LA TELARAÑA

viernes, julio 20

Los balcones


La Telaraña en El Mundo.




 Cuando vivía en una residencia universitaria de Valencia tener una habitación con un balcón propio era un privilegio que sólo estaba permitido a los más veteranos. Yo llegué, con los años, a tener uno de ellos. En mi balcón, recuerdo que celebrábamos sudorosas timbas igual que tragicómicas conversaciones de religión o filosofía. Recuerdo que volaban sin preaviso las bolsas llenas de agua y también las risas y los insultos más o menos compartidos, las quejas y también los avisos a una autoridad que nunca acababa de llegar, pero que cuando llegaba era el terror de la terrorífica Brigada 26 y, entonces, el más profundo de los silencios ponía fin a todo ese ritual ruidoso, profano y absurdo que da en hacer notoriamente el ganso a deshoras, porque la sangre siempre acaba burbujeando y las hormonas, al menos a ciertas edades, tienen su propia brújula desnortada y, desde luego, famélica.
 Está claro, pues, que no se le puede negar un enorme y antiguo poder de seducción a los balcones. Con todo, a nosotros no nos daba por usarlos como trampolines para lanzarnos al vacío de una piscina que, por supuesto, al menos en aquella residencia, no existía. O será, quizá, que no bebíamos tanto de golpe y porrazo como los turistas que vienen actualmente a la isla a perder la cordura, la virginidad y, por lo visto, también la vida. O será, en fin, que conocíamos a la perfección que nunca ha habido forma humana alguna de superar el vuelo legendario de Ícaro volando orgulloso en picado hacia el sol con las alas extendidas deshaciéndose, primero, en cera, luego, en artificio, en sudor, y después, en nada.
 Pero es verdad que volar tiene muy buena prensa. Todos hemos volado en sueños o pesadillas y hemos despertado de sopetón envueltos en sudor frío, porque la caída era inmediata y el rayo oscuro del dolor estaba a punto de alcanzarnos. Hemos volado, también, envueltos en algunas quimeras salpimentadas de alcohol y vaya usted a saber qué otras mil sustancias. Eso es cierto y no lo podemos negar. Pero en todas estas ocasiones sólo hemos conseguido volar tan bajo que casi nos ha parecido estar arrastrándonos por el lodo y el fango de las peores cloacas subterráneas de la humanidad en vez de estar surcando, como habíamos imaginado, los espacios abiertos del cielo y las nubes, la cúspide huidiza, por escondida, de tantas ilusiones y deseos. A mí los turistas que vienen a volar verticalmente por entre los balcones de los hoteles de Mallorca me dan mucha pena. Me da pena que no sepan lo bien que se vuela subido, por ejemplo, a un simple y vertiginoso verso, a uno no muy largo que hable de nosotros mismos, del amor y la muerte, de las horas que volamos de verdad cuando convertimos ese verso en un poema y ese vértigo en una sensación única de renacimiento.



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viernes, julio 13

El No y el Sí


La Telaraña en El Mundo.




 No sé si reír o llorar, si dejarlo correr todo por la torrentera hacia lo inevitable o si dar un rodeo y seguir contemporizando: ya se sabe que nunca pasa nada, salvo nosotros. Nosotros sí que pasamos. Con todo, el mundo empieza a ser un mal lugar, un patio de ladrillo rojo al sol abrasador de una residencia para locos de atar, una mezcla altamente tóxica de ingeniería social, por una parte, y de inconsciencia, abulia o desencanto, por la otra; y lo peor es que ya no sabemos en qué parte (o de qué parte) estamos, porque el Estado empieza a ocuparlas ambas, la suya y la nuestra, la que debería limitarse a gestionar los recursos de todos y la que usan para maleducarnos en el desconcierto, domesticarnos, violar y masacrar nuestra intimidad, venderla al mejor postor y convertirnos en marionetas teledirigidas de una farsa -entre la gran nube del Big Data y el cielo estrellado de la República Imaginaria de las Redes Sociales- que maldita la gracia tiene.
 No tiene ninguna gracia. Me llegan multitud de memes, más o menos pertinentes o impertinentes, sobre el No y el Sí de las mujeres. O lo que es lo mismo, sobre el origen y el desarrollo de las relaciones (tan complejas como necesarias) entre los hombres y las mujeres, sobre ese magnífico, turbulento y biológico conflicto que mueve el mundo desde el principio de los tiempos, desde Adán y Eva y el instante fundacional del ofrecimiento de la manzana envenenada, ávida de vida, de ese bocado en la fruta húmeda de la transgresión, el nacimiento de las ansias de libertad: la confirmación de la experiencia sexual como la más parecida a la del descubrimiento de uno mismo en la otra y viceversa, la liturgia o el milagro que anula los límites y convierte al hombre y la mujer en el mismo ser palpitante bajo la sombra indecisa del más viejo de los árboles, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
 Pero legislar sobre todo esto, más allá de la perentoria defensa del más débil, es perder el tiempo. Es divagar sobre un No o un Sí explícitos, tajantes, sin gracia ni matices, sin virtud ni, por supuesto, pecado. Un No y un Sí dialécticos que, sin embargo, no parecen tener en cuenta la complejidad de la naturaleza humana, las revueltas hormonales que el deseo obra en todos (y en todas: ¿por qué me obligan a masacrar la gramática?), las vacilaciones, el entusiasmo ciego o ilustrado y los arrebatos que nos asolan, a veces, en el transcurso de la ronda nocturna a través de la Vía Láctea que es la vida, a lo largo de ese viaje por entre las constelaciones, sus espejismos, sus agujeros negros y esa música solemne y, a la vez, callada (terroríficamente silenciosa) que suena afuera y también adentro, que suena ubicua y eterna, que suena torrencial y al compás de uno mismo: según el vaivén de los sentimientos.

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viernes, julio 6

1137 pases


La Telaraña en El Mundo.



 Con el paso del tiempo vamos cambiando de sueños casi tanto como de pesadillas. Así, cada año, cada lustro, cada década -cada día de nuestras vidas- nuestros sueños se perfilan de un modo distinto y nos plantan cara con un empeño, un entusiasmo o una urgencia nueva, inacabada, temporal: sublime. Hay días y noches en que soñamos lo que sea que tengamos por costumbre soñar -soñar y vivir son asuntos muy personales- y nos despertamos asustados, sudorosos, agotados: esos sueños, entonces, ya no nos pertenecen porque los hemos agotado sin llegar a consumarlos o porque nunca los merecimos del todo: no es fácil, en efecto, estar a la altura de los propios sueños. Los sueños verdaderos son muy puñeteros y a la mínima que les damos la espalda se difuminan y hacen como si desparecieran y no hay forma, luego, de distinguirlos de tantos otros sueños como nos rondan tan sólo para confundirnos, alejarnos de nosotros mismos y convertirnos en otros, someternos a los deseos ajenos, convertirnos en esclavos más o menos dóciles de la gran mentira institucionalizada en que vivimos.
 Con las pesadillas pasa algo parecido, pero peor. La peor pesadilla es siempre la última. Llevábamos años, lustros, décadas, pensando que nunca iríamos más allá de la maldición de cuartos y nos habíamos acostumbrado a reencarnarnos, cada noche y cada cuatro años, en Julio Cardeñosa, por ejemplo. O en Luis Enrique. Avanzábamos despacio con el balón hacia la portería de Brasil mientras el defensa Amaral crecía de tamaño y la portería menguaba y las piernas se nos hundían en el fango y el tiempo andaba lento y como detenido y Tassotti, entonces, soltaba el codo y la nariz nos estallaba y llorábamos sin consuelo por las costuras del alma pidiendo penalti, pidiendo justicia, pidiendo cualquier cosa, pidiendo despertar, por ejemplo, a un VAR que todavía no existía.
 Luego vino el gol de Iniesta y ese paréntesis de varios años en que no tuvimos pesadillas, pero tampoco sueños, porque siempre se nos aparecía Casillas despejando el balón que un desquiciado Robben le enviaba una vez y otra, sin éxito. Y así hasta ahora. El domingo pasado España realizó 1137 pases ante Rusia. Creo que nunca me había aburrido tanto con un partido de esta índole. Creo que nunca había deseado tanto que el partido tocara a su fin, que alguien echara a los jugadores del campo y les gritara, atronador, que el objetivo del fútbol es enviar un pase al fondo de la portería contraria, un pase a las espaldas del portero, a ese lugar indefinido donde el mundo es una tela de araña que tiembla y una multitud que salta, grita, vibra, una multitud que ahora deberá volver a sus pesadillas más antiguas, a Cardeñosa o Luis Enrique, porque la historia es circular y siempre se acaba volviendo al principio. Al origen.


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viernes, junio 29

Entre Auschwitz y Maldoror


La Telaraña en El Mundo. 




 De tanto opinar. De tanto decir la nuestra en ese enjambre de las voces y los ecos que son los muros de las redes sociales donde nos estrellamos una vez y otra. De tanto mirar el mundo y no distinguir nada, salvo sus interminables listas de bajas, sus facciones irreconciliables, sus arrabales enfrentados: ese gentío que corre en busca de una salida que no existe. De tanto observar las constelaciones del universo y no poder, sin embargo, escapar de los espejos volados de sus salones de niebla (como de aquellos otros puentes gélidos tendidos sobre el vacío y la muerte donde se intercambian verdades por mentiras o viceversa; y el espionaje y la propaganda oficiales durante la guerra fría y antes y después y ahora eran y son la misma cosa) ni de la música ronca de los gramófonos, porque no queda apenas aire en el ambiente y la asfixia convierte el romántico baile en un estrafalario baile de máscaras de oxígeno. O antigás. El mundo condensado en una viñeta de Spiegelman: Auschwitz, porque ya nadie lee Los cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.
 De tanto opinar, sin saber. O de tanto callar aposta, porque salvaguardar la intimidad consiste, también, en que nadie sepa lo que opinas, porque tu opinión es absolutamente irrelevante; y lo sabes y tampoco sabes si vas o si vienes y, mucho menos, si los demás van o vienen; y hay un atasco monumental en todos los trenes subterráneos del universo, salvo en el de Palma, que no sirve ni para perderse cuando necesitas estar solo, y los vagones envueltos en llamas van repletos de sombras, de sombras negras, van repletos de cuerpos amontonados, de cuerpos convertidos en llamas, fundidos los unos en los otros y ardiendo: la humanidad entera en viaje hacia una estación fantasma a la que no se sabe cuándo se llega, pero se llega. Se llega, se llega. O eso dicen.
 De tanto opinar, sin que nadie, realmente, escuche a nadie. La palabra, la frase, el zasca, el aforismo, el breve apunte a vuelapluma, el insulto, el indulto, el meme, la voz herida que sangra y se desangra y tiñe de rojo los andenes del infierno y las avenidas del cielo: ahí descansamos un único instante y lo deseamos eterno. Ahí soñamos durante ese mismo instante que la palabra existe y que todo lo que la palabra es capaz de nombrar existe, de alguna manera, en nuestra imaginación, en nuestra consciencia, seguramente en nuestra voluntad. Y es así, que ese cielo y ese infierno, tan repletos de ángeles como también de adjetivos, son los lugares que nos rondan, asedian, atemorizan o embelesan a lo largo y a lo hondo de nuestras vidas. No obstante, nunca llegaremos a saber si esos lugares son como nosotros. Nunca sabremos si son lugares físicos o gramaticales. Como nosotros. ¿Como nosotros?






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viernes, junio 22

La imaginación al poder


La Telaraña en El Mundo.




 De vez en cuando dejo de lado la actualidad de todos y me quedo observando, prendado, prendido, la mía propia. La que acontece cuando me pongo, por ejemplo, una bata blanca y, con el culo al aire, voy recorriendo pasillos (aquí no parece que haya moscas ni hongos voraces como en otros hospitales de las islas) en busca del cirujano, el bisturí y las gasas, el líquido desinfectante, la luz estéril y taciturna, la enfermera, en fin, que habrá de llevarme del brazo hasta más allá de mí mismo, que es lo que siempre he buscado y sólo he hallado alguna que otra vez, algunos instantes afortunados que ahora refulgen y luego se apagan y desaparecen, que ahora te envuelven de calor o frío absolutos y te dejan, después, a merced de una extraña tranquilidad que dura tan poco que no hay forma de detenerse y pensar en ella: relamerse con su aura, las filigranas de su melodía, el vaivén de sus caderas. En efecto, no hay forma de recordarla por completo y así no podemos dejar de imaginárnosla una vez y otra hasta que la fatiga o el desencanto nos vencen, nos agotan, quizá nos sepultan.
 Pero ahora no sé si la actualidad de todos es distinta de la mía. Todos paseamos alguna vez semidesnudos por los corredores sin fin de los hospitales igual que nos paramos en un bar y en la pantalla de los televisores suena el himno español mientras De Gea se traga todos los balones del Mundial como si fuera un faquir tragando sables de fuego y Rubiales sonríe desde el mullido palco de autoridades sin entender que no se puede manipular, pase lo que pase, la realidad sin que la realidad se te revuelva, sin que te repita, sin que una sombra tuya te susurre cada noche, pero hombre, por qué coño echaste a Lopetegui, alma de cántaro.
 De vez en cuando la actualidad me deja de lado y suele costarme, entonces, un rato largo no ser el protagonista de todas las portadas del universo. No obstante, me consuelo con las ventajas de la invisibilidad, con la certeza de poder hacer lo que me venga en gana porque nadie me vigila: nadie salvo Google, Facebook o todas las aplicaciones de mi teléfono, que me tienen geolocalizado ahí en mitad de ninguna parte con unas coordenadas espaciales que son las mías, en efecto, y una dirección IP que también es la mía: en ello pienso mientras atravieso corriendo todos los pasillos calcinados del cielo y del infierno y mis coordenadas son siempre otras y mi IP dinámica acaba escondida en uno de esos proxys que te prometen el anonimato y te convierten en una presa fácil, en un títere de los cazadores anónimos de datos personales, de los proveedores y manipuladores, pues, de una actualidad que no es la suya y que, hagan lo que hagan, nunca lo será del todo. En efecto, mientras sigamos siendo capaces, al menos, de imaginárnosla, no nos la podrán quitar.






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viernes, junio 15

La libertad y la expresión


La Telaraña en El Mundo.



 En muchas más ocasiones de las que puedo enumerar aquí, el arte no es, en realidad, arte, sino otra cosa muy distinta. Una provocación ideológica, un panfleto visual, una muestra magnífica de hasta dónde pueden llegar la mendicidad cultural y la impostura para darle  al público lo que habrá de alimentarle, es un por decir, en su viaje diario a través del inmundo lodazal de las redes sociales, su pueril engaño, su vulgar artificio, ese alud de voces que parecen múltiples y también dispares y que, sin embargo, son todo lo contrario: la voz única de la estulticia clamando como si estuviéramos en el desierto y remolinos de arena nos engulleran. No es así. Ya no hay apenas arena en las playas (salvo en las de nuestra infancia) y en la actualidad, los desiertos son el lugar del que venimos huyendo desde siempre: el lugar que nunca lograremos abandonar por completo. Así es la vida.
 Con todo, pasan cosas y hay que contarlas. «¡Fascistas, fascistas!» mascullaba un hombre ya entrado en años, primero a mis espaldas y luego, enseguida, justo a mi lado. «Pues sí, fascistas», pensé en voz alta mirando al vacío mientras el sol caía vertical sobre nosotros, dos absolutos desconocidos en plena Plaza de España, observando, entre los turistas que iban o venían, la instalación fotográfica de Santiago Sierra. La instalación o lo que sea. Ese panegírico de Oriol Junqueras y los demás presos catalanes. Ese panegírico contra la concordia y contra la libertad que fue censurada en ARCO y prohibida en el Parlamento Europeo y que, sin embargo, tanto gusta a nuestro excelentísimo Ayuntamiento y a los procaces organizadores de la “Setmana per la Llibertat d'Expressió” que, por cierto, finaliza pasado mañana, domingo. Menos mal, porque ya es hora de que dejen de ensuciar los puentes sobre la Riera con sus lazos amarillos de importación.
 Luego, más tarde, creo que fue al día siguiente, un grupo más o menos ultra y más o menos desconocido no tuvo mejor ocurrencia -por decirlo de algún modo- que rebajarse a cometer el más innoble de los actos, el de dejarse vencer por la barbarie y pintarrajear esas fotografías de Sierra que, aunque parezca todo lo contrario, estaban hechas, precisamente, para que algún idiota del mismo calibre (aunque opuesto) las destrozase. Es así, a través de la sombra alargada de la barbarie, como se van cargando de razones los otros bárbaros y la noche oscurísima de la humanidad se convierte en una reunión de bárbaros donde la razón no está invitada y los dioses que rigen la vida y la muerte se miran a los ojos y sienten tanta vergüenza de la raza humana que obligan a los hombres a destruir sistemáticamente todo lo que hagan, unos y otros. La verdad es que así, por desgracia, no hay forma de construir absolutamente nada.



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viernes, junio 8

Un gobierno de diseño


La Telaraña en El Mundo.



 Si yo fuera feminista estaría muy feliz con el gobierno de diseño de Pedro Sánchez, repleto de mujeres y también de talento. Si yo fuera activista de género e igualdad estaría también muy feliz con el gobierno de diseño de Pedro Sánchez, con su civilizada cuota de gais y también de talento. Si fuera, en definitiva, socialdemócrata, estaría francamente ilusionado con un gobierno que tiene la virtud de parecerse, como una gota de agua a otra gota de agua, a la sociedad misma que pretende gobernar: esta vez no va a hacer falta que pose nadie en Vogue, como sí hicieron en su día las ministras de Rodríguez Zapatero, porque la sensación es que tanto ellas como ellos llevan posando en los mejores escaparates del poder, tertulias televisivas incluidas, desde hace años, lustros, quizá décadas.
 Pero es obvio que yo estoy muy satisfecho con el gobierno de Pedro Sánchez porque no es nada fácil sacar un gobierno así de la nada telúrica más absoluta y vacía y presentarlo, luego, en público y conseguir que caiga estupendamente bien a todo el mundo. Otra cosa será lo que vaya o no a gobernar, pero qué importa realmente eso, si el mejor gobierno posible es el que apenas gobierna, el que no se inmiscuye en las cosas de la gente, al menos en las cosas de la gente buena, de la gente que no hace daño a nadie, que sólo mira por su familia, por su trabajo, por sus hijos, por ese ir haciendo camino al andar que es la vida, por definición o por experiencia, hasta que llegas al mar inmenso, azul y rizado y plúmbeo y aunque el agua te parezca, al principio, muy fría, luego resulta que no es así, que está cálida y tú te estás muriendo lentamente hasta que ya te has muerto.
 Con todo, el ministerio que más tiene ver conmigo es el de Cultura y Deporte. A ver cómo lo explico sin tener que ocuparme de las frivolidades adolescentes de Màxim Huerta. La cultura me interesa, porque todo cuanto hacemos o dejamos de hacer es, en el fondo y en la forma, una manifestación cultural, una manera propia, pero también social, de proyectar nuestra visión de la realidad, nuestro compromiso más o menos consciente con el tiempo y la historia que nos ha tocado vivir. Eso es tan cierto como que cada día que pasa creo menos en la Cultura (así, en mayúscula) e intuyo que, pese a la picazón de la curiosidad que nunca me abandona, acabaré descreyendo de ella por completo. Respecto al Deporte (así, en mayúscula) sólo les diré que practico el más noble y menos competitivo de todos ellos, el de pasear a diario por las calles de Palma sabiendo que cada vez que doblo una esquina la ciudad cambia de fisonomía y, en ocasiones, hasta se vuelve fiera: abre, entonces, sus fauces y me engulle y yo sé que no hay mejor lugar para viajar que el vientre de esa ballena inmensa que es la oscuridad.


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viernes, junio 1

La Feria del Libro


La Telaraña en El Mundo.





 Es una vergüenza, un oxímoron, la intolerable marca del sectarismo y la manipulación. No es de recibo, en efecto, que hoy, con el mes de junio y hasta el próximo día 10, comience en el Borne, entre las fluorescencias más o menos comerciales de la siempre imaginaria milla de oro palmesana, la XXXVI edición de la Feria del Libro con la loable intención, qué duda cabe, de dedicarse este año a loar la libertad de expresión con las intervenciones programadas, entre otros, de Acallar, esa ensalada de mayúsculas salteadas: la Asociación de Creadores y Artistas por la Libertad Artística, con la asistencia estelar (aunque ya no se le espera, finalmente, porque anda huido de la justicia y, por lo tanto, de la libertad) del inefable rapero Valtonyc. Su silla vacía será, tal vez, la fotografía de esta feria. Nada menos. O vivir para ver. O qué tendrá la libertad que cuanto más parecen querer defenderla, más, mucho más, la acaban, entre casi todos, ridiculizando.
 Sin embargo, yo no le voy a pedir -sería perder el tiempo- al Gremi de Llibreters que me acompañe en mis digresiones de hoy ante esta feria que, para muchos, es un acontecimiento de indudable talla cultural y, para otros, quizá los menos, una exhibición obsoleta e ideológica, una muestra atávica, rancia y mediatizada de cómo era el mundo hasta hace bien poco, pero ya no es, ni volverá a serlo. Las ferias del libro de estos últimos años (y lo digo con cierto conocimiento de causa: he participado profesional y personalmente en algunas) me acaban recordando los impostados mercadillos medievales que se montan junto al mar y las murallas cuando hay alguna diada (de Mallorca, del Consell, del Mediterráneo, de lo que sea) y toca engalanarse de ficción y oficios más o menos celestes, de raíces y heráldicas antiquísimas, de estirpe, de país, de raza, de esto es lo que fuimos y esto lo que somos, de nada.
 ¿Qué entenderán estos libreros por libertad de expresión? ¿Sabrán diseccionarla? ¿Sabrán abrirse hasta las entrañas para ver qué les está permitido decir y qué no? No sé si entenderán algo más allá del paisaje desolador de las subvenciones, ese maná bíblico, con que los sucesivos gobiernos (nacionales, autonómicos o, incluso, de autonomías vecinas en fase claramente expansionista) riegan sus huertos, sus parterres, sus macetillas repletas de libros que luego nadie lee, porque en España se editan demasiados libros y no hay más control de calidad que la lengua y la filiación política; y el papel es de poca calidad y dura poco y amarillea y se pudre y toca reciclar las ideas, pero eso cuesta mucho cuando no hay ideas y es mucho más fácil ofrecernos toneladas de nuevos libros repitiendo lo mismo, profanando, una y otra vez, aquella norma sagrada de callar cuando no se sabe.



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viernes, mayo 25

El rap de la cárcel


La Telaraña en El Mundo



 No es fácil, ni siquiera buscándolo en Google, saber qué países son los mejores cuando se trata de fugarse de la justicia española. En principio, Nueva Zelanda, Australia, Singapur, Afganistán, Corea del Norte, Irak, Irán o Somalia no tienen, al parecer, tratado de extradición con España, pero eso no garantiza absolutamente nada. El mundo es un lugar administrativamente muy complejo donde acaba resultando que cada país y cada administración tienen su propia manera de entender la corrupción; y según el dinero o el poder que manejes u ostentes más posibilidades tienes de encontrar, por así decirlo, el paraíso en la tierra más allá de los barrotes rígidos de las cárceles, más allá de las horas muertas del tedio y la privación física de libertad, más allá de la inmensa e incalificable cobardía de no dar la cara, de no responsabilizarse, en fin, de lo que uno hace o deja de hacer, de no luchar contra la quisquillosa letra de las leyes con el espíritu y el trasfondo, con la propia interpretación vital de esas mismas leyes. O viceversa.
 Parece, con todo, que ya no hace falta irse muy lejos para estar a resguardo de las garras de la justicia española. Ahí tienen, por ejemplo, a los miembros del formidable gobierno catalán en el exilio dando tumbos, conferencias y performances de lo más variado en el corazón mismo de Europa: en Bruselas, en Suiza y hasta, contra todo pronóstico, en Alemania, sin que ningún juzgado de por allí, de momento, parezca tener intención alguna de devolvérnoslos a España, si no por sus penas o sus pecados, por lo que sea, por algo, por cualquier cosa. Algo habrán hecho. ¿No?
 Mientras tanto, Valtonyc, nuestro rapero más universal (y la verdad es que no veo forma de arrebatarle ese prestigioso título) ha decidido sumarse, uno más, al carro de los que corren y huyen cuando vienen mal dadas y la justicia llama firme y ceremoniosamente, con el apremio solemne de la autoridad, a las puertas de sus casas y sus vidas. Creo que anda por Bruselas presumiendo de ser independentista y de izquierdas, según nos informa, generosamente, su Grupo de Apoyo. ¡Es la hostia, esta gente tiene hasta grupos de apoyo! En fin. Pelillos a la mar. No soy juez ni policía ni tampoco fiscal o abogado. Sé que vivir es buscarse la vida y que una temporada en la cárcel ofrece muy pocos alicientes: la compañía no suele ser muy grata y tanto el alojamiento como el sustento (aunque gratuitos, lo que no es moco de pavo en estos días de interminable crisis) son manifiestamente mejorables. Vivir es buscarse la vida, ya lo dije. Y no sé si un rap desde Bruselas sonará igual de auténtico que desde la cárcel. Vivir es buscarse la vida, lo repito. Nada, pues, que tenga que ver con injuriar, insultar o amenazar gravemente la vida de los demás.



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martes, mayo 22

La ortografía y las lenguas


La Telaraña en El Mundo.





 Emociona saber que el Ayuntamiento de Palma exigirá el catalán a los enterradores. Se cierra, así, el ciclo que comenzó al imponérseles la lengua que llaman propia a los barrenderos de Emaya: todos nosotros y nuestras basuras nos iremos juntos y reciclados al otro barrio y se cumplirá, entonces, el oráculo, no sé si el de vivir plenamente en catalán, pero sí, al menos, el de morir catalanamente. Seguro que estas cosas marcan mucho y, además, de forma muy honda; y a la hora gloriosa de resucitar o reencarnarse en cualquier otro artefacto -un animal, una persona, un extraterrestre, un higo chumbo- nuestra memoria recordará esos sagrados instantes en que fuimos bendecidos, arrojados al fuego, incinerados o sepultados bajo tierra por gentes que hablaban en catalán, que nos miraban con tristeza esperanzada diciendo: «Descansi En Pau». O alguna que otra frase así de dulce y armoniosa, compasiva, elocuente.
 La verdad es que nunca he vivido en catalán. Pero tampoco he vivido nunca en castellano. No tengo a las lenguas por una forma de vida, sino por un medio, insuficiente, aunque necesario, de abrirse paso en la oscuridad con el ridículo machete de la retórica entre los labios, de palpar leve, pero firmemente, lo que se nos viene encima y jugar, entonces, a la vieja tarea, no sé si creadora o creativa, de poner algún que otro nombre a las cosas, los eventos, las circunstancias. También a las personas, aunque ello constituya un gran problema en estos tiempos absurdos y volátiles en que el maniqueísmo arrasa con todo y uno atesora amigos según los enemigos que acumula, en idéntica proporción y medida. ¿Quién quiere, no obstante, amigos a cambio de enemigos o viceversa, si ambos son las dos caras del mismo reflejo, el mismo espejismo, la misma dialéctica que pugna por convencernos de que el mundo es tal y como lo pensamos y no, tal y como simplemente es?
 Lo que me duele de veras es el destrozo sistemático que se hace de todas las lenguas en su uso diario en las redes sociales, los foros, los chats, los mensajes telefónicos, las webs que se van creando porque, pese a todo, la curiosidad es algo tan valioso que puede con todo. O con casi todo. No es de recibo tener que leer continuamente textos que convierten la ortografía del lenguaje en un camposanto sin tildes, sin haches cuando corresponden, con el verbo haber y el verbo ver absolutamente confundidos, sin los remansos tan necesarios de los punto y seguido, las comas, los punto y coma, el apóstrofe, las diéresis, los dos puntos: el regreso, tal vez, de la tentación de escribir como Camilo José Cela en Oficio de Tinieblas 5 o James Joyce en Finnegans Wake. Cómo explicarles que para escribir tan mal hace falta, primero, saber escribir como los propios ángeles. Pues eso.






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viernes, mayo 18

La materia de los sueños


La Telaraña en El Mundo.



  

 Esta noche pasada tuve un sueño bastante extraño. Soñé que hace millones de años (debiera escribir millones de años-luz, pero la verdad es que uno no sueña los conceptos que no acaba, físicamente, de comprender) en alguna galaxia muy, muy, lejana unos hombres lanzaron al espacio una cápsula conteniendo todo lo necesario para recrear la vida humana allá donde las condiciones fueran mínimamente favorables. Esos hombres sabían, quizá, del poco tiempo de existencia que les quedaba o de la precariedad ecológica o de la conflictividad social de su planeta, fuera como fuera y allá donde estuviera; sabían, tal vez, que su civilización empezaba a declinar sin remisión y decidieron, acaso, encomendar su propio destino a que la naturaleza o el azar les diera una segunda oportunidad en otro lugar y en otro tiempo.
 En nuestro lugar y en nuestro tiempo, pensé y repensé, mientras daba vueltas, realmente inquieto, bajo la levedad insoportable de las sábanas, y me acechaba la idea de que aquellos hombres (y también mujeres, aunque sea una vulgar redundancia decirlo) del sueño eran, de alguna manera, nuestros antecesores más directos, nuestros dioses o padres creadores, los seres míticos de los que unos y otros, de los que todos, absolutamente descendemos.
 Con esta idea y otras igual de confusas y también de herméticas rondándome la cabeza llegué, no negaré que algo agobiado, a la hora púrpura en la que el día toca, finalmente, a rebato y el orden manifiesto de las cosas se vuelve puntual, placentero y obsesivo. Levantarse, desayunar, leer la prensa, repasar, oblicuamente, las redes sociales, atender al correo y dejarse invadir por el agua lenta de la ducha y por los ruidosos preparativos del día que comienza, inexorablemente, cada día.
 Todo comienza y acaba cada día. Y cada noche los sueños nos invaden: no sabemos ni podemos prevenir cómo. La verdad es que me gusta que así sea. Yo no sé, ahora, si los hombres del sueño que soñé anoche son reales o sólo son el fruto desolador de observar la realidad y no terminar de creérsela. Tanto racista suelto y orgulloso, además, de haberse conocido, tanto supremacista absolutamente desatado, tanto nacionalista a la caza y captura administrativa del territorio de todos, tanto populista atentando contra la inteligencia de las cosas, tanta discriminación lingüística y tanta miseria espiritual y también económica igual me obligan a buscar los dioses que nos faltan, los dioses que nunca tuvimos, en el abismo insondable, en el páramo infinito y sumergido, gélido, en la oscuridad interior de eso que llamamos sueños sin saber muy bien de qué material están hechos. La realidad como los sueños. O como nosotros mismos.


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martes, mayo 15

La casa de todos


La Telaraña en El Mundo.





 Es verdad que cada uno decora su casa como quiere. Si es que hay casas de alguien, como cantaba Jaume Sisa, con la voz rota, y todos los héroes de los comics y tebeos, todos los protagonistas, en definitiva, de nuestro universo cultural, desde Jaimito y los Reyes Magos hasta Frankenstein, Drácula y Tarzán, desde King Kong hasta el Capitán Trueno, desde Charlot, Obélix, Bambi y Moby Dick hasta Popeye iban desfilando como si la ficción y la realidad fueran la misma cosa que, por supuesto, son, y no existiera otro lugar mejor en nuestras vidas donde todos ellos pudieran reunirse que en nuestra propia casa, entre nuestros libros y recuerdos, nuestra pizarra arrasada de garabatos de tiza, nuestra mesa del comedor repleta de migajas de pan abandonadas, nuestro escritorio convertido en un puzle inmenso donde cada día colocamos una pieza nueva y desechamos otra u otras, porque el paisaje de la existencia va cambiando con nosotros y hay que atender a las mutaciones y exigencias, al futuro que se nos abre una y otra vez cuando alguna vía parece cerrársenos para siempre. No hay problema, todo se abre y se cierra de continuo: quizá para que no nos aburramos.
 El que no parece aburrirse es Aligi Molina. El concejal de Igualdad ha convocado un concurso, con un presupuesto de ocho mil euros, ahí es nada, para realizar un grafiti que sirva para rendir homenaje a las camareras de piso que trabajan en la capital balear. Hay que reconocer que este hombre está en todo. Las más de treinta mil camareras de pisos que trabajan, precaria y sudorosamente, en Palma tendrán de este modo su rinconcito privado en la estación de la calle Antas de Ullà, en el Arenal, y podrán, tal vez, peregrinar hasta ahí para consolarse de sus penas con la prueba irrefutable del cariño que el Ayuntamiento así les demuestra, con unos grafitis pagados con el dinero de todos.
 Así va pasando, como pasa casi todo en esta vida, esta legislatura larga y también tediosa, esta legislatura ideológica y también nacionalista, estos años de brindis al sol continuos y también voraces, esta legislatura donde lo único que se ha intentado es demoler Sa Feixina o dejar Palma sin terrazas o acabar de una vez por todas con el turismo, esta legislatura donde a falta de obras y servicios hemos padecido una sobredosis de gestos y declamaciones, una insolación tumefacta de poder o la pesada broma, en fin, de ver cómo se intenta convertir la realidad en un artefacto sobre el que cada intervención nos cuesta lo que no tenemos sin que, por desgracia, nada cambie ni tampoco mejore, sin que nada se solucione en alguna medida, sin que nada ni nadie coja los cuernos de la existencia y se diga que esta lidia hay que torearla aunque no nos gusten los toros. O, aunque nos gusten, qué caramba.



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viernes, mayo 11

1968


La Telaraña en El Mundo.





 No tenía, en 1968, la edad adecuada como para levantar los adoquines en busca de las playas de París: esas playas que existían en París, Nueva York, Londres, quizá en Berlín, pero no, no todavía en Madrid, Barcelona o Valencia. En la España amordazada y contradictoria de aquellos años las playas bajo el asfalto tuvieron que esperar, como tantas, tantísimas otras cosas, a que Franco se muriera en su lecho rodeado de su equipo médico habitual para que, de alguna manera, afloraran las ideas (y también la espantosa resaca) de aquél mayo mítico del 68 y, ya hacia finales de los setenta, el mundo nos pareciera también a nosotros un lugar tan hostil como entrañable, que debía ser cambiado y mejorado con urgencia: un lugar en el que había que empezar a hacer el amor, la filosofía, la creatividad, la pasión, el arte, la literatura y no la guerra. Eso hicimos. El amor y, me temo, también la guerra.
 El problema es (ahora lo sé, ahora no lo sé) que nos olvidamos, por desgracia, de la economía, del trabajo, del salario justo, de las pensiones, del ir y venir a las fábricas con algo más que la dignidad y el marxismo dialéctico por bandera. Todo ese discurso ha pasado a mejor vida. O va pasando, poco a poco, al rincón trémulo de los recuerdos, al arcón olvidado en las buhardillas donde ya no vivimos porque no tenemos apenas nada que atisbar ahí afuera y nos vigilan, constantemente, las diversas policías del pensamiento organizado, las múltiples mafias de la diversidad, la raza, la lengua, el género, las constelaciones de masas dirigidas desde Twitter: el monstruoso espejismo de la realidad generado por hordas de bots a través de las redes sociales.
 Cada mes de mayo recuerdo, y me sonrío o sonrojo al hacerlo, el año de gracia de 1968 al igual que las plegarias que, con motivo del mes de María (mayo en este hemisferio), veníamos a rezar en clase. Rezábamos mucho en clase, en efecto, pero lo hacíamos a la manera franciscana: con la levedad sonriente y complacida, monótona, de quien está pensando en algo más importante, valioso, enloquecido, quizá vibrante. Pero rezar nunca hizo daño a nadie. Yo sigo rezando, a veces, en busca de un Dios que intenta enfurecerme sin conseguirlo. Tenemos un pacto, pero sin condiciones, a tumba abierta. Si él disfruta hurtándome su presencia y esquivándome a todas horas, yo voy acumulando, acaso en trance bajo su flamígera influencia, muchísimos textos cuajados de silencio y también ausencias; multitud de diálogos rotos y, acaso, fragmentados; infinidad de preguntas que no añoran respuesta alguna; ingente material suficiente como para inspirar la escritura de estas líneas y de otras muchas que voy guardando bajo siete llaves hasta que les llegue la hora. La hora es algo que siempre llega.

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martes, mayo 8

Los pulmones de Palma


La Telaraña en El Mundo.




 Recuerdo los galgos correr como posesos mientras la liebre metálica daba unas cuantas vueltas y chirriaba, chirriaba muchísimo. En efecto, un bosque es un lugar de ficción y un canódromo, por supuesto, es algo así como un bosque encantado donde se cruzan miradas y apuestas, en el aire, y tan sólo los más viejos de lugar son capaces de adivinar el dorsal del galgo más rápido, del que dejará atrás a los demás hasta toparse con la cruda realidad del frío metal chirriante. Sólo estuve en el viejo canódromo de Palma un par de veces cuando mi hijo era todavía muy pequeño y cualquier cosa le valía para asistir, emocionado, al nacimiento del mundo, para asombrarse con montones de cosas que no acababa de entender y que yo no sabía, tampoco, explicarle. Por fortuna, con el paso tiempo ambos hemos aprendido a observar el mundo sin que nos importe demasiado entenderlo. No hay nada que entender: está todo demasiado claro.
 Estaba ensimismado en estas elucubraciones cuando le leí al alcalde de Palma, Antoni Noguera, sus refulgentes proyectos de un bosque no sé si animado o por animar, una especie de pulmón inmenso, frondoso, nacionalistamente selvático en el corazón de Palma, sobre la misma arena polvorosa y árida, desértica, donde antes rugieron los canes y chirriaron las liebres y mi hijo y yo, sobre todo yo, aprendimos que no había forma alguna, salvo el chivatazo, de acertar qué galgo tenía más hambre de liebre y metal, más posibilidades de cumplir, en fin, con las razones últimas de su entrenamiento diario y alcanzar, así, el final victorioso, el pódium, la perfecta armonía lúdica y deportiva de la raza y el destino, esos asuntos tan delicadamente caninos. O así.
 Se me hace muy difícil, sin embargo, pensar en Palma y, a la vez, en bosques, en pulmones urbanos. Algo me chirría y no son las liebres dando vueltas y más vueltas sin que ningún galgo las alcance, no son los camiones de la basura rompiendo la calma en mitad de la noche, no son las aceras eternamente sucias ni los contenedores rotos y repletos de trastos inútiles; es la certeza de que a Palma los pulmones no le duran ni dos legislaturas y que, por ejemplo, pasearse por el Parque de las Estaciones es sentir cómo avanza, implacable, la decrepitud, es comprobar cómo la desidia municipal va permitiendo que la degradación venza y convenza, que la suciedad lo invada todo, que los castillos y los trenes donde juegan (o jugaban) los niños parezcan ruinas abandonadas, que los bancos de los mayores tiemblen cuando alguien se sienta en ellos, que la última sombra bajo el sol la ocupen, en definitiva, los que siembran de chabolas un lugar que iba para auténtico parque de la ciudadanía y se va a quedar, por lo visto, para refugio intempestivo de indigentes. Vivir para ver.


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viernes, mayo 4

La película de Ibiza


La Telaraña en El Mundo.



 Yo puedo escribir un libro y titularlo “El árbol de Teneré” sin haber estado nunca en esa orgullosa encrucijada de caminos situada en algún lugar del Sahara, en Níger. En realidad, lo hice hace unos seis años y ninguna autoridad dromedaria de la zona, ningún jeque de las caravanas del desierto, ningún tuareg administrativo de las dunas de arena, nadie, repito, se me ha quejado por usar el nombre de Teneré en vano. De hecho, los nombres están para eso, para ser usados, para ser pronunciados o escritos una vez y otra hasta que acaben perdiendo su contexto original, hasta que formen parte significativa de nuestra vida, hasta que sean una palabra más del catálogo de palabras que manejamos como si fuésemos sus albaceas o administradores únicos; los dueños, en fin, de las palabras. ¿Qué otra cosa podríamos poseer que fuera más valiosa y volátil, más íntimamente ligada a la respiración y al burbujear de las entrañas, a la fonética personal de la existencia?

 Viene todo esto (viene o va, porque quién sabe cuándo se despereza la memoria) porque el Consell de Ibiza, hace unos días, acusó de fraude a la película "Ibiza" de la plataforma Netflix por usar el nombre de la isla sin haberla rodada en ella, sino en Croacia. Con todo, parece que los productores de la película pidieron apoyo institucional al Consell, pero este no se lo concedió por la mala imagen de la isla que daba. Todo va, pues, de márquetin y contraprestaciones, de compra y venta de derechos. Todo va, por supuesto, de aquella manera.
 Pero estuve hace unos años en Dubrovnik, Croacia, y la verdad es que me pareció estar realizando un auténtico viaje al pasado, a los paisajes de Mallorca, Ibiza o Formentera hace algo así como medio siglo, cuando yo era un niño y el turismo empezaba a ser lo que hoy es y la especulación urbanística invadía las costas y las laderas de las dunas de arena justo hasta ahí mismo donde rompe la espuma del mar y el niño que fui construía castillos de arena contra la marea y el paso del tiempo. Esos castillos ya no existen.
 Me importa muy poco lo que pueda narrar la película que algunos podrán ver, si les place, en Netflix. En estos momentos escucho la música de Pink Floyd mientras visiono “More”, la película que dirigiera en 1969, Barbet Schroeder. Yo no sé si fue subvencionada por las autoridades locales del momento. Supongo, imagino que no. Sin embargo, si queda algo de Ibiza en las cinematecas del futuro será precisamente “More”, una película que sí se grabó en Ibiza, que muestra su hermosa ciudad amurallada, pero también la mirada alucinada de aquellos pioneros contraculturales que fueron, sin duda, los hippies. De aquellas ilusiones rotas a estos magníficos lodos de hoy en día no va casi nada. Sólo matices. Sólo un infinito universo de matices.




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martes, mayo 1

Uno de mayo


La Telaraña en El Mundo.





 Con los años hay fechas que adquieren cierta solera propia, cierto peso inconfundible en el calendario de los días. Hoy es una de esas fechas. Uno de mayo. Tal día como hoy, hace siglos, me recuerdo (sin estar seguro, la verdad, de que las imágenes que revolotean en mi memoria no sean una pesadilla o una ficción del NODO) tumbado y dando saltos, formando círculos y quizá escuadras y hasta escuadrones malabares sobre el césped verde del Luis Sitjar con motivo de alguno de esos juegos florales que se organizaban, en los colegios, a mayor gloria de un régimen que contraprogramaba las manifestaciones obreras de las centrales sindicales, proscritas entonces, con policía en las esquinas, con partidos de fútbol en la televisión y con demostraciones así de festivas, rumbosas y familiares.
 Luego, mucho más tarde, también un uno de mayo en Valencia, conocí el miedo y padecí la indefensión, la incontinencia verbal y la violencia en los furgones en llamas de los antidisturbios como también en algún que otro pub de Benimaclet donde grupos de jóvenes pandilleros cuyo sueño personal era trabajar de policías nacionales (y sé de varios que lo consiguieron) patrullaban la noche buscando apalear universitarios. Ese descubrimiento de la propia fragilidad, ese conocimiento del terror me dejó alguna que otra secuela, pero no, en absoluto, ningún tipo de dolor o remordimiento. Al contrario. Ese día -esos días que circunscribo al uno de mayo- aprendí muchísimo, con sólo diecisiete años, sobre mis límites y, por lo tanto, mis posibilidades, sobre mi valor o cobardía, sobre mis reflejos y mi insuperable capacidad de salir corriendo cuando empezaban a llover los palos. Faltaría más.
 Las cosas, ahora mismo, parecen ser mucho más complicadas que antaño. Casi ya no quedan trabajadores y los que quedan ya no son aquella clase social exclusiva y vanguardista que, en realidad, nunca fueron. La vanguardia viaja ahora desde las justas, lógicas y airadas reivindicaciones de los pensionistas (que somos y queremos ser todos) a la parafernalia racista y sectaria, al pulso anti demócrata de los nacionalismos soberanistas. ¿Ya no existe, pues, una vanguardia que merezca ese nombre?
 Quizá -aunque reconozco que la idea no me gusta ni poco ni mucho- la vanguardia sea, en la actualidad, el feminismo. Abro los ojos, leo algunas frases de amigas y conocidas en las redes sociales durante estos días de violaciones en manada y pienso, con tristeza, que algo no funciona como debiera si se generalizan la vergüenza y el despropósito de que una mujer (normal y corriente) vea detrás de cada hombre (normal y corriente), antes que cualquier otra cosa, una terrible y dolorosa amenaza. Y si, por desgracia, así es el mundo, que lo paren: yo me bajo.




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viernes, abril 27

Videos, mentiras y libros


La Telaraña en El Mundo.




 Cuando visioné el vídeo de Cristina Cifuentes en las mazmorras espectrales de un supermercado perdido en el tiempo me acordé de que en lo que fue Galerías Preciados de Palma, una vez, siendo un adolescente, cogí por capricho, por amor o por descuido (qué importan ahora los motivos) una cinta, una casete de música, concretamente de Procol Harum, y me olvidé, al parecer, de pasar por caja. No sé yo, pero algo no debí hacer bien cuando acabé, como Cifuentes, en el despacho de un ejecutivo con cara de muy pocos amigos intentando explicar lo inexplicable y comprometiéndome, con el rostro compungido y el alma en un puño, a regresar al establecimiento a pagar exactamente el doble de lo que valía la cinta. No creo, la verdad, que fuera muy legal lo que se me exigía; y por ello (o porque no tenía ni un duro) no volví nunca a por la cinta. En realidad, nunca me gustó demasiado la solemne música de Procol Harum, qué se le va a hacer.
 Algunos años después, en el Corte Inglés de Valencia, concretamente en el de Pintor Sorolla y Colón, sí que anduve (ya consciente, más o menos, de lo que hacía) dejándome de músicas, por supuesto, y cazando lo que por aquel entonces más me importaba y mi pequeña paga de estudiante desterrado en provincias no me permitía, de ningún modo, adquirir: libros, libros magníficos, gordísimos, como algún diccionario de mitología o filosofía, libros importantes, pero enjutos, afiladísimos, como algún texto de Cioran o Nietzsche, libros como ríos que van y desaparecen y que, aunque no son lo que aparentan, llevan la firma púrpura de Hermann Hesse y la marca brillante, muy poco ejemplar pero muy efectiva, de algún lobo solitario. Es terrible descubrir con el paso del tiempo qué libros te engañaron, qué autores te condujeron al extravío, qué páginas no deberías, en modo alguno, haber asendereado.
 Hasta aquí llega, más o menos, mi confeso historial delictivo, un historial que no les hubiera contado si yo fuera presidente de alguna comunidad, siquiera fuera de vecinos, de autónomos furiosos por la falta de ayudas e incentivos, de pensionistas rabiosos con el sueldo que no llega a fin de mes, de afectados por la corrupción extrema de los mil y un gobiernos que nos van gobernando desde que la democracia dejó de ser la lógica y necesaria prioridad de todos y este país se convirtió en un reino de taifas donde cada uno hace la guerra por su cuenta. Sólo una prensa vendida al sensacionalismo del mejor postor, sólo una caterva de energúmenos dedicada a la extorsión y a la caza y captura del enemigo político les podrá, tal vez, proporcionar algún video de esos delitos de los que me declaro autor confeso, aunque igual sólo sean fruto de mi calenturienta imaginación. Habría que ver esos videos para saberlo.


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martes, abril 24

El negocio del libro


La Telaraña en El Mundo.





 No puedo ser imparcial con los libros, porque siempre he vivido muy pendiente de ellos, porque los he escrutado como si la vida me fuera en ello, porque he acariciado sus lomos y sus páginas y he escrito en sus márgenes como si respondiera a algún mensaje que su autor me enviara desde el más allá, porque los he acunado como si confiara en las revelaciones, las alucinaciones, los hallazgos, en las ideas que, de repente, te abren la mente y te introducen en el laberinto de las palabras; y las palabras, entonces, se convierten en seres vivos, en personajes de la propia vida, en compañeras infatigables de una aventura que se sabe cuándo empieza pero no dónde ni tampoco cómo acaba.
 O sí que se sabe, pero bien y mucho, que nos han sido útiles los libros, algunos libros, al menos, para ir demorando la diáspora final, el estertor ineludible, la última esquina que doblaremos algún día con la misma inocencia, quizá, con que doblamos la primera y también la de ahora: San Miguel con Olmos u Olmos con la Rambla, por ejemplo, y las terrazas están atiborradas y los tenderetes repletos de libros y los turistas de sol y hay gente que pasea, que compra libros y también rosas, que no compra nada, gente que me mira sin verme o me ve y me saluda o no lo hace. ¿Para qué? Así es Palma, un lunes de abril y Sant Jordi. O San Jorge, su espada flamígera, el dragón, su aliento de fuego.
 Pero no todo ha de ser introspección. Repaso las estanterías de casa, en las que llegó a haber unos tres mil libros y observo que sólo queda un centenar largo. Son los libros escogidos que salvé de la quema (de vender, por ejemplo, en Fiol Llibres, ese oasis que ya no existe) cuando decidí dejar de coleccionar libros inútiles y guardar sólo los que merecían mi atenta vigilia, mi curiosidad, mi consulta o relectura más o menos obligada. Ahora, en este instante, paso mi mano por los lomos de algunos de estos libros y me estremezco con los nombres que cazo al vuelo y no por azar. Eliot. Pound. Hölderlin. San Juan de la Cruz. Juan Ramón Jiménez. Gracián.
 No voy a extenderme mucho más. El negocio del libro me parece cultural y socialmente necesario, pero no hay nada que justifique la gran cantidad de auténtica basura literaria (y no literaria) que se imprime por motivos que casi da asco mencionar. Habría que revisar o hacer trizas el actual sistema de subvenciones cultural, política y lingüísticamente teledirigidas. Habría que revisar toda la política fiscal para que un objeto de primera necesidad no se convierta en uno de lujo. Habría, también, y quizá esa sea la más difícil de las tareas, que frenar de algún modo el ego desmesurado de tanto presunto escritor sin más bagaje personal que la obsesión de ver su nombre en letras de imprenta. No hacen falta alforjas para ese viaje.




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viernes, abril 20

De himnos y silbatos


La Telaraña en El Mundo.



 Si España, tanto en su conjunto como en sus partes, fuera realmente seria, no estarían pasando las cosas que pasan. O las que pasarán. Si España fuera un poco más que menos seria no tendríamos programado para el sábado, por ejemplo, una multitudinaria pitada de proporciones bíblicas al himno nacional (y al Gobierno, representado por  Rajoy, y al Estado, encarnado en la persona y también en el símbolo del Rey) con motivo de la celebración de la final, de la maldita final de cada año los últimos años, de la Copa del Rey de fútbol, esa copa que en tiempos solía levantar casi siempre el Athletic de Bilbao y que, últimamente, parece ser cosa del Fútbol Club Barcelona. Son cosas que pasan, aunque igual no debieran.
 Con todo, con el paso serpenteante del tiempo, con las copas galácticas de Europa o del Universo, el fútbol se ha ido convirtiendo en un asunto meramente televisivo para la mayoría de la población, que no pisa un estadio ni que lo lleven a rastras. Hacen bien. El Lluis Sitjar, por ejemplo, ya no es lo que era, aunque tampoco, ni mucho menos, lo que debería ser. Hace frío, en efecto, frío y también cierta desolación, en esos campos dejados de la mano de dios; y en casa o en la ubicua casa de apuestas de la esquina se está mucho más cómodo: las pantallas escupen su dinero de mentira y hay apuestas para todos los gustos. Creo que hoy es un buen día para el gol del cojo o para que al quinto córner consecutivo suene, como es de ley y algunos sabemos, la flauta.
 No suena, sin embargo, ninguna flauta. Son los viejos silbatos de la mala educación sentimental o, en fin, de la pésima educación política propia de los días en que vivimos. Hay que llegarse hasta Madrid, como hasta el fin del mundo, para armar la marimorena (lo que nos remite al siglo XVI y a una tabernera de Madrid, conocida por el nombre de María Morena) o la de San Quintín (que es la encrucijada donde franceses y españoles libraron una cruenta batalla tras la que Felipe II mandó construir el Monasterio de San Lorenzo en El Escorial, nada menos). Hoy en día, por desgracia, ya no se construyen monasterios; sólo puentes resbaladizos (de Calatrava, la mayoría) por los que salir huyendo no es nada fácil. En absoluto.
 Con todo, la tramoya organizada de los silbidos, los silbatos (y este año, además, las camisetas amarillas) sólo puede tener, legalmente, una lectura. ¿Es delito abuchear a las autoridades y pitarle al himno? ¿Es delito vestir de amarillo gafe o no gafe? Si lo es, toca actuar rápidamente y con firmeza. Si no lo es, toca disfrutar de la música y del viento, de las caras de unos y otros, de la estulticia general y del poco fútbol que suelen deparar estos partidos donde lo único que realmente parece importar sucede antes de que el árbitro ordene que ruede el balón.

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martes, abril 17

De Son Banya a Tokio


La Telaraña en El Mundo.




 Estaba repasando las dudas, las vacilaciones, los pasos en falso, las mentiras a medias, los enormes silencios, los quiero y no puedo, el inmenso catálogo, en definitiva, de la dejación y la desidia, de la impotencia y la falta de ideas con que el Pacte que nos gobierna (como tantos otros pactos que ya nos han gobernado) está buscando la cuadratura del círculo a la hora de intentar, por lo menos, sacar adelante el más que urgente realojo de Son Banya, es decir, esa diáspora teledirigida de más de cien familias con hondas raíces en el desarraigo de la marginación y la droga hacia no se sabe dónde, aunque en la baraja maldita de los lugares presuntamente escogidos por los estrategas de asuntos sociales (y  urbanismo, infraestructuras y vaya usted a saber cuántas disciplinas más) parece que están, entre otros, Son Gotleu, Verge de Lluc y la Part Forana.
 La verdad, lo triste, quizá lo humano y, a la vez, lo inhumano, es que nadie parece querer acoger de buen grado el desembarco final de esas familias en su territorio, en la colmena vital que consideran suya, en ese paraíso o infierno en el que van sobreviviendo con sus carencias y sus problemas propios, con su idiosincrasia de cuatro calles y nueve esquinas, con su ley no escrita de protegerse los unos a los otros y todos de los que puedan venir de fuera y traerles, en vez de paz y bienestar, más tensiones y conflictos que sumar a los que ya atesoran. La vida en los barrios de Palma sólo da para malas novelas plagadas de detectives sin nadie a quién vigilar, asociaciones de vecinos con vocación de sindicatos verticales, críticos literarios que se hacen pasar, sin pudor, por escritores más allá del bien y el mal y mujeres que, por desgracia, ya no son fatales. Esa pérdida es irreparable.
 Estaba repasando estos problemas más que existenciales, distributivos, de la vivienda, estas convulsiones de la noche de la inteligencia entre los surcos concéntricos del cerebro, esta locura y este oxímoron cotidianos de la verdad, la libertad, el pensamiento, el arte, la bolsa o la vida, convertidos en un burdo eufemismo cuando me encontré, de repente, con un suelto que hacía referencia al auge de los hoteles cápsula de Tokio, esos nichos, cabinas, celdas donde el espacio vital de un ser humano ronda los dos metros cuadros: un lecho donde retozar con aire acondicionado, teléfono, televisión, wifi, el auténtico paraíso donde conectarse a la nada y cerrar profundamente los ojos. Como me apetece conocer Japón he consultado en Booking su precio actual: unos 50 euros por persona y noche. Me río, pues, de Airbnb. Y creo que hasta en Son Banya uno puede dormirse -gratis total- con vistas al cielo repleto de estrellas, misiles, drones o, quizá, ángeles. Nunca se sabe lo que nos deparará el futuro.




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viernes, abril 13

Adivinos o agoreros


La Telaraña en El Mundo.




 No siempre es fácil distinguir entre lo que es noticia y lo que no lo es. ¿Nos concierne todo aquello que les sucede a los demás en algún universo que, aunque se parezca mucho al nuestro, imaginamos muy alejado, quizá paralelo, absolutamente distinto al nuestro? No sé si la realidad -el resplandor de una única bengala en la noche de un universo completamente a oscuras- da para tantos universos como parece que somos los que la sustentamos con nuestra existencia, los que la aguantamos día a día, los que nos reunimos de vez en cuando para juzgarla, para llevarla al paredón cuando procede, para intentar convertirla en algo más llevadero y más humano; diríamos, tal vez, que más justo, si no nos diera tanto miedo la justicia de los hombres y prefiriéramos algo mucho más sencillo: la compasión, por ejemplo.
 Ha sido noticia estos días la singular odisea, a la manera de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, es decir, un viaje magnífico a ninguna parte, de un apostante mallorquín que anduvo muy cerca, con una apuesta de sólo cuatro euros -realizada en Betpoint, una casa de apuestas con varios locales abiertos en Palma- de hacerse con un botín de unos treinta mil euros. No es moco de pavo. Tenía que acertar la friolera de dieciséis partidos de fútbol y la buena suerte, por desgracia o azar, se le acabó cuando llevaba acertados quince y el Villareal perdía con el Athletic cuando tenía que ganar a toda costa y algunas emisoras de radio, más o menos deportivas, ya retransmitían en vivo y en directo sus deseos y sensaciones, su desilusión y sufrimiento cuando el reloj avanzaba y el sueño del dinero fácil se evaporaba en noventa minutos porque los sueños duran lo que duran y ni un segundo de más. Hay que volver, entonces, a la realidad y aunque haya tantas, todos sabemos cuál es la nuestra. No hay otra.
 Hemos pasado, en pocos años, de poder jugar mucho (porque las diversas loterías nacionales, la ONCE, la quiniela y las tragaperras han dado siempre para mucho) a poder jugar muchísimo. Demasiado. No hay forma de ver un partido de fútbol sin que nos interrumpan con la penúltima cotización en las bolsas turbias de la ludopatía, ese clamor casi místico que nos pretende convertir en adivinos cuando no llegamos ni a agoreros. En señal de protesta, mientras tanto, voy a convertirme en un «tipster», un experto en deportes realmente apasionantes: la hipnótica liga canadiense de curling, las agónicas carreras de galgos moribundos en Florida (que a los nuestros ya los vi correr en el antiguo canódromo: ese solar que van a reformar pronto o eso dicen), las imaginarias partidas de dardos en el Duke of Wellington o los salvajes enfrentamientos de buzkashi, el deporte nacional afgano. ¿Les parece que nadie apuesta a esas cosas? Pues no estaría yo tan seguro.





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martes, abril 10

La sinfonía de los mares


La Telaraña en El Mundo.



  

 Mi actividad marinera se reduce a unos cuantos madrugones veraniegos para embarcar en un llaüt de madera y dejar, estoicamente, que las horas, el sol, la sal y el hastío me vencieran. Con todo, era divertido bajar a la playa y encontrar en la arena los restos etílicos, convulsos, hermosísimos, de algún naufragio: las mujeres rubias, morenas, blancas, negras, mulatas, a cuadros, rombos, a rayas, corriendo entre risas en busca de sus minúsculos bikinis y los hombres mirándose absortos en la superficie rizada del mar como en sí mismos. La verdad es que los peces, por lo general, nunca mostraron demasiado interés por mis anzuelos al volantí y aunque podría decirse, sin mentir, que casi me especialicé en llevármelos a casa pillándolos por la cola no es esa, desde luego, la mejor manera de honrar el noble arte de la pesca, en absoluto.
 Mi actividad marinera se reduce, también, a bastantes viajes en barcos de la compañía Transmediterránea entre Palma y Valencia, noches o días enteros, según fuera o volviera, que pasaban lentísimos en cascarones con nombres tan característicos como Ciudad de Burgos (o de Badajoz, Sevilla, Salamanca o Toledo: ya no lo recuerdo) sin más camarote que unas butacas de plástico pegajosas ni más compañía que algún amigo tumbado, como yo, entre los vómitos, los paquetes de comida y las maletas de familias enteras con niños llorando, con adolescentes con cara de aburridos y abrumados, con viejos (y no tan viejos) liándose sus propios cigarrillos como hacen ahora los pocos fumadores que uno se sigue encontrando aún en las esquinas de algunos hospitales, en las terrazas de los bares, en las jaulas de algún aeropuerto más o menos exótico donde la gente deambula como si fuera a alguna parte.
 Anduve, anteayer, por la costa observando el perfil monolítico del crucero Symphony of the Seas. Repaso sus características y se me encoge el alma: camarotes con terraza propia, toboganes gigantes, parques acuáticos, piscinas, campos de tenis, simuladores de surf, un teatro para más de mil personas, pistas de hielo, restaurantes y bares. Se trata, pues, de la mastodóntica visita de unas nueve mil personas (y la visita se seguirá repitiendo todos los domingos estivales) contra la que solamente unas cien personas (lo mejor de cada casa de las muchas, GOB incluido, que conforman la llamada Assemblea 23-S) han tenido el humor, el valor y también la ingratitud de sacar no sólo sus pancartas y su turismofobia, sino también sus importados, impostados y nauseabundos lazos amarillos, tan fuera de sitio como todos ellos en una tierra que vive del turismo porque no ha sabido, querido o podido -y aquí el principio de la realidad es el que dicta su inapelable sentencia- organizarse y vivir de otra manera mejor.

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viernes, abril 6

El paraíso


La Telaraña en El Mundo.




 El paraíso es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Soñar es gratis, dicen, pero no es así: todo tiene su precio. Con todo, parece que hay un paraíso bastante baratito muy cerca de aquí, concretamente en Magaluf. Acabo de descubrirlo al visitar la página web británica -Magaluf Events Company- donde, entre otras lindezas, expiden online los tickets de lo que llaman Sunset Booze Cruise: no lo traduciré para no traicionar mi instinto metafórico, pero el asunto va de alcohol y también, supuestamente, de lujo, de alcohol y de cierto tipo colectivo de lujuria, de alcohol y también de yates, aunque no sean, por desgracia, privados, de alcohol y sol en la medida de lo posible, de alcohol y, desde luego,  gente eufórica, de alcohol y música, de alcohol y gente bailando y saltando como posesos, de alcohol y esa vaga promesa de sexo infinito con todas las vírgenes, quizá, del paraíso, de alcohol y esa profunda, definitiva, somnolencia que tras tres horas largas de barra libre no sé si te convierte en un auténtico e irrecuperable guiñapo o en el muñeco perfecto para las prácticas más avanzadas de los pocos médicos de urgencias que han superado el examen de catalán y ahí siguen, sobrios y sacrificados, firmes con el bisturí y las vendas en las manos.
 Y todo por unas asequibles 50 libras esterlinas. O por 59 si quieres, en fin, un trato más VIP, una botella de champán de marca, una camiseta gratis para la ocasión y alguna que otra gentileza de la casa. El paraíso este de Magaluf es bastante hortera.
 El paraíso, ya lo dije, es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Todos hemos estado alguna vez en el paraíso. Intento, ahora, hacer memoria de todos esos lugares y la lista se me hace larga, muy larga. Estoy seguro de que fui feliz en el vientre de mi madre, pero la verdad es que ese primer paraíso no lo recuerdo. Fui feliz, también, jugando con mis hermanos y leyendo aquellos libros de Enid Blyton o Richmal Crompton que aún conservo en algún lugar de mi biblioteca. Fui feliz, más tarde, en los brazos de todas las mujeres que me permitieron olvidarme de mí mismo en la profundidad enorme de sus misteriosas entrañas. Soy feliz en este instante en que recuerdo los libros que me transportaron hasta donde estoy, los que leí, los que escribí, los que volveré a leer, los que sigo escribiendo porque la vida no se acaba en los libros y hay que saber leerse, también, las palmas de las manos para reconocer esa mota de polvo, esa piedra rodante, ese lugar imprevisto donde tropezamos, donde caímos, donde volvemos a tropezar y caer, donde fuimos lo suficientemente fuertes como para sonreír ante la adversidad y levantarnos cuantas veces hagan falta. El paraíso está ahí donde siempre estuvo: en uno mismo y en sus circunstancias.


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martes, abril 3

La guerra fría


La Telaraña en El Mundo.




 A veces me sucede que me canso del aburrido día de la marmota catalán y me quedo callado, absorto y como sin argumentos, fulminado por no sé qué extraños juicios, cuando observo que la izquierda y la derecha políticas se dejan contaminar por el nacionalismo y, entonces, todo se convierte, más o menos, en lo mismo, en más de lo mismo; y no hay por dónde coger la escurridiza trama de los días que se suceden sin apenas cambios, sin apenas esperanzas, sin apenas una mínima estrella de luz en alguna que otra parte de los cielos intentando mostrarnos un camino que igual existe, pero que aún no vemos ni intuimos.
 Hay muchas cosas, en efecto, que no vemos cuando asendereamos la vida guiados por la curiosidad o el azar, por sus luces intermitentes y vacilantes, empujados por espejismos que aparecen y desaparecen en el horizonte de nuestros pasos, que juegan con nosotros y que nunca logramos, por desgracia, alcanzar tremendamente lastrados, como estamos, por el peso enorme, en nuestras adoloridas espaldas, de todo aquello que somos y, sobre todo, de todo aquello que quisiéramos ser. Demasiadas quimeras, tal vez, en nuestras alforjas.
 A veces me sucede que me agobia el regreso extemporáneo de la guerra fría y me quedo aletargado, sombrío y como sin argumentos, mientras observo las legiones de espías yendo y viniendo, cruzando los puentes (en mitad de una niebla espesa que nos resulta familiar porque crecimos, intelectual, física y filosóficamente, con ella), cruzando los puentes, decía, entre Rusia y Europa, entre Rusia y los Estados Unidos de Trump, entre Rusia y el señuelo del Brexit, entre Rusia y las caravanas perdidas en las arenas bíblicas de Siria o el desfile marcial en Corea del Norte, que precede a todas la guerras, que las simula con sus misiles de cartón piedra enriquecido, con sus ácidos de ira, con sus venenos de escorpión y laboratorio; entre Rusia y el mundo entero vía Internet, la web oscura y subterránea donde la economía real del universo tiene sus humeantes calderas, sus salas de máquinas, su mazmorra central, su macabro origen y también su fatal desenlace.
 A veces me sucede que me canso de todas estas cosas y cojo, entonces, las obras completas de Gottfried Benn (Calima ediciones, 2006, con traducción de José Luis Reina Palazón) y me dejo llevar por cualquiera de sus enormes tomos de poemas, de ensayos, de textos más o menos autobiográficos; y sonrío, escéptico, burlón, cuando compruebo que Benn murió poco antes de que yo naciera y el mundo, por supuesto, no se detuvo: el mundo (y no voy a explicar, en absoluto, cuánto me fastidia esto) no se detiene nunca por muchos poemas extáticos que uno quiera escribir y escriba. A veces me sucede que me canso de todo y no sé lo que hacer o decir para disimularlo.

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viernes, marzo 30

La casa tomada


La Telaraña en El Mundo.



 En el interior de un fantástico torreón con dos inmensas terrazas de ladrillo rojo, que fueron los primeros campos de fútbol de mi infancia, la casa tendida y extendida a lo largo de tres larguísimos pasillos repletos de persianas mallorquinas de madera pintada de verde, un pozo oscuro de agua oscura y gélida entre la cocina y el minúsculo aseo, seis pisos arriba sin ascensor (ni tampoco fatiga, en aquellos días) de la antigua Casa Catalana. Ahí enfrente, en plena avenida Conde Sallent, la gente danzaba sardanas los felices domingos de mi infancia y ahora recuerdo la musiquilla y esos elegantes rondós mientras, volviendo al presente, la calle Olmos se va llenando de sillas de madera (y espero que de arena: la echo en falta) y arrecian, intempestivos, los primeros tambores; y algo en el aire de este Jueves Santo me trae imágenes de una faena sangrienta, de una penitencia y una culpa enormes, de un paso lento y vacilante, tortuoso, bajo una pesada cruz de madera y una muerte segura esperándonos a todos tres días antes de resucitar en otra parte: en otro lugar o en otro tiempo, cualquiera sabe.
 Reviso las pocas fotos que guardo de ese lugar en que vine a nacer y pasé unos dieciséis o diecisiete años y me detengo en algunos detalles que había olvidado: el diseño de algún mueble inverosímil, los techos altísimos de la sala redonda (obviamente, el torreón) donde no solíamos entrar nunca salvo la gran noche de la Noche de Reyes, el caballo de cartón sobre el que poso sin saber que estoy posando, los escritorios de madera barnizada donde nadie escribía porque estaban repletos de retratos familiares, de cajitas vacías, de candelabros con velas rojas, de relojes viejos con el tiempo detenido, de figuras de porcelana con la mirada absorta, indescifrable, quizá perdida.
 Leo en la prensa que un grupo alemán ha comprado la finca en que nací por unos cinco millones y medio de euros. Me alegro, porque me había cansado de verla envejecer lentamente, cubierto el torreón y buena parte de la fachada por una desteñida malla verde y tapiada la entrada, desde hace años, con un muro sobre el que alguien dibujó unos grafitis realmente interesantes: ahí está el urinario (o la fuente) de Marcel Duchamp y también un fotógrafo, añadido con posterioridad, que intenta captarle el alma a lo que, tal vez, no la tiene o no tiene por qué tenerla. Con todo, la verdad es que cada vez que paso por esa entrada a ninguna parte (salvo a mi pasado) le saco una fotografía a ese fotógrafo y a ese urinario sabiendo que daría lo que fuera por ese poco de alma (de espíritu o de vida) que quiero creer que dejé en esa casa por el sólo hecho de haber vivido en ella. Esos alemanes no lo saben, pero han pagado la casa y también el fantasma de mis primeros años de vida. Nada menos.




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