aproveché el Carnaval para darme un baño de multitudes. Algo rápido y disparatado, por supuesto. Me disfracé de mí mismo, que es el disfraz que tengo más a mano, para intentar reconciliarme con un par de cosas por las que aún conservo algún interés, alguna ilusión, incluso. Me refiero a la gastronomía y también a la cultura locales. Con la gastronomía no hay ningún problema. Tenemos una sobrasada y unos quesos realmente fantásticos, tenemos unos vinos memorables y también unas ensaimadas de crema, confitura o cabello de ángel que no son, finalmente, de este mundo. Yo mismo no soy de este mundo, tampoco, cuando degusto esas salvajes delicadezas que suelo prohibirme durante el resto del año, pero que en días así, travestido al fin de mí mismo, no puedo dejar de lado. Qué remedio. Me temo que llevo hambre atrasada.
 Si con la gastronomía todo marcha sobre ruedas, con la cultura, sin embargo, las relaciones son muy distintas. En efecto. Hace ya muchos años que, por circunstancias de todos conocidas, no parece que los escritores en castellano, por muy nativos y residentes de las islas que seamos, formemos parte de la cultura local. Hablo de la cultura oficial, por supuesto. Muy al contrario, no tienen los comisarios políticos y lingüísticos de turno ningún inconveniente en catalogarnos como extranjeros, por decirlo suave, o como traidores y renegados, como invasores o hasta como imperialistas culturales si les tiramos algo de la lengua. A mí me gusta tirar de la lengua a la gente. Me gusta tirarme a mí mismo, también, de la lengua.
 Pero no escribo estas líneas para quejarme. La cultura oficial me importa muy poco, porque la cultura es siempre otra cosa, algo que tiene que ver con la vida, la memoria y la voluntad propias, con las afinidades electivas que uno va atesorando día a día, con lentitud, arriesgadamente. Cerca de la Lonja, en un tenderete de la Conserjería de Educación y Cultura, me encontré, expuestos, bastantes números de la colección de plaquetas “Paraula de poeta”. Las editan el Consorci per al Foment de la Llengua Catalana i la Projecció Exterior de la Cultura de les Illes Balears (es decir, el inefable COFUC) y el propio Govern.
 Como decía, no tengo absolutamente nada que objetar. Al revés. No por azar, sino por necesidad, simpatía o cariño cogí dos librillos y me los llevé a casa. Uno de Ángel Terrón, con una fantástica foto suya de aspecto retro en la portada, y otro de Josep Lluís Aguiló, donde releí dos viejos versos sobre el Minotauro, que no pienso aquí traducir, porque no hace ninguna falta: “El cap de brau és només una anécdota. La meva part pitjor és la part d´home”.


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viernes, febrero 24

El mural


La Telaraña en El Mundo.

 No sé yo, pero contemplo el enorme mural de “street art” que ha realizado Joan Aguiló en los aledaños de la estación del tren de Sóller, con el beneplácito general de todas las autoridades locales y el patrocinio de la empresa Tren de Sóller y la Fundación Can Prunera, y no acabo de encontrarle a ese niño que juega con el trenecito de madera de unos sueños a los que ya resulta muy difícil ubicar en este siglo, no le encuentro, decía, los elementos que siempre caracterizaron a este tipo de arte, es decir: la sátira corrosiva de las leyes del mercado, el impacto a contracorriente en la moral o la ética, la ruptura absoluta o relativa -que sobre eso habría mucho que hablar- de los cánones, el comentario ácido, la crítica social, el estallido irreverente y la locura subjetiva del arte precipitándose en sí mismo, en el agujero negro del vandalismo y la usurpación de la propiedad pública o privada, el muro como lienzo único de una necesaria y efervescente subversión de la realidad hecha, cómo no, con nocturnidad y alevosía.
 La vida debiera resurgir, pues, de lo más profundo de las cloacas para que las ciudades, al fin, vuelvan a ser lugares mecidos por el intermitente pulso propio de sus habitantes de carne y hueso en vez de por la pulsión ruidosa y asfixiante de los poderes económicos de turno.
 Me seduce ese sueño, en efecto, esa utopía de gente que se quiere libre sin saber, pese a todos los intentos y las simulaciones históricas realizadas, en qué consiste la libertad. De ahí los excesos y, tal vez, la violencia; más inútil cuanto más violenta. De ahí las vidas rotas por la dolorosa sensación de saberse derrotados de antemano. Es cierto, nunca hemos sido realmente libres. O sí, pero no lo recordamos.
 Hasta aquí la teoría, que no es poca cosa. Nada de ella subyace en el mural de Aguiló, absolutamente nada. Luego viene la estupidez, por decir algo. Anteayer, José Hila y Miquel Ensenyat, entre otras autoridades, inauguraron el mural con los discursos de rigor. Según nuestro alcalde, estas iniciativas modernizan Palma. Qué cosas que dice Hila, por dios. Hay que ver cómo anda, cómo va, cómo viene, qué poco o qué mucho, cuánto cotiza, cuánto vale, cuánto cuesta, qué valor añadido nos ofrece, qué espejismo nos están vendiendo estos vendedores de humo cuando hablan de modernidad y sonríen y un niño solitario, allá en su muro de yeso, marés o ladrillo, quiere ser conductor de un tren que ya no sirve para otra cosa que para transportar turistas o nostálgicos, quizá, de otros tiempos, de otra velocidad, de otra forma de vida, la de algún sueño del que, tal vez, aún no hemos despertado. Paradójicamente.

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martes, febrero 21

Elogio de los floreros


La Telaraña en El Mundo.

 La vida tiende a ser un juicio sumarísimo. De hecho, lo es. Observo a mi alrededor sin saber dónde acaba el infierno y dónde empieza el cielo. O viceversa. ¿Tienen límites propios? ¿Son lugares definidos, excluyentes? Desde Sartre, sabemos que los otros son el infierno, pero me barrunto que también son el cielo. Pueden serlo. ¿Dónde debieran estar el cielo y el infierno sino en ese lugar ambiguo en el que nosotros no somos nosotros ni ellos son ellos? No estamos solos en la tierra: hay todo un lenguaje en llamas que nos une, un sarpullido de sangre que nos abrasa, una herida abierta y acaso infecta que compartimos. Que no cese.
 Hay más, pero explicarlo no es fácil. Puede que alguien nos tenga simpatía, nos desee lo mejor, se identifique con nosotros y nos ame, incluso, al menos de vez en cuando. Este hecho, acaso insólito, acaso corriente, nos convierte en algo singular y extraordinario. No estoy diciendo que alguien nos ama porque somos extraordinarios, que eso sería vanidad de vanidades, sino lo contrario: es el hecho de que nos amen lo que nos convierte en extraordinarios. Es el amor el que troca en extraordinario al objeto amado, al distinguirlo. Está bien que a uno le amen. Resulta saludable.
 Cambio de tercio, sin cambiar de tema, porque todo trata sobre fobias y filias, amores e inquinas. Sobre juicios más o menos universales. Resulta que a muchos no les ha gustado que Ana María Tejeiro y, en especial, la Infanta Cristina se hayan ido de rositas tras el juicio del caso Nóos. Repaso el núcleo y los arrabales del delito sin alterarme. No hallo ningún detalle que tenga valor en sí mismo, pero no me molesta, en absoluto, que esas dos mujeres se aferren a su derecho a ser, aunque quizá no lo sean, lo que la sociedad en su conjunto facilita que sean. Dos auténticos floreros.
 Luego están los condenados, unos vividores cínicos y desahogados. O el fiscal y los abogados, que se pasaron el juicio levitando y no quieren dejar de hacerlo. La acusación popular, sin embargo, anda por los suelos; pero es que la ejerció Manos Limpias, ese vergonzoso eufemismo. Nos queda nuestro héroe local, también caído. En efecto, el juez Castro, quizá como corolario a tantos folios de amor y desamor prosaicos, ha acabado apelando al lugar común de los floreros, que suele ser una mesa camilla en algún rincón de la trastienda, para descalificar, así, a las tres jueces que dictaron la sentencia. Mal hecho. Confirmo que la gente confunde la realidad judicial con la realidad a secas y me digo que los floreros, al menos, sí que ocupan el lugar exacto, siempre húmedo, para el que fueron concebidos. No me parece poco, sino todo lo contrario.

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viernes, febrero 17

Todo envejece


La Telaraña en El Mundo.
 
 Abraracúrcix, el jefe de los irreductibles galos de Astérix y Obélix, no le teme más que a una cosa en la vida: que el cielo le caiga sobre la cabeza. Pero eso no es algo, como él bien piensa, que suela suceder todos los días. Así es, menos mal. Paseo muy a menudo por las estrechas callejuelas del casco viejo de Palma y en no pocas ocasiones he alzado la vista hacia los balcones repletos de ropa tendida o de macetas de flores con algo de temor. A Newton se le cayó encima una manzana y acabó descubriendo la ley de la gravedad. No sé qué descubriríamos nosotros si se nos cayera encima un balcón entero de piedra, una simbólica tonelada de marés convertido, finalmente, en un polvoriento montón de escombros.
 Es una lástima, pero todo envejece y se deteriora, todo pierde firmeza y empieza, poco a poco, a encorvarse y a rendir pleitesía progresiva al paso marcial del tiempo, a mostrar sus arrugas y sus grietas más íntimas con una mezcla, tal vez demasiado humana, de orgullo y resignación. Sabemos que, más pronto que tarde, todo se acabará viniendo abajo, pero, qué caramba, eso no es algo que vaya a suceder hoy. Lo sabe Abraracúrcix, también llamado "Abrazopartidix" en algunas traducciones del original francés, y lo sabemos todos: hay que luchar a brazo partido contra la erosión y las llagas del tiempo; contra esa herida incurable que se nos abre al nacer como si fuéramos hijos de algún desgarro y de alguna caída absolutamente inevitables. Puede que así sea.
 Paseo por la calle Olmos y observo que están reparando la dolorida fachada del edificio, ahora con los balcones desfondados, del Bar Espanya. Espero que el bar no esté cerrado durante demasiado tiempo. Mientras tanto, me subo hasta San Miguel y, como de costumbre, me entran ganas de entrar en el Bar Moka a retomar ese café con leche que tomé con mi editor Javier Jover el mismo día, la misma hora, el mismo instante en que nos conocimos en persona. Es así como los lugares prenden en nosotros, porque se hicieron un hueco importante en nuestra memoria. Pero en el desaparecido bar Moka sólo venden, actualmente, ropa y lencería femenina.
 Con todo, la ciudad permanece. No importa demasiado si ayer me encontré la Plaza Mayor repleta, literalmente, de mierda de caballo expuesta al sol del mediodía durante, al menos, un par larguísimo de horas. A su alrededor revoloteaba el top manta. Ignoro dónde estaban los operarios de Emaya; igual andaban apurando las 36 horas lectivas de sus cursos de catalán, por ejemplo. Convendría que aprobaran pronto sus certificados lingüísticos por si los escombros, la basura o la mierda en general necesitan, en fin, que alguien las recoja.

 

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martes, febrero 14

Desmontando San Valentín


La Telaraña en El Mundo.
 
 Con los tiempos que corren no resulta nada fácil saber en qué día, realmente, estamos. ¿Qué se celebra, en cualquier caso, hoy? Resulta que hay días para casi todo y que es muy rara la circunstancia, la eventualidad, la ocurrencia o el arquetipo más o menos histórico que no tenga, en fin, su propio día de máxima visibilidad, de exaltación, de celebración en alguna parte del mundo o, al menos, de las redes sociales. Así, por ejemplo, mientras escribo estas breves líneas, se está celebrando, a la vez, el Día Mundial de la Radio y el Día Mundial del Soltero. Ahí es nada. Y hoy mismo, mientras ustedes las leen, se celebra, aparte del archiconocido (y comercial) Día de los Enamorados o de San Valentín, el Día Europeo de la Salud Sexual. ¿Lo sabían ustedes?
 Pero hay mucho, muchísimo más. Sólo hasta el final de este mes de febrero, según la web diainternacionalde.com, se celebran, entre otros de similar importancia o calado, el Día Internacional de la Lengua Materna, el Día del Pensamiento Scout, el Día Mundial de la Justicia Social, el Día Nacional del Trasplante y hasta el Día Mundial de las Enfermedades Raras. Ya lo dije, hay días para casi todo. El del pensamiento scout, al menos, tendré que revisármelo.
 Mientras tanto, al Consell de Mallorca y, sobre todo, a Podem Mallorca, con Miquel Ensenyat y Nina Parrón a la cabeza, les ha dado por sacar adelante, entre la bruma ágrafa e irrespirable de las redes sociales, la campaña «Desmontando San Valentín». Se trata, en resumen, de vincular el Día de los Enamorados con el grave problema de la violencia contra las mujeres. Se trata, y ya son ganas de hilar muy fino, de desmitificar el viejo y hasta revolucionario concepto del amor romántico, calificándolo de peligroso por sus presuntas conexiones con el maltrato machista y las relaciones tóxicas.
 No sé yo. O sí que sé. Hacer pasar por tóxicos, por ejemplo, a Goethe, Byron, Schiller, Hölderlin, Espronceda, Keats, Leopardi, Novalis o Pushkin resulta ridículo. Cínico. Manipulador. Y circunscribir el romanticismo a las fotonovelas de la televisión matinal o al repugnante trasiego de las tertulias del corazón (y de la política, por supuesto) me parece una simplificación imperdonable. El problema, por supuesto, no es el amor ni tampoco sus múltiples adjetivos, casi siempre fértiles, imaginativos y seductores; el problema es la ignorancia de algunos y algunas, de muchos, su pesada, mórbida gravidez, su absoluta falta de adjetivos y expectativas, su carencia de diálogo, su ausencia, en fin, de discurso, esa silenciosa sumisión donde la vida pierde su propio perfil y se convierte en una sombra oscura, pesada como una lápida y asfixiante como una mortaja.

 

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viernes, febrero 10

Bienvenido, Balti


La Telaraña en El Mundo.

 No sé si Maria Antònia Munar, mientras la desfachatez de sus cómplices la mantuvo como presidenta del Parlament, se parecía o no a la Virgen María. Puede que sí, pero también que no. Sin embargo, nadie duda que Baltasar Picornell sí que se parece mucho, iconográficamente, a Jesucristo; basta fijarse en su pelo largo, en su barba, a la vez frondosa y deshilachada, incluso en su oficio proclamado, por no se sabe muy bien qué oscuros motivos, de carpintero metálico. Ya puede ir pidiendo disculpas el siempre locuaz Alberto Jarabo, porque igual la política balear precisa más carpinteros y menos directores de cine. ¿Alguien lo duda?
 Pero a lo que iba. Dicen que la historia se repite y, aunque desconfío de las cosas que se dicen sin matizar los mil detalles que las conforman, es muy posible que sea así. Fue Jesucristo, tal vez, el más feroz de los antisistema en aquellos tiempos en que Herodes se lavaba con demasiada frecuencia las manos y el Imperio entero empezaba a desmoronarse: esos arrogantes y decadentes romanos se durmieron pensando que el mundo era suyo y se despertaron cuando los bárbaros ya habían arrasado con todo. Quizá la historia se repita, con su haz poliédrico de matices aún por definir, y a nosotros nos acabe pasando algo parecido. A lo peor ya nos ha pasado y no nos hemos dado ni cuenta.
 Toca, pues, informarse. Busco a Picornell en la Wikipedia y lo encuentro en la Viquipèdia. Leo su currículo y frunzo el ceño. Picornell ya superó la edad bíblica. Mal asunto. Además, resulta ser miembro de Unió per la Tercera República y de UCxR Baleares. Malo, también. O no tan malo. ¿Se puede ser antisistema y también republicano? ¿Se puede ser anticapitalista y republicano a la vez? ¿Se puede ser todo eso y presidir nuestro egregio Parlament? Hace tiempo que ya no hace falta preguntarse por lo que se puede o no se puede ser: la gente resulta ser lo que finalmente le peta; y no me parece mal, porque yo también he sido anarquista a la par que monárquico o republicano, no me acuerdo ya, y ninguna receta es mejor que otra si nos sirve, al menos, para intentar ser felices. De eso trata la vida, de ser felices.
 Así las cosas, no creo que el mesianismo de Picornell pueda empeorar la imagen política de nuestro Parlament, ese iconoclasta cadáver exquisito que han ido perfilando, a través de los años, personajes tan peculiares como Antoni Cicerol, Jeroni Albertí, Cristòfol Soler, Joan Huguet, Antoni Diéguez, Maximiliano Morales, Pere Rotger, la ya citada Munar, Aina Radó, Margalida Durán o la muy poco bíblica, Xelo Huertas. Al contrario, quedará perfecto presidiendo las últimas cenas de esta democracia zarrapastrosa en que vivimos. Bienvenido, Balti.

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martes, febrero 7

Matar al mensajero


La Telaraña en El Mundo.

 Las líneas que escribo no consiguen, me temo que afortunadamente, cambiar ni un ápice el mundo en el que vivimos, pero sí que logran, al menos, conectarme y hasta establecer extrañísimas relaciones conceptuales con gentes de lo más variado a las que, sin embargo, nunca tuve el placer o el disgusto de conocer. Pero eso es, quizá, lo de menos; lo importante es que escribí sobre ellas y que, al hacerlo, las incorporé de algún modo a mi propio catálogo de los horrores o de las maravillas, las confiné a mi propia agenda, a ese lugar, no sé si impostado o real, donde me reúno con la actualidad en una sucesión interminable de surrealistas citas a ciegas donde lo más visible, por supuesto, es la necesidad insatisfecha de entender al otro como a uno mismo. Contra esa especie de callejón sin salida o de muro infranqueable nos topamos una vez y otra.
 Repaso, pues, mis papeles y compruebo que ya han pasado casi cuatro años desde que me ocupé, en estas mismas páginas, del rapero Valtònyc, de sus chirridos y alaridos más allá de la gramática o la música, los videos de YouTube o los intercambios de mensajes en lo más infecto y nauseabundo de las redes sociales. Gracias a Valtònyc, sin embargo, recordé aquellos conciertos, durante los años setenta, de Lluís Llach, Pi de la Serra o Raimon en los que, sin duda alguna, fui feliz, porque hay épocas en la vida en las que nos debemos por completo al furor invencible de nuestras hormonas y todo lo demás puede y hasta debe esperar; siempre tendremos tiempo, luego, para afilar algunos conceptos, para matizar e inventar otros, para separar el grano de la paja o para alcanzar a ser, en fin, lo más parecido posible a lo que realmente somos. O así.
 Hace cuatro años creíamos que Valtònyc era un verso suelto y absolutamente deshilachado de esa madeja compleja y convulsa del activismo político más o menos radical, indignado y, tal vez, de izquierdas, por decirlo de modo que parezca tener sentido, aunque, de hecho, no lo tenga.
 Hoy sabemos, además, gracias a la sorprendente denuncia en Twitter del propio rapero, que fue Pablo Iglesias quien le encargó una pieza tan sibilina y sofisticada como la canción contra el Borbón emérito, por la que la fiscalía le pide un año y tres meses de cárcel por injurias. Debe dolerle a Valtònyc (y de ahí su denuncia en Twitter) que siempre sea más fácil matar al pobre y afónico mensajero, que llegar al fondo de la cuestión y revelar el meollo de la trama: la meteórica ascensión del populismo desde las cloacas de Internet y algún medio televisivo hasta las de algunos gobiernos locales y el Parlamento. Siempre en las cloacas, claro.

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viernes, febrero 3

El día de la marmota


La Telaraña en El Mundo.

 Al levantarme, pensé que todo estaba en orden. Los obreros que construyen la finca de enfrente ya habían comenzado, diligentes, su monstruosa sinfonía de cada mañana, la cafetera italiana que mi mujer recién había puesto sobre el fuego empezaba a ronronear y el aroma del café se esparcía, con suavidad, por todos los rincones de la casa convirtiéndola en un lugar cálido y habitable, el niño seguía durmiendo y yo, tras pasar rápidamente por el baño, por el espejo y por un par largo de incontenibles bostezos, apuré mis pastillas matinales con unos sorbos de zumo de naranja recién exprimido. Al rato, mientras desayunaba pan de centeno y semillas con demasiado aceite de oliva virgen por encima, como de costumbre, encendí el ordenador y caí en la cuenta de que #díadelamarmota era una de las tendencias más celebradas en Twitter. Acabáramos.

 En efecto, el día de la marmota se celebró ayer, 2 de febrero, pero es una tradición folclórica americana que se viene repitiendo desde 1887 en un lugar de nombre impronunciable, Punxsutawney, en Pensilvania, un lugar en el que la mayoría de nosotros no ha estado ni estará nunca, salvo a través de las imágenes, constantemente repuestas por los canales televisivos, de la película «Groundhog Day» dirigida en 1993 por Harold Ramis y protagonizada, de forma memorable, por Bill Murray. En España se tituló «Atrapado en el tiempo». No es mal título para un «déjà vu» en toda la regla.

 Quiero decir que uno se levanta y echa un vistazo, primero, a la agenda y, después, al mundo; y la agenda no lleva casi nada nuevo y el mundo no hace otra cosa que repetir y repetirse, que eternizarse en sus conflictos, su falta de coherencia, su ingravidez, su mezcla de pasado y futuro hipotecados por no se sabe muy bien qué oscuras fuerzas o qué terribles circunstancias. Me aterra, sobre todo, la desoladora incompetencia de los colectivos que, supuestamente, nos gobiernan.

 Sólo así puede explicarse, aunque no del todo, que gente que debiera constituir una alternativa política seria, como Més per Palma, se dedique, en vez de a trabajar para solucionar los problemas de Palma, a dilapidar su tiempo (y el nuestro, el que trabajamos para sufragar los impuestos municipales) con brindis al sol tan ridículos y tendenciosos como declarar a Donald Trump persona no grata. Ya les conté el martes pasado lo que pienso del presidente de EEUU. No necesito, pues, darle más vueltas a una historia, la de cada día, que suele empezar como si fuéramos un punto de luz surcando la oscuridad de los cielos y finalizar cuando el sueño nos vence y una especie de espiral sicodélica nos obliga a ver el mundo como bajo hipnosis. Lástima que, al despertar, no lo recordamos.


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martes, enero 31

Los muros de Trump


La Telaraña en El Mundo.

 Quería visitar Nueva York durante unos días (en realidad, intento escribir un libro en el que la calle del muro, es decir, Wall Street, la isla de Manhattan y los orígenes franceses de la Estatua de la Libertad tienen su papel y pensaba documentarme in situ) cuando las últimas disposiciones de Donald Trump para con las idas y venidas de los extranjeros de no importa qué países me ha quitado la idea de la cabeza. No sé si habrá libro, pero lo que es seguro, de momento, es que no habrá viaje.
 Recuerdo ahora los versos de un poema de Bertolt Brecht, que ya son todo un clásico cuando se trata de defender la libertad o la vida ante cualquier discriminación por motivo de raza, condición o ideología. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde y los versos de Brecht necesitan una urgente actualización. Hoy ya no hay comunistas ni, mucho menos, intelectuales, ya no hay judíos ni tampoco curas, como en los tiempos heroicos en que Brecht puso el dedo sobre una llaga que sigue sin cicatrizar. Al revés, supura un líquido sanguinolento y apestoso.
 Mientras tanto, asumo que no soy musulmán, como tampoco soy negro ni mujer. Por no ser, no soy, ni siquiera, homosexual. No debo ser, pues, nada. Nada de nada, quiero decir. Un ser humano genérico y vulgar que no pertenece a ningún colectivo en reconocido peligro de extinción. A nadie parece importarle, en definitiva, si estoy discriminado lingüísticamente en mi propia tierra (que lo estoy, como lo estaré pronto, me temo, en la de Trump) o si me veo obligado a cotizar de autónomo a la Seguridad Social sin cubrir ni gastos para poder llegar a más viejo con algún derecho a jubilarme más allá de la caridad pública.
 Me temo que esta situación de relativo outsider sólo puede ser considerada, actualmente, como anómala y sospechosa de todo, de absolutamente todo. Desde lo malo hasta lo peor, sin ir más lejos. Y es que siempre se puede reinterpretar la realidad. En efecto. Puede que alguna vez me disfrazara de mujer o de algo parecido en algún carnaval erótico en la mitad más enloquecida de mis sueños y puede, también, que hiciera de negro de algún amigo en horas bajas; nada muy serio, apenas unas cuartillas, pero igual estas cosas tiznan y hasta imprimen, quizá, carácter, dan feminidad o negritud, por así decirlo, y entonces, si ya fui mujer y negro, aunque sólo fuera en sueños y durante un ratito, igual ya soy mujer y negro para siempre. Con todo, el motivo auténtico por el que no viajo a Nueva York es por el temor a que mi apellido materno dispare todas las alarmas aduaneras. Sólo acaba de llegar y ya me está usted fastidiando con sus muros en tierra de nadie y de todos, señor Trump.


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viernes, enero 27

Pandemónium


La Telaraña en El Mundo.

 Observo el puzle de la actualidad local, nacional, internacional o global -aunque el mundo me parezca un sucio y arrugado pañuelo que necesita que lo laven, centrifuguen y planchen- sabiendo que sus piezas están relacionadas las unas con las otras: el viejo efecto mariposa parece que tiene las alas más terroríficas que nunca y el puzle entero se ha convertido en una masa viva y hasta palpitante, un magma en ebullición, un auténtico pandemónium, ese lugar mítico que, además de venirme a la memoria por ser la capital literaria del Infierno en El Paraíso Perdido de John Milton, es un lugar de lugares, un lugar ubicuo, tremendamente caótico y ruidoso, un lugar, como su propio nombre indica, de mil demonios. O de muchos más.

 La actualidad local gira, pues, al unísono enloquecido de las otras sin que haya forma de que el universo se detenga. ¿Estará su centro en Washington, París, Madrid o Londres? ¿Jerusalén, Moscú, Bagdad, Alejandría? ¿O estará en Palma, en la barriada, en la calle donde vivo? ¿Estará, mejor aún, en mi propio ombligo? Puede que no exista ese centro y que el universo siga girando, porque no tiene otra cosa mejor que hacer y esa es la prueba definitiva de su existencia.

 Sea como fuere, el espectáculo es tan complejo y simple, elemental e incomprensible, que dan ganas de sacudirle un guantazo a la mesa donde el puzle reposa para ver cómo se recompone, finalmente, por sí mismo. El universo entero gira, vuela y hasta revuela, mientras las nuevas coordenadas sustituyen a las viejas y el baile cósmico prosigue su ruta sin inmutarse. Es ahora cuando me invade la tentación de escribir, por ejemplo, sobre la guerra íntima de las bacterias y los antibióticos, sobre los grafenos y tetraquarks, el canibalismo de los gluones o las miserias inescrutables de la materia oscura. Pero hoy no toca. Quizá otro día.

 Hoy tocan las veleidades de Podemos. Desde que la indignación general (y el dinero de no sé quién) les pariera, siempre marchan en pequeños grupos, como si desfilaran. La cámara les enfoca y ellos se ponen en movimiento como si fueran a algún sitio (igual que Puigdemont a Bruselas) o la larga marcha hacia el poder tuviera que ver con el rodaje de una escena de cine y Alberto Jarabo le diera a la claqueta según el guión supremo, por supuesto, de Pablo Iglesias. Pero la estrella de la peli ha sido Xelo Huertas: ella sola ha ocupado toda la pantalla y ella entera se ha ido fundiendo al negro, porque no tenía con quien desfilar por los pasillos del poder: Montse Seijas no era suficiente compañía y los extras del PP nunca debieron apuntarse a esta horrible película, este deleznable vodevil, esta astracanada del Parlament descabezado.


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martes, enero 24

La tempestad y la calma


La Telaraña en El Mundo.
 
 Dicen que tras la tempestad siempre llega la calma. Así suele ser, en efecto, aunque sólo sea por agotamiento, por rendición absoluta, incondicional. Las nubes oscuras, plúmbeas, van cediendo el paso a los reparadores rayos solares. El arco iris, mientras tanto, se insinúa febril y doméstico en el horizonte de todos y se acaba convirtiendo en un deslucido puente de luz bajo el que los escombros y las ruinas producidas por las recientes tormentas quedan expuestos, como un maldito catálogo del infierno que hay que inventariar cueste lo que cueste.
 La verdad es que va a costar muchísimo reparar las fincas anegadas, compensar a los pocos agricultores que aún nos quedan por las cosechas perdidas, volver a levantar las casas y casetas derruidas, reconstruir las carreteras dañadas, reparar las ilusiones rotas de unos y otros e ir paliando, de alguna forma, la exhibición impúdica y grotesca de la tierra convertida en lodo inerte, viajando ladera abajo (con un afilado cuchillo, tal vez, entre los dientes) hacia las orillas temblorosas de las playas famélicas de arena, del mar encrespado que nos rodea, y eso sí que no hay forma de remediarlo, por todas partes.
 El Govern del Pacte mira al cielo y frunce el ceño, contempla los elementos desatados y se encoge de hombros. ¿Cómo explicar convincentemente a la ciudadanía que no está en sus manos achicar el agua que la tierra, por sí misma, no ha podido engullir por completo? ¿Cómo dejar muy clarito que ellos no desembarcaron en las playas cálidas y seductoras del poder para luchar contra la cruel y absurda furia de los cielos? Podrían, desde luego, haber mandado limpiar los torrentes, que ya en el pasado mes de diciembre padecieron más trasiego del habitual, pero es que trabajar, por lo visto, agota muchísimo, desgasta una barbaridad y, además, tampoco resulta ser la panacea. Si lo sabrán ellos.
 Lo ha expresado muy bien, Vicenç Vidal, nuestro conseller del medio ambiente: «Infraestructuras en mejores condiciones no habrían podido absorber al agua de la lluvia». Pues él sabrá. O él sí que sabe. Ajo y agua, para los demás. O demasiada agua, en fin, para tan poco vaso. No menos explícito ha sido nuestro siempre risueño alcalde, José Hila, en una de sus más acertadas intervenciones desde que tiene vara de mando en Cort: «No disponemos de soluciones mágicas». Como es habitual, el cielo vacío del laicismo en que vivimos acaba siempre apelando al realismo mágico para matizar su impotencia y su ignorancia, su lenguaje de tópicos y lugares comunes convertido, finalmente, en un lodazal intransitable. Para intentar, asimismo, llenarnos de dioses, de asombrosos mitos y de quiméricas leyendas el cielo a rebosar en el que tampoco creemos. Por desgracia.
 

 

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viernes, enero 20

«Arrival» (La Llegada)


La Telaraña en El Mundo.

 Si están de resaca por la insuperable vulgaridad de la verbena de anoche, igual no les conviene hacerme caso; pero si no es así, no lo duden. Piérdanse por las rotondas y los abismos sutiles de «Arrival» (La Llegada), quizá el film más inteligente (o más respetuoso con la inteligencia del espectador, que casi viene a ser lo mismo) desde que algún clásico, como «2001: Una Odisea del Espacio», por ejemplo, nos clavara las duras y suaves garras de la verdad en la retina, en el alma, en el centro mismo de nuestro pensamiento. En esa turbulenta y vaporosa sala de máquinas de nuestras entrañas late el universo que conocemos igual que el que desconocemos.

 En ese lugar interior, en esa especie de infierno larvado -Dante, Virgilio, Homero, Joyce, Milton, Juan de la Cruz, Teresa, Quevedo- donde nos consumimos al mismo tiempo que nos purificamos, intentamos desesperadamente descifrar el mundo y descifrarnos. Averiguar lo que fuimos, lo que somos, lo que podríamos, tal vez, llegar a ser con sólo dedicarnos exclusivamente a ello. Sin embargo, no es nada fácil poner entre nosotros y el mundo, la distancia adecuada y suficiente como para enfocar correctamente los problemas y acertar, si ello fuera posible, con los diagnósticos y, sobre todo, con las soluciones. No es nada fácil, en efecto.

 Pero vuelvo a la sala oscura del cine y me sumerjo en esa oscuridad, sabiendo que es la misma oscuridad terrible desde la que observamos el mundo. De repente, llegan los alienígenas y la verdad es que no sabemos qué hacer. ¿Qué quieren? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué queremos? ¿Cuáles son nuestras intenciones? Seamos sinceros. Los alienígenas son tan sólo un buen pretexto, porque esas mismas preguntas nos las hacemos igualmente con nuestros amigos, con nuestros vecinos, con cualquier desconocido con el que nos tropezamos. Esas mismas preguntas, en fin, nos las hacemos con nosotros mismos y no siempre las sabemos responder. Casi que nunca.

 La película dura unas dos horas, pero el tiempo no pasa deprisa ni despacio; pasa según lo sentimos. Olvídense de Terrence Malik. Denis Villeneuve nos recuerda, más bien, a Kubrick mientras nuestros recuerdos vuelan y toman altura, giran en el aire y se despeñan en picado hacia no importa dónde. El tiempo es ese vuelo, ese giro, esa caída. El tiempo es ese lenguaje que finalmente somos, esa sucesión de signos que tanto nos cuesta interpretar, ese discurso que nos ronda con su peligroso aliento y nos atraviesa con sus afilados estiletes, que nos deja perplejos o nos deslumbra con su juego de luces y sombras, de voces y ecos, de frases que dijimos o que nos dijeron. De cosas así trata «Arrival». De cosas así trata también la vida.



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martes, enero 17

Lluvia de flechas


La Telaraña en El Mundo.
 
 Desnudo y con barba. O desnudo y definitivamente imberbe. El torso asaetado. La corona de flores en las manos. La iconografía nos lo muestra bellísimo bajo una sangrienta lluvia de flechas. Las firmas pueden ser, entre muchas otras, de Boticelli, Rafael o El Greco. Por no hablar de Fernández-Coca y su cartel verbenero de este año. San Sebastián se nos confirma, pues, como un mártir sólido e importante cuya invocación puede ayudarnos, decididamente, contra las plagas de la peste o la falta de fe. No es broma.
 Por estos pagos no sé si hay actualmente peste, pero desaparecen Cajas de Ahorro, como Sa Nostra, y no hay forma de que los culpables paguen por su mala gestión o sus fechorías. Tampoco sé si hay demasiada falta de fe. ¿Hay fe, siquiera? Algo habrá, al menos de esa fe laica que llamamos ideología, porque si no es así no se entiende que la consellería de Educación llene sus despachos de docentes ideológicamente afines, convertidos en asesores áulicos elegidos a dedo y al margen de los preceptos de la libre concurrencia. Tenemos un gran mártir y una ciudad repleta de ridículos “dimonis” fuera de contexto. De tiempo y lugar.
 Hemos entrado, pues, en la semana gloriosa de Sant Sebastià como quien entra en una cacharrería y desearía ser, por supuesto, un auténtico elefante. Hay que poner patas arriba la ciudad. Hay que hacer ruido, mucho ruido. Hay que hacer humo, muchísimo humo, alzar enormes humaredas densas e irrespirables hasta las entrañas mismas del cielo, como si fuéramos todas las tribus del universo reunidas a la hora interminable del chat colectivo, étnico, genuinamente global. Tenemos un mártir asaetado y el mundo en llamas. Hay que torrar las tripas doradas de toda nuestra gastronomía más puerca, con perdón. Hay que electrificar la noche del próximo jueves con música y alaridos, con antífonas, incluso con regüeldos.
 Sólo así se demostrará que la gente de Palma sabe, en fin, lo que vota y que los que tuvieron el indescriptible valor de votar a Efecto Pasillo y Obús, Smoking Stones, Xanguito, Kepa Junkera, Camela o Siniestro Total, entre otras celebridades, no lo hicieron por fastidiar, sino por pasión bien entendida, por amor al arte y los pentagramas, para liarla a base de bien y acabar de una vez por todas con el silencio de algunas noches en que Palma decide olvidarse hasta de sí misma y convertirse en un laberinto de criptas hechizadas, en una hondonada de sueños impronunciables, en un lugar que demora el amanecer, tal vez, porque no lo necesita. (Sí, ya sé que estas metáforas las entienden pocos, pero no sé explicar de otra forma ciertos estados de ánimo ante el martirio que se nos viene encima: la culpa es mía.)

 

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viernes, enero 13

Paisaje con móvil y café


La Telaraña en El Mundo.

 Desde casa, observo la calle Olmos repleta de gente que sube hacia San Miguel, que baja hasta la Rambla o que desaparece, de refilón, por las ilustres callejuelas laterales, por Misión o San Elías, por ejemplo. Me da que las calles son algo así como ríos con afluentes, ríos más o menos largos, salvajes o peligrosos que nos sirven para viajar de un lugar a otro o a muchos otros. Que el viaje acabe siendo metafóricamente circular no significa que no podamos disfrutarlo: es obligatorio hacerlo.
 En algún sitio escribí que Internet es tan grande como la calle en la que vivo; no es así: la calle es mucho más grande, porque no me cabe en el móvil que introduzco en el bolsillo con la vana esperanza de que no suene, de que no me interrumpa, de que me deje a solas con la multitud de mi calle, la que me saluda o ignora, la que tropieza conmigo y mis circunstancias, la que sonríe, como también hago yo, a las imprevisibles alegrías de igual forma que a las recurrentes fatigas. La verdad es que sonreír cuesta poco.
 Cuando era niño los coches circulaban por Olmos igual que por San Miguel o la Plaza Mayor, entre los parterres de flores y la bruma de algunos tranvías eléctricos que no sé si llegué a ver o si sólo los soñé. Los recuerdos son una sucesión de imágenes sueltas, pero hace falta un discurso, mejor propio que ajeno, para ordenarlas. Yo no sé qué sentido tiene escarbar en el pasado (y no lo digo por mí o estas breves líneas fuera de contexto, sino por los memorialistas y su voluntad propagandística de revisitar una vez y otra la historia: la misma historia de siempre) si no es para añadirle matices humanos al presente y mejorar el futuro que ya casi no tenemos ni esperamos, para no repetir algunas de las muchas estupideces que hicimos y volveremos a hacer, para no volver a caer donde ya caímos. Hemos caído muchas veces, quizá demasiadas.
 Pero a lo que iba. Salgo a la cuesta de la calle Olmos y en el Bar Espanya, antes Can Vinagre, releo este periódico mientras apuro un café con leche. La realidad global que me ofrece la prensa, con sus diversas secciones, local, nacional, internacional, etcétera, se mezcla con las musiquillas y vibraciones que va soltando, incansablemente, mi móvil. Las redes sociales palpitan en su interior hasta que lo apago y decido que la vida está en otro sitio. Mientras tanto, observo a la clientela del bar y a Mateo Martorell (y a Toni) con su continuo ir y venir, entre bromas y veras, de cafés, cervezas o refrescos. Si hay suerte pasará Miquel Julià, cámara en ristre, y me sacará una buena foto. Ojalá.





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martes, enero 10

Los hackers rusos


La Telaraña en El Mundo.

 No les quepa duda alguna. La culpa de todo la tienen los hackers rusos. Siempre lo supe, aunque sea ahora, desde que propiciaron, según el FBI, la ascensión al poder de Donald Trump, cuando la opinión pública parece haberse dado cuenta. Pues ya era hora. Convénzanse. ¿El PC les marcha a trompicones y, en vez de atender a sus órdenes, se dedica a la extraña minería de los bitcoins (o bitcoines, según Fundéu)? Es culpa de los hackers rusos. ¿Entran en Call of Duty o en GTA V para demostrar a sus hijos que no les tiembla el pulso y las terribles hordas de los niños rata les masacran sin darles tiempo, siquiera, a salir corriendo? No se preocupen. Son los putos rusos. Siempre son ellos. Desde el oro de Moscú es que no paran.
 Pero me preocupa lo de Trump. No sé si los rusos se han equivocado con sus maniobras orquestales en la oscuridad (lo que constituiría un auténtico notición) o si, por una vez, no han hecho absolutamente nada y es la propia opinión pública norteamericana, la resultante del eterno conflicto de la guerra de los medios, siempre mucho más allá de la verdad o la mentira, la que está intentado recuperarse del tremendo shock que les ha producido el inesperado resultado electoral, de la única forma que creen posible, aunque no lo sea: buscando un culpable ajeno a ellos mismos y sus peores miedos, a su sociedad convertida en un lugar indecente si eres rico e indigno si eres pobre, en un mortífero campo de minas donde el único que parece moverse con cierta soltura es Trump, nada menos. ¿Quién va a gobernar ahora América, Trump o los hackers rusos? Pues nunca se sabe. ¿Y qué es peor? Pues tampoco se sabe.
 Aquí en España los hackers rusos (como todos imaginábamos) hacen y deshacen las encuestas preelectorales y, sobre todo, se lo pasan pipa manipulando las sufridas votaciones online de los partidos asambleístas como Podemos, CUP o similares, empeñados en convertir la realidad en una especie de referéndum unilateral y totalitario, una asamblea perpetua y vitalicia, sectariamente vocinglera y resignadamente digital, obsesiva y disciplinada: tres o cuatro punto cero, por lo menos.
 Con todo, no nos importa mucho en qué sentido los hackers rusos van o vienen, porque manipular lo que ya está viciado de origen no perjudica demasiado el resultado final; igual lo compone o hasta lo mejora. Además, a los hackers rusos la realidad ajena les importa un pimiento más allá de cambiar unos por ceros y ceros por unos, bitcoins por dólares o rublos, incluso por los agonizantes euros de un sistema financiero que nadie sabe dónde va a ir a parar. No lo saben ni los propios hackers rusos de Wall Street.

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viernes, enero 6

Día de Reyes

La Telaraña en El Mundo.

 Creo que no vi ninguna bandera fuera de lugar y sitio en la Cabalgata de los Reyes Magos. No vivimos en Vic, menos mal. Lástima que no pudiera escuchar a la Coral Voices interpretando Hallelujah de Leonard Cohen. Demasiadas aglomeraciones. Ruido. Demasiada gente con y sin niños, con móviles centelleando como si fueran cámaras fotográficas. No lo son, pero tanto da. Así es como captura el mundo la gente. Igual que nos capturamos a nosotros mismos. Un autorretrato, un selfi tras otro. La gente. Está claro que somos la solución, pero también el problema.
 No es fácil, sin embargo, ser la gente, actuar como tal y sentirse a gusto cuando algunos, con el tono condescendiente de una complicidad impostada, se llenan la boca de conceptos más o menos tóxicos y actúan como si los hubiéramos elegido para moldear la realidad a su antojo y perfilar nuestros deseos. No es así. Nuestros deseos son sólo nuestros, aunque no sea fácil descifrarlos. Ni siquiera hoy, Día de Reyes.
 En efecto, no es fácil ser padres (como tampoco ser hijos) y no saber si fue Papá Noel o si serán los Reyes Magos quienes nos hielen el corazón con su farsa de cajas vacías y caramelos sin azúcar. Quizá los regalos ya no importen, porque entre el Black Friday, el Cyber Monday y las rebajas de Steam tienes el PC atiborrado de juegos y la casa repleta de los artilugios más sofisticados de Amazon: pulseras para medir el esfuerzo físico que no haces, visores holográficos que no sabes utilizar, móviles inteligentísimos que se convierten en otra cosa y graban cuanto sucede en su interior y afuera. ¡Lo graban todo!
 Ya podrán, pues, amenazarte desde la Comisión de Garantías Democráticas del partido en que te apuntaste para que el mundo fuera mejor, ya podrán amenazarte con que no hagas esto o aquello, con que desaparezcas unos meses y esperes tu turno en la ruleta de las prebendas, ya podrán amenazarte que siempre tendrás a mano la grabación del presunto chantaje y las coacciones, el día a día sonámbulo y marcial del Partido, la prueba definitiva (efectuada con ese móvil low cost que te trajo Santa Claus, porque eres gente y laica y tus dioses son de carne y hueso) de lo fácil que resulta que los gerifaltes de un partido acaben comportándose como jueces y verdugos de un Tribunal Popular o una Inquisición antiguas; y la eternidad entera se resuma, finalmente, en la impotencia con la que constatas que sólo eres una víctima más de ese error ontológico que da en mutilar la realidad para ajustarla, a la fuerza, a la horma del deseo. Que ese partido sea Podemos y que Joan Canyelles acabe de dimitir no es sólo una anécdota, por supuesto.

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martes, enero 3

Año nuevo, tarea vieja


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, lo viejo se renueva y nos parece nuevo, tal vez flamante. Doce campanadas de uvas sin apenas respirar (y Cristina Pedroche, que recibe el año en bañador por todos nosotros) nos conducen a una especie de alarido general repleto de saltos y abrazos, de mensajes de WhatsApp y de alguna que otra llamada telefónica. Hay que mirar al cielo de vez en cuando. Hay que mirar alrededor, también. La catástrofe ha sucedido en Estambul; y no, no todos los muertos son iguales; los de París, los de Niza, los de Madrid, Londres, Berlín o Nueva York parecen valer mucho más. Esta última frase me duele, pero no encuentro demasiados hologramas sobre el dolor en los muros de Facebook o en las trincheras de Twitter. Yo soy el Club Reina de Estambul como antes fui Bataclan. Yo soy todas las masacres.
 Pero eso no es verdad. O no lo es del todo. Huyo con la muchedumbre y no me distingo de ella un ápice. Huimos de la pesadilla del fuego cruzado y los daños colaterales. Nos persiguen, deslumbrantes y cegadoras, las transparencias del traje del año pasado de Pedroche, mucho mejor que el de este año. Nos persigue, también, el recuerdo del peligroso cántico de las seductoras sirenas que tentaron a Ulises o que aterrorizaron a Cristóbal Colón: esas monstruosas o terribles beldades ya no cantan o, si lo hacen, tanto da, porque no las oímos. La cera ha cuajado en nuestros tímpanos y se ha convertido en lava. La inercia se ha adueñado de nuestras vidas y no hacemos sino huir del remolino donde nacen todas las tormentas, donde fermenta el poso ácido del tiempo, donde bulle el lodo primordial del que provenimos y al que acabaremos regresando.
 El ciclo renovador dura un año. La tierra da la vuelta entera al sol y renace. El viaje circular y, a la vez, elíptico nos purifica, porque volver a empezar (cuando ya no somos los mismos que éramos) no deja de tener su gracia, su encanto, su deriva metafísica. Cada año se nos ofrece la oportunidad de reintentar llevar a buen puerto todo aquello que nos propusimos alguna vez y que, ante la falta de éxito, seguimos proponiéndonos como si fuéramos inasequibles al desaliento. Tal vez lo seamos y no haya nada mejor que fracasar una y mil veces para acabar sonriendo a solas: es decir, con los nuestros, con los más nuestros de entre los nuestros. Con la muchedumbre anónima que huye, atropelladamente, del terror y que no deja, pese a todo, tras el ritual de las campanadas, las uvas y las lentejuelas, de encomendarse (acaso ingenuamente) a un mundo mejor, más culto y libre donde no haya lugar para el fanatismo o la violencia. Año nuevo, tarea viejísima.


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viernes, diciembre 30

Balada de fin de año


La Telaraña en El Mundo.
  
 Al amanecer, todavía era de noche, pensé, seguro que parodiando a Monterroso, cuando caí en la cuenta de que esta iba a ser mi última columna del año 2016 porque ya despunta, clarea, alborea el año 2017 y no dejo de leer furiosas críticas y hasta notables reprimendas contra el año que nos deja (o, mejor aún, contra el año que dejamos atrás) con su racimo excesivo, siempre excesivo, de muertos famosos y no tan famosos, de mitos y casi leyendas o personajes de culto y también de gente común y corriente, muy común y muy corriente, gente anónima que no hizo sino seguir viviendo y padeció estrecheces injustificadas y difícilmente explicables, que atravesó fronteras como muros de acero, cristales rotos y espinas, que cayó en las peores zanjas y durmió en las calles ensangrentadas, que entregó sus penúltimos sueños a ese dios imposible que se nos aparece de vez en cuando, aunque sólo sea, por desgracia, para despedirse de nosotros.
 Se va el año, pues, igual que vino, con un rápido guiño del gran ojo turbio de la Historia y con un simple cambio contable, un único cambio de dígito en todas las agendas del universo. La contabilidad que nos importa, sin embargo, es la que tiene una escala mucho más humana, un resplandor efímero, una voluntad, tal vez, tan impostada como inagotable. Mañana, hoy mismo para el lector, cumplo sesenta años y empiezo a pensar, con Gil de Biedma, pero no sólo con él, que la verdad desagradable asoma, en efecto, y que envejecer, morir, es el único argumento de la obra. No me parece tan mala obra esa en la que permanece el escenario y los personajes entramos y salimos del foco de la escena sin otro guión que intentar representarnos lo mejor posible y hacer, finalmente, lo que hacemos. No más, pero tampoco menos.
 Hace tiempo que ya no hago balances cuando el año toca a su fin. Ni siquiera balances literarios o de listas de lecturas más o menos recomendables. El tiempo no se detiene y mirar atrás es sólo revivir la antigua maldición de la mujer de Lot, esa mujer que no tenía nombre en la Biblia y que sigue sin tenerlo a día de hoy. Los años se suceden, pues, igual que los libros que uno lee o escribe y también que el arte, que uno celebra u oficia, igual, en fin, que la cultura o la política oficiales bailando, ambas al unísono, entre el lodazal populista y la vieja cloaca erudita. Pasa lo mismo con nosotros, con nuestras risas y nuestros silencios, con nuestras ideas que ahora se encienden y luego se apagan como luciérnagas en mitad de la noche; y ese parpadeo es exactamente la vida. ¿Qué otra cosa podría ser?

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martes, diciembre 27

Señas de identidad


La Telaraña en El Mundo.
 
  No seremos más catalanes (pero tampoco menos) porque una castiza y abigarrada mayoría política, tal que MÉS, Podemos, PSIB y el PI, hayan decidido que lo seamos. Tal vez lo somos, en efecto. O tal vez no. Es posible que, a fuerza de que nos lo repitan, nos lo creamos. Pero también puede que, por lo mismo, acabemos por no entender ni una palabra de lo que nos cuentan. Yo me recuerdo observando desde las terrazas de un edificio, hoy estruendosamente tapiado, de las avenidas de Palma, los coros infinitos de la gente bailando sardanas los domingos de mi infancia y no sé si este hecho es una premonición definitiva o una desechable anécdota, otra más. Uno puede rebuscar su identidad donde le plazca, pero esa sombra que finalmente somos suele sernos muy esquiva y habitar, acaso, muy adentro de nosotros mismos.
 Por ello rebusco en mi árbol genealógico y me sale un frondoso sarpullido de ancestros con orígenes en Campanet y en el barrio palmesano de Santa Catalina. Me salen, también, un montón de conexiones perdidas, hace ya muchos años, con presuntos parientes de algún lugar incierto de Extremadura, de Larache (Tánger, Tetuán, tal vez del mismísimo jardín de las Hespérides), de algún islote, en fin, del siempre remoto Caribe. A todos ellos, mis queridos antepasados, los llevo siempre conmigo sin saber cómo ni por qué, pero ya me he acostumbrado tanto a su compañía que no me resultan ninguna carga. No se me quejan. No chirrían ni tampoco alborotan, cuando el mundo se nos planta tal cual es (o quiere ser, que no es lo mismo) y nos acaba pareciendo, el mundo, un decepcionante mal chiste o una ambulante estupidez sin ningún sentido, aunque parezca ir de enarbolar banderas y también banderines, pancartas y también pasquines. Estoy convencido de que, a mis antepasados, pese a ser de otras épocas y costumbres, les importa muy poco lo que, desde luego, a mí me importa nada. O menos que nada.
 Luego están los delirantes informes de los expertos de la comisión de la Diada representados, entre otros, por el inefable Cristòfol Soler, de la Asamblea Soberanista de Mallorca, o Maria Antònia Font, del sindicato STEI, nada menos. Pero ya lo dije. Uno puede buscar su identidad donde le plazca: hay paraísos artificiales, distopías y lodazales suficientes para todos. No hay que alarmarse, por lo tanto, si nuestra progresía fija sus señas de identidad (y las nuestras, ay) en el genocidio de la conquista, saqueo y posterior reparto de Madina Mayurqa antes que en el nacimiento histórico del Reino de Mallorca. Seguramente ignoran que manipular el pasado para construirse un futuro a medida es prostituir pasado y futuro; es convertir el frágil presente en una vergonzosa farsa.
 

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