LA TELARAÑA: octubre 2026

miércoles, octubre 14

Oficio de escritor, capítulo 40

 

 De Oficio de escritor, Editorial La Lucerna, 2025.  

Por una vez trato temas sociales y políticos de actualidad.

Capítulo 40

  

Esperando a Godot (o a Mr. Marshall)

 

 Hay muchas personas extranjeras recorriendo la calle Olmos como si hubiera algo que ver en la calle Olmos. Tengo mis dudas al respecto, más allá de los cinco olmos, sucesivamente talados y replantados, según las necesidades del tráfico urbano a lo largo de los años. La mayoría van en grupo, incluso diría que en manada, y no parecen, la verdad, muy peligrosos; son los que llamamos turistas, que hace ya más de cincuenta años (en su mayoría alemanes, británicos y nórdicos) tomaron, masivamente, la isla en busca de sol y playas, de comida mediterránea económica, de alcohol y química alquímicos para que la fiesta les dure hasta que les aguante el cuerpo. Cuando era un niño y sobre todo, más tarde, cuando ya era un adolescente, recuerdo que me llamaban la atención, con sus costumbres exóticas, sus mujeres deslumbrantes (recuerdo el sudor con sabor a mar de algunas) y su ocio con ese falso aire de libertad (el que sólo da el dinero y cierto tipo de educación, por supuesto) que tan poco común era por aquellos años en Mallorca, años 60 y sucesivos.

 Repaso unos gráficos de una revista de economía, recién publicados, y constato que una abrumadora mayoría de habitantes de la isla viven, directa o indirectamente, del turismo. La gente no sólo nos visita en cantidades industriales, sino que también se compra viviendas y locales y hace negocios y se queda a vivir, durante largos periodos del año, en la isla. Somos, pues, territorio ocupado, como lo son todos los territorios donde las sucesivas invasiones han construido una civilización más o menos próspera, en un lugar con buen clima y mejores vistas. No se ocupa un infierno, se ocupa un paraíso hasta que, poco a poco, se convierte en un infierno. Estamos en ello.

 La verdad es que me gustan los turistas, aunque a veces me molesten. Detesto el espantoso ruido de las maletas rodando por sobre los ladrillos de la calle Olmos, pero tampoco voy a hacer de eso un drama. Algunos turistas hasta se integran en la vida mallorquina, aunque no sé muy bien lo que eso significa; nunca me he integrado en lugar alguno y en cuanto a mi tierra de nacimiento, sólo hablo una de las dos lenguas que hablaban mis padres, la que me enseñaron en casa y, aunque entiendo la otra perfectamente, no se me ocurre utilizarla, porque prefiero hablar en la lengua que escribo. Hay cosas que no se eligen o se eligen tan temprano, en la vida, que luego resulta imposible desandar el camino. No me gusta desandar caminos, si no es por voluntad propia.

 Puede que tampoco me haya integrado demasiado en otras cosas, como la cultura, la literatura, el arte o la ilustre pompa habitual, tan repelente, de la sociedad mallorquina, sus ídolos y sus obsesiones, pero qué le voy a hacer si me repugnan los aspectos sectarios de casi todas las ideologías cuando abandonan la teoría y aterrizan en la práctica, qué le voy a hacer si tengo aversión a los comportamientos serviles y gregarios, si repudio las marrullerías de la política local, si detesto los nacionalismos étnicos, si no creo en nada mejor que vivir en paz con quien quiera, también, vivir en paz y me esfuerzo en no molestar a nadie que no quiera molestarme y en no ocuparme, lo más mínimo, de la vida de los demás, salvo si necesitan, llegado el caso, alguna ayuda que pueda, realmente, darles.

 Pero no sólo hay extranjeros turistas en la calle Olmos; también hay carteristas extranjeros (aunque los nacionales no les andan a la zaga y también se dejan ver con suma frecuencia) que viven, como todo el mundo, del turismo, aunque sea por el dudoso método del descuido o el atraco a mano armada. Hace unos meses intentaron atracarme. Ya no quedan ladrones de guante blanco, ahora son torpes y violentos, llevan armas, pero tienen mucho menos cerebro del que creen tener. Me intentaron robar la bolsa en bandolera dos extranjeros no demasiado exóticos ni tampoco decididos, supongo que eso me salvó, porque cuando me di cuenta del peligro de la situación y tras pegar un manotazo al que tenía más a mano, el más pequeñajo, me puse a chillar a pleno pulmón «¡al ladrón, al ladrón!»  y «¡policía, llamen a la policía, policía!» lo que, junto a algunos potentes improperios, que no viene al caso reproducir, consiguió alertar a los vecinos, que salieron a la calle e hicieron ademán de acudir en mi ayuda, mientras los facinerosos salían huyendo como si les persiguiera el mismísimo diablo. Nadie les persiguió, por supuesto.

 De vez en cuando, mis compatriotas y vecinos sacan las pancartas y se echan a las calles (también a la calle Olmos) a gritar contra los abusos del negocio turístico, en especial contra la gentrificación provocada, a no dudarlo, por las desigualdades económicas, a protestar por los privilegios que los extranjeros con posibles tienen frente a la precariedad general de los extranjeros menos afortunados y, sobre todo, de los propios indígenas, que somos los que vivimos aquí y sostenemos y sufrimos, en primera persona, todo este lamentable tinglado, la falta estigmatizante de empleo, los tristes sueldos frente a la insoportable tendencia al alza de la compra diaria, la luz o el gas, los asombrosos precios de la vivienda, el alquiler de habitaciones, de sótanos malolientes, de balcones, por semanas, por días, quizá por horas a quien pueda pagar sus precios de locura, mientras la crisis económica de siempre nos va igualando por abajo, nos va convirtiendo a todos en personas preocupadas por el futuro de sus familias, en especial de sus hijos, por el futuro y también por el presente, por la terrible situación en la que malviven bastantes personas que no se lo merecen. Lo digo convencido. Conozco a algunas.

 

Juan Planas Bennásar